Disclaimer:La Tierra Media y sus personajes pertenecen a nuestro querido J.R.R. Tolkien y a sus herederos. Demás personajes y lugares inventados son míos.

El príncipe y la elfa

Era por la tarde cuando Legolas, príncipe del Bosque Negro, había salido a pasear. De pronto escuchó un grito en el bosque. Se dirigió rápidamente hacia el sonido de la voz, que parecía de mujer. Se encontró con una joven elfa que miraba horrorizaba un árbol caído. Legolas, un tanto preocupado, se acercó a ella.

—¿Os encontráis bien, joven dama? —preguntó.

—Se... se ha caído —murmuró ella.

—Sí, ya lo he visto —dijo Legolas desconcertado—. ¿Os golpeó al caer?

—¿Has escuchado que se haya caído ahora? —inquirió la joven mirándolo con una mueca sarcástica.

—No, por supuesto. Entonces, ¿qué sucede? ¿Por qué lo miráis así? —preguntó más confuso que antes el príncipe.

—Era mi base secreta —confesó la joven.

—¿Una base secreta?

—Sí, ya sabes, a donde vas cuando no quieres que nadie te encuentre —explicó la muchacha resuelta.

—Sé lo que es una base secreta —replicó Legolas molesto.

—Entonces, ¿por qué preguntas? —preguntó desconcertada la joven.

—¡Yo no he preguntado nada!

—¡Sí que has preguntado! ¡Has dicho "¿una base secreta?" y eso en mi casa es una pregunta, en la tuya no sé!

—¡Eso no era una pregunta!

—¡Ah, perdón! ¡Es que los príncipes preguntan distinto! —se burló ella.

—¿Cómo te atreves...? ¡Te recuerdo que estás hablando con tu príncipe! —casi gritó Legolas.

—¡Y yo te recuerdo que la culpa es tuya! ¡No te metas dónde no te llaman! —le replicó ella. Y se fue de allí con la cabeza alta. Legolas, todavía sorprendido, se quedó mirando el lugar por donde se había ido la joven.

—¡Espera! —interrumpió Aragorn sorprendido —. Si ahora estáis prometidos, ¿cómo es que...? No lo entiendo.

—Es verdad —coincidió Arwen, que se había unido al trío junto con Gandalf—, es difícil de creer que después de haber tratado así al príncipe no la hubiesen encarcelado.

—¡No se lo conté a nadie! —exclamó Legolas, molesto por la interrupción.

—Claro, no querrías que nadie supiese que una mujer te había tomado el pelo —se burló Gimli.

—¿Cómo? ¡No! ¡Es inmoral encerrar a una mujer! —se defendió el elfo.

—Por supuesto que lo es —admitió Gandalf. Le guiñó un ojo al enano, riéndose por lo bajo—. Por favor, continúa.

—Bien. Después de eso, la siguiente vez que la vi fue en el baile de primavera...

Aquella noche los árboles habían sido adornados con guirnaldas y faroles que centelleaban en la noche con diferentes colores. Las jóvenes lucían sus mejores vestidos esperando encandilar así a los varones, que también vestían sus mejores galas. La música se podía oír a muchos kilómetros de distancia, acompañada por las risas y los cánticos de los elfos.

Ary, sentada en un banco, observaba a las parejas bailar con tristeza. Todavía ningún joven la había invitado a bailar, pero la noche acababa de empezar y se negaba a creer que nadie fuera a hacerlo. Permaneció sentada un rato más viendo a las parejas bailar, hasta que un destello blanco llamó la atención de la multitud y todas las cabezas se giraron en dirección a él. Legolas se acercaba en ese momento a la fiesta, engalanado más que nadie.

—Presumido —murmuró Ary.

La joven se levantó con gracia y se alejó de la zona de baile. Todas las demás muchachas se acercaban al príncipe con la esperanza de que él las invitase a bailar, cosa que ninguna lograba. Deseaban que el príncipe eligiese ya a su princesa, pero él no parecía tener prisa. Desde luego, Ary no sería una de esas que babearía detrás de sus pasos como si la vida se le fuese en ello. Menuda tontería.

—Joven dama. —Un muchacho se le acercó sonriendo—. ¿Me concedéis este baile?

—Por supuesto. —Accedió ella alegremente, cogiendo la mano que le tendía.

Desde el otro lado de la pista de baile, Legolas observó como la joven que se había burlado de él bailaba con un muchacho. Tras unos minutos, indeciso, atravesó la pista y se acercó a ellos. Se sentía observado e inquieto a cada paso que daba. Tal vez por las miradas que se posaban en él (concretamente la de una elfa rubia que lo desnudaba con la mirada, ya que no podía hacerlo con las manos).

—Perdonad —dijo cuando llegó a la altura de la chica y su acompañante—. Me preguntaba si tal vez la dama querría bailar conmigo.

Ary lo miró ceñuda y el joven sorprendido. Finalmente, sabedora de las consecuencias de decir que no (burlas eternas por la oportunidad perdida por parte de las demás mujeres y, posiblemente, incluso de su propia familia), Ary asintió con la cabeza secamente y cambió de pareja con resignación. Legolas empezó a moverse, obligando a Ary a mantener su ritmo.

—¿Podría conocer el nombre de mi pareja de baile? —preguntó educadamente el príncipe.

—¿Ésa es una pregunta? —respondió ella sonriendo con malicia—. Porque al parecer los príncipes no preguntan igual que el resto de los común mortales.

—Sí, es una pregunta —respondió él con un leve tic en el ojo.

—Arian.

—Bonito nombre. Y... ¿a qué te dedicas?

—A molestar príncipes —dijo ella burlonamente.

—Hablo en serio —replicó Legolas molesto.

—Está bien —suspiró ella—. Mi madre está empeñada en que aprenda a llevar el puesto de telas en el mercado, pero yo no quiero.

—¿Por qué no? No parece un mal trabajo —observó él.

—Nunca has estado en el mercado, ¿verdad? —Legolas negó con la cabeza—. Es como entrar en Mordor pero sin protección ni armas. Son muy pocas las que van a comprar realmente. La gran mayoría considera el mercado como un gran local de cotilleos.

—¿Y qué se dice por esos sitios? —preguntó desinteresadamente Legolas.

—Oye, ¿te importaría si hablamos sentados? —preguntó a su vez ella, mirando de reojo a la rubia del aura maligna que los miraba con cara asesina.

—Claro, como quieras —accedió él.

Se sentaron en un banco lejos de los bailarines. A ninguno les pasó desapercibido que la mayor parte de los asistentes a la fiesta los observaba con interés. La otra parte (concretamente la parte femenina que estaba soltera) miraba a Ary con envidia. Algunas incluso le deseaban mentalmente suerte para que la rama que tenían sobre la cabeza le diese a ella al caer. Sólo a ella.

—¿Y bien?

—Veamos... Corre el rumor de que el rey ha vendido las joyas de su esposa a los enanos. Las cocineras del palacio dicen que uno de los criados roba comida y bebida en las despensas. Una de mis vecinas afirma que vio al marido de su hermana con un hombre en el lago. Se discute la posibilidad de que el príncipe no pueda tener hijos y por eso no quiere buscar esposa...

—¿Qué? ¿De verdad dicen eso? —se sobresaltó Legolas.

—Sí, también hay quien opina que te gustan los hombres y que por eso no buscas esposa —añadió la joven.

—Pero bueno... ¿No hay más cosas de las que hablar? —se indignó el príncipe.

—¿Es cierto? —preguntó Ary con curiosidad.

—¡No! Nada de eso es cierto —respondió rápidamente.

—Entonces busca esposa rápido, antes de que se les dé por decir que te has casado con una enana y que la tienes escondida debajo de tu cama —le advirtió la muchacha.

—¿Es que no tienen nada más interesante de lo que hablar? —se lamentó el príncipe.

—No —negó la elfa rotundamente—. La familia real es un tema muy interesante como para no hablar de él. Hace unos meses decían que tenías una amante humana que vivía en el bosque en un nido de arañas.

—¿Estás segura de que dijeron solo una? Igual de repente me aparecen cinco o seis.

—Bueno, lo que es seguro es que ya tienen cotilleo para meses después de esta noche —comentó Ary.

—¿Ah sí?

—Nunca bailas con nadie —apuntó ella.

—¡Oh!

—Supongo que tendré que encontrar rápido una base secreta nueva y no salir de ella en un par de meses —añadió Ary. Se levantó con soltura—. Gracias por el baile. Si me disculpas, me retiro a mis dominios.

Ary se fue de la fiesta lo más rápido posible, dejando al príncipe con la palabra en la boca y sintiéndose observada pero, en el fondo, feliz.

—¿Cuántas semanas estuvieron hablando de eso? —preguntó emocionado Pippin, interrumpiendo sin miramientos a Ary.

—Uff, aún no han parado —dijo Ary—. Pero bueno, déjalos que hablen si no tienen nada mejor que hacer.

—¿Y cómo acabasteis prometidos? —inquirió Merry con curiosidad.

—Al día siguiente, Legolas apareció en la puerta de mi casa. Dijo que tenía que enseñarme algo y me llevo hasta un árbol hueco que había cerca del lago. Como compensación por los cotilleos que iba a tener que aguantar. Y desde ese día siempre íbamos al árbol, a pasear o simplemente nos quedábamos sentados junto al lago charlando. Una cosa llevo a otra y bueno, acabamos juntos —relató Ary emocionada.

—Pero... —empezó Pippin. La elfa lo miró con interés—. Su padre...

—El padre está encantado —afirmó Ary sonriendo mientras recordaba la noche en la que tuvieron lugar las presentaciones. Y como ni Merry ni Pip eran adivinos, y mucho menos podía ninguno ver lo que había dentro de la cabeza de la loca elfa, no tuvo más remedio que relatárselo para ponerlos al corriente. Y les contó todo lo que recordaba.

Estaba anocheciendo cuando Ary se miró al espejo una vez más. Estaba muy nerviosa. El padre de Legolas había insistido en conocer a la novia de su hijo y los había invitado a cenar al palacio. A ella, que lo más parecido a seguir el protocolo que había hecho en su vida había sido una reverencia al ver pasar al rey. Volvió a pasarse el cepillo. Se ajustó de nuevo las mangas del vestido.

—¡Arian! —llamó su padre desde el salón—. ¿Aún no estás lista?

—¡Ya voy! —gritó.

La muchacha cogió su capa de gala, se la echó por encima y salió de sus aposentos. Sus padres la esperaban en el salón, junto con un sirviente del palacio encargado de recogerlos. El camino se hizo en silencio. Nunca habían estado en presencia del rey de esa forma, cenando en la misma mesa que él.

El carruaje se paró y el sirviente los invitó a salir. Ary, nerviosa, casi se cae saliendo de él pero su padre la agarró justo a tiempo. Fueron guiados a un gran comedor, donde el rey y el príncipe esperaban. Tras las presentaciones y los cumplidos de rigor (lo típico en una cena, ya se sabe: bonita casa, buen servicio, un placer recibir la invitación, déjeme dinero... Lo normal en esas situaciones), se sentaron a cenar.

—¿Cómo os conocisteis? —preguntó Thranduil a la pareja.

—Pues... —dudó Legolas, recordando el árbol caído y la pelea de después.

—Me oyó gritar en el bosque y fue a mirar que pasaba. Me tocó las narices, lo puse en su sitio y me fui —simplificó Ary con naturalidad.

A Legolas casi se le cae el tenedor de la mano y sus padres la miraron boquiabiertos. El rey, sencillamente, se quedó sin palabras. No solo por lo insólito de la situación descrita, también por el tono indiferente de la muchacha. Había conseguido que el faltarle al respeto al príncipe pareciese algo tan normal como comprar el pan.

—Una situación poco... corriente —dijo el rey un tanto sorprendido—. ¿Y cómo fue el segundo encuentro?

—Fue en el baile de primavera del año pasado —respondió Legolas con rapidez, al ver que Ary se disponía a responder otra vez—. Bailamos, hablamos un rato y después ella se fue.

—Después empezó a venir a mi casa todos los días y salíamos a pasear por el bosque, o íbamos al lago —añadió Ary.

—Ya veo. ¿A qué te dedicas, Arian? —le preguntó el rey.

—Ayudo a mi madre en el puesto de telas del mercado y a veces cuido el niño de mi vecina.

—¿Te gustan los niños? —inquirió Thranduil.

—Bueno, depende de cómo se porte el niño en cuestión. Por ejemplo, el hijo de mi vecina el otro día me tiró tinta encima de mi vestido favorito. En ese momento, los niños no me gustaron nada.

—Si, a veces los niños son un poco insoportables —concedió el rey riendo—. Recuerdo que cuando era pequeño, Legolas siempre les tiraba bolas de barro a las cocineras. Y algunas tenían piedras dentro.

Se echaron a reír. La cena prosiguió en ese ambiente hasta después del postre. El momento más temido para Legolas por fin llegó. Era entonces cuando su padre debía decidir si permitir que esa relación continuase. Él, por su parte, quería que lo permitiese. Y estaba casi seguro de que Ary también pensaba lo mismo. Pero como ella era una caja de sorpresas, no podía afirmarlo de todo.

—Bueno, he de decir que no eres una joven convencional. Y, desde luego, estoy seguro que carácter tienes el suficiente como para enfrentarte a todo un reino si hace falta pero... —El rey se detuvo, miró a su hijo y después a Arian—. Dime Arian, ¿qué harías si un día mi hijo muere y tú tienes que encargarte del reino? —le preguntó.

—Obviamente, cuidaré del reino hasta que nuestro hijo tenga edad suficiente para reinar y luego me encargaré de enseñarle y orientarle en su tarea, como buena madre, esposa y reina —respondió ella con seriedad, sorprendiendo a todos.

—¿Y si no tenemos hijos? —preguntó Legolas.

—¡Claro que vamos a tener hijos! ¿Acaso estás diciendo que no quieres tener hijos conmigo? ¡Eso ni lo sueñes! ¡Cuatro como mínimo! ¡Dos niños y dos niñas! ¡Y tendrán dos nombres cada uno! ¡Y cuando se casen vivirán en el palacio con nosotros! ¿Ha quedado claro? —le gruñó Ary a Legolas, con la cara casi pegada a la de él.

—Sí, claro, mi amor —respondió él nervioso.

—Así me gusta —dijo ella sentándose. El rey y los padres de la joven los miraron sorprendidos.

—Bienvenidos a la familia —dijo el rey tendiéndole la mano al padre de Ary.

En otro tiempo y lugar de la Tierra Media, Thranduil estaba sentado en su sillón favorito ante el fuego de la chimenea. Miraba pensativamente el cielo, sosteniendo una copa de vino. Una parte de su mente le reprochaba haber dejado partir a su futura nuera sola por la Tierra Media. La otra parte le recordaba que Ary no era la típica niñita mimada que no sabía cómo dar un paso sin caerse en el intento. Una llamada apresurada a la puerta de su alcoba lo sacó de su estado meditativo.

—Majestad, los padres de la prometida de su hijo han enviado un mensaje para vos —anunció un sirviente.

—Dámelo y vete —ordenó Thranduil.

El elfo le dio el mensaje y salió casi corriendo de la sala, mientras el rey elfo abría el mensaje extrañado. Nunca había recibido un mensaje de la familia de Arian, por lo que estaba seguro de que era grave. O por lo menos lo suficientemente importante como para molestarle. Era un mensaje corto, dónde le explicaban los retorcidos planes de su hija respecto a su hijo (planes conocidos por todo el reino). También le mandaban la carta que Legolas había escrito para su prometida.

—¡Ay, hijo mío! Te auguro un mal futuro —suspiró el rey.

Continuará...

N/A: ¡Editado! Se aceptan comentarios. Un abrazo.