Cuando llego a su casa, y luego de despedir al chofer, caminó hasta la puerta, pero antes de poner la llave en la cerradura, ésta se abrió sola. Atónita, la artista observó como una figura se asomaba.

—Bienvenida a casa, señorita Layla —dijo una voz suave, permitiéndole la entrada—. Ya prepare su habitación.

—Oh… gracias —susurró aun sorprendida—. ¿Podrías decirme qué haces aquí, Macuare? ¿No deberías estar ensayando con Cathy? —preguntó cuando la asistente cerró la puerta.

—Sí, debería, pero nos dieron unos meses de vacaciones para que cambien todo y busquen los materiales para la obra —respondió ella.

—¿Unos días? ¿Unos meses? ¿Cuántos? —preguntó la ojiceleste con los brazos cruzados, sabiendo la respuesta.

—Creo que dieron tiempo hasta que vuelvas, mientras tanto… descansó de todo el elenco, incluyéndome.

—Ya veo. Cathy se salió con la suya al final —se llevó una mano al mentón y miró al costado en posición pensativa—. Bueno, todos ganamos.

—Señorita seguro está cansada por el viaje, ¿quiere que le prepare algo?

—No, gracias Macquarie, es todo por hoy —miró el reloj pulsera que marcaba las ocho y media de la noche—. Me baño y me voy a acostar.

—Entendido. Que descanse señorita —saludó mientras salía del Hall.

—Gracias, igualmente.

Subió las escaleras y entró en su habitación. En la puerta, se quedo mirando lo grande que era. Luego se dirigió al baño y abrió la ducha. Cuando terminó se puso el camisón y se tiró en la cama, relajándose inmediatamente.

—Qué bien se siente acostarse después de un día caluroso con el viaje —susurró, cerrando los ojos con cansancio.

En su mente, la propuesta de su padre, el control médico y tantas cosas, seguían desfilando hasta que el sopor se adueño de ella y quedó completamente dormida.