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Mark parpadeó, intentando enfocar la vista. Los números y letras bailaban frente a él. Se frotó los ojos y suspiró. Se recargó en el respaldo de su silla y cerró los ojos un momento. Llevaba dos días sin dormir, pero aún no pensaba descansar, quería terminar la última actualización del código de Facebook antes de que acabara el año y no iba a dejarlo hasta que quedara listo. Abrió los ojos y se dispuso a continuar con su trabajo, pero no pudo poner sus manos sobre el teclado. Alguien estaba frente a él y se lo impedía. Era Chris.

—Mark, no puedo creer que sigas aquí, ya es media noche.

—Tengo cosas que hacer. Pensé que te habías ido.

—Lo hice, pero Dustin me llamó preocupado diciendo que te veías bastante mal, que te negabas a dejar tu escritorio y que los empleados comenzaban a sospechar en realidad eras un robot que estaba construyendo la Matrix.

Mark gruñó por toda respuesta e intentó quitar a Chris de su camino, pero éste no se movió.

—Mark, dentro de tres días es Hanukkah, ¿no vas a ir a casa con tu familia? Tu madre me habló para que te recordara la invitación que te hicieron.

—Estoy ocupado. —Mark comenzó a sentirse molesto, odiaba que todo mundo le dijera que tenía que salir y socializar. Tenía cosas más importantes qué hacer, como programar. No necesitaba convivir con personas tontas y aburridas.

—Mark, vienen días festivos, la mayoría de los empleados va a tomarse unos días libres para Navidad. Tú deberías hacer lo mismo —dijo Chris señalando las oficinas casi vacías de Facebook. Sólo quedaban los empleados del turno de la noche que montaban guardia en caso de que hubiera una emergencia.

—Te dije que….

—Sí, sí, lo sé, Facebook se muere si tú no estás ahí para supervisar cada línea de programación. No importa que tengas cientos de empleados competentes bajo tu mando, aún te empecinas en hacerlo todo tú.

—Facebook es mi vida, tú bien lo sabes. No le he dedicado tantas horas para que el error de algún tonto empleado lo arruine todo.

—Ese es el punto, Mark, le has dedicado prácticamente toda tu vida desde que estabas en Harvard. Es loable que hayas trabajado tan duro, y que seas un millonario de apenas 24 años, pero precisamente por eso es tiempo de que te des un descanso. Facebook no puede ser todo tu mundo.

—Sí puede, y lo será tan pronto te vayas y me dejes trabajar.

Chris suspiró exasperado.

—Está bien, piensas pasar los días festivos acampando en tu oficina, haciendo un maratón de programación. No te voy a detener, pero, ¿qué te parece si sales mañana a comer con Dustin y conmigo?

—¿A dónde van a ir?

—Vamos a ver a Eduardo para….

Ante la mención de ese nombre, Mark hizo un gesto de molestia y se cruzó de brazos. Después de la demanda, su relación con Eduardo seguía siendo tensa. Ya no se peleaban cuando se encontraban por casualidad en algún evento de tecnología o de caridad, habían pasado a la siguiente etapa de aplicarse la ley del hielo y fingir que el otro no estaba presente. Si era necesario se saludaban fríamente, pero su interacción no pasaba de ahí.

—Mark, no puedo creer que a estas alturas sigas odiando a Eduardo. El caso está cerrado, es hora de que comiencen de nuevo —lo regañó Chris.

—No lo odio. Nunca lo he odiado, ni siquiera cuando me demandó —se defendió Mark. Precisamente ese era el problema, sería fácil odiarlo, pero lo que sentía por él era bastante complicado. Algo en su interior se agitaba en su presencia, lo inquietaba, se había sentido así desde que estaban en la universidad, no sabía cómo clasificar o qué hacer con sus sentimientos, y eso no le gustaba, por eso prefería no verlo.

—¿Entonces por qué no quieres saludarlo? Por una ocasión en tu vida, actúa con madurez y ven a despedirlo.

—¿Despedirlo? ¿A dónde se va? —preguntó Mark genuinamente sorprendido.

—A Singapur, se va a mudar allá para trabajar como consultor de inversiones en tecnología.

Mark sabía bien (gracias a un discreto espionaje cibernético) que después de graduarse de Harvard, Eduardo había estado viviendo en Nueva York y trabajaba en una empresa de inversionistas. Por eso le tomó por sorpresa la noticia que le dio Chris. Jamás pensó que Eduardo se iría tan lejos. Era cierto que no tenían la mejor relación, pero por alguna razón, que no deseaba ponerse a pensar detenidamente, no le agradaba saber que estaría al otro lado del mundo.

—¿Y bien, Mark? ¿Nos acompañarás?

Mark se encogió de hombros y miró a Chris con su usual expresión en blanco.

—Eres peor que un niño caprichoso. Está bien, como quieras, piénsalo bien, aún tienes tiempo de cambiar de opinión y hacer lo correcto. Te mandaré la dirección del restaurante y la hora a tu e-mail.

Mark miró con interés las uñas de sus manos y no respondió.

—Mientras tanto, Mark, en serio, vete a dormir aunque sea un par de horas.

—No estoy cansado.

—Ahora mismo, Mark, o yo personalmente arruinaré tu nuevo código.

—Está bien —gruñó Mark y se puso de pie—. Eres peor que mi madre.

—No me pagas lo suficiente, pero prácticamente lo soy. Vete ya, derechito a tu cama, y luego toma una ducha.

Mark salió de las oficinas de Facebook arrastrando los pies. Caminó a su espacio en el estacionamiento donde estaba aparcado su Mercedes-Benz. En realidad a Mark no le importaba tanto el lujo, pero ¿qué sentido tenía ser millonario si no podía comprar lo que quisiera cuando le diera la gana? Mark se acomodó en el asiento de piel y encendió la máquina, que rugió con suavidad. Tomó la avenida y manejó en dirección a su casa. Su estómago gruñó. Hacía bastante tiempo desde la última vez que había tenido una comida decente. Mark vio un mini súper abierto y decidió detenerse a comprar algo pues en su casa no había más que Red Bull, cerveza, muchas latas de atún y sopa ramen instantánea.

Mark entró a la tienda y paseó por los pasillos. Tomó ponche de huevo, un sándwich de rosbif, papas fritas y regaliz de cereza. Luego caminó hacia la caja. A pesar de la hora, había algunas personas haciendo fila: unos estudiantes comprando cerveza, un viejito con bastón con una caja de aspirinas en la mano, una señora joven que cargaba un bebé con una mano y sostenía un paquete de pañales en la otra. Hasta adelante se encontraba un hombre negro mal vestido que discutía con el cajero.

—Te digo que es un billete legítimo, un ganador.

—Ese billete de lotería se ve alterado, no le voy a dar el premio.

—Te repito que gané, ¡dame el dinero!

—Señor, le voy a tener que pedir que se retire.

—No intentes estafarme, ¡sé lo que esto vale! —gritó el hombre negro, ahora furioso, y sacó una pistola de su chaqueta. Todos en la tienda gritaron y se tiraron al suelo asustados, intentando esconderse tras los estantes.

—Wow, tranquilo, amigo —dijo el cajero con voz temblorosa alzando las manos en señal de rendición.

—Me ofendiste y lo pagarás con tu vida —dijo apuntándole en la cabeza.

—Alto, no le dispares —dijo Mark. Estaba tan acostumbrado a hacer su voluntad y decir de inmediato lo que pensaba por la mente que no midió las consecuencias de enfrentarse a un hombre armado hasta que fue demasiado tarde: ya había abierto su bocota.

—¿Y tú qué quieres, blanquito? ¿Intentas ser el héroe que los salve a todos?

—No, te tengo una propuesta de negocios —respondió Mark, intentando lucir lo más calmado posible.

—¿Ah, sí? —dijo el hombre, entre intrigado y divertido.

—Claro, se nota que tú también sabes de negocios. ¿Qué te parece si te compro ahora mismo ese billete de lotería? Así no tendrás que lidiar con el engorroso trámite de cobrarlo. Te daré mil dólares por él.

El hombre lo miró de arriba abajo, dudando de él. Mark no parecía ser una persona de dinero, con su pantalón de mezclilla desgastado de las orillas y sus sandalias de plástico que usaba con calcetines sucios.

—Vamos a un cajero automático y te daré el dinero de inmediato.

—Está bien —aceptó el asaltante y le puso una mano a Mark en la espalda—. Si llaman a la policía, el paliducho este la pagará —dijo y amenazó por última vez a todos en la tienda.

Mark y el asaltante caminaron juntos hacia el cajero automático más cercano que afortunadamente estaba a la vuelta de la esquina. Mark sacó el dinero y se lo dio al asaltante.

—Gracias, blanquito, fue un placer hacer negocios contigo —dijo el hombre y se despidió de él.

Mark no perdió el tiempo y corrió hasta su automóvil. No quería arriesgarse a que el hombre cambiara de opinión y decidiera no dejar testigos. Manejó a toda velocidad hasta que llegó a su departamento situado en un elegante edificio en una zona exclusiva de Palo Alto. Mark estacionó su auto y bajó corriendo, atravesó la recepción sin saludar al portero (que de todas formas no tenía ni idea de cómo se llamaba) y subió al elevador. No respiró aliviado hasta que estuvo dentro de su departamento, bien seguro detrás de su sólida puerta de roble. El corazón le seguía latiendo con fuerza y las piernas le temblaban ligeramente. Por si fuera poco, su estómago gruñó. El sonido se amplificó en la quietud de la habitación vacía. Oh genial, encima de todo, había olvidado su comida.

Todavía algo alterado, Mark se dirigió a la cocina, sacó una lata de atún de la alacena y la abrió, tomó una cerveza del refrigerador y se sentó en el sillón frente al enorme televisor. Mark tenía un departamento lujoso, pero realmente no se había molestado en amueblarlo, estaba prácticamente vacío, solamente con los muebles indispensables para vivir. Mark sintonizó lo primero que encontró en la tele: un canal de compras por televisión, y lo miró fijamente, no tenía ganas de pensar en nada. Poco a poco, la tensión dio paso al agotamiento, y sin darse cuenta, se quedó dormido abrazando la botella de cerveza, la lata de atún se le cayó de la mano y rodó a sus pies.

El sol le pegó a Mark directo en los ojos y lo despertó. Molesto, dio la vuelta para alejarse de los rayos solares con la intención de volverse a dormir. No tenía ganas de despertarse, hacía mucho que no se sentía tan cómodo. De hecho, no recordaba que su colchón fuera tan confortable. Se sentía muy bien así como estaba: tranquilo y calientito bajo las mantas. Alargó un brazo para acercarse la otra almohada y se topó con una presencia sólida. Mark la tocó, ¡era la espalda de una persona! Alarmado, abrió los ojos de inmediato, no recordaba haberse acostado con nadie la noche anterior, de hecho, hacía mucho que no lo hacía con nadie. La persona dio media vuelta y Mark casi tiene un infarto: ¡se trataba de Eduardo!

Mark estaba a punto de salir corriendo cuando Eduardo suspiró y lo abrazó.

—Mark, aún es temprano, quédate en la cama hasta que nos levante —dijo Eduardo sin abrir los ojos y lo abrazó con más fuerza para acercarlo más a él.

Mark se paralizó en el instante. Había algo tan íntimo en la forma en que Eduardo lo abrazaba, con total calma y seguridad, como si llevara años haciéndolo, que su mente hizo corto circuito. ¿Acaso estaba alucinando? Sí, debía ser eso, de seguro el asaltante lo había drogado para secuestrarlo y en realidad estaba amarrado en algún sótano oscuro esperando a que lo rescataran.

Un chillido hizo que Mark prácticamente saltara de la cama del susto. Con el corazón palpitándole a mil por hora, buscó el origen del ruido y se encontró con un monitor para bebé que estaba en la mesa de noche de Eduardo.

—Tu turno —le dijo Eduardo, lo empujó suavemente y luego se dio la vuelta para seguir durmiendo.

Mark saltó de la cama como si le hubiera dado un toque eléctrico. Se calzó sus sandalias de plástico (eran lo único normal en toda la alucinación), tomó una bata que encontró sobre una silla (por suerte tenía puesta una pijama) y bajó las escaleras a toda velocidad. Casi se mata al tropezar con una oruga multicolor de peluche que estaba en medio de dos escalones. Pero qué demonios, había juguetes por todos lados. Y fotos, muchas fotos en la pared de la escalera. No se detuvo a verlas, lo único que quería hacer era salir de ese lugar lo más pronto posible. Cuando estuvo en la planta baja echó un vistazo y confirmó sus sospechas: ese no era su departamento, estaba en una casa desconocida. No reconocía los muebles ni la decoración ni nada de lo que había ahí. Por suerte las llaves de su auto estaban en un lugar parecido a donde solía ponerlas en su propio departamento: en un tazón cerca de la puerta. Mark las tomó rápidamente y salió a la cochera donde había un par de vehículos estacionados. Ninguno de esos era el suyo: eran una camioneta suburban y un Volvo. No le importó y apretó la alarma, la camioneta encendió las luces y Mark corrió hacia a ella; arrancó a toda velocidad y fue al único lugar que se le ocurrió que podía darle sentido a toda esa locura: las oficinas de Facebook.

Mark tomó el bien conocido camino y suspiró aliviado cuando vio que el moderno edificio de Facebook seguía donde lo había dejado la noche anterior. Estacionó el auto y corrió a toda prisa al interior del inmueble. Adentro todo parecía estar igual, con el Muro y los escritorios de los empleados. Entró a su oficina y prendió su computadora, se tranquilizó un poco al ver que el código de Facebook seguía tan estable y sólido como siempre. Todo podía derrumbarse en su vida, menos Facebook.

—Mark, ¿todo está bien? —dijo una chica asomándose a su oficina.

Mark la miró asombrado, se trataba de Lauren, la primera asistente formal que tuvo una vez que Facebook se consolidó como una empresa seria. Mark recordaba que ella se había ido hacía mucho tiempo, había sido la primera en una larga fila de asistentes que dejaban el puesto porque, según le había informado Chris, él era un maldito bastardo que les hacía la vida miserable.

—Sí, Lauren, ¿por qué lo preguntas? —dijo Mark intentando verse lo más calmado posible y no tener un ataque de nervios ahí mismo.

—Se supone que estás de vacaciones, ayer cuando te fuiste dijiste que no te molestáramos, que si algo pasaba le informáramos a Todd.

Ahora sí Mark estaba totalmente convencido de que alucinaba. Solamente en un sueño inducido por drogas duras se atrevería a confiarle a su bebé Facebook a un desconocido. Y además, ¿vacaciones? Desde que programó la primera línea de código de Facebook no se había tomado unas.

—¿Y Dustin y Chris? —preguntó Mark con voz incierta.

—También se fueron de vacaciones. Mark, ¿seguro que todo está bien?

Mark tenía ganas de gritarle que su casa (y su cama) estaba invadida por su ex mejor amigo, con quien había tenido una demanda legal y no se hablaba desde hacía varios años, que tenía una ridícula camioneta suburban familiar y que él no tomaba vacaciones jamás, pero se contuvo. Lo que menos quería era que se corriera el rumor de que el jefe de Facebook había tenido un colapso nervioso. Eso acarrearía una mala imagen para toda la compañía y Mark no podía permitir eso. Prefería aguantar el ataque de pánico inminente a que su precioso Facebook viera manchada su reputación.

—Sí, Lauren, sólo vine por algo que se me olvidó —dijo Mark lo más normal que pudo y comenzó a abrir cajones de su escritorio, fingiendo que buscaba algo.

—Um, está bien —dijo la chica no del todo convencida—, voy a estar aquí hasta mediodía y luego también me iré de vacaciones, llámame si me necesitas.

Mark asintió y la asistente salió de su oficina. Mark volteó en todas direcciones sin saber qué hacer. Tal vez si esperaba un par de horas, despertaría de ese mal sueño. Miró la computadora y se puso a buscar información de Facebook en internet, necesitaba saber qué estaba pasando. Para alivio de Mark, su empresa seguía tan fuerte y popular, si no es que más, como la había dejado antes de irse a dormir la noche anterior.

Mark entró a su perfil personal de Facebook y encontró algo que se unió a la larga cadena de shocks que había tenido aún antes de despertarse por completo: su estado decía que estaba casado con Eduardo Saverin. Por primera vez notó el hermoso anillo plateado que tenía puesto en el dedo anular de la mano izquierda. Lo movió como hipnotizado, viendo cómo su pulida superficie reflejaba la luz.

En ese extraño y ridículo sueño, Mark tenía treinta años, estaba casado con Eduardo desde hacía seis años y tenían dos hijos: una niña de cuatro años y un niño de seis meses. No había mención alguna de la demanda. Mark buscó más información y odió a Google más que nunca por mostrarle todo eso que le era confuso y ajeno. Ahí estaban en Internet fotos de él y Eduardo tomados de la mano en diferentes eventos, sonriendo para las cámaras; fotos de paparazzis de él y su familia en Disneylandia, saliendo del supermercado. Mark no pudo soportarlo más, apagó la computadora y se derrumbó en la silla, escondiendo la cara entre las manos. Ese sueño era una broma cruel.

Transcurrieron un para de horas y todo parecía estar igual. El sonido del reloj en la pared que marcaba el mediodía y el rumor de conversaciones distantes eran los únicos sonidos que se escuchaban. Mark aún estaba desconcertado, pero sabía que no podía esconderse para siempre en su oficina. Se armó de valor y salió a la calle, dispuesto a regresar a la casa donde estaba Eduardo y enfrentarlo, exigirle una explicación. Salió del edificio de Facebook y caminó hacia el estacionamiento. De reojo vio pasar un auto que le resultó extrañamente familiar. ¡Era su Mercedes! El vehículo se detuvo junto a él y la ventanilla bajó.

—Hey, blanquito, ¿quieres que te lleve? —dijo el hombre negro que se encontraba al volante. Mark lo reconoció al instante: ¡era el asaltante de la noche anterior!

—¿Y qué si no quiero? ¿Crees que voy a confiar en ti? ¡Me robaste mi auto! —le gritó Mark.

El hombre lo miró con calma, y tal vez con algo de burla.

—Si no quieres, te quedarás sin saber qué es lo que está pasando. Seguramente tienes muchas preguntas que sólo yo puedo responder —. Dijo el hombre y abrió la puerta del auto. Mark no se movió de su lugar en la banqueta, se cruzó de brazos y lo miró desafiante. —Está bien, como prefieras. Pero bien sabes que en cuanto comiences a decir que esta no es tu vida, que no reconoces a tu familia, te van a mandar derechito a la casa de la risa, y eso va a hacer que las acciones de tu precioso Facebook caigan en picada. Ya puedo ver los titulares: El CEO de Facebook se vuelve loco; Google+ es la nueva red social de moda—.

Mark sintió que un escalofrío lo recorría y de inmediato se subió al Mercedes. El hombre cerró la puerta y arrancó. Mark lo observó, era la misma persona que intentó asaltar la tienda, pero ahora estaba vestido de manera muy diferente, toda su persona se veía pulcra y elegante. Traía puesto un traje gris, camisa blanca y corbata dorada.

—¿Y bien? Comienza a hablar —lo urgió Mark.

—Vamos a hacer esto bien y presentarnos, yo soy Jeremiah, seré tu guía durante este proceso —dijo y le extendió la mano. Mark la ignoró e intentó hacerle explotar la cabeza con el poder de su mente. Jeremiah se dio por vencido, suspiró y retiró la mano—. Para ser un tipo misántropo, lo que hiciste ayer fue muy valiente y generoso: te expusiste para salvar la vida de unos desconocidos; los Superiores están complacidos y pensaron que merecías un regalo de Navidad.

—Soy judío.

—De Hanukkah entonces —dijo el hombre sin inmutarse.

—¿Robarme mi auto es una recompensa? ¿Esta alucinación es un regalo? —le gritó Mark. Tenía ganas de estrangularlo.

—Esto no es una alucinación, es una oportunidad.

—¿De qué? ¿De volverme loco?

—No, de que eches un vistazo a un mundo alternativo. ¿Nunca has deseado saber qué hubiera pasado si hubieras tomado alguna decisión u otra? Pues bien, ahora puedes hacerlo.

—¿Por qué querría ver esta tontería? ¿Por qué no me dejaron elegir?

—Ésta es tu elección. Tal vez no consciente, pero en el fondo de tu corazón sabes bien que siempre has tenido una gran duda: ¿cómo sería mi vida de haberme reconciliado con Eduardo? Ya que tu orgullo te impide hacerlo en tu mundo, te hemos traído a este otro para que obtengas tu respuesta.

Mark abrió y cerró la boca sin atinar a decir nada. ¿Él quería casarse con Eduardo? ¡Eso no era verdad! ¡Para nada! ¡Absurdo! ... ¿Cierto…?

—Bien, ya vi tu brillante alucinación y no me interesa hacerlo más. Quiero irme —dijo por fin con tono duro que trataba de cubrir el pánico que de nuevo sentía.

—No, aún tienes mucho que ver y experimentar.

—¿Hasta cuando estaré aquí? —se quejó con impaciencia. No tenía tiempo para perderlo en tonterías, en su mundo le esperaba mucho trabajo qué hacer.

—El tiempo que sea necesario —dijo el hombre enigmáticamente y detuvo el auto. Mark vio que estaban de regreso en las oficinas de Facebook. Le habían dado la vuelta a la manzana.

—Ah, no, no me voy a bajar, no me vas a dejar aquí así como si nada —protestó Mark y se aferró al asiento del vehículo.

El hombre lo miró con impaciencia y finalmente concedió:

—Está bien, vamos a esa cafetería de la esquina a platicar —dijo y abrió su puerta. Mark bajó del auto. En cuanto estuvo fuera de él, el hombre cerró su puerta y arrancó el Mercedes, partiendo a toda velocidad, dejando a Mark estupefacto.

A Mark no le quedó más remedio que subir a su camioneta suburban y volver a su "casa". Por suerte encontró la dirección en un recibo de su tarjeta de crédito que estaba en la guantera del auto. Introdujo los datos en el sistema de navegación y emprendió lentamente el regreso, realmente no tenía nada de prisa en llegar. Una vez que arribó a la gran casa de color azul claro, se estacionó junto a una camioneta de limpieza de albercas y se quedó un buen rato adentro de su vehículo, tratando de no entrar en pánico ante la perspectiva de tratar con su "familia".

—Vamos, Zuckerberg, tú puedes hacerlo —se dio ánimos a sí mismo—. Eres un genio, no hay nada que no puedas resolver. —Tomo aire y bajó de la camioneta, caminando con paso decidido hacia la entrada.