Una fría y extraña corriente la envolvía. Sentía como si se hubiera desecho de la gravedad, flotaba, y los sonidos que escuchaba a su alrededor eran profundos y con eco.

Julia abrió los ojos, y se sintió realmente aterrada cuando sólo podía visualizar las profundidades del río de Collinswood. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué estaba pasando?

Se dispuso a moverse, pero comprobó con horror que estaba envuelta en una especie de tela con un cordón a su alrededor que le aprisionaba con fuerza. Además estaba unida a un bloque de hormigón que la arrastraba a lo más profundo de las putrefactas aguas. Desde luego…el que le había hecho eso no quería volver a verla con vida. Volvió a sentir miedo.

Pero tenía que huir, deshacerse de todo aquello y escapar de su tumba acuática. Comenzó a revolverse, a intentar mover los brazos y las piernas, con suerte y un poco de paciencia lo conseguiría…

El problema es que…ella nunca tuvo paciencia.

Algo dentro de ella desató, una fuerza sobrenatural, abrió los brazos y las cuerdas fueron destrozadas. Cayeron al fondo del agua, junto a la tela. Ya no estaba unida al pesado bloque de hormigón, a si que nadó desesperadamente para llegar a la superficie.

Se sintió libre cuando finalmente salió de las aguas, aspirando con ansia el oxígeno de su alrededor, realmente no lo necesitaba….aunque eso no lo recordaba, aún.

Rápida e instintivamente nadó hacia la orilla y sólo cuando llegó a tierra firme respiró con tranquilidad.

Aprisionó la mano contra su pecho intentando calmarse. No comprendía nada de lo que estaba pasando. Miró a ambos lados y vio una carretera no muy lejos de ella. Recordó que cerca de dónde estaba había una pequeña ciudad, iría allí a buscar ayuda. Aunque seguramente al verla la gente huiría despavorida ya que no estaba muy presentable. No sólo por su pelo mojado y todas sus pinturas corridas, también por su ropa empapada y sucia. Daba igual...quedándose allí no iba a solucionar nada. Se levantó lentamente, las piernas le temblaban. Se apoyó sobre el tronco de un árbol para no caer al suelo y poco a poco comenzó a caminar. Cayó al suelo y se hirió la rodilla, no pasa nada...solo era un rasguño, tenía que continuar. Medio cogeando, consiguió llegar a la carretera. Ahora todo le resultaría más fácil, ya que era mejor andar sobre ese suelo de asfalto que en cualquier bosque. Lo único malo era que iba sin zapatos y le dolía cada pisada.

Anduvo durante unas largas horas, era increíble...nadie había pasado por aquella carretera aún. Habrían podido recogerla y llegaría antes a la ciudad.

De repente, algo le hizo reaccionar y salir de sus pensamientos. Se dio la vuelta y un resplandor la cegó. Cerró los ojos rápidamente, escuchó unas risas y los abrió de nuevo.

Se trataba de un coche en el que iban cuatro hombres. Éstos habían parado justo al lado de ella y la miraban mientras reían.

-Oye precioosa, sube con nosotros.-balbuceó el conductor.

En cuanto aquel hombre abrió la boca, a Julia le vino un horrible olor a alcohol. Definitivamente, los cuatro hombres iban borrachos como cubas, a si que no era buena idea subir con ellos al vehículo.

-No, gracias. Ya estoy cerca de mi casa.-mintió Julia.

-Venga hombreee...no seas estirada.

El conductor metió primera y comenzó a seguirla muy despacito, sin quitarse de su lado.

-No te vamos a hacer nada preciosa...

-Noo...¡sólo queremos darte un poco de amor!-gritó un borrachuzo del asiento trasero.

Julia se puso seria, aquellos malditos la estaban irritando...y ya tenía muchos problemas.

-¡Qué no! ¿No lo entendéis? ¡Dejadme en paz!-gritó, enfadada.

Comenzó a alejarse de ellos rápidamente y los dejó atrás. Escuchó que el coche paraba bruscamente y que las cuatro puertas se abrían.

-¡Maldita zorra!-gritó uno de ellos.

-¡A por ella!

Los cuatro hombres se echaron encima de Julia. Ésta intentó librarse de ellos, pero tres de ellos le habían agarrado brazos y piernas, no podía moverse.

-Ahora vas a saber lo que es bueno...-dijo uno de ellos, mientras se quitaba el cinturón y bajaba la cremallera de sus pantalones.

Julia consiguió liberar uno de sus brazos y golpeó con fuerza el rostro de hombre antes de que la apresaran de nuevo. Tenía las uñas largas, a si que había producido varios cortes en la mejilla de éste y de ellas brotaba un hilo de sangre.

Julia percibió un olor distinto entre ellos, ya no olía sus asquerosos alientos alcoholizados. Era un olor agradable...incitante. No podía dejar de mirar las diminutas y perfectas gotas color rubí de las heridas de aquel bruto sin escrúpulos.

Comenzó a sentir un horrible ardor en su garganta, una insaciable sed. Su corazón bombeaba con fuerza, y un fuerte instinto se apoderaba de ella.

De nuevo, aquellas fuerzas sobrenaturales que le habían ayudado a escapar del río, aparecieron de nuevo desde lo más profundo de su ser.

Con una facilidad pasmosa, se liberó de sus tres apresadores. Lanzando a uno de ellos por los aires, y golpeando a los otros dos. Se acercó al cuarto, al que había intentado violarla. Sus ojos brillaban salvajemente y sólo pensaba en saborear aquel dulce néctar que poseía todo ser viviente. Le agarró con fuerza, ya que éste intentaba huir y hundió sus colmillos en su cuello. La sangre salió a borbotones y ella la succionó con ansia.

Finalmente, dejó al hombre sin una pizca y se giró buscando a los otros dos. Uno de ellos había echado a correr pero rápidamente consiguió alcanzarlo y de nuevo, bebió sin dejar ni una gota.

Ahora le tocaba al tercero, que yacía medio inconsciente en medio del asfalto. Ella lo observó de pie, con una expresión fría en su rostro, ahora empapado en sangre. Lo agarró del cuello y lo dejó en volandas. Podía sentir el palpitar de sus venas bajo su mano y al igual que había hecho con los otros dos, lo mató rápidamente.

Julia respiró hondo mientras saboreaba el sabroso rastro de sangre que le había quedado en su boca. Sus piernas habían dejado de temblar, su cuerpo ya no se balanceaba debido al cansancio. Ahora se sentía bien, rejuvenecida, como si hubiera dormido ocho horas seguidas. Pasó su lengua por sus dientes y se sorprendió al comprobar el gran tamaño de sus colmillos.

Julia estaba disfrutando de todas esas sencaciones, pero de repente, sus recuerdos comenzaron a florecer en su mente.

Ella era Julia Hoffman, Dr Julia Hoffman. Había dedicado parte de su vida a la psicología, aunque le gustaba trabajar con la hipnosis. Era realmente buena en su trabajo, podría adivinar cómo era una persona simplemente con mirarla a la cara. Hace unos años, fue contratada por los Collins, una familia con muchos problemas. Aunque su cometido era ayudar al pequeño David, un niño de diez años con unos graves trastornos psicológicos.

Recordó que estuvo viviendo en la mansión de la familia durante muchos años, hasta que...

¡Barnabas! Barnabas había aparecido por aquella casa de repente, era el heredero de la fortuna de los Collins. Un heredero que había estado doscientos años encerrado en un ataúd, ya que era un vampiro, o al menos eso descubrió Julia gracias a uno de sus trabajos con la hipnosis.

¡Ahora lo recordó todo! Ella comenzó a trabajar con Barnabas en un experimento que consistía en hacerle al vampiro pequeñas transfusiones de sangre para lograr despojarle de la maldición. Ella no comprendía por qué Barnabas odiaba ser inmortal, aquello era un don. Por eso, le engañó. Julia usó la sangre del vampiro para covertirse en inmortal y también se hizo transfusiones. Todo iba bien, hasta que Barnabas la descubrió...y la mató.

Julia recordó aquel momento en el que el vampiro no tuvo ningún tipo de consideración con ella, el momento en el que hundió sus colmillos en su cuello y la dejó sin una gota de sangre en menos de cinco segundos a pesar de los lloros y lamentos de ella.

Era un monstruo...un monstruo que había llegado a amar. Pues el vampiro era el único ser en la faz de la tierra que se había mostrado tierno y caballeroso con ella. Además, le atraía físicamente y después de tener con él ese pequeño contacto tan sensual en su propia consulta era cuestión de tiempo que surgieran nuevos sentimientos por él. Tenía la esperanza de que con el tiempo pasara algo entre ellos, pero él lo arruinó todo.

Julia no se lo perdonaría, jamás. Ahora que lo había recordado todo, cambiaría su destino e iría a la mansión de los Collins.

Al fin, consiguió llegar muy entrada la noche. Abrió las chirriantes y oxidadas verjas que daban entrada al jardín exterior de la casa.

Todo parecía igual, pero había algo distinto en aquel lugar. Ya no tenía ese aspecto tan antiguo, típico de las mansiones victorianas. Era como si hubieran restaurado aquella casa.

Llamó a la puerta y esperó impaciente. Finalmente, Elizabeth apareció detrás de aquel portón inmenso.

-¿Julia?-preguntó la señora de la casa sorprendida, como si la persona que se encontraba ante ella no la hubiera visto en años.

-Ya estoy aquí.-dijo Julia, feliz de volver a casa.


Este es el primer capítulo, espero que os haya gustado y que vaya abriendoos el apetito para más. Gracias por leer ^^.