El castillo se sentía muy silencioso, la señora Fairfax ya no vivía en Thornfield por decisión del señor Rochester, ya que una vez que hubo enviado a Adele al colegio decidió que necesitaba poca gente merodeando en la mansión, unas dos personas en la cocina, los jardineros, John y su esposa, los mozos del establo, una mucama y la imprescindible señora Grace Pool, por lo que la mansión debía mantenerse con los requerimientos mínimos.

El también se iría pronto, abandonaría quizás para siempre esta mansión que le traía desconsuelo, le hacía más evidente la soledad y por sobretodo lo llenaba de nostalgia. Sin saber cómo, la casa conseguía a través de una fuerza misteriosa sumirlo en la más completa melancolía. Ya de niño se había sentido invadido por su aspecto sombrío, lo recordaba muy bien, no le gustaba permanecer en su habitación por temor a que la casa se lo tragara. Le parecía incluso que escuchaba conversaciones tras los muros de las torres, pero nunca consiguió comprobar hasta donde llegaba su imaginación infantil y donde comenzaba su inmensa soledad.

Siempre estuvo muy atento con cumplir a cabalidad con lo que se esperaba de él. Excepto tal vez en la ocasión en que se reveló contra su propio destino y se dejó guiar por el azar, pero incluso durante su etapa de mayor desorden supo cumplir con su obligación y prueba de ello era la protección entregada a Adele. Ahora se suplicaba a sí mismo una indulgencia para abandonar Inglaterra en paz y no sentirse abrumado por las viejas culpas.

Sabía que era necesario mantener una conversación con la señora Pool acerca de la paciente, así que decidió dar punto final a ese desagradable trámite encaminándose a la torre norte.

La añosa puerta permanecía cerrada con llave, buscó la llave y abrió. La enfermera se puso de pie en cuanto lo vio, no esperaba nunca una visita, nadie subía hasta allá, era siempre ella quien entraba y salía por esa puerta, con paso cansino y de mala gana habiéndose acostumbrado a permanecer encerrada con la demente.

Buen día, Sra. Pool, cómo ha estado hoy su paciente?-

Muy tranquila, señor Rochester -

Se escuchaba de la habitación contigua un lento murmullo de aletargada voz, pero con palabras que no era posible descifrar, oraciones parecidas a un rezo en latìn.

Bien- Edward cambia de tono para referirse al asunto importante – Señora Pool, me ausentaré nuevamente de Thornfield por un tiempo considerable y he dado instrucciones al administrador que haga modificaciones a su contrato.

Si me necesita de tiempo completo, no tengo problema, ya lo había conversado antes con la Señora Fairfax.

Si, es por eso que se le asignará una habitación en la mansión, además su renta se verá incrementada por las nuevas responsabilidades que asumirá. -

Se lo agradezco mucho amo, le prometo cuidar muy bien de la enferma

Se que lo hará – se apura en dejar la habitación – Ahora, debo irme. Que tenga usted un buen día.

Llega a su escritorio y se apresura en revisar la correspondencia. Aunque han pasado dos meses, no ha perdido la esperanza de recibir una carta de ella que indique su paradero, que le diga que se encuentra bien o que simplemente le devuelva la paz haciéndole saber que sigue viva, que no murió por su culpa debido al sufrimiento y la vergüenza que él le causó. Nuevamente el vacío, no hay noticias.

Entonces, apremiado por su viaje, toma una pluma y decide ser él quien redacte una carta dirigida a Jane con la intención de vaciar su corazón y poder decirle por escrito todo lo que le diría si la tuviese en frente, todo lo que ha debido callar en esta lenta agonía que vive a diario. Abre el primer cajón de la derecha del bufete, ese que permanece con llave y extrae con cuidado un retrato a carboncillo de Jane, ese que ella misma le regaló porque él lo quería tener y se lo había pedido. El autorretrato está muy bien elaborado tanto que el parecido con ella es asombroso, Edward lo pone en frente para inspirarse y comienza a escribir.

Amada Jane,

Se que debes estar pensando que te he olvidado y que ya no significas nada para mi. Así que te escribo para decirte que estás muy equivocada, que cada minuto que ha pasado desde que te fuiste de mi lado equivale a un año. Si, me siento muy viejo desde que no estás, mis 40 años me parecen ahora que fueran más de 80 años y quizás debido a esto es que me faltan las fuerzas para seguir viviendo.

Quiero que sepas que nunca antes me sentí así, nunca antes quise perder mi vida para dársela a alguien, porque nunca antes conocí a alguien como tú. Si existe algún consuelo para mi, es el saber que tuve la oportunidad en este vida de conocerte, solo por eso ha valido la pena vivir.

Espero de todo corazón que te encuentres bien y que algún día puedas perdonarme. Si conoces a algún otro hombre y me olvidas, es mi deseo que ese hombre sea excepcional, porque tú, querida mía, no te mereces nada menos que eso.

Emprenderé un largo viaje, es probable que recorra Europa nuevamente y si mi desvarió me lleva hasta las costas de Asia, tomaré este desafío con orgullo. Siempre he querido conocer Japón, me parece un país tan diferente al nuestro y tan distante geográficamente que lograré una ocupación digna durante mucho tiempo. Solo imagina el paraíso que será este continente para un observador de insectos que soñaba de niño con ser entomólogo.

Antes de despedirme para siempre de ti, quiero que sepas que he solicitado a mis abogados que te ubiquen y te entreguen parte de mi herencia. Se que te opondrás así que he dado instrucciones precisas de que esta cláusula es de mandato forzoso e indeclinable. No he olvidado que te prometí darte mi mano y compartir mis posesiones justo antes que estallara la tormenta. Así que pensé, ya que no pude cumplir con lo primero no hay ningún impedimento para cumplir con mi segunda oferta.

Jane, te amo. Nunca lo olvides, y si muero lo haré pensando en ti.

Edward Fairfax Rochester

P.D. Si alguna vez sientes el deseo imperioso de saber de mi, no dudes en buscarme, puedes hacerlo a través del Señor Trotwood, quien será el portador de esta carta.

Se demoró bastante en redactar esta carta, escribió varios borradores que leía, arrugaba y votaba en el papelero. Nunca había escrito una carta de amor antes, le costaba trabajo encontrar las palabras, no quería ser brusco y estaba especialmente preocupado que Jane al leerlo no fuese a dar una interpretación equivocada a la misiva.

Pensó en escribirle también acerca de Adele, porque conocía la preocupación de ella por la niña, decirle del colegio y que la extrañaba, pero finalmente no puso nada. También comenzó a redactar su viaje hasta el colegio Lowood, para tener noticias de ella, pero también lo descartó. Se le hacía difícil seleccionar los temas, porque eran tantos puntos que necesitaba discutir con ella, tantos asuntos en que le hubiese gustado conocer su opinión. Y eso era precisamente una de las cosas que amaba de ella, siempre tenía argumentos para una conversación porque ella era una mujer que pensaba y sacaba sus conclusiones libre de todo prejuicio.

Una vez que se dio por satisfecho con la carta la metió en un sobre cerrado a nombre de ella, guardándola en el primer cajón del escritorio. Su intención era de entregarla a su abogado personalmente para que este se hiciera cargo de hacerla llegar a Jane, cuando la localizasen. Hecho esto, se dirigió a los establos y montó su caballo pura sangre, era preciso realizar alguna actividad física intensa que lo dejara extenuado y que le permitiese quitar o al menos atenuar la sofocación que lo atormentaba en las noches. Se le hacía cada vez más difícil conciliar el sueño y la presencia de Jane en sus diabólicas pesadillas contribuía a estimularlo aun más, sus manos anchas tocaban su piel tan suave al tacto, sus largos dedos la recorrían y ella se lo permitía, se mostraba tan frágil y complaciente que él no dudaba entonces en besarla con furia y se fundían en un intenso abrazo con tal ardor en el cuerpo que la ropa les estorbaba. Entonces en el momento más provocativo del sueño, Edwards despertaba sudando y excitado al máximo, con el deseo por ella quemándole le piel.

Esa noche corría tanto viento que parecía que en cualquier momento estallaría una tormenta, las copas de los árboles se estremecían y parecían quejarse a su paso. El cielo estaba nublado, no era posible divisar las estrellas y la luna estaba en su fase de ocultamiento propio de su personalidad cambiante. Una silueta obscura ingresó a los establos procurando no hacer ruido, se bajó de su cabalgadura y se dirigió hacia la casa. Faltaba poco para la medianoche, se acostó cansado y se durmió rápidamente sin sueños.

Unos instantes después, por los pasillos obscuros y lóbregos de la mansión silenciosa vagaba una silueta femenina, iba descalza a pesar del intenso frío, vestía solamente una camisola blanca que le llegaba un poco más abajo de las rodillas, su cabello estaba suelto y desordenado, su rostro moreno lucía desencajado y sus ojos desorbitados vagaban de un lugar a otro. Procuraba ocultarse de los escasos rayos de luz que las nubes permitían proyectar a la luna, escondiendo entre los pliegues de su ropa un cuchillo carnicero que encontró abandonado por descuido del personal de la cocina.

Había conseguido burlar a su centinela y escapar de su celda, aprovechando que esta se encontraba tan ebria que no la despertaría ni el estruendo de un cañón. Bertha había salido para cumplir con el mandato que le susurraban las voces, tenía que acabar con ese sujeto porque era un enviado de Satanás y ella era la única persona que podía acabar con él.

Pasó cerca de su dormitorio sigilosamente intentando abrir la puerta de la habitación, pero al encontrarla con llave se encolerizó y comenzó a recorrer el pasillo intentando ingresar a alguna de las habitaciones contiguas, pero aunque consiguió entrar a casi todas, en su interior las habitaciones permanecían vacías. Presa de la paranoia procedió entonces a rasgar con furia las camas, empleando una fuerza salvaje para liberar la ira que la poseía rompiendo espejos y floreros de cada habitación. Era necesario matar al señor de las tinieblas y también a sus seguidoras, las cuales ella conocía porque las había visto muchas veces paseando por el jardín.

Las voces le murmuraron la solución, entonces subió rápidamente a la torre norte tomando el candelabro de plata que utilizaba su celadora y salió nuevamente. Se dirigió a la tercera habitación del pasillo, la habitación más pequeña ingresando con furia en su interior le prendió rápidamente fuego a la cama, retrocedió sobre sus pasos y en las habitaciones anteriores hizo exactamente lo mismo igual que si se tratase de un rito. Una vez que hubo incendiado las tres habitaciones, se dirigió a la azotea del castillo para contemplar su obra.

Edward despertó por los ladridos de Pilot, cuando el fuego se encontraba ya muy avanzado, los sirvientes corrían de un lado al otro como sin saber que hacer. El se vistió rápidamente y comenzó a dar órdenes, se preocupó personalmente de salvar los documentos legales que guardaba en su escritorio, pidió a todos que abandonaran la mansión. Grace Pool permanecía ajena y tuvo la fortuna de encontrarse en una zona que fue devastada tardíamente por las llamas. Cuando el señor Rochester subió a buscarlas, no había duda alguna de quien había ocasionado el incendio. Entonces un grito entre risa y llanto los estremeció, era Bertha que danzaba una danza demencial con alaridos infrahumanos, grandes risotadas y vociferando maldiciones en su contra.

Las paredes de piedra comenzaban a ceder por la voracidad del fuego, las vigas de madera se desmoronaban y muy pronto la estructura central del edificio se vería aplastada por los pisos superiores. Entonces Edward tuvo que tomar una decisión, dejar a Bertha presa de las llamas y escuchar su agonía desde la seguridad del jardín o subir a buscarla arriesgando con ello su vida. Debía actuar rápido, se empapó de pies a cabeza con el agua de una cubeta y corrió hacia el interior de los corredores de la casa, recorriendo los pasillos con el aliento cortado por el humo y deteniéndose a toser por la falta de aire.

Llegó con dificultad al tejado junto a Bertha intentando tomarla por la cintura, pero ella lo vio y sujetando en el aire el cuchillo lo esperó para infringirle un golpe. Su complexión gruesa y fuerte le ayudó a esquivarla sosteniendo su brazo en el aire e impidiendo ser apuñalado por la demente, que gritaba toda clase de injurias y calumnias. Haciendo acopio de toda su energía, logró hacerle botar la cuchilla y se distrajo, momento en que ella obtuvo ventaja y fue mordido por la demente en el hombro derecho.

Bertha no estaba dispuesta a seguir a Edward porque lo odiaba y su sola presencia era motivo de tormenta para ella, su vida estaba ahora gobernada por las personalidades que le hablaban y le murmuraban día y noche, los seres que su mente afiebrada había creado, los cuales le entregaron una misión para salvar su alma y liberarlo del pecado a él. Debía terminar con los hombres que conocía, aquellos que se habían aprovecha de ella y conocían la verdad. Una vez que hubo mordido a ese sujeto, este estaría condenado a pagar por sus muchos pecados y su alma se liberaría del poder de las tinieblas, pero las llamas debìan acabar con su cuerpo mortal, ese cuerpo que la había poseído en otro tiempo y que ella todavía anhelaba con febril lujuria. Incapaz de poner en orden sus delirios y obedeciendo por las voces de sus demonios, se acercó precipitadamente a las almenas y con agilidad se arrojó al vacío profiriendo un grito de triunfo.

Edward estaba aturdido, por su herida abierta corría abundante sangre y todo había salido mal. Se acercó a observar a Bertha que yacía inerte en el suelo y saliendo del asombro pudo notar que las llamas habían arrasado con todo el edificio. Entonces buscó la manera de encontrar un camino de regreso, auque no había pasillos despejados esta vez, todo estaba convertido en una gran ruina. Intentó bajar por un acceso lateral que se conectaba con los pilares sobre los cuales descansaba el arco de acceso al salón principal, pero al hacerlo no advirtió la debilidad del muro que se desmoronó a su paso sepultándolo bajo su enorme peso.

Afortunadamente los empleados ingresaron en su búsqueda dándoles bastante trabajo el poder rescatarlo de esa sepultura de piedra en que quedó enterrado. Aparte de la herida del hombro, estaba quemado en gran parte de su cuerpo, asfixiado por el humo y con su vista dañada por la caída del muro en su rostro, el golpe recibido en plena frente y los cortes provocados por el filo de las grandes piedras. Pero sin duda, el miembro más dañado resultó su brazo izquierdo, con graves quemaduras de tercer grado y su mano destruída ya que al intentar protegerse del derrumbe esta quedó atrapada entre los bloques y el peso le molió literalmente muchos de los huesos cortándole los ligamentos.

No aceptó ser trasladado a un centro médico, pidió que el médico lo visitara en su domicilio y le mandó que se quedara con él algunos días. También se negó a reconstruir Thornfield, así que la mansión fue cerrada. Ciego como estaba pidió a su abogado redactar una carta para avisar a los Mason de la muerte de Bertha y esperó que ellos se presentaran para realizar los ritos de sepultura de manera privada.

Edward perdió la noción del tiempo, cada día era como una semana y cada semana un año entero. Luego de dos meses abandonó las esperanzas de recobrar la vista, se sumió poco a poco en un mundo de tinieblas intentando agudizar su oído para conectarse con el mundo y no enloquecer, pasaba todo el día con su fiel amigo canino, con él conversaba y le hacía cómplice de sus historias. No quería ser visto por nadie, odiaba la idea de inspirar lástima, se volvió todavía más huraño y déspota, intentaba comer solo, vestirse, bañarse y salir a caminar, pero no siempre lograba finalizar su empresa. Por fortuna el fiel John lo conocía desde pequeño y lo ayudaba con mucho placer y una enorme cuota de paciencia.

La situación empeoró cuando el medico le informó que su brazo entablillado no tendría mejora ya que su mano estaba muy dañado y no era posible reconstituir los muchos huesos rotos haciéndose necesario para evitar una posible septicemia amputar a la altura del codo.

Edward no sabía cuanto más podría soportar esta vida si antes se había sentido desgraciado, ahora con su piel quemada, ciego y mutilado, que lejos había quedado ese deseo de escapar de su soledad viajando por el oriente. Pensó otra vez en Ella, qué haría Jane si se enteraba de su actual condición?, Lo querría todavía así con ese aspecto?, y ahora mismo estaba viudo y en condiciones de tomar una esposa, estaba libre de lazos matrimoniales, aunque el precio había sido demasiado alto ya que él no existía más como persona, ahora era un inválido que no podía ofrecerle nada, acaso un subhumano dependiente de la vista de otros. Sin duda la vida se había confabulado en su contra, su gran fortuna le era innecesaria y su libertad no la quería, excepto quizás para ofrecérsela a ella, si ella le aceptaba.

Entonces, un día como cualquier otro, ya que para él no había diferencia alguna, llevado por su desesperación y su ira, le llamó tres veces, creyendo firmemente que esta vez Jane respondería a su llamado. Luego, oró a Dios.