¡Hola! Bueno pues aunque aqui aún es tempranito, os dejo el capítulo de Halloween final. Quiero que sepais que lo he disfrutado como una enana y que de haber dispuesto de más tiempo hubiese escrito algunas viñetas más, sin embargo siete es un número bastante adecuado, gracias a todos/as las que habéis leido, los favs. y los follows. en especial a las que tan amablemente me habéis alegrado la mañana con un comentario, siempre es un placer saber que no estoy sola por aqui.
Por último, quiero dedicar esto a DarkPotterMalfoy, un chico que hace unas traducciones estupendas y que seguro conocéis, si no es así; apuntáos este link y revisad sus fics, ahora mismo está con un fic de Cheryl Dyson que es una absoluta gozada ( http (:) / .net (/) u (/) 2496944 (/) Si os pasais, dejadle coment! Ya sabéis, comentar es amar!
Ahora sí, que me enrollo y no acabo: Feliz Halloween y espero que os entretenga un ratito esta última locura que se me ha ocurrido.
A leer!


Disclaimer: Harry Potter y su mundo pertenecen a J.K. Rowling y Warner Brothers. No se infligen los derechos de copyright de forma intencionada.

Título: Samhain

Pairing: Harry Potter & Draco Malfoy

Rating: NC-17.

Palabras: ~2501~

Resumen: La noche de Halloween es el momento ideal para dejar atrás lo viejo y empezar con nuevos propósitos. Draco Malfoy ha decidido realizar un antoguio ritual y así, olvidar su obsesión por Harry Potter, ¿lo conseguirá?

Notas y Advertencias: Este fic trata de la relación entre dos hombres, si no te sientes cómodo con este tema, por favor, no leas.

Beta: RoHoshi y HermioneDrake


Samhain

...Darkness Surround me, with all the Powers of Witchery, Rekindle the Yearnings of Past Moons so Bright, Witch, Lord and Lady, joined on this Night...

Acostado boca abajo, observaba aburrido el mapa del merodeador, quizás era la costumbre de años, pero sus ojos rastrearon un nombre en particular. A pesar de que ese curso no había tenido problemas con él, el rubio parecía abstraído desde que acabó la guerra, Harry no era capaz de ignorarle. Era algo superior a él, Draco atrapaba su atención y esa curiosidad era algo tan intrínsecamente suyo como el cabello revuelto o los ojos verdes. Frunció el ceño al ver la etiqueta moverse por el sexto piso; si no recordaba mal, allí había unos baños de prefectos que no se usaban porque estaban demasiado alejados y la mayoría prefería ir a los de la segunda planta. Sin dudarlo, se puso una chaqueta sobre la camiseta y los viejos pantalones de chándal que usaba para dormir y se cubrió con la capa de invisibilidad. Abajo, en la sala común, se escuchaban las voces de los últimos juerguistas que celebraban Halloween, fiesta de la que había escapado en cuanto el whiskey de fuego había empezado a hacer mella en la consciencia de sus compañeros.

Salió al pasillo caminando deprisa, sin pararse a mirar a las últimas parejas que se metían mano en los rincones de la oscura estancia. Malfoy se traía algo entre manos y Harry tenía que saber lo que era.


Draco dispuso las velas con un pase de su varita, rojo y blanco, amor, sexo y pureza. El agua borboteó cercana, sacó el frasco lleno a rebosar con gruesos cristales de sal de un blanco purísimo y lo esparció mientras canturreaba un antiguo conjuro que su madre le había enseñado cuando aún era un crío. Rescató el estuche con esencias que había sustraído de la mazmorra donde se impartían las clases de Pociones y seleccionó dos de ellas, sándalo y nerolí, sensualidad y limpieza. Inspiró hondo los húmedos vapores que se elevaban desde el baño en perezosas volutas, enroscándose en torno a su cuerpo casi desnudo. Torció el gesto, porque, según había leído en aquel libro de encantamientos, el ritual que iba a realizar tenía que elaborarse preferentemente desnudo, cosa que no estaba seguro de poder hacer y no porque Draco fuese especialmente tímido, nada de eso, sino porque se sentía bastante ridículo ya por haberse visto obligado a urdir aquello como para encima tener que hacerlo sin llevar prenda alguna encima.

Dispuso las frutas, granadas rojas como la sangre, cuyos granos brillaron sugestivos al ser heridos por la claridad mortecina del círculo de velas. Las llamas titilaron mientras canturreaba, espolvoreando las transparentes semillas de anís; la manzana, también encarnada, quedó dividida en dos, el corazón mostraba una perfecta estrella de cinco puntas en el centro de la apetitosa pulpa, que lucía blanca como la nieve. Calabaza anaranjada, castañas, maduras uvas y moras que desprendían un dulce aroma a bosque, los arándanos rodando para completar el conjunto. El pequeño caldero de peltre fue el último objeto en acabar sobre el improvisado altar; el agua giró, creando ondas plateadas, surcos profundos, remolinos translúcidos, los espejismos engendrados en el fondo distorsionado del recipiente le hipnotizaron durante unos momentos.

Alzó los ojos, observando el modo en que los haces de luna le cubrían, sombras argénteas que se mezclaban con el dorado intenso del resplandor de las velas. Chasqueó los dedos y el perfume del ylang-ylang inundó con voluptuosidad la estancia. Le había costado encontrar aquel incienso en particular, porque en Hogsmeade los comercios dedicados a ingredientes de pociones y rituales estaban pobremente surtidos, había sido una suerte que el boticario se lo hubiese conseguido a tiempo.

Se humedeció los dedos con el aceite que antes había dejado caer en el agua del baño y que ahora se calentaba en un diminuto candelero de plata. El intenso aroma del sándalo se mezcló con el azulado humo, engendrando vacuas quimeras; a lo lejos, el reloj resonó, marcando el paso de las horas: doce campanadas, era tiempo. Depositó la varita al lado del muslo y se sentó en el viejo tapiz que había extendido a modo de alfombra. Cerró los ojos, dejando fluir la magia, una cálida energía que le cosquilleó en el plexo solar, arrastrándose perezosa hasta sus extremidades. Vació la mente de todo salvo de aquel pensamiento obsesivo que turbaba sus noches y sus días, sus sueños y vigilias. Harry Potter.

En ésta noche de Samhain marco tu pasaje, Rey Sol, a través del crepúsculo hacia la Tierra Eterna. También marco el pasaje de todos los que se fueron antes y de todos los que se irán después. Poder, Magia Sin Fin, Tú que haces renacer a los caídos, enséñame a entender que en los tiempos de mayor oscuridad también vive la mayor luz. Ayúdame a olvidar, a comprender... —entonó, aún con los ojos cerrados. Se acercó al pote de poción que había preparado una luna antes y la bebió de un sorbo, la minúscula cantidad de mandrágora dejó un acre y seductor rastro sobre su lengua. Abrió los parpados y se fijó en el acuoso reflejo del agua en el caldero. Tenía que exorcizar aquel insano deseo por el Héroe, porque mantenerse alejado, saber que jamás iba a rozarle siquiera, le estaba matando—. Sabia de la Luna Menguante, Diosa de la noche estrellada, creé éste fuego en Tu caldero para transformar aquello que me aqueja. Que las energías se reviertan: ¡De la oscuridad, nazca la luz! ¡De lo malo, bueno! ¡De la muerte, vida!

Siguió los pasos, resquebrajando las frutas, tenía que hacer las ofrendas, abandonar el pasado, lo inútil, dejar de sentir aquel amor sin futuro. Un leve siseo le hizo observar la habitación en penumbras, el ambiente saturado de esencias y vapores junto con la neblina perfumada del incienso creaban un escenario casi onírico; mareado, apartó las últimas gotas de la bebida y observó al causante de aquel desesperado intento. Potter, casi se le antojó que el muchacho, ya un hombre, era real y Draco, un mago acostumbrado al poder desde la cuna, no pudo dejar de asombrarse de la capacidad de sugestión de su propia mente. De rodillas frente a él, al otro lado del caldero, dentro del círculo ígneo, sus facciones rotundas, los ojos acuosos casi transparentes, el negro cabello ensortijado y aquella enloquecedora mirada.

Yo te dejo ir —susurró, mirando de frente al objeto de su desespero. La lengua ligeramente áspera por el efecto de la poción y el humo fragante que le rodeaba. La figura de Harry, alto, piel pálida contrastando con el fondo desvaído de las paredes de azulejos se le antojaba una lúbrica ensoñación, el último de sus tormentos—. Te dejo ir... Que las energías se reviertan: ¡De la oscuridad, nazca la luz! ¡De lo malo, bueno! ¡De la muerte, vida!

Harry le observó, con el asombro pintado en la cara al verle prender las velas y esparcir aquel aromática fruta sobre el pequeño centro, casi esperó estar presenciando algún ritual de magia negra. Al fin y al cabo, se dijo, era Malfoy. Malfoy, un desconocido con el dorado cabello rizándose en plateados zarcillos sobre la frente perlada de sudor, su rostro aristocrático libre de toda simulación le pareció sorprendentemente hermoso. Largas pestañas, espesas y claras como la miel, los labios fruncidos, llenos y turgentes, parecían tan jugosos como esas granadas que despedían un agradable perfume cítrico. Su esbelto cuerpo cubierto por una túnica ligera, que se abría con sus elegantes gestos, acompasados al grave tono de sus palabras. Nunca hubiese esperado ver al Slytherin entregado de aquella forma, nunca hubiese esperado sentir semejante calor instalado en lo más profundo de su vientre, un coro de estremecimientos como lenguas de ardiente ansia alimentándose unas de otras. No había sido consciente de haber traspasado el círculo de velas, ni siquiera de haberse descubierto frente a Draco, pero allí estaba, respirando de forma apresurada el caliente aire del sofocante baño, inmerso en algo que casi semejaba ser ensoñación más que realidad.

Enmudecido, le contempló mientras se ponía de pie, aún recitando el conjuro, líquidos fonemas que parecían rutilar, ensortijándose en lo más oscuro de su consciencia. Se le erizó el vello de la nuca al verle deslizarse por la estancia, lánguido, sus torneados dedos desatando el cordel que cerraba la túnica, uno a uno, tres botones y luego su piel, esa piel de porcelana expuesta. Su desnudez le hizo boquear, sonrojado y hambriento, las palmas de las manos le hormigueaban de necesidad. Ansiaba rendir ante sí a esa escultural criatura, que se sumergía en el agua tibia, los cabellos plateados flotaron como finísimas algas. Harry lo supo... lo supo, en el momento de verle emerger, la tez translúcida chorreando, los duros planos de los hombros, los bíceps, el vientre regado de una leve pelusa tan rubia que casi era intangible. La visión de su rotunda y apetecible erección le golpeó en el pecho como una cuchillada de virulento deseo. La luz de las velas bailó ante sus ojos mientras iba al encuentro de Draco. No había querido ver, le susurró una voz lejana, un sofocado lamento, un suspiro de su alma, no había querido ver...

El perfume íntimo y profundo del cuerpo empapado le hizo hincarse de rodillas cerca de donde el Slytherin se había dejado caer. Incapaz de hablar, alzó las yemas y recorrió una esquiva gota que rodaba por el pómulo esculpido, ¿cómo había podido ser tan necio, tan obtuso? No había querido ver...

Te ofrezco este presente... —El ronco vocablo explotó, reverberando profundo en lo más hondo del vientre de Harry, provocándole una erupción de ardiente lascivia, su pene palpitó, furioso y necesitado. Los labios carnosos de Draco continuaron moviéndose al compás de su apagado canto —. Te dejo ir... En ésta noche de Samhain marco tu pasaje, cierra el ciclo, acaba lo viejo, llega lo nuevo...

Tocarle supuso un consuelo, la mano temblorosa por el apremio rodó por el largo cuello, se besaron con torpeza, sus lenguas entrelazadas, compartiendo la acidez de la granada. Se apartó para chuparle las yemas a Draco, que le había acercado la fruta a la boca sin amagos o titubeos. Advirtió que sus pupilas estaban dilatadas y que tenía las mejillas encarnadas, el claro cabello goteaba aún sobre los hombros.

Pudo ver el lento parpadeo, el apagado siseo que Draco dejó escapar al notar la húmeda caricia de su lengua, consumido por la impaciencia, por la necesidad, apartó el caldero del centro del altar, hambriento tomó a su vez la mitad de una manzana y se la ofreció. Verle morder le hizo gemir de anhelo, precisaba sentirle, beberse la dulce saliva, el zumo que rodaba por la barbilla, saborearle, poseerle.

—Draco... —musitó, aún de rodillas, sus manos, que clamaban por más cercanía, se perdieron en lentos círculos por el vigoroso pecho, los pezones rosados se le antojaron mucho más apetitosos que los manjares que, en su apresurado movimiento, se habían dispersado en torno a ellos, manchándoles de jugos y almíbares espesos y sabrosos. El humo fragante le mareaba, mientras la pasión y la avidez volvían más espesa su sangre, más impetuosos sus requerimientos.

Deshacerse del estorbo en que se había convertido la ropa nunca le resultó más necesario. Casi llorando de insatisfacción, tiró de la camiseta y los pantalones, liberando su sexo enhiesto, que brillaba de un intenso púrpura. Violento y desatado, se frotó un par de veces, observando el modo en que los cordeles blancos de luz de luna resbalaban, perezosas caricias iluminando a Draco, que alzó una mano y la dejó resbalar a lo largo de su estómago, los dedos pálidos acabaron enredados en la mata de vello negro del pubis. Era fresco y liviano, hondo y terrorífico, quería más y a la vez el miedo le sobrecogía. Ante sí tenía una verdad irrefutable, imposible de eludir de nuevo, si daba aquel paso, nada volvería a ser igual... acaba lo viejo, llega lo nuevo...

En esta noche de Samhain marco tu pasaje, cierra el ciclo, acaba lo viejo, llega lo nuevo... toma mi mano —repitió Draco, que le miraba sin asomo de duda en sus claros ojos de madreperla. Y Harry se rindió con ganas, casi agradecido. Era tan sencillo dejar de luchar contra sí mismo, apartar el velo que le separaba de su verdad, dejar fluir la magia, entregarse y recibirle. Era tan sencillo...

Abrió la boca y sus lenguas volvieron a enredarse, Draco sabía dulce y ácido, granada y manzana, miel y especias. Su cuerpo delgado pareció arder y revivir bajo sus amorosos cuidados. Envalentonado por la deliciosa expresión de goce impresa en las facciones de su amante, Harry hundió la nariz en el hueco de su garganta, paladeando el pulso enloquecido. Sus palmas abarcaron los glúteos redondos y compactos, atrayéndole al círculo, al centro de sus brazos, donde correspondía. La luz de las velas titiló mientras giraban una vez más, mientras sus pelvis colisionaban, el simple contacto deteniendo el universo.

Ardor, vehemencia, seda, un gemido doliente, unos ojos grises bien abiertos, una boca tierna, una lágrima, su lengua, su ronca voz suplicándole en el oído, el mundo dejó de ser algo inhóspito, ahora el mundo era Draco. Era su cuerpo, serpenteando lascivo y primoroso contra su pubis, jugando a esconderse y a entregarse, el mundo era la tenue belleza de su ombligo, el mundo eran sus muslos pálidos rodeándole, guiando, pidiendo, ordenando. El mundo era su carne palpitante, el mundo era ese diminuto botón escondido que se le presentaba apetitoso y que él devoró con desatada gula. El mundo era sentir cómo Draco le acogía, arqueándose entre sollozos de complacencia, estrujándole, haciéndole temblar de dicha. El mundo eran besos interminables, manos unidas, su aliento cosquilleándole, resbalándole contra la garganta. El mundo era vértigo, dolor, pulsos blancos de semen, brotando en espesos hilos salados. El mundo era el orgasmo que le arrolló, entre velas, sangre, luz y agua, dándole la vida en la noche en que todo empieza y todo acaba. Su mundo se había convertido en Draco.

La velas casi se habían consumido cuando, enredados sobre el raído tapiz manchado de esperma, miel, aceites y fruta, se observaron, aún desnudos y sudorosos. Draco delineó el perfil contundente de Harry, que, con los ojos entrecerrados, sonrió cansado.

Eres real...

El moreno le atrajo de nuevo, succionando esos labios encendidos en los que había encontrado algo que ni siquiera creía estar buscando, su vida. Recorrió una a una las marcas que ensombrecían el pálido cuerpo del Slytherin. Gruñó lascivo, agotado y revivido, de nuevo hambriento, engullendo el dorado miembro tan profundo como fue capaz, disfrutando del peso de la carne que se endurecía contra su lengua, llenándole la boca, llenándole de nuevos anhelos.

—Lo soy... —jadeó, creando un mapa de besos, de tormentos; agitados, volvieron a rodar, uniéndose con desenfreno, Draco llenándolo todo, con su tacto, con su olor, con su entrega. Alzó las caderas, pujando hondo, ronco de deseo—... acaba lo viejo y llega lo nuevo...

nox...


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