N/A: Perdón por el retraso, queridxs amigxs. Este me ha costado un poco más que los otros, pero también es más largo. Que lo disfrutéis.


Capítulo 5: Flores secas

Llamó a la puerta. Un jirón de esmalte blanco cayó al suelo, haciendo un ruido sordo. Hermione bufó. La pintura desconchada y la humedad eran un verdadero problema en esa casa.

Al fin, el pomo giró y Draco apareció en el umbral, con el pelo aún mojado por la ducha reciente. Los rastros de poción verde ya no estaban, y llevaba su habitual "uniforme" de camiseta blanca y pantalones negros. Esta vez no iba descalzo, sino que sus pies iban enfundados en unos calcetines grises. Puso un gesto de sorpresa al principio, como si hubiera sido la última persona que hubiera esperado ver. Después, frunció el ceño.

–¿Qué? –gruñó, con voz grave.

Hermione abrió la boca, y sus ahora perfectos dientes que hacía mucho tiempo fueron motivo de burla por parte del muchacho, se mostraron en una mueca de estupefacción. No entendía por qué la defendía un momento, y al otro era tan brusco con ella. De hecho, ni siquiera comprendía por qué la ayudaba.

–Malfoy... –empezó, y, extrañamente, el sonido de esa palabra, en vez de cortar la tensión entre ellos, sólo aumentó la rigidez del cuerpo del joven–. No sé muy bien cómo decirte esto, la verdad... Yo...

Malfoy puso los ojos en blanco.

–Oh, por Merlín, Granger. No me jodas.

–¿Qué? –se interrumpió ella, aumentando la expresión de desconcierto.

–Que no me jodas. No necesito que vengas aquí a darme las gracias sólo porque he salvado a tu maldito gato. Sólo lo he hecho porque Wil es gilipollas. No tenemos por qué ser amiguitos sólo porque vivamos en el mismo piso, Granger –dijo esto último con sorna, poniendo una sonrisa de medio lado, descreída.

Ya estaba cerrando la puerta, cuando Hermione plantó la mano en ella, consiguiendo que más trozos de pintura acabasen en el suelo. Sus cejas estaban tan juntas que casi parecían una, y sus labios, fruncidos.

–Todo eso está muy bien, Malfoy –contestó, remarcando cada palabra–. Y yo no he dicho que tengamos que ser amigos –Sonrió, mordaz–. Pero lo que yo venía a decirte es que es tu turno de limpiar el baño. Lo has puesto perdido con la poción verde.

Y dicho esto, se dio la vuelta y marchó con paso digno hacia su habitación, cuya puerta grisácea se cerró con un portazo tras ella.

Las pálidas mejillas de Draco enrojecieron ligeramente, y cuando pudo recuperarse de la conmoción provocada por las palabras de la muchacha, cerró también la puerta y apoyó la espalda contra ella. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, suspirando.

"Maldita sangresuc..." Pero no se atrevió a completar el insulto, ni siquiera en su mente. Lo que le había dicho a Granger era cierto, en parte. Al menos, aquella en la que decía que no tenían por qué ser amigos. Ni siquiera llevarse bien. Sin embargo, no era por la razón más evidente, no era porque hubiese sido un mortífago, ni por sus prejuicios sobre la sangre. No podía ser amigo de alguien a quien cada vez que miraba, veía tendido en el suelo, torturada en la alfombra de su propio salón, llorando y gritando de dolor. Con alguien que sólo con su presencia le hacía sentirse despreciable. Era mucho más fácil ser agresivo. Se trataba de un método bastante efectivo a la hora de alejar a la gente. Y, aun así, no pudo evitar sentir una punzada de culpabilidad al recordar la cara de Granger al oír sus palabras. Se había planteado más de una vez el cambiarse de piso, pero no era tan fácil encontrar a gente dispuesta a convivir con un ex-mortífago. Al menos, no gente que viviera en un lugar medianamente decente.

Para Draco, todos aquellos sentimientos eran relativamente nuevos. Antes de la guerra, él había sido una de esas personas capaces de insultar a alguien sin sentir el más mínimo remordimiento. Al fin y al cabo, eran sólo juegos de niños. No era para tanto, pensaba. Él se divertía, se sentía superior, en cierta manera, y nadie salía demasiado mal parado. O, al menos, eso le parecía en aquel entonces. Más tarde, se daría cuenta de que había sido un imbécil.

Cuando su padre fue enviado a Azkaban, la realidad se tornó mucho más dura de lo que hubiera podido imaginar nunca. Siempre había coqueteado con la idea de la pureza de sangre, de que los sangre sucia y los muggles debían ser apartados, eliminados, incluso. Aquello formaba parte de él de la misma manera que lo hacían sus ojos grises o su pelo platino. Pero una cosa era oírlo, pensarlo, hablarlo con sus amigos en la sala común, y otra muy distinta era tener a una persona de carne y hueso bajo tu varita, derrotada, llorando, sangrando, suplicando por su vida. Sacudió la cabeza para apartar ese pensamiento. Bastante tenía con oír sus gritos cada vez que cerraba los ojos. Se frotó el antebrazo izquierdo, por instinto.

Apretó los puños y se pasó una mano por el pelo, tratando de recomponerse. Aún tenía que contestar a la última carta que le había enviado su madre.

–Trixie –murmuró.

Un sonoro crujido anunció la aparición de una elfina doméstica en la habitación. La pequeña criatura iba vestida con un paño decorado con el escudo de la familia Malfoy, e hizo una reverencia en cuanto lo vio.

–¿Qué desea, joven amo?

Draco se dirigió al escritorio y cogió varios pergaminos, los dobló y los metió en un sobre. Tras sopesarlo un momento en sus manos, se lo entregó a la elfina.

–Entrégale esto a mi madre, y sólo a ella. Y ya sabes, si mi padre pregunta, nunca has estado aquí ni sabes nada de mí.

–Sí, amo –contestó ella, servilmente–. ¿Necesita algo más?

Iba a negar con la cabeza, cuando, de pronto, tuvo una idea.

–Sí, de hecho sí, Trixie. Ya que estás aquí, limpia el baño. Y procura que nadie te vea.

Después, puedes retirarte.

La elfina cerró sus enormes ojos en un gesto de asentimiento, y desapareció al instante.

oxoxoxoxoxoxoxo

Hermione no podía concentrarse en su libro. No cuando tenía las palabras de Malfoy dando vueltas en su cabeza (y su pelo mojado del color del oro viejo, cayendo sobre su frente, y sus pestañas cargadas de lluvia). Maldito fuera. ¿Por qué se comportaba como un imbécil? Era cierto, no tenía por qué ser su amigo, pero tampoco ser tan desagradable con ella, y más teniendo en cuenta que Harry le había salvado a él y a su familia de ir a Azkaban.

En realidad había ido a darle las gracias. Si él no le hubiera contestado de manera tan brusca, ella no le habría mandado a limpiar el baño. Lo más posible era que se lo hubiese encargado a Wil, puesto que todo aquello había sido culpa suya. Había sentido una especie de placer malvado al ver la cara de pasmo de Malfoy cuando ella le había soltado lo del baño sucio. Que se jorobara. Por imbécil.

A la mañana siguiente, cuando despertó para ir a trabajar, continuaba acompañándole aquella sensación de incomodidad. No estaba muy segura de si era por Draco o por la pesadilla que había tenido aquella noche, y que la había sumido en un sueño intranquilo y lleno de recuerdos reprimidos. Había soñado con Malfoy, eso lo tenía claro. Pero no sabía si, en el sueño, él trataba de ayudarla o la estaba torturando.

Una vez estuvo sentada frente a su escritorio, en el Ministerio, se concentró en su trabajo y dejó de pensar en Malfoy y en sueños perturbadores. Comenzó a clasificar los ficheros de personas desaparecidas que Beverley había colocado en su mesa, como siempre. Kitty Armstrong, George Mansfield, Olive Hills... Incontables nombres pasaban ante sus ojos, muggles y magos por igual. Gente que había tenido que huir de sus hogares, que había sido separada de sus familias, personas que se habían visto envueltas en los acontecimientos de una guerra que no les concernía. Hermione tenía que leer los nombres de todas aquellas personas porque había que poner los formularios por orden alfabético, pero para ella era mucho más que eso. Cuando miraba sus nombres, sus fotos, les ponía cara, les daba una personalidad. Y entonces, sólo por un momento, dejaban de ser sólo ficheros que debían ser clasificados para convertirse otra vez en seres humanos. Podría parecer doloroso, pero a Hermione más bien le resultaba curativo. Le recordaba que, a pesar de todo lo malo, seguía luchando por algo que merecía la pena.

Continuó con su tarea, hasta que uno de aquellos nombres le llamó la atención. Reginald Cattermole. Aquellas dos palabras la golpearon en silencio desde el pergamino, y sintió como si el tiempo se hubiera congelado en su escritorio. Otra persona menos meticulosa no se hubiera acordado, pero ella era Hermione Granger. La sabelotodo. Y, esta vez, sabía demasiado bien a qué le recordaba ese nombre.

Se trataba de una de las personas en las que ella, Harry y Ron se habían transformado mediante la poción multijugos para colarse en el Ministerio, y recuperar el guardapelo de Slytherin. Tenía que confesar que haber dejado a aquel hombre en una posición tan comprometida, rodeado de magos hostiles del Ministerio, no le gustó nada. Pero siempre había dado por hecho que él y su esposa habían conseguido escapar. Encontrar esta nueva información le puso un nudo en el pecho. ¿Había sido culpa suya? Aquel plan para colarse en el Ministerio no había sido su idea más brillante, pero pensar además que estaba relacionado con la desaparición de una persona inocente... Era, cuanto menos, horrible.

Decidió no sacar conclusiones con demasiada precipitación. Lo mejor que podía hacer era leerse el informe y comprobar las condiciones en las que Reginald había desaparecido. Y luego... Luego ya vería. Así que se guardó el fichero en su cartera de cuero. Se lo llevaría a casa, y allí podría pensar en ello con tranquilidad. Resolvió, además, no decirle nada a Harry ni a Ron, pues no veía la necesidad de alarmar a nadie sin poseer pruebas concluyentes.

–¿Qué haces? –susurró Damien Fitzpatrick al pasar junto a su escritorio, con una caja morada flotando a su lado.

Hermione dio un respingo, alarmada.

–Nada –respondió, pero su cara sugería todo lo contrario.

–Ya –dijo Damien, con una sonrisa torcida–. Se te da fatal mentir, Granger. Déjanos eso a los Slytherin –Bajó la voz de repente–. Tranquila. Te guardaré el secreto.

Guiñó un ojo y se alejó con su caja, riendo para sí. Maldito fuera. A Hermione le hubiera gustado que nadie se enterara de lo del fichero, y no estaba segura de si podía confiar en que Damien no le dijera nada a su jefa. Contempló por un momento la posibilidad de hacerle un "Obliviate", pero lo desechó enseguida. Se maldijo a sí misma y a su manía de hacer lo correcto por enésima vez desde que había empezado en ese trabajo.

Cuando llegó a casa, su suerte no mejoró. No se cruzó con Draco, pero al leer el fichero de Reginald Cattermole, pudo comprobar que la última vez que Mary Cattermole había visto a su marido, era la misma en la que ellos habían entrado en el Ministerio. El día dos de septiembre de 1997. La mujer había tenido que escapar, dejando a sus hijos al cuidado de la hermana de Reginald, y nunca más volvió a saber de él, pero, extrañamente, afirmaba que "le mandaba cartas". El informe no contenía mucha más documentación aparte de aquello.

Hermione podía sentir su corazón latiendo con fuerza en las sienes. Se quedó contemplando el pergamino durante varios segundos, minutos, horas, milenios. El peso de la culpa se instaló en su pecho como un monstruo asfixiante, pesado. Buscó con la mirada la dirección de la mujer, y enseguida la encontró, en una esquina del impreso. Sabía exactamente lo que tenía que hacer.

oxoxoxoxoxoxoxoxo

Mary Cattermole vivía en Hastings, un pueblo costero del sur de Inglaterra, lleno de encanto, olor a salitre, y gaviotas asesinas acechando en la basura. Como la que Hermione vio justo después de aparecerse, y que voló hacia ella en vez de huir, como hubiera hecho cualquier otro pájaro normal. La muchacha agitó los brazos, en un intento de protegerse. El ave homicida pasó de largo, para ir a posarse en el montón de desperdicios que se encontraba justo detrás de Hermione. Maldijo en voz baja. Tenía que dejar de aparecerse en callejones junto a cubos de basura.

Dobló la esquina, anduvo unos minutos y se paró frente a una casa, cuya fachada blanca de estilo victoriano estaba algo carcomida y ennegrecida por la sal y la humedad, como casi todo en aquel pueblo. Atravesó la valla de metal oxidada, que chirrió al abrir su portezuela. Esquivó un cubo verde que contenía varias botellas de vino vacías, subió las desgastadas escaleras de piedra y llamó al timbre, cuya estridencia no hizo sino aumentar el nerviosismo de Hermione.

La puerta no tardó en abrirse, dejando paso a una señora de unos cincuenta o sesenta años. Su pelo, recogido en una coleta baja, era de un tono rojizo, a excepción de las raíces, que exhibían numerosas canas. La mujer se frotó las manos en su delantal lleno de manchas, que resguardaba un vestido estampado con grandes flores violetas. Cuando vio a Hermione, frunció su arrugada frente.

–Buenos días, señorita. ¿Puedo ayudarle?

Superando su estado de estupefacción, la joven reaccionó, y se puso en modo "empleada ejemplar del Ministerio de Magia". Tras explicarle que le habían encargado investigar el caso de su marido, la señora, que obviamente era Mary Cattermole, la invitó a entrar. Su casa, amueblada con muebles antiguos de madera labrada y abundantes decoraciones florales, estaba impecable.

La siguió hasta el salón, donde Mary sirvió el té. Desde allí, sentadas tras los grandes ventanales, podían disfrutar de las vistas del mar, y del pequeño jardín trasero, lleno de arbustos, y flores blancas, moradas y azules. Un típico jardín inglés.

Hermione cogió su taza de té, pero las manos le temblaban demasiado como para llevárselo hasta la boca sin derramarlo, así que lo volvió a dejar sobre la mesita de cristal.

–Hábleme de las cartas –dijo, casi en un susurro.

Mary, que hasta entonces había mantenido una expresión de melancolía, sonrió.

–Claro. ¿Quiere verlas?

Hermione asintió. Fueran como fueran, seguro que podían arrojar algo de luz sobre el caso. Mary se levantó, apoyándose en sus manos huesudas, y volvió poco después con una caja de latón, que tenía en la tapa el dibujo de una mujer pelirroja, vestida de blanco. La abrió, para dejar a la vista un montón de sobres grandes de color amarillento. La caja despedía un olor peculiar.

–¿A qué huele? –exclamó la joven, sin poder contenerse.

–A verbena. Es mi flor favorita.

Mary cogió uno de los sobres y se lo dio a Hermione. Pudo comprobar que no contenía ninguna carta, sino una pequeña flor blanca, reseca por el paso del tiempo, y que seguramente era la responsable del aroma. La muchacha no se atrevió a sacarla del sobre, por miedo a romperla, pero se quedó mirándola durante unos segundos, en silencio.

–Me envía una todos los meses. Junto con veintidós galeones y doce sickles.

–¿Quién?

–Mi marido.

–¿Está segura?

Mary esbozó una sonrisa triste.

–Tiene que ser Reg, señorita Granger. ¿Quién si no? Le encantaban los detalles tontos. Como lo del número de galeones, veintidós. Era la edad que tenía cuando nos conocimos.

–¿Y los doce sickles?

–La edad de nuestro hijo mayor, Oscar.

Hermione torció la boca, pensativa, y esta vez sí pudo dar un sorbo a su té, que también olía a verbena. Estaba demasiado concentrada como para que le temblaran las manos.

–Pero, señora Cattermole, ¿por qué iba a esconderse su marido? ¿Por qué no volver a casa, con usted?

–Oh, yo no he dicho que se esté escondiendo. Lo más probable es que haya muerto, porque si estuviera vivo ya habría vuelto –La sencillez con la que pronunció aquella frase encogió el corazón a Hermione–. Pero sé que, esté donde esté, es él quien me envía esto. Porque no quiere que le olvide, señorita Granger. Porque quiere que averigüe qué le pasó.

–¿A qué se refiere? –inquirió la joven, con la voz estrangulada.

–Mi marido no murió, señorita Granger. Lo mataron. De eso estoy segura.

oxoxoxoxoxoxoxo

Decidió quedarse a dar un paseo junto al mar, aunque se arrepintió enseguida. Hacía frío, muchísimo viento, y estaba empezando a lloviznar. Se subió el cuello del abrigo, y agarró con más fuerza su bolsa de cuero, que ahora contenía las cartas de Mary Cattermole y un paquete de infusión de verbena, que la mujer había insistido en regalarle, porque decía que era bueno para el insomnio y la ansiedad. Era posible que le viniera bien, de hecho.

Mientras pensaba en la conversación que había tenido con Mary, se alejó de la costa y fue en busca de un lugar donde resguardarse. La verdad es que no había avanzado mucho. Sólo tenía un puñado de sobres con flores, y un montón de conjeturas hechas por una mujer rota por el dolor. Nada le cuadraba.

Entró en la primera cafetería que pudo encontrar, se sentó junto a la ventana en un cómodo sillón, y pidió un chocolate caliente. De la misma manera que servía para recuperarse del ataque de un dementor, la bebida hizo que sus preocupaciones le parecieran menos amargas. Se pasó los dedos por el pelo, que con el viento había alcanzado cotas de desorden desconocidas para el ser humano, por si con ello podía lograr peinarse un poco.

No lo consiguió.

Su mirada, perdida más allá de la ventana, recorría los rostros de los osados transeúntes que se atrevían a pasear con aquel tiempo. Había empezado a llover aún más. Y ni siquiera podían llevar paraguas porque el viento huracanado se lo habría roto. Dio otro sorbo a su chocolate, incapaz de tragar mucha más cantidad con el nudo de culpa que le atravesaba la garganta. Fue entonces cuando lo vio.

A Draco Malfoy, andando a grandes zancadas por la calle. Llevaba un abrigo con capucha, pero habría reconocido el cabello platino que asomaba por debajo en cualquier parte.

Casi de manera automática, se levantó, recogió sus cosas con premura, y salió a la calle. Sus botas hacían un ruido de chapoteo mientras andaba tras los pasos de su compañero de piso. Ni siquiera se preguntó por qué lo seguía. Tantos años con Harry y Ron le habían enseñado que a veces tenía que confiar en sus instintos, y su instinto ahora le decía que debía espiar a Malfoy, por muy mal que aquello sonase en su cabeza.

Malfoy dobló un recodo y siguió por una callejuela, en dirección a la costa. Lo siguió durante al menos quince minutos, bajo el viento y la lluvia, maldiciendo su instinto y sus brillantes ideas. Pronto comprendió a dónde se dirigían, cuando el puerto apareció a lo lejos, lleno de barcos que se agitaban en las aguas embravecidas por el temporal. Fue precisamente en uno de esos barcos, uno viejo y con pinta de estar a punto de ser partido en dos por las inclemencias del tiempo, donde Malfoy detuvo su camino. Hermione se mantuvo a una distancia prudencial hasta que él entró en la embarcación, y después se acercó a inspeccionar. Lamentó no tener una de aquellas orejas de Sortilegios Weasley para poder espiar tras las puertas.

Observó el barco. Se llamaba "The Dirty Dream", y estaba tan sucio como su nombre. No parecía muy alentador, y era obvio que no iba a obtener mucha más información, así que decidió alejarse de allí antes de que Malfoy saliera y la pillara in fraganti.

Había un par de casetas de madera cerca de allí, así que Hermione, poco dispuesta a esperar bajo la lluvia, entró en una de ellas con ayuda de un Alohomora. Dentro, estaba oscuro, y apestaba a pescado. Se sentó en una de las muchas cajas que se encontraban esparcidas por la estancia, cerca de la pared, para poder mirar afuera por una rendija que había entre los tablones.

Tuvo que pasar media hora para que Malfoy saliera del barco, acompañado de un hombre calvo y corpulento, pero no tuvo que pasar ni medio segundo para que Hermione se diera cuenta de que se dirigían hacia la caseta en la que ella se resguardaba.

"Mierda."

A toda velocidad, se escondió detrás de un montón de cajas, justo cuando la puerta se abría. Desde ese punto no podía verlos, aunque sí era capaz de oírlos.

–¿Entonces quieres lo mismo de la otra vez, Malfoy? –dijo una voz con acento irlandés.

–Exacto. Mi jefe quedó muy contento con la mercancía.

–Está ahí, a la izquierda. Voy a echar una meada afuera, no te cortes en mirar.

Hubo unos sonidos de cajas siendo arrastradas por el suelo, y el estruendo de la puerta al cerrarse de golpe.

Hermione contuvo la respiración. ¿Mercancía? ¿Jefe? ¿En qué demonios andaba metido Malfoy? Ya le había parecido extraño que viviera en aquel piso, y no en su lujosa mansión, ¿y ahora resultaba que se dedicaba al tráfico de alguna sustancia desconocida que muy posiblemente fuera ilegal? Aquello no le olía nada bien, ni en sentido figurado ni literal.

Se había quedado en una postura muy extraña en su precipitación, así que se apoyó en una caja para incorporarse, intentando moverse con el máximo sigilo.

No lo consiguió.

La caja, cuya madera enmohecida era demasiado débil para soportar su peso, venció, con un sonoro estrépito, con lo que Hermione cayó hacia un lado, y su brazo se hundió hasta el codo en la sustancia pegajosa y maloliente que estaba dentro de la dichosa caja. Y antes de que pudiera decir "pescado", tenía la varita de Malfoy apuntándole a la cara.

–¿Granger?

–Malfoy.

Hermione terminó su tarea de ponerse de pie, con toda la dignidad que pudo reunir en tan peculiar situación. Sentía su mano derecha asquerosamente pegajosa, y el corazón latiendo a mil por hora. La luz mortecina que entraba en la caseta hacía que Malfoy pareciera más pálido que nunca, y su cabello se le antojara demasiado oscuro. Con esa barba, casi parecía un marinero que acabase de arribar en el puerto.

–¿Qué demonios haces aquí? –le espetó el muchacho, aún con la varita en ristre.

–Eso podría preguntarte yo a ti.

–Yo he preguntado antes.

Hermione torció la boca.

–No tengo por qué contestar.

–No hace falta –dijo él, alzando el mentón con superioridad, mientras bajaba la varita–. Es obvio que me has seguido.

La joven enrojeció bajo su alborotada mata de pelo, y apretó los puños.

–Lo creas o no, tengo cosas más interesantes que hacer que seguirte, Malfoy.

–¿Como qué? ¿Leerte todo Flourish and Blotts?

–No –"idiota"–, trabajar. Vine a Hastings para hacer una investigación del Ministerio. Y no tiene nada que ver contigo –añadió, con rapidez, pero nada más decirlo, se arrepintió.

–¿Por qué iba a tener que ver conmigo? –exclamó él. Su expresión no se había inmutado, pero su voz dejaba traslucir cierto resentimiento.

Hermione enmudeció. Sugerir que Malfoy podía dar motivos para que le investigara el Ministerio no había sido lo más apropiado del mundo.

–Lo que vengo a recoger aquí son ingredientes para pociones. Algas, en concreto. Es mi trabajo. Tremendamente malvado, ya ves –bufó, sarcástico.

–No pretendía insinuar nada, Malfoy.

–Ya.

Se contemplaron durante unos tensos instantes. No lo habían dicho en voz alta, pero ambos sabían muy bien de qué estaban hablando. "Crees que estoy haciendo algo ilegal porque fui mortífago", gritaba la mirada de Draco. "Sólo intentaba hacer ver que no tengo nada en contra tuya", decían los ojos de Hermione.

–Tengo que seguir trabajando –murmuró él, al fin, y volvió a su tarea de revisar el contenido de las cajas.

Sin decir nada más, Hermione salió de la caseta, y justo entonces se cruzó con el hombre calvo del barco, que la miró de arriba abajo.

–¿Quién era esa? –le oyó exclamar Hermione antes de alejarse.

Nunca supo cuál fue la respuesta de Malfoy.


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