Disclaimer: Harry Potter es de J.K. Rowling, not mine T-T

N/A: Ahí va un capítulo un poco más ligero, a pesar de lo que pueda parecer al principio XD.


"La nuestra es una época esencialmente trágica; por eso nos negamos a tomarla trágicamente. El cataclismo ha ocurrido. Nos encontramos entre ruinas, y empezamos a construir de nuevo, a tener de nuevo pequeños hábitos, pequeñas esperanzas. Es una tarea ardua: ahora ya no hay un camino fácil hacia el futuro; tenemos que sortear o saltar por encima de los obstáculos. Tenemos que vivir, por muchos cielos que se hayan derrumbado."

El amante de Lady Chatterley, D. H. Lawrence.


Capítulo 6: Pequeñas esperanzas

Cuando la gente muere, hay cosas que dejan de tener importancia.

Cuando Draco vio a Charity Burbage ser devorada por una serpiente gigante encima de la mesa de su propio comedor, poco le importaba ya el hecho de que enseñara Estudios Muggles, o que fuera sangre sucia. Nadie merecía aquello.

Lo que más recordaba era el sonido del cuerpo de la mujer al ser engullida por los fuertes músculos del estómago del animal. Estaba seguro de que si la muerte pudiera tener un sonido, sería ese.

También se acordaba de que había vomitado, su padre le había mirado con asco, y Bellatrix se había reído de él. A veces, aún se preguntaba si el vómito había sido provocado por el grotesco espectáculo de la serpiente, o por la expresión de deleite y adoración que mostraba el rostro de su tía.

Aquella noche había soñado con ello. Sólo que, en su sueño, él era la serpiente.

Si Roderick Jigger, su jefe, no le hubiera gritado que dejase de mirar al infinito como si estuviese pensando en algo importante, su cerebro habría continuado regodeándose en aquella imagen, y la sensación de miseria que le producía.

Roderick tenía un establecimiento de venta de ingredientes para pociones en el Callejón Diagon, llamado La Botica de Slug & Jigger. El cual era bastante próspero, aún más de lo que podía parecer en un principio, debido a las transacciones ilícitas que el señor Jigger mantenía gracias a la venta de Bienes No Comerciables de clase, A, B, C, y todo el abecedario si le hubieran dejado, y que le proporcionaban unas sumas de dinero bastante considerables. De las que Draco, por ser parte imprescindible de aquel negocio, participaba, por descontado.

Le había costado muchísimo encontrar un trabajo. Si no hubiera tenido algo de dinero y su amigo Theodore Nott no le hubiera ofrecido alojamiento al principio, se habría quedado en la calle. Odiaba ser un pedigüeño en casa de otros, por eso buscó una casa propia en cuanto pudo. Para lo cual, primero tuvo que encontrar una fuente de dinero estable, puesto que su padre le había prohibido el acceso a la cuenta de los Malfoy en Gringotts, que además no era demasiado abundante en los últimos tiempos, puesto que el Ministerio les había obligado a pagar unas cuantas "multas".

Buscó trabajo por todos lados. Incluido el Callejón Knockturn, donde pensó que le sería más sencillo encontrarlo, debido a las relaciones que su padre había mantenido en otra época con algunos de los propietarios de los comercios que allí se ubicaban. Nada más lejos de la realidad. El Ministerio había endurecido mucho los controles en la zona, decidido a vigilar de cerca cualquier cosa que pudiera estar relacionada con la magia negra. Así que los comerciantes no estaban dispuestos a contratar a un ex-mortífago, que sólo aumentaría la mala fama que ya tenían.

Ni en el Callejón Knockturn ni en el Diagon le querían, ambos por la misma razón. La gente no podía creer que quisiera un trabajo decente, de hecho, ya estaban sorprendidos de que quisiera rebajarse a trabajar, puesto que su apellido siempre había estado relacionado con las más altas esferas y una manera de hacer dinero que poco tenía que ver con vender productos en una tienda.

La primera vez que habló con el señor Jigger, Draco pensó que tenía aspecto de pez globo. Un pez globo que, tras proponerle trabajar para él en un negocio poco legal, le dio con la puerta en las narices cuando Draco lo rechazó. El joven Malfoy quería hacer las cosas bien, y empezar su nueva vida formando parte de algo ilegal no le parecía la mejor manera. Estaba determinado a conseguir dinero de manera "decente", y demostrarle a su padre que podía valerse por sí mismo, y hacerlo muchísimo mejor de lo que él lo había hecho nunca.

Tras comprobar que nadie más le ofrecía trabajo, ni legal ni ilegal, Draco había tenido que resignarse y aceptar la propuesta de Roderick Jigger. Ni siquiera se planteó la posibilidad de buscar empleo en el Ministerio, en San Mungo, o en cualquiera de las instituciones mágicas oficiales, más por una cuestión de orgullo que por otra cosa. No pensaba arrastrarse ante ellos como había hecho su padre.

Y así estaba ahora. Le proporcionaba ingredientes al señor Jigger, algunos legales y muchos ilegales, de esos que se consiguen de maneras bastante poco ortodoxas y muy peligrosas, en su mayoría, pero que dan unos beneficios muy jugosos. Por eso, Draco tenía que viajar con bastante frecuencia, puesto que muchos de los productos eran importados, o los tenía que conseguir él mismo directamente de la criatura o planta en cuestión.

Roderick mantenía su lista de clientes "especiales" en secreto, pero siempre le decía a Draco que se habría sorprendido si hubiera sabido quién eran. Mucha más gente respetable de la que a nadie le hubiera gustado reconocer. Después, miraba la colorida y alegre fachada de Sortilegios Weasley, y se reía.

Aquel trabajo no era lo que Draco había soñado hacer cuando era pequeño, aunque tampoco había soñado ser juzgado por crímenes de guerra, así que se callaba y se aguantaba, mientras veía crecer día a día una pequeña fortuna, gracias a las condiciones frugales en las que había decidido vivir. Por supuesto, no lo guardaba en Gringotts. Prefería mantenerlo en secreto, sólo por si acaso. No habría sido apropiado que su padre o el Ministerio se enterasen de que ganaba más dinero del que debería.

oxoxoxoxoxoxoxoxo

—Granger.

Damien se acercó con sigilo tras ella, y le dio un golpecito en el hombro, sobresaltándola.

—¿Qué! —exclamó ella.

El muchacho se sonrió, satisfecho de sí mismo, y sacó un poco la lengua para lamerse el labio inferior. Hermione empezaba a creer que a Damien le gustaba asustarla. Se sonrojó ante aquel pensamiento, sin saber muy bien por qué.

—Te llama la bruja de Beverley —dijo, y se apartó el cabello negro de la cara, largo y brillante, mientras sonreía aún más, posiblemente debido al poco original juego de palabras que acababa de hacer. Arrugó su perfecta nariz y se alejó, pavoneándose.

Beverley la esperaba en su despacho, con cara de pocos amigos.

—Pasa y siéntate, Granger.

Hermione obedeció, con un nudo en la garganta. Creía saber qué era lo que había hecho mal esta vez.

—¿Así que robando ficheros cuando nadie te mira, eh, Granger? ¿Sabes que podría echarte, por obstrucción a la justicia y posible manipulación de documentos oficiales?

Hermione sintió como si le acabaran de dar un golpe. Se lo esperaba. Maldito fuera Damien. Iba a decirle cuatro cosas en cuanto saliera de allí. Se puso recta en su silla, muy digna.

—Lo sé muy bien, señora Chapman. Pero, justo por eso, debería saber que no pretendía hacer ninguna de esas cosas. Mi intención al llevarme ese fichero era la de investigar el caso. —Beverley tomó aire para decir algo, pero Hermione aún no había terminado—. Día tras día veo cómo esos ficheros se acumulan, esperando a ser investigados, y cuanto más tiempo pasa, más difícil es que todos esos casos sean resueltos. Sólo creí que podría ayudar, señora Chapman.

Beverley le dirigió una mirada profunda, escrutadora, como si estuviera intentando practicar Oclumancia con ella.

—A la mierda —dijo al fin, con gesto cansado, y la muchacha enrojeció por completo—. Por supuesto que lo creías. Eres de ese tipo de empleados que trabajan tanto que hasta resultan impertinentes. Ese tipo que escasea tanto, y más en estos tiempos, en los que la mitad del Ministerio está muerto, desaparecido, o en la cárcel. Aun así, lo que has hecho no está bien, Granger. Toda investigación debe estar autorizada por mí. Deberías haber venido a hablar conmigo antes de hacer nada. Sé bien la sensación de impotencia que da el trabajar archivando esos ficheros, pero en este caos que nos ha quedado tras la guerra, seguir un mínimo de orden lo es todo.

La muchacha torció la boca, con cierta culpabilidad agolpándose en su pecho.

—Lo siento, señora Chapman.

—Está bien, Granger. No voy a echarte por esto, al fin y al cabo no ha pasado nada. Pero si vas a investigar ese caso, necesitarás que alguien te supervise. Ve a ver a Gavin Murray, él te dirá lo que tienes que hacer. Pero, por supuesto, esto no significa que debas desatender tus otros deberes. Si noto que baja tu rendimiento, abandonarás este caso inmediatamente.

Hermione suspiró, aliviada, y murmuró un agradecimiento antes de salir del despacho, tratando de no demostrar demasiado lo entusiasmada que estaba porque le dejaran continuar investigando.

oxoxoxoxoxoxoxoxoxo

Draco Malfoy odiaba hacer las tareas de la casa. Detestaba tener que lavarse la ropa, hacerse la cama, la comida, quitar el polvo, limpiar el baño. Era por eso que su habitación tenía unas pelusas del tamaño de un huevo de dragón. Nunca se le habían dado bien los hechizos de limpieza, quizás porque no había necesitado usarlos con demasiada frecuencia, o con ninguna, a decir verdad. Lógica consecuencia de disponer de un elfo doméstico propio. Pero ahora Clappie ya no estaba con él, y lo más seguro era que su padre lo hubiese relegado al sótano, o a las cocinas. No era que le diese pena. Sólo era un maldito elfo. Nada de lo que debiera preocuparse. Pero para un niño que había crecido prácticamente solo en una mansión como Malfoy Manor, aquel elfo había sido lo más parecido a un compañero de juegos que había tenido en su infancia.

Se obligó a dejar de pensar en Clappie. A quién le importaba ese viejo saco de huesos. A él no.

Tenía que poner en orden su ropa recién lavada y seca. Aprovechando que había llegado antes del trabajo y no había nadie en casa, se había atrevido a usar el infernal cacharro muggle que Wil denominaba "lavadora". Qué original. Lava-dora. Porque lavaba. Y también tenían una secadora. Porque secaba.

Por Merlín, los muggles eran idiotas. O demasiado listos, aún no se había decidido.

Pero el caso es que aquellos cacharros funcionaban bastante bien, y no requerían excesivo esfuerzo por su parte. Al menos, no tenía que montar el espectáculo que preparaba cada vez que intentaba lavar su ropa con magia. Digamos que, la primera vez que lo hizo, había terminado empapado. De arriba abajo. Y la cocina había acabado pareciendo una fiesta de la espuma. Incluso Wil se había reído de él, y no digamos Maggie. La broma le duró tres semanas, y a veces aún se burlaba de él por aquel suceso. Y aunque delante de ellos pusiera gesto de disgusto, en el fondo a Draco le aliviaba, porque eso denotaba que no le tenían miedo por ser ex-mortífago, como el resto del mundo.

Dobló su ropa, clasificándola entre la que tenía que planchar y la que no. El hechizo planchador era el que peor se le daba, razón por la cual había cambiado su vestuario a cosas sencillas y que no se arrugasen con facilidad. Nada de camisas, ni túnicas ostentosas como las que solía llevar en otros tiempos. Nada de tejidos finos y caros que requiriesen un cuidado especial. Torció la boca, mirando su colección de camisetas blancas. Antes se hubiera cortado un brazo que admitirlo, pero llevar una vestimenta apropiada era una de las cosas que más echaba de menos de estar en su casa.

Algún día, su padre se las pagaría todas juntas.

La puerta de entrada se cerró con un sonoro portazo. Alguien había llegado, y por lo que parecía, no demasiado alegre.

Continuó con su tarea, doblando calzoncillos, calcetines, camisetas, un sujetador...

Un momento. Aquello no era suyo. Sostuvo la prenda en el aire, desconcertado. La miró por delante, por detrás, por todos lados. ¿Qué demonios hacía aquello entre su ropa?

Era blanco, de algodón suave. ¿Sería de Maggie? No parecía algo que ella hubiera llevado. Tampoco es que él pensara en la clase de ropa interior que llevaba la gente. No demasiado, al menos. Y, a no ser que Wil tuviera una faceta secreta en la que le daba por travestirse, aquello sólo podía ser de la empollona de Granger. Típico. Muy a juego con su aspecto sobrio y casi monjil. Aunque tenía que reconocer que el tamaño era más grande de lo que daban a entender sus gruesos jerseys.

—¿Qué demonios haces tú con eso? —chilló la vocecilla de sabelotodo de Hermione.

"Mierda". Se había dejado la puerta abierta. Con tan mala suerte que la dueña del sujetador había llegado en el momento más inoportuno.

—Ordenar mi ropa, si no te importa, Granger —repuso él, todo lo digno que podía ser con aquello en las manos.

Le dirigió una mirada lánguida, de párpados semicerrados, como si estuviera diciendo "Me importa un pedo de doxy que me hayas pillado observando tu ropa interior, Granger". Pero su subconsciente le traicionó, y sus ojos se quedaron más de la cuenta en la abultada zona del pecho de Hermione. "Esa prenda que tienes en tus manos ha rozado sus tetas, Draco", le decía una voz maliciosa en su interior. "Sus suaves, dulces senos".

La joven pareció darse cuenta, porque se cubrió el pecho con los brazos, entró a su habitación sin miramientos, y le arrebató el sujetador de las manos.

—Pervertido —musitó—. No tienes derecho a hurgar entre mi ropa.

—Perdona, pero eres tú la que me persiguió hasta Hastings —le espetó—. Me parece que mirar ropa interior es mucho menos grave comparado con eso.

Ella entrecerró los ojos, dolida por el golpe bajo.

—Además, yo no tengo la culpa de que te vayas dejando cosas en la lava-dora.

Hermione, que justo entonces se había dado la vuelta, dispuesta a huir de allí lo más rápido posible, se detuvo y lo miró de arriba abajo, sin poder evitar una mueca de sorpresa.

—¿Has usado la lavadora?

Draco enrojeció levemente.

—Sí. Y ahora, si me disculpas, tengo cosas más importantes que hacer.

La muchacha se marchó de buena gana, pues no deseaba pasar más tiempo de la cuenta en la habitación de Malfoy. Una vez a salvo en la suya, Hermione examinó el sujetador de arriba abajo, en busca de Merlín sabe qué. ¿Qué demonios esperaba encontrar? ¿Una maldición? Por favor. Lo peor que podía pasarle era que estuviera sucio u oliera mal. Pero no era el caso. La prenda desprendía un aroma peculiar, más allá del detergente. A Hermione le costó unos segundos identificarlo, pero en cuanto lo hizo, lanzó la prenda lejos de ella. Su sujetador describió una parábola perfecta hasta posarse tranquilamente en su cama. Parecía tan inocente encima de su edredón de florecillas que Hermione casi dudó de lo que le había transmitido su nariz.

Su sujetador olía a Draco Malfoy.

Se acercó a él, cautelosa, como si fuera una leona a punto de cazar a su presa. Se sentó a su lado con cierto temor, lo cogió con las puntas de los dedos y volvió a olerlo. Efectivamente, ahí estaba. Maldito fuera Malfoy y sus hilarantes aventuras con aparatos muggles. A Hermione le gustaba usar la lavadora con un hechizo que ella misma había perfeccionado, que apenas gastaba agua y jabón y dejaba toda la ropa con un agradable olor a lilas frescas. Pero no, ahora Malfoy se lo tenía que estropear. ¿A quién se le podía haber pasado por la cabeza que alguien como él quisiera siquiera tocar algo muggle? Si no hubiera sido Malfoy en quien estaba pensando, habría llegado a ocurrírsele que a lo mejor estaba cambiando.

De pronto, su puerta se abrió sin avisar. El corazón le subió a la garganta y en un acto reflejo metió el sujetador debajo de la almohada, como si le diera vergüenza que alguien se pudiese dar cuenta de que olía a él.

La persona que había irrumpido en su privacidad era Maggie, que venía con el pelo encrespado por la humedad de Londres. Hermione sintió un leve momento de hermanamiento antes de recordar que no le gustaba que entrasen en su habitación sin llamar. Pero no le dio tiempo a protestar. Maggie venía demasiado emocionada como para dejarle abrir la boca.

—¡Hermione! Tienes que ayudarme. Tengo una cita con el chico más cachondo que hayas podido ver en tu vida, y necesito saber qué demonios ponerme.

Hermione tardó unos segundos en reaccionar. A su privilegiado cerebro le costaba procesar el hecho de que alguien quisiera pedirle consejos de moda. A ella. A ELLA. Que lo único que le pedía a sus prendas es que fuesen prácticas y cumpliesen sus nociones básicas de combinación de colores. Lo ridículo de la situación estuvo a punto de causarle un cortocircuito neuronal. Quizá por eso no fue lo suficientemente rápida como para negarse antes de que Maggie la agarrase por el brazo y la arrastrase a su cuarto.

Así como la habitación de Hermione tenía siempre un ligero pero tolerable desorden, casi perfectamente calculado para estar en el límite entre lo acogedor y lo desagradable, la habitación de Maggie era el caos absoluto. Un montón de ropa de diversos colores adornaba la cama, el suelo, la silla, la mesa, el techo, y una lamparita morada que emitía su tenue luz bajo unas bragas negras de encaje. Y aun así, el armario, cuyas puertas estaban abiertas de par en par, seguía lleno a rebosar. Demonios, pensó Hermione, y se quedó mirando atónita los vaqueros y la bufanda que daban vueltas sin cesar en el techo, junto a una mancha de humedad.

—Sí, es algo que me pasa cuando estoy nerviosa —rió Maggie, percatándose—. Tendrías que haberlo visto antes de mi último examen de Anatomía Avanzada. Todavía no he encontrado ocho camisetas, unas medias y el vestido que me puse en la boda de mi hermana. Por no hablar de los calcetines. Una locura.

Hizo un poco de hueco en la cama y colocó allí a Hermione, que muy diligentemente se quedó quietecita y atónita. Comenzó a revolver los montones de ropa.

—¿Por qué no usas un Accio? —preguntó Hermione, intentando poner algo de lógica en aquel caos.

—Si supiera lo que estoy buscando… —contestó la pelirroja, su voz ahogada bajo las telas.

Por fin sacó un vestido negro. Se quitó el pijama sin miramientos, haciendo que Hermione se sonrojara un poco. Se metió el vestido por los pies y, después de ajustárselo un poco, le indicó a su compañera de piso que le ayudase a subirse la cremallera.

—Muchas gracias —sonrió—. Esta es una de las razones por las que te necesitaba. Una vez lo intenté hacer con magia y me pillé la piel… —señaló su espalda y puso cara de dolor, y Hermione la acompañó en el sentimiento.

Dio una vuelta y posó con la mano en las caderas. El vestido, aunque sencillo, realzaba su cuerpo delgado y sus pechos pequeños.

—¿Qué te parece?

Hermione torció la boca, no del todo segura de si decir lo que realmente pensaba o no. Pero decidió que era mejor decirle la verdad.

—Un poco corto, ¿no?

Maggie soltó una carcajada.

—Por supuesto. Me esperaba que dirías algo así.

—¿Por qué?

—Se te veía en la cara. Además, no es que sea mucho de tu estilo —rió.

—En eso tienes razón —Hermione rió también.

—De todas formas, a mí tampoco es que me guste mucho para esta ocasión. Me gustaría algo menos evidente.

Repitieron la escena tantas veces que Hermione perdió la cuenta. Mientras tanto, hablaban de todo un poco, y Hermione descubrió para sí misma que se lo estaba pasando bien. Recordaba haber visto a sus compañeras de clase en Hogwarts hacer lo mismo unas cuantas veces, pero nunca había participado. No porque no quisiera, sino porque nunca le habían invitado. Ninguna de ellas consideraba que Hermione fuese digna de intervenir en ese extraño ritual. Ginny tampoco la había hecho jamás mención a nada parecido, porque, como ella, tampoco encontraba la moda demasiado interesante.

La verdad es que los vestidos que se estaba probando Maggie le daban un poco igual, pero su conversación era amena y divertida, salpicada de ironía y expresiones curiosas propias de la parte de Escocia de la que la muchacha procedía. Aquello le hizo darse cuenta de lo poco que realmente conocía a sus compañeros de piso, excepto a Draco. Si es que lo que sabía de él podía considerarse conocer a alguien. Sabía que había sido su compañero de clase. Que la había tratado como a una mierda. Y que había sido mortífago. Ahora que lo pensaba, ¿por qué demonios sus otros compañeros de piso no lo rechazaban por ser ex-mortífago? Se reprendió a sí misma por no habérsele ocurrido hasta entonces. Que ella lo tolerase era una cosa, ¿pero Maggie y Wil? ¿Acaso no lo sabían? No lo creía, las noticias de los juicios habían ocupado interminables portadas de El Profeta. Contempló a Maggie, que en ese momento observaba en el espejo su trasero enfundado en una falda verde.

—Maggie, ¿puedo preguntarte algo?

—Hmm —murmuró ella por toda respuesta, demasiado concentrada en recolocarse los pechos.

—La verdad es que es una pregunta un poco… comprometida…

—Déjate de chorradas y dispara.

Hermione respiró hondo.

—Vale. ¿Qué sabes de Draco?

—¿A qué te refieres?

— ¿Sabes algo de su vida? ¿Qué era lo que hacía antes de vivir aquí?

— Ah... eso. ¿Te refieres a si sé que antes era mortífago?

Hermione se tensó ante la mención de esa palabra, y asintió con las mejillas algo enrojecidas.

—¿Quieres saber si me importa? — continuó Maggie. Una mueca seria inusual en ella se instaló en su cara, y sin ni siquiera esperar a que le confirmaran su pregunta, prosiguió. — En realidad me da igual. Ha sido absuelto de los crímenes que haya podido cometer, y yo no soy quién para juzgarle. En algún momento de mi vida decidí que no iba a prejuzgar a la gente, ya que estoy demasiado acostumbrada a que otras personas lo hagan conmigo. Y, sinceramente, es algo que odio.

—Yo... lo siento, no quería incomodarte... —dijo Hermione, cuidadosa, ya que sentía que había tocado un tema sensible.

—No, no te preocupes — cortó ella, sonriendo, como si acabase de salir de un trance — Es normal que tengas esta duda. ¿Que hay de ti? Supongo que tampoco te importa su pasado, ya que si no, no estarías aquí.

Hermione abrió mucho los ojos, sorprendida. No se esperaba esa pregunta. Y ni siquiera sabía si estaba preparada para responderla. Abrió la boca, dubitativa, y casi sin darse cuenta empezó a hablar.

—No lo sé. Íbamos al colegio juntos, ¿sabes? Es un poco extraño después de todo lo que ha pasado, no te voy a mentir, pero creo que es bueno que gente como él y como yo, que estábamos en bandos contrarios, seamos capaces de compartir un mismo espacio, y hacerlo en paz. Creo... creo que por eso decidí vivir aquí. Si Draco y yo podemos convivir en la misma casa, significa que la guerra ha terminado.

Ni siquiera lo había tenido muy claro antes de decirlo, pero ahora que lo ponía en palabras, sintió como si un peso del que no se había percatado antes se disolviera en su pecho. Quedaron en silencio; los vestidos ya casi olvidados.

—¿Y Wil? —preguntó Hermione, casi por reflejo —. ¿A él tampoco le importa?

—No sé, la verdad es que nunca ha dado muestras de ello. Creo que está demasiado ocupado intentando hacer experimentos con gatos —bromeó, sin poder contener una risa.

Hermione le lanzó una camiseta a la cabeza, que ella esquivó hábilmente. Después rieron juntas, aliviadas por poder dejar atrás el ambiente de tensión que había en la habitación. Poco a poco, prosiguieron con su tarea de elegir vestido.

Mientras Maggie revolvía, Hermione miró distraídamente a su alrededor, hasta que su atención se desvió hacia aquello para lo que sus cinco sentidos estaban entrenados: un libro.

Lo rescató de las garras del desorden y soltó un bufido cuando leyó la tapa recubierta en cuero negro brillante. El título rezaba "Sexo mágico: una introducción". Menudo título más aburrido para un libro sobre sexo. Comprobó que Maggie no estaba mirando y luego, con el corazón un poco acelerado, abrió el libro por una página al azar. Lo que vio allí la dejó impactada: un gráfico a todo color de una pareja manteniendo relaciones sexuales en una postura de lo más extraña. Parecía como si estuviesen volando.

—¡Ah! —exclamó Maggie, triunfante.

—¡Aaaah! —chilló Hermione, con la voz demasiado aguda y las mejillas ardiendo, y cerró el libro con gran estrépito.

Maggie le lanzó una mirada inquisitiva por encima de un vestido azul claro que acababa de encontrar.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Trató de esconder el libro, pero Maggie fue más rápida y lo agarró antes de que pudiera hacer algo.

La pelirroja puso cara de alegría y exclamó:

—¡Cuánto tiempo hacía que no lo veía! Aunque en realidad no lo necesito, me lo sé de memoria —Guiñó un ojo—. ¿Quieres que te lo preste? A mí me abrió un mundo nuevo de posibilidades —rió.

Hermione entrecerró los ojos, con cara de circunstancias, odiándola un poquito. Maggie pareció ignorarla, centrada en probarse el vestido azul.

—¿Qué te parece?

—Perfecto. Creo que es el que más me gusta.

—¿Sí? ¿Más que el rojo que me he probado antes?

—Sí, sí —contestó Hermione efusivamente, aunque en realidad no se acordaba de qué vestido le estaba hablando.

—No me estarás dando la razón como a un gusarajo, ¿verdad?

—Eeeh... ¡No, claro que no!

—Has dudado.

Mierda. La había pillado.

—Vale, tienes razón —El incidente del libro la había dejado descolocada. Pero, como buena sabelotodo, enseguida logró pergeñar una respuesta plausible: —Creo que te quedaría mejor uno más oscuro. Azul marino sería perfecto.

A Maggie se le iluminó la cara, y enseguida sacó un vestido de aquel color con adornos de gasa que, al ponérselo, parecían flotar a su alrededor, dándole un aspecto muy ligero y vaporoso. Intercambiaron sendas miradas de aprobación, y Hermione, aliviada, soltó el aire que había estado aguantando.

Tras decidir que aquel era el vestido perfecto, Maggie prometió invitar a Hermione a una sopa de ojos de grindylow, que por lo visto era su especialidad, para agradecerle su ayuda y su compañía. Hermione se guardó una mueca de asco frente a la mención de la sopa, para no herir los sentimientos de la muchacha.

Ya se iba, cuando Maggie la interrumpió.

—¡Eh, que te dejas el libro! —Y se lo plantó contra el pecho, dejándole por un segundo sin respiración.

Hermione salió con aquello en las manos, sin saber muy bien qué hacer. Por un lado, tenía una curiosidad enorme por leerlo. Por otro… Le daba algo de vergüenza. Ya en su cuarto, lo dejó en la estantería, escondido entre dos enormes libros. No estaba segura de si lo leería, pero mientras tanto prefería que nadie lo viese.

Cenó algo mucho más apetecible que sopa de ojos de grindylow (en concreto, comida india que pidió al restaurante de la esquina, ya que no le apetecía cocinar), y después se fue a su habitación, se metió en la cama, calentita bajo las mantas, y se puso a hojear un libro nuevo sobre la historia del feminismo en el mundo mágico. Era un tema que le apasionaba, sin embargo, no podía concentrarse. No dejaba de pensar en el caso que le habían asignado, en Mary Cattermole, en cómo sería su nuevo supervisor, en la conversación con Maggie, e, inevitablemente, en Draco. Quería quitárselo de sus pensamientos, pero cada vez que lo intentaba, se colaba con más fuerza. Supuso que era la consecuencia ineludible que acompañaba al hecho de vivir juntos.

De pronto, llamaron a su puerta. Extrañada, dejó el libro a un lado y se levantó con desgana para abrir. Para su sorpresa, no era ni más ni menos que el mismísimo Draco Malfoy. Sin camiseta. Tan sólo un reguero de vello casi transparente que recorría su pecho y su estómago hasta perderse en el interior de sus pantalones negros.

Hermione sintió un golpe de calor subir desde las puntas de los pies hasta las raíces del pelo. Se maldijo interiormente por ponerse roja por semejante tontería, ni que fuera la primera vez que veía a un chico sin camiseta.

—Hermione —susurró él, con voz tan grave que parecía salir del rincón más oscuro de su alma.

Ella tragó saliva, tratando de recuperar la compostura. No lo consiguió. Nunca había oído su nombre siendo pronunciado de aquella manera.

—Draco, ¿qué demonios...?

No pudo terminar la frase. El muchacho le puso su largo dedo índice en los labios y se metió en la habitación, empujándole con su cuerpo hacia el interior. Hermione, demasiado atónita por el súbito contacto físico, ni siquiera se quejó cuando le agarró de la cintura. Sólo cuando él acercó su cara hacia la suya, rozando nariz con nariz, pudo al fin reaccionar.

—Malfoy, esto no tiene gracia —dijo, intentando concentrarse en algo que no fuera su aliento en sus labios y la cálida presión que sentía crecer contra su vientre.

—Él la contempló con ojos color gris acero fundido con motas de hierro al rojo vivo, oscuros y febriles como galaxias ardientes, abrumadores como el espacio infinito.

Hermione frunció el ceño.

—Malfoy, ¿estás narrando lo que pasa? El hecho de que lo digas en voz alta no lo hace realidad.

—Calla, que me arruinas el momento.

Así que Hermione se calló, porque aquello era jodidamente absurdo. Lo cual le llevaba a preguntarse desde cuándo tenía ella una cama rosa con dosel, y por qué de repente ambos estaban desnudos y tumbados encima de ella.

—Granger —susurró Malfoy, justo antes de morderle suavemente el pezón—. He deseado esto desde hace tanto tiempo…

Hermione, con sorpresa, se descubrió pensando en lo mucho que ella lo anhelaba también, aunque no se había dado cuenta hasta ese preciso instante. Fue imaginarlo y se hizo realidad.

—Él la embistió sin piedad, con su guerrero de cabeza púrpura luchando en su interior una interminable batalla. Ella sentía cómo el placer le inundaba, desdibujando sus límites, convirtiendo su cuerpo en un ente líquido e insólito que no tenía principio ni fin.

—Oh, por Merlín, Malfoy, cállate —se quejó ella, gimiendo, pero el placer era demasiado intenso como para que le importase un bledo lo que Draco decía.

Tan pronto como empezó, había terminado, aunque tenía la sensación de haber estado allí una eternidad. Ni siquiera estaba segura de si había llegado al orgasmo. Continuaba sintiendo sus brazos, fuertes, alrededor de ella. ¿Seguían haciendo el amor? No lo sabía. La escena se diluía como gotas de lluvia tras un cristal empañado.

—Granger —repitió él, por última vez, en su oído.

—Malfoy —correspondió ella.

oxoxoxoxoxoxoxoxoxo

La consciencia fue poco a poco asentándose entre los jirones de sueño, que aún dejaron escaparse un "Malfoy…" entre sus labios. De súbito, se dio de lleno con la realidad. Lo único que tenía encima era el mamotreto que había estado leyendo, y la sensación de placer fue sustituida de inmediato por una de incomodidad extrema. Por no decir horror, directamente. Tiró el libro al suelo en un acto reflejo y se cubrió la cabeza con las mantas, como si así fuera a lograr esconderse de lo que acababa de ocurrir en su mente. Desafortunadamente, no podía. Tenía imágenes y sensaciones grabadas a fuego en su subconsciente.

Miró el reloj: sólo le quedaba media hora para levantarse. Decidió que ya no tenía sentido seguir en la cama, pues con toda seguridad no iba a volverse a dormir. Estaba demasiado acostumbrada a estas cosas. Mientras se ponía en pie, su cerebro le torturaba con imágenes del sueño, y se preguntó si podría volver a mirar a Malfoy a la cara sin sentir una vergüenza infinita. Sacudió su cabeza. No quería pensar en ello. Ya tenía suficientes problemas como para encima preocuparse por algo tan estúpido como un ridículo sueño erótico, por mucho que dicho sueño contuviera a Draco Malfoy narrando de forma explícita y hortera escenas de sexo en una cama rosa con dosel.

A pesar de haberse despertado antes de lo habitual, se sentía fresca y dispuesta a afrontar el nuevo día con fuerza. Un pensamiento inesperado cruzó su mente: era la primera vez en mucho tiempo que había dormido toda la noche sin despertarse. Por un lado eso le proporcionaba cierto alivio, pero también una considerable sensación de desasosiego. No dejaba de ser perturbador que la primera noche que descansaba bien fuera también aquella en la que imaginaba tener sexo con Draco. Se abrazó a sí misma, conteniendo un escalofrío. No sabía qué era peor: dormir mal o dormir bien soñando con Malfoy. De cualquier manera, esperaba que ninguna de las dos opciones se repitiera, aunque tenía el presentimiento de que no iba a tener tanta suerte.


N/A: Agradecimientos especiales a Adarae, que me dio a conocer el término "guerrero de cabeza púrpura". No sabes lo mucho que me he reído escribiendo eso XDD

Y por supuesto, a ti, que estás al otro lado de la pantalla, por seguir leyendo esto después de tanto tiempo sin publicar :)

Por cierto, no creáis que todas las escenas de sexo van a ser así, ¿eh? :P Sólo me apetecía burlarme un poco del lenguaje hortera que usan algunxs escritorxs de novelas románticas XD

En el próximo capítulo, que ahora mismo está a medio escribir, veremos cómo es el nuevo supervisor de Hermione, cómo avanza el caso, y también puede que veamos a Hermione leyendo ese librito tan interesante… ;P