N/A: gracias por continuar la lectura; en esta tercera y última parte del

fanfiction, el punto de vista puede ser de cualquier personaje. Indicaré a quién

pertenece entre paréntesis antes del párrafo donde comience dicho punto de vista. Como el propio nombre de la Tercera parte indica, estará muy enfocado en los hijos de los protagonistas.

TERCERA PARTE

La generación de la esperanza

Capítulo 1

(Katniss)

El oso y la mermelada

La vida empieza a cambiar, día tras día, todo es más pacífico, aunque quedan muchas cosas que superar, y que aceptar.

Las detenciones a disidentes violentos son cada vez menos, porque hay menos personas a las que detener. Realmente son grupos minoritarios que no quieren vivir modestamente, desean el lujo que tenían en El Capitolio, desean ver Los Juegos, que ellos consideraban una expresión de justicia. La sociedad se manifiesta en las calles celebrando las detenciones de aquellos que reniegan de la paz y la democracia, Peeta y yo observamos impávidos las imágenes en el televisor, mientras Alisma se abraza a mi brazo y Dandelion juega sobre la alfombra succionando con fuerza su chupete.

Le contamos poco a poco a Alisma como fue nuestra vida antes de que naciera. Ella escucha con una mirada extraña, y nos mira como si le fuera imposible creer lo que hemos pasado. Se acurruca en mi regazo y me acaricia la mano, o me rodea el cuello con sus brazos y se hunde en mi pelo.

El tiempo ha pasado rápido hasta su séptimo cumpleaños, y no sé si es su naturaleza o si son los crudos hechos que tratamos hacerle comprender, pero es extremadamente madura e inteligente.

Desde que los niños llegaron a nuestra vida la casa está llena de risas y momentos gloriosos. Apenas tengo tiempo para sentirme sola o herida, aunque mis pesadillas intermitentes son como un miembro más de la casa, un miembro oscuro y siniestro que se niega a dejarme ser completamente feliz. Lo he asumido, con pesar, porque es parte de mi vida, sin embargo mis hijos no lo comprenden y no se adaptan como yo.

Dandy se queda muy quieto y tiembla cuando le despierto gritando. Peeta lo saca de su cuna y lo envuelve en sus brazos, meciéndole mientras le besa la cabeza. La reacción de Dandelion es inquietante y dolorosa, porque no expresa nada, no llora, no se asusta ni reclama atención, solo se queda helado, sin reaccionar, como un pajarito al que un cazador ha estado a punto de derribar. Mi pequeño se paraliza y es necesario darle calor y cariño, hasta que sus músculos atenazados se relajan, su chupete empieza a moverse en su boca, sus ojos se cierran y duerme.

No sé qué es más terrible, si el niño paralizado de aquella manera o Peeta sufriendo enormemente mientras le estrecha contra él.

Alisma ha aprendido a asumir mis terrores y responde de una forma más sensible y animosa. Es fuerte y decidida, aunque extremadamente sensible. Ya no llora si lloro, solo me abraza y me calma y hace que todo sea más fácil, en ese sentido es como Peeta.

Esas noches ninguno de los dos volvemos a pegar ojo, a veces yo sí lo consigo, solo por agotamiento, pero Peeta no. Peeta se queda desvelado, mirando a Alisma abrazada a mi cuerpo en nuestra cama, acariciándole el cabello y guardando su sueño y el mío. Se levanta decenas de veces para asomarse a la cuna de Dandelion, y al día siguiente, a veces acude a la panadería con grandes ojeras, y a veces accede a que acuda yo y él se queda con los niños.

Nuestra vida no es fácil, nunca lo ha sido y nunca lo será, pero cuando las cosas fluyen con cierta normalidad no puedo ser más feliz, no puedo amarlos más.

El tiempo pasa y Alisma es más bella cada día. Irradia una ternura irresistible, una comprensión infinita y una tolerancia maravillosa. Hace muchas amistades en la escuela, aunque suele pasar el tiempo a solas con Adahy, el mayor de los Hawthorne. En todo caso nunca le falta compañía, al contrario, debe huir de ella para hacer sus tareas o dedicarse a sus hobbies. Adora dibujar, aunque lo realmente bello es escucharla cantar, tiene una voz preciosa que me recuerda a mi padre, y a mí misma.

Adahy pasa muchas tardes en nuestra casa. Es un crío fuerte, alto, apuesto, muy parecido a Gale. Pasan los días jugando, corriendo escaleras arriba y abajo, con Dandelion tratando de seguir sus juegos, y acabando a gritos, frustrado, porque le resulta imposible. Peeta trata de entretenerle, también intentamos que juegue con los pequeños de la familia Hawthorne, pero es imposible, él solo quiere estar con su hermana, todo lo que ella hace le fascina, me recuerda a Prim.

Cuando la casa queda libre de visitas, Alisma dedica todo su tiempo a su hermano, lo abraza, lo besa, le canta, le cuenta historias, le hace dibujos… Se adoran. Paso gran parte de mi tiempo únicamente observándoles.

Enseño a Alisma a usar el arco cuando cumple ocho años. Peeta lo desaprueba totalmente, pero cuando un oso joven nos sorprende en mitad de una excursión, y todo lo que Alisma hace para salvarse de él es cederle un bote de mermelada, Peeta acepta que le enseñe. Recuerdo el día del oso como si fuera ayer. Peeta es incapaz de comprender que el bosque no es lugar para los niños, solo quiere satisfacerlos, así que olvida los graves peligros que supone. Aquel día yo sostenía a Dandelion en mis brazos, asustada ante la posibilidad de que anduviera por ahí y cualquier bestia se echara sobre él. Alisma, sin embargo, daba vueltas y vueltas a unos metros de nosotros, mientras canturreaba para los sinsajos. Era un momento muy bello, nuestra hija cantando y las aves imitándola después, hasta que apareció el oso, husmeando el aire. Lo primero que Peeta hizo es lo único que no debía hacer, moverse bruscamente y gritar al animal, en respuesta el oso se irguió sobre sus dos fuertes patas y cubrió con su sombra la bonita y pequeña figura de nuestra hija, que le miraba con fascinación. Era evidente que ella no tenía miedo, se sentía agraciada por un golpe de suerte.

-Alisma, quédate quieta y no le mires a los ojos- dije yo con firmeza –Peeta, coge al niño- le ordené, y él tomó a un asombrado Dandy en brazos al instante. Tensé mi arco y apunté a la garganta del oso, mi hija me conoce lo suficiente para saber que eso era lo que estaba haciendo, aunque no me viera.

-No lo hagas, mamá- me dijo con voz dulce pero firme.

-Te he dicho que dejes de mirarle a los ojos- insistí, pensando en la reprimenda y consecuente castigo que le caería a la niña en cuanto matara al animal.

-No pienso hacerlo. Dame el bote de mermelada- todo el vello de mi cuerpo se erizó ante su desobediencia y su vulnerabilidad.

-Alisma- dijo Peeta amablemente- yo tampoco quiero que le pase nada al osito, pero eres tú o él, cariño- Alisma solo se giró para dedicarle a su padre una mirada tan azul como implacable, demasiado parecida a la mía como para saber que Alisma haría lo que le diera la gana, y que en aquel momento no teníamos ningún poder sobre ella.

El oso vacilaba erguido, sin saber si éramos una amenaza para él o no, nos mató del susto cuando tras un gruñido volvió a apoyarse en sus cuatro patas. Me rendí, y arrojé el bote de mermelada a los pies de mi cabezota hija. Ella lo abrió y lo dejó en el suelo, al menos no tuvo la osadía de intentar acariciar al oso. Se alejó lentamente hasta llegar a mí, sentí el impulso de darle una bofetada, pero jamás podría poner una mano encima de mis hijos, así que en lugar de hacerlo me enfadé con ella profundamente, durante más de dos semanas.

Pasamos el resto de la tarde perseguidos por un oso pedigüeño, hasta que el oso quedó lleno de nuestra merienda y se largó.

Alisma no se cansa de contar la anécdota del oso. Se lo cuenta a todos sus amigos, a sus primos, a sus compañeros de clase, a Haymitch, a mi madre, a sus "tíos". Adora la historia del oso.

Una tarde de domingo se la narra a Finnick, que nos visita con cierta asiduidad, para que él la transforme en un cuento trepidante, donde la bella y valiente Alisma domina al oso y lo hace su amigo para siempre.

Peeta niega con la cabeza mientras Finnick escribe y escribe bajo la ordenes de nuestra encantadora niña.

-Esta muchacha es un peligro- ríe Haymitch, aquel día, echado cómodamente en uno de nuestros sillones, mientras mi madre acuna a Dandelion en el sillón opuesto. Finny y Ali están sentados en la alfombra, Annie con ellos, apoyada cerca de su hijo. Finnick Junior es ya un adolescente radiante, al que no le faltan pretendientes, de hecho Annie está preocupada por su promiscuidad, siendo él tan joven, apenas tiene catorce años.

Annie es una persona retraída a ratos, que responde de forma inusual a las situaciones y, a veces, a las conversaciones, pero es consciente de la realidad, y responsable con su pequeño. Sabe de la relación que Finnick tiene con Peeta, el cual se ha implicado mucho en la educación del chico, no pasa una semana sin que lo vea, incluso acude a las reuniones de la escuela. Cuando Annie descubre que su hijo se ve con adolescentes mucho mayores que él decide acudir a Peeta para que indague.

-Es solo un niño- nos dice Annie, muy angustiada. Estamos en la cocina, ellos sostienen una taza de café en su mano, yo una infusión de menta- No quiero que se aprovechen de él como ocurrió con…- sus ojos se anegan en lágrimas. Peeta es más rápido que yo en reaccionar. Deja su café en la repisa de la cocina y abraza a Annie bajo su mentón.

-Dinos exactamente qué ocurre, o qué crees que ocurre- murmura Peeta. Yo cojo una servilleta, resistiendo la congoja que se anuda en mi garganta, y le limpio con delicadeza las mejillas. Ella me mira de esa forma en que solo sus ojos pueden mirarme, si tengo una amiga en el mundo, es Annie.

-Le he visto a la salida de la escuela con chicas de otros cursos por encima del suyo.

-¿Alguna mayor de edad?- inquiere Peeta, ella niega con la cabeza.

-Creo que no.

-¿Algún hombre?- Annie vuelve a negar, después de temblar un poco.

-No.

-¿Has hablado con él?- añade Peeta.

-Lo he intentado, le he preguntado si sale con alguna chica mayor. Dice que a veces sí- Annie suspira- A veces se comporta como si fuera mucho más mayor de lo que es.

-Realmente parece más mayor de lo que es- dice Peeta, se produce un silencio en el que aprovecho para asomarme al salón.

Finnick tiene a Dandelion sentado en el hueco que hay entre sus piernas extendidas, le entretiene con facilidad mientras sigue escribiendo la narración eterna de Ali. Me fijo en él, pronto cumplirá los catorce años. Es alto, atlético, casi una copia exacta de su padre; sus rasgos son sensuales como los de Finick padre, aunque a mí me cuesta verlos porque solo le veo como un niño, un niño por el que siento tanto amor como por mis propios hijos, como también me ocurre con Adahy, aunque Finnick es tan cariñoso y diferente que despierta en mí un vínculo mucho más maternal. Es arrebatadoramente hermoso, no es atractivo, es guapo, perfecto. Annie recibe un bombardeo de ofertas del nuevo núcleo para que su hijo ejerza de modelo, por suerte él no tiene ningún interés en ello, así que Annie ha podido rechazarlas con tranquilidad. Pero el problema de Finnick es diferente, su belleza atrae a otras personas como la miel a las moscas, puede conseguir todo lo que desee solo con un guiño. Peeta dice que Finnick está utilizando ese poder de persuasión para llenar el vacío que ha dejado su padre en su vida, eso me parte el corazón.

-Hablaré con él- dice Peeta, rompiendo el silencio.

-Intenta saber hasta dónde…- comenta Annie con extrema timidez- hasta dónde ha llegado- Peeta suspira, mira a Annie con una mezcla de firmeza y comprensión.

-Annie- susurra- No te preocupes, seguro que son cosas de adolescentes...- Peeta hace una pausa que llena con su mirada, Annie suspira, su mente parece llena de más cosas de las que puede asimilar.

Me doy cuenta de que nunca he pensado en la vida sexual de Peeta antes de mí. Me sorprende no haber reparado en ello, como si hubiera dado por hecho que él, como Gale, ya había tenido relaciones antes que yo, pero ¿realmente ha sido así?

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Aquella noche Peeta me cuenta que Finnick tiene una novia tres años mayor que él, él dice que solo la ve a ratos y que de momento no tienen relaciones, aunque ella quiere tenerlas. Nos queda claro que Finnick parece más mayor y se comporta precisamente como si fuera más mayor, y Annie tendrá que aceptarlo.

-Bueno, al menos con Finnick he entrenado ese aspecto de la educación…- dice Peeta, mientras se desviste y entra en la cama.

-¿Qué aspecto?- inquiero yo, un poco pérdida.

-Ya sabes, el sexo…- me ruborizo un poco ante la pregunta que deseo hacerle.

-Está bien, así te ocuparás tú cuando llegue el momento- se ríe y me cubre con su cuerpo, mordiéndome un poco el mentón.

-Así que ya te has escabullido de ello, con años de antelación- vuelve a morderme- eres una artista del escaqueo…- frunzo el ceño ante su broma, pero decido ignorarla para abordar el tema que me interesa.

-Peeta, ¿tú cuando empezaste…?- me mira con expresión extraña.

-No había tenido sexo con nadie antes que tú- dice, como si fuera lo más obvio del mundo.

-¿Por qué?- añado, sorprendida.

-Porque no quería- dice tajante- ¿Tú sí?- me resulta irónica la cuestión.

-No… no se me pasaba por la cabeza… Bueno, una vez se me pasó, pero no fue por necesidad- el gesto de Peeta se torna en gravedad, y entonces me abraza con mucha fuerza.

-Algunas de mis amigas tuvieron que hacerlo, era tan horroroso pensarlo… Solía ocurrir siempre lo mismo, alguna de ellas pensaba que podía ser conmigo, que si se acostaban conmigo yo podría darles pan o algún alimento a escondidas, al ver que no era así acudían a otros, puedes imaginar a quién.- asiento y él hace una larga pausa- Mucha gente tenía la idea equivocada de que trabajando en la panadería podía comer cuanto quisiera…

-Yo lo pensaba- murmuro.

-Pues no era así, teníamos la comida racionalizada y todos los beneficios salvo un porcentaje mínimo, eran para el Gobierno. Los llamados artículos de lujo no estaban totalmente prohibidos. Todos los ingredientes que utilizábamos estaban perfectamente contabilizados, el día que…- sale de mi regazo para mirarme con seriedad- el día que quemé aquellos panes… bueno mi madre me pegó no solo porque siempre solía hacerlo, sino porque tendría que dar cuenta al control de dónde habían ido a parar esos panes, dejar constancia de que los habíamos quemado y tirado a los cerdos, y se nos podían descontar de la ración.

-Lo siento mucho…- Peeta ríe con aspecto cansado.

-Katniss, no hay nada que sentir, hubiera muerto de hambre yo en tu lugar. ¿Eres capaz de entender qué significabas para mí?- miro hacia otro lugar, creo que aun hoy no lo entiendo- En un mundo lleno de desgracia y de maldad estabas tú, con esa mezcla de inocencia y valor. Tú fuiste mi salvación cuando no le importaba a nadie, hiciste mi vida diferente entre un montón de días iguales.

Me mantengo en silencio ante la mirada llena de amor de Peeta y cuando me quiero dar cuenta me he llevado el colgante de la perla a los labios.

-Cuando te secuestraron solía hacer esto- le dije, rompiendo el silencio, pero acrecentando mi rubor- Me relajaba… creo que era como sentir tus labios.- Peeta esboza una sonrisa leve, retira cuidadosamente la mano que sostiene la perla de mi boca, y la sustituye con sus labios.

En lugar de relajarme, en esta ocasión, el roce de la perla me ha provocado angustia, al recordar el regreso de Peeta, su ingreso, y la forma en que le traté. Antes de que pueda evitarlo me arden los ojos y unas lágrimas muy calientes caen por mis mejillas. Presiono el pecho de Peeta para separarle de mí y él me sostiene de los hombros sin ejercer presión, mirando preocupado.

-¿Qué ocurre?- dice, limpiándome los ojos.

-¿Crees que te merezco?- le pregunto, con la angustia atenazada en el estómago.

-¿Cómo puedes decir eso?- intento serenarme, porque cuando me disgusto normalmente no puedo articular palabra.

-Cada día deseaba que volvieras, pero cuando volviste, actúe como si te detestara- Peeta ejerce un poco más de fuerza en mis hombros.

-Cualquiera me hubiera metido un tiro, intenté matarte, ya no era yo- a pesar de mis esfuerzos, sollozo descontroladamente.

-Pero en algún lugar estabas tú- Peeta niega con la cabeza.

-Katniss, lo que hiciste fue lo mejor que pudiste hacer, créeme, no hubieras podido ayudarme, necesitaba justamente lo que tuve- me vuelve a besar, y su sabor dulce se mezcla en mi boca con la nota salada de las lágrimas.

-¿Tú hubieras hecho lo mismo que yo, si me hubiera pasado a mí?- susurro, encima de sus labios.

-Claro que no- musita él, y vuelve a dejar un beso cerca de mi oído- yo soy un irracional, lo hubiera echado todo a perder. Hiciste lo que debías, créeme.- traza un camino de besos por mi cuello hasta mi hombro, y me estremezco.

-Una vez alguien me dijo que no te merecería ni en cien años- susurro, con timidez, esperando que no intuya quién fue, y bastante segura de que lo supondría con acierto.

-Pues ese alguien se equivocó, y seguramente solo lo dijo para provocarte- sus manos descienden hasta mi cintura, y su boca me acaricia la garganta.

-¿Provocarme para qué?-Peeta se encoge de hombros.

-No lo sé, pero si es quién creo, lo hizo con algún objetivo- hago memoria, y pienso en el efecto que causaron esas palabras en mí, pero no soy capaz de detectarlo, y el efecto que produce el tacto de Peeta bajo mi blusa me dificulta el pensamiento.

Finalmente desisto en toda reflexión y me dejo mimar, cuando me parece escuchar un golpeteo en la puerta. Peeta no parece haber oído nada, así que al principio lo ignoro, distraída con los movimientos de su boca sobre mi abdomen, pero entonces lo escucho claramente.

-¿Mamá?- me incorporo un poco, Peeta me flanquea con los brazos, sin saber qué ocurre.

-Es Ali- no deja de asombrarme la capacidad de abstracción absoluta que Peeta llega a tener cuando compartimos ciertos momentos en la cama -¿no la oyes?- como si le costara un mundo, se despega de mi cuerpo y mira a la puerta, expectante.

-No- chasqueo la lengua.

-Eso es porque ahora no está diciendo nada- me levanto, colocándome la blusa y abro la puerta. Detrás se encuentra Alisma en pijama, de la mano lleva a Dandelion, y junto a Dandelion está el viejo Uno, con gesto aburrido.

-¿Se puede?- pregunta la niña, con su expresión angelical, miro a Dandy, que me sonríe mientras se chupetea un dedo.

-¿Qué ocurre?- le digo, intentando no verme afectada por su dulzura.

-Es que Dandy no puede dormir y se mete en mi cama, le duermo, pero vuelve otra vez- el niño parece saber perfectamente de que hablamos.

-Bueno, ve a la cama, ya le duermo yo- le digo, y le doy un besito en la frente, entonces ella se asoma y le dedica una mirada inocente a su padre, y después a mí.- No- me adelanto, sabiendo lo que va a pedirme.

-Pero hoy es sábado, por favor…- veo como sonríe, y puedo imaginar que Peeta le está haciendo algún gesto detrás de mí.-Además, es pronto todavía, ¿por qué os habéis acostado tan pronto?- me ruborizo.

-Porque estamos cansados- de repente Uno se escapa del trío y entra con total libertad a la habitación, veo a Peeta recibiéndole con alegría y empiezo a enfadarme. Regaño al lobo, que huye despavorido, pero para entonces Alisma ya ha corrido encima a tumbarse sobre su padre, y Dandy va detrás con alegría.

-Os quedáis un ratito y después a la cama- accedo, pero ya ni siquiera me escuchan. Observo a Uno asomarse por la escalera, y le dejo pasar a la habitación, donde se tumba pesadamente en una esquina.

-Hola mudito- le dice Peeta al niño, que se cuelga a su cuello y se refugia allí, claramente somnoliento. Le llama así porque ya tiene tres años y apenas habla. Al principio nos preocupaba, pero la doctora, tras hacerle algunas pruebas, dijo que aquello pasaba a veces y que en su caso no había ningún problema.- ¿Tienes sueño?- Dandy asiente con la cabeza, sus ojos grandes y grises, coronados por sus espesas pestañas rubias, se entrecierran de forma teatral, y finge un bostezo.- Entonces a tu cama…- dice Peeta, y hace ademán de levantarse, de forma que consigue arrancarle una sílaba a Dandy, que parece hablar solo cuando es necesario.

-Nooo…- implora, con una voz casi inaudible, veo como Ali junta sus manos bajo el mentón, con emoción.

-¿Por qué?

-No quiero- musita Dandelion, y mira de reojo a su hermana. Ella disimula, porque si él detecta algún gesto de sorpresa se ruboriza y vuelve a su mutismo.

-Pero has dicho que tienes sueño- insiste Peeta, el crío empieza a enfadarse, poniendo un gesto a caballo entre el sollozo y el grito.

-No- insiste Dandy, con un pequeño puchero. Alisma se ríe y él la mira con rabia, después los ojos se le ponen muy rojos y esconde su cara en el cuello de Peeta.

-Qué llorón es- dice Alisma.

-Ali- le regaño- no habla, pero lo entiende todo. No le hagas rabiar- acaricio la pequeña espalda de mi niño, que reacciona a mi tacto y se echa sobre mí. Le beso el pelo, él se anuda a mi cuello mientras mira a Alisma, irritado, porque ella le arruga la nariz.

Pasamos un rato jugando con los niños hasta que a los cuatro nos puede el sueño. Sé que les estoy mal acostumbrando, pero estoy tan a gusto con Alisma abrazada a mí, y viendo a Peeta acariciar la cabecita de Dandelion, que reposa sobre su pecho, que decido dejar que mis ojos se cierren a la espera del nuevo día.

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Con ellos, cada día puede ser totalmente diferente al anterior. Con el tiempo Dandy empieza a hablar fluidamente, y todos disimulamos nuestro asombro, tal y como nos ha aconsejado la doctora. Al principio, habla para preguntar cosas o pedirlas, a la edad de cuatro años habla con más frecuencia, sobretodo para contar cosas que le sorprenden y hacer preguntas más complejas.

-¿Y qué ha hecho Uno?- inquiere Peeta, mientras le ata los cordones de los zapatos. Estamos preparándonos para la llegada de Finnick, va a venir a cuidar a los niños mientras nosotros visitamos a Johanna en el hospital, ya que Gale y ella han tenido a su cuarto hijo.

-Se lo ha comido- contesta Dandy, que está sentado en la rodilla de Peeta, con un brazo sobre sus hombros.

-Ugh, qué asco- el niño asiente, un rizo rubio le cae sobre la frente y él se lo retira con su mano pálida.

-Sí, era una mosca muy gorda- se queda en silencio- ¿por qué Uno se come las moscas? ¿Por qué no le da asco?- pregunta con gran curiosidad.

-Porque no tiene manos- Dandy abre mucho los ojos, como si eso respondiera todas sus dudas- Si tuviera manos cogería un matamoscas- prosigue Peeta, y le arranca la risa al pequeño.

-Uno coge todo con la boca, porque no tiene manos…- sentencia nuestro hijo cuando para de reír.

-Eso es, ¿no te parece?- Dandy frunce el ceño y asiente. Peeta le termina de atar la segunda zapatilla y entonces él se levanta de un brinco, con las manos a la espalda.

-Papá, si te molestara una mosca, y no tuvieras manos- frunce mucho más el ceño, buscando las palabras- ¿te la comerías?- Peeta finge pensarlo bien.

-Sí- contesta, finalmente, Dandy pone una mueca.

-Pues yo no- dice él.

-¿Nunca?- el pequeño hincha un poco el pecho.

-Nunca. Es asqueroso.- entonces se marcha, con las manos a la espalda, y puedo vaticinar con total certeza que su juego de hoy va a ser intentar vivir sin usar las manos.

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El termómetro marca poco más de 37ºC pero Alisma me mira como si estuviera muy enferma, sin embargo, no intenta convencerme de que me quede. Me recuerdo a mí misma yendo a cazar al bosque con su temperatura, cuando mi madre todavía se recuperaba de la muerte de mi padre. Recuerdo que aquella vez el padre de Peeta se sorprendió porque las ardillas que le entregué habían sido acertadas por los pelos. Es curioso como la forma en que te crías puede cambiar el umbral de lo que puedes soportar, Alisma solo ha cogido un resfriado y lleva todo el día durmiendo, mientras yo hacía un día normal, incluso con anginas.

Cuando llega Finnick le explico que Alisma está en cama y debe de tomar un analgésico cada ocho horas, le doy instrucciones de lo que debe hacer si le sube la fiebre y también le cuento que Dandelion encuentra muy entretenido no usar las manos. Finnick, que en su camino a los quince años ya es notablemente más alto que yo, asiente con atención.

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(Alisma)

Mil espinas

Finnick entra a mi habitación con sigilo por si estoy durmiendo, cuando ve que tengo los ojos abiertos me saluda y me toca la frente con su mano suave y amplia; Huele a perfume para hombre, es un olor muy tenue pero envolvente, que me inunda el olfato. Cuando quiero darme cuenta estoy aspirando el aire profundamente.

-¿Hace mucho que has llegado?- le pregunto, él se encoge de hombros.

-Como una hora, no quería despertarte, pero tienes que ponerte el termómetro- dice con amabilidad, el tono de su voz me distrae, pero logro reaccionar a tiempo cuando él me acerca la varita de vidrio que tengo que colocarme en la axila.

-¿Cómo estás?- le pregunto, rompiendo el silencio, mientras me coloco el termómetro.

-Muy bien- comenta, con gesto tranquilo. Sus ojos verdes reposan con confianza en mi cara, y me relaja observar su tonalidad.

-¿Has escrito?- asiente, con una leve sonrisa.

-Claro, ya sabes que me paso la mayor parte del tiempo escribiendo. De hecho, tengo una historia que te puede interesar- siento como los músculos de mi rostro se tensan de la emoción. Entre la penumbra de mi cuarto, su sonrisa se dibuja blanca y brillante como los pétalos de una margarita.

-¿De qué trata?

-De un ser que se ha quedado solo, en un planeta muy lejano a la Tierra- me atuso la trenza, las historias de extraterrestres me encantan.

-¿Cómo?

-Se extravió, tuvieron que evacuar el planeta porque estaba muy contaminado, pero él bajó de la nave cuando sus padres estaban distraídos.- dice, de tal manera que parece contar una historia real, algo que han dado en las noticias.

-¿Y qué va a hacer allí, él sólo?- Finnick se ríe, y se apoya ligeramente en la pared, sentándose a mi lado.

-Tendrás que leerlo, ¿no?- le devuelvo la sonrisa, y yo también me apoyo en la pared, nuestros brazos se rozan.

-Sí, claro…- dudo- aunque en realidad me gusta más cuando las cuentas tú.

-Bueno, tengo varias historias para ti, no puedo leértelas yo mismo porque tengo un examen dentro de unos días, lo siento- murmura.

-Vale, ¿puedo ayudarte? Ya sabes, haciéndote preguntas- añado, en ocasiones, cuando Finnick viene a casa en temporada de exámenes, papá y yo le hacemos preguntas sobre el texto para ayudarle a memorizar cosas.

-Contaba con ello- sonríe.

-Genial- entonces da un golpecito suave y preciso a la parte del termómetro que sobre sale de mi camiseta, sin dejar de mirarme, y caigo en la cuenta de ello. Me lo quito y se lo doy, él se levanta y lo lleva cerca de la ventana, para ver a la luz del patio qué temperatura marca.

-Vaya- musita- ¿te encuentras peor o mejor que cuando se han ido los tíos?- una extraña sensación sube por mi estómago, pues en parte me siento mucho más animada, pero ciertamente también noto pinchazos en la garganta que antes no sentía.

-No lo tengo claro- confieso.

-Tienes 38 grados- me informa- Caliento la cena y te tomas una pastilla- dice mirando el reloj, aunque me gusta que me cuide, en realidad me incomoda que lo haga de esa forma. No sabría decir de qué forma, pero una forma que me recuerda más a mi padre que a un amigo, y que hace que me sienta un poco lejos de él.

-Sé calentar la cena, lo puedo hacer yo- me mira con ternura.

-Claro que sabes, pero estoy aquí para cuidar de ti, no para sentarme en el sofá, ¿entiendes?- asiento.

-¿Dónde está Dandy?- pregunto.

-Está viendo una película en el salón, debería de bajar- dice él, moviéndose hacia la puerta, entonces yo me levanto como un resorte.

-Voy contigo- frunce un poco el ceño, sopesando qué debería hacer él como mi niñero.

-¿No tienes que seguir en cama?- me encojo de hombros.

-¿Qué ha dicho mi madre?- coge mi bata de la mesita de noche, y me sorprende lo diminuta que parece en sus manos.

-Nada en concreto, solo que os acostéis a las diez como muy tarde- me cubre con ella con delicadeza, mientras yo introduzco los brazos por las mangas.

-Entonces no hay problema- agarro su reloj, y hasta ese objeto parece hecho a una escala mayor que mi mundo- Solo son las siete y media- digo, leyendo la hora en él.

-Bien- accede, y posa su mano suavemente en mi espalda mientras bajamos las escaleras.

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Dandelion está embobado con una película de ciencia ficción, no es el tipo de películas que ve un niño de cuatro años pero Finnick y yo sabemos que él no es muy normal.

Finnick sirve la comida que nuestros padres han preparado para los tres. Pollo y patatas asadas con salsa. Los tres nos sentamos en la mesa del salón y comemos con ganas, a mitad de la comida él me da una pastillita blanca, me la trago deprisa y como con ansia para eliminar el sabor amargo que ha dejado en mi paladar.

-Primo- dice Dandelion de repente- ¿tú sabes qué es esto?- dice, señalando su comida- Finnick se encoge de hombros y me dirige una breve mirada, yo niego levemente con la cabeza.

-¿Un muslo de pollo?- Dandy hace un gesto raro con la cabeza, como si se quedara a la mitad de una negación. Entonces se levanta y coge uno de sus libros ilustrados y señala un gallo.

-Eso es esto ¿qué piensas?- Finnick levanta ligeramente una ceja.

-¿Qué piensas tú?- mi hermano hurga su comida con el tenedor, y aunque pone un gesto extraño sigue comiendo.

-Que está bueno- dice tras tragar- pero es un pollito.

Se hace el silencio entre los tres, Dandelion sigue cenando y viendo la película como si no acabara de soltar aquello. Finnick nos trae un yogurt para el postre y se acomoda en el sofá para comerse el suyo. Yo me siento junto a él, abrazando mis rodillas, unos minutos más tarde se levanta para coger su libro y me da a mí un cuaderno escrito con letra bonita, es el cuaderno donde escribe las historias que considera acabadas. Acabo de leer sus dos nuevas historias y entonces me deja su libro de ciencias sociales y le ayudo a comprobar hasta qué punto se ha aprendido la lección, realmente no la lleva mal. Para cuando acaba la película queda poco para las diez y yo no quiero ir a la cama, y está claro que Dandelion tampoco, porque ha ido corriendo a su cuarto y está jugando con sus aviones de plástico, batallando por los cielos, por un momento Finnick se queda embelesado mientras los mira.

-Sabes- murmura, con gesto ausente- en realidad eso no son aviones, se llaman aerodeslizadores- miro los juguetes voladores de Dandy.

-¿Ah sí? ¿Qué diferencia hay?- mi "primo" no contesta, solo los mira absorto, y después sacude la cabeza.

-Olvídalo- le agarro el antebrazo, y noto su músculo duro bajo mis dedos.

-Cuéntamelo- cambia el gesto para dedicarme una de sus habituales sonrisas.

-No, seguro que te desvelaría el próximo argumento para una historia larga- miro a Dandelion de soslayo, está lo suficientemente distraído para no escucharme si hablo con normalidad, ya que susurrar supondría llamar su atención al instante.

-En realidad, sé qué son, a mis padres no les traen buenos recuerdos- noto como Finny lucha porque su expresión siga siendo tranquila y plácida- pero no sabía que eran como los aviones de juguete de Dandy.

-Perdona, no debía haber dicho eso- observo mi mano en mi pequeña rodilla, tan cerca de la suya, y me pregunto por qué tengo que ser tan chiquitita, no es solo que tenga ocho años y medio, es que además parezco más niña que cualquiera de las niñas de mi clase, y eso no me gusta.

-No pasa nada. Sé lo que es porque cuando se le antojó a Dandy, mamá se puso muy nerviosa y me lo tuvo que contar.- Finnick me mira alarmado.

-¿Sabes lo de…?

-¿Mi tía Prim?- asiente, y yo también le respondo con un asentimiento.

-Primo- irrumpe Dandelion- ¿esto son las diez, verdad?- dice, señalando un feo reloj de aguja que mi madre no quiere esconder porque fue un obsequio.

-Sí- corrobora Finnick.

-No me quiero ir a dormir- confiesa Dandy.

-¿Y entonces para qué dices nada?- inquiero, un poco ofuscada. Dandelion se encoge de hombros.

-Nunca he visto que un niño se acuerde de la hora a la que tiene que terminar de jugar- comenta Finnick, risueño.

-Dandelion es así, te puedes esperar de él cualquier cosa- mascullo, molesta con mi hermano.

-Bueno, hagamos una cosa- resuelve Finnick- os vais a la cama, Dandy puede quedarse jugando quince minutos más en la habitación, y nosotros hablando ¿bien?- Dandy asiente y yo también, por supuesto, cualquier cosa es mejor que separarme de repente de él.

Así que acuesta a Dandy y vuelve a bajar las escaleras con el termómetro en la mano, me lo pongo sin vacilar, y me sorprendo porque Finnick retome la conversación, es la primera vez que hablamos de eso.

-¿Quieres seguir hablando?- me dice amablemente, pero no estoy segura.

-¿Tú quieres?- él se acaricia el mentón, alzando un poco la mandíbula. Observo su piel dorada, la forma en que se dibuja su oreja pequeña, y la manera en que el cabello rubio, de un rubio parecido al color del trigo, roza su nuca.

-No lo sé, tenía ganas de hablar de ello contigo, saber cómo lo vives, pero pensaba que esta conversación se daría cuando fueras más mayor.

-Mamá aceptó comprarle aquellos juguetes a Dandy para enfrentarse con su trauma. Prim bajó de un aerodeslizador para repartir medicinas a los refugiados en la mansión de Snow, pero eran bombas.- Finnick asiente- ¿Sabes qué?- miro al vacío- a veces no parece real. Sé que mi madre fue el sinsajo, que ganó aquellos juegos retando al Capitolio y que salvó la vida de mi padre. Sé que mi padre fue secuestrado y que durante un tiempo pensó que mi madre era un muto. Sé que hubo una guerra y sé que…- Finnick cierra los ojos, apoyando su nuca en el respaldo del sillón, entonces me atrevo a tocar su mano.

-Sigue.

-Sé que muchos murieron en esa guerra. Y antes de ella.- me atrevo a decir.

-Mi madre se volvió loca por culpa de Los Juegos, pero mi padre la amaba igual, y porque la amaba fue a esa guerra, sin saber si quiera que ya me habían concebido, o quizá sí- masculla- A veces es como si él nunca hubiera existido y otras es como si le viera en el espejo, pero sea como sea no puedo tocarle, no puedo decirle cómo me siento, no puedo preguntarle tantas cosas que no sé.

-Entiendo.- es lo único que se me ocurre decir.

-Lo más parecido que tengo es Peeta, tu padre, mi tío. No me importa que realmente no nos unan lazos de sangre- me coge la mano.- Siempre seréis mi familia.- siento una mezcla de satisfacción y miedo, aprieto su mano en respuesta.

-Siempre estaremos juntos- afirmo.

-Por supuesto- nos miramos, y entonces antes de que pueda decidirlo, me aferro a su cuello, aspirando su perfume. Él da un respingo y yo me asusto.- ¡Ali, el termómetro!- lo saco de mi axila y compruebo que no se ha roto, con alivio.

-Uf, lo siento.

-No pasa nada, creo que no soy buen niñero, son las diez y veinte, y llevas todo este tiempo con el termómetro puesto- me río.

-Yo no tengo queja- él también se ríe.

-Eso está bien- mira mi temperatura y me informa de que ha bajado, y por supuesto me insta a ir a la cama.

Subo las escaleras con su mano tocando mi cintura muy levemente, me meto de un brinco en la cama, él me acaricia brevemente la mejilla, me da las buenas noches y me apaga la luz.

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Normalmente duermo muy bien, profundamente, pero ahora que estoy resfriada no lo consigo. Se me seca la boca y me despierto, sintiendo que mi garganta es como una lija. Miro el reloj a la luz de la lamparita, y veo que son las tres de la mañana. Mis padres han debido volver ya, a no ser que se hayan quedado en el hospital por algún motivo. Me dirijo a su cuarto, pero allí no están, así que bajo las escaleras, en calcetines, para no hacer ruido. Veo que la puerta de la calle está entre abierta. La televisión está puesta a un volumen casi imperceptible, en el sofá hay una manta y una almohada, pero Finnick no está.

Entonces me asomo por la puerta y veo que Finnick habla con una chica que mide un palmo menos que él, su aspecto me es familiar. Es muy atractiva, tiene el cabello oscuro, muy largo, y siempre lleva los ojos pintados de un tono muy oscuro que resalta el color ambarino de ellos. Me doy cuenta de que es una habitante de la zona comercial, en concreto trabaja en la nueva panadería del Distrito, que trata sin éxito de hacerle competencia a la nuestra.

-Me alegro de haber podido estar un poco contigo- murmura Finnick, su silueta atlética se dibuja perfectamente a lo lejos, iluminada por las farolas del porche. La chica parece un gatito, juguetea con su cabello muy cerca de él.

-Gracias, yo también me alegro.- él se inclina hacia ella y la besa, muy lenta y profundamente, por lo general, los besos me resultan nauseabundos, pero cuando veo como ella arquea la espalda y se relaja, me da que pensar lo mismo que cuando veo a mis padres besarse, que algo tienen que hace que las personas se sientan muy bien.

-Siento no haberte invitado a entrar, ya sabes, no es mi casa.- se disculpa.

-No importa- contesta ella, amablemente.

-Nos vemos mañana, ¿vale?- dice él, con dulzura, ella asiente, y le da un beso breve antes de darse la vuelta. Algo en mi interior me acongoja, pero no sé lo que es.

Ambos se despiden con la mano, cuando ella se pierde por el camino, Finnick se da la vuelta, y yo me apresuro a internarme en la cocina.

Tengo mucho calor, y se lo achaco a la fiebre. Intento calentarme un vaso de leche pero me tiembla el pulso, y trato de pensar que aquello también se debe al estado febril. Cuando mi primo de repuesto entra en la cocina y me ve llorar, me pregunta si me duele mucho la garganta, y yo asiento, porque realmente tengo un nudo ahí, y mil espinas.

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(Finnick)

No estoy solo

Johanna dio a la luz a altas horas de la madrugada, así es que me quedé en el sofá de los Mellark hasta el día siguiente. Cuando ellos llegaron me levanté como un resorte, mi tío Peeta se apresuró a ponerme una mano en el hombro para que me volviera a tumbar, pero lo cierto es que no suelo dormir muchas horas y en cuanto me desvelo no vuelvo a coger el sueño.

Estiré el sofá, coloqué los cojines y guardé la manta en el lugar del que la cogí, mientras Peeta insistía en que no era necesario que ordenara nada. Los Hawerthorne han tenido otro niño, le han llamado Eijah; Peeta me enseña las fotos que le ha hecho, con satisfacción. Tía Katniss entra en el salón con su propia taza de café, y me doy cuenta con horror que Dandelion dejó uno de sus aerodeslizadores tirados por el suelo, quiero levantarme a recogerlo pero el tío es más rápido y lo hace desaparecer en un pestañeo.

Tras comprobar el sueño de los niños y descubrirlos a ambos durmiendo juntos en la cama de Ali, les confirmo que se han portado bien y que Alisma tiene la garganta dolorida, y entonces nos tomamos el café con dulces. Katniss no aguanta mucho tiempo en el salón, y se despide de nosotros para subir las escaleras a su cuarto. Peeta y yo charlamos un rato, hablamos sobretodo del instituto, me gusta hablar de lo que he aprendido con él o tía Katniss, ya que mi madre tiene un tiempo limitado para escuchar, siempre hay alguna cosa que enciende algo en su mente y le transporta lejos de mí.

Es muy temprano, pero ni el tío ni yo tenemos sueño, aunque él se ve claramente cansado. Salimos al huerto, el viejo lobo nos sigue con esfuerzo, y nos observa desde la lejanía, es adorado por el tío, porque al parecer le ayudó mucho a recuperarse del secuestro, cuando se sometió a hipnosis.

Enmarcando el huerto hay varios parterres de flores, Peeta y yo lo regamos todo antes de que apriete el sol y después nos sentamos en el rellano de la puerta que da allí. El sol empieza a tibiarnos la piel, ambos guardamos silencio observando la quietud de las plantas, Uno se aproxima al tío y se tumba a sus pies, él le acaricia la cabeza suavemente.

-No sé qué voy a hacer sin este animal- dice, con una pequeña sonrisa, mientras le mira.

-Me gustaría tener un perro, dicen que es como un familiar solo que no habla.- Comento yo.

-Bueno, él no es un perro, pero supongo que se parece.

-Lo cierto es que no tendría tiempo para cuidarlo, ya tengo suficiente con cuidar de mi madre- miro con algo de inquietud a Peeta, aunque sé que a él le puedo hablar con total franqueza.

-¿Cómo lo llevas?- me encojo de hombros.

-La verdad es que no lo sé, la mayor parte del tiempo ni siquiera pienso en ello, pero noto como si se evaporara, ¿entiendes? Es como si ella se fuera diluyendo, a veces la veo con la mirada ausente y me imagino que se quedara así para siempre- Peeta no contesta rápidamente se toma su tiempo, sus dedos se internan en el pelo mullido del animal.

-¿Sigue viendo a Aurelius?- Asiento- ¿Y tú?

-También.

-¿Cómo lo ve él?- respiro profundo.

-Ya sabes, dice que a medida que me haga adulto le recordaré más a mi padre, pero que su estado psíquico es estable, que cree que su mente recrea otros momentos y se instala allí para no experimentar el dolor.- chasqueo la lengua contra el paladar.- Es tan raro, sinceramente no acabo de saber qué quiere decir, solo lo puedo comparar con algunas cosas que yo hago, es decir, con mi propia manera de encontrar refugio. Y ya sabes cuál es.- Peeta me mira con un atisbo de duda.

-Dirás cuáles son ¿o has eliminado una?- inquiere. Niego con la cabeza.

-Escribir es un refugio, es cierto, pero yo me refiero a ellas.- me sigue sosteniendo la mirada, fabricando algún pensamiento en su mente.

-¿Alguna relación seria?- me río.

-Claro que no, es inútil.- Peeta guarda silencio durante unos instantes, entonces deja de mirarme y sus ojos se pierden en el cielo, donde las nubes se dibujan como trozos de algodón que se desprenden poco a poco en volutas.

-Sigo pensando que, llegado el momento, deberías intentarlo.- niego con la cabeza.

-Aprecio mucho tus consejos, tío, pero ahí creo que te equivocas. Ya tengo muchas responsabilidades, y mi madre siempre será una de ellas. Jamás me separaré de ella, nunca abandonaré mi casa.- Peeta mueve la cabeza de lado a lado, su mano se posa en mi hombro. Su expresión me toca el alma como solo él puede hacerlo.

-Finnick, sé que esto te lo dirán miles de veces en tu vida, ya sabes, eso de que piensas así porque eres joven. En parte creo que es cierto, que piensas así por la edad que tienes, a mí me pasaba algo parecido, era un tanto derrotista.- hace una pausa, y estoy seguro de que sus próximas palabras las ha diseñado justo a mi medida.- Cuando conozcas a la persona adecuada te darás cuenta de que amor es liberación, no es una responsabilidad añadida.- asiento, él me estrecha un poco el hombro.

Nos quedamos así, en silencio, no sé cuánto tiempo. La luz sobre los vegetales, las plantas y las flores, recae de una forma muy bella. Algunos pájaros pían jugueteando entre las ramas, otros vuelan a lo lejos. Mi mente se vacía, me deshaoga de mi conciencia y todo es silencio y el peso de la mano de Peeta en mi hombro, haciéndome sentir querido, y comprendido. Cuando cierro los ojos fantaseo con que mi padre está allí conmigo, al otro lado.

En mi fantasía él y el tío charlan animadamente, mi madre está en su regazo, con gesto jovial. Ella es una mujer normal, tan normal como cualquier persona, y también entra y sale en la conversación con alegría. En mi imaginación tengo un hermano pequeño, al que cuidamos y protegemos entre los tres.

A veces sueño despierto, en momentos en que me relajo y mi mente naufraga, veo y siento cosas que fabrica mi mente solo para mí, como ocurre en los sueños.

Siempre llega el momento de abrir los ojos, y cuando los abro, en esta ocasión, descubro una silueta brillante entre las flores. Es delgada, no mide ni un metro y medio, su pelo sumamente oscuro contrasta con la fiesta de colores de una forma curiosa, tras ella está el lobo cuidando sus pasos. Coge algunas flores con sus manos pequeñas y las anuda dulcemente, sus ojos se dirigen hacia a mí, la luz incide en ellos de una manera en que parece potenciar el azul místico que reside en su iris. Hace que la sensación de ensoñación se eleve por momentos. Parece que voy a superar el umbral de la estupefacción cuando comienza a salir una melodía hermosísima de sus labios, del fondo de su pequeño tórax, de algún mundo perfecto que resplandece en su interior. Alisma siempre me inspira.

Cuando pestañeo me doy cuenta de que mis ojos se habían quedado secos mirándola. Peeta observa a su hija con un amor inmenso, ella se acerca a nosotros, me da los buenos días, y se refugia en brazos de su padre, que le aparta el negro flequillo del rostro y la envuelve entre sus brazos.

-Cariño, te has ensuciado el pijama- ella se encoge de hombros- mamá se va a enfadar.

-No, no se va a enfadar porque la voy a regalar estas flores- asegura.

-¿Cómo estás?- le pregunto, ya que ayer parecía realmente dolorida.

-Mejor- responde, con serenidad. Peeta sonríe como hechizado por algún gesto de ella que he pasado por alto, le estrecha contra él y le besa la frente.

-¿Dandy sigue durmiendo?- pregunta Peeta, y antes de que pueda contestar su hijo sale disparado hacia el jardín correteando y gritando los buenos días.

Alisma no tarda en seguirlo al grito de "te picará una abeja" y Peeta va tras ellos. A penas unos minutos más tarde Katniss se despereza a mi lado, noto su mano delgada en mi espalda.

-¿Quieres quedarte a comer?- me pregunta, con su voz tan lineal y al mismo tiempo tan cercana para mí.- Si te parece bien podemos ir a recoger a Annie.- contesto afirmativamente, ella me dedica una sonrisa tan breve que no sé si la he imaginado, sus ojos grises vuelven a clavarse en su familia, con gesto de alerta.

Su mano no abandona el lugar de mi cuerpo donde se ha posado hasta que Dandelion rompe el aire gritando.

-¡Maaami!- exclama, todos los músculos de tía Katniss se tensan.

-Tranquila- se apresura a decir Peeta- solo ha descubierto un sapo.- dice riendo. Ante la insistencia del pequeño Mellark, Katniss se dirige allí, observo como está físicamente con su familia, pero como su mente trabaja más allá, en el lugar en el que siempre está atenta, observando, protegiéndolos.

Apoyo el mentón en mis rodillas y les observo, me llena su felicidad. Trato de leer en los rostros la sensación de los niños al disfrutar de sus dos padres. Entonces en mi campo de visión entra Peeta, que hace un gesto con la mano para que me una a ellos.

Me levanto, y me embriaga una cierta felicidad, porque si algo está claro, es que no estoy solo.