Perfecta Para Ti

Capítulo 11

"Tenías razón"


Pasaron dos semanas. Entre hacer los preparativos de su fiesta de vino y queso y preocuparse por Yaten y Keri Winters, Mina perdió el peso suficiente para poder abrocharse la minifalda azul hierba doncella que no había conseguido ponerse en todo el verano.

—Vaya a ponerse algo encima —le había gruñido el señor Tomoe la noche de la fiesta al bajar ella por las escaleras con la mini puesta, además de un ceñido top color marfil.

—A usted le pago por ayudar —replicó ella—. No le está permitido criticar.

—Exhibiéndose como una buscona... Irene, venga aquí y eche un vistazo a esto.

La señora Valerio asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

—Está muy guapa, Mina. Howard, venga a ayudarme a abrir este bote de olivas. —La señora Valerio, desde que empezó a verse con el señor Tomoe, se había teñido el pelo del mismo rojo que el Pájaro Loco, que combinaba con las zapatillas carmín que llevaba esta noche con su mejor vestido negro de los domingos.

El señor Tomoe, como un pincel con su camisa blanca de manga larga, la siguió a la cocina. Mina se fue a su despacho, donde había convertido el escritorio en una mesa de bufé con el Mantel de cuadros amarillo y azul de Nana y un magnífico centro de flores de jardín que había donado la señora McClure. Pusieron el queso y la fruta en los encantadores platos de cerámica de los sesenta de Nana. El señor Tomoe se ofreció a atender a la puerta y servir el vino mientras la señora Valerio se encargaba de rellenar los platos. Fijándose en lo que compraba y recurriendo a la ayuda de sus jubilados, Mina se las había arreglado para ajustar la velada a un presupuesto. Y lo que era mejor aún, había reclutado dos clientes varones más a través de su nueva página web.

Concentrarse en el trabajo no la había ayudado mucho a borrar las imágenes de Yaten en la cama con Keri, pero hizo lo que pudo. La noticia de que la presentadora de la WGN y el más destacado representante deportivo de la ciudad se dejaban ver juntos había llegado últimamente a las tertulias radiofónicas, incluyendo el programa de máxima audiencia de la mañana, cuyos disc jockeysEric y Kathy habían lanzado ya un concurso «para poner nombre al extraño hijo que tendrán».

Sonó el timbre de la puerta.

—Ya lo he oído —gruñó el señor Tomoe desde la cocina—. No estoy sordo.

—Recuerde lo que le he dicho de sonreír —le dijo Mina cuando pasó a su lado arrastrando los pies.

—No he podido volver a sonreír desde que perdí los dientes.

—Tiene usted la misma gracia que una caja de lavativas.

—Un respeto, señorita.

Mina había estado muy preocupada con que la gente no se mezclara, y había pedido a Janine que le echara una mano. Su amiga fue la primera en llegar, seguida de Ernie Marks y Melanie Richter.

Al cabo de una hora, las pequeñas habitaciones del piso de abajo de Mina estaban a reventar. Celeste, la economista de la Universidad de Chicago, pasó mucho tiempo hablando con Jerry, el ahijado de Shirley Miller. Ernie Marks, el tranquilo director de escuela primaria, y Wendy, la vivaz arquitecta de Roscoe Village, parecía que congeniaban. Sus dos clientes más recientes, encontrados a través de la página web, se arremolinaban en torno a la elegante Melanie. Desafortunadamente, Melanie parecía más interesada en John Nager. Considerando que Melanie había estado casada con un hombre obsesionado con desinfectar los pomos de las puertas, Mina no creía que John el Hipocondríacofuera su mejor opción. Lo más interesante que deparó la noche, no obstante, resultó algo inesperado. Para sorpresa de Mina, Ray Fiedler se pegó a Janine nada más entrar, y Janine no hizo el menor esfuerzo por quitárselo de encima. Mina tenía que admitir que el nuevo corte de pelo de Ray había obrado maravillas en él.

Para cuando se fue el último invitado, estaba exhausta pero satisfecha, sobre todo porque todo el mundo quiso saber la fecha de su siguiente fiesta, y había desaparecido un buen puñado de sus folletos. En resumen, Perfecta para Ti había disfrutado de una noche bastante triunfal.

Al entrar el cortejo de Yaten y Keri en su tercera semana, Mina dejó de escuchar los chismorreos de la radio. En lugar de eso, se dedicó a hacer el seguimiento de los contactos que sus clientes habían establecido en la fiesta, intentó disuadir a Melanie de ver se con John y firmó con otro cliente. Nunca había estado más ocupada. Sólo le faltaba ser más feliz.

Un martes por la noche, poco antes de las once, sonó el timbre de la puerta. Puso a un lado el libro que estaba leyendo, bajó y se encontró a Yaten plantado en su porche, con la ropa arrugada y el aspecto cansado de quien vuelve de viaje. Aunque habían hablado por teléfono, era la primera vez que le veía desde la noche en que conoció a Keri.

El repasó su camiseta ancha, sin mangas, de algodón blanco —no llevaba sujetador— y sus pantalones de pijama azules estampados con copas rosas de martini que contenían pequeñas olivas verdes.

—¿Estabas durmiendo?

—Leyendo. ¿Ocurre algo?

—No. —Tras él, un taxi se alejaba del bordillo. Tenía enrojecido el contorno de los ojos, y una sombra de barba asomaba en su mentón de tipo duro, lo cual, a los ojos trastornados de Mina, no le hacía sino más toscamente atractivo.

—¿Tienes algo de comer? En el avión no daban más que pretzels, incluso en primera clase. —Ya había entrado. Dejó en el suelo su maleta de ruedas y el portátil—. Tenía pensado llamar antes, pero me he quedado dormido en el taxi.

Las emociones de Mina estaban demasiado a flor de piel para hacer frente a esto.

—Sobras de espaguetis nada más.

—Suena estupendamente.

Reparando en las líneas de fatiga de su cara, ella no tuvo corazón para echarle, y se encaminó a la cocina.

—Tenías razón sobre Keri y yo —dijo él, a su espalda. Ella se dio con el marco de la puerta.

—¿Qué?

Él miró a la nevera, más allá de ella.

—No me vendría mal una Coca-Cola, si tienes.

Ella sentía deseos de agarrarle del cuello de su camisa blanca y sacudirle hasta que le dijera exactamente qué había querido decir pero se contuvo.

—Claro que tenía razón sobre Keri y tú. Soy una profesional experimentada.

Él se aflojó el nudo de la corbata y se desabotonó el cuello.

—Refréscame la memoria. ¿ Qué clase de experiencia has tenido, concretamente?

—Mi abuela era una superestrella. Lo llevo en la sangre. —Iba a ponerse a chillar si él no le decía lo que ocurría. Sacó una Coca-Cola de la nevera y se la pasó.

—Keri y yo nos parecíamos demasiado. —Apoyó un hombro contra la pared y dio un sorbo a su refresco—. Tuvimos que llamarnos media docena de veces sólo para poder quedar a comer.

La nube negra que llevaba siguiéndola tres semanas se la llevó el viento a arruinar la vida de alguna otra persona. Extrajo de la nevera un vetusto Tupperware azul pastel, junto con los restos del whopperque no había tenido ganas de acabarse al mediodía.

—¿Ha sido dura la ruptura?

—No exactamente. Habíamos pasado tanto tiempo mareando la perdiz al teléfono que tuvimos que hacerlo por correo electrónico.

—No se han roto corazones, entonces.

Su mentón adquirió una actitud obcecada.

—Debíamos haber estado genial juntos.

—Ya conoces mi opinión al respecto.

—La teoría Fisher-Price. ¿Cómo iba a olvidarla?

Mientras cortaba los restos de su hamburguesa y la mezclaba con los espaguetis, Mina se preguntó por qué no la había llamado para darle la noticia en vez de presentarse en persona. Metió el plato en el microondas.

Él se acercó a inspeccionar el plan de dieta apuntado en un panel, amarillento ya, que había pegado ella en la puerta de la nevera nada más mudarse.

—No nos hemos acostado —dijo, sin apartar un milímetro los ojos de una cena baja en carbohidratos a base de pescado.

Ella reprimió su alegría.

—No es asunto mío.

—Desde luego que no, pero eres una cotilla.

—Oye, he estado demasiado ocupada construyendo mi imperio para obsesionarme por tu vida sexual. O por tu falta de ella. —Contuvo sus ganas de marcarse unos pasos de claqué mientras cogía una manopla, sacaba el plato y lo ponía encima de la mesa—. No eres mi único cliente, ¿sabes?

Yaten encontró un tenedor en el cajón de la plata, se sentó y examinó su plato.

—¿Es una patata frita esto que hay en mis espaguetis?

Nouvelle cuisine.—Abrió el congelador para sacar el vaso de helado que no le había apetecido tocar en tres semanas.

—¿Y cómo va el negocio? —preguntó él.

Abriendo la tapa, ella le contó lo de su fiesta y sus nuevos clientes. La sonrisa de Yaten sugería que se alegraba sinceramente.

—Felicidades. Estás cosechando el fruto de tu esfuerzo.

—Eso parece.

—¿Y cómo te van las cosas con tu amorcito?

Le costó un momento adivinar de quién estaba hablando. Hundió la cuchara en el helado.

—Cada día mejor.

—Tiene gracia. Le vi en el Waterworks hace un par de noches haciéndole el boca a boca a una clon de Britney Spears.

Ella excavó una viruta de chocolate.

—Forma parte del plan. No quiero que se sienta agobiado.

—Créeme. No lo está.

—¿Lo ves? Funciona.

El enarcó una ceja.

—Es sólo la opinión de un hombre, pero creo que estabas mejor con Raoul.

Ella sonrió, volvió a tapar el helado y a dejar el vaso en el congelador. Mientras él comía, fregó una sartén que había dejado a remojo en el fregadero y respondió a sus preguntas sobre la fiesta teniendo en cuenta lo cansado que estaba, apreció su interés.

Cuando acabó de comer, Yaten le acercó su plato. Lo había devorado entero, hasta la patata frita.

—Gracias. Es la mejor comida que he tomado en varios días.

—Caramba, sí que has estado ocupado.

Yaten recuperó lo que quedaba del helado del congelador

—Estoy demasiado cansado para irme a casa. ¿Tienes una cama de invitados en que me pueda tirar?

Ella se golpeó la espinilla con la puerta del fregadero.

—¡Ay! ¿Quieres quedarte aquíesta noche?

Él levantó la vista del vaso de helado con expresión de gran desconcierto, como si no entendiera la pregunta.

—Hace dos días que no duermo. ¿Te supone un problema? Te prometo que estoy demasiado cansado para asaltarte, si es eso lo que te preocupa.

—Qué me va a preocupar. —Se distrajo sacando el cubo de la basura de debajo del fregadero—. Supongo que no pasa nada. Pero el antiguo dormitorio de Nana da al callejón, y mañana es el día que pasa el camión de la basura.

—Sobreviviré.

Viendo lo cansado que estaba, ella no entendía por qué no había esperado al día siguiente para llamar y darle la noticia de lo de Keri. Salvo que no quisiera estar solo esa noche. Tal vez sus sentimientos hacia Keri fueran más profundos de lo que quería dar a entender. De la burbuja de felicidad de Mina escapó un poco de aire.

—Ya saco yo eso. —Yaten volvió a meter el helado en el congelador y se llevó la bolsa de basura que ella acababa de atar.

Resultaba todo demasiado íntimo. Las altas horas, la acogedora cocina, las tareas compartidas. Ella en pijama y sin sujetador. La montaña rusa en que viajaba su estado de ánimo desde hacía semanas enfiló otra cuesta abajo.

Cuando él regresó de sus labores de basurero, echó el pestillo a la puerta detrás de él y señaló al patio trasero con la cabeza.

—Ese coche... Déjame adivinar. ¿De Nana?

Shermantiene más personalidad que un coche.

—¿De verdad conduces ese trasto por donde la gente puede verte?

—Algunos no podemos permitirnos un BMW.

Él sacudió la cabeza.

—Supongo que si este montaje de la agencia de contactos no sale adelante, siempre puedes pintarlo de amarillo y meter un taxímetro en el salpicadero.

—Estás disfrutando, ¿no?

Él sonrió y se dirigió a la parte delantera de la casa.

—¿Qué tal si me enseñas mi habitación, Campanilla?

Esto se salía de lo normal. Apagó la luz, decidida a mantener una actitud despreocupada.

—Si por casualidad eres una de esas personas a las que no les gustan los ratones, mete la cabeza debajo de la sábana. Eso suele mantenerlos a raya.

—Me disculpo por haberme reído de tu coche.

—Disculpas aceptadas.

Yaten cogió su maleta y subió por las escaleras al pequeño distribuidor cuadrado del piso de arriba, que estaba jalonado por una serie de puertas.

—Puedes quedarte en la antigua habitación de Nana —dijo ella—. El cuarto de baño está justo al lado. Eso es el cuarto de estar. Era la habitación de mi madre de pequeña. Yo duermo en el tercer piso.

Él dejó la maleta en el suelo y fue hasta el umbral del cuarto de estar. La anticuada decoración en gris y malva tenía un aire irremediablemente ruinoso. Un trozo del periódico del día anterior había caído a la rugosa moqueta de tweed,y el libro que había estado leyendo Mina yacía abierto sobre el sofá gris. Un curtido aparador de roble sobre el que descansaba un televisor ocupaba el espacio entre dos ventanas de guillotina, que estaban rematadas por ampulosos bastidores a rayas grises y malvas descoloridas. Delante de las ventanas, un juego de dos bases blancas de metal de patas torcidas sostenían más ejemplares de la colección de violetas africanas de Nana.

—Esto es agradable —dijo—. Me gusta tu casa.

Al principio, ella creyó que le tomaba el pelo, pero luego comprendió que era sincero.

—Te la cambio —dijo.

Él miró a la puerta abierta del distribuidor.

—¿Tú duermes en el ático?

—Es donde dormía de pequeña, y terminé cogiéndole gusto.

—La guarida de Campanilla. Eso tengo que verlo. —Se encaminó a las estrechas escaleras del ático.

—¿No estabas tan cansado? —exclamó ella.

—Lo que hace de ésta la ocasión perfecta para ver tu dormitorio. Soy inofensivo.

Ella no le creyó ni por un momento.

El ático, con sus dos buhardillas y sus techos inclinados, se había convertido en el almacén de todas las antigüedades desechada de Nana: una cama de cerezo con postes de baldaquín, un escrito rio de roble, un tocador con un espejo con dorados, hasta un viejo maniquí de sastre de los tiempos en que Nana se mantenía ocupada cosiendo en vez de ejerciendo de casamentera. Una de las buhardillas acogía un confortable sillón y una otomana, la otra un escritorio pequeño de nogal y un aparato de aire acondicionado, feo pero eficiente. Mina había añadido poco antes cortinas de te la ligera azul y blanca a las ventanas de las buhardillas, una colcha de la misma tela y algunas reproducciones de arte para compensar la miscelánea de paisajes que habían ido a parar allí arriba.

Mina se alegró de haber hecho limpieza un rato antes, aun que deseó no haber pasado por alto el sostén rosa que yacía sobre la cama. Los ojos de Yaten se posaron en él, y luego se desviaron al maniquí, que en ese momento vestía un viejo mantel de encaje y un sombrero de los Cubs.

—¿Nana?

—Era muy hincha.

—Ya lo veo. —Alzó la vista al techo inclinado—. Con un par de tragaluces estaría perfecto.

—Tal vez deberías concentrarte en decorar tu propia casa.

—Supongo que sí.

—En serio, Yaten, si yo tuviera esa casa magnífica y tanto dinero como tú, la convertiría en una atracción turística.

—¿Qué quieres decir?

—Grandes muebles, mesas de piedra, una iluminación cuidadosa, arte contemporáneo colgado en las paredes... lienzos enormes. ¿Cómo puedes aguantar vivir en una casa tan fabulosa sin hacer nada con ella?

Él la miro de forma tan extraña que empezó a sentirse incómoda y le dio la espalda.

—La habitación de Nana tiene una persiana un poco caprichosa. Voy a echártela y a llevarte unas toallas.

Corrió al piso de abajo. El tenue olor del perfume A una rosa silvestre,de Avon, impregnaba todavía el cuarto de Nana. Encendió la pequeña lámpara de tocador de porcelana, retiró la sábana de más que había dejado a los pies de la cama y arregló la persiana. En el cuarto de baño escondió la caja de Tampax de la semana anterior y colgó un juego de toallas limpias del viejo toallero cromado.

Yaten seguía sin bajar. Se preguntó si habría descubierto su vieja muñeca Tippy Tumbles, que estaba apoyada en el escritorio. O peor aún, el catálogo de juguetes eróticos que nunca había llegado a tirar. Subió las escaleras a la carrera.

Le encontró tumbado en su cama, completamente vestido excepto por los zapatos, y dormido como un tronco.

Tenía los labios ligeramente separados, y los tobillos enfundados en sencillos calcetines negros, cruzados. Una de sus manos reposaba sobre el pecho. La otra, a un lado del cuerpo, junto a un extremo del sujetador rosa que sobresalía bajo sus caderas. Estaba pegado a las yemas de sus dedos, sin llegar a tocarlas, pero lo bastante cerca como para provocarle a Mina un hormigueo en el estómago. Estaría loca, pero no soportaba ver lencería abandonada cerca de él.

Una de las tablas del suelo crujió al acercarse de puntillas a la cama. Muy despacio, con cuidado, enganchó la tira del sostén y tiró de ella.

El sostén no se movió.

El soltó un ligero resoplido. Era una locura. Mina se sentía ya suficientemente vulnerable con la situación en general. Debería marcharse y dejarle dormir. Pero dio otro tirón.

El se volvió sobre un costado, hacia ella, acabando de atrapar todo el sujetador, salvo una vueltecita de la tira de encaje, bajo su cadera.

Mina empezó a sudar. Sabía que era una locura, pero no podía decidirse a marcharse. Crujió otra tabla en el suelo cuando se arrodilló a un lado de la cama, la misma tabla que crujía cada vez que la pisaba, de modo que podía haber tenido más cuidado. El corazón le latía con fuerza. Se apoyó con una mano en el colchón y deslizó el dedo a través de la tira enroscada que asomaba bajo cadera de Yaten. Tiró fuerte.

Yaten levantó pesadamente un párpado, y su voz amodorrada la sobresaltó.

—Una de dos: o te metes aquí conmigo o te largas.

—Esta es —tiró un poco más fuerte— mi cama.

—Ya lo sé. Estoy descansando un momento.

No daba la impresión de estar descansando un momento. Daba la impresión de que se había instalado para toda la noche. Junto con su lencería. Que se negaba a moverse.

—Si me dejas...

—Estoy muerto del todo. —Cerró los ojos—. Te devolveré tu cama por la mañana. Te lo prometo. —Su voz fue haciéndose un murmullo confuso.

—Vale, pero...

—Vete —masculló él.

—Ya voy. Pero antes, ¿te importaría...?

Yaten volvió a tumbarse de espaldas, lo que habría debido liberar el sujetador, pero no fue así: se quedó pillado entre su cadera y su mano.

—Yo, eh, tengo que coger una cosita. Y ya no te molestaré más.

Los dedos de Yaten le apresaron la muñeca, y esta vez, al abrir se sus párpados, tenía los ojos bien despiertos.

—¿Qué quieres?

—Recuperar mi sujetador.

Él levantó la cabeza y se miró el costado, sin soltarle la muñeca.

—¿Porqué?

—Soy una maniática del orden. Las habitaciones desordenadas me sacan de quicio. —Dio un fuerte tirón y liberó el brazo.

Yaten contempló el sujetador que colgaba ahora de su mano.

—¿Vas a salir esta noche?

—No, voy a... —Estaba claro que había despertado al león durmiente, e hizo un ovillo en la mano con el sostén, tratando de hacer lo invisible—. Vuelve a dormirte. Ya me acuesto yo en la cama de Nana.

—Ahora ya estoy despierto. —Se incorporó sobre los codos—. Normalmente, te veo venir de lejos con tus chifladuras, pero tengo que admitir que esta vez me has dejado perplejo.

—Bah, olvídalo.

—Lo que tengo claro —señaló su mano con la cabeza— es que la cosa no va de un sujetador.

—Eso crees tú. —Le miró con acritud—. Mientras no estés en mi piel, no juzgues.

—¿Que no juzgue qué?

—No lo entenderías.

—Me paso todo el día entre futbolistas. Te sorprendería la cantidad de cosas raras que entiendo.

—No serán tan raras como ésta.

—Ponme a prueba.

El gesto resuelto de su mentón le decía que Yaten no iba a dejarlo correr, y ella no tenía otra explicación que la verdad.

—No soporto ver... —Tragó saliva y se pasó la lengua por los labios—. Lo paso mal si veo... eh... lencería femenina demasiado cerca de la mano de un hombre. Es decir, cuando esa lencería no cubre de hecho un cuerpo femenino.

Yaten soltó un gruñido y volvió a hundir la cabeza en la almohada.

—Señor, señor. No me digas.

—Me disgusta. —Y eso era expresarlo con suavidad.

Sabía que Yaten se reiría, y así fue, con una sonora carcajada que rebotó por los peculiares ángulos del ático. Ella le miró fijamente hasta hacerle apartar la vista.

Yaten bajó los pies de la cama.

—¿Te da miedo que me dé a mí por travestirme?

Oírselo decir en voz alta arrancó de Mina una mueca de dolor. ¿Cómo había podido llegar a los treinta y uno sin que nadie la hiciera encerrar?

—Miedo exactamente, no. Pero... La cosa es... ¿por qué exponerte a la tentación?

Aquello a él le encantó.

Mina entendía que le divirtiera, le hubiera divertido a ella de estar en su lugar, pero fue incapaz de esbozar una sonrisa. Abatida se volvió hacia las escaleras. La risa de Yaten se fue apagando, crujió otra tabla cuando salió tras ella. Le puso las manos en los hombros.

—Oye, sí que estás disgustada, ¿verdad?

Ella asintió.

—Lo siento. Paso demasiado tiempo en vestuarios. No me burlaré más de ti, te lo prometo.

Su simpatía era peor aún que sus burlas, pero se dio la vuelta igualmente y apoyó la cabeza en su pecho. Él le acarició el pelo Mina se dijo que debía apartarse, pero tenía la impresión de que estaba exactamente en su sitio tal como estaba. Y entonces tomó conciencia de la potente erección que presionaba su piel.

Lo mismo le ocurrió a él. Dio rápidamente un paso atrás, soltándola de golpe.

—Será mejor que vaya al piso de abajo para que recuperes tu cuarto —dijo.

Ella acertó a asentir trémulamente con la cabeza.

—Vale.

El recogió sus zapatos, pero no salió de inmediato. Primero se dirigió al escritorio y señaló con un gesto el montón de revistas que había encima.

—Me gusta leer antes de dormir. ¿No tendrás por ahí un ejemplar del Sports Illustrated?

—Me temo que no.

—Claro que no. ¿Por qué ibas a tenerlo? —Extendió una mano—. ¿Puedo llevarme esta otra, entonces?

Y se fue con su catálogo de juguetes eróticos.

M&Y

Yaten sonreía para sí bajando por las escaleras, pero su sonrisa se había esfumado cuando llegó al cuarto de Nana. ¿Qué demonios estaba haciendo allí? Se quitó la camisa y la arrojó sobre una silla. No tenía planeado presentarse a la puerta de Mina, pero había pasado una semana brutal. Con la pretemporada a punto de comenzar, había estado volando por todo el país, tocando base con todos sus clientes. Había hecho de hermano mayor, de animadora, de abogado y de psiquiatra. Había soportado retrasos en los vuelos, confusiones con los coches de alquiler, mala comida, música a demasiado volumen, demasiada bebida y falta de sueño. Esa noche, al meterse en el taxi, la imagen de su casa desierta alzándose ante él había resultado demasiado, y se oyó a sí mismo dándole al conductor la dirección de Mina.

La sensación de estar arrastrándose amenazaba su salud mental. Había firmado con Esmeralda en mayo, y con Mina a principios de junio. Estaban ya a mediados de agosto, pero seguía tan lejos de alcanzar sus objetivos como al principio. Mientras se bajaba la cremallera, comprendió que su frustrante ruptura con Keri demostraba una cosa: no podía continuar así, no con la temporada de fútbol en marcha, no si pretendía tener la cabeza despejada. Había llegado el momento de introducir algunos cambios...

M&Y

Esmeralda observó cómo aquellos senos de mujer goteaban dentro de la bandeja de ostras crudas, con un repiqueteo rítmico y regular. Una escultura de hielo de una clásica figura femenina habría tenido sentido en abstracto, pero la subasta silenciosa y el cóctel de esa no che se celebraban en beneficio de una casa de acogida para mujeres maltratadas, y ver a una mujer fundiéndose sobre los entremeses enviaba un mensaje equivocado. O la estatua de hielo o la concurrencia eran más de lo que el aire acondicionado podía enfriar, y Esmeralda tenía calor incluso con su vestido sin tirantes. Se había comprado aquel modelito rojo y muy corto aquella misma tarde, en la esperanza de que algo nuevo y extravagante le levantaría el ánimo, como si un vestido nuevo pudiera arreglar cuanto le pasaba. Había sido muy optimista respecto a Yaten y Keri, regodeándose con la publicidad que despertaban. Debió reparar en que eran demasiado parecidos, pero había perdido su instinto junto con su pasión por fabricar finales felices para los demás.

Se sentía aislada y deprimida, harta de Parejas Black, harta de sí misma y de todo aquello que tan orgullosa la había hecho sentirse en el pasado. Se alejó de la mesa del bufé y de la mujer evanescente. Necesitaba recobrar su entereza antes de la reunión concertada con Yaten para la mañana siguiente. ¿Para qué la había convocado? Probablemente, no para cantar sus alabanzas. Pues bien: se negaba a perder aquello. Rubeus decía que estaba obsesionada. «Dile a Yaten que se vaya al infierno, y ya está.» Ella trataba de explicarle que el fracaso llama al fracaso, pero Rubeus había crecido en un camping de caravanas, de modo que algunas cosas no contaban para él.

Había intentado, con escaso éxito, no pensar en Rubeus. Se habían convertido en criaturas de la oscuridad. Llevaban un mes viéndose varias veces a la semana, siempre en casa de Esmeralda, siempre de noche, como un par de vampiros enloquecidos con el sexo. Cada vez que Rubeus sugería que salieran a cenar o al cine, ella ponía una excusa. No podía explicar a sus amigos lo de Rubeus y sus tatuajes, como tampoco la extraña necesidad que sentía a veces de exhibirlo ante todo el mundo. Tenía que acabar. Cualquier día de aquellos, le plantaría.

Toni Duchette apareció a su lado, con mechas rubias nuevas en su corto pelo castaño y su figura de boca de riego embutida en un modelo negro de lentejuelas.

—¿Has pujado por algo?

—Por la acuarela. —Esmeralda señaló con un gesto vago un falso Berthe Morisot que había sobre la mesa más cercana—. Es perfecta para colgarla sobre mi cómoda.

Recordó la expresión atónita que puso Rubeus la primera vez que vio su dormitorio, extravagantemente femenino. Su virilidad exuberante habría quedado ridícula sobre la recargada cama blanca de princesa de cuento de hadas, pero ver aquellos músculos nervudos recortados sobre sus sedosas sábanas color crudo, su cabeza afeita da arrugando las almohadas de satén, un fleco de encaje velando los tatuajes que rodeaban su brazo, no había hecho más que avivar su deseo.

Mientras Toni seguía hablando de las donaciones recibidas, Esmeralda exploraba automáticamente la habitación en busca de perspectivas interesantes, pero ése era un público anciano, y apoyar la casa de acogida nunca había sido para ella una cuestión de negocios. No imaginaba nada peor que estar sometida al poder de un maltratador, y había donado a la casa miles de dólares a lo largo de los años.

—El comité ha hecho un trabajo magnífico —dijo Toni, estudiando la multitud—. Ha venido hasta Colleen Corbett, que ya no asiste casi nunca a estas cosas. —Colleen Corbett era un bastión de la alta sociedad del viejo Chicago, de setenta años de edad e íntima, en un tiempo, tanto de Eppie Lederer, también conocida como Ann Landers, como de la difunta Sis Daley, esposa del jefe Daley y madre del alcalde actual. Esmeralda llevaba años intentando sin éxito congraciarse con ella.

Cuando Toni se alejó por fin, Esmeralda decidió volver a intentar vencer la reserva de Colleen Corbett. Aquella noche, Colleen lucía uno de sus trajes originales de Chanel, el de color melocotón con remates en beige. Su peinado de laca y permanente no había cambiado desde sus fotos de los años sesenta, excepto en el color, que era ahora un gris acero lustroso.

—Colleen, qué placer volver a verla. —Esmeralda le brindó la más obsequiosa de sus sonrisas—. Esmeralda Black. Estuvimos charlando en la fiesta del Sidney's la primavera pasada.

—Sí. Me alegro de verla. —Tenía una voz levemente nasal, y sus modales eran cordiales, pero Esmeralda se dio cuenta de que no la recordaba. Transcurrieron unos instantes de silencio, que Colleen no trató de rellenar.

—Hay algunas piezas interesantes a subasta. —Esmeralda combatió el impulso de atrapar un gintonic al paso de un camarero.

—Sí, muy interesantes —replicó Colleen.

—Hace un poco de calor aquí esta noche. Me parece que la es cultura de hielo está librando una batalla perdida.

—Ah, ¿sí? No me había fijado.

No había nada que hacer. Esmeralda detestaba parecer una adula dora, y acababa de decidirse a limitar los daños cuando percibió un cambio sutil en el ambiente de la sala. El nivel de ruido descendió; algunas cabezas se volvían aquí y allá. Ella se volvió para ver qué había causado esa ola de interés.

Y sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Rubeus se hallaba en mitad de la entrada, enfundado el corpachón en un traje de verano beige claro de corte impecable y una camisa color chocolate, con una corbata discretamente estampada. Parecía un matón de la mafia extremadamente caro y letal. La invadieron deseos de lanzarse a sus brazos. Al mismo tiempo, sintió el impulso urgente de correr a esconderse bajo la mesa del bufé. Los chismosos más notables de Chicago se encontraban allí esa noche. Toni Duchette radiaba ella sola más chismes que la WGN.

Sintió que le flaqueaban las rodillas, que se le dormían las puntas de los dedos. ¿Qué estaba haciendo él allí? Sus pensamientos se sucedieron vertiginosamente hasta fijar en su cabeza la imagen de Rubeus desnudo ante la pequeña consola de su salón donde guardaba su correo personal. Se había apartado al acercársele ella, pero debió de ver el fajo de invitaciones que Esmeralda nunca le mencionaba a la fiesta en la piscina de los Morrison, a la inauguración de la nueva galería River North, a aquella misma subasta benéfica. Se habría dado perfecta cuenta de por qué no le había invitado a acompañar la. Ahora, pretendía hacérselo pagar.

El empalagoso perfume del Shalimar de Colleen le revolvió el estómago. La sonrisa de gángster de Rubeus al dirigirse derecho hacia ella no inspiraba tranquilidad en absoluto. Un reguerillo de sudor se deslizó entre sus pechos. Ése no era un hombre que encajara bien un desaire.

Colleen estaba de espaldas a él. Esmeralda no sabía cómo hacer frente a un desastre de tal magnitud. Rubeus se detuvo justo detrás de Colleen. Si la anciana miraba a su alrededor le iba a dar un infarto. La expresión burlona de los ojos azules de Rubeus les daba un tono gris pizarra. Levantó un brazo y apoyó la mano en el hombro de Colleen.

—Hola, cariño.

A Esmeralda se le cortó la respiración. ¿Acababa Rubeus de llamar «cariño» a Colleen Corbett?

La anciana ladeó la cabeza.

—¿Rubeus? ¿Qué diantre estás haciendo aquí?

A Esmeralda le daba vueltas la cabeza.

—Me enteré de que daban copas gratis —dijo él. Y luego estampó un beso en la mejilla apergaminada de Colleen.

Colleen deslizó la mano en su enorme zarpa y dijo muy indignada:

—Ya recibí esa espantosa postal de felicitación tuya por mi cumpleaños, y no tenía ni pizca de gracia.

—A mí me hizo reír.

—Tendrías que haber mandado flores, como todo el mundo.

—Aquella postal te gustó mucho más que un puñado de rosas. Admítelo.

Colleen frunció los labios.

—No pienso admitir nada. A diferencia de tu madre, me niego a alentar tu comportamiento.

Rubeus desvió la mirada hacia Esmeralda, recordándole a Colleen que debía cumplir con los formalismos.

—Ah, Paula... Éste es Rubeus Gray.

—Se llama Esmeralda —dijo él—. Y ya nos conocemos.

—¿Esmeralda? —Su frente se llenó de arrugas—. ¿Estás seguro?

—Estoy seguro, tía Cee.

«¿Tía Cee?»

—¿Esmeralda? Qué shakesperiano. —Colleen dio unas palmaditas en el brazo a Rubeus y sonrió a Esmeralda—. Mi sobrino es relativamente inofensivo, pese a su aspecto aterrador.

Esmeralda se tambaleó ligeramente sobre sus tacones de aguja.

—¿Su sobrino?

Rubeus extendió una mano para estabilizarla. Al tocarle el brazo, su voz suave y amenazadora se derramó sobre ella como seda negra.

—Tal vez deberías poner la cabeza entre las rodillas.

¿Y qué había del camping de caravanas, y del padre borracho? ¿Y las cucarachas, y las mujeres barriobajeras...? Se lo había inventado todo. Había estado jugando con ella desde un principio.

No soportaba la idea. Dio media vuelta y se abrió paso entre la multitud. Veía sucederse las caras de la gente mientras se apresuraba hacia la entrada, fuera del restaurante. Sintió el aire de la noche pesado y espeso, cálido y agobiante. Echó a andar calle abajo, dejando atrás las tiendas cerradas y un muro cubierto de graffiti.El restaurante Bucktown marcaba el límite de Humboldt Park, una zona menos elegante, pero ella siguió caminando, sin importarle adónde iba, tan sólo consciente de que no podía detenerse. Un autobús de la compañía de transportes de Chicago pasó rugiendo, y un punkicon un pitbull la evaluó con mirada maliciosa. La ciudad se cernía sobre ella, caliente, opresiva, trillada de amenazas. Bajó del bordillo.

—Tu coche está en dirección contraria —dijo Rubeus tras ella.

—No tengo nada que decirte.

Él la agarró del brazo y la arrastró de vuelta a la acera.

—¿Qué tal si te disculpas por tratarme como a un simple trozo de carne?

—Ah, no, esto es lo último. Ahora no voy a ser yo la que está en falta. El que mintió eres tú. Todos esos cuentos... Las cucarachas, el padre borracho. Me has mentido desde el principio. No eres el guardaespaldas de Yaten.

—Él se defiende bastante bien solo.

—Te has estado riendo de mí todo este tiempo.

—Bueno, sí, más o menos. Cuando no me reía de mí mismo —La metió en el hueco del portal de una floristería cochambrosa con el escaparate sucio—. Te dije lo que necesitabas oír para que tuviéramos alguna oportunidad como pareja.

—¿Para ti la forma de iniciar una relación es mintiendo?

—Me pareció la forma en que necesitaba iniciarse ésta.

—¿O sea que ha sido todo premeditado?

—Mira, ahí me has pillado. —Le acarició el brazo con los pul gares allí por donde la tenía sujeta y luego la soltó—. Al principio te tiraba de la cadena porque me ponías negro. Tú querías un semental, y yo estaba encantado de complacerte, pero no tardé mucho en resentirme de ser tu sucio secretito.

Ella cerró los ojos con fuerza.

—No habrías sido un secreto si me hubieras dicho la verdad.

—Cierto. Eso te habría encantado. Me puedo figurar cómo me habrías exhibido ante tus amigos, explicándole a todo el mundo que mi madre y Colleen Corbett son hermanas. Tarde o temprano, habrías descubierto que la familia de mi padre es aún más respetable. Del viejo Greenwich. Eso te habría hecho muy feliz, ¿a que sí?

—Hablas como si yo fuera una esnob terrible.

—No intentes negarlo siquiera. Nunca he conocido a nadie que tuviera más miedo que tú de lo que opine la gente.

—Eso no es cierto. Soy dueña de mi persona. Y no tolero que me manipulen.

—Sí. No tener el control te aterra. —Le pasó el pulgar por la mejilla—. A veces, pienso que eres la persona más asustada que conozco. Tienes tanto miedo de no dar la talla que vas a acabar enferma.

Ella le apartó las manos violentamente, tan furiosa que apenas podía hablar.

—Soy la mujer más fuerte que hayas conocido.

—Dedicas tanto tiempo a tratar de demostrar tu superioridad que se te ha olvidado cómo vivir. Te obsesionas con todas las cosas que no debes, no dejas que nadie se asome a tu interior, y luego no te explicas por qué no eres feliz.

—Si quisiera un psiquiatra, contrataría a uno.

—Debiste hacerlo hace mucho. Yo también he vivido en las sombras, nena, y no te recomiendo que sigas allí. —Vaciló un momento, y Esmeralda pensó que había terminado, pero continuó—. Después de verme obligado a dejar el fútbol, tuve problemas muy gordos con las drogas. Cualquiera que se te ocurra, yo la he probado. Toda mi familia me convenció para que me metiera en rehabilitación, pero le dije a todo el mundo que los consejeros eran gilipollas y lo dejé al cabo de dos días. Seis meses más tarde, Yaten me encontró inconsciente en un bar. Me golpeó la cabeza contra la pared un par de veces, me dijo que antes me admiraba pero que me había convertido en el hijo puta más lastimoso que había visto jamás. Entonces me ofreció trabajo. No me sermoneó con que tenía que pasar de las drogas, pero yo sabía que era parte del trato, de modo que le pedí que me diera seis semanas. Seguí un programa de desintoxicación, y esa vez sí que lo cumplí. Aquellos consejeros me salvaron la vida.

—Yo no soy precisamente una drogadicta.

—El miedo puede ser una adicción.

Aunque su dardo envenenado había dado en el blanco, ella se resistió a pestañear siquiera.

—Si tan poco respeto me tienes, ¿qué haces aquí conmigo toda vía?

Él deslizó dulcemente la mano entre sus cabellos y le sujetó un rizo tras la oreja.

—Porque me vuelven idiota las criaturas hermosas y heridas.

Algo se resquebrajó dentro de ella.

—Y porque —prosiguió Rubeus— cuando bajas la guardia, veo a alguien que es brillante y apasionada. —Le acarició un pómulo con el pulgar—. Pero tienes tanto miedo de seguir a tu corazón que te estás muriendo por dentro.

Ella sintió que se desgarraba, y castigó a Rubeus de la única manera que sabía.

—Vaya montón de mentiras. Sigues por aquí porque te gusta follarme.

—Eso también. —La besó en la frente—. Hay una mujer tremenda escondida tras todo ese miedo. ¿Por qué no dejas que salga a jugar al sol?

Porque no sabía cómo.

La rigidez de su pecho le hacía difícil respirar.

—Vete al infierno. —Echó a andar calle abajo dejándole plantado, medio caminando, medio corriendo. Pero él ya la había llorar, y eso nunca se lo perdonaría.

M&Y

Rubeus oyó el sonido de una retransmisión de béisbol procedente del televisor al entrar en su apartamento de Wrigleyville.

—Ponte cómodo, como si estuvieras en tu casa —masculló dejando caer las llaves sobre la mesa estilo misión californiana del vestíbulo.

—Gracias —dijo Yaten desde el gran sofá modular del salón de Rubeus—. Los Sox acaban de renunciar a una carrera en la séptima

Rubeus se desplomó sobre el sillón de enfrente. A diferencia de la de Yaten, su casa estaba amueblada. A Rubeus le gustaba el limpio diseño de la época artesanal, y había adquirido a lo largo de los años algunas notables piezas de Stickley y añadido empotrados del mismo estilo. Se quitó los zapatos con los pies.

—Deberías vender tu puta casa, o bien vivir en ella.

—Ya lo sé. —Yaten dejó su cerveza en la mesa—. Se te ve hecho mierda.

—Hay mil mujeres preciosas en esta ciudad, y yo he de ir a colgarme de Esmeralda Black.

—Te buscaste la ruina la primera noche, cuando la chantajeaste con esa patraña de que eras mi guardaespaldas.

Rubeus se frotó la cabeza con la mano.

—Dime algo que no sepa.

—Si esa mujer se da cuenta algún día del miedo que le tienes, estarás bien jodido.

—Es como un grano en el culo. No paro de decirme que debo dejarla, pero..., joder, no sé... Es como si tuviera rayos X en los ojos y pudiera ver cómo es en realidad bajo el rollo que se tira. —Giro la silla, sintiéndose incómodo al revelar tanto, aunque fuera a su mejor amigo.

Yaten le entendía.

—Dime que no compartimos los mismos sentimientos, Mary Lou.

—Que te jodan.

—Calla y mira el partido.

Rubeus se relajó en el sillón. De entrada, le había atraído Esmeralda por su belleza, más adelante por su pura mala baba. Tenía tantas agallas y tanto coraje como cualquiera de los colegas con los que había jugado, y él respetaba esas cualidades. Pero cuando hacían el amor, veía a otra mujer, una muy insegura, generosa y toda corazón, y no podía dejar de pensar que esa otra mujer, más dulce y vulnerable, era la auténtica Esmeralda Black. Aun así, ¿qué clase de idiota se colgaba de alguien tan desesperadamente necesitada de ayuda?

De pequeño, solía llevar a casa animales heridos y cuidarlos, tratando de devolverles la salud. Al parecer, seguía haciéndolo.

M&Y

A Mina le costó encontrar aparcamiento para Shermanpero llegó con sólo dos minutos de retraso a la reunión que Yaten había programado, lo que no bastaba realmente para justificar la mirada de censura que le dirigió su malvado recepcionista. En la pantalla de televisión de la recepción estaba puesta la ESPN, al fondo sonaban los teléfonos, y uno de los becarios de Yaten luchaba por cambiar un cartucho de tinta de la impresora en el armario del equipo. La puerta del despacho de su izquierda, que estaba cerrada la primera vez que estuvo allí, se hallaba ahora abierta de par en par, y pudo ver a Rubeus con los pies encima del escritorio y un teléfono pegado a la oreja. La saludó al pasar. Ella abrió la puerta del despacho de Yaten y oyó una cavernosa voz femenina.

—... y soy muy optimista respecto a ella. Es increíblemente guapa. —Esmeralda Black estaba sentada en una de las dos sillas colocadas ante el escritorio de Yaten. En el mensaje de voz que le había dejado en el contestador no mencionaba que la reunión iba a ser a tres bandas.

Sólo con mirar a la Dama Dragón, Mina se sintió vestida sin pizca de gracia. Se suponía que la moda de verano era todo color, pero tal vez Mina se había pasado un poco con su blusa color melón, falda amarillo limón y los aparatosos pendientes con piedrecitas verde lima que había encontrado en TJ Maxx. Al menos, llevaba el pelo decente. Ahora que lo tenía un poco crecido, podía aplicarle tenacillas y peinarlo con los dedos hasta conseguir un aspecto alborotado e informal.

Esmeralda era pura elegancia fría, vestida de seda color peltre. En combinación con su pelo oscuro, el efecto era deslumbrante. Unos pendientes pequeños, rosa pétalo, añadían un toque sutil de color a su piel de porcelana, y un bolso de Luna Spade del mismo tono de rosa descansaba en el suelo a su lado. No había cometido el error de abusar del rosa con los zapatos, y llevaba elegantes chinelas negras.

Una de ellos, al menos, era negra.

Mina se quedó mirando los pies de su rival. A primera vista, los dos zapatos parecían iguales. Los dos eran abiertos por la punta y de tacón bajo, pero uno era una chinela negra y el otro era azul marino. ¿Cómo era posible?

Mina miró a otro lado y guardó sus gafas de sol en el bolso.

—Lamento el retraso. A Shermanno le gustaba ninguno de los sitios para aparcar que le enseñaba.

Shermanes el coche de Mina —explicó Yaten, levantándose tras el escritorio y señalando con un gesto la silla vacía junto a Esmeralda—. Tome asiento. Creo que no se conocían ustedes en persona.

—En realidad, sí —repuso Esmeralda suavemente.

A través del largo ventanal de detrás del escritorio, Mina divisó un velero que surcaba el lago Michigan a lo lejos. Deseó encontrarse en él en aquel momento.

—Llevamos con esto desde la primavera —dijo Yaten—, y ahora empieza la temporada de fútbol. Creo que ambas saben que esperaba haber avanzado más.

—Lo entiendo. —La tranquila seguridad de Esmeralda desmentía a sus zapatos disparejos—. Todos esperábamos que esto resultara más fácil. Pero es usted un hombre muy selectivo, y merece una mujer extraordinaria.

«Pelota», pensó Mina. Sin embargo, por lo que a Yaten se refería, tampoco ella merecía matrícula en profesionalidad, y seguir el ejemplo de Esmeralda no era lo peor que podía hacer.

Esmeralda giró un poco sobre su silla, exponiendo su cara a una luz más violenta. No era tan joven como le había parecido a Mina cuando se conocieron, y el maquillaje que se había aplicado con mano experta no llegaba a camuflar los círculos oscuros debajo de sus ojos. ¿Demasiada vida nocturna? ¿O algo más serio?

Yaten se sentó sobre la esquina de su escritorio.

—Esmeralda, usted me encontró a Keri Winters y, aunque aquello no llegara a nada, iba bien encaminada. Pero también me ha enviado a demasiadas candidatas sin ninguna posibilidad.

Esmeralda no cometió el error de ponerse a la defensiva.

—Tiene razón. Debí eliminar a más, pero todas las mujeres que elegí eran especiales a su manera, y no me gusta suplantar el juicio de mis clientes más exigentes. Seré más cuidadosa de ahora en adelante.

La Dama Dragón era buena. Mina tenía que reconocerle eso, como mínimo.

Yaten dirigió su atención a Mina. Nadie se hubiera imaginado que dos noches antes se había quedado dormido en su dormitorio del ático, o que una vez, en una bonita cabaña a la orilla del lago Michigan, habían hecho el amor.

—Mina, usted ha hecho mejor trabajo filtrando a las candidatas, y me ha presentado a muchas pasables, pero a ninguna ganadora.

Ella abrió la boca para contestar, pero antes de que pronunciase una palabra, él la cortó.

—Lita no cuenta.

A diferencia de Esmeralda, Mina sacaba lo mejor de sí poniéndose a la defensiva.

—Lita era casi perfecta.

—Siempre que pasemos por alto al marido y ese embarazo tan inoportuno.

Esmeralda se enderezó en su silla. Mina cruzó recatadamente las manos sobre su regazo.

—Ha de admitir que era exactamente la clase de mujer que está buscando.

—Sí, la bigamia es el sueño de mi vida, es cierto.

—Usted me arrinconó —replicó ella—. Y seamos sinceros: si ella hubiera llegado a conocerle mejor, habría acabado dejándole. Usted se pasa mucho de exigente.

Los ojos de Esmeralda se abrieron como alas de mariposa. Examinó a Mina con más atención. Luego empezó a hacer movimientos nerviosos. Descruzó las piernas que había cruzado; las volvió a cruzar. El pie de arriba —el del zapato azul marino— empezó a menearse frenéticamente.

—Estoy segura de que Mina habrá aprendido a estas alturas que debe investigar con más cuidado los antecedentes.

Mina fingió sorpresa.

—¿Tenía que investigar los antecedentes de Yaten?

—No los de Yaten —repuso Esmeralda—. ¡Los de las mujeres!

Yaten se esforzó por no sonreír.

—Mina la está pinchando. He aprendido que es mejor ignorarla.

Esmeralda parecía ya absolutamente descolocada. Mina casi sintió lástima por ella, viendo el zapato azul agitarse cada vez más rápido.

Yaten, entretanto, aceleró hasta la línea de gol.

—Les diré lo que vamos a hacer, señoritas. Cometí un error al no firmar sus contratos por un plazo más breve, pero es un error que voy a rectificar ahora mismo. Les queda un cartucho a cada una. No hay más.

El zapato azul marino se detuvo en seco.

—Cuando dice un cartucho...

—Una candidata cada una —dijo Yaten en tono firme.

Esmeralda se retorció en su silla, derribando el bolso de Luna Spade con el talón.

—Eso es poco realista.

—Es lo que hay.

—¿Estás seguro de que de verdad quieres casarte? —dijo Mina—. Porque, si es así, tal vez debería considerar la posibilidad... y a mi juicio es más que una posibilidad, pero intento ser diplomática... ¿Ha considerado la posibilidad de que sea usted quien esté saboteando el proceso, y no nosotras?

Esmeralda le dirigió una mirada de advertencia.

—«Sabotaje» es una palabra muy fuerte. Estoy segura de que lo que Mina quiere decir es...

—Lo que Mina quiere decir —se puso en pie— es que le hemos presentado unas cuantas mujeres realmente asombrosas, Pero usted sólo le ha dado alguna oportunidad a una. A una equivocada,siempre en mi modesta y particular opinión. No hacemos magia, Yaten. Tenemos que trabajar con seres humanos de carne yhueso, no con mujeres de fantasía que usted ha conjurado en su cabeza.

Esmeralda compuso una sonrisa postiza y acudió presurosa al salvamento del barco que se hundía.

—Le estoy escuchando atentamente, Yaten. No está satisfecho con el servicio que Parejas Black le está prestando. Quiere que seleccionemos a las candidatas con más cuidado, y se trata de una petición muy razonable, ciertamente. No puedo hablar por la señorita Aino, pero prometo que procederé de forma más conservadora de ahora en adelante.

—Muy conservadora —dijo él—. Dispone de una cita. Y lo mismo va por usted, Mina. Después de eso, yo abandono.

La sonrisa de plástico de Esmeralda se fundió por las comisuras.

—Pero su contrato no finaliza hasta octubre. Estamos sólo a mediados de agosto.

—Ahórrese la saliva —dijo Mina—. Yaten busca una excusa para despedirnos. No cree en el fracaso, y si nos despide puede transferirnos la responsabilidad.

—¿Despedirnos? —Esmeralda hacía mala cara.

—Será una experiencia nueva para usted —dijo Mina, desalentada—. Afortunadamente para mí, yo ya tengo práctica.

Esmeralda recobró la compostura. .

—Sé que esto ha sido frustrante, pero es que es frustrante para todo el que pasa por este proceso. Usted se merece resultados, y los obtendrá, pero sólo con un poco de paciencia.

—He sido paciente durante meses —dijo él—. El tiempo suficiente.

Mina contempló su rostro orgulloso y obstinado y no pudo callarse.

—¿Piensa asumir parte de la responsabilidad del problema?

Yaten la miró directamente a los ojos.

—Por supuesto. Es lo que estoy haciendo ahora mismo. Les dije que estaba buscando a alguien fuera de lo corriente, y si hubiera pensado que iba a ser fácil encontrarla, me habría ocupado en persona. —Se levantó del escritorio, poniéndose en pie—. Tómense el tiempo que haga falta para presentarme a su última candidata. Y créanme, nadie desea más que yo que una de las dos acierte.

Se acercó a la puerta y luego se hizo a un lado para dejarles salir, quedando su silueta recortada contra el rótulo del camping de caravanas Beau Vista que colgaba de la pared tras él.

Mina recogió su bolso y asintió con la cabeza con suma dignidad, pero abandonó el despacho furiosa, y en ningún caso de humor para compartir el ascensor con Esmeralda, por lo que atravesó rápidamente la recepción en dirección al rellano.

Resultó en realidad que no le hacía falta correr.

Esmeralda aflojó el paso mientras veía desaparecer a Mina. El despacho de Rubeus estaba poco más adelante, a su derecha. Al pasar antes junto a la puerta, se había obligado a no mirar, pero supo que estaba allí. Podía sentirle en su piel. Incluso durante aquella horrible reunión con Yaten, cuando más necesitaba mantener la cabeza fría, le había sentido.

Había pasado toda la noche reviviendo las cosas espantosas que le había dicho. Tal vez hubiera podido perdonarle las mentiras sobre su pasado, pero nunca lo demás. ¿Quién se había creído que era para psicoanalizarla? El único problema que tenía era él. Podía ser que estuviera un poco deprimida antes de conocerle, pero tampoco había tenido mayor importancia. La noche anterior, él había conseguido que se sintiera una fracasada, y eso no se lo toleraba a nadie.

Le temblaban las manos cuando se detuvo ante la puerta de su despacho. Estaba al teléfono, con el corpachón reclinado en la silla. En cuanto la vio, una sonrisa iluminó su cara, y puso los pies en el suelo.

—Ahora te llamo, Jimmie... Sí, suena bien. Ya quedaremos. —Dejó el teléfono a un lado y se puso en pie—. Hola, nena... ¿Todavía me hablas?

Su sonrisa, tonta y esperanzada, hizo titubear a Esmeralda. Más que un tipo peligroso, parecía un crío que acabara de ver una bici nueva aparcada delante de su portal. Se dio la vuelta para componer el gesto y se encontró de frente con una pared llena de recuerdos. Se fijó en un par de portadas de revista enmarcadas, algunas fotos de quipo de sus días de jugador, recortes de periódico. Pero fue una foto en blanco y negro la que capturó su atención. El fotógrafo había captado a Rubeus con el casco retirado hacia atrás en la cabeza, el barbiquejo bailando, unas briznas de hierba enganchadas en una esquina del protector facial. Sus ojos brillaban victoriosos, y su sonrisa radiante era la del amo del mundo. Esmeralda se mordió el labio y se obligó a volverse de nuevo para hacerle frente.

—Voy a cortar contigo, Rubeus.

Él se le acercó rosando la mesa, la sonrisa ya desvaneciéndose.

—No lo hagas, cariño.

—No pudiste equivocarte más conmigo. —Se forzó a pronunciar las palabras que la mantendrían a salvo—. Me encanta mi vida. Tengo dinero y una casa preciosa, un negocio boyante. Tengo amigos, buenos amigos, y queridos. —Le tembló la voz—. Me encanta mi vida. Todas las partes de mi vida. Excepto la parte que te incluye a ti.

—No, nena, no. —Extendió hacia ella una de sus dulces manos como ganchos de carnicero, sin llegar a tocarla, en un gesto de súplica—. Eres una luchadora —dijo con ternura—. Ten las agallas de luchar por nosotros.

Ella se armó de coraje para afrontar el dolor.

—Ha sido una aventura, Rubeus. Una diversión. Y ahora se ha acabado.

Habían empezado a temblarle los labios, como a una niña, y no esperó a que él respondiera. Se dio media vuelta... salió de su despacho... tomó el ascensor hacia la calle con la mente en blanco. Al salir, se cruzó con dos jóvenes preciosas. Una le señaló a los pies, y la otra se echó a reír.

Esmeralda las adelantó, tensando los párpados para contener las lágrimas, asfixiándose. Un autobús turístico rojo de dos pisos pasó despacio a su lado, y el guía iba citando a Cari Sandburg con una voz tonante y exageradamente dramática que arañaba como uñas la pizarra de su piel.

«Camorra violenta, tormentosa... Ciudad de las anchas espaldas: Me dicen que eres perversa, y yo les creo...»

Esmeralda se enjugó los ojos y reanudó la marcha. Tenía trabajo que hacer. El trabajo lo arreglaría todo.

M&Y

A Shermanse le había estropeado el aire acondicionado, el aspecto de Mina para cuando llegó a casa después de la reunión con Yaten había degenerado en una masa de pelo y arrugas. Pero no entró directamente, sino que se quedó en el coche con las ventanillas bajadas, reuniendo los ánimos para dar el siguiente paso. Yaten le había dado sólo una oportunidad más. Lo que significaba que no podía seguir posponiéndolo. Aun así, necesitó toda fuerza de voluntad para sacar el móvil del bolso y hacer la llamada.

—Hola, Delaney. Soy Mina. Sí, es verdad, hace siglos...

—Somos más pobres que las ratas —le dijo Delaney Lightfield a Yaten la noche de su primera cita oficial, sólo tres días después de que fueran presentados—. Pero todavía guardamos las apariencias. Y gracias a las influencias del tío Eldred, tengo un trabajo estupendo en el departamento comercial de la Ópera Lírica.

Le dio esta información riéndose de sí misma, con una risa encantadora que hizo sonreír a Yaten. A sus veintinueve años, Delaney le recordaba a una Audrey Hepburn rubia y más atlética. Llevaba un vestido de punto azul marino, sin mangas, con un sencillo collar de perlas que había pertenecido a su bisabuela. Se había criado en Lake Forest y graduado en Smith. Era una esquiadora consumada y se defendía bastante bien al tenis. Jugaba al golf, montaba a caballo y hablaba cuatro idiomas. Pese a que varias décadas de prácticas comerciales obsoletas habían dilapidado la fortuna familiar que los Lightfield habían amasado en el negocio ferroviario, obligándoles a vender su residencia de verano en Bar Harbor, en el estado de Maine, la atraía el desafío de triunfar por sus propios medios. Le encantaba cocinar y confesaba que a veces deseaba haber ido a una escuela de cocina. La mujer de sus sueños había aparecido al fin.

A medida que avanzaba la noche, Yaten pasó de la cerveza al vino, se recordó que debía vigilar su lenguaje y se propuso mencionar la exposición de los nuevos fauvistas del Instituto del Arte, después de cenar, la llevó en coche al apartamento que compartía con dos compañeras y le dio un beso caballeroso en la mejilla. Después de dejarla, el tenue perfume a lavanda francesa permanecía en coche. Cogió el móvil para llamar a Mina, pero estaba demasiado revolucionado para volver a casa. Quería hablar con ella en persona. Canturreando con la radio en su tesitura de barítono desafinado, se dirigió a Wicker Park.

Mina abrió la puerta. Llevaba un top a rayas con cuello de pico y una minifalda azul que favorecía mucho a sus piernas.

—Debería haber lanzado mi ultimátum antes —dijo—. Decididamente, respondes bien bajo presión.

—Creí que te gustaría.

—¿Ya te ha llamado?

Mina asintió pero no dijo más, y él se puso tenso. Tal vez la cita no había ido tan bien como él pensaba. Delaney era de sangre azul. ¿Podía ser que hubiera notado demasiado el tufillo del camping de caravanas?

—He hablado con ella hace unos minutos —dijo finalmente Mina—. Está entusiasmada contigo. Felicidades.

—¿En serio? —Su instinto no le había engañado—. Eso es estupendo. Vamos a celebrarlo. ¿Qué tal una cerveza?

Mina no se movió.

—No es... un buen momento.

Miró por encima de su hombro, y fue entonces cuando Yaten se dio cuenta. No estaba sola. Sopesó el brillo de sus labios, recién puesto, y la minifalda azul. Su buen humor se apagó. ¿A quién tenía con ella?

Echó una mirada por encima de sus rizos, pero el salón estaba vacío. Lo que no implicaba que pudiera decirse otro tanto de su dormitorio... Resistió el impulso de entrar en tromba en la casa y comprobarlo.

—No pasa nada —dijo, algo envarado—. Hablamos la semana que viene.

Pero no se fue, sino que se quedó allí plantado. Finalmente, ella asintió y cerró la puerta.

Cinco minutos antes, se sentía el rey del mundo. Ahora quería emprenderla a patadas con algo. Caminó acera abajo y subió a su coche, pero no fue hasta que sacó el morro de su plaza de aparcamiento que sus luces alumbraron el vehículo aparcado al otro lado de la calle. Hasta entonces, había estado demasiado ensimismado para fijarse, pero ya no lo estaba.

La última vez que había visto aquel Porsche rojo reluciente, estaba aparcado en el cuartel general de los Stars.

Mina entró en la cocina arrastrando los pies. Kaito estaba sentado a la mesa, con una Coca-Cola en la mano y una baraja de cartas en la otra.

—Te toca dar —dijo.

—No me apetece seguir jugando.

—Esta noche eres un muermo. —Dejó las cartas en la mesa.

—No es que tú estés hecho unas castañuelas. —Seiya se había hecho un esguince en el tobillo durante el partido del domingo, por lo que Kaito le sustituyó en el segundo cuarto e interceptó el balón cuatro veces antes de que se pitara el final del partido. La prensa le acosaba, y por eso había decidido esconderse en casa de Mina un rato.

El grifo del fregadero goteaba, y su golpeteo rítmico la estaba sacando de quicio. Sabía de antemano que Delaney y Yaten congeniarían. La tentadora combinación de la presencia física de Delaney, su casi varonil forma atlética y su impecable pedigrí habían dejado a Yaten fuera de combate, como era de esperar. Y Delaney siempre había sentido debilidad por los hombres muy machos.

Mina había conocido a Delaney hacía ya veintiún años, en un campamento de verano, y se hizo su mejor amiga, pese a que Delaney era dos años más joven. Cuando dejaron de ir a campamentos se veían con menos frecuencia, básicamente en Chicago, cuando Mina iba a visitar a Nana. En la universidad perdieron el contacto, para retomarlo hacía sólo unos años. Ahora quedaban para comer cada pocos meses, no ya como amigas íntimas, sino como conocidas bien avenidas que compartían un pasado. Mina llevaba semanas pensando en que Yaten y Delaney eran perfectos el uno para el otro, así que ¿por qué había esperado tanto para pre sentarles?

Porque sabía lo perfectos que serían el uno para el otro.

Se quedó mirando a Kaito, que estaba lanzando palomitas al aire y atrapándolas con la boca. Era una lástima que sus pases en el campo no fueran igual de precisos. Cerró bien el grifo que goteaba y luego se desplomó en su silla junto a la mesa, un alma gemela deprimida.

El compresor de la nevera se paró, y la cocina quedó en silencio, excepto por el tictac del reloj de pared en forma de margarita y el leve chasquido de las palomitas al llegar a su destino.

—¿Quieres que nos demos el lote? —dijo en tono fúnebre

Él se atragantó con una palomita.

—¡No!

—Tampoco es para que te escandalices.

La silla de Kaito cayó sobre sus cuatro patas con un ruido seco

—Sería como hacérmelo con mi hermana.

—Tú no tienes hermanas.

—No, pero tengo imaginación.

—Vale. Yo tampoco quería, de todas formas. Sólo era por dar conversación.

—Sólo era por distraerte, porque te has ido a enamorar de quien no debías.

—Eres un creído.

—He oído la voz de Yaten en la puerta.

—Negocios.

—Cualquier cosa que te ayude a pasar el día. —Apartó el cuenco de palomitas del extremo de la mesa—. Me alegro de que no le hayas dejado entrar. Ya tengo suficiente con que me persiga Rubeus. No se rinde ni a la de tres.

—Llevas más de dos meses. Me cuesta creer que aún no hayas encontrado representante. ¿O ya tienes? No, no me lo digas. Se lo contaría a Yaten, y no quiero estar en medio de los dos.

—No estás en medio. Estás de su parte. —Volvió a inclinar la silla hacia atrás—. ¿Y cómo es que no has aprovechado esta oportunidad de oro para darle celos, invitándole a pasar?

Era justo lo que había estado preguntándose, pero, en realidad, ¿de qué iba a servir? Estaba más que harta de engaños, harta de mantener la guardia alta. Se inventó lo de su enamoramiento sólo para no perder a Yaten como cliente, y ya no tenía que preocuparse por eso.

—No me apetecía.

Con todo y sus modales de deportista ignorante, Kaito era más listo que el hambre, y a Mina no le gustaba nada la forma en que la estaba mirando, de modo que le miró con ceño.

—¿Llevas maquillaje? —le dijo.

—Protector solar total de color en la barbilla. Me ha salido un grano.

—Qué putada ser un adolescente.

—Si le hubieras invitado a pasar, yo te habría mordisqueado el cuello y toda la pesca.

Con un suspiro, Mina cogió las cartas y empezó a barajarlas.

—Me toca dar.

M&Y

Delaney no se separaba de Yaten aunque él pasara la mitad del tiempo recorriendo las tribunas preferentes del Palacio de Deportes del Medio Oeste para tomarles el pulso a quienes agitaban el cotarro y cortaban el bacalao en la ciudad. Mientras seguía el partido de los Stars, le llegaban mensajes de texto desde todos los rincones del país, informándole de la marcha de los partidos del resto de sus clientes. Llevaba desde primera hora de la mañana colgado de sus teléfonos a intervalos, hablando con esposas, padres y novias, hasta con la abuela de Caleb Crenshaw, haciendo saber a todo el mundo que se ocupaba de sus asuntos. Echó un vistazo a la BlackBerry y vio que tenía un mensaje de Rubeus, que estaba en Lambeau Field con Sean. De momento, su fullbacknovato estaba haciendo una gran temporada.

Yaten llevaba un mes viendo a Delaney, aunque había estado viajando tanto que sólo habían podido salir cinco veces. Aun así, hablaban casi cada día, y estaba ya convencido de haber encontrado a la mujer que buscaba. Aquella tarde, Delaney llevaba un suéter de cuello de pico, las perlas de su bisabuela y unos vaqueros modernillos cuyo corte se ajustaba a la perfección a su figura alta y delga da. Para sorpresa de Yaten, se separó de su lado y se acercó a Jerry Pierce, un hombre rubicundo de unos sesenta años, que era el director de uno de los despachos de corredores de Bolsa más importantes de Chicago.

Saludó a Jerry con un abrazo que denotaba una amistad antigua.

—¿Cómo está Mandy?

—De cinco meses. Estamos tocando madera.

—Esta vez llegará a término sin complicaciones, estoy segura. Carol y tú seréis los mejores abuelos del mundo.

Yaten y Jerry jugaban todos los años en el mismo torneo benéfico de golf, pero Yaten no tenía ni idea de que tuviera una hija, y mucho menos de que ella tuviera problemas de embarazo. Ésa era la clase de cosas de las que estaba al tanto Delaney, además de saber siempre dónde encontrar la última botella disponible de un Shot-fire Ridge cuvéedel 2002 y por qué merecía la pena el esfuerzo de localizarla. Aunque a él le iba más la cerveza, admiraba su profundo conocimiento, y se estaba esforzando por apreciar el buen vino. El fútbol parecía ser una de las pocas materias que ella no dominaba ya que prefería otros deportes más elegantes, pero estaba haciendo cuanto podía por aprender más.

Jerry estrechó la mano de Yaten.

—Ace está dando por fin lo mejor de sí mismo esta semana —dijo el veterano—. ¿Cómo es que todavía no has firmado con ese chico?

—Kaito prefiere tomarse su tiempo.

—Si firma con cualquier otro es que es idiota —dijo Delaney, lealmente—. Yaten es el mejor.

Jerry resultó ser un gran aficionado a la ópera, otra cosa que Yaten desconocía, y la conversación derivó hacia la lírica.

—A Yaten le va el country.—El tono de Delaney incorporaba un matiz dulce y tolerante—. Estoy decidida a ganarle para la causa.

Yaten miró a su alrededor por el palco, buscando a Mina. Ella solía ir a los partidos de los Stars con Serena o alguna de las otras, y estaba convencido de que acabaría por encontrársela, pero no había habido suerte hasta el momento. Mientras Delaney seguía perorando sobre Don Giovanni,Yaten recordó una noche en la que, entre dos presentaciones, Mina le había cantado de cabo a rabo «It's Five O'Clock Somewhere», de Alan Jackson. Claro que Mina almacenaba todo tipo de información inútil. Como el hecho de que sólo a la gente con una determinada enzima en el cuerpo les olía el pis cuando comían espárragos, cosa que, había que admitirlo, tenía su interés.

La puerta del palco se abrió y entró Michiru vestida con los colores del equipo, con un vestido aguamarina de punto ajustado al cuerpo y una bufanda dorada al cuello. Yaten se disculpó con Jerry y condujo a Delaney hacia ella para presentársela.

—Es un placer —dijo Delaney, con evidente sinceridad.

—Mina me ha hablado tantísimo de ti... —repuso Michiru con una sonrisa.

Yaten dejó a las mujeres charlando, sin preocuparse porque Delaney fuera a meter la pata. No lo hacía nunca, y le gustaba a todo el mundo menos a Rubeus. Y no es que a Rubeus le cayera mal. Sólo que no creía que Yaten debiera casarse con ella. «Admito que los dos hacéis buena pareja sobre el papel —le había dicho la semana anterior—, pero nunca te veo relajado a su lado. No eres tú mismo.»

Tal vez porque Yaten se estaba volviendo mejor persona. Teniendo en cuenta que lo que pasaba por ser la vida amorosa de Rubeus en aquel momento era una colisión de trenes, a Yaten le tranquilizaba ignorar sus advertencias.

Más tarde, Yaten se encontró con Michiru en el pasillo, a la salida del palco presidencial. Delaney acababa de irse al lavabo, y Yaten estaba charlando con Nicolás y Rei McDermitt cuando la dueña de los Stars asomó por una esquina.

—Yaten, ¿puedo distraerle un momento?

—Juro por Dios que, sea lo que sea, no he sido yo. Díselo, Nicolás.

Nicolás sonrió.

—Estás solo en esto, colega. —Rei y él desaparecieron dentro del palco.

Yaten dirigió a Michiru una mirada precavida.

—Sabía que tenía que haberme puesto una vacuna de refuerzo contra el tétanos.

—Es posible que le deba una disculpa.

—Ya está. Voy a dejar la cerveza. Nunca se imaginaría lo que me ha parecido oírle decir ahora mismo.

—Escúcheme. —Se colocó mejor el bolso en el hombro—. Lo único que intento decirle es que puede ser que yo sacara una conclusión equivocada cuando estuvimos en el lago.

—Y, de entre unas cien conclusiones equivocadas, ¿cuál sería? —Conocía la respuesta, pero ella le perdería respeto si se ablandaba tan fácilmente.

—Que se estaba aprovechando de Mina. Creo que soy lo bastante madura como para, cuando me equivoco, admitirlo, pero ha de recordar que me ha programado para esperar de usted lo peor. En fin, cada vez que veo a Mina me habla de lo emocionada que está de haberle emparejado con Delaney. Su negocio está floreciendo. Y Delaney es adorable. —Levantó la mano y le dio unas palmaditas en la mejilla—. Puede que nuestro pequeño esté creciendo por fin.

No podía creerlo. ¿Se había roto por fin el hielo con Michiru después de tantos años? Si así era, se lo debía a Delaney.

Cuando Michiru hubo desaparecido en el palco presidencial sacó su móvil para compartir la noticia con Mina, pero antes de que marcara su número reapareció Delaney. Probablemente, no habría podido contactar con ella de todas formas. A diferencia de él, Mina no era partidaria de tener siempre el teléfono conectado.

Mina nunca había sido muy aficionada a la ópera, pero Delaney tenía entradas de palco para Tosca, yla lujosa producción de la Lírica era exactamente la distracción que necesitaba para sacarse de la cabeza la llamada telefónica que le había hecho su madre aquella tarde. Su familia, al parecer, había decidido bajar a Chicago el mes siguiente para ayudar a Mina a celebrar su trigésimo segundo cumpleaños.

«Darien da una conferencia —había dicho Luna—, y Andrew y Reika quieren visitar a unos viejos amigos. Papá y yo teníamos pensado hacer un viaje a San Luis de todas formas, así que iremos desde allí.»

Una gran familia, unida y feliz.

Llegó el intermedio.

—No puedo creer lo mucho que estoy disfrutando esto —dijo Mina mientras invitaba a Delaney a una copa de vino.

Por desgracia, su vieja amiga estaba más interesada en hablar de Yaten que en discutir las tribulaciones de los amantes condenados de Tosca.

—¿Te he explicado ya que Yaten me presentó a Michiru Tenoh el sábado? Es adorable. Todo el fin de semana fue fabuloso.

A Mina no le apetecía oír aquello, pero Delaney estaba imparable.

—Te he contado que Yaten se fue a la costa ayer, pero no que ha vuelto a mandarme flores. Otra vez rosas, desafortunadamen te, pero él es básicamente un deportista, así que no puedes esperar que tenga mucha imaginación.

A Mina le encantaban las rosas, y no creía que fueran prueba de falta de imaginación.

Delaney tiró de su collar de perlas.

—Mis padres le adoran, por supuesto, ya sabes cómo son, y mi hermano cree que es el mejor tío con el que he salido.

A los hermanos de Mina también les habría gustado Yaten. Por las razones equivocadas, pero así y todo...

—Cumpliremos cinco semanas el próximo viernes. Mina, creo que podría ser el definitivo. Es lo más próximo al hombre perfecto que voy a encontrar en la vida. —Su sonrisa se marchitó—. Bueno... Excepto por ese pequeño problema del que te vengo hablando.

Mina soltó lentamente el aire que venía reteniendo en los pulmones.

—¿Sigue igual?

Delaney bajó la voz.

—El sábado, estuve con él en el coche metiéndole mano por todas partes. Era evidente que le excitaba, pero echó el freno. No sé si estaré paranoica, y desde luego que nunca le comentaría esto a nadie más, pero ¿estás absolutamente segura de que no es gay? En la universidad, había aquel tío totalmente macho, y luego resultó que tenía novio.

—No creo que sea gay —se oyó decir Mina.

—No. —Delaney sacudió la cabeza con decisión—. Estoy segura de que no.

—Probablemente tienes razón.

Sonó la campana avisando del final del intermedio, y Mina se deslizó hasta su asiento como la miserable víbora que era.

M&Y

La lluvia repiqueteaba en la ventana tras el escritorio de Esmeralda, y un relámpago rasgó el cielo de última hora de la tarde.

—... de modo que te avisamos con las dos semanas preceptivas de antelación —dijo Beryl.

Esmeralda sintió que la furia de la tormenta le aguijoneaba la piel.

La raja de la falda negra de Beryl se abrió al cruzar ella sus largas piernas.

—No ultimamos los detalles hasta ayer —dijo—, y por eso no te lo hemos podido decir antes.

—Podemos alargarlo a tres semanas si de verdad nos necesitas. —Kiki se inclinó hacia delante en la silla, con la frente arrugada por la preocupación—. Sabemos que aún no has encontrado sustituta para Diana y no queremos dejarte en un apuro.

Esmeralda reprimió un estallido de risa histérica. ¿Qué podía ser peor que perder las dos ayudantes que le quedaban?

—Llevamos seis meses hablando de esto. —La sonrisa de Beryl invitaba a Esmeralda a alegrarse con ella—. A las dos nos encanta esquiar, y Denver es una gran ciudad.

—Una ciudad fabulosa —dijo Kiki—. Hay solteros a patadas y, con todo lo que hemos aprendido de ti, sabemos que estamos pre paradas para establecernos por nuestra cuenta.

Beryl ladeó la cabeza hacia un lado, y su liso pelo rubio le cayó sobre el hombro.

—Nunca podremos agradecerte lo bastante que nos hayas enseñado el oficio, Esmeralda. Admito que a veces se nos ha hecho cuesta arriba lo dura que eres, pero ahora te estamos agradecidas por ello.

Esmeralda juntó las sudorosas palmas de sus manos.

—Me alegra oír eso.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada. Beryl asintió con la cabeza de modo casi imperceptible. Kiki jugueteó con el botón superior de su blusa.

—Beryl y yo nos preguntábamos, o más bien deseamos, si tal vez... ¿Te importaría que te llamáramos de vez en cuando? Sé que nos van a asaltar un millón de dudas al principio.

Querían que las amadrinara. La iban a dejar plantada, sin ninguna ayudante con experiencia, y pretendían que las ayudara.

—Por supuesto —dijo Esmeralda fríamente—. Llámenme siempre que les haga falta.

—Muchísimas gracias —dijo Beryl—. De verdad. Te lo decimos de corazón.

Esmeralda se las arregló para asentir con la cabeza, esperaba que graciosamente, pero se le estaban revolviendo las tripas. No meditó lo que dijo a continuación. Las palabras le salieron solas.

—Me doy cuenta de que están ansiosas por empezar, y por nada del mundo quisiera reteneros. Últimamente hay poco movimiento por aquí, de forma que no hay necesidad realmente de que se queden aún dos semanas más, ninguna de las dos. Puedo arreglarme sola. —Agitó los dedos señalando la puerta, despidiéndolas como si fueran un par de colegialas traviesas—. Venga. Acaben lo que tengan entre manos y váyanse.

—¿De veras? —A Beryl se le pusieron los ojos como platos—. ¿No te importa?

—Claro que no —dijo Esmeralda—. ¿Por qué había de importarme?

No iban a mirarle el dentado al caballo regalado, y les faltó tiempo para irse hacia la puerta.

—Gracias, Esmeralda. Eres la mejor.

—La mejor —murmuró Esmeralda para sí al quedarse sola por fin. Otro trueno hizo retumbar la ventana. Ella cruzó los brazos sobre el escritorio y hundió la cabeza. Ya no podía seguir con aquello.

Aquella noche se sentó en la penumbra de su salón, mirando al vacío. Habían pasado casi seis semanas desde que viera a Rubeus por última vez, y le echaba dolorosamente en falta. Se sentía desarraigada, a la deriva, sola en el mismo fondo de su corazón. Su vida privada yacía hecha añicos a su alrededor, y Parejas Black se estaba hundiendo. No sólo por la deserción de sus ayudantes, sino también porque ella había perdido su ojo clínico.

Pensó en lo que había ocurrido con Yaten. A diferencia de Esmeralda, Mina había cogido su oportunidad al vuelo y la había aprovechado brillantemente. «Una candidata cada una», había dicho él. Mientras Esmeralda había decidido esperar siguiendo su menoscabado instinto, Mina dio el golpe presentándole a Delaney Lightfield. Era toda una ironía. Esmeralda conocía a los Lightfield desde hacía años. Había visto crecer a Delaney. Pero había estado tan ocupada hundiéndose que nunca se le pasó por la cabeza presentársela a Yaten.

Echó una mirada al reloj. No eran ni las nueve. No podía afrontar otra noche sin dormir. Hacía semanas que se resistía a tomarse un somnífero porque odiaba la idea de desarrollar una dependencia. Pero si no conseguía descansar como es debido aunque fuera una noche, se volvería loca. Su corazón empezó a palpitar frenéticamente. Se apretó el pecho con la mano. ¿Y si se moría allí mismo? ¿A quién le importaría? Sólo a Rubeus.

No podía soportarlo más, de modo que se echó encima su provocativo impermeable rosa, agarró su bolso, cogió el ascensor y bajo a la recepción. Aunque era de noche, se puso las gafas de sol de Chanel por si se topaba con los vecinos. No podía soportar la idea de que la viera nadie en ese estado: sin maquillar, con un pantalón de chándal raído asomando bajo una gabardina de Marc Jacobs.

Dio apresuradamente la vuelta a la esquina, camino del drugstore,que estaba abierto las veinticuatro horas. Al llegar al pasillo de los remedios contra el insomnio, los vio. Apilados en un cubo de alambre con un cartel que decía 75% DE DESCUENTO. Polvorientas cajas moradas de pollitos de Pascua de malvavisco amarillo ya añejo. El cubo descansaba al final del pasillo, enfrente de las pastillas para dormir. Su madre solía comprar aquellos pollitos cada Semana Santa y ponérselos en su bol del osito Franklin Mint. Esmeralda recordaba todavía el rechinar de los cristales de azúcar entre sus dientes.

—¿Necesita ayuda?

La dependienta era una joven hispana regordeta que llevaba demasiado maquillaje y sería incapaz de comprender que para según qué cosas no había ayuda posible. Esmeralda negó con la cabeza y la chica desapareció. Dirigió su atención a las pastillas para dormir, pero las cajas daban vueltas ante sus ojos. Su mirada se volvió de nuevo al cubo de pollitos. La Semana Santa había sido hacía cinco meses. Estarían gomosos a estas alturas.

En el exterior, pasó un coche patrulla como un rayo, con la sirena a toda marcha, y Esmeralda sintió el impulso de taparse los oídos con los dedos. Algunas de las cajas moradas de los pollitos estaban melladas, y un par de las ventanitas de celofán se habían rasgado. Qué mal efecto. ¿Por qué no las tiraban?

Sobre su cabeza zumbaban los tubos de los fluorescentes. La dependienta la miraba fijamente tras su exceso de maquillaje. Si conseguía dormir a gusto una noche, volvería a ser ella misma. Tenía que elegir algo rápido. Pero ¿qué?

El ruido de las luces fluorescentes le taladraba las sienes. Se le aceleró el pulso. No podía seguir allí parada. Movió los pies, y el bolso cayó más abajo en su brazo. En lugar de escoger unas pastillas, metió la mano en el cubo de los pollitos de malvavisco. Un reguerillo de sudor se deslizó entre sus pechos. Cogió una cajita, luego otra, y otra más. En la calle, tronó la bocina de un taxi. Ella dio con el hombro en una vitrina de artículos de limpieza, y una pack de esponjas cayó al suelo. Esmeralda fue trastabillando hacia la caja registradora.

Detrás del mostrador había otro chico, éste pecoso y sin barbilla. Cogió una caja de pollitos.

—Me encantan estas cosas —dijo.

Esmeralda fijó la vista en el expositor de los periódicos. El chico pasó la caja por el escáner. En el bloque de Esmeralda, todo el mundo compraba en ese drugstore,y muchos salían de noche a pasear a su perro. ¿Y si entraba alguno y la veía?

El chico sostuvo en alto una caja con la ventana de celofán rasgada.

—Ésta está rota.

Ella hizo una mueca.

—Son... para la clase de mi sobrina del jardín de infancia.

—¿Quiere que se la cambie por otra?

—No, está bien.

—Pero está rota.

—¡Le he dicho que está bien! —gritó ella, y el chico dio un respingo. Esmeralda retorció los labios en un simulacro de sonrisa—. Los quieren para... hacer collares.

Él la miró como si estuviera loca. El corazón de Esmeralda iba cada vez más rápido mientras el chico pasaba las cajas por la máquina. Se abrió la puerta y entró en la tienda una pareja de ancianos. Nadie que ella conociera, pero sí que les había visto alguna vez. El cajero pasó la última caja por el escáner. Ella le tendió un billete de veinte dólares, y él lo examinó como si fuera un agente del Tesoro. Los pollitos estaban desperdigados por todo el mostrador, a la vista de cualquiera, ocho cajitas moradas a seis pollitos por caja. El chico le entregó el cambio. Ella lo metió en el bolso, directamente al fondo, sin molestarse en guardarlo en el monedero.

Sonó el teléfono junto a la caja registradora, y el chico respondió.

—Hola, Mark, ¿qué tal? No, no salgo hasta las doce. Un asco.

Esmeralda le arrancó la bolsa de la mano y metió dentro el resto de las cajitas de cualquier manera. Una cayó al suelo. Allí se quedó.

—Eh, señorita, ¿no quiere el ticket?

Ella corrió a la calle. Se había puesto a llover otra vez. Estrechó la bolsa contra su pecho y esquivó a una joven de rostro lozano que aun debía de creer en lo de ser felices y comer perdices. La lluvia le estaba empapando el pelo, y para cuando llegó de vuelta a casa, estaba tiritando. Dejó caer la bolsa sobre la mesa del comedor. Algunas cajitas se salieron.

Se sacudió el impermeable de encima y trató de recuperar el aliento. Tendría que hacerse un té, se dijo, poner un poco de música, tal vez la tele. Pero no hizo nada de eso, sino que se hundió en una silla a los pies de la mesa y empezó lentamente a alinear las cajas delante de ella.

Siete cajas. A seis pollitos por caja.

Con las manos temblándole, empezó a quitar los papeles de celofán y a abrir las solapas. Cayeron al suelo trocitos de cartón morado. Los pollitos fueron saliéndose entre una nieve crujiente de azúcar amarillo.

Por fin estuvieron abiertas todas las cajas. Pasó la mano para tirar a la moqueta los últimos restos de cartón y celofán. Sólo quedaron los pollitos sobre la mesa. Mientras los miraba, supo que Rubeus tenía razón en lo que le dijo. Toda su vida la había guiado el miedo, tan asustada de no dar la talla que había olvidado cómo vivir.

Empezó a comerse los pollitos, uno por uno.


Hola chicas, ¿cómo les va? Bueno, ya estamos llegando al final de esta historia. A mi me da un poco de pena que termine ya porque la encuentro tan entretenida. Pero repasemos los hechos... Al parecer Yaten encontró a la "mujer de sus sueños" y Mina sufre porque dejará ir a Yaten para siempre. ¿No les da pena la situación? ¿Será Delaney la ideal para Yaten o tendrá razón Rubeus? En lo personal, amo le personaje de Kaito y su amistad con Mina, ya quisiera un amigo así.

Espero que hayan disfrutado el capítulo. Dejen sus comentarios!

Cariños.