Hace 1600 años.

Plano Mendoyo.

Nisha sopló hacia arriba para apartarse un mechón de pelo del rostro y cerró los ojos un segundo en un intento fallido para llevar a su mente a un lugar lejos de aquel infierno. Algo que nunca conseguía por mucho que lo intentara. El talón del pie le picaba horrores. Intentó rascarse con la fría losa de mármol y siseó de dolor cuando la espada que tenía clavada en el muslo le cortó la piel.

Si estaba en esa situación era única y exclusivamente culpa suya. Había querido demostrar a su padre que ya no era una niña. Desde que su madre había muerto a mano de los vampiros y a ella la habían herido de gravedad siendo aun mortal, le había prohibido luchar o coger una espada. La había tenido en un pedestal durante años, evitando que se hiciese el menor daño.

Como valquiria que era, había ansiado la libertad de la que su padre la privó. Ahora estaba presa. Tras haber conseguido la inmortalidad a los veintidós años, se había escapado de la aldea en la que había crecido para poder ver mundo.

Conoció a un demonio de fuego que le pareció encantador, hasta que él vio en ella a su compañera y cuando intentó huir, éste le transportó a la fuerza a algún lugar de su reino. Rotard había resultado ser el príncipe de los demonios de fuego. El heredero al trono. A pesar de su gran fuerza otorgada por su madre, una licántropa y su gran velocidad de valquiria, no había sido rival para un demonio de quinientos años entrenado.

Ya no recordaba cuantos años llevaba encerrada en aquellas catacumbas. Podías ser diez o cien. Como valquiria, había heredado las características de sus padres, de sus padres los Dioses y de su madre inmortal. Su bestia interna rugía cada día e intentaba desesperada, matar a cualquiera que se le pusiera al alcance. Por eso permanecía encadenada a aquel altar de mármol. Completamente desnuda, con un grillete en cada extremidad cuyas cadenas habían sido clavadas a la losa para evitar que pudiera moverse. De hecho, se aseguraban de que Nisha no pudiese mover ni un músculo pues le habían clavado una espada en el hombro, a tanta profundidad que solo la empuñadura quedaba a la vista. Otras dos espadas atravesaban su cuerpo de la misma manera en ambos muslos. Para evitar que pudiera cerrar las piernas cuando al príncipe le apetecía bajar a jugar.

El primer día de su encierro le exigió que dijera la frase que la convertiría en su esposa. Cuando ella le escupió a la cara, la torturó durante horas. Cuando acabó con ella aquel día apenas tenía fuerzas para hablar, pero aun así le dijo con la voz ronca de tanto gritar.

-Te arrepentirás de esto, bastardo. Mi padre me encontrará, entonces, desearás estar muerto.

Apenas pudo verle a través de sus ojos hinchados y ensangrentados, pero su carcajada resonó por toda la caverna.

-¿Crees que me asusta un Dios que apenas tiene poder para levantarse de su letargo, valquiria? –Ella sonrió ante esa respuesta.

-No hablo de mi padre biológico, escoria. Puedes llamarlo padrastro si lo prefieres. ¿Has oído hablar del berserker Damian el Conquistador? Yo que tu rezaría a algún Dios para que no venga con mi hermano.

Las risas del demonio cesaron en ese momento. Su padre era el berserker más temido. Había conquistado cientos de aldeas aun siendo mortal. Su espada no había tenido rival y aun menos tras convertirse en inmortal. Su hermano, un había heredado las dos bestias de sus progenitores, el oso del berserker y el lobo del licántropo. Cuando cedía ante ambas, su fuerza no tenía parangón.

-Jamás encontrarán ente lugar. Eso te lo puedo asegurar.

Ya no recordaba cuanto había pasado desde aquel día. Sabía que su padre la estaba buscando. No les unían lazos de sangre, pero era él quien la había criado y amado. Su hermano y ella siempre habían estado muy unidos. Sabía que la estaban buscando y que tarde o temprano la encontraría.

Desde aquel día, el demonio bajaba a las catacumbas la torturaba y jugaba con ella durante horas. Ya no sabía ni de cuantas formas y cuantas herramientas la habían torturado. Cada vez que intentaba escapar la torturaban con más violencia. Cuando terminaba con ella, le hacía la misma pregunta de siempre.

-¿Vas a decir la frase y convertirte en mi esposa?

Nisha como respuesta le escupía la sangre que se le acumulaba en la boca tras las torturas y los golpes.

Dio un sonoro suspiro. Ahora esa zona de la cueva estaba vacía, solo estaba ella. La única luz que había era una pequeña antorcha que ardía incesante en la pared que había detrás de su cabeza. Aquella zona de la cueva era casi redonda, con una sola salida o entrada que había a su derecha.

Una vez había conseguido arrastrase hasta el final de esa sección de las cuevas. Terminaba en un barranco que tenía al menos treinta metros de altura. Por desgracia la habían descubierto antes de que pudiese saltar por él y le habían hecho pagar muy caro su osadía.

Las paredes de la caverna temblaron tras el sonido de una explosión. Pequeños trozos de piedra y polvo cayeron sobre Nisha. A esa explosión le siguió otra y después otra más. Un grito de guerra resonó por toda la cueva. Padre…. La habían encontrado, por fin venían por ella. A la llamada de su padre le siguió la de su hermano, más fiera que la anterior.

-¡Padre! ¡Lyan! –Gritó e intentó incorporarse pero las espadas le cortaron la piel.

-¡Nis!

Escuchó la llamada de su hermano seguida de más explosiones. Estaban siendo atacados por los demonios de fuego. Tenía que salir de ahí, tenía que ayudarles. Tiró con fuerza del brazo que no tenía atrapado bajo una espada. Ignoró el dolor del otro hombro apretando con fuerza los dientes. Si su familia oía sus gritos podrían desconcertarse.

Se le iluminaron los ojos cuando notó que la cadena cedía unos milímetros. La zona se llenó de polvo blanco cuando consiguió soltar el clavo. No se permitió alegrarse todavía le quedaba la parte más difícil. El sonido de la batalla se iba acercando más y más. Tenía que darse prisa.

Con la mano libre sujetó la empuñadura de la espalda del hombro y tiró hacia arriba. Se le escapó un gemido de dolor pero la espada no se movió ni un centímetro. El sonido del metal chocando contra el metal llegó a sus oídos. Mierda.

Sujetó la cadena del otro brazo y tiró hasta que de nuevo la cadena cedió, volviendo a expulsar polvo.

-¡Nis! –La voz de su padre la instó a que fuera más rápido.

Sujetó la empuñadora de la espada con la mano y liberando parte de la bestia, tiró de la empuñadura hacía la derecha mientras tiraba de su cuerpo a la izquierda. Un grito de dolor escapó de sus labios mientras el metal cortaba el hueso que se había formado a su alrededor. Cortó tendones, músculo y piel pero consiguió liberar el brazo.

Su hermano respondió a su dolor con un grito de angustia.

Nisha se incorporó como pudo. El brazo le colgaba completamente laxo, sujeto únicamente por algunos tendones. Se miro las piernas. Solo quedaba un último esfuerzo.

Primero, sujetó con fuerza la cadena que unía la pierna derecha a la losa y tiró con fuerza hasta que el clavo cedió. Se giró y se ocupó de la otra cadena, antes de que la pérdida de sangre la dejara sin fuerza suficiente para poder soltarse.

Cuando se vio libre de los clavos que la sujetaban al mármol, observó las espadas de los muslos. La bestia de su interior rugía ante la idea de ser libre al fin.

Las explosiones y los gritos de muerte estaban cada vez más cerca. Agarró la empuñadura de uno de sus muslos y tiro de ella mientras empujaba su cuerpo en la dirección contraria. El dolor la atravesó pero apenas le prestó atención. Apretó los dientes con fuerza. Casi era libre, Tengo que darme prisa, el muslo y el brazo le sangraban profusamente y se empezaba a marear. Se agarró a la última espada y repitió la acción. En esta ocasión necesitó parte de la fuerza de la bestia, le habían atravesado el hueso al clavarla y éste se había regenerado a su alrededor.

-¡Nisha, hermana!- Se hermano la llamada, seguro que había olido su sangre.

Se bajo del altar de mármol y cayó al suelo. Había desgarrado demasiados tendones de las piernas y estas no le sostenían.

Con el único brazo útil que le quedaba se arrastró por el suelo. El ruido de las cadenas, que aun tenía enganchadas en las extremidades, rozando la fría piedra inundó la caverna. Casi he llegado, apenas le faltaban unos metros para llegar al borde.

La vista se le empezó a nublar y todo se llenó de puntos negros. Miró hacia atrás y vio el reguero de sangre que dejaba su cuerpo. Se había rasgado alguna arteria. Iba a perder el conocimiento de un momento a otro.

Llegó al borde y acantilado y observó la lucha que se había formado abajo. Su padre llevado por la ira del berserker rebanaba las cabezas de los demonios que se le ponían al alcance sin cesar. Llevaba dos espadas y tenía quemaduras en el pecho y en los brazos.

Su hermano, luchaba con una sola espada mientras que con la otra usaba el látigo para evitar que los demonios se teletransportaran.

Observó como los demonios se rendían, se teletransportaban y no volvían a aparecer. Huían con el rabo entre las piernas.

-¡Lyan! –Le gritó a su hermano.

Ambos levantaron la mirada hasta su posición.

-Ve a por ella. –Le dijo su padre a Lyan.

Su hermano corrió hacia la pared del acantilado y ella se arrastró un poco más, haciendo que su cuerpo se precipitaba al vacio. Cayó durante varios segundos, Libre, por fin. Los ojos se le llenaron de lágrimas, hasta que la caída cesó con un golpe seco y el dolor la atravesó con una fuerza demoledora.

Levantó la mirada y se encontró con los ojos azules de la bestia de su hermano. Alzó la mano del brazo sano y la cadena fría le rozó el cuerpo. Acarició el rostro de Lyan para asegurarse de que no era su imaginación, sus dedos dejaron un rostro de sangre en las mejillas de su hermano.

-¿Has venido a por mí? –Le preguntó con apenas un hilo de voz. Ya no veía nada, ya no le quedaba sangre en el cuerpo.

-Siempre hermana, siempre.

Su hermano recorrió su cuerpo con la mirada y en su rostro se reflejó la agonía. Antes de que la inconsciencia, sintió como su hermano echaba a correr con su cuerpo pegado a su pecho y le gritaba a su padre.

-¡Padre, está muy mal!