La muerte se respiraba en aquel lugar. Él la sentía, la olía, la saboreaba, él era la muerte y sus ojos hielo y sombras.

Los graznidos de sus cuervos lo acompañaban, murmurándole al oído en la lengua extraña de los asesinos. Él acariciaba algunos, dormía con otros y conversaba con algunos tantos, sintiéndose como el espíritu del bosque encantado, la presencia fantasmagórica de la nieve. No tenía aliento que flotara frente a su rostro, tampoco deseos de comer ni dormir. Solo un gran alce que trasladaba su peso, tan sereno como el gemido de una mujer.

-Y el chico.

Su fiera lo aborrecía. Sus amigos tampoco le tenían confianza, sentía la mirada recelosa de aquel hombre verde, el que poseía la vista mágica. Pero el muchacho pelirrojo tenía unos ojos brillantes que poseían la curiosidad que a los demás les faltaba. Qué daría por encontrar el calor en su cuerpecito de niño, un calor ya olvidado, uno que dejó de sentir cuando... cuando...

-Querías verme. –Su voz sonaba amortiguada por la fina tela que le cubría el rostro. Sin esperar respuesta, fijando los ojos en Bran Stark, le dio un tirón a aquella bufanda negra, tan negra como sus vestiduras y aquellas manos hechas de roca y frío. El muchacho abrió la boca cuando lo vio, totalmente sorprendido, y dejó escapar solo una palabra.

-¿Tío?