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Nueva York, 1945

No sabía donde se encontraba.

La oscuridad lo absorbía todo mientras el mundo giraba a su alrededor en un torbellino de siluetas desdibujadas por las tinieblas. Sus ojos verdes se encontraban abiertos como platos, totalmente desenfocados, y las sabanas de su cama se pegaban a su piel cubierta de un sudor frío y pegajoso, producto del miedo y el desasosiego de las últimas horas.

Oscuridad, solo había sido eso; oscuridad espesa y absoluta que había inundado sus sueños como el filo de una navaja, negra e impenetrable como el petróleo. Tan real, tan espesa y palpable que le hacía temer el cerrar los parpados de sus ojos.

Solo le bastó un estertor; una exhalación forzada de sus pulmones para despejar su cabeza embotada por la perniciosa pesadilla. ¿Por qué razón le aterrorizaba simplemente la oscuridad? Tal vez fuese la pequeña y solitaria habitación, o el armario entreabierto en la pared posterior a la estrecha cama donde el niño se encontraba tumbado, incluso podía ser la lejanía con la habitación de sus padres, al final del pasillo. Lo cierto era que Christopher tenía miedo y no podía dormir. Se agitó con brusquedad, apartando las frazadas que parecían ahogarlo bajo su peso y pasó sus delgados dedos por el pelo enmarañado, tratando de calmarse. Despues de unos instantes sus ojos se acostumbraron a la oscuridad del reducido cuarto, que se hallaba iluminado por el frío resplandor de la Luna, colando su plateada luminiscencia por entre las delgadas cortinas de su ventana.

Siendo un niño, su imaginación iba de un lado a otro por entre la bruma que todavía envolvía su cabeza, recordando solamente la oscuridad reinante y el pánico causado por su presencia. Despues de todo, uno nunca sabe que puede haber en la oscuridad, y ese razonamiento lo aterrorizaba, así que se quedó allí, tumbado de espaldas observando el techo de su habitación, con los húmedos mechones de su cabello pegados a su frente y el cuerpo tembloroso tanto por el frío reinante como por el miedo que todavía lo dominaba.

No podía estar sucediendo ahora.

No podía estarle sucediendo a él.

Con la conciencia embotada, el niño se sentó en su cama, temblando. Su silueta desgarbada y pequeña se recortó contra la pared por la escasa luz de la ventana. Sin poder soportarlo más, alargó su pequeño brazo hacia la mesita de noche y prendió la luz de la lámpara. El resplandor dorado que se derramó sobre el escaso mobiliario le hirió los ojos, que entrecerró mientras se limpiaba la humedad de las lágrimas que se le habían escapado. Se dijo, con un deje de vergüenza, que era el sudor de su propia piel.

Recorrió con la mirada la pequeña y desordenara habitación, buscando en los rincones más apartados del cuarto algún indicio de lo que le había inducido la pesadilla; sus juguetes siempre yacían esparcidos por el suelo, aún cuando su madre le ordenaba en repetidas ocasiones que los guardara en el baúl que les correspondía. También su ropa, reposaba a medias sobre una silla de madera y las mangas de su camisa y el pantalón rozaban el suelo alfombrado. La portada de las numerosas ediciones de Amazing Stories, su revista de ciencia ficción favorita, brillaban a la luz anaranjada de la lámpara, revelando extraños dibujos de naves espaciales y mundos que iban más allá de la imaginación. No había nada más.

El único sonido que traspasaba la quietud de la noche era el del reloj despertador, el resuello de su respiración acompasada y el rítmico latido de su corazón, palpitando en su pecho y en el interior de sus oídos de manera desbocada. Él era un niño y tenía miedo, se maldijo a si mismo, pero tenía miedo, y sentía que no podría nunca quitarse de encima ese pernicioso sentimiento, que se sumergiría en la vorágine del caos y el pánico absoluto si se dejaba llevar por el sueño, que si apagaba la luz y cerraba los ojos, la oscuridad lo dominaría todo.

No era precisamente eso lo que pensaba, o lo que trataba de pensar. Christopher no era un cobarde, y por eso se maldecía, pues siempre había sido más valiente que la mayoría de los niños de su edad, adentrándose en lugares extraños y enfrentando las más atemorizantes historias que los mayores inventaban para asustarlos. Era lo que sentía dentro de sí, lo que le hacía sentir la oscuridad. Otros niños se hubiesen puesto a llorar y hubieran llamado a gritos a sus padres por el simple hecho de haber despertado en medio de la noche atemorizado por una pesadilla común y corriente. Ahora lo invadía la necesidad de hacer lo mismo y no pudo hacer otra cosa más que resignarse, mientras sentía como sus ojos se llenaban de lágrimas una vez más.

Sabía que eso no había sido una pesadilla común, y por ello se resistió a seguir durmiendo.

Se limpió el rostro con el dorso de la mano, ahogando un sollozó con una inhalación forzada de sus pulmones. Sus pies descalzos apenas tocaban el suelo cuando se sentó en la orilla de su cama. Bajó de ella sin hacer el más mínimo ruido y se envolvió en una bata color azul marino que le llegaba hasta los tobillos.

Todo en ese niño era demasiado grande; la ropa holgada con la que solía vestir su cuerpo menudo y desgarbado, el cabello castaño claro que caía en mechones sobre sus orejas y su frente, los ojos verde esmeralda, con esa mirada aguda y penetrante, incluso su nariz, recta como la del perfil de un soldado romano, prometiendo ser tan ganchuda como la de su propio padre. Pero tal vez, lo que más destacaba y abundaba en el pequeño niño, eran su perseverancia y valentía.

Pero claro está, y él no lo desconocía, pues todo tiene un límite, y la valentía no es la excepción. Sin embargo, se armó de todo el valor que le quedaba en su menudo cuerpo y, como una sombra, se deslizó por el marco de la puerta hacia el pasillo, cual se encontraba tan oscuro como la boca de un lobo. Dudó por unos instantes, pero despues de un minuto siguió adelante. Sería mucho más seguro, se dijo, quedarse despierto toda la noche, ignorando a fuerza de voluntad todo ruido aterrador que la vieja casa y el viento exterior provocaba, que dormir y correr el peligro de ser atacado.

Se preguntó cómo reaccionaría su madre, una escocesa pelirroja con un terrible temperamento, si es que la despertaba por algo como una pesadilla. Se la imaginó pegándole en la cabeza con el almohadón que usaba para dormir y riñéndolo por no poder enfrentar sus miedos, que ella cuando pequeña había vivido todo tipo de pesadillas horrendas y que nunca había ido a despertar a sus padres a las dos de la madrugada. Despues se levantaría de la cama y le haría una leche caliente con miel, solo porque su padre así lo querría… para seguir durmiendo.

El problema ahora era que, al parecer, sus padres no estaban allí.

Frunció el ceño levemente, empujando la puerta ante el desconcierto que le causo el ver la cama matrimonial de sus padres totalmente ordenada y sin signos de haber sido utilizada, a continuación, se arrebujó en la gruesa bata y apoyó la espalda contra la pared del pasillo. No sucedía siempre, sus padres generalmente le avisaban cuando iban a salir y no lo dejaban solo mucho tiempo en casa.

Ahora resulta que estaba solo, y definitivamente no quería volver a su cama a dormir otra vez.

Bajó la escalera, que rechinaba bajo su peso, y se internó en la oscuridad de las habitaciones del primer piso. La sala estaba tan oscura que no tuvo otro remedio que alzar sus manos frente a su rostro para poder palpar las paredes y no cometer el error de tropezar con el último escalón. La madera bajo sus pies se encontraba fría y el único sonido que se escuchaba en la quietud de la noche eran el de su respiración y los rítmicos compases de las manecillas del reloj de pared, en la sala de estar.

Sentía el frío de la noche, y una extraña sensación de desasosiego lo invadió. En el primer piso la oscuridad era más espesa, y le hizo recordar vividamente su pesadilla y las tinieblas que allí reinaban. Se estremeció a pensar en las cosas extrañas que sus ojos no podían ver y que siete años de continuas historias de terror de monstruos y fantasmas habían pululado en su imaginación como una plaga.

No tuvo que hacer mucho trabajo para recorrer el camino hacia la cocina, se lo sabía de memoria, pues no era la primera vez que se despertaba a la mitad de la noche. Cuando las frías baldosas de mármol reemplazaron a la madera del pasillo y sus pequeñas manos se cerraron en torno al umbral de la puerta de la cocina, le dio una oportunidad a sus ojos para poder acostumbrarse a la profunda oscuridad que embargaba el lugar.

Cuando, resignado, se dio cuenta que lo que estaba tratando de hacer era en vano, alzó su tembloroso brazo hacia donde él sabía que se encontraba el interruptor y encendió la luz.

Una mujer, de increíble pelo rubio rizado y vestida con un extraño atuendo, le devolvió la mirada desde su posición, sentada en una de las sillas y con los codos sobre la mesa de la cocina.

Todavía estaba soñando, eso era seguro, si pestañeaba un par de veces o se frotaba los ojos la mujer desaparecería, pues solo debía tratarse de una ilusión.

Pero una ilusión definitivamente no era tan corpórea, y una ilusión tampoco le miraba en un principio con sorpresa para despues pasar a sonreírle como si fuera un viejo amigo largo tiempo olvidado.

Algo en esa sonrisa, el que lo mirara con total confianza, sin asomo de soberbia o crueldad, le hizo darse cuenta que no iba a hacerle daño.

Su rostro era un tanto ovalado, enmarcado por una espesa cabellera de rizos rubios que resplandecían a la luz dorada de la cocina; sus ojos eran de un tenue color azul verdoso, y lo miraban con curiosidad, como esperando una reacción de su parte; su mano derecha descasaba sobre su regazo y su mano izquierda reposaba sobre la mesa, sosteniendo una taza de un líquido humeante.

Aturdido y todavía con las secuelas que el sueño había dejado en su cuerpo, el niño simplemente se quedó parado en el umbral de la puerta, asustado y tembloroso, sin saber que decir o que hacer frente a la mujer extraña…

"¿Estás bien?" la voz de la mujer rompió el silencio de la habitación, era suave y aterciopelada, con un leve toque áspero, pero no implicaba nada amenazador. Christopher no respondió de inmediato, tan absorto estaba en sus propios pensamientos que tardó unos segundos en procesar las palabras de la mujer sentada frente suyo.

"¿Quién es usted y que está haciendo aquí?" su voz pretendía ser firme, pero tembló al finalizar la pregunta. El niño esperaba un sinfín de reacciones o respuestas. Si era una ladrona simplemente tendría que amenazarlo o atacarlo de algún modo, o dejarlo sin sentido, preguntarle sobre algún objeto de valor… definitivamente no se esperó ver en los ojos de la mujer tal tensión indescriptible, en ellos había una lucha de emociones que el niño no lograba identificar ¿eran alegría, soledad, angustia o desesperación…? y detrás de todo eso había algo más oscuro, más doloroso y torturante, que quebró la mascara de serenidad de la mujer por unos segundos, para desaparecer detrás de la sonrisa más radiante que el muchacho había visto en mucho tiempo. Sus ojos no lo transmitían.

El niño se sintió un tanto más tranquilo, pero la sonrisa no logró borrar el vació que había dejado la expresión de la mujer en su estómago, ni la sensación de creciente pánico que le embargaba cada vez que echaba un vistazo a un rincón oscuro de la habitación.

"¿Es muy pronto para ti, no es así?"

"¿Dis…culpe?" Volvió la cabeza y frunció el seño, sin entender las palabras de la mujer, que ahora lo miraba de una manera que solo podía traducirse como curiosa y divertida.

"¡Oh…! lo siento cariño, spoilers" la mujer alzó la taza de porcelana que sujetaba con la mano izquierda y bebió un sorbo de lo que parecía café. El niño, sintiéndose repentinamente aislado lejos del círculo de luz, cruzo la cocina hacia la silla más cercana a su interlocutora, poseído ahora por una extraña mezcla de curiosidad y temor. Por lo menos ahora no estaba solo, pensó.

"No comprendo…" Se arrebujó en la bata y observó con más detalles a la mujer; pudo apreciar en su rostro finas arrugas debajo de los ojos y el brillo dorado de la piel contrastada con la sombras del lugar. No debía tener más de 45 años, pero sus ojos de un increíble verde azulado, que ahora lo observaban por encima de la taza humeante de café, superaban con crece la edad que el había estimado. Definitivamente la falta de sueño lo estaba afectando "¿q… quién es usted?"

"Aún no me has dicho tu nombre, pequeño" La mujer rompió el contacto visual con un movimiento de su cabeza y dejó la taza de porcelana blanca sobre la mesa, despues volvió a mirarlo, con una sonrisa muy parecida a la que le daba su madre cuando lo descubría haciendo alguna maldad o portándose mal "¿No sabes que es de mala educación preguntar el nombre de una persona sin decir primero el tuyo?"

"Lo siento s…señora… (La mujer arqueó las cejas al escuchar su titubeo) mi nombre es Christopher Williams"

Se hizo un pequeño silencio mientras volvía a tomar de su taza de café. El niño aprovechó de observar el extraño artefacto que la mujer llevaba en su muñeca izquierda; parecía hecho de cuero viejo y estaba sujeto con correas, y cuando la mujer bajó otra vez la taza ya vacía, Christopher desvió la mirada, nervioso, y la posó en el rostro de su interlocutora "Mucho gusto, Christopher Pond... Yo soy River Song."

El niño sintió un estremecimiento cuando la mujer usó el apellido de su madre y no el de su padre para nombrarlo, se sintió tentado de preguntarle como lo había sabido, pero con tan solo verla a los ojos se dio cuenta; siendo que nunca la había visto rondar por la casa… que no la había visto en su vida, esa mujer conocía a sus padres, y con una extraña sensación de comprensión en el pecho sintió que esa mujer lo conocía a él.

"Williams" corrigió tardíamente, con un hilo de voz.

"Pond" la voz de la mujer que se hacía llamar River sonó como una afirmación más que como un desafío, y la sonrisa que le dedicó le dijo que ella había ganado.

"Mi madre es Pond pero mi papá es…"

"Pond también."

Christopher frunció el seño, sintiéndose como un idiota, un idiota con sueño y muy malhumorado, peleando con una mujer que no conocía y que lo trataba con una extraña confianza. Apartó los ojos del rostro risueño de River Song y lo dirigió hacia una de las esquinas oscuras de la cocina.

Allí, algo se movía.

El niño se sobresaltó de tal modo que cuando volvió a mirar a River su cuerpo temblaba y su respiración se había vuelto errática, tratando de llenar sus pulmones para así poder calmar el furioso martilleo de su corazón. Cerró los ojos unos segundos y volvió a observar a la mujer, quien a su vez lo miraba con una expresión que el niño no pudo identificar; La sonrisa había desaparecido de su rostro y su ceño estaba levemente fruncido mientras lo observaba fijamente.

Antes había querido sentarse en la cocina, bajo la luz de la lámpara hasta que sus padres llegaran, forzándose a permanecer despierto. Pero ahora lo único que quería era no quedarse solo.

"Mire, no se quien sea usted, se que mis padres pueden estar a punto de llegar, ¿podría… podría quedarse aquí hasta que ellos lleguen…?"

"¿Quieres una taza de leche con miel?"

"¿Qué?"

River se levantó de la silla y fue hacia el refrigerador, lo abrió y sacó de él una botella de leche y un pote de miel. "¿Es por lo que has venido, no? quieres una taza de leche con miel, has tenido una pesadilla y tienes miedo" Hablaba con rapidez, como si quisiera convencerlo de lo que le decía.

"No tengo miedo" dijo Chris, frunciendo el ceño.

River lo escudriño un momento y el niño se sintió repentinamente vulnerable. "Estas temblando" señaló entonces la mujer, y Chris ocultó sus pálidas manos bajo la mesa.

"No tengo miedo" Pero River no lo escuchó. El niño la observó mientras cruzaba la habitación hacia la cocinilla y ponía la leche a hervir en una jarra metálica. Sus movimientos eran fluidos y rápidos. Al parecer sabía donde encontrar cada cosa que necesitaba.

El niño se empezó a cuestionar en serio esta vez cómo la mujer había entrado en la casa y cuál era su origen, al mismo tiempo que escudriñaba con el rabillo del ojo cualquier alteración en las sombras del lugar.

No tenía miedo, espera, si, tenía mucho miedo, y no era el típico miedo que un niño se siete años le tiene a las historias de terror o a monstruos imaginarios. Había algo allí, algo que producía las pesadillas en su cabeza y no lo dejaba dormir. Y si sus teorías eran correctas, era lo mismo que habían visto los niños en sus casas antes de ser enviados al hospital o de desmayarse en clases. Al parecer, justo esa noche había aparecido en su casa y no sabía que hacer. Se preguntó si la mujer en frente suyo le creería si le dijera que veía algo moverse en las sombras de ese cuarto. De seguro diría que era solo su imaginación, y ese razonamiento le hacía sentir muy solo.

Volvió su atención hacia la esquina oscura de la habitación, y se dio cuenta, con cierto alivio, que lo que había estado observando moverse solo había sido la cola de su gato, Ruffus, quien se hallaba tendido sobre su estomago y lo observaba con unos enormes ojos verdes. Pero aún así no dejó de observar todos los puntos oscuros de la habitación.

River volvió a sentarse frente suyo, en la silla que antes había ocupado y le acercó con una mano el vaso con leche caliente y miel que le había ofrecido.

"Bebe, esto te hará sentir mejor"

Chris no tenía ganas de tomar la leche, pero como sentía mucho frío envolvió el vaso de cristal con sus manos para así absorber el calor que desprendía.

Se quedaron unos minutos en silencio. El niño desviaba disimuladamente los ojos hacia cualquier punto oscuro de la habitación, y River simplemente lo observaba con esos ojos azul verdoso que no dejaban escapar ningún detalle.

"¿Tienes algo que quieras decirme, Chris?"

El simplemente negó con la cabeza y volvió su atención al vaso con leche, llevándoselo hacia la boca. El líquido se filtró hacia su garganta dejando un camino de fuego y calentando lentamente su estomago, mientras el sabor dulzón de la miel se quedaba en su boca y se adhería a su paladar.

River había dejado de hacer preguntas y ahora se dedicaba a observar un punto oscuro de la habitación, entre la cocinilla y el refrigerador. Chris se sintió tentado a preguntar si veía algo allí, pero de inmediato se sintió como un idiota y trató de mantenerse apartado de cualquier pensamiento parecido.

De seguro la mujer le decía que tenía una imaginación muy fuerte y que se lo estaba inventando, que eran cosas que les sucedían a los niños cuando leían muchos cuentos de terror y de ciencia ficción, que era un producto de su pesadilla…

Se preguntó súbitamente, mientras tomaba un sorbo de leche, cómo la mujer sabía que había tenido una pesadilla. El niño dejó rápidamente el vaso de leche sobre la mesa, medio vacío, y volvió a fijar su atención en el rostro de la mujer, quien volvía a mirarlo, y una vez más sintió que ella sabía lo que estaba pensando.

"¿A que le tienes miedo Chris?"

Abrió la boca, pero no supo que responder. El silencio era casi tan palpable como la oscuridad que parecía cerrarse a su alrededor. Se sentía pesado, repentinamente más cansado, somnoliento. Se refregó los ojos con el dorso de la mano izquierda y volvió su atención a River, quien pacientemente esperaba su respuesta.

"¿Le tienes miedo a la oscuridad?" La mujer se desdibujaba frente suyo y la luz se hizo repentinamente más tenue.

El niño se cuestionó que daño podía hacer el responderle a la mujer frentes suyo, que importancia tenía si le creía o no. Su mente se hallaba embotada, y rápidamente trató de responder con las pocas oraciones que su cerebro podía procesar.

"Hay algo en la oscuridad…" No había medido sus palabras y no le importaba, simplemente quería que le entendiera. "Algo que ataca a los niños"

"¿Y qué es eso?" River frunció el seño, observando a Chris detenidamente.

"Solo aparece de noche… y cuando los padres no estan cerca" Esta vez hablaba rápido, pues sentía que el sueño lo estaba venciendo "Te hace sentir miedo… vulnerable."

"¿Lo has visto?" Los rizos de la mujer brillaron como un halo amarillento, mientras sus sombríos rasgos se volvían brumosos a cada parpadeo. Lucho para mantener los ojos abiertos.

"Si…" se concentró cada vez más en sus palabras "En la calle…" El niño levantó la cabeza súbitamente, y se dio cuenta que había estado a punto de dormirse. "Tengo miedo" la voz de Chris sonó desesperada, temblorosa. Se sentía sumergido en un sopor que no podía controlar, por mucha voluntad que tuviera.

"No tengas miedo" River extendió una mano hacia la cabeza del chico y acarició con ternura los desordenados cabellos castaños. El niño sintió en esa acción una extraña familiaridad, como cuando su madre o su padre lo abrazaban. Se sintió seguro.

"No me deje solo…" cogió la muñeca de la mujer, desesperado "si me duermo…"

"Shhh… no voy a dejarte solo" El rostro de River era un borrón de colores amarillos y anaranjados. Se levantó de la silla y cogió al niño en brazos cuando éste se inclinó peligrosamente hacia un costado. Ella sabía que la droga haría efecto inmediatamente. Rápidamente, Subió la escalera hacia su habitación.

El niño todavía no se dormía del todo. Se sentía flotar en un mar de sensaciones, con la cabeza apoyada sobre el hombro de River y el cuerpo completamente ingrávido.

River tumbó al niño sobre la cama y lo cubrió con las frazadas. Despues sacó su Alpha Meson y se volvió hacia la ventana que daba hacia la calle, observando la oscuridad que reinaba en el exterior.

Chris no se dio cuenta que se había dormido hasta que se despertó una o dos horas despues, para encontrar a River sentada a los pies de su cama, en la misma postura que la había visto al principio; Su perfil se dibujaba de un tono azul pálido bajo la luz de la luna y sus ojos no dejaban de escudriñar algo que el niño no podía ver. Cansado, cerró los ojos una vez más.

Cuando se despertó a la mañana siguiente con la luz de la mañana dándole de pleno en el rostro, la mujer se había ido.