XXXX

La mañana de año nuevo fue igual a las anteriores. Mark abrió los ojos y sintió el calor de Eduardo junto a él. Miró a su alrededor y se encontró en la misma habitación en la que había estado despertando en las últimas semanas. Nada había cambiado.

Mark seguía atrapado en esa realidad sin saber hasta cuando podría irse. No había ningún indicio en su vida que le indicara que todo iba a terminar pronto. Todo transcurría de manera normal: despertaba temprano en la mañana, iba a Facebook a trabajar, donde se quedaba hasta que caía la tarde, y luego regresaba a su "hogar" para repetir la farsa al día siguiente. El mundo seguía su curso habitual, girando lentamente sobre su órbita y eje, sin importarle que Mark quisiera bajarse de él.

Mark nunca había sido una persona paciente. Necesitaba estar en acción, moverse rápido y romper cosas, reglas, paradigmas, empujar hasta que cedieran. Iba a buscar respuestas de la persona que se las debía: Jeremiah.

Desafortunadamente no había nada en internet que le indicara dónde podía encontrarlo. Su búsqueda de información de seres sobrenaturales que te transportan a otra dimensión arrojó como resultado muchas páginas de Dr. Who. Mark estaba (casi) seguro de que Jeremiah no era un amo del tiempo, y estaba clarísimo él no era un acompañante.

Sin más pistas de por dónde comenzar, Mark manejó a la tienda donde encontró por primera vez a Jeremiah. Recorrió los pasillos con lentitud, movió los productos en los estantes, como si esperara encontrarlo detrás de una lata de legumbres enlatadas. El empleado de turno comenzó a verlo con nerviosismo. Mark notó que era diferente al que había visto cuando fue al asalto. De cualquier modo, no quiso arriesgarse a que le dieran un tiro por creer que era un ladrón a punto de atracar, así que compró una lata de Red Bull y salió de la tienda. Se sentó en la acera, abrió la lata y comenzó a beber cuando una voz lo hizo sobresaltarse.

—¿Seguro que deberías tomar eso? Te ves bastante nervioso, no necesitas más cafeína —Mark volteó y se encontró a Jeremiah, quien iba vestido de policía.

—¿Y de quién es la culpa que esté así? —le reclamó Mark, poniéndose de pie como activado por un resorte. Tal vez sí estaba bebiendo demasiada cafeína. Se sentía tembloroso y le estaba doliendo la cabeza.

—Yo solamente estoy aquí supervisando.

—Sí, claro, como si no tuvieras nada que ver con mi aprisionamiento en este mundo al revés —gruñó Mark.

—Te lo dije antes: esto es lo que tú elegiste. No de manera consciente, ni de forma lógica y racional como siempre tomas tus decisiones, sino por lo que pide tu corazón.

—Ya hice lo que se esperaba de mí. Me he portado ejemplarmente en esa supuesta "familia" mía. ¿No debería ser suficiente? ¿No he pagado ya mis "pecados" o lo que sea?

—Ah, ése es el problema. Lo ves como un castigo, no como una oportunidad. No te has involucrado de verdad con tu familia ni has sacado los sentimientos que tienes reprimidos. Te sigues aferrando a la lógica, y eso no te va a funcionar aquí.

—¡Al diablo con esas estupideces! ¡Quiero irme! ¡Quiero irme ahora!

—Tus berrinches no te servirán de nada.

—¡Déjame volver, maldita sea! —le gritó Mark enfurecido y lo tomó de la camisa.

Jeremiah simplemente negó lentamente con la cabeza y se llevó la mano hacia la cintura.

—¡Mark! ¿Estás loco? ¿Qué es eso de que atacaste a un policía? —lo regañó Chris un par de horas después cuando lo sacó de la cárcel.

Mark se frotó las muñecas. El maldito de Jeremiah había apretado demasiado las esposas.

—Me quería multar por algo que no hice.

—Mark, eres un billonario. ¿Tanto te cuesta pagar una mísera infracción?

—Es cuestión de principios —espetó Mark.

—Pues tus principios van a causar un serio problema si alguien reporta la noticia en internet.

Mark gruñó y siguió caminando rumbo al auto de Chris. El suyo se había quedado cerca de la tienda de comestibles.

—Que nadie se entere, por favor.

—Eso intentaré, pero si alguien tomó fotos para vendérselas a los paparazzi, estarás en problemas.

Mark se frotó los ojos y entró en el auto. El dolor de cabeza persistía, y ahora también le dolía el cuerpo.

Permanecieron en silencio el resto del camino. Mark notó que no iban a Facebook y le preguntó a Chris a dónde lo llevaba.

—A tu casa, no estás en condiciones de ir a las oficinas. No quiero que haya algún escándalo allá si la prensa se entera y los reporteros van a buscarte. Lo mejor será que te quedes fuera del radar por un par de días. Ya le informé a Eduardo y te está esperando.

—¿Le dijiste a Eduardo?

—Por supuesto que sí, ya que tú no lo hiciste. Tiene derecho a saber en qué anda metido su esposo. Además, debía saberlo por si alguien de la prensa le preguntaba algo.

Mark se dio de topes contra el tablero de control. Solo logró que le doliera más la cabeza.

Al llegar a su casa, Mark intentó escabullirse a su estudio sin que nadie lo viera, pero Eduardo lo interceptó a medio camino.

—¡Mark! Chris me dijo que te arrestaron. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? —dijo tocándole el rostro con preocupación, como buscando heridas.

—Sí, estoy bien. Sólo fue un problema con una multa.

—¿Por eso te arrestaron? ¿Qué hiciste?

—¡No hice nada! ¡Deja de cuestionarme! —le gritó Mark y le dio un manotazo para que dejara de tocarlo.

Eduardo lo miró con una expresión de dolor que Mark no pudo soportar. Dio la media vuelta y salió a la calle. Ignoró los gritos de Eduardo que le decía que volviera, paró un taxi para que lo llevara a donde estaba su auto, cerca de la tienda de comestibles. Después manejó hasta las oficinas de Facebook donde hizo caso omiso de las miradas de todos y de Chris que le decía que se detuviera, se encerró en su oficina, bajó las persianas, tomó sus audífonos y se sumergió en el infinito mar de código de Facebook.

Mark duró un día y medio atrancado a piedra y lodo en su oficina, aislado por completo del mundo exterior. Tenía ahí todo lo que necesitaba pues encontró en un cajón bajo de su escritorio Red Bull, agua, jugos, barras de granola y hasta una manzana. Por suerte era el presidente de la empresa y eso le daba el derecho de tener un baño adyacente. Mark no quería tener que recurrir a orinar en botellas como había llegado a hacer en sus peores (¿o mejores?) momentos de la universidad cuando estaba tan metido en su proyecto que no quería ir al baño por miedo a olvidar lo que estaba programando.

Al segundo día, Mark despertó sintiéndose terriblemente mareado, con medio teclado incrustado en la cara. Movió el ratón para que se reactivara a la computadora y entró a Facebook por puro hábito. Aún medio dormido y viendo todo borroso, dio click en su perfil y luego en su álbum de fotos. Se encontró con las caras sonrientes de Ally y Eduardo.

Oh. Eduardo.

En contraste, la cara de Eduardo decepcionado y herido le vino de inmediato a la mente. Y lo recordó: era exactamente la misma expresión que había visto en el durante la demanda. El enojo contenido. Los labios apretados en una eterna mueca de disgusto. No. Mierda. No. Lo estaba haciendo de nuevo. Ni siquiera en una dimensión paralela podía evitar echarlo todo a perder.

Un fuerte toquido en la puerta lo sacó de sus cavilaciones.

—¡Mark, ha sido suficiente, vamos a entrar! —gritó la voz de Chris.

Acto seguido escuchó el sonido de un taladro, los goznes de la puerta se aflojaron y Dustin y Eduardo la quitaron de su marco.

—¡Wardo! —lo llamó Mark en cuanto lo vio.

Eduardo levantó la vista y miró a Mark con el ceño fruncido.

Ahí estaba de nuevo esa expresión. Mark sintió que se derrumbaba. Era demasiado tarde.

—¡Wardo! ¡Lo siento! ¡Lo siento de verdad! —Mark se puso de pie con paso incierto y caminó hacia su esposo—. ¡No quería dejarte fuera de la empresa!

—¿Mark? —el enojo dio paso a la preocupación en el rostro de Eduardo.

—Lo siento, Wardo, lo siento —siguió balbuceando Mark

—Mark, estás ardiendo en fiebre —dijo Eduardo, tocándole la frente.

—Wardo, perdóname, lo arruiné todo otra vez —sollozó Mark.

—Está bien, está bien, cálmate, Mark —dijo Eduardo y lo abrazó con fuerza—. Necesitas dormir, vamos a casa.

Con la mano firme en la cintura, lo ayudó a caminar hacia el auto. Por suerte era temprano en la mañana y aun no habían llegado los empleados. Mark no necesitaba que todo el mundo lo viera así para añadir humillación pública a su mortificación.

Al llegar a casa, Eduardo le preparó a Mark un baño caliente en la tina, lo ayudó a lavarse y secarse con cuidado. Después llamó al doctor, quien luego de revisar a Mark diagnosticó que era sólo un resfriado mal cuidado. Recomendó algunos analgésicos, descanso y muchos líquidos.

Eduardo cocinó un caldo ligero de pollo con verduras y se lo dio a Mark, quien estaba famélico y lo tomó sin rechistar, sintiéndose mejor al instante cuando el líquido caliente llenó su casi vacío estómago.

—Ahora descansa, te hace falta —dijo Eduardo después de retirar el plato y arropar a Mark.

—Quédate conmigo —dijo Mark y le jaló la camisa para impedir que se fuera.

Eduardo sonrió y asintió. Se quitó los zapatos y se acostó junto a Mark. Le acarició el cabello, enredando los dedos en sus rizos, y cantó bajito en portugués hasta que Mark se durmió reconfortado en la cercanía de Eduardo.

Mark despertó cerca del mediodía solo en la cama. De inmediato se sintió presa del pánico.

—¿Wardo? —lo llamó con voz temblorosa.

Un momento después, Eduardo entró por la puerta, sonriendo, y Mark suspiró aliviado.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor —dijo Mark.

—¿Dormiste bien? Estabas quejándote en sueños. Mencionabas algo de una demanda. ¿Estás haciendo enojar a Google de nuevo? —dijo Eduardo medio en broma.

—Me acordaba de cuando me demandaste —dijo Mark sin pensar bien en lo que decía, su mente estaba sumida en una confusa niebla.

—¿Qué? —Eduardo le llevó la mano a la frente y lo tocó—. Mark, todavía tienes fiebre. ¿Cuándo te demandé?

—Cuando te saqué de Facebook.

—Mark, no te demandé. Te dije que lo haría, pero no pude.

—¿Por qué? Me lo merecía. Me comporté como un idiota.

—Porque te disculpaste —dijo Eduardo acomodándole las mantas—. Fuiste a verme arrepentido y me pediste que me quedara tu lado. Me dijiste que me necesitabas, me regresaste mi porcentaje y no pude negarme.

Una disculpa. Algo tan fácil como eso y Mark no había podido hacerlo. Por su maldito orgullo había perdido a Eduardo para siempre.

—Wardo, yo lo s…

—Shhh. Está bien, ya todo pasó. Ahora duerme, la fiebre te tiene confundidas las ideas.

Mark permaneció en cama un par de días. Ese tiempo de reposo le sirvió para meditar sobre su situación actual. Se dio cuenta que se había topado con una pared que no quería derribar. Sí, estaba "atrapado" en esa vida, pero tampoco quería destruirla para escapar de ella. Era fácil evitar todo y fingir que no le importaba cuando su realidad actual era tan perfecta. Pero ahora que había sido confrontado con la posibilidad de lo que podía suceder si su comportamiento orgulloso persistía, ya no le gustaba.

Tuvo que admitir que, a pesar de lo mucho que se había quejado, le agradaba estar en ese otro mundo. No le parecía bien que Jeremiah se lo hubiera impuesto, pero ya no podía negar que se alegraba de estar en paz con Eduardo, de ver su cara sonriente en la mañana en lugar del gesto de agravio que tenía en su dimensión cada que se lo topaba en algún evento. También era agradable regresar a una casa llena de vida y no a un departamento vacío. Ally y David eran unos niños muy lindos, y eso que él no era afecto a los niños en general. Realmente se sentía contento cuando Ally lo abrazaba y cuando David le dedicaba una sonrisa sin dientes cuando lo cargaba.

Mark jugó con el anillo en su dedo y sonrió levemente. Sí era un regalo después de todo.

—¡Mark, ya me voy! Se supone que es una cita breve para conocer a los creadores de esta nueva aplicación, pero ya sabes que a veces se extienden demasiado.

—De acuerdo —gritó Mark desde el estudio. Eduardo por fin lo había dejado salir de la cama y Mark había ido derechito a ver cómo iba la última actualización de Facebook. Resultó que hacía su mejor trabajo cuando no estaba en sus cinco sentidos: Dustin le informó que todo corría sin problemas.

—James me habló para decirme que se enfermó y no podrá venir hoy a cocinar. Ordena algo para cenar.

—Está bien. ¿Pido también para ti?

—Sí, solamente vamos a tomar unas copas y unos bocadillos. Vendré a cenar, pero no estoy seguro de la hora. Empiecen sin mí. Tengo antojo de algo griego, a Ally también le gustan las brochetas que preparan en Stavros.

—Ok, anotado.

—Nos vemos en unas horas —dijo Eduardo entrando en el estudio. Se acercó a Mark y le dio un beso rápido en la mejilla.

Mark se quedó solo un rato, revisando algo de código nuevo, hasta que escuchó la puerta abrirse y las voces de Ally y Becky. Venían de la clase de gimnasia de la niña.

—¿Pai? —llamó Ally.

—Salió a una junta de negocios, volverá para la cena —respondió Mark.

—Hola, Mark —lo saludó la niñera entrando en el estudio—. Aquí te traigo a tu pequeña gimnasta.

—Gracias, Becky, nos vemos mañana.

Becky se despidió y se fue.

Mark siguió metido en su programación hasta que sintió a Ally colgarse de su silla.

—No me quiero bañar —dijo la niña.

—Pues no te bañes —respondió Mark sin quitar la vista de la pantalla.

—¡Yupi! —dijo la niña y salió corriendo. Mark escuchó el sonido de la televisión y los ladridos de Beast. Continuó con su trabajo hasta que David comenzó a llorar.

Mark entró en la habitación del bebé y lo miró con nerviosismo. Hasta el momento no le había tocado lidiar con el llanto del pequeño, Eduardo era quien se había estado ocupando de eso.

"Mark, eres un genio. Si pudiste programar el sitio más popular de internet, puedes lidiar con un bebé llorón". Se dio ánimos y comenzó a revisar a David.

Mark sabía que el niño no tenía hambre. Eduardo le había dado de comer antes de irse. Tampoco estaba enfermo, o él lo habría notado. No se sentía caliente ni frío, su temperatura era normal. Solamente quedaba una opción: tenía el pañal sucio. Lo revisó y comprobó que así era.

Levantó al niño con cuidado y lo colocó en el cambiador. Le quitó el pañal y tuvo que contenerse las ganas de vomitar. ¿Cómo era posible que algo tan pequeño pudiera hacer tanto? Hizo bolas el pañal sucio y lo aventó al cesto de la basura. Bien, lo más difícil había pasado. Tomó una toallita húmeda y limpió el trasero del bebé.

Ally entró de repente a la habitación y lo observó con curiosidad mientras intentaba ponerle el pañal a un muy inquieto David que había dejado de llorar y había decidido que era un buen momento para hacer ejercicio al desnudo. Movía las piernas y brazos entusiasmado mientras balbuceaba. Mark se sentía totalmente perdido, sin saber cómo comenzar a ponerle el pañal sin que se pegara de forma incorrecta o no se quedara en su lugar. En el tercer intento de ponerle el pañal, Ally lo miró fijamente y dijo:

—Te has estado portando raro. Tú no eres mi papi. ¿Verdad?

Mark se quedó frío sin saber qué decir. Intentó pensar en excusas, pero no se le ocurrió ninguna.

—No, no lo soy —admitió por fin Mark.

—¿Él está bien? —preguntó Ally bajito.

—Sí, tenía algo que hacer y me pidió que viniera en su lugar para que no lo extrañaran mucho.

Por primera vez, Mark pensó en su contraparte que pertenecía a ese mundo. ¿Qué habría pasado con él? Si ambas dimensiones existían al mismo tiempo, ¿el otro Mark estaría en su mundo? ¿Qué habría sentido al encontrarse con que allá no tenía familia y Eduardo lo odiaba? No le gustaría estar en su lugar. Le había tocado la mejor parte del cambio.

—Pero no le digas nada a Wardo, no quisiera preocuparlo. Será nuestro secreto. ¿De acuerdo?

Ally asintió.

—Bien. Y te agradecería si pudieras ayudarme. No sé muchas cosas que tu papá hacía.

—Él empezaba fijando el pañal del otro lado.

—Oh, gracias.

Ally sonrió y le enseñó el resto del complejo proceso de cambiar un pañal y no morir en el intento.

Esa noche, cuando Eduardo regresó, se encontró a Mark y Ally cenando en el comedor. David estaba en su sillita alta y Mark le daba puré de pera. Ally aprovechaba su distracción para pasarle a Beast trozos de brocheta por debajo de la mesa. También intentó darle sus verduras, pero al perrito no le hicieron mucha gracia y los dejó regados por todo el suelo después de lamerles el jugo de la carne. Eduardo sonrió y se sentó a comer, feliz de estar en casa.

Mark pensó que en realidad no era tan malo que Ally supiera la verdad sobre su identidad, así podía proporcionarle información sobre la rutina diaria de la familia para no parecer sospechoso y preocupar a Eduardo. Ya bastante lo había angustiado con su comportamiento de días pasados.

El Mark de ese mundo no se la vivía conectado a una computadora. Tenía un horario razonable y sólo se quedaba hasta tarde en las oficinas de Facebook cuando había una emergencia. Mantenía en balance su vida laboral y familiar. Ayudaba a cuidar a sus hijos en los días que no iba la niñera y le llevaba un ramo de rosas rojas a Eduardo una vez por semana.

Esos y más detalles valiosos le decía Ally, aunque a veces la niña se quería aprovechar de la situación:

—De verdad, mi papi me iba a comprar un poni y lo íbamos a tener en el jardín —le dijo con su mejor cara de inocencia un día que fueron a una exhibición de caballos.

—No sé por qué no te creo —le contestó Mark intentando mostrarse severo, aunque encontraba divertido el comportamiento de Ally, era bastante astuta para su edad, se parecía a él.

—Ay, pero Mark —protestó la niña haciendo un puchero.

—¿Qué te parece si mejor te compro un helado de chocolate?

—Pero que sea doble.

—Es un trato —dijo Mark y le extendió la mano. La niña se la estrechó y sonrió.

—Pai, Mark me va a llevar por un helado —le dijo Ally a Eduardo, quien estaba viendo una demostración de equitación.

—Bien, aquí los espero —contestó.

Después, cuando regresaron a casa con un peluche de poni y un par de globos, Mark cargó a una somnolienta Ally a su habitación para arroparla.

—Buenas noches, Mark —dijo la niña antes de dormirse.

—Buenas noches, Ally, que descanses.

Eduardo los observaba desde la puerta. Cuando Mark salió del cuarto, le preguntó:

—¿Por qué te dice Mark? No recuerdo que lo hiciera antes. Siempre te había llamado papi, o papá cuando estaba enojada.

—No lo sé, tal vez sea una etapa, algo pasajero —respondió por toda explicación.

—Es extraño. Pareciera que quiere poner distancia entre ustedes. Si comienza a llamarme también por mi nombre, creo que tendremos que hablar con ella.

Mark asintió y entró al baño. Mientras se cepillaba los dientes, pensó que era verdad lo que decía Eduardo. Ally se había distanciado de él porque no lo consideraba su padre. Tenía razón, porque no lo era, pero Mark no pudo evitar sentirse incómodo al recordar que estaba con tiempo prestado en una familia prestada. Mark se encogió de hombros y pensó que al menos la niña estaba de su lado y no en su contra. Era una aliada que le daba información valiosa

El único problema con Ally era que sólo le daba dichos datos cuando le hacía preguntas específicas. Mark pensó que a los cuatro años de edad ya era lo suficientemente mayor como para advertirle con anticipación de los eventos importantes que venían. Como le ocurrió un par de días después por la mañana cuando apenas abrió los ojos sintió a Eduardo brincarle encima.

—¡Feliz aniversario! —exclamó Eduardo y lo besó con entusiasmo.

—¿Q.. qué?

—No puedo creer que este año no me descubrieras —dijo Eduardo y le entregó un regalo hermosamente envuelto—. O me estoy volviendo muy bueno, o la edad te está comenzando a pesar. Ábrelo —lo animó.

Mark desenvolvió la caja y se encontró con una primera edición del año 1725 de los libros de la Ilíada y la Odisea traducidos por Alexander Pope. Hacía mucho que quería tenerlos y no había podido encontrarlos.

—Son hermosos, gracias, Wardo —dijo Mark y le dio un beso a su esposo.

Eduardo lo miró con ojos expectantes.

—Tu regalo…. No lo tengo aquí, porque no es algo que se pueda transportar —se excusó Mark, pensando lo más rápido que pudo—. Lo preparé para el fin de semana.

—Oh, Mark, no me digas que es algo como la expedición con el cazador de tornados que organizaste para nuestro segundo aniversario.

—¿Te divertiste? —dijo Mark más en tono de pregunta que de afirmación.

Eduardo no notó la duda en su voz y asintió.

—Sabes que sí. Pero no es conveniente repetir una experiencia de ese tipo. No mientras tengamos a dos niños pequeños que pueden quedar huérfanos.

—No te preocupes, es algo totalmente diferente y seguro que te encantará —dijo Mark con total confianza mientras su mente corría a mil por segundo.

—Ally, se supone que tú me debes informar de estas cosas —le reclamó Mark a la niña por la tarde cuando daban un paseo por el parque con David y Beast.

—Yo ni siquiera había nacido cuando se casaron. No me puedo acordar de algo así —replicó Ally.

—Está bien, está bien. Ayúdame a pensar qué le puedo dar que sea único y especial y que esté listo para el fin de semana.

—Los helados me ayudan a pensar —dijo la niña con total inocencia señalando un carrito de paletas y helados.

Mark puso los ojos en blanco pero compró un cono de fresas con crema para Ally y otro de nueces para él.

Los dos se sentaron en una banca a comerse sus helados y discutir diferentes ideas.

—A pai le gusta la feijoada.

—No le puedo regalar una olla de feijoada. Y tampoco sé cómo cocinarla. ¿Qué más le gusta?

—La metero… meterolo…. El clima.

—Ya celebramos una vez yendo a cazar tornados, no puedo repetirlo —dijo Mark

—También le gusta el cielo. Hemos ido juntos al planetario.

—Eso tiene potencial —concedió Mark. Le dio una última mordida a su barquillo y sacó su teléfono para buscar información de algo que pudiera hacer relacionado con los astros. Encontró una nota de una lluvia de estrellas que caería el fin de semana. Sería romántico verla juntos, en un lugar donde se apreciaran bien. Mark sonrió satisfecho. Ya lo tenía.

—Mark, ¿falta mucho?

—Ya casi llegamos, sólo camina un poco más y estaremos ahí.

—Me has tenido vendado desde que salimos de casa.

—Ya llegamos —dijo Mark y le quitó la venda.

Eduardo abrió los ojos y se encontró frente a la Torre Hoover de la universidad de Stanford, hermosamente iluminada con reflectores de luces rojas que la hacían destacar aún más contra el cielo nocturno despejado.

—¿Me vas a regalar la torre? —preguntó Eduardo con asombro.

—No exactamente —respondió Mark. Sacó su celular y mandó un mensaje. Un momento después, el carrillón de la torre comenzó a tocar. En lugar de su melodía usual, las campanas entonaban alegremente la tonada de "A Thousand Years" de Christina Perri.

—Oh, Dios, Mark —dijo Eduardo sonrojándose, pero visiblemente feliz.

Mark le había robado su iPod a Eduardo para ver qué canciones le gustaban. Entre las más escuchadas estaba esa que había elegido. Al parecer fue una buena decisión porque Wardo se veía complacido y cantaba bajito la letra. Mark tomó nota mental de contratar a la cantante para otra ocasión.

Cuando terminó el concierto, Eduardo tomó de la mano a Mark y lo besó apasionadamente.

— Mark, eso fue hermoso.

—Aun no hemos terminado —dijo Mark y llevó a Eduardo arriba, hasta la plataforma de observación de la torre.

A 76 metros de altura, tenían una hermosa vista del campus de Standford y hasta se alcanzaba a vislumbrar en la lejanía un poco de San Francisco. En el espacio que generalmente albergaba a turistas y estudiantes, estaba puesta una elegante mesa de manteles largos, con un hermoso centro de mesa de flores y varias velas encendidas. En el otro extremo de la habitación, cerca de uno de los ventanales, había un cómodo sillón de terciopelo rojo y una mesa baja que igualmente estaba cubierta con flores y velas.

Mark le retiró la silla a Eduardo para que tomara asiento y luego hizo lo propio. El servicio de mesero y cocinero que había contratado para la ocasión comenzaron a atenderlos. Les sirvieron champaña y comenzaron a desfilar exquisitos platillos de sopas de setas, cordero asado y ensalada de ruibarbo. Platicaron animadamente durante toda la cena de diferentes temas banales con el suave sonido de un cuarteto de cuerdas de fondo. Cuando llegaron al postre (pastel volcán de chocolate con frambuesas), las personas del servicio y los músicos se retiraron y los dejaron solos.

—No sabía que rentaban este lugar para eventos —dijo Eduardo llevándose a la boca una generosa porción de pastel.

—No lo hacen.

—¿Entonces?

—Digamos que es de utilidad ser multimillonario. Y conocer gente con influencias.

—Chris te ayudó.

—Sus vacaciones anuales ahora son más largas que las mías.

—Gracias, Mark, fue una velada encantadora —dijo Eduardo y se inclinó para darle un beso.

—Todavía queda algo más. Ven. —Dijo Mark y lo llevó hasta el sillón. Eduardo lo miró intrigado, pero lo siguió sin rechistar.

Mark prendió un iPod que estaba conectado a unas bocinas y seleccionó una lista compuesta por melodías instrumentales suaves y tranquilas. Luego apagó la luz para quedar solamente alumbrados por el tibio y oscilante resplandor de las velas. Sirvió más champaña en las copas ya vacías y se sentó junto a su esposo.

La lluvia de estrellas comenzó y si bien era cierto que la ciudad no era el lugar ideal para apreciar en todo su esplendor un evento de ese tipo, la altura a la que estaban les daba una perspectiva interesante.

Mark y Eduardo se besaron y luego se tomaron de las manos y admiraron en silencio el cielo salpicado de lentejuelas plateadas itinerantes.