Disclaimer:La Tierra Media y sus personajes pertenecen a nuestro querido J.R.R. Tolkien y a sus herederos. Demás personajes y lugares inventados son míos.

El camino a Rivendel I

Merry y Pippin disfrutaban de una tranquila tarde robando verduras y patatas en un huerto mientras cantaban canciones populares de la Comarca. Vieron entonces pasar a una elfa cantando alegremente en su idioma. Como buenos curiosos decidieron ir a mirar. No sabían dónde se estaban metiendo.

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Ary, tras amargarle la existencia un rato al pobre Frodo, puso rumbo a Rivendel cantando alegremente... o eso creía ella. Tan distraída iba inventando su propia letra para la canción, que no vio a dos hobbits que se pusieron en medio del camino para detenerla. Casi les pasó por encima con el caballo, que intentó esquivar a los pobres medianos como pudo. La elfa agarraba tan fuerte las riendas que el pobre no podía hacer mucho.

—¡Mira por dónde vas, elfa! —le increpó Merry.

—¡Casi nos aplastas! —añadió Pippin enfadado.

—¿Quién me habla? —preguntó Ary sorprendida mirando a los lados sin ver nada.

—¡Aquí abajo! —exclamó Merry molesto.

—¡Oh! Unos niños. —Se sorprendió la joven—. Perdona chiquitín, ¿voy bien encaminada hacia Rivendel?

—No somos niños. —Se enfadó Pippin—. Y vas en la dirección contraria.

—A mí me parecéis niños —se defendió la elfa—. Sois muy pequeños.

—Si yo estuviese encima de un caballo y tú en el suelo también te vería pequeña —protestó Pippin.

—Lo dudo mucho —dijo Ary con superioridad.

—¡Probemos! —exigió el mediano.

—¡Vale! —accedió la supuesta dama.

Ary bajó del caballo y Pippin se dispuso a subir. Entonces el mediano se dio cuenta de una cosa muy importante... ¡No llegaba a la grupa! Lo intentó saltando pero no pudo. Lo intento con ayuda de Merry y acabaron los dos en el suelo. Mientras los dos hobbits seguían batallando, Ary se partía de risa, casi tirada en el suelo. Después de cinco minutos, se compadeció de él y lo ayudó a subir al caballo.

—¿Ves? Desde aquí arriba yo también tengo que mirar hacia abajo para poder verte —dijo victorioso Pippin.

—Vale, vale. Baja de mi caballo y haz el favor de decirme cual es el camino correcto para llegar a Rivendel —ordenó la elfa molesta.

Pippin desmontó (de cabeza) y le dio las indicaciones pertinentes.

—¿Cómo puedo estar segura de que no me has mentido? ¿De que no acabaré perdida en medio del bosque a merced de los animales salvajes y, tal vez, algún que otro orco dispuesto a acabar con mi preciada vida? Vida que dedicaré enteramente a colmar de honores y regalos a mi preciado elfo, al que busco desesperadamente, ya que se fue a una guerra y no volvió. ¿Y si días después encontrarán mi cadáver en un rincón del camino? ¿Podríais dormir con la culpa de haber provocado la muerte de una joven inocente e indefensa?

Los hobbits tardaron un par de minutos en procesar lo que había dicho la joven.

—Tranquila, nunca mentiríamos a una dama —aseguró Merry.

—Pero si no nos crees, te acompañaremos hasta Bree —ofreció Pippin.

—Está bien. Guiadme —accedió la muchacha desconfiada.

Y así partieron los tres hacia Bree.

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—Gandalf, ¿has visto a Legolas estos días? —preguntó Aragorn preocupado.

—No, no lo he visto desde que llegó la respuesta de su padre —respondió el viejo mago.

—¿Dónde estará? —se preguntó el rey.

En otro lugar del palacio, un malhumorado Gimli golpeaba insistentemente la puerta de la alcoba del escurridizo príncipe elfo. Hacía días que esperaba pacientemente que saliera, pero Legolas no había ni asomado un simple pelo de su dorada melena. Ni la sombra de uno siquiera. Al enano se la había agotado la paciencia hacía horas.

—Legolas, sé que estás ahí dentro. Ábreme la puerta o la tiraré abajo —amenazó el enano.

—No estoy —respondió (estúpidamente) el elfo.

—¿Cómo que no estás si me has respondido?

—Es producto de tu imaginación —respondió el elfo fantasmagóricamente.

—¿Qué sucede Gimli? —preguntó Aragorn, que pasaba en ese momento por ahí con Gandalf.

—Legolas está encerrado en su habitación y no me quiere abrir la puerta —explicó rápidamente el enano.

—¡Que no estoy! —exclamó el elfo (de nuevo, estúpidamente).

—Te estamos escuchando hablar, ¿cómo no vas a estar? —inquirió Aragorn.

—Os lo estáis imaginando todo —respondió Legolas.

—¿Cómo vamos a imaginar todos lo mismo? —preguntó exasperado el enano.

—¿Qué habéis fumado hoy? —dejó caer el elfo como si nada.

Gandalf, harto de la conversación absurda, le dio una patada a la puerta. Ésta cayó pesadamente, dejando a todos los presentes boquiabiertos.

—A ver, ¿qué te cruje a ti hoy? —preguntó el mago al elfo.

—Veréis, acabo de recordar... —Legolas se paró vacilante.

—¿Qué? ¿Qué has recordado? —inquirió impaciente Gimli.

—Que mi novia me está esperando en el Bosque Negro —dijo el elfo inocentemente poniendo carita de cordero degollado.

—¿Qué?

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—¿Por qué te diriges a Rivendel? —preguntó Merry con curiosidad.

—Estoy buscando a mi novio —respondió Ary. Iba andando para poder hablar más cómodamente con los hobbits —. Se fue a la guerra y, aunque prometió volver, aún no lo hizo. Y como me cansé de esperarle, he salido en su búsqueda. Tenemos que casarnos y tener hijos y gobernar un reino y...

—¿Cómo se llama tu novio? —interrumpió rápidamente Pippin.

—Legolas. Es el príncipe del Bosque Negro —dijo con orgullo la elfa.

—Perdona, creo que no te he entendido bien. ¿Has dicho Legolas? —preguntó Merry sorprendido.

—Eso he dicho.

—Vaya, él nunca mencionó que tuviese novia —comentó inocentemente Pippin.

—¿Nunca? —inquirió Ary con un tic en el ojo izquierdo.

—No, nun... —Merry, que se había dado cuenta de la furia asesina de la joven, le tapó la boca a su amigo rápidamente.

—Tampoco le preguntamos, ya sabes, estábamos en medio de una guerra y pasaron muchas cosas en el viaje. —Intentó arreglar Merry.

Ary se paró en medio del camino, con la vista clavada en el suelo y agarrando tan fuerte las riendas del caballo que tenía los nudillos blancos. Los hobbits se detuvieron también, esperando la reacción de la elfa. De pronto, Ary empezó a reír, primero muy bajito y luego cada vez más alto. Era una risa maléfica, que heló la sangre a todos los que la oyeron.

En ese mismo instante, Legolas sintió que se cernía sobre él una oscuridad mayor a la que había sentido nunca, cargada de furia asesina. Y, en ese instante también, intuyó que los consejos de su padre no eran en vano y que le convendría ponerlos en práctica si quería seguir viviendo... o conservando su pelo, aunque eso último él no lo sabía.

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—¿Cómo puede una persona olvidarse de algo tan importante? —preguntó a nadie en particular el rey de Gondor.

—Con lo del viaje para destruir el anillo y la guerra... —Trató de excusarse el elfo.

—Pobre muchacha, debe estar muy preocupada. Seguramente esté esperando tu regreso sentada ante el fuego de la chimenea día tras día, triste y sola —dramatizó Arwen, que había aparecido por ahí.

La elfa no había tenido muchos problemas para describir la situación, ya que ella se había pasado toda la Guerra del Anillo así, entre el llanto y las melancólicas horas ante las chimeneas. Si alguna vez había pensado en tomar un arma e irse a participar en la guerra o a simplemente seguir los pasos de su amado para asegurarse de que volvía a casa, lo había descartado al instante. Al fin y al cabo, era una dama. Y las damas no se pelean.

—O tal vez, ya harta de esperar, ha encontrado a otro elfo que la quiera y la cuide —añadió el enano.

—... y se acuerde de ella —añadió también Gandalf.

—Quizás ya se haya casado —dijo Aragorn.

—... y tenga hijos —comentó Arwen.

—... y se haya olvidado de ti —añadió el enano.

—No creo —rió nerviosamente el elfo.

—... o te haya dado por muerto y se haya quitado la vida porque no quería vivir sin ti —remató sin piedad el enano.

—¡Ary no haría eso! —exclamó enfadado Legolas. —¡Ninguna de esas cosas!

—No puedes saberlo, porque no estás en el Bosque Negro. Estás aquí —puntualizó Gandalf.

Entonces Legolas, recordando cómo era Ary y, sobre todo, lo que era capaz de hacer, pensó que tal vez lo mejor era escribirle una carta también a ella. Le explicaría su retraso y preguntaría cómo se encontraba. Echó, literalmente, a sus amigos de su habitación y se dispuso a escribir la carta a su amada. Esperaba que ella lo entendiese.

«Mi q̶u̶e̶r̶i̶d̶a̶ amada Arian.

E̶n̶ ̶e̶s̶t̶o̶s̶ ̶a̶ñ̶o̶s̶ ̶q̶u̶e̶ ̶h̶e̶ ̶p̶a̶s̶a̶d̶o̶ ̶f̶u̶e̶r̶a̶,̶ ̶h̶e̶ ̶n̶o̶t̶a̶d̶o̶ ̶t̶u̶ ̶a̶u̶s̶e̶n̶c̶i̶a̶ Te echo de menos a cada segundo que estoy lejos de ti. Tu ausencia me atormenta todas las noches y aunque deseo desesperadamente regresar a tu lado, n̶o̶ ̶m̶e̶ ̶h̶e̶ ̶a̶c̶o̶r̶d̶a̶d̶o̶ ̶h̶a̶s̶t̶a̶ ̶h̶o̶y̶ todavía no puedo hacerlo.

M̶e̶ ̶g̶u̶s̶t̶a̶r̶í̶a̶ ̶s̶a̶b̶e̶r̶ ̶c̶ó̶m̶o̶ ̶e̶s̶t̶á̶s̶ Me complacería saber de ti... cómo estás, cómo logras sobrevivir el día a día con esta distancia que nos separa. Deseo que estés bien, q̶u̶e̶ ̶n̶o̶ ̶m̶e̶ ̶h̶a̶y̶a̶s̶ ̶o̶l̶v̶i̶d̶a̶d̶o̶ ̶y̶ ̶t̶e̶ ̶h̶a̶y̶a̶s̶ ̶c̶a̶s̶a̶d̶o̶ ̶c̶o̶n̶ ̶o̶t̶r̶o̶ ̶y̶ ̶t̶e̶n̶i̶d̶o̶ ̶h̶i̶j̶o̶s̶ y que la vida te haya tratado bien estos años que he estado ausente.

V̶o̶l̶v̶e̶r̶é̶ ̶a̶l̶g̶ú̶n̶ ̶d̶í̶a̶ Volveré en unos meses, cuando de por finalizados mis asuntos aquí, en Minas Tirith. Espérame u̶n̶ ̶p̶o̶c̶o̶ ̶m̶á̶s̶ amada mía. Mi corazón y̶ ̶m̶i̶ ̶p̶e̶n̶s̶a̶m̶i̶e̶n̶t̶o̶ está contigo.

Sinceramente tuyo,

Legolas»

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Esa misma noche, en un solitario camino de la Comarca, tres viajeros rodeaban una pequeña hoguera. Habían acampado hacía un par de horas, asustados por el ataque de risa maléfica que la elfa había sufrido. Y también por la ira asesina que la había llevado a destrozar un árbol el doble de grande que ella.

—Oye, quizás deberías cenar algo —le dijo Merry a Ary, preocupado por la calma y serenidad de la joven.

—No, gracias, no tengo hambre —declinó ella con educación.

—Como quieras. —Se hizo el silencio unos minutos.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —le dijo Pippin a Ary.

—Por supuesto —aceptó ella.

—¿Cómo os conocisteis Legolas y tú? —preguntó tranquilamente. Merry dejó caer la cena sorprendido y se preparó para escapar de un posible arrebato de furia élfico.

—Es una historia muy graciosa. —Rió la elfa—. Veréis, un día...

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Al mismo tiempo, en Minas Tirith, un emocionado enano lograba al fin su objetivo. Había encontrado al elfo.

—¡Aquí estás, maldito elfo! —dijo Gimli. Legolas se encontraba sentado en la muralla que rodeaba el palacio, mirando las estrellas. Gimli y Aragorn se sentaron cada uno a su lado (Gimli tuvo que saltar un par de veces para poder subirse al muro, para mofa de sus dos amigos. Al final tuvo que ayudarle Legolas). Se quedaron un rato en silencio.

—Dime, amigo mío, ¿cómo conociste a tu amada? —preguntó Aragorn, rompiendo el silencio.

—Fue hace mucho tiempo —respondió Legolas sonriendo—. Un día, yo...

Continuará...

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