Hola. No sé si alguna vez os habrá pasado que empezáis un capítulo carente de ideas y le termináis con ganas de escribir la Biblia en verso. He aquí la demostración. Los POV's de Danny siempre me quedan más largos y no entiendo purqué, como diría Mourinho. El caso es que el de Harry es muy *-* (la autora se siente un poco pagada de sí misma al reconocer que le encantó escribir esa parte) y el del pecoso es la cosa más rara y lol que he escrito en mucho tiempo, ya veréis porqué, espero no mataros de un soponcio o algo. Hope you like it!


Capítulo 9.

Harry

Cierro la puerta tras mi espalda y el calor enseguida se vuelve agobiante, pero no se puede esperar otra cosa de una sauna. Después de estar más de tres cuartos de hora mareando a Danny por todo el gimnasio ordenándole qué ejercicios hacer, y riéndome de su torpeza y su vergüenza, he conseguido que me haga caso y entre conmigo en la sauna. Eh, que sé lo que estáis pensando. No soy ningún depravado que quiera hacerle cosas malvadas aquí dentro aprovechando que tenemos la sauna para nosotros solos, aunque la verdad es que por mucho que gritase nadie le oiría... Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que años y años de deporte me han enseñado que después de machacar al cuerpo con sobreesfuerzos, no hay nada mejor que una ducha completamente fría y después unos diez minutos en una sauna, para que la diferencia tan brusca de temperaturas ayude a tu cuerpo a realizar mejor la circulación de la sangre y luego no te duelan todos los músculos por falta de riego.

La verdad es que tampoco he tenido que insistirle mucho. Ha bastado con decirle que yo iba a entrar y que si quería, que me siguiera. Vale, puede que lo haya acompañado de uno de esos alzamientos de cejas tan típicos en mí y que uso de un modo inconsciente (la mayoría de las veces), pero yo no tengo la culpa de que sea tan manipulable. Sólo con mirarle de arriba abajo ya se pone todito colorado y tartamudea como si tuviera quince años. No sabía que con gestos tan simples pudiera tener tan atado a alguien.

Me dejo caer en el banco de madera clara que se encuentra enfrente de la puerta y le indico que haga lo mismo que yo. Según me ha dicho, sólo entró en una sauna en una ocasión y se tuvo que salir a los dos minutos porque se asfixiaba.

- Tienes que hacer esfuerzos y controlar tu respiración- le digo, acomodando la cabeza en el respaldo.- No es como estar en el exterior.

- ¿Desde cuándo hay que esforzarse por respirar?- pregunta molesto y se sienta tan alejado de mí que cabría un luchador de sumo entre nosotros. Creo que está enfadado, pero no puedo saberlo a ciencia cierta porque siempre tiene ese humor tan suyo, tan inglés, y rara vez sonríe o hace bromas. No sé si se debe a esa infelicidad que le rodea o es simplemente su carácter, pero quiero descubrirlo. Ahogo una risita, porque sé que sería rizar el rizo, y dejo pasar unos minutos en silencio, permitiendo que se acostumbre a la densidad del aire. En parte, tiene motivos para estar enfadado conmigo, no he dejado de tomarle el pelo en toda la tarde. Con los ojos cerrados, veo proyectado contra mis párpados, como si se tratase de una película, el suceso en la máquina del abductor. No me juzguéis, es difícil tenerle tan cerca y tratar de dejarle intacto. Le voy a echar la culpa también al hecho de que sea inglés. Los ingleses están hechos de otra pasta, son elegantes en todo lo que hacen, les rodea una especie de aura de arrogancia que sólo tienen los británicos y que a mí, acostumbrado a la camaradería de los californianos, me atrae y me excita al mismo tiempo. - ¿De qué te ríes?

Abro los ojos y los clavo en él. Ha acortado un poco la distancia y se encuentra más cerca de mí. Me mira con el ceño fruncido y el gesto contraído como si tuviera seis años y le hubiera quitado su juguete favorito. ¿Estaba riéndome?

- De nada- murmuro, volviendo a mis pensamientos, pero no le contento. En estos cinco días me he dado cuenta de que es difícil de convencer para algunas cosas y muy fácil para otras. Es tremendamente cabezota y obstinado, no más que yo, pero lo es. - ¿Qué tal lo llevas?

- Parece que estoy en la cima de una montaña- dice, inspirando profundamente y soltando el aire gradualmente.- Creo que tengo que dejar de fumar.

- Crees bien. Seguro que tienes los pulmones negros.

Hace un sonido similar al que emiten los Pous cuando no quieren comer más, algo así como "meh", y ahogo otra risa. También es muy teatral, y está constantemente poniendo voces distintas a la suya. Es gracioso, aunque muy seco. La verdad es que Danny es muy raro.

- ¿Dijiste que tenías un grupo, no?- pregunto de pronto, enlazándolo con mis pensamientos como si él supiera por donde van mis cavilaciones. Veo cómo asiente.- ¿Por qué no cantas algo? No te he escuchado nunca.

- ¿Cantar?- alza una ceja y hace que me recuerde a mí. Sus ojos azules se abren por la sorpresa y le da un aspecto entre inocente y travieso que me incita a saltarle encima, pero me contengo. Me cuesta, más de lo que puedo reconocerme a mí mismo, pero me contengo y asiento de vuelta.- He perdido práctica, y no tengo la voz educada... Hace muchos años que no canto profesionalmente.

- ¿Pero eso no es como montar en bici, que nunca se olvida?

- Sí, pero...

- ¿No quieres que te oiga?- deduzco, mirándole fijamente. Se traba durante unos segundos y mira a todos lados, balbuceando.- Está bien, no puedo obligarte.

- No es que no quiera que me oigas... De hecho puedes buscarme en Youtube cuando quieras, pero cuando el grupo se fue a la mierda se rompió lo único que me hacía sentir que estaba en este mundo por algo, que con nuestras canciones contribuíamos a hacer el mundo un poco menos canalla- no me mira, en ningún momento levanta la mirada de sus manos.- Me prometí a mí mismo que no volvería a cantar porque no sirve para nada. Una maldita canción no va a hacer que desaparezca el hambre del mundo, o que dejen de raptar y violar a niñas en Oriente Medio...

- ¿Y por qué deberías encargarte tú de esas cosas si ni los políticos lo hacen?- doy un pequeño saltito y me acerco a él. Cerca. El uno al lado del otro, como debía ser desde el principio.- No sé cuán conocidos seríais allí, pero la gente no suele escuchar música para que cesen las guerras, o no les suban los impuestos. La música está para distraernos de todo eso, para encontrar un consuelo al llegar de un día de mierda del trabajo, para desahogarnos, para sentirnos identificados... No sé, no tienes por qué ser un nuevo Gandhi, aunque te estés quedando igual de calvo que él.

Rechista. Tenía que añadir un chiste después de ese discurso casi filosófico que le he soltado o me iba a sentir muy ridículo. Pero le veo esbozar una pequeña y casi imperceptible sonrisa cuando alza la cara y me mira. Creo que es la primera vez que le veo sonreír de esa manera. Todas las sonrisas que le ha dedicado a su mujer y que yo he tenido la oportunidad de ver, eran forzadas, no falsas, pero sí irreales. No le salían del corazón, sino del cerebro, como si se esperase de él que eso era lo que tenía que hacer, sonreír, asentir, simular felicidad. Y ese brillo que le atraviesa la mirada al regalarme esa sonrisa de dientes torcidos lleva un componente que no llevaban las anteriores, una especie de esperanza, de ilusión. No quiero echarme flores a mí mismo, pero es mi culpa. Creo que estoy consiguiendo eso que le he dicho esta semana de hacerle feliz, aunque sea matándole a deporte en el gimnasio.

- Yo jamás me pondría una túnica naranja butanero- dice, y no puedo evitar romper en carcajadas.

- Tu sentido de la moda no te lo permite, ¿no?- inquiero, y asiente con un gesto tan digno en su rostro que sólo consigue hacerme reír más alto y más fuerte. ¿Sentido de la moda? No habéis visto cómo se ha anudado la toalla en torno a la cintura, eso no es sentido ni es nada.

Cuando se me calman las risas, y me seco una lágrima imaginaria, le miro de reojo. Ha adoptado la misma postura que yo hace un par de minutos, la cabeza reposada hacia atrás y los ojos cerrados. Al parecer se ha acostumbrado a estar aquí dentro. Tiene la nariz chiquitita, y graciosa, y cubierta de pecas, cómo no. Respira acompasadamente dejando los poros abiertos bajo esa fina capa de sudor producido por el calor que hace aquí dentro, y está un poquito más moreno que cuando le conocí. ¿O debería decir rosa? Le observo, acortando aún más la distancia sin hacer ningún ruido que le ponga sobreaviso y me mire. Hay algo en su brazo izquierdo que me intriga, está lleno de tatuajes que no entiendo pero que estoy seguro que tienen su significado, y no saber cuál es me frustra más de lo que debería. Dije que quería hacerle feliz (lo cuál ya es bastante preocupante), no saberlo todo de él. No necesito saber porqué se tatuó esa mujer en la bola del hombro o porqué de ese reloj de arena encerrado en una jaula. No necesito saber cómo se hizo esa pequeña cicatriz en el puente de la nariz o porqué se muerde las uñas sin parar. No necesito saber porqué fuma con la derecha si es zurdo, porqué no come pescado o porqué odia a los Rolling Stones. Pero si no lo necesito, ¿por qué no puedo evitar morirme por saberlo? ¿Por qué me carcome no tener respuesta a preguntas que ni siquiera debería plantearme? ¿Por qué siento que no es suficiente que me diga que hoy está bien, sino ser yo el que le haga sentirse así? ¿Por qué parezco una maldita adolescente enamorada?

- Harry- murmura de pronto, como si supiera que le estoy observando. Abre un ojo y me mira, supongo que para comprobar que sigo aquí.- ¿Tú crees en el amor eterno?

Habría sido mucho más normal y menos complicado que me preguntara si se puede subir a la luna montado en un cepillo de dientes. Porque la verdad es que nunca me lo he planteado, y este tipo de preguntas no se responden con un sí o un no. Y más que la respuesta, estoy pensando en porqué diablos me ha preguntado eso.

- Pues... no- ¿recordáis que he dicho que no se contenta fácilmente? Me mira inquisitivo como si quisiera una explicación.- Está científicamente demostrado que no existe. Lo que conocemos como amor dura unos cinco años. Cuando se acaba la pasión, una persona se acostumbra a estar con otra y encuentra eso que se llama comodidad, lo cual es muy triste. Así que... no.

- ¿Y no crees que esa comodidad que tú dices es el amor verdadero? Cuando se acaba la pasión, y el sexo, y los juegos y las ganas de hacer locuras. Cuando te asientas con alguien y le aguantas aunque tengas ganas de tirarle por la ventana, le aguantas sólo porque... le quieres- hay algo que me dice que eso es lo que él se esfuerza por creer, su manera de hablar, casi devota. Es como el que se aferra a una existencia suprema para darle sentido a su vida.

- No lo sé. Cuando lo experimente te lo digo.

Sonríe de lado, casi como si estuviera decepcionado con mi respuesta, y decido que llevamos demasiado tiempo aquí y que terminaremos por deshidratarnos los dos.

Salimos de la sauna y el aire fresco del exterior contrasta con el embotamiento del interior, y se nos pone la piel de gallina. Le conduzco de nuevo a las duchas, a darnos una rápida para eliminar el sudor, y nos vestimos en silencio, escuchando el sonido de la radio central emitir una canción del momento.

Nos montamos en el ascensor, intercambiando trivialidades sobre la cena o las fiestas que está celebrando el pueblo en esos días. Nada personal. Al llegar a nuestras puertas no sé qué extraña necesidad me asalta de que su habitación sea la mía y la mía la suya. Y ni siquiera estoy pensando en el sexo. Sino en eso que ha dicho hace unos minutos, en asentarte con alguien y aguantarle porque le quieres.

- Ha estado bien- dice él, sacando su tarjeta, y quiero creer que se refiere al deporte.- Mañana me dolerá todo el cuerpo, pero... ha estado bien.

- Ha sido gracioso verte atascado en la máquina del femoral- me burlo.- Parecías una cucaracha patas arriba.

- Ja ja. Me he hecho daño en la espalda, subnormal- me aguanto la bromita de sugerirle un nuevo masaje, aunque se le colorearían las mejillas y parecería un payasete, pero ya me he reído bastante de él por hoy, tampoco quiero que me odie.

Danny

Entro a la habitación y cierro la puerta tras mi cuerpo. No quiero reconocerlo, y justo por eso evito mirarme al espejo, pero sé que estoy sonriendo. Lo noto incluso de un modo no físico, siento esa sensación cosquilleante que sienten los niños al subirse a una noria, o al comer un helado en un caluroso día de verano. Hacía años que no me sentía así.

Mery me asalta de un momento a otro y se cuelga de mi cuello, con una sonrisa espléndida en su rostro. Ciertamente, es guapísima, es tan guapa que podría ser modelo si se lo propusiera, y alta, con tacones me sobrepasa en estatura. La miro a los ojos, dejando que se piense que esa sonrisa, que ya traía yo de antes y que he estado toda la tarde ocultando de Harry para que no viera que ha conseguido entretenerme, es culpa suya. La sonrío y la abrazo, y entierro mi cara en el hueco de su cuello apretando su fino cuerpo contra el mío. Apenas si tiene cintura. Oigo cómo ríe junto a mí, esa risita tan tonta que tiene. ¿Cómo olerá Harry? ¿Cómo olerá de verdad, en un abrazo sincero? ¿Cómo será la textura de su piel en una caricia? ¿Se sentirá tan bien como mi mente imagina?

- Vaya, al parecer el deporte te ha sentado bien- murmura, besándome el cuello y buscando mis ojos. Le regalo una nueva sonrisa y mi mente crea una respuesta larga y estructurada sobre lo bien que me he sentido al lado de Harry, por muy cabrón que haya sido conmigo, o mucho que se haya reído de mí. Ha estado genial.

- No ha estado mal... Tengo entendido que el deporte mejora el sexo- le digo, parafraseando al americano, y ella alza una ceja, igual que hace él siempre.

- ¿Ah, sí? Pues esta noche me lo enseñas- la beso durante un par de segundos y me dirijo al baño a cambiarme.

Ahora que me doy cuenta, hacía días que no besaba a mi mujer. Se supone que estamos de luna de miel, y que a partir de estas vacaciones pasaremos el resto de nuestras vidas juntos. ¿Y qué estoy haciendo yo en cambio? Prácticamente huir de ella. Pero es irresistible. El hombre tiene una tendencia natural a apartarse de lo que no le gusta y acercarse a lo que sí. Instinto de supervivencia, lo llaman. El problema radica en que huyendo de Mery, huyo de prácticamente toda mi vida. Si voy a pasar el resto de mis días con ella, será mejor que vaya acostumbrándome a ello, que vaya buscando ese confort propio de parejas asentadas que le he dicho al americano hace unos minutos. Cuando lo haga, todo será mucho más fácil.

Me visto con ropa cómoda y no deportiva, y me libero de esa sensación de ser un monigote ridículo que he adquirido al vestirme de esa guisa para ir al gimnasio. No sé qué plan tenemos para esta noche pero tengo entendido que el pueblo celebra las fiestas del patrón local esa semana y estaría bien disfrutar un poco de ellas. Me acerco a mi mujer –todavía no me acostumbro a llamarla así- y veo que se está poniendo un corto y oscuro vestido, algo elegante, pero no en demasía. Al parecer ella también ha pensado en salir fuera del hotel.

- Cuando estuve de compras con Kath, descubrimos un restaurante de comida autóctona- me dice, tratando de cerrarse la cremallera de la espalda y, en vistas de que no se llega, acudo a su lado a cerrársela yo.- Sabes que no me gusta no saber lo que como, pero tenía buena pinta.

- ¿Me vas a llevar allí esta noche?- bromeo, como si la mujer fuera yo.

- Bueno, hemos quedado para cenar los cuatro juntos. ¿Te hace?- me encojo de hombros, supongo que mi manera de decir que sí, y terminamos de arreglarnos. Son las ocho y media pasadas y según me ha dicho, a las once hay una especie de verbena en algunas zonas del pueblo y que estaría bien que fuéramos.

Salimos del dormitorio y bajamos a recepción para esperar a los americanos, entregándole nuestras tarjetas al muchachito que hay tras el mostrador. Aprovecho y le pregunto si aquel incidente que tuvimos con la reserva está solucionado o si nos van a echar a patadas. Por supuesto, estoy bromeando, pero se pone todo colorado y balbucea al tiempo que mira en libros de registros y me dice que se solucionó todo el mismo día de nuestra llegada.

Un par de minutos después, la pareja feliz llega junto a nosotros. Mery y la mujer de Harry –no consigo acordarme nunca de su nombre, ¿vale?- se saludan con un beso y él y yo nos apretamos las manos, como buenos machos que somos. Menos mal que los dos parecemos haber olvidado que eso de besuquearse no es solo cosa de mujeres... La esposa de Harry viste con alegría, lleva una blusa floreada y uno de esos pantalones enanos en un color eléctrico, es como si fuera un rayo de luz. Además, las escasas veces que he hablado con ella, he comprobado que es muy nerviosa y siempre está riendo. A su lado, Harry viste de forma más austera. Pantalones grises y una camisa – ojo, camisa- azul, un par de tonos más clara que sus ojos. Esta muy, muy guapo. ¿Qué coño...? Yo no he pensado eso. Está elegante, sí. Elegante.

- Buenas noches- dice, con ese tono correcto que sólo usa en contadas ocasiones y que parece estar riéndose de ti.

- Buenas- me mira y sonríe de lado, paseando su mirada por mi cuerpo, entreteniéndose disimuladamente en mi camisa burdeos y mis pantalones negros. Luego sonríe otra vez y aparta la mirada de mí. ¿Me acaba de dar el visto bueno?

- ¿Nos movemos? Me muero de hambre-Harry le ríe la gracia a su mujer y nos ponemos de camino a ese restaurante. Mi mano se entrelaza con la de Mery, pero la americana se abraza al musculado brazo izquierdo de su marido, como si fuera un koala colgando de él. Es muy bajita a su lado, y no lleva tacones, pero visualmente, quedan bien. Son una de esas parejas a las que sólo con verlas, sabes que se quieren.

Decido dejar la mente en blanco cuando me doy cuenta que parezco una de esas viejas de la peluquería de mi madre criticando a las famosas de las revistas, y sonrío a Mery, a la cual se ve feliz. Bueno, esta era la intención al casarme con ella, que al menos uno de los dos lo fuera.

Llegamos al restaurante que descubrieron en su salida de chicas y nos reciben con calidez y profesionalidad. Durante toda la noche, probamos platos de los cuales no conocíamos ni siquiera el nombre y nos reímos antes las caras que ponemos al degustar alguno de ellos. Personalmente, mi estómago no estaba preparado para algunas cosas.

Descubro con gratitud que ambos son encantadores. Tanto, que parecen irreales. Bromeamos durante toda la cena, y nos reímos tan alto que gente de otras mesas incluso se vuelve a mirarnos. Sé que serían unos grandes amigos si tuviera la oportunidad de mantener el contacto con ellos. Incluso me permito hacer bromas y dejar un poco a la luz al Danny divertido y payaso que tengo semi enterrado dentro de mí. Se puede decir que es una muy buena noche.

Cuando pagamos la cuenta, salimos del restaurante y el ambiente festivo se respira por las calles. Es una de esas situaciones en las que tú puedes estar muy rayado, y lo único que puede apetecerte es quedarte en la cama y regodearte en tu propia mierda, pero el exterior te anima, tira de ti. Entre los cuatro decidimos acercarnos a un chiringuito que hay en el paseo marítimo y del que sale música a todo volumen. Hace una temperatura envidiable y el sitio se ve agradable, la gente baila y desde esta distancia nos llegan sus risas.

Nos acomodamos en una mesa y una nativa se acerca a nosotros con una libreta, un boli, una sonrisa de dientes amarillentos y una bufanda de plumas de colores típica de carnavales. Nos toma nota y se va bailando y moviendo las caderas.

- ¡Yo quiero bailar!- exclama la mujer de Harry, mirando a su marido, que levanta las manos al aire como si se desentendiera del asunto.

- Sabes que no bailo en público.

- ¡Vamos, aquí no te conoce nadie!- le tira de la mano hacia la zona en la que baila todo el mundo, pero él se opone con firmeza.

- Pues yo sí que voy a bailar- digo en un arranque de valentía que no sé de dónde ha salido. Estiro una mano y tomo a la americana hasta la pista, deteniéndome antes para mirar a Mery- ¿Te importa?

- En absoluto.

Le dedico una mirada divertida a Harry y me llevo a su esposa a la pista. Suena música latina y mi sangre inglesa no sabe cómo bailar esto, pero es divertido hacer un poco el ridículo. La americana baila muy bien, y casi lo hace ella todo, me agarra, me mueve, da vueltas y se menea sujetando mi mano y haciendo que su vaivén me bambolee a mí. En una de esas vueltas, mi mirada se engancha a la de Harry, apoyado con los codos en la mesa y sin quitarnos ojo de encima. Me gustaría decir que está mirando a su mujer, pero estaría mintiendo.

Terminamos la canción sonriendo y obsequiando al otro con halagos sobre lo buenos bailarines que somos y cuando me siento al lado del yanqui, me mira con fijeza.

- Vaya, con el inglesito.

- ¿Quieres que te enseñe unos pasos? –me jacto, tomando un trago de mi bebida. Ni os podéis imaginar la cara que se me queda cuando veo que asiente, con gesto serio. - ¿De verdad?

- ¿Cómo era eso de que no bailabas en público?- le pica su mujer, sin rastro de enfado, al contrario, parece divertida.

- Es por dejarle en ridículo- le dice, mirándome fijamente a los ojos.- Todos los méritos han sido tuyos. Seguro que no hay huevos de bailar conmigo.

¿Que no hay... que no hay huevos? Ah, no. Eso no se le dice a Danny Jones y se sale con vida. ¿Qué tendremos los hombres ante esa expresión que bien nos pueden pedir bailar o tirarnos en parapente sin paracaídas, que lo hacemos? ¿Será porque juega con nuestra hombría? ¿Soy consciente de que la voy a perder por completo si bailo con Harry?

Estira una mano y me alza una ceja, y hace que mi orgullo herido se remueva, ansioso por callarle la boca. Se la cojo (la mano...) tras soltar un "tsé, te vas a enterar", y nos arrastramos uno al otro a la pista. Es como si fuéramos una pareja homosexual que no se pone de acuerdo en quién es el pasivo y quién el activo. Y yo no pienso ser al que le jodan.

Aprovechamos la canción que ha empezado hace un par de segundos, que creo que es On the floor, de Jennifer López y el perro ese que canta con todo dios últimamente, y Harry cuadra los hombros. Esta melodía es realmente sinuosa.

- Bien, llévame- dice, colocando las manos como si hubiera aceptado que él es la mujer y fuésemos a bailar un vals o alguno de esos bailes de salón. Reprime una sonrisa que atino a ver antes de que carraspee y se ponga serio y me encajo en el hueco que deja para mi cuerpo, estirando la columna vertebral. - ¿En serio? ¿Te crees que esto se baila así?

Y saltándose su propia orden, empieza a llevarme él a mí. Pasa su mano derecha por mi cintura y de un tirón me pega a su cadera, invadiendo mi espacio personal y jugando con mi cordura. Entrelaza nuestras piernas y siento cómo su entrepierna se roza con la mía, no sé si en un gesto inconsciente o premeditado, pero me corta la respiración. Sonríe de lado, y posa su mano libre en mi cadera tras hacer que mis brazos se enlacen por detrás de su cuello. Tampoco sé si es consciente de que su mujer y la mía nos están mirando y probablemente se estén sintiendo muy incómodas, casi tanto como yo, cuando empieza a hacer círculos con la cadera como si fuera una cuchara removiendo el café y nos mueve al ritmo de la lambada. ¿No podía haber salido una canción menos cochina?

Me demuestra que sí que sabe bailar al tiempo que se restriega contra mí sin dejar de reírse, porque esto le hace mucha gracia, y hasta que no termina la canción, no se detiene. Hemos dado tantas vueltas y tan juntos uno contra otro que me baila todo el chiringuito y no sé dónde está el suelo, el techo o mi virilidad. Y algo se ha despertado entre mis piernas...

Inmediatamente después de esa canción, salta otra latina, y Harry alza una ceja.

- Shakira- dice, con toda esa guasa que me está dejando por los suelos. Agudiza el oído y me mira entornando los ojos.- Rabiosa. ¿Me la bailas?

Le pego un empujón para apartarle de mí y me giro para volver a la mesa, pensando en cómo le voy a explicar esto a mi mujer, que debe tener un enfado de órdago. Cual es mi sorpresa cuando las veo, a las dos, llorando de la risa y prácticamente retozando por el suelo. ¿Será posible? Harry llega a mi lado y me da una cachetada en el culo, sentándose a la mesa.

- Gané un concurso de baile hace un par de años-dice, encogiéndose de hombros, lo que me hace pensar que todo esto lo ha hecho a posta. Le miro, balbuceando como un estúpido, y me llevo mi copa a los labios para dejar de hacer el ridículo. Él acerca su cara a mi oído y me susurra junto a él– Eres una buena bailarina, princesa.

Un escalofrío recorre mi espalda al tiempo que veo cómo se ríe. Esto no va a quedar así.


¿Verdad que son muy amor? *-*