La historia no me pertenece, yo solamente me encargo de adaptar este maravilloso libro. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y al final diré el nombre de la autora.


Prólogo

Highlands de Escocia

1518

—¿De qué se trata esta vez, madre?

Ben se asomó a la ventana y observó la hierba ondeando bajo los primeros rayos del sol matutino, más allá de su cabaña. Su madre adivinaba la suerte, y si fuera lo

suficientemente tonto como para darse la vuelta y encontrar la mirada de Lauren, ella lo interpretaría como un signo de aliento, y lo introduciría en una conversación acerca de alguna desconcertante predicción. Las predicciones de su madre nunca eran demasiado acertadas y lo aburrían diariamente, erosionados por fantasías maliciosas.

—Mis varas de tejo me han advertido que el laird representa un grave peligro para ti.

—¿El laird? ¿Edward Masen?— Ben, alarmado, miró por encima de su hombro.

Remetida detrás de la mesa cerca de la chimenea, su madre se enderezó en su silla,

alisándose el vestido bajo su atención. Ahora sí que lo he hecho, él pensó con un suspiro interior.

Se había enmarañado en su conversación tan tontamente como si se hubiera

enredado las ropas en una zarza espinosa, y requeriría de toda su delicadeza separarse

ahora, sin que las cosas degeneraran en una discusión de antigua data.

Lauren Alexander había perdido tanto en su vida que se aferraba también ferozmente a lo que le había dejado: a Ben. Él reprimió el deseo de salir corriendo por la puerta y escapar hacia la serenidad de la mañana Highland, consciente de que ella lo acorralaría otra vez a la primera oportunidad.

En lugar de eso, él dijo quedo:

—Edward Masen no es un peligro para mí. Es un buen laird, y me siento

honrado de haber sido seleccionado para supervisar la guía espiritual de su clan.

Lauren negó con la cabeza, sus labios temblando. Una mancha de baba hizo espuma

en sus comisuras.

—Tú ves con la vista estrecha de un sacerdote. No puedes ver lo que veo yo.

Ciertamente es horrendo, Ben.

Él le dirigió su sonrisa más reconfortante, una que, a despecho de su juventud, había

aliviado los corazones atribulados de incontables pecadores.

—¿Dejarás de intentar adivinar mi bienestar con tus varas y runas? Cada vez que me

es asignada una posición nueva, empiezas a usar tus encantamientos.

—¿Qué tipo de madre sería, si no estuviera interesada en tu futuro?— gritó ella.

Apartando un mechón de cabello rubio de su cara, Ben cruzó el cuarto y besó su

mejilla arrugada, luego barrió su mano a través de las varas de tejo, desordenando su

diseño misterioso.

—Soy un hombre de Dios ordenado, pero aquí te sientas, leyendo las fortunas—. Él

tomó su mano y la palmeó conciliadoramente—. Debes olvidarte de las viejas

costumbres. ¿Cómo lograré éxito con los aldeanos, si mi preciada madre se mantiene en los rituales paganos?— bromeó.

Lauren arrebató su mano de la de él y recogió sus varas defensivamente.

—Estas son mucho más que simples varas. Te lo ordeno, concédeles el debido

respeto. Él debe ser detenido.

—¿Qué dicen tus varas que hará el laird, que sea tan terrible?— la curiosidad minó su determinación de acabar con la conversación tan limpiamente como fuera posible.

No podía esperar dominar las divagaciones oscuras de la mente de su madre si no sabía lo que eran.

—Él pronto tomará una mujer, y ella te hará daño. Creo que ella te matará.

La boca de Ben se abrió y se cerró como una trucha varada en la ribera. Aunque

sabía que no había nada de verdad en su ominosa predicción, el hecho de que ella

tuviera esos pensamientos malvados confirmó sus miedos de que el tenue vínculo de ella con la realidad se debilitaba.

—¿Por qué me mataría alguien? Soy un sacerdote, por amor del cielo.

—No puedo ver el por qué. Puede que suceda que su nueva esposa se encapriche de

ti, y la maldad provendrá de él.

—Ahora verdaderamente imaginas cosas. ¿Encapricharse de mí, por sobre Edward Masen?

Lauren lo recorrió con la mirada, y rápidamente miró hacia otro lado.

—Tú eres un muchacho de buena planta, Ben— mintió con aplomo maternal.

Ben se rió. De los cinco hijos de Lauren, sólo él había nacido delgado de

constitución, con huesos finos y una quietud que le servía mejor a Dios que al rey y al país.

Él sabía cuál era su apariencia. No había sido modelado como lo había sido Edward Masen, para guerrear, conquistar y seducir mujeres, y había aceptado mucho tiempo

atrás sus defectos físicos.

Dios tenía un propósito para él, y mientras el propósito espiritual podría parecer insignificante para otros, para Ben Alexander era más que suficiente.

—Guarda esas varas, madre, y no quiero oír más de esta tontería. No necesitas

preocuparte por mi bienestar. Dios observa sobre...— se detuvo a mitad de una

sentencia.

Lo que había dicho casi animaba a un tema totalmente nuevo, y hacia el mismo debate tan viejo y tan largo de siempre.

Los ojos de Lauren se estrecharon.

—Ah, sí. Tu Dios ciertamente observa sobre todo a mis hijos, ¿verdad?

Su amargura era palpable y lo desanimaba. De todo su rebaño, él había frustrado más

palpablemente las ambiciones de su madre.

—Te podría recordar que muy recientemente era tu Dios, cuando a mí me fue

concedido este puesto y estabas satisfecha con mi promoción— dijo Ben

rápidamente—. Y no dañarás al Masen, madre.

Lauren alisó sus canas gruesas y alzó su nariz hacia el techo de paja.

—¿No tienes confesiones para oír, Ben?

—No debes poner en peligro nuestra posición aquí, madre— dijo él quedo—.

Tenemos una casa sólida entre estas personas, y espero hacerlo permanente. Dame tu

palabra.

Lauren dejó sus ojos fijos en el techo, en un silencio terco.

—Mírame, madre. Debes prometerlo—. Cuando él se negó a irse sin su palabra o

evitar su mirada fija, ella finalmente dio un encogimiento de hombros e inclinó la

cabeza.

—No dañaré al Masen, Ben. Ahora, continúa tu camino— dijo bruscamente—.

Esta vieja tiene cosas que hacer.

Complacido de que su madre no molestara al laird con su tontería pagana, Ben se

fue hacia el castillo.

Dios mediante, su madre olvidaría su última falsa ilusión cerca de la hora de la cena.

En los siguientes pocos días, Lauren intentó hacer que Ben entendiera el peligro al

que estaba expuesto, en vano.

Él la regañó amablemente, la reprendió menos amablemente, y empezó a tener esas líneas amargas alrededor de la boca que a ella le repugnaba ver.

Líneas que claramente proclamaban: mi madre está perdiendo la razón.

La desesperación se apropió de sus rendidos huesos, y supo que dependía de ella

hacer algo. No perdería al único hijo que le quedaba. No era justo que una madre

debiese sobrevivir a todos sus niños, y confiarlo a Dios para protegerlo era, para

empezar, lo que la había metido en ese problema.

Se rehusaba a creer que había recibido el arte de prever los acontecimientos sólo para sentarse sobre su trasero y no hacer nada.

Cuando, poco después de su alarmante visión, una banda de errantes Rom llegó al

pueblo de Balanoch, Lauren descubrió una solución.

Llevó tiempo hacer trueques con las personas correctas; aunque "correctas"

difícilmente sería la palabra con la cual describir a la gente con la que se había visto

forzada a tratar.

Lauren podía leer las varas de tejo, pero sus sencillas adivinaciones

palidecían en contraste con las prácticas de los salvajes gitanos que vagaban por las

Highlands, realizando ventas de hechizos y sortilegios junto con sus mercancías

ordinarias.

Peor aún, había tenido que robar la preciosa Biblia iluminada de oro de

Ben, la que él usaba sólo en los días más santos, para comerciar por los servicios que

había comprado, y cuando su hijo descubriera la pérdida hacia la época de Navidad,

estaría apesadumbrado.

¡Pero estaría vivo, por los tejos!

Aunque Lauren pasó muchas noches sin dormir meditando sobre su decisión, sabía

que sus varas nunca le habían fallado. Si no hacía algo para impedirlo, Edward Masen tomaría una esposa y esa mujer mataría a su hijo.

Eso era lo que hacía respetar tanto sus varas. Si sus varas hubieran dicho más —cómo lo haría la mujer, cuándo, o por qué— no habría sido asaltada por tal desesperación. ¿Cómo sobreviviría ella si Ben se fuera? ¿Quién socorrería a una mujer vieja y buena para nada? Sola, el gran bostezo de la oscuridad, con sus grandes fauces ávidas, la tragaría por completo.

No tenía otra alternativa excepto deshacerse de Edward Masen.

Un plenilunio más tarde, Lauren estaba de pie con los gitanos y su líder —un hombre de pelo color de plata llamado Rushka— en el claro cerca del lago pequeño, a alguna distancia al oeste del Castillo Masen.

Edward Masen yacía inconsciente a sus pies.

Ella lo miró cautelosamente. El Masen era un hombre grande, moreno y de altura

imponente, una montaña de nervios y músculos bronceados, aún cuando yacía sin

sentido tendido sobre su espalda. Cuando ella tembló y le dio un golpecito

cautelosamente con el pie, los gitanos se rieron.

—La luna podría caer sobre él y no despertaría— le informó Rushka, su oscura

mirada divertida.

—¿Estás seguro?— presionó Lauren.

—No se trata de un sueño natural.

—No lo mataste, ¿verdad?— se inquietó la mujer—. Prometí a Ben que no lo

dañaría.

Rushka arqueó una ceja.

—Tienes un código interesante, vieja— se burló—. No, no lo matamos, solamente

duerme, y lo hará eternamente. Es un hechizo antiguo, seleccionado muy

cuidadosamente.

Cuando Rushka se marchó dando media vuelta, instruyendo a sus hombres para

colocar al laird encantado en el carromato, Besseta exhaló un suspiro de alivio.

Había sido riesgoso deslizarse en el castillo, agregar un narcótico al vino del laird y atraerlo hasta el claro cerca del lago, pero todo había salido de acuerdo al plan. Él se había derrumbado a las orillas del lago vidrioso y los gitanos habían emprendido su ritual.

Habían pintado símbolos extraños en su pecho, habían rociado hierbas y cantado.

Aunque los gitanos la intranquilizaban y ella había deseado escapar de regreso a la

seguridad de su choza, se había obligado a sí misma a observar, a estar segura de que los taimados gitanos mantendrían su palabra, y para asegurarse a sí misma de que Ben estaba finalmente protegido por siempre, más allá del alcance de Edward Masen.

En el momento en que las palabras finales del hechizo habían sido pronunciadas, el mismo aire en el claro se había alterado: había sentido una frialdad rara, un cansancio repentino, abrumador, e incluso había vislumbrado una luz extraña asentándose alrededor del cuerpo del laird.

Los gitanos ciertamente poseían magia poderosa.

—¿De veras eternamente?— presionó Lauren—. ¿Nunca se despertará?

Rushka dijo impacientemente:

—Te lo dije, vieja, el hombre dormirá, congelado, sin ser tocado en absoluto por el

tiempo, sin nunca despertar, a menos que la sangre humana y el brillo del sol se mezclen en el hechizo grabado en su pecho.

—¿La sangre y el brillo de sol lo despertarían? ¡Eso nunca debe ocurrir!— exclamó

Lauren, aterrorizándose una vez más.

—No lo hará. Tienes mi palabra. No donde tenemos intención de esconder su cuerpo.

La luz del sol nunca lo alcanzará en las cavernas subterráneas cerca de Loch Ness.

Nadie lo encontrará nunca. Nadie sabe del lugar excepto nosotros.

—Debes esconderlo muy profundo— presionó Lauren—. Séllalo dentro. ¡Nunca debe ser encontrado!

—Dije que tienes mi palabra— dijo Rushka penetrantemente.

Cuando los gitanos, remolcando su carromato, desaparecieron en el bosque, Lauren

se hincó de rodillas en el claro, y murmuró una oración de gracias a cualquier deidad

que pudiera oírla.

El sentimiento de culpa la atenazaba, pero pesaba más el alivio, y se consoló con el

pensamiento de que realmente no lo habían herido.

Él estaba, como ella había prometido a Ben, ileso.

En esencia.


Capítulo 1

Highlands de Escocia

19 de septiembre, Día Presente

Isabella Swan necesitaba un hombre. Desesperadamente.

A falta de eso, se tranquilizaría con un cigarrillo. Dios Santo, odio mi vida, pensó.

Incluso ya no sé quién soy.

Recorriendo con la mirada el interior abarrotado del autobús de excursión, Bella

hizo una respiración profunda y frotó el parche de nicotina bajo su brazo.

Después de ese fiasco, ¿no merecía un cigarrillo? Aunque, aún cuando lograra escapar del horrible autobús y hallar un paquete, tuviera miedo de expirar de sobredosis de nicotina si fumaba uno.

El parche la hacía sentirse temblorosa y enferma.

Quizá, antes de dejarlo, debería haber esperado hasta haber encontrado su

desmontadora de cerezas, reflexionó.

Tampoco era como si los atrajera como moscas a la miel en su humor actual. Su virginidad apenas podía presentarse con su mejor luz mientras ella continuara gruñendo a cada hombre que encontraba.

Se apoyó contra el asiento agrietado, sobresaltándose cuando el autobús golpeó un

bache y provocó que los resortes metálicos del asiento se hincaran en su escápula.

Incluso la superficie suave, misteriosa y gris como pizarra de Loch Ness, más allá de la ventana traqueteante, una ventana que no se cerraría aún cuando lloviera y no se

quedaría abierta de otra manera, no pudo intrigarla.

—Ben, ¿te sientes bien?— preguntó bondadosamente Mike Newton desde al otro lado del pasillo.

Bella miró fijamente a Bert a través de su flequillo Jennifer Aniston, costosamente

biselado para atraer a su Brad Pitt "ahora mismo", que solamente le hacía cosquillas en la nariz y la molestaba.

Bert orgullosamente le había informado, cuando habían empezado la excursión una semana atrás, que tenía setenta y tres y el sexo nunca había sido mejor (esto mientras daba palmaditas a la mano de su recién casada, regordeta y

ruborizada esposa Jessica).

Bella había sonreído amablemente y los había felicitado y, desde esa demostración serena de interés, se había convertido en la favorita de la pareja excesivamente amorosa: la muchacha americana.

—Estoy bien, Mike— lo reconfortó, preguntándose dónde había encontrado él la

camisa de poliéster color limón y los pantalones verdes de golf, que discrepaban

dolorosamente con el cuero blanco que adornaban sus zapatos y los calcetines

cuadriculados.

Completando el conjunto del arco iris, una chaqueta de punto, roja, estaba pulcramente abotonada en torno a su barriga.

—No pareces tan bien allí, queridita— Jessica, irritada, ajustó un sombrero de paja

de ala ancha encima de sus rizos plateados suavemente azules—. Un poco verde cerca de las orejas.

—Es simplemente el paseo lleno de baches,Jess.

—Bien, estamos casi en el pueblo, y debes tomarte un bocado con nosotros antes de

que salgamos de visita a los lugares de interés— dijo Mike firmemente—. Podemos salir a ver esa casa, tú sabes, donde ese brujo Aleister Crowley solía vivir. Dicen que está embrujada— confió, meneando sus peludas cejas blancas.

Bella asintió con la cabeza apáticamente. Sabía que era inútil protestar, porque

aunque sospechaba que Jessica podría haberse apiadado de ella, Mike estaba

determinado a asegurarse de que ella tuviera diversión.

Se habían encariñado en sólo unos pocos días, sin imaginarse nunca por qué ella se había embarcado en esa búsqueda ridícula.

Cómo había dejado su casa en Santa Fe, Nuevo México, cómo había contemplado con

atención, tras la ventana de su cubículo en la Compañía De Seguros Allstate (mientras discutía con otro herido que aseguraba que había conseguido gastar un valor asombroso de nueve mil ochocientos veintisiete dólares de cuentas de quiropráctica por un accidente que había causado apenas ciento veintisiete dólares de daños en su

parachoques trasero) la idea de ir a Escocia, o en todo caso a cualquier lado, y que había sido irresistible.

Así que había dejado que un agente de viajes la convenciera que una excursión de

catorce días a través de las románticas Lowlands e Highlands de Escocia era justo lo que necesitaba, a un precio de ganga de novecientos noventa y nueve dólares.

El precio era aceptable; el mero pensamiento de hacer algo tan impulsivo la aterrorizaba, y eso era precisamente lo que necesitaba para sacudir con fuerza su vida.

Debería haber sabido que catorce días en Escocia por unos mil dólares tenían que ser la excursión de autobús de unos jubilados.

Pero había estado tan frenética por escapar del trabajo pesado y la vacuidad de su vida, que había examinado apresuradamente el itinerario y no le había dado a sus posibles compañeros de viaje un segundo pensamiento.

Eran treinta y ocho personas de edades entre sesenta y dos hasta ochenta y nueve

años, que charlaban, reían, y discutían cada pormenor de sus movimientos de vientre

con entusiasmo infinito en el pueblo o la cantina, y ella sabía que cuando regresaran a casa jugarían a los naipes y regalarían a sus viejas y envidiosas amistades con anécdotas interminables.

Se preguntó qué historias dirían acerca de la virgen de veinticinco años que había viajado con ellos.

¿Espinosa como un puerco espín? ¿Lo suficientemente estúpida como para tratar de

dejar de fumar en las primeras vacaciones reales de su vida y simultáneamente tratar de despojarse de su virginidad?

Suspiró. Los ancianos realmente eran dulces, pero dulzura no era lo que estaba

buscando.

Ella buscaba sexo apasionado y salvaje. Sexo bajo y sucio, feroz, sudoroso y caliente.

Últimamente ansiaba algo a lo que aún no podía poner nombre, algo que la

inquietaba e incomodaba cuando miraba El Décimo Reino o la búsqueda de sus amantes desgraciados favoritos, en Ladyhawke.

Si estuviera todavía viva, seguramente su madre, la renombrada física Dra. Reneé Swan, le aseguraría que no era nada más que un deseo biológico programado en sus genes.

Siguiendo los pasos de su madre, Bella se había especializado en Física, luego había

trabajado brevemente como auxiliar de investigación en la Corporación Triton mientras perfeccionaba su Doctorado (antes de que su Gran Ataque de Rebelión la hubiera hecho aterrizar en Allstate).

Algunas veces, cuando su cabeza había estado nadando en ecuaciones, se había preguntado si su madre no estaba en lo correcto, si todo lo que había en la vida podía ser clasificado por la ciencia y la programación genética.

Haciendo estallar un pedazo de chicle en su boca, Bella se quedó con la mirada fija

fuera de la ventana. Ciertamente no iba a encontrar su "de montadora" en este autobús.

Ni había tenido una mínima cantidad de suerte en los pueblos anteriores. Tenía que

hacer algo pronto, pues de otra manera terminaría de regreso a casa en nada diferente a como había llegado, y francamente ese pensamiento era más aterrador que la idea de seducir a un hombre que apenas conocía.

El autobús dio bandazos al detenerse en una parada, lanzando a Bella hacia delante,

haciendo que se golpeara la boca contra el bastidor metálico del asiento delantero.

Lanzó una mirada airada al conductor del bus, redondo y calvo, preguntándose cómo los ancianos siempre daban la impresión de anticipar cada parada en seco, cuando ella nunca podía. ¿Eran simplemente más cuidadosos por sus huesos quebradizos?

¿Estaban atados con correas en los mejores asientos? ¿Estaban conchabados con el conductor anciano y corpulento?

Buscó su polvera dentro de su mochila e, indudablemente, vio que su labio inferior estaba hinchándose. Bien, tal vez seducirá a algún hombre, pensó, sacándolo un poco más hacia afuera, mientras obedientemente seguía a Mike y Jessica fuera del autobús hacia la mañana soleada.

Labios con morrito: ¿no se obsesionaban los hombres con los labios regordetes?

—No puedo, Mike— dijo ella, mientras el bondadoso hombre remetía su brazo en el

de él—. Necesito estar sola un poco de tiempo— agregó con aire de disculpa.

—¿Está tu labio hinchado otra vez, amor?— Mike frunció el ceño—. ¿No traes puesto

tu cinturón de seguridad? ¿Estás segura de que estás bien?

Bella ignoró las primeras dos preguntas.

—Estoy bien. Simplemente estoy con ánimo de caminar y acomodar mis

pensamientos— dijo, intentando no advertir que Jessica la evaluaba desde debajo del ala ancha de su sombrero con la intensidad inquietante de una mujer que había

sobrevivido a hijas múltiples.

Con efectividad, Jessica empujó a Mike hacia los escalones de la parte delantera de la posada.

—Sigue, Mike— dijo a su nuevo marido—. Nosotras las chicas necesitamos charlar

un momento.

Mientras su marido desaparecía en la pintoresca posada, techada de paja, Jessica

guió a Bella hacia un banco de piedra y la haló hacia abajo, a su lado.

—Hay un hombre para ti, Isabella Swan— dijo Jessica.

Los ojos de Bella se ensancharon.

—¿Cómo sabes que eso es lo que estoy buscando?

Jessica sonrió, sus ojos azules de color aciano arrugando su cara regordeta.

—Escucha a Jess, queridita: olvida toda cautela. Si yo tuviera tu edad y me viera

como tú, entonces menearía mi bom-bom en todos los lugares donde fuera.

—¿Bom-bom?—. Las cejas de Bella se levantaron.

—La petunia, amor. El derrière, el trasero— dijo Jessica con un guiño—. Sal y

encuentra a tu hombre. No nos dejes echarte a perder el viaje, arrastrándote con

nosotros; no necesitas viejos alrededor. Tú necesitas que un joven atlético te eleve sobre tus pies. Y te mantenga fuera de ellos por un largo rato— dijo significativamente.

—Pero no puedo encontrar un hombre, Jessica— Bella resopló, frustrada—. He

estado yendo en busca de mi "desmontadora" por meses…

—¿Desmon…? ¡Oh!— los hombros redondos de Jessica, envuelto en lana rosada y

perlas, temblaron de risa.

Bella se sobresaltó.

—¡Oh, Dios Santo, qué bochornoso! No puedo creer que dije eso. Es… es que

simplemente empecé a llamarlo así en mi mente porque soy la mujer más vieja que

existe que todavía es…

—Virgen— ayudó Jessica servicialmente, con otra risa.

—Mm-hmm.

—¿No hay hombres que le gusten a una mujer joven como tú en casa?

Bella suspiró.

—En los pasados seis meses me he citado con montones de hombres…— se

interrumpió completamente.

Después de que sus prominentes padres hubieran muerto en un accidente de avión en marzo, regresando de un congreso en Hong Kong, ella se había convertido en una auténtica máquina de citas.

Su único pariente, su abuelo paterno, tenía la enfermedad de Alzheimer y no la había reconocido desde hacía mucho tiempo.

Últimamente, Bella se sentía como el último Mohicano, andando de aquí para

allá, desesperada por tener algún lugar al que llamar casa.

—¿Y?— aguijoneó Jessica.

—Y no soy virgen por no haberlo intentado— dijo Bella gruñonamente—. No

puedo encontrar a un hombre que desee, y he empezado a pensar que el problema está en mí. Tal vez espero demasiado. Tal vez espero algo que no existe—. Había expresado por fin su miedo secreto.

Tal vez la pasión extraordinaria simplemente era un sueño.

Con todo el besuqueo que había experimentado en los pasados pocos meses, ni una vez había estado transida de deseo. Sus padres ciertamente no habían demostrado una gran pasión entre ellos.

Puestos a pensar en eso, no estaba segura de haber visto alguna vez una pasión extraordinaria fuera del cine o un libro.

—¡Oh, queridita, no pienses eso!— exclamó Jessica—. Eres demasiado joven y

preciosa para flaquear: no pierdas la esperanza. Nunca sabes cuándo el Señor Correcto puede entrar andando. Simplemente mírame— dijo ella con una risa humilde

—En

declive, con sobrepeso, en un mercado cada vez más pequeño de hombres, me había

resignado a ser viuda. Había estado sola durante años, luego una mañana soleada mi

Mike bailó el vals en el pequeño restaurant en Elm Street donde las chicas y yo

desayunamos cada jueves, y me enamoré de él tan fuertemente como cae la señora gorda en el circo. Soñadora como una muchachita otra vez, poniéndome rulos en el pelo y...—

se sonrojó— hasta comprando algunas cosas en Victoria's Secret—. Bajó la voz y

parpadeó—. Sabes que estás hanky-panky en tu mente cuando los respetables sostenes y las bragas perfectamente blancas repentinamente no lo son más, y te encuentras comprando los rosados, los lilas, los verde limón y cosas por el estilo.

Bella despejó su garganta y cambió de posición con inquietud, preguntándose si su

sostén lila se revelaba a través de su top blanco. Pero Jessica estaba abstraída,

charlando.

—Y te diré, Mike ciertamente no era lo que pensé que quería en un hombre.

Siempre había pensado que me gustaban los hombres simples, honestos, trabajadores.

Nunca pensé que me involucraría con un hombre peligroso como mi Mike— confió.

Su sonrisa se hizo tierna, soñadora—. Él estuvo con la CIA por treinta años antes de

retirarse. Deberías oír algunas de sus historias. Emocionantes, positivamente

emocionantes.

Bella se quedó con la boca abierta.

—¿Mike estaba en la CIA? ¿Mike?

—No puedes juzgar el contenido del paquete por la envoltura, queridita— dijo

Jessica, palmeando su mejilla—. Y un consejo más: no te des prisa en regalarlo, Bella.

Encuentra a un hombre que sea merecedor. Encuentra un hombre con quien quieras

hablar en las horas pequeñitas, un hombre con el que puedas discutir cuando sea

necesario, y un hombre que te haga chisporrotear cuando te toca.

—¿Chisporrotear?— repitió Bella dudosamente.

—Confía en mí. Cuando sea el correcto, lo sabrás— dijo Jessica, radiante—. Lo

sentirás. No podrás alejarte de él—. Satisfecha de haber expresado su opinión, Jessica

plantó un beso de lápiz de labios rosa en la mejilla de Bella, luego se levantó, alisando

su suéter sobre sus caderas, antes de desaparecer en la posada alegremente pintada.

Bella miró su partida en un silencio pensativo.

Jessica Newton, de sesenta y nueve años y unas buenas cincuenta libras de sobrepeso,

caminaba con confianza. Deslizándose con la gracia de una mujer de la mitad de su

tamaño, blandía su trasero amplio, y, serenamente, exhibía su escote.

De hecho, caminaba como si se sintiera bella.

Merecedor. ¡Hmph!

A esas alturas, Bella Swan se conformaría con un hombre que no requiriera una

dosis de Viagra.

Bella hizo una pausa para descansar en la cima de la pequeña montaña de rocas que

escalaba.

Después de descubrir que no podría tomar su cuarto en la posada hasta después de las

cuatro en punto, y firme en su determinación de no irse de compras a la tienda más

próxima por un atado de eso-que-ella-no-iba-a-mencionar, había agarrado su mochila y una manzana y había trotado hacia las colinas para una caminata introspectiva.

Las colinas por encima de Loch Ness estaban salpicadas de afloramientos de piedra, y

el grupo de rocas en las cuales estaba parada se extendían por casi media milla,

levantándose en colinas temerarias y cayendo en barrancos dentados.

Había sido una subida difícil, pero había valorado el ejercicio después de estar enjaulada en el aire viciado del autobús por tanto tiempo.

Desde allí, no podía negarse que Escocia era preciosa.

Había rodeado cautelosamente parcelas de espinos y cardos puntiagudos para admirar las bayas rojo brillante de un árbol de serbal, cerca de unas cuantas castañas de Indias verdes cubiertas de púas que presagiaban el otoño con su caída al suelo.

Había estado bastante rato admirando un campo de brezos que ascendía y hacía juego con una ladera de arbustos rosados casi púrpura.

Un delicado ciervo y ella se habían asustado mutuamente cuando había atravesado el claro selvático en el cual el animal pastaba.

La paz se había derramado sobre ella, más profunda mientras más subía por los prados exuberantes y las colinas rocosas.

Lejos, bajo ella, Loch Ness se desperezaba en sus veinticuatro millas de largo y una milla de ancho, y, en algunos sitios, unos mil pies de profundidad, o algo así según el folleto que había leído en el autobús, resaltando el hecho de que el lago nunca se congelaba en invierno por su contenido turboso, ligeramente ácido.

El lago era un espejo plateado enorme brillando tenuemente bajo el cielo despejado.

El sol, casi en su cenit, marcaba la hora del medio día entrante y se sentía delicioso en su piel.

El clima había sido extraordinariamente cálido durante los pasados pocos días y tenía intención de aprovecharlo.

Se recostó en una roca plana y se desperezó, absorbiendo el brillo de sol.

Su grupo estaba programado para quedarse en el pueblo hasta las siete treinta de la siguiente mañana, así que disponía de suficiente tiempo para relajarse y disfrutar de la naturaleza antes de reabordar la excursión en el autobús del infierno.

Aunque nunca encontraría un prospecto elegible allí en las colinas, al menos no había teléfonos timbrando, con clientes airados en el otro extremo, y sin ancianos metiendo las narices en sus asuntos.

Sabía que charlaban acerca de ella; los ancianos hablaban de todo. Sospechaba que

compensaban todas las veces que habían sujetado sus lenguas cuando eran jóvenes,

invocando la impunidad de la edad avanzada.

Ella misma se encontraba esperando con ilusión la inmunidad de la ancianidad. Qué alivio sería decir exactamente lo que pensaba, para variar.

¿Y qué dirías tú, Bella?

—Estoy sola— masculló suavemente—. Diría que estoy sola y condenadamente

cansada de pretender que todo está bien.

¡Cómo deseaba que algo excitante ocurriera!

Y precisamente pensó en que la única vez que había tratado de hacer que algo

ocurriera, había terminado en la excursión en autobús de unos jubilados.

Había que hacerle frente: estaba condenada a vivir una vida seca, sin incidentes, y sola.

Con los ojos cerrados contra los rayos brillantes, buscó a tientas su mochila para alcanzar sus anteojos de sol, pero juzgó mal la distancia e hizo que el bolso cayera de la roca.

Lo oyó ir dando tumbos por varios instantes en medio del rumor de piedras sueltas,

luego un silencio prolongado, y finalmente un golpe sólido.

Remetiendo su flequillo detrás de una oreja, se incorporó para ver dónde había caído.

Quedó consternada al descubrir que se había desplomado fuera de la roca, detenido en una hondonada, y en el fondo de un precipicio estrecho e imponente.

Se movió hacia el reborde de la abertura, atisbándola cautelosamente.

Sus parches estaban en su mochila, y ella ciertamente no podía permanecer sin esa-palabra-en-laque-no-estaba-pensando sin algo con qué ayudarse.

Calibrando la profundidad de la rocosa hendidura en no más de veinticinco o treinta pies, decidió que era capaz de recuperarlo.

No tenía alternativa; tenía que bajar en pos de eso.

Bajándose por el borde, buscó palpando puntos de apoyo para sus pies.

Las botas de excursionismo que se había puesto esa mañana tenían las suelas rugosas y prensoras que hacían el descenso un poco más fácil; sin embargo, mientras el pedrusco raspaba sus piernas desnudas, se encontró deseando haberse puesto los jeans en lugar de su par favorito de shorts caqui de Aberc ombie & Fitch, los pantalones cortos que estaban tan de moda.

Su top blanco de encaje era muy cómodo para dar largas caminatas, pero la

camisa de mezclilla descolorida que se había atado alrededor de su cintura no dejaba de enredársele en las piernas, así que hizo una pausa un momento para desatarla y dejarla flotar en el aire hacia abajo, encima de su mochila.

Una vez que alcanzara el fondo, la doblaría dentro de su bolso antes de trepar de regreso hacia arriba.

Era lento, extenuante, pero la mitad de su vida estaba en el paquete y esa era

discutiblemente la mejor mitad.

Los cosméticos, el cepillo del pelo, la pasta dentífrica, hilo dental, las bragas, y muchos otros detalles que necesitaba para su persona en el caso

de que su equipaje se perdiera.

Oh, admítelo, Bella, ella pensó, podría vivir de esa mochila por semanas.

El sol golpeaba sus hombros mientras descendía, y comenzó a sudar.

Debía imaginarse que el sol tenía que brillar directamente en esa grieta en ese momento, pensó irritada.

Media hora más temprano o más tarde, y no habría penetrado por allí.

Cerca del fondo, se resbaló e inadvertidamente pateó la mochila, acuñándola

firmemente al pie de la estrecha hendidura. Mirando de reojo arriba, hacia el sol, ella

masculló:

—Vamos, trato de dejar de fumar aquí abajo, me podrías ayudar un poco.

Deslizándose los últimos pies, colocó un pie en tierra. Allí. Lo había hecho. Había

apenas suficiente espacio para dar la vuelta, pero estaba allí.

Bajando su otro pie, Bella atrapó la camisa y estiró sus dedos hacia la correa de su

mochila.

En ese momento exacto la tierra cedió bajo sus pies, tan repentina e inesperadamente

que apenas tuvo tiempo de jadear antes de hundirse a través del fondo tambaleante de la hendidura.

Cayó por unos aterradores pocos segundos, luego aterrizó con tal fuerza que

el impacto la dejó sin aire en sus pulmones.

Mientras luchaba por recobrar el aliento, la roca desintegrada y la suciedad llovieron

donde se encontraba. Añadiendo ofensa al daño, la mochila cayó a través del hueco después de ella y la aporreó en el hombro antes de caerse rodando en la oscuridad.

Finalmente se las ingenió para emitir un suspiro derrotado, escupió pelo y suciedad de su boca, y mentalmente evaluó su condición antes de intentar moverse.

Había caído duro y se sentía magullada de pies a cabeza. Sus manos sangraban de su

intento aterrorizado de agarrarse a algo durante su caída a través de la abertura dentada, pero, felizmente, no parecía que se hubiera roto algún hueso.

Cautelosamente, volvió su cabeza y contempló hacia arriba el hueco a través del cual

había caído. Un rayo terco de sol se filtraba hacia abajo, sobre ella.

No me aterrorizaré. Pero el hueco estaba una distancia imposible por encima de su

cabeza. Peor aún, no había encontrado a ningún otro excursionista durante su subida.

Podría gritar hasta ponerse ronca, pero nunca podrían encontrarla. Deshaciéndose de un temblor nervioso, miró con atención en la penumbra. La negrura oscura de una pared surgió amenazadoramente algunas yardas más allá, y podía oír el chorrito débil de agua a lo lejos.

Obviamente, había desembocado en una caverna subterránea de cierto tipo.

Pero el folleto no decía nada de ninguna cueva cerca de Loch Ness.

Todo pensamiento cesó abruptamente a medida que caía en la cuenta de que yacía

sobre alguna cosa que no era roca o suelo. Atontada por la caída abrupta, naturalmente había asumido que había aterrizado en el piso duro de una caverna.

Pero aunque era duro, ciertamente no era frío. Caliente, más bien. Y dado que hasta hacía pocos momentos ninguna luz del sol penetraba en ese lugar, ¿qué probabilidades había de que algo pudiera estar caliente en esa caverna fría y húmeda?

Tragando, permaneció completamente quieta, tratando de decidir sobre qué yacía sin

realmente mirarlo.

Lo tocó moviendo un poco más un hueso de la cadera. Cedía ligeramente, y no se

sentía como si fuera el suelo. Voy a vomitar, pensó. Se siente como una persona.

¿Había caído en una vieja cripta? Pero, entonces, ¿no tendría que haber huesos?

Mientras debatía su siguiente movimiento el sol alcanzó su cenit, y un eje brillante de luz bañó el lugar donde había caído.

Reuniendo todo su coraje, se obligó a sí misma a mirar hacia abajo.

Y gritó.


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