Hace un tiempo escribí un fic Michi "Si le amas, déjale ir" (aunque soy Mimato declarada), el mismo fue muy bien recibido y muchas lectoras me pidieron que lo continuara. No lo voy a continuar, pero gracias a el nace esta historia que va a estar compuesta por siete capítulos basado en la tabla de Pecados Capitales de la comunidad de livejournal retos_a_lacarta. Como ya se imaginaran también se trata de un Michi, pareja conformada por Taichi Yagami y Mimi Tachikawa.

No les doy más explicaciones y les dejo leer este nuevo proyecto ;) Que espero les agrade tanto como a mí me ha gustado escribirlo.

RE-EDITADO (29/04/2017)


Manzanas con Chocolate


I

Envidia


"La envidia no tiene nunca ni la franqueza de la risa, ni el arrebato de la cólera; no tiene más que sonrisas frías y lagrimas ocultas."

Ignacio Manuel Altamirano


Mimi no es ciega, un poco ingenua y algo torpe, pero nunca ciega.

Ella veía y sabía, y en ocasiones comprendía mucho mejor que Izzi a sus computadoras. Porque mientras el pelirrojo sabía de tecnología, el superior Jou de medicina y la pequeña Kari de fotografía. Mimi conocía de la mecánica del corazón, de sus hilos y telarañas, engranajes y tornillo. No por nada se había leído cuanta novela romántica había caído en sus jóvenes manos o visto centenares de películas con la misma temática. También tenía su propia experiencia, que aunque no era basta y extravagante como la de otros, le era suficiente para entender algunos pormenores sobre el amor.

Y ella era una gran observadora, quién le prestaba mucha atención a los detalles. Una muda vigilante.

Fue ella, la primera que se dio cuenta de los sentimientos de Sora por Yamato, a pesar de la distancia y el tiempo de no verles a ambos. La castaña siempre hablaba con la pelirroja por chat o vídeo llamadas, y si no podían coincidir por la web se dejaban algún correo electrónico que la otra no tardaba en contestar. Así se había dado cuenta de los sentimientos de su amiga.

Y por qué no decirlo, justo en ese momento había empezado su silente sufrimiento.

Lo primero que notó fue como su mejor amiga, de un día a otro, dejo de hablar solo de Tai, pasando a comentar sobre sus amigos en general, para finalmente hablar solo de Yamato. "Yamato esto, Yamato aquello". Sus comentarios impresos con tintes de admiración y afecto, uno que empezaba a crecer súbitamente. Y justo como cambian las estaciones, ya no hablaban sobre lo solitario y taciturno que era el rubio, si no de lo guapo y caballeroso que se comportaba con ella.

De igual manera, la poca correspondencia que mantenía con el rubio también comenzó a cambiar. Ya no solo hablaban de música (lo que les había unido en un principio ¡A ellos!, quienes eran tan diferentes) o de Takeru, el digimundo, o esas profundas y filosóficas charlas que llegaron a tener. No. Sus pocas conversaciones (y que para Mimi eran tan preciadas como diamantes) se vieron invadidas por el nombre de Sora y lo fantástica que era, así como repentinas preguntas de sobre qué regalarle o dónde llevarla a cenar.

Cuando la marea cambio, al igual que sus conversaciones, supo inmediatamente lo que ocurría a kilómetros de ella. Y sin que pudiera o quisiera interferir en ello, dejo que las aguas fluyeran. Su mejor amiga se había enamorado, por desgracia, del único hombre, que a pesar de las mil diferencias que compartían, llegaba a tocar su corazón.

Lloró muchas noches, acallando sus sollozos contra la almohada y maldiciendo su suerte ante la luna, muda testigo de la primera (y no única) dolencia de su corazón. Estuvo a punto de tirar todas esas novelas rosa a la basura, deteniéndose a pocos segundos de hacerlo (¡Ellas no tenían la culpa!). Lo que sí arrojo a la basura, aunque luego hubiese rescatado a toda prisa con una mezcla de pánico y culpa, fue una bufanda azul oscuro que se había empeñado en tejerle al mayor de los Ishida, así como un CD con canciones de su propia composición, dedicadas a él. Claro, estos regalos fueron ideados mucho antes de que se enterara de los sentimientos de su mejor amiga. Si lo hubiera sabido de ante mano, ni siquiera lo habría intentado.

Muchas veces tuvo tentada en confesarle sus sentimientos al rubio, conteniéndose a tiempo. Borrando la frase una y otra vez en chats y email. Cambiando de parecer al último segundo cuando visito Japón para la boda de su prima, en ese encuentro secreto que tuvieron tras la ceremonia y antes de su partida. O en esa oportunidad que se encontraron por pura casualidad, cuando tanto Takeru y él viajaron a Francia a visitar a su abuelo, y ella que se encontraba vacacionando con Michael.

Se mantuvo en silencio, auto-condenándose a su primera desilusión amorosa. Por proteger los sentimientos de Sora, por serle fiel a su mejor amiga.

Se creía sola en ese dolor, hasta que lo vio por primera vez.

Una mirada que ya no brillaba como antes, restos de un fuego que se había extinto de repente dejando un montón de cenizas y brazas ardiendo. Ese deseo profundo, amargo y doloroso, que se clavaba en el pecho como si se tratara de un puñal en una de las personas que ocupaban un lugar importante en su vida. Ella (despistada, infantil y malcriada) lo vio. Una mota oscura, pequeña e invisible a los ojos de mucho, que opacaba la mirada de Taichi Yagami.

Ocurrió un primero de Agosto, a poco más de tres meses después de que Yamato y Sora comenzarán a salir oficialmente. Su primera pelea, un mal entendido que termino con Sora llorando y Yamato pidiéndole disculpas a gritos, y que ocasiono que Tai olvidará que en problemas de pareja los terceros están de más. Yagami se lanzo sobre Ishida plantándole un puñetazo en toda la mejilla; ambos se golpearon por unos segundos, antes de que Takeru y el superior Jou se atrevieran a separarles, mientras que Hikari y Sora gritaban a dúo que se detuvieran.

Pero mientras todos trataban de calmar los ánimos, Mimi abrió los ojos sorprendida y se llevo la mano a la boca, reconociendo esa leve oscuridad que ahora habitaba en los ojos de Taichi. Por eso, aquella noche en el digimundo, mientras todos se acostaban a dormir tras un suculento banquete, la castaña se acerco al chico, quien se encontraba sentado frente al lago, alejado del resto.

—¡Mimi! —Agumon la recibió con una sonrisa, agitando los brazos alegremente. La chica le dedico su mejor sonrisa a cambio.

—¿Podemos hablar? —le pregunto al chico, tras recibir un abrazo del digimon (el cual correspondió) y clavar sus ojos color miel en los de él.

Tai asintió con una sonría bailándole en los labios, golpeando el suelo a su lado e invitándola a sentarse junto a él. Él chico frente a sus ojos volvía a ser el mismo de antes, cuya mirada brillaba con fuego propio.

Pero ella ahora sabía. Percibía que aquella alegría no era del todo verdadera, que había algo más (oscuro, bajo y despreciable). Algo que no debería tener un espacio en los ojos del portador del emblema del valor.

—¿Puede ser a solas? —preguntó, sintiendo que sus mejillas se teñían levemente de rojo.

Aunque estaba decidida a comprobar sí tenía razón en sus observaciones, no podía evitar sentirse avergonzada por su atrevimiento.

Tanto el chico como el digimon le observaron con sorpresa, pero no hubo necesidad de esperar una respuesta incomoda o una interrogante. Agumon asintió, se estiro en todo su largo y bostezo sonoramente, empezando a caminar hacia el campamento, con la excusa de que necesitaba dormir. Ambos, Tai y Mimi, se quedaron a solas, guardando un minuto de silencio.

—¿Entonces? ¿Qué necesitas hablar conmigo, Princesa? —preguntó el castaño, juguetón, aun sonriendo como ese chico que alguna vez fue.

Y esa sonrisa era hermosa, justo como la de sus recuerdos de la infancia y no como la que había visto últimamente en su rostro. Una mascara de muy mala calidad, que ocultaba ese algo que no le dejaba en paz.

Taichi cruzo los brazos bajo la nuca y se acostó en el suelo, esperando a que ella comenzará a hablar, clavando sus ojos en el cielo estrellado, lejos de Mimi.

—Hoy vi algo curioso ¿sabes? —empezó la castaña. Llevo sus rodillas hacia su pecho y envolvió sus piernas en un abrazo, se reprendió mentalmente por haber dejado su chaqueta en la carpa, comenzaba a hacer mucho frío—. Durante la pelea entre Yamto y tú.

—¿Ah si? ¿Y se puede saber qué es? —le interrogo el chico, con una expresión dubitativa en el rostro, sin haber caído aun a lo que se refería su amiga.

Ella suspiro y cerró los ojos. Reuniendo fuerzas para continuar.

—A veces, yo me siento igual ¿sabes? —confeso, y al volver abrir los ojos estos volvían a estar cristalinos. Se molesto consigo misma por ello, cuando pensó en hablar con el castaño no había incluido sus propias lagrimas en la conversación —. Como te sentiste esta tarde, como te vienes sintiendo desde hace mucho tiempo.

—¿Mimi, a qué te refieres?

Taichi se incorporo lentamente. Hombros tensos, rostro indescifrable.

—Podrás engañar a Sora, a Yamato, a todos… Pero no a mí, Tai —continuó, ignorando la pregunta de su amigo —. No soy ciega, puedo ser mil cosas y tener mil defectos, pero creo que el no ver no es uno de ellos. Veo muy bien, noto los detalles, leo las miradas, entiendo al corazón.

En ese punto volteó a observar a su amigo, quién le dedicaba una mirada profunda. Temeroso, expectante, herido. Alargo la mano hacia la de Taichi, la envolvió con la suya y le dio un ligero apretón.

—Y adivino… —se detuvo, pensándolo mejor, para luego corregirse: —Y sé, que lo que tanto tratas de ocultarle al mundo es un sentimiento despreciable e increíblemente humano. Que se aferra a ti como una garrapata o cualquier bicho feo de ese estilo, sin querer soltarse, llegando a lastimarte

—¿Te refieres…?

—Si, a eso mismo —coincidió Mimi, sonriéndole con tristeza —. Me di cuenta que envidias a Yamato más de lo que puedes soportar o desear. Envidias que sea él quién vaya de la mano de Sora, el que tenga que protegerla, el dueño de sus pensamientos y el protagonista de sus besos. Le envidias.

—¡No! —Exclamo Yagami, apartando la mano de Mimi como si quemara y poniéndose de pie. Su sonrisa había desaparecido, siendo reemplazada por una expresión entre dolida y molesta —. ¡Eso no es así! ¡No es envidia! ¿Cómo podría serlo? —reclamó, más que preguntó —¡Son mis mejores amigos! No podría envidiarlos, yo estoy feliz por ello ¡Feliz! ¿Cómo podría ser tan abominable para envidiarles cuando ellos son felices?

Concluyó, molesto. Dio media vuelta dispuesto alejarse de la castaña lo más rápido posible, pero un sollozo de ella le detuvo. Al voltearse, la observo con el rostro hundido entre sus rodillas, los brazos rodeando ambas piernas y sus hombros agitándose. Lloraba, como la niña que conoció en el digimundo.

—¿Mimi? —pregunto, extrañado y dolido. Acercándose a la chica nuevamente y sentándose a su lado nuevamente.

—¿Es así? —indago la chica tras mantenerse en silencio por unos segundos, tan solo llorando —¿Es así como me debería describir? ¿Abominable?

—Aún no entiendo…

—Tai —dijo, levantando el rostro (mejillas rojas, ojos hinchados, labios curvados hacia abajo) y encarándolo —¿Sabes por qué reconocí ese sentimiento en tú mirada? —pero antes de que el castaño pudiera agregar algo más, ella misma contesto: - Lo logre, solo porque yo siento exactamente lo mismo.

Y ante la mirada estupefacta de Taichi, volvió a llorar. Esta vez sin contenerse.

—Yo no sabía…—dijo Taichi, a su lado, rodeándola con un brazo y acercándola a su pecho —. No sabía que sintieras eso por Matt.

Ella asintió, sin poder dejar de llorar.

—¿Desde cuando?

—Desde hace mucho…

—¿Por qué no le dijiste? ¿O a Sora? ¿O mí? ¿Por qué callaste por tanto tiempo?

Se llevo las manos al rostro, silenciando los sollozos que comenzaban poco a poco a elevarse.

—Por… Porque…—levanto el rostro, encontrándose con la mirada del chico —. Porque ellos son mis amigos.

Sin que tuviera que agregar algo más, Taichi le abrazo con fuerza. En ese abrazo Mimi reconoció a un igual, encontrándose con un dolor tan basto y profundo como el de ella, disfrazado tras un montón de mascaras y pinturas que creaban la sensación de falso bienestar y conformismo. Porque ahí, debajo de toda esa piel se encontraba una tormenta, un mar embravecido, un corazón herido que aclamaba por lo que no tenía. Por ese amor que le correspondía a alguien más.

Ambos deseaban sentir la piel de alguien más. Anhelaban las caricias que el destino les negó, las sonrisas que no le correspondían. Querían lo prohibido. Lloraban por no poder sentir la suavidad y calidez de unos labios que ya tenían dueño. Y aun así, se habían dado por vencidos mucho antes de presentarse a la batalla, por ellos y su felicidad.

—Muero por besarla —confesó Tai —. Por tenerla aquí, entre mis brazos. Sí fuera por mí se la arrebataría al idiota de Yamato, lo golpearía una y otra vez, hasta que renunciará a ella. La quiero, la quiero con todo mí ser.

Mimi le abrazo, correspondiéndole.

—Yo también, Tai. Yo también —las lagrimas se desbordaban de sus ojos, cantaros pesados que caían y humedecían la tierra.

—Soy un mal amigo. Debería estar feliz por ellos. Lo estoy, al menos cuando no estoy lamentando mi suerte.

—Lo sé, lo sé.

Y era verdad. Mimi sabía, porque ella conocía de engranajes y piezas, de sentimientos y mariposas danzantes en el estomago. De esa enorme tristeza que ahora le consumía.

—¿Debería luchar por ella? —preguntó, cuando sintió que Mimi dejaba de temblar en sus brazos. Su mirada perdida en un punto lejano.

—¿Debería luchar por él? —le respondió ella, usando la misma pregunta. Su rostro oculto en el pecho del chico.

—No, eso lastimaría a Sora —afirmo Tai.

—Yo no quiero lastimarla, como tú tampoco quieres lastimar a Yamato.

—¿Soy egoísta por lo que siento?

—¿Lo soy yo?

Taichi la separo unos centímetros de sí pues se encontraba refugiada contra su pecho, con delicadeza llevo una mano a su barbilla y le hizo alzar la cabeza. Acarició su mejilla, dejando su mano en ese lugar. Mimi, a su vez, llevo su mano hasta la de él.

—No, no lo eres. Nunca lo serás, princesa.

—Tampoco lo eres, Tai. Nunca —contestó, forzando una sonrisa.

Esa noche la pasaron en ese mismo lugar, juntos, y por primera vez en mucho tiempo ambos pudieron dormir en paz. Sin remordimientos por sus sentimientos ni por sus deseos incumplibles. Durmieron a la intemperie, uno al lado de otro. Mimi uso la chaqueta de Taichi para arroparse del frío y el pecho del chico como almohada, mientras que este la abrazaba. Él esperaría que la castaña se durmiera sobre él antes de dejarse llevar por Morfeo al mundo de los sueños, asegurándose en todo momento que la chica se mantuviera lo más cómoda posible. La besaría en la frente segundos antes de que cayera rendido a su lado.

Así les encontraría al día siguiente Kari y Takeru, con una sonrisa en sus rostros dormidos.


Continuara...


Si te has tomado tú tiempo para leerlo, espero que tomes un tiempito para escribir un review. Estoy segura que Tai te lo agradecerá.

;)