La historia no me pertenece, yo solamente me encargo de adaptar este maravilloso libro. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y al final diré el nombre de la autora.


Capítulo 4

Para ser una mujer no propensa a la violencia, Bella se quedó estupefacta por su deseo de patear a Edward Masen.

No para rebanarlo y cortarlo en pedacitos verbalmente, lo cual habría sido la cosa más madura para hacer, sino darle puñetazos, tal vez hasta morderlo la siguiente vez que la tocara. Su mente se puso en blanco un instante, en un descanso sabático, solamente mirándolo. Nunca había encontrado a un hombre tan perdidamente chauvinista. Sacaba lo peor de ella, rebajándola a un nivel tan primitivo como el de él. Le dieron ganas de arrojarse contra él y golpearlo con los puños. Él se comportaba como si, porque la había encontrado encima de él, la poseyera. Los lords escoceses obviamente no habían cambiado mucho a través de los siglos.

No había pasado por alto su proclamación que él era un auténtico laird; más bien,

Había preferido ignorarlo. Él parecía esperar una reverencia o un desmayo virginal, y no

Alimentaría su vanidad. Parecía que los siglos de sumisión hacia los ingleses no habían enseñado a los escoceses ni un bledo acerca del respeto. Probablemente fuera de esos aristócratas tediosos que estaban peleando para restaurar la independencia de Escocia, así podría pavonearse en su falda escocesa y sus privilegios como un pequeño rey. Incluso prefería la afectada forma de hablar arcaica de siglos pasados.

Y era definitivamente un Don Juan. La conversación fácil y sexy había alertado sus

Susceptibles radares. Probablemente tan estúpido como un cofre de rocas, sin embargo, porque toda esa fuerza muscular no podía dejar lugar para tener mucho cerebro.

—Tengo que regresar a la posada ahora— le informó ella.

—No hay necesidad de que busques refugio en una taberna común y corriente. Estarás generosamente alojada en mi propiedad. Me ocuparé de tus necesidades—.

Posesivamente, él ahuecó su mano en la nuca, enredando los dedos en su cabellera—. Me gusta la forma en que llevas el pelo. Es inusual, pero lo encuentro más… sensual.

Encrespándose, ella removió su flequillo fuera de sus ojos.

—Pongamos algo en claro, Masen. No voy a ir a casa contigo. No voy a compartir la cama contigo, y no desperdiciaré un momento más riñendo contigo.

—Prometo no burlarme de ti cuando cambies de idea, muchacha.

—Oooh. Contrario a lo que tú pudieras pensar, la arrogancia no funciona como afrodisíaco para mí—. Era sólo una pequeña mentira. La arrogancia de por sí no lo hacía,

pero ese hombre arrogante en particular era una piruleta andante, y estaba segura de que poner sus labios encima de cualquier parte de él satisfaría el anhelo oral inexorable contra el que había estado luchando por diez días, siete horas y cuarenta y tres minutos, que por supuesto ella no contaba.

—Afro-di-sía-co— él repitió lentamente, las cejas arrugadas. Guardó silencio un

momento, luego dijo—: Ah, griego: Afrodita y akos. ¿Quieres decir una poción de amor?

—Algo así—. ¿Cómo podría él no conocer esa palabra?, se preguntó, mirándolo

cautelosamente. ¿Y por qué partía la palabra griega?

Cuando él sonrió, abiertamente arrogante, ella dejó caer su mirada y fingió una fascinación repentina por sus cutículas. El hombre era demasiado condenadamente sexy para su bien. Y más estando tan cerca.

Él deslizó sus manos en su pelo y tiró con gentileza, obligándola a mirarlo. Sus ojos de plata brillaban intensamente.

—Dime que no adviertes el calor entre nosotros. Dime que no me deseas, Bella Swan—. Su mirada la desafiaba a mentir.

Desalentada, ella se percató que él podía percibir cuánto lo deseaba, tal como

sospechaba que él ansiaba tenderse encima de ella, así que hizo lo que las engañosas reclamaciones de seguro le habían enseñado a hacer mejor: Negar, negar, negar.

—No te deseo— ella se burló ligeramente. Bravo. Correcto. La tensión sexual entre ellos casi calificaba como una quinta fuerza de la naturaleza.

Él movió hacia un lado la cabeza. Una ceja oscura se levantó y su mirada fue

divertida, como si estuviera en cierta forma al tanto de su debate interno. Una esquina de su boca se elevó en una sonrisa débil.

—Cuando finalmente digas la verdad, será tan dulce, inglesita. Me endurecerá como

la piedra, escuchar simplemente las palabras en tus labios.

Ella consideró imprudente señalar que él ya lo estaba. Cuando había sepultado sus

manos en su pelo, había rozado esa parte de él contra ella. Se escandalizó al percatarse de que realmente contemplaba tener sexo casual con él, mientras trataba de juzgar qué era lo peor que podría ocurrir entonces, si como muchas personas que conocía lo hacían, brincaba a la cama con un desconocido. Dios, él era tan tentador. Ella quería experimentar pasión, y cuando ese hombre la contemplaba de la manera en que lo hacía en ese momento, sentía que el Cielo podría ser simplemente un beso caliente y lúbrico.

Pero era terco, demasiado bello para la tranquilidad de espíritu de cualquiera, una variable salvajemente imprevisible en una ecuación riesgosa, y ella sabía que esos eran los que podrían hacer estallar el caos. El revoloteo nervioso en su estómago, el deseo que sentía, eran sensaciones demasiado nuevas para actuar sin reflexionar.

Aunque quería cambiar su vida y estaba decidida a perder su virginidad, comenzaba a darse cuenta de que no era tan fácil como había pensado que sería. Pensar en tener relaciones sexuales con un virtual desconocido era por completo diferente a realmente zambullirse directamente en el ardor y la desnudez y su falta de experiencia de ella.

Especialmente cuando ese virtual desconocido era tan hombre, un poco extraño, y bastante abrumador. Sus recién descubiertos sentimientos de deseo la asustaron.

La intensidad de la reacción de su cuerpo hacia él la asustaba.

Quizá ella lo podría hacer con él en el último día de su viaje, caviló. Él estaba

ciertamente dispuesto. Podría tener lo que se conocía por sexo casual, luego volver

volando a casa y nunca tener que verlo otra vez. Había comprado condones antes de

dejar los Estados Unidos, y estaban remetidos en un lugar seguro en su mochila.

¡Shh! ¿Era la locura contagiosa? ¿Qué demonios estaba pensando?

Una sacudida enérgica de cabeza restauró su cordura.

—Sigamos— dijo él.

Me gustaría, pero tú eres demasiado peligroso, ella pensó con un suspiro.

Dado que él se dirigía hacia abajo de la colina en dirección general a la posada, ella lo

siguió.

—No tienes que sostener mi mano— protestó la joven—. No voy a irme corriendo.

Sus ojos se arrugaron con diversión silenciosa mientras él la soltaba.

—Disfruto de sostener tu mano. Pero puedes caminar junto a mí— le informó.

—No caminaría en ningún otro sitio— ella masculló. Ir detrás alimentaría su ego,

aunque ella lograría observar su cuerpo increíble, inadvertida. Adelante, se sentiría miserable, sintiendo su mirada fija en ella. A su lado era el único lugar aceptable.

Él daba largas zancadas, su paso natural demasiado largo para ella, pero se rehusó a quejarse. Mientras más rápido caminaran, más rápidamente se podría rodear en la seguridad del tumultuoso pueblo. Ella no había soñado nunca que estaría tan agradecida de ver un bus de ancianos en su vida.

Ocupada tramando su retirada educada pero apresurada de su presencia, no se percató de que él se había detenido hasta que estuvo a alguna distancia detrás de ella. La

muchacha se volvió y gesticuló impacientemente, pero los ojos del hombre estaban en el pueblo debajo.

—Vamos— gritó ella. Él no pareció oírla. Lo llamó otra vez, agitando los brazos para llamar la atención, pero él permaneció inmóvil, su mirada fija en el panorama.

Estupendo, decidió, éste es un buen momento para irse, y tengo ventaja. Arrancó en

una carrera rápida hacia abajo de la ladera sesgada. Estirando sus piernas al máximo,

como si corriera por su vida, repentinamente se sintió tonta. Si el hombre verdaderamente había tenido intención de dañarla, podría haberlo hecho hacía mucho

tiempo. A pesar de eso, no podía sacudirse la sensación de que estaba dejando algo increíblemente peligroso tras ella, más que un hombre común y corriente, y que era más sabio que se alejara ahora.

Corrió por varios segundos antes de que el misil la bombardera desde atrás. Ella

tropezó y aterrizó en su estómago en un cantero bailarín de arvejas púrpuras, atrapada bajo su cuerpo. Él estiró sus manos por encima de su cabeza y la presionó contra el suelo.

—Dije que no corrieras de mí— la advirtió—. ¿Cuál palabra es la que encuentras difícil de entender?

—Pues bien, tú te congelaste— discutió Bella—. Te llamé. Y ay, demonios, ahora estoy magullada en todas partes.

Cuando él no respondió, y sólo apartó su cuerpo ligeramente fuera del de ella para

que pudiera respirar, ella cayó en la cuenta de un cambio sutil en él. Su corazón sonaba estruendoso contra su espalda, su respiración era superficial, y sus manos temblaban encima de las de ella.

—¿Q-qué sucede?— preguntó débilmente. ¿Qué horror podría hacerle temblar las manos tan fuertemente?

Él apuntó hacia un coche que desaparecía en la carretera sinuosa bajo ellos.

—¿Qué en nombre de todo lo que es santo es eso?

Bella miró de reojo.

—Se parece a un VW pero que no puedo asegurarlo desde esta distancia. El sol me da en los ojos.

—¿Un qué?

—Volkswagen.

—¿Un… qué vaguen?

—Volkswagen. Un coche—. ¿Se había vuelto el hombre sordo?

—¿Y eso?

La mejilla del hombre rozó su sien mientras ella volteaba su cabeza para contemplar donde él apuntaba.

—¿Qué?— ella parpadeó con seriedad. Él parecía señalar la posada—. ¿La posada?

—No, esa cosa brillante con colores como nunca he visto. ¿Y qué hay de todos esos árboles deshojados? ¿Qué le ha ocurrido a los árboles? ¿Y por qué han atado cordones entre ellos? ¿Piensas que se escaparán en caso de que no los aten con una correa? ¡Nunca he visto robles tan abominables!

Bella contempló el signo del neón por encima de la posada y los postes telefónicos

en un silencio cauteloso.

—¿Pues bien, muchacha?—. Él hizo varias profundas y lentas inspiraciones, luego dijo inestablemente—. Nada de esto estaba aquí antes. Nunca he visto tales rarezas. Se

ve como si la mitad de los clanes de Escocia se hubieran reacomodado cerca del lago de Brodie, y estoy realmente seguro de que él no aprobaría todo esto. Es un hombre muy reservado—. Él comenzó a rodar fuera de ella y la volvió de cara al cielo, luego la levantó hasta que estuvo de rodillas de frente a él. Él ahuecó las manos sobre sus hombros y la sacudió—. ¿Qué es un coche? ¿Qué propósito tiene?

—¡Oh, por el amor de Dios, sabes lo que es un coche! Deja de fingir. Has estado bonito actuando como el lord arcaico, pero no juegues más conmigo—. Bella lo miró

furiosamente, pero bajo su cólera, la asustaba. Tenía una expresión desconcertada en su cara, y creyó vislumbrar un indicio de miedo en sus ojos brillantes.

—¿Qué es un coche?— él repitió suavemente.

Bella comenzó a hacer un comentario cáustico, luego vaciló. Quizá estaba enfermo.

Quizá esa situación fuera infinitamente más peligrosa de lo que había pensado.

—Es una máquina accionada por… baterías y… er… y gas— abruptamente se decidió a llevarle la corriente, dándole una respuesta corta—. Las personas se transportan en ellos.

Silenciosamente, sus labios formaron las palabras batería y gas. Permaneció muy

quieto un momento, y luego dijo:

—¿Inglesa?

—Bella— ella corrigió.

—¿Eres verdaderamente inglesa?

—No. Soy americana.

—Americano. Sé que parece… verdaderamente, pero… ¿Bella?

—¿Qué?— sus preguntas comenzaban a asustarla.

—¿En qué el siglo me encuentro?

La respiración se le atoró en la garganta. Ella se masajeó las sienes, atacada por un

dolor de cabeza repentino. Debería haberse imaginado que un hombre que emanaba tan crudo sex-appeal tenía que ser fatalmente defectuoso. No tenía idea de qué decirle.

¿Cómo contestaba uno a esa pregunta? ¿Se atrevería ella a hacerlo y simplemente

alejarse, o la acometería él otra vez?

—Dije, ¿qué siglo es este?— él repitió suavemente.

—Veintiuno— dijo ella, entrecerrando los ojos. ¿Estaba jugando? Las letras mayúsculas remarcadas de un titular de periódico florecieron contra el interior de sus párpados, excluyendo todo pensamiento racional:

UNA UNIVERSITARIA QUE NO COMPLETÓ SUS ESTUDIOS, HIJA DE FÍSICOS RENOMBRADOS EN EL MUNDO, SECUESTRADA POR ENFERMO MENTAL FUGADO. Subtitulado: DEBERÍA HABER ESCUCHADO A SUS PADRES Y HABER PERMANECIDO EN EL LABORATORIO.

Él permaneció silencioso, y cuando ella abrió los ojos, escudriñaba el pueblo debajo:

los botes en el lago, los edificios, los coches, las luces brillantes y los letreros, los ciclistas en las calles. Irguió la cabeza, escuchando las bocinas, el zumbido de las motocicletas, y, de algún café, el bajo rítmico de un rock and roll. Frotó su mandíbula, su mirada fija y cautelosa. Después de algún tiempo asintió con la cabeza, como si hubiera resuelto un debate interno que había estado sosteniendo.

—Cristo— medio murmuró, sus aristocráticas fosas nasales dilatándose como los de un animal arrinconado—. No he perdido una luna escasa. He perdido siglos.

¿Una luna escasa? ¿Siglos? Gwen pellizcó su labio inferior entre su dedo y el pulgar,

pensando.

Luego él la miró de nuevo, observó su camisa, su mochila, su pelo, sus pantalones

cortos y finalmente sus botas de excursionismo. Él sacó su pie fuera de ella, lo sostuvo en sus manos y lo estudió por un largo momento antes de levantar sus ojos hacia ella otra vez. Sus cejas oscuras se hundieron.

—¿Tú nombras tus medias?

—¿Qué?

Él pasó su dedo sobre la palabra Polo Sport cosido en el puño de su calcetín de lana gruesa. Luego su mirada se fijó en la etiqueta pequeña de sus botas: Timberland. Antes

de que ella pudiera formar una respuesta, él dijo:

—Dame tu bolsa.

Bella suspiró y comenzó a dárselo, luego bajó la cremallera principal de la mochila,

sin humor para entrar en un debate acerca de las cremalleras. Considerando la que tenía en sus pantalones cortos, si él verdaderamente no sabía cómo funcionaban, no iba a apresurarse en enseñarle. Las mujeres deberían coser candados en sus cremalleras con él cerca.

Él tomó la mochila y echó el contenido sobre el terreno. Cuando su teléfono celular

cayó, ella se sintió momentáneamente furiosa consigo misma por olvidarlo, hasta que recordó que no funcionaría en Escocia de cualquier manera. Mientras él lo extraía de la confusión de sus pertenencias, Bella se percató que no funcionaría nunca más en la vida. La envoltura plástica había sido aplastada en una de sus muchas caídas, y se hizo pedazos en las manos masculinas. Él contempló la tecnología diminuta de adentro con fascinación.

Buscó desordenadamente en sus cosméticos, abrió su polvera, y se contempló a sí mismo en el pequeño espejo. Sus barras de proteínas fueron arrojadas a un lado junto con la caja de condones, (gracias a Dios) y cuando él curioseó su cepillo de dientes, su mirada desconcertada pasó rápidamente desde el pelo largo y espeso de la muchacha hasta el cepillo diminuto y de regreso a su pelo otra vez. Una ceja se arqueó en una expresión de duda. Él recogió la última edición de Cosmopolitan, contempló la imagen de la modelo medio desnuda en la cubierta, luego pasó rápidamente las páginas, mirando estúpidamente las fotos brillantemente coloreadas. Pasó sus dedos sobre las hojas como si estuviera estupefacto.

—Y Carlisle piensa que sus tomos iluminados son preciosos— masculló.

Cuando empezó a buscar desordenadamente entre sus bragas de distintos colores, la joven consideró que ya había tenido bastante. Puso su puño sobre la braguita de seda lima que él examinaba entonces y firmemente meneó su cabeza.

Pero cuando él la miró, ella se dio cuenta de que por primera vez desde que se habían encontrado, la seducción no estaba en su mente. Su deseo de escapar fue abruptamente vencido por el aspecto de angustia en su cara, y ya no estuvo tan segura de que él estaba jugando. Si lo estaba, entonces era un actor consumado.

Arrancando la revista de sus manos, ella señaló la fecha en la esquina. Los ojos de

Edward se ampliaron incluso más aún.

—¿En qué siglo creías estar?— preguntó ella, disgustada consigo misma por ser

tomada como tonta por ese hombre tan guapo. No estaba en sus cabales, no tenía ninguna cualidad redentora, pero la atraía como una polilla suicida hacia una llama, ¿y qué ocurriría si hacía cenizas sus alas?

—El dieciséis— contestó huecamente.

Sonó tan perturbado que ella lo tocó, rozando con sus dedos la mandíbula cincelada,

permaneciendo allí mucho más tiempo de lo que era sensato.

—Masen, necesitas ayuda— lo consoló—. Y encontraremos ayuda para ti. Él cerró su mano sobre la de ella, volteó su cabeza, y besó su palma.

—Mis gracias. Estoy encantado de que acudas tan velozmente en mi ayuda.

Ella retiró su mano rápidamente.

—Ven conmigo al pueblo y te conseguiré un doctor. Probablemente caíste y tienes una concusión— dijo Bella, esperando que fuese cierto. La alternativa era que él hubiera estado vagabundeando, sólo Dios sabía cuánto tiempo, pensando que era algún lord medieval, y ella francamente no podía reconciliar al hombre poderoso y arrogante con un mentiroso paranoico y esquizofrénico. No quería que estuviera enfermo. Quería que fuera tal como parecía ser: competente, fuerte y saludable. Parecía mentira que un caso mental pudiera ser tan… dominante, tan regio.

—No— dijo él suavemente, su mirada flotando mansamente hacia la fecha en la

revista otra vez—. No iremos a tu pueblo, sino a Ban Drochaid— dijo finalmente—. Y no tenemos mucho tiempo. Será un viaje duro, pero te compensaré cuando lleguemos.

Serás generosamente premiada por tu ayuda.

Oh, Dios Santo, él tenía la intención de llevarla a su castillo. Realmente estaba de la cabeza.

—No iré a esas piedras contigo— dijo ella tan serenamente como pudo dadas las circunstancias—. Déjame llevarte a un doctor. Confía en mí.

—Confía en mí— dijo él, mientras la jalaba hasta ponerla de pie a su lado—. Necesito

de ti, Bella. Necesito tu ayuda.

—Y trato de dártela…

—Pero tú no entiendes.

—¡Sé que estás enfermo!

Él meneó su cabeza cobriza, y en la luz del atardecer sus ojos de plata eran claros,

ecuánimes e inteligentes. Ningún indicio de locura acechaba allí, sólo preocupación y determinación.

—No. Estoy sano y de ningún modo loco como piensas. Simplemente tendrás que

verlo por ti misma.

—No iré contigo— dijo ella firmemente—. Tengo otras cosas que hacer.

—Debes olvidarlo. El Masen tiene prioridad, y con el tiempo entenderás. Ahora te

pregunto una última vez, ¿vendrás conmigo por propia voluntad?

—Ni cuando se hiele el infierno, bárbaro.

Cuando él envolvió su mano en torno a su muñeca, ella se dio cuenta de que mientras discutían había quitado una cadena de cierto tipo de alguna parte de su cuerpo. Cuando

él cerró los enlaces de metal alrededor de su muñeca y la sujetó a él, abrió su boca para gritar, pero el hombre aseguró una mano poderosa sobre su boca.

—Entonces vendrás conmigo por mi única voluntad. Así sea.


Capítulo 5

Casi quinientos años, cavilaba Edward. ¿Cómo podía ser? Sentía como si sólo el día anterior hubiera salido a cabalgar en los prados cargados de brezos de su hogar en las Highlands. Su mente se tambaleó de alarma, y aunque hizo un intento de negarlo, sabía que era cierto. Lo sabía con una conciencia visceral que era incuestionable. El tiempo de Bella se sentía diferente, el ritmo natural de los elementos era frenético, quebrado. Su mundo no era un mundo sano.

Los siglos habían pasado, y no tenía idea de cómo había ocurrido. Explorar su memoria no había proporcionado nuevos indicios. Cinco siglos de somnolencia parecían haber enmudecido su memoria, atenuando los acontecimientos que habían ocurrido justamente antes de su secuestro. Todo lo que sabía era que había sido llevado a algún tipo de emboscada en la cual un número indeterminado de personas había participado.

Había habido hombres armados. Había habido cánticos y humo perfumado, lo cual apestaba a brujería o druidismo. Obviamente había sido drogado, ¿pero después qué?¿Encantado por un hechizo de sueño? Y si había sido embrujado, ¿entonces por quién? Aún más importante, ¿por qué? Saber el por qué le diría si su clan entero había sido víctima también.

Un dedo helado de temor rozó su columna vertebral mientras consideraba la

posibilidad de que hubieran sido atacados por la tradición que protegían. ¿Alguien finalmente había creído en los rumores y había ido buscando pruebas?

Los varones Masen eran druidas, como sus antepasados lo habían sido a través de

milenios. Pero lo que pocos sabían era que no eran druidas comunes, que basaban la mayor parte de sus artes en la tradición incompleta, desde la pérdida de cierta cantidad de ésta en las nefastas guerras de milenios atrás. Los Masen poseían toda la tradición y eran los únicos guardianes de las piedras estáticas.

Si después de que él hubiera sido secuestrado, su padre, Carlisle, había sido asesinado por sus secuestradores, la tradición sagrada estaría perdida para siempre, y el conocimiento que protegían —para ser usado sólo cuando el mundo lo necesitara— se habría desvanecido completamente.

Recorrió con la mirada a Bella. ¡Si ella no lo hubiera despertado, bien podría haber dormitado por toda la eternidad! Murmuró una oración silenciosa de agradecimiento.

Considerando cuidadosamente su situación, comprendió que por ahora el cómo y por

qué de su secuestro eran irrelevantes. No encontraría respuestas en ese tiempo. Lo que importaba era proceder: había sido lo suficientemente afortunado como para haber sido despertado y tenía la oportunidad y el poder para corregir las cosas. Aunque para hacer eso, debía estar en Ban Drochaid la medianoche de Mabon.

Él la recorrió con la mirada otra vez, pero ella se rehusó a mirarlo. El crepúsculo

hacía tiempo había caído, y habían hecho buen tiempo, poniendo muchas millas entre ellos y el pueblo horrendo y ruidoso. A la luz de la luna, su piel suave brilló tenuemente con la cálida riqueza de las perlas. Él se permitió el placer de imaginársela desnuda, lo cual no era difícil cuando ella traía puesto tan poco. Era toda una mujer y sacaba a la luz al hombre más primitivo que dormía en él, con una necesidad aguda de poseer y aparearse. Sus pezones eran claramente visibles bajo su camisa delgada, y él deseó succionarlos dentro de su boca. Era una muchachita apasionada con una voluntad de acero y curvas que tentarían la mirada incluso de su devoto sacerdote Ben. Había sido difícil reprimirse desde el momento en que había abierto los ojos y la había contemplado, y había estado incómodamente erecto desde entonces. Una mirada provocativa de ella lo regresaría a una condición dolorosa, pero no se preocupó demasiado de que pudiera lanzarle semejante mirada. No le había hablado en horas, no desde que él se había rehusado por centésima vez a soltarla. No desde que le había dicho que la lanzaría sobre su hombro y la llevaría de ese modo si tuviera que hacerlo.

Lo intrigó que ella no hubiera gritado, ni se hubiera desmayado o implorado su liberación. Su primera impresión de ella no había sido enteramente precisa; aunque era

difícil de percibir, debido a su manera extraña de hablar, poseía una cantidad muy pequeña de inteligencia. Había demostrado habilidades sutiles de razonamiento al tratar de hacerle cambiar de opinión acerca de llevarla consigo, y cuando se había percatado de que no había posibilidad de hacerlo desistir, lo había tratado como si simplemente no existiera. Bravo, Bella, pensó él. Isabella significa hermosa. Realmente resultas ser una muchacha fascinante.

Considerando que inicialmente había pensado que era una huérfana o la única

sobreviviente de la masacre de su clan, una mujer que estaba dispuesta a canjear su

cuerpo para asegurarse un protector porque ello explicaría su ropa y su conducta, desde entonces se le había ocurrido que ella simplemente podría ser normal en su tiempo.

Podía ser que en cinco siglos las mujeres hubieran cambiado mucho más, convirtiéndose en tenazmente independientes. Entonces, ¿por qué, se preguntó, sentía él una tristeza muda, un ligero toque de vulnerabilidad en ella que desmentía sus bravatas?

Sabía que la chica pensaba que se la había llevado a la fuerza porque la deseaba, y ojalá fuera tan simple. No podía negar que la encontraba tentadora y estaba impaciente por compartir la cama con ella, pero las cosas eran, repentinamente, mucho más complicadas. Una vez que había descubierto que estaba atrapado en el futuro, había entendido que la necesitaba. Cuando llegaran a las piedras, si lo peor era cierto y su castillo estaba perdido, había un ritual que debía realizar con sus condenados conocimientos. Había una posibilidad de que el ritual saliera mal, y si eso ocurría,

necesitaba a Bela Swan junto a él.

Ella estaba fatigada, y Edward sintió una punzada de arrepentimiento por haberlo

causado. Cuando ella se tropezó con una raíz y cayó contra él, sólo para sisear y avanzar dando tumbos para alejarse, se ablandó. Le cedería esa única noche, pero al día siguiente no habría descansos. Ella casi cayó donde estaba parada; entonces él ahuecó un brazo detrás de sus hombros, el otro detrás de sus rodillas, y la depositó en el tronco musgoso de un árbol enorme que había caído en el bosque. Sentada al borde del tronco macizo, con sus pies colgando varias pulgadas por encima del suelo, se veía pequeñita y delicada.

Los corazones guerreros no siempre venían en cuerpos fuertes de guerrero, y aunque él podía caminar tres días sin descanso o comida, ella no soportaría tales condiciones.

Se dejó caer encima del tronco, a su lado.

—Bella— dijo él quedo.

No hubo respuesta.

—Bella, verdaderamente no te haré daño— dijo él.

—Ya lo hiciste— replicó ella.

—¿Me hablas otra vez?

—Estoy encadenada a ti. Tenía la intención de no volver a hablarte nunca, pero he decidido que no tengo ganas de hacerte las cosas fáciles, así que voy a decirte

incesantemente y con vívidos detalles qué tan miserable me siento. Voy a atiborrarte las orejas con mis quejas. Voy a hacerte desear haber perdido el oído cuando naciste.

Él rió. Ésa era su inglesa desdeñosa otra vez.

—Estás en libertad de atormentarme en cualquier oportunidad. Lamento causarte incomodidades, pero debo hacerlo. No tengo alternativa.

Ella arqueó una ceja y lo contempló con desdén.

—Déjame estar segura de que entiendo la situación. Piensas que eres del siglo dieciséis. ¿Qué año, exactamente?

—Mil quinientos dieciocho.

—Y en mil quinientos dieciocho, ¿tú viviste cerca de aquí?

— Sí.

—¿Y eras un lord?

—Sí.

—¿Y cómo es que terminaste en estado de letargo en una caverna en el siglo veintiuno?

—Eso es lo que debo descubrir.

—Masen, es imposible. Me pareces relativamente cuerdo, esta falsa ilusión excluida. Un poco chauvinista, pero no demasiado anormal. No hay forma de que un hombre pueda quedarse dormido y despertar casi cinco siglos más tarde. Fisiológicamente, es imposible. He tenido noticias de Rip Van Winkle y la Bella Durmiente, pero esos son cuentos de hadas.

—Dudo que las hadas tengan que ver con esto. Sospecho de los gitanos o la brujería—

confió él.

—Oh, bueno, eso es más reconfortante— dijo ella, también dulcemente—. Gracias por aclararlo.

—¿Te burlas de mí?

—¿Tú crees en hadas?— ella contrarrestó.

—Hada es solamente otro nombre para los Tuatha De Danaan. Y sí, existen, aunque

guardan sus distancias con el hombre mortal. Nosotros los escoceses siempre hemos

sabido eso. Has vivido una vida protegida, ¿verdad?— cuando ella cerró sus ojos, él sonrió. Era tan ingenua.

Cuando la muchacha abrió los ojos otra vez, lo privilegió con una sonrisa condescendiente, y cambió el tema como si no quisiera presionar demasiado su mente frágil. Él se mordió los labios para impedir un bufido sarcástico. Al menos le dirigía la palabra otra vez.

—¿Por qué vas a Ban Drochaid, y por qué insistes en llevarme contigo?

Él sopesó lo que podría decirle con seguridad sin ahuyentarla.

—Debo llegar a las piedras porque es donde mi castillo está…

—¿Está, o estaba? Si planeas convencerme de que eres verdaderamente del siglo

dieciséis, vas a tener que engañarme un poco mejor con tus tiempos verbales.

Él la recorrió con la mirada con reprobación.

—Estaba, Bella. Rezo por que perdure todavía—. Tenía que estar, pues si llegaban a

las piedras y no había señal de su castillo, su situación ciertamente sería escalofriante.

—¿Así que esperas visitar a tus descendientes? Asumiendo, claro está, que te sigo la

corriente en este juego absurdo— agregó ella.

No, no a menos que su padre, a los sesenta y dos años, en cierta forma hubiera

logrado engendrar otro niño luego de que Edward hubiera sido secuestrado, lo cual era altamente improbable, ya que Carlisle no había estado con una mujer desde que la madre de sus hijos había muerto, hasta donde sabía. Lo que esperaba era que perduraran algunos artefactos del castillo. Pero no le podía decir más que eso. No podía arriesgarse a ahuyentarla cuando la necesitaba tan desesperadamente.

No debería haberse molestado buscando una respuesta convenientemente evasiva,

porque al vacilar demasiado tiempo para que ella le creyera, la muchacha simplemente siguió adelante con otra pregunta.

—¿Por qué me necesitas?

—No conozco tu siglo, y la región entre aquí y mi casa pudo haberse alterado— él ofreció serenamente la verdad incompleta—. Necesito un guía que tenga conocimientos

de los caminos de este siglo. Puedo necesitar atravesar tus pueblos, y podría haber peligros que no percibiría hasta que fuera demasiado tarde—. Eso había sonado bastante convincente, pensó él.

Ella lo evaluaba con patente escepticismo.

—Bella, sé que piensas que me ha fallado la memoria, o estoy enfermo y tengo

fantasías febriles, pero considera esto: ¿qué ocurriría si tú estás equivocada, y yo digo la verdad? ¿Te he dañado? Aparte de hacerte venir junto conmigo, ¿te he herido de alguna

forma?

—No—. La chica hizo la concesión a regañadientes.

—Mírame, Bella—. Él ahuecó su cara con sus manos, así que ella tuvo que mirar directamente sus ojos. La cadena traqueteó entre ambas muñecas—. ¿Crees verdaderamente que yo te haría daño?

Ella sopló una hebra de pelo de su cara con una bocanada suave de respiración.

—Estoy atada con cadenas a ti. Eso me preocupa.

Él tomó un riesgo calculado. Con un movimiento impaciente soltó los eslabones,

contando con el lascivo calor entre ellos para continuar uniéndolos.

—Muy bien. Eres libre. Te juzgué mal. Creí que eras una mujer amable y compasiva,

no una muchacha cobarde que no puede soportar nada que no entienda de inmediato…

—¡No soy cobarde!

—… Y que si un hecho no se apega a su apreciación de cómo deberían ser las cosas,

entonces no es posible—. Él dio un bufido burlón—. Qué visión estrecha del mundo tienes.

—¡Oh!— Bella frunció el entrecejo, alejándose de él en el tronco del árbol caído.

Columpió una pierna a cada lado, montando a horcajadas el tronco macizo, y sentándose para enfrentarlo

—. ¿Cómo te atreves a tratar de hacerme sentir mal por no creer en tu historia? Te lo aseguro, no tengo una visión estrecha del mundo. Debo de ser una de las pocas personas que no lo tiene. Podrías asombrarte de qué tan amplia y bien informada es mi visión del mundo—. Ella dio masaje a la piel en su muñeca, mirándolo furiosamente.

—Qué contradictoria eres— dijo él suavemente—. En algunos momentos pienso que

veo coraje en ti, luego en otros no veo nada excepto cobardía. Dime, ¿eres siempre tan paradójica contigo misma?

Una mano voló hacia la garganta femenina y sus ojos se ampliaron. Él había golpeado

algo sensible. Cruelmente, continuó esa veta:

—¿Sería demasiado pedir que des un poco de tu precioso tiempo para ayudar a alguien que lo necesita, de la manera en que quiere ser ayudado, en vez de la forma en

que piensas que debería serlo?

—Lo haces sonar como si todo fuera mi culpa. Lo haces sonar como que si fuera yo la

que está loca— protestó ella.

—Si lo que digo es cierto, y juro que lo es, entonces me pareces más irrazonable a mí— dijo él serenamente—. ¿Se te ha ocurrido que encuentro tu mundo, sin ningún

conocimiento del pasado, con árboles desmembrados, sin hojas, y ropa con nombres formales, tan antinatural como tú encuentras mi historia?

Duda. Él la podía ver en su cara expresiva. Sus ojos tempestuosos se ensancharon más

aún, y vislumbró ese destello misterioso de vulnerabilidad bajo su exterior duro. Le desagradó provocarla, pero la joven no sabía cuánto había en juego y posiblemente no podría decírselo. No tenía tiempo para salir en su mundo y buscar a otra persona. Además, no deseaba a ninguna otra persona. Él la quería a ella. Ella lo había descubierto,

lo había despertado, y su convicción de que estaba de alguna manera destinada a ayudarlo a corregir las cosas, aumentaba con cada hora que pasaba. No hay coincidencias en este mundo, Edward, su padre le había dicho. Debes ver con el ojo de un águila. Debes abstraerte, debes levantarte por encima del acertijo, y trazar un mapa de él. Todo ocurre por una razón, aunque al principio no puedas percibir el patrón.

Ella se dio un masaje en las sienes, frunciendo el entrecejo.

—Me das dolor de cabeza—. Después de un momento, hizo estallar un suspiro resignado, apartándose el flequillo de los ojos—. Okay, me doy por vencida. ¿Por qué no

me cuentas sobre ti? Digo, quién piensas que eres.

Una invitación más bien dada de mala gana, pero trabajaría con lo que pudiera

obtener. No se había percatado de cuán tenso había estado, aguardando su respuesta, hasta que sus músculos se relajaron bajo su piel.

—Te he dicho que soy el laird de mi clan, a pesar del hecho de que mi padre, Carlisle, todavía vive. Él se rehúsa a seguir siendo laird, y con sesenta y dos años apenas puedo culparlo. Es un tiempo demasiado largo para soportar tal responsabilidad—. Él cerró sus ojos y aspiró profundamente—. Tenía un hermano, Anthony, pero murió recientemente.

Él no mencionó que su prometida había sido asesinada mientras viajaba con Anthony de regreso al Castillo Masen para la boda. Mientras menos dijera acerca de cualquiera de sus prometidas a otra mujer, mejor. Él era muy susceptible acerca del tema.

—¿Cómo?— preguntó ella con delicadeza.

—Él regresaba de la propiedad Elliott cuando fue asesinado en una batalla entre

clanes, que ni siquiera era nuestra, sino entre los Vulturis y los Rumanov. Probablemente, él vio que los Rumanov estaban severamente excedidos en número e intentó hacer la diferencia.

—Lo siento tanto— dijo ella suavemente.

Él abrió sus ojos para encontrar la compasión brillando tenuemente en su mirada, y

eso lo entibió por dentro. Cuando se bajó del tronco del árbol caído y sacó la pierna de ella de sobre el tronco para que lo enfrentara, la joven no se resistió. Con él de pie sobre la tierra y ella sentada al borde del tronco, estaban en un nivel de visión igual, y pareció hacerla sentirse más cómoda.

—Anthony era así— le dijo con una mezcla de pesar y orgullo—. Él era siempre el

primero en librar las batallas de otros. Recibió una espada que le atravesó el corazón, y un amanecer amargo desperté para ver a mi hermano, amarrado a través del lomo de su caballo, siendo escoltado a casa por el capitán de la guardia Elliott—. Y la pena rompió mi corazón. Hermano mío, les fallé a ambos, a ti y a pa.

Las cejas de ella se arrugaron, reflejando su pesar.

—¿Tu madre?— preguntó amablemente.

—Mi padre es viudo. Ella murió en el parto cuando yo tenía quince años de edad; ni ella ni el bebé sobrevivieron. Él no se ha vuelto a casar. Jura que hubo un único amor verdadero para él—. Edward sonrió. El sentimiento de su pa era uno que él entendía. El encuentro de sus padres había sido hecho en el cielo: él, un Druida, y ella, la hija de un

inventor excéntrico que se había mofado de las conveniencias y educado a su hija mejor que a la mayoría de los hijos varones. Desafortunadamente, las muchachas educadas no abundaban en las Highlands, o en cualquier otra parte si se pusiera a pensarlo. Carlisle había tenido suerte indudablemente. Edward había anhelado un encuentro parecido para sí mismo, pero el tiempo se había agotado, y él había desistido de la esperanza de encontrar a tal mujer.

—¿Estás casado?

Edward negó con la cabeza.

—No. No habría tratado de besarte si estuviste prometido o casado.

—Bien, acumulas un punto para los hombres en general— dijo ella secamente—. ¿No

estás demasiado mayor para no haber estado casado nunca? Usualmente cuando un hombre no se ha casado a tu edad, hay algo mal con él— ella lo provocó.

—He estado prometido— protestó él indignado, sin decirle el número de veces. No

era una buena manera de impresionarla, y ella estaba más cerca de la verdad de lo que a él le habría gustado. Había ciertamente algo malo en él. Una vez que las mujeres pasaban un poco de tiempo a su lado, empacaban sus cosas y se iban. Eso era suficiente para hacer a un hombre sentirse dudoso de sus encantos. Podía ver que ella estaba a punto de presionar sobre el asunto, así que dijo precipitadamente, esperando acabar el debate del tema:

—Ella murió antes de la boda.

Bella se sobresaltó.

—Lo siento mucho.

Estuvieron silenciosos unos pocos momentos, luego ella dijo:

—¿Tú quieres casarte?

Él arqueó una ceja burlona.

—¿Me lo estás ofreciendo, muchacha?— ronroneó. Si solamente lo hiciera, le

encantaría tomarla y casarse con ella antes de que pudiera cambiar de idea. Se encontraba más intrigado por ella de lo que alguna vez había estado con cualquiera de sus prometidas.

Ella se sonrojó.

—Claro que no. Es simple curiosidad. Sólo trato de sacar en claro qué tipo de hombre

eres.

—Sí, tengo el deseo de casarme y tener niños. Simplemente necesito una buena mujer— dijo él, regalándole su sonrisa más encantadora.

Ella no era inmune a eso. Vio sus ojos ampliarse ligeramente en respuesta y pareció olvidar la pregunta que había hecho. Él suspiró un agradecimiento mudo a los dioses que lo habían dotado de una cara bien parecida y dientes blancos.

—¿Y qué considera un hombre como tú una buena mujer?— dijo ella después de un momento. Levantó una mano cuando él empezó a hablar—: Espera... déjame adivinar. Obediente. Fiel. Definitivamente no demasiado brillante— se burló—. Oh, y deberá ser la mujer más bella de los alrededores, ¿verdad?

Él irguió su cabeza, encontrando su mirada al mismo nivel.

—No. Mi idea de una buena mujer sería una que adorara mirar, no porque otro la

encontrara preciosa, sino porque sus rasgos únicos significaran algo para mí—. Él rozó la esquina de la boca femenina con sus dedos. Deslizó su mano hasta el lunar pequeño en su pómulo derecho—. Tal vez tendría un hoyuelo al lado de su boca cuando sonriera. Puede que tuviera una marca de bruja en una mejilla. Tal vez tendría ojos tempestuosos que me recuerden al mar que tanto amo. Pero hay otras características mucho más importantes que su apariencia. Mi mujer sería alguien curiosa acerca del mundo, y a la que le gustara aprender. Querría a los niños y los amaría cueste lo que cueste. Tendría un corazón valiente, coraje y compasión.

Él habló desde el corazón, su voz haciéndose más honda con la pasión. Liberó lo que estaba reprimido dentro de él y le dijo exactamente lo que deseaba.

—Ella sería quien hablaría conmigo en las horas pequeñitas acerca de cualquier cosa

y todo, quien saborearía todos los climas de las Highlands, quien apreciaría la familia. Una mujer que pudiera encontrar belleza en el mundo, en mí, y en el mundo que construiríamos juntos. Ella sería mi compañera venerada, mi amante adorada, y mi preciosa esposa.

Bella inspiró profundamente. El aire escéptico en sus ojos se desvaneció. Cambió de

posición con inquietud, apartó la vista de él, y guardó silencio por un tiempo. Edward no la interrumpió, curioso por ver cómo ella respondería a su declaración honesta.

Sonrió sardónicamente cuando ella despejó su garganta y decididamente cambió de

tema.

—Bien, si eres de las Highlands del siglo dieciséis, ¿por qué no hablas gaélico?

No cedes en nada, muchacha, él pensó. ¿Quién o qué te causó tanto daño que te obligas así a ocultar tus sentimientos?

—¿Gaélico? ¿Tú quieres gaélico?—. Con una sonrisa lobuna, él le dijo exactamente lo

que deseaba hacerle una vez que le quitara la ropa, primero en gaélico, luego en latín, y finalmente en un lenguaje que no había sido hablado en siglos incluso en su tiempo. Lo hizo endurecer sólo decir las palabras.

—Esa podría ser jerigonza— ella contestó bruscamente. Pero tembló, como si hubiera sentido la intención detrás de sus palabras.

—¿Entonces por qué me probaste?— preguntó él quedamente.

—Necesito alguna prueba— respondió ella—. Simplemente no puedo seguirte con fe ciega.

—No— él estuvo de acuerdo—. No pareces una mujer que pudiera hacerlo.

—Bueno, tienes pruebas de mi mundo— contestó, luego agregó precipitadamente—: Por supuesto, pretendiendo que lo que afirmas es cierto. Viste los coches, el pueblo, mi

teléfono, mi ropa.

Él gesticuló hacia su propio atavío, su espada, y se encogió de hombros.

—Eso podría ser un disfraz.

—¿Qué considerarías suficiente prueba?

45

Ella se cruzó de brazos.

—No sé— admitió.

—Te lo puedo probar en las piedras— dijo él finalmente—. Más allá de cualquier duda, te lo puedo probar allí.

—¿Cómo?

Él negó con la cabeza.

—Debes venir y verlo.

—¿Piensas que tus antepasados podrían tener algún registro de ti, un retrato o algo

por el estilo?— ella adivinó.

—Bella, tú debes decidir si estoy loco o digo la verdad. No te lo puedo probar hasta

que alcancemos nuestro destino. Una vez que lleguemos a Ban Drochaid, si todavía no crees en mí, allí en las piedras, cuando haya hecho lo que pueda para ofrecerte evidencias, entonces no te pediré nada más. ¿Qué tienes que perder, Isabella Swan? ¿Tu vida es tan exigente y llena que no le puedes ceder nada a un hombre que necesita algunos días de tu tiempo?

Él había ganado. Lo podía ver en sus ojos.

Ella lo miró en silencio por mucho tiempo. Él encontró su mirada firmemente, esperando. Finalmente ella inclinó la cabeza.

—Me aseguraré de que llegas a tus piedras sin ningún problema, pero eso no significa ni por un minuto que creo en ti. Siento curiosidad por ver qué prueba me puedes ofrecer de que tu cuento increíble es cierto, porque si es… — se interrumpió completamente y negó con la cabeza—. Es suficiente decir que esa prueba valdría atravesar las Highlands para verlo. Pero en el momento que me muestres lo que sea que tienes que mostrarme, si todavía no creyera en ti, he terminado contigo. ¿Okay?

—¿Okay?— él repitió. La palabra no significaba nada para él en ningún idioma.

—¿Estás de acuerdo con nuestro trato?— ella aclaró—. Un trato que estás de acuerdo

en honrar completamente— acentuó.

—Sí. En el momento que te muestre la prueba, si tú todavía no crees, te librarás de mí. Pero debes prometer quedarte conmigo hasta que realmente veas la prueba—.

Profundo en su interior, Edward se sobresaltó, odiando el uso equívoco del lenguaje cuidadosamente expresado.

—Acepto. Pero no me encadenarás, y debo comer. Y ahora mismo voy hacia un camino pequeño en el bosque, y si tú me sigues me harás muy, muy infeliz—. Ella brincó hacia abajo del tronco del árbol caído y dio un rodeo alrededor de él.

—Como gustes, Bella Swan.

Ella se inclinó y trató de alcanzar su mochila, pero él se movió velozmente y envolvió su mano alrededor de su muñeca.

—No. Si tú vas, entonces esto se queda conmigo.

—Necesito algunas cosas— ella siseó.

—Puedes llevar un artículo contigo, entonces— dijo él, renuente a interferir si ella tenía necesidades femeninas. Podría ser su ciclo lunar.

46

Rabiosamente, ella buscó dentro del bolso y retiró dos artículos. Una barra de algo y una bolsa. Provocadoramente, ella metió la barra en la bolsita y dijo:

—¿Ves? Es una sola cosa ahora— se volvió abruptamente y se dirigió hacia el bosque.

—Lo siento, muchacha— él murmuró cuando estuvo seguro de que estaba fuera de su alcance.

No tenía alternativa excepto hacerla su víctima involuntaria. Asuntos más importantes que su vida dependían de ello.

Bella rápidamente usó las instalaciones, escudriñando ansiosamente el bosque alrededor de ella, pero no parecía que él la hubiera seguido. A pesar de ello, no confiaba en nada acerca de su situación presente. Después de desahogarse, devoró la barra de proteínas que había tomado. Registró su carterita de cosméticos, luego untó un poco de pasta dentífrica en su lengua. El sabor a menta revivió su estado de ánimo cada vez más débil. Un golpetazo del parche medicado sobre su nariz, sus mejillas y la frente casi la hizo desmayarse de placer. Sudorosa y exhausta, se sintió más viva que en toda su vida. Comenzaba a temer por su cordura, porque había una parte de ella que quería creer en él, quería desesperadamente experimentar algo que no estuviera clarificado por la existencia de la ciencia. Ella quería creer en la magia, en hombres que la hicieran sentir caliente y con las rodillas temblorosas, y en cosas locas como los hechizos.

La naturaleza o la educación: ¿cuál era el factor determinante? Había estado

obsesionada con esa pregunta últimamente. Sabía lo que la educación le había hecho. A los veinticinco, tenía un serio problema con la intimidad. Ansiaba algo que no podía nombrar, y que la aterrorizaba al mismo tiempo.

¿Pero cuál era su naturaleza? ¿Era verdaderamente brillante y fría como sus padres? Recordaba demasiado bien el tiempo en que había sido lo suficientemente tonta como para preguntarle a su padre qué era el amor. El amor es una ilusión para cambiar fiscalmente de estado civil, Bella. Les hace sentir que la vida podría tener valor para vivirla. Escoge a tu consorte por el cociente intelectual, la ambición y los recursos. Mejor aún, escojámoslo por ti. Ya tengo en mente varias parejas adecuadas.

Antes de que ella se hubiera permitido el gusto de su Gran Ataque de Rebelión,

obedientemente había salido con unos cuantos de los elegidos de sus padres. Esos

hombres áridos e intelectuales la habían evaluado, la mayoría de las veces, a través de ojos enrojecidos de estar constantemente mirando en un microscopio o un libro de texto, con poco interés en ella como persona, y un gran interés en lo que podrían hacer sus formidables padres por sus carreras. No habían habido apasionadas declaraciones de amor imperecedero, sólo confirmaciones fervientes de que harían un equipo brillante.

Isabella Swan, la privilegiada hija de científicos famosos que se habían elevado por sí mismos de la pobreza extrema de su niñez hasta los codiciados puestos en Los

Álamos National Laboratory haciendo investigación cuántica altamente secreta para el Departamento de Defensa, había tenido por casi imposible obtener una cita fuera de la elitista comunidad científica en la que se había criado. En la universidad había sido incluso peor. Los hombres se habían citado con ella por tres razones: para tratar de congraciarse con sus padres, para ver si tenía cualquier teoría que valiera la pena robar, y, no menos importante, por el prestigio de salir con el prodigio. Esos pocos a los que les habían llamado la atención sus otras cualidades (traducido: la generosa talla C de su sujetador) no se habían detenido demasiado después de saber quién era y qué cursos aprobaba con honores mientras ellos apenas lograban arañar para aprobarlos.

Se había hecho temiblemente cínica a los veintiuno.

Se había dado de baja del programa de doctorado a los veintitrés, abriendo un cisma irrevocable entre ella y sus padres.

Sola como el infierno a los veinticinco. Una auténtica isla.

Dos años atrás, había pensado que con cambiar de empleo, con tener un trabajo bonito, normal y común con personas agradables, normales y comunes que no eran científicos se vengaría de sus problemas. Había hecho un duro intento para encajar y construir una vida nueva. Pero finalmente se había percatado de que el problema no era su elección de carrera.

Aunque se había dicho a sí misma que había ido a Escocia para perder su virginidad, la cruel verdad era que había ocultado sus motivos más profundos y mucho más frágiles.

El problema era que Bella Swan no sabía si tenía corazón.

Cuando Edward había hablado tan apasionadamente acerca de lo que buscaba en una mujer, casi se había arrojado sobre él, loco o no. La familia… hablar… obtener placer de la belleza exuberante de las Highlands… tener niños que serían amados. La fidelidad, la unión, y un hombre que no besaría a otra mujer si estuviera casado. Sospechaba que Edward era un poco como una isla también.

Oh, ella sabía por qué realmente había ido a Escocia: necesitaba saber si amor realmente era una ilusión. Estaba desesperada por cambiar, encontrar algo que la sacudiera con fuerza y la hiciera sentir.

Bien, esto ciertamente calificaba. Si ella quería convertirse en una persona nueva,

entonces qué mejor forma de empezar que obligarse a suspender completamente la

incredulidad3, lanzando la cautela al viento. Echar a un lado todo lo que había sido educada para creer y zambullirse en la vida, tan desordenada como ésta fuera. Para rescindir el control sobre lo que ocurría a su alrededor y confiar ese control a un loco. Criada en un ambiente donde el intelecto era apreciado por sobre todo lo demás, allí estaba su oportunidad para actuar impulsivamente, con instinto visceral.

Con un loco guapísimo, si fuera el caso.

Sería bueno para ella. ¿Quién sabía qué podría salir de eso?

Era como sentir un cigarrillo divinamente perverso llamándola.

—Ven— dijo él, cuando ella regresó. Había encendido fuego en su ausencia, y la joven consideró pedirle su encendedor, pero estaba demasiado exhausta para armarse de la energía suficiente para una potencial disputa sobre la propiedad. Violando totalmente su privacidad, él había registrado su mochila y había creado una cama insignificante esparciendo su previamente limpia ropa sobre el suelo. Una reciente adquisición, una vibrante tanga carmín, adornada con siluetas del terciopelo negras de gatitos que retozaban, asomaba entre una sudadera y un par de pantalones vaqueros. Ella pasó un momento calculando las posibilidades por las que él expondría la única tanga que había comprado en su vida, pero nunca había usado: la tanga que tenía la intención de llevar puesta cuando perdiera la virginidad.

Inconcebible. Lo miró suspicazmente, segura de que había exhibido sus bragas a

propósito, pero si era así, era la imagen de la inocencia.

—No puedo obtener comida para ti esta noche— él se disculpó—, pero comeremos en la mañana. Por ahora, debes dormir.

Ella no dijo nada, solamente lanzó una mirada irritada en sus ropas, esparcida a través

de varitas de leña, hojas y tierra. Irritándola todavía más, él permanecía de pie en el perímetro de luz lanzado por las llamas, dificultando que ella lo viera claramente. Pero no se perdió esa sacudida leonina y perezosamente sensual de la cabeza masculina, echando hacia atrás su pelo oscuro y sedoso por sobre su hombro. Gritaba ven aquí, y la tentaba a pedir más.

Él encontró su mirada furiosa con una sonrisa provocativa y gesticuló hacia su ropa.

—Te hice un camastro para dormir. En mi época, extendería mi plaid para ti. Pero también te calentaría con el calor de mi cuerpo desnudo. ¿Me quito el plaid?

—No hay ninguna necesidad de tomarse la molestia— ella barbotó precipitadamente—. Mis ropas están bien. Maravillosas. Realmente.

A pesar de las tierras bajas abismales de sus emociones y las tierras altas febriles de sus hormonas, estaba rendida hasta los huesos y desesperada por alcanzar la altiplanicie del sueño. Bella había hecho más ejercicio ese día que en un mes en casa. El montón pequeño de ropa cerca del fuego repentinamente parecía tan invitador como una cama.

—¿Y tú?— preguntó ella, renuente a dormir si él iba a estar despierto.

—Aunque no me creas, dormí por un tiempo larguísimo y encuentro que estoy más

que renuente a cerrar mis ojos otra vez. Mantendré la vigilancia.

Ella lo evaluó recelosamente y no se movió.

—Me agradaría darte algo para ayudar a que te relajes— ofreció él.

Las cejas de la mujer se unieron.

—¿Como qué? ¿Una droga o algo por el estilo?— preguntó indignada.

—Me han dicho que tengo un efecto tranquilizador con mis manos. Frotaría tu

espalda, acariciaría tu pelo hasta que flotaras pacíficamente…

—Creo que no— dijo ella con frialdad.

Un destello rápido de dientes blancos fue la única indicación que tuvo de que se

estaba divirtiendo.

—Entonces recuerda que te lo ofrecí. Acuéstate antes de que te caigas. Debemos cubrir una gran cantidad de superficie mañana. Aunque te podría cargar, siento que tú

no lo apreciarías.

—Condenadamente correcto, Masen— ella masculló, mientras se dejaba caer al

suelo cerca del fuego. Arrugó su camisa convirtiéndola en una especie de almohada y la acolchó bajo su cabeza.

—¿Estás lo suficientemente caliente?— él preguntó suavemente en la oscuridad.

—Estoy definitivamente tostada— mintió ella.

Y en verdad, tembló sólo un poco antes de avanzar lentamente más cerca del fuego y

caer en una profunda inconsciencia sin sueños.

Edward observó el sueño de Bella Swan. Su cabello castaño, veteado con toques pelirrojos, brillaba tenuemente a la luz del fuego. Su piel era suave, sus labios exuberantes y rosados, el inferior mucho más lleno que el superior. Para besarlos de lleno. Por encima de sus ojos en forma de almendra, sus cejas castañas se arqueaban hacia arriba en los bordes exteriores, añadiendo una arrogancia aristocrática al semblante ceñudo que tan frecuentemente exhibía. Yacía sobre su costado, y sus pechos generosos se presionaban juntos en curvas peligrosamente tentadoras, pero no eran sus atributos físicos por sí solos los que lo conmovían.

Era la mujer más inusual que alguna vez había encontrado. Lo que fuere que hubiera forjado su temperamento, era una aleación curiosa de audacia y cautela, y había comenzado a percibir que tenía una mente lista y rápida. Tan pequeñita, y sin embargo sin miedo de empujar su barbilla en el aire y gritarle. Él sospechaba que la audacia era más propia de su naturaleza, mientras su cautela era una cosa aprendida.

La audacia le serviría bien en las pruebas que llegarían, y habría muchas. Edward

escarbó en sus fragmentos de memoria, que era aún frustrantemente incompleta. Tenía dos días para recuperar perfectamente sus recuerdos. Era imperativo que aislara y estudiara cada detalle de qué había ocurrido antes de su encantamiento.

Con un suspiro pesado, dio su espalda al fuego y se quedó mirando la noche en un mundo que no comprendía y del que no tenía deseo de formar parte. Encontraba ese siglo inquietante, sus sentidos hostigados por el ritmo antinatural de ese mundo, y se sentía animado por la idea de que no tendría que pasar demasiado tiempo en él. A

medida que escuchaba los sonidos poco familiares de la noche —un zumbido en el aire que pocos lograrían oír, un trueno intermitente extraño en el cielo— reflexionaba en su entrenamiento, examinando cuidadosamente los compartimentos de información almacenada en su mente.

La precisión era necesaria, y se sobrepuso a un arranque de ansiedad. Nunca había

hecho lo que pronto tendría que hacer, y aunque su educación lo había preparado para eso, la posibilidad de cometer un error era inmensa. Su memoria era formidable, pero el propósito para el cual había sido adiestrado nunca había tenido en cuenta la posibilidad de que no estuviera en el Castillo Masen cuando realizara el rito, y que no tendría acceso a las tablillas o cualquiera de los libros.

Aunque se creía ampliamente que el Druidismo había languidecido —dejando sólo practicantes ineptos de hechizos inferiores— y que los estudiosos antiguos habían prohibido escribir algo de ellos, ambas creencias eran mitos que habían sido cultivados y propagados por los mismos pocos druidas restantes. Eso era lo que deseaban que el mundo creyera, y los druidas habían sido siempre expertos en la ilusión.

Al contrario de esa creencia, el Druidismo había prosperado, aunque los druidas británicos, propensos al melodrama, apenas poseían el conocimiento para lanzar un hechizo efectivo de sueño, según los cálculos de Edward.

Muchos milenios atrás, después de que los Tuatha De Danaan hubieran dejado el

mundo mortal por lugares más excepcionales, sus druidas, mortales e incapaces de

acompañarlos, habían competido entre ellos mismos por el poder.

Entonces había acaecido una batalla prolongada que casi había destruido el mundo. En la secuela espeluznante, una estirpe había sido seleccionada para conservar lo más sacro de la tradición Druida. Y así el propósito de los Masen había sido diseñado. Sanar, enseñar, proteger. Enriquecer el mundo por el mal que ellos le habían hecho.

El conocimiento fabuloso y peligroso, incluyendo las guías estelares y la geometría

sacra, había sido cuidadosamente entintado en trece volúmenes y en siete tablillas de piedra, y los druidas Masen guardaban ese banco de conocimiento con sus almas. Cuidaban de Escocia, usaban las piedras sólo cuando era necesario para el mayor bien del mundo, y hacían lo mejor para sofocar los rumores acerca de ellos.

El ritual que realizaría en Ban Drochaid precisaba ciertas fórmulas que debían

recitarse sin error, y estaba inseguro de tres de ellas. Las tres más cruciales. ¿Pero quién habría creído que estaría atrapado en un siglo futuro? Si arribaban a las piedras, si el Castillo Masen ya no existiera y las tablillas estuvieran perdidas... bien, por eso él necesitaba a Bella Swan.

Ban Drochaid, sus piedras tremendamente amadas, eran el puente blanco, el puente de la cuarta dimensión: el tiempo. Milenios atrás, los druidas habían observado que el

hombre podía moverse en tres formas: hacia adelante y hacia atrás, de lado a lado, arriba y abajo. Luego habían descubierto el puente blanco, después de lo cual podían moverse en una cuarta dirección. Cuatro veces al año el puente podría ser abierto: los dos equinoccios y los dos solsticios. Ningún hombre común podía valerse del puente blanco,

pero ningún Masen jamás había sido común. Desde el principio del tiempo, habían sido educados para hacer cualquier cosa, excepto poseer tal poder: la habilidad para viajar a través del tiempo, pues era una responsabilidad inmensa. Estaban obligados a obedecer infaliblemente sus muchos juramentos.

Ella pensaba estaba loco ahora; seguramente lo abandonaría si sobrecargara su mente

con más de sus planes. No podía arriesgarse a decirle nada. Sus métodos druidas ya habían hecho huir de él a demasiadas mujeres.

Durante el tiempo que permanecieran juntos en el siglo de ella, le gustaría seguir

viendo esa luz tenue de deseo en su mirada, no de repulsión. Le gustaría sentirse como un hombre sencillo con una mujer preciosa que lo deseaba. Porque en el momento en que terminara el ritual, ella le temería, y tal vez… no, seguramente, lo odiaría.

Pero no tenía otra elección. Sólo el ritual y las esperanzas de un tonto. Sus

juramentos exigían que retornara para evitar la destrucción de su clan. Sus juramentos

exigían que hiciera todo lo que hiciera falta para lograrlo.

Él cerró sus ojos, odiando sus opciones.

Si Bella hubiera despertado durante la noche, entonces lo habría visto, la cabeza echada hacia atrás, contemplando el cielo, hablándose suavemente en un lenguaje muerto por miles de años.

Pero una vez que él había dicho las palabras del hechizo para intensificar el sueño, ella durmió pacíficamente hasta la mañana siguiente.


Capítulo 6

20deseptiembre

10:02a.m.

Bella nunca había sentido tan agudamente sus cinco pies y veintitrés pulgadas en su vida, mientras se arrastraba detrás del Behemoth que no entendía el concepto de limitaciones físicas.

Mientras estiraba al máximo sus piernas, meciendo sus brazos para generar más impulso, completamente consciente qué tan inútil era el esfuerzo, porque el impulso era dependiente de la masa, y la masa de ese hombre era tres veces mayor que la de ella — ergo, él podía andar más que ella hasta el infinito— excepto cualquier complicación imprevista: su temperamento, por ejemplo, que sufría una crisis nerviosa.

—Masen, voy a matarte si no reduces la velocidad.

—Estoy intrigado por saber cómo tienes la intención de hacer eso, cuando no puedes

siquiera mantener mi paso— bromeó él.

Ella no estaba con ánimos para bromear.

—¡Estoy cansada y tengo hambre!

—Comiste uno de esas barras de tu paquete hace apenas un cuarto de hora, cuando nos detuvimos para examinar tu mapa y planear el curso más rápido— le recordó él.

—Estoy hambrienta de comida real—. Y voy a necesitarla, pensó con una sensación

de hundimiento, pues el mapa turístico en su mochila había indicado que el recorrido

más rápido desde su posición presente hasta Ban Drochaid era de ochenta millas de carrera a campo traviesa.

—¿Cazo y despellejo un conejo para ti?

¿Un conejito? ¿Hablaba en serio?

—Eww. No. Deberías detenerte en el siguiente pueblo. No puedo creer que no me

dejaste entrar en Fairhaven. Estábamos justo allí. Había café— ella agregó lastimeramente.

—Para alcanzar Ban Drochaid por la mañana, debemos viajar sin pausa.

—Bien, sigues insistiendo en recoger esas piedras estúpidas— ella se quejó.

—Entenderás el propósito de mis piedras estúpidas mañana— dijo él, palmeando su

sporran, donde él había amontonado varias piedras del camino.

—Mañana. Tú me lo mostrarás mañana. Todo será explicado mañana. No estaré viva

para mañana, y tú requieres un montón de fe, Masen — dijo ella, exasperada.

Él la miró por encima de su hombro.

—Sí, lo hago, Bella Swan. Pero doy mucho a cambio a las personas que tienen fe

en mí. Te podría cargar, si lo deseas.

—Creo que no. ¿Por qué no reduces simplemente la velocidad un poco?

Él se detuvo, evidenciando el primer indicio de impaciencia que le había visto.

—Muchacha, si ese mapa que tienes es correcto, tenemos hasta la víspera de mañana para hacer una distancia de casi ochenta millas. Eso son tres de tus millas por hora, sin parar para dormir. Aunque yo podría correr mucho del camino, sé que tú no puedes. Si puedes hacer cuatro millas por hora, entonces puedes descansar más tarde.

—Eso es imposible— Bella se quedó sin aliento—. La "milla más rápida". Una vez

corrí en un circuito de una milla en diez minutos y medio, casi morí. Y fue sólo una

milla. Tuve que descansar por horas y comer chocolate para reanimarme. Masen,

necesitamos alquilar un coche— ella hizo otro intento. Más temprano, al averiguar el largo de la caminata que él tenía pensado que hicieran, había propuesto la alternativa, pero el hombre simplemente había tirado de ella y se la había llevado a la fuerza en un paso enérgico—. Podríamos hacer ochenta millas en una hora en coche.

Él la recorrió con la mirada y se estremeció.

—Confío en mis pies. No en los carromatos.

—Vamos— ella casi gimió—. No puedo mantener el mismo paso que tú. Sería un asunto simple. Podemos ir al siguiente pueblo, alquilar un coche, conducir hasta tus piedras, y me puedes mostrar cualquier cosa que sea esta misma tarde.

—No te puedo mostrar nada hasta mañana. No tendría ningún sentido llegar hoy.

—Dijiste que necesitabas detenerte en el castillo. Si recorremos el camino entero, entonces eso no va a dejarte nada de tiempo para visitar tu vieja tierra con tus enfurruñamientos— apuntó ella.

—Yo no me enfurruño, ni allí ni en ningún lado, mujer. Tú me haces enfurruñar—. Un músculo en su mandíbula saltó—. Debes caminar más rápidamente.

—Tendrás suerte si me muevo del todo. ¿No has tenido noticias de la Primer Ley de Newton del Movimiento? Es inercia, Masen. Un objeto que está en reposo quiere quedarse en reposo. No puedes esperar que venza las leyes de la naturaleza. Por eso es que hacer ejercicio es tan difícil para mí. Además, creo que tú tienes miedo—. Bella se sintió un poco culpable para jugar rápida e imprecisamente con Newton, pero la mayoría de la gente no tenía idea qué hablaba cuando traía a colación las leyes del movimiento, y en vez de revelar su ignorancia y discutir con ella, usualmente cambiaban de tema. Un método sucio, pero impresionantemente efectivo. Se valdría de cualquier cosa que la pudiera salvar de andar ochenta espantosas millas.

Él clavaba los ojos en ella extrañamente, con una mezcla de sobresalto y confusión.

—No conozco nada de ese Newton, pero, claro, pasó por alto lograr una comprensión completa de los objetos y el movimiento. Y difícilmente tengo miedo a uno de tus carromatos tontos.

¿Él nunca había tenido noticias de Isaac Newton? ¿Dónde había estado viviendo ese hombre? ¿En una caverna?

—Maravilloso— ella saltó al ataque—. Si no tienes miedo, entonces regresemos a

Fairhaven y alquilaré un coche. Incluso lo pagaré yo. Estaremos en tu castillo para la hora del almuerzo.

Él tragó saliva. Realmente tiene aversión a los coches, reflexionó ella. Exactamente el

tipo de aversión que un hombre de hacía quinientos años podría evidenciar. O, pensó

cínicamente, el tipo de aversión desplegado por un actor que había tenido en cuenta su

actuación hasta los mínimos detalles. Una parte pequeña y malvada dentro de ella deseaba aplastar el paquete extragrande de testosterona en un rudimentario y compacto coche, simplemente para saber hasta dónde él llevaría su interpretación.

—Déjame ayudarte, Masen— lo sedujo con la voz—. Tú pediste mi ayuda. Todo lo que trato de hacer es llevarte al castillo más rápido de lo que posiblemente podrías llegar allí por tus propios medios. Además, claramente no hay forma de que yo sea capaz de caminar por dos días. O conseguimos un coche, o simplemente puedes olvidarte de mí.

Él apagó un suspiro frustrado.

—Bien. Me transportaré en uno de tus carromatos. Tienes razón al pensar que necesito tiempo para prepararme, y es francamente obvio que no tienes la intención de

hacer ningún esfuerzo para incrementar tu paso.

Bella sonrió todo el camino de regreso a Fairhaven. Colocaría tiritas sobre las

ampollas en sus talones, donde sus botas de excursionismo la habían irritado. Tomaría café y chocolate y bollos para el desayuno. A él le compraría ropa, alquilaría un coche, y

lo regresaría a su familia, que seguramente sabría lo que estaba mal con él. Empezaba a parecer un día sobradamente bueno después de todo, pensó, robando una mirada al hombre atractivo que la guiaba mucho más lento ahora… que, en realidad, estaba arrastrando los pies a su lado. Se veía miserable. Ella no se rió, porque sabía que debía haber llevado puesta una expresión idéntica cuando habían estado viajando en la dirección opuesta.

La mañana estaba mejorando positivamente. El parche de nicotina que se había puesto más temprano mientras se refrescaba en el bosque funcionaba bastante bien. La

nicotina canturreaba a través de sus venas y ya no le preocupaba que pudiera, en un ataque de irritabilidad, herir a la siguiente persona que viera, o peor, sufrir una angustia oral, que la obligara a hace algo con, o para, alguna parte de Edward Masen que después lamentaría. Iba a sobrevivir y tenía otra vez el control.

El control lo es todo. Su madre, Reneé, a menudo se lo había dicho con su

británica voz seca y fría. Si controlas la causa, entonces posees el efecto. Si no lo haces,

los acontecimientos evolucionarán como fichas de dominó que se vuelcan y no tendrás a

nadie a quien culpar excepto tú misma.

Oh, cállate, madre, Bella pensó testarudamente. Sus padres habían muerto, y todavía

parecían querer controlar su vida. Aún así, Reneé había demostrado un punto válido.

Sólo porque Bella había estado distraída por el estado de sus emociones —una cosa que Elizabeth nunca hubiera permitido—, descuidadamente había dejado caer su mochila sin primero examinar sus alrededores. Si hubiera prestado atención, entonces no habría colocado el bolso en una posición tan precaria. Sin embargo lo había hecho, y se había caído fuera de su alcance, y ella había ido a dar a una caverna. Ese único momento de descuido la había atascado en las Highlands con un hombre muy enfermo o muy desquiciado.

Era demasiado tarde para el arrepentimiento. Ahora sólo podía hacer el control de los

daños. En ese momento ella era la que estaba estirando las piernas, urgiéndolo a que caminara más rápido. Él lo hizo en un silencio amenazante, así que la joven usó esos momentos tranquilos para afirmar su determinación de que él no era una desmontadora de cerezas potencial.

Lograron regresar a Fairhaven en menos de una hora, y la joven suspiró aliviada ante

la visión de las posadas acogedoras, bicicletas y agencias de rentas de autos, las cafeterías y las tiendas. Ya no estaba sola con él, enfrentada por la constante tentación de separarse de su virginidad o empezar a fumar otra vez, o ambas cosas. Correrían a las tiendas y juntarían… ¡oh!

Ella se detuvo y lo observó con súbita desilusión.

—No puedes ir más allá, Masen. No hay forma de que puedas entrar andando en

el pueblo viéndote de esta manera—. Pecadoramente guapo, un guerrero medio desnudo que no podría entremezclarse con los turistas viéndose como un terrorista medieval.

Él bajó la mirada y se recorrió a sí mismo, luego la dirigió a ella.

—Estoy más cubierto que tú— dijo con una indignada y completamente aristocrática exhalación por la nariz.

Suponiéndose que el hombre incluso exhalaría por la nariz como un miembro de la aristocracia.

—Tal vez. Pero tú estás cubierto incorrectamente. No sólo eres una fábrica ambulante de armas, sino que no llevas nada más que una manta envuelta alrededor de ti—. Cuando él frunció el entrecejo, ella se apresuró a consolarlo—. Es una manta muy bonita, pero ese no es el punto.

—Tú no me dejarás, Bella Swan— dijo él quedamente—. No lo permitiré.

—Te di mi palabra de que te ayudaría a llegar a tus piedras— recordó ella.

—No tengo forma de calibrar la sinceridad de tu palabra.

—Mi palabra es buena. Además, no tienes otra elección.

—Pero la tengo. Caminaremos— él tomó su mano y comenzó a arrastrarla de regreso

al camino por el que habían venido.

Bella se aterrorizó. No había manera en que ella caminara por dos días. Ninguna

forma en el maldito infierno.

—Bien— ella gritó—. Puedes venir. Pero tienes que librarte de esas armas. No puedes pasearte tranquilamente en Fairhaven con un hacha en tu espalda, una espada en

tu cintura y cincuenta cuchillos.

Su mandíbula se puso tirante y ella podía ver que él preparaba una lista de protestas.

—No— dijo ella, levantando una mano para interrumpirlo incluso antes de que empezara a hablar—. Un cuchillo. Puedes conservar un cuchillo y eso es todo. El resto se queda aquí. Regresaremos por ellos una vez que tengamos un coche. Puedo explicar tu disfraz diciendo que estás trabajando en una de esas recreaciones de batallas, pero no podré explicar tantas armas.

Con un suspiro ventoso, él se quitó las armas. Después de depositarlas bajo un árbol, se movió a regañadientes hacia el pueblo.

—Uh, perdóname— dijo ella señalando hacia su espalda.

—¿Ahora qué?—. Él se detuvo y miró hacia atrás, significativamente exasperado.

Ella contempló con mordacidad la espada, que él no se había quitado.

—Tú dijiste un cuchillo. No especificaste de qué tamaño debería ser.

Hubo un peligroso destello de luz en su mirada y, percatándose que lo había

empujado hasta el límite de lo que estaba dispuesto a ceder, ella accedió. Simplemente diría que la espada era parte del disfraz. Ella recorrió el arma con la mirada, deseando

que esas gemas brillantes en la empuñadura se viesen menos reales. Podrían terminar por ser asaltados por una tonta espada falsa.

En la agencia de alquiler, Bella arrendó el último automóvil disponible, un coche

pequeño y destartalado, y acordó recogerlo en una hora, lo cual les daría tiempo suficiente para comprar ropa, comida y café antes de salir para Alborath. Guiándolo más allá de las miradas curiosas de los espectadores, y ocasionalmente tirando fuertemente de su brazo cuando él se detenía para quedarse con la mirada fija en algo, finalmente lo metió en Barrett's, una tienda de artículos deportivos que tenía una variedad de otros artículos obligatorios para los turistas.

Inmediatamente él estaría presentable. Las personas dejarían de mirarlo estúpidamente mientras él pasaba antes de desviar su escrutinio hacia ella, como si trataran de sacar en claro lo que una perfectamente normal, si bien un poco mugrienta, americana, estaba haciendo al pasearse junto a tal bárbaro. Dejarían de atraer la atención hacia ellos —una cosa que Bella aborrecía— y se dedicarían a un bonito paseo en coche hacia Alborath. Quizá almorzaría con la familia de Edward mientras ella explicaba cómo lo había encontrado. Lo confiaría a su hogar familiar y luego alcanzaría a su grupo de excursión en el siguiente pueblo.

¿Quieres realmente dejarlo? ¿Regresar con los ancianos?

Después de la última noche, no estaba segura de poder dejarlo. Quizá se retrasaría por

un tiempo cerca de su casa y vería cómo estaba antes de seguir adelante. No era como si hubiera algo en los Estados Unidos por lo que ella tuviera prisa por regresar. Ni su

trabajo, ni la exquisita casa edificada en Canyon Road en Santa Fe —que evitaba desde la muerte de sus padres—. Demasiados recuerdos, todavía frescos y dolorosos.

Quizá se alojaría en un bed-and-breakfast cercano a la casa de Edward durante algún

tiempo; sería la cosa más caritativa que podía hacer.

—¿Dónde vas?— siseó Bella cuando él pasó rápidamente más allá de ella,

arrastrando su mano sobre una percha de equipos de gimnasia color púrpura. Pasó su mano sobre una sudadera de color lavanda, luego clavó los ojos en una badana lila, ignorándola. Ella negó con la cabeza pero, después de vacilar un momento, decidió que él debería ser lo suficientemente inofensivo para vagar por la tienda mientras ella seleccionaba algo para que pudiera ponerse encima.

Bella se concentró en escoger ropa para un hombre que tuviera el cuerpo excesivamente desarrollado de un atleta profesional. Aunque Barrett's tenía una variedad de vestimentas, pocos hombres tenían su altura y corpulencia. Remetió algunos pantalones vaqueros bajo un brazo, ojeó una camisa de tela de jean, y recorrió con la mirada sus hombros anchos. Nunca se ajustaría. Una camisa playera de cuello en V podría hacerlo, en algodón elástico, pero definitivamente no color blanco. Haría contraste demasiado bien con su pelo cobrizo sedoso y su piel profundamente dorada. La visión de una blanca T estirada a través de su pecho musculoso la podría persuadir de catapultar su cereza en él.

Lo sintió volverse hacia ella. El pelo al dorso de su cuello zumbó en el momento que

él dio un paso a su lado, pero ella se rehusó a mirarlo. Al mismo tiempo, un ronroneo

femenino del otro lado preguntó:

—¿Puedo ayudarte?

Bella miró hacia arriba del montón de camisas playeras para encontrar una dependienta alta, patilarga y treintañera, con unas gafas de bibliotecario posadas sobre la nariz por encima de una exuberante boca fruncida, mirando más allá de ella, contemplando al Masen con fascinación.

—Traes puesta una vestimenta antigua, ¿verdad?— ella habló con un zumbido

rítmico, ignorando a Bella enteramente—. Un tejido tan precioso. No tengo visto el patrón antes.

Edward dobló sus brazos a través de su pecho, su cuerpo ondeando bajo las bandas de

cuero.

—Y no lo harás— dijo él—. Este Masen es único.

Allí volvió el lanzamiento leonino de su cabeza, lo cual en una mujer se habría visto como un gesto tímido, pero que en él era un irresistible ven-acá-si-piensas-que-puedes- controlarme. Bella no esperó que la dependienta empezara a babear incontroladamente.

O fuera más allá. Empujó una pila de pantalones vaqueros y camisas a los brazos de Edward, obligándolo a desdoblar sus brazos y descartar la postura de macho.

—Permíteme mostrarte un cuarto de pruebas— ronroneó la dependienta—. Estoy completamente segura de que encontraremos algo para satisfacer tus… deseos… en Barrett's.

Oh, ahórrame las insinuaciones, pensó Bella, sin compadecerse del interés en los

ojos de la mujer. Él podría estar chiflado, pero era su chiflado. Ella lo había encontrado.

Bloqueando el pasillo para impedir que —buscó con la mirada el nombre de la mujer en la etiqueta— Irina lo mirara, dio un codazo a Edward hacia el vestidor. Irina inhaló por la nariz y trató de rodearla, pero Bella la interceptó en un irritado y pequeño baile en el estrecho pasillo hasta que oyó a Edward cerrar la puerta del vestidor detrás. Dejando caer pesadamente sus puños en su cintura, Bella miró bajo su nariz

hacia arriba, a la patilarga Irina y dijo:

—Perdimos nuestro equipaje. Su disfraz era todo lo que tenía en el portátil. No necesitamos ninguna ayuda.

Irina recorrió con la mirada la casilla de prueba, donde las pantorrillas musculosas de Edward eran visibles bajo la corta puerta blanca, luego desdeñosamente examinó a Bella, desde sus cejas no muy recientemente depiladas hasta los dedos de los pies de sus enlodadas botas de excursionismo.

—Encontraste un escocés, ¿verdad, pequeña nyaff? Ustedes los americanos son dados

a saltar sobre nuestros hombres con la misma sed que demuestran por nuestro whisky, y

no creo que puedan maniobrar con nuestro whisky tampoco.

—Con toda seguridad puedo maniobrar a mi marido para sacarlo de aquí— espetó

Bella, más fuerte de lo que a ella le habría gustado.

Irina dirigió una mirada apuntando a su mano sin anillo y arqueó una ceja

meticulosamente moldeada que hizo que Bella sintiera que tenía arbustos pequeños y revoltosos creciendo por encima de sus ojos, pero se negó a sentirse humillada y

devolvió la mirada en un silencio helado. Cuando no hizo esfuerzos para explicar por qué no lucía un anillo de matrimonio y no demostró ninguna inclinación a abandonar su bloqueo del pasillo, Irina se puso en camino para mullir y poner en orden los suéteres que Bella había desparramado en la mesa de despliegue.

Tragándose un gruñido gatuno, Bella se movió a su posición de guardia fuera del cuarto de pruebas, golpeando ligeramente su pie con impaciencia. Un sonido de swoosh de tela la alertó de que él estaba quitándose su plaid, y Bella puso empeño para no pensar en él parado detrás de la frágil puerta, desnudo. Fue más duro que probar no pensar en un cigarrillo, y sus pensamientos desobedientes lo manejaron aún peor: mientras más trataba de no pensar en la idea, más lo hacía.

—¿Bella?

Arrastrándose de una fantasía en la cual ella chorreaba jarabe de chocolate en él, dijo:

—¿Um?

—Estos trews… ¡och! ¡Por Amergin!

Bella bufó. El Masen fingía descubrir las cremalleras, y si llevaba puesto un verdadero plaid del siglo dieciséis (según lo que su guía de excursión les había dicho), no tenía ropa interior encima. Oyó unas pocas maldiciones masculladas más, luego un zzzzzp. También otra maldición. Él sonaba tan convincente…

—Sal y déjame verte— dijo ella, luchando para mantenerse seria.

Su voz sonó estrangulada cuando él contestó:

—Tú tendrás que entrar.

Robando una mirada furtiva a Irina, convenientemente acosada por un adolescente lleno de espinillas, Bella entró en el vestidor. Él se observaba a sí mismo en el espejo y le daba la espalda, y, Cielos, ella habría estado mucho mejor si nunca hubiera visto su musculoso trasero apretado en un par de ajustados pantalones vaqueros descoloridos. Su pelo cobrizo y largo ondeaba sobre sus hombros y su espalda, invitándola a pasar rápidamente sus dedos entre ellos y continuar hacia abajo por las cordilleras espléndidas de músculo.

—Date la vuelta— dijo ella, su boca repentinamente seca.

Él hizo eso, con una expresión ceñuda.

Ella contempló su pecho desnudo y, con esfuerzo, se obligó a recordarse que

supuestamente debía tener la vista en los pantalones vaqueros. Su mirada pasó rozando hacia abajo sobre su abdomen ondeado y sus caderas delgadas y…

—¿Con qué has rellenado tus pantalones, Masen?— demandó.

—Con nada que no me fue dado por Dios— él contestó rígidamente.

Bella se quedó con la mirada fija.

—No hay manera de que sea parte de ti. Has debido haber atascado un calcetín o…

algo. Oh, caramba—. Ella levantó su mirada de su ingle. Un músculo latía en su mandíbula, y él estaba adorablemente incómodo.

—No creo que tuvieras la intención de torturarme, vi a otros hombres en la calle con esta ropa, así que no tomaré represalias. Sin embargo, pienso que el problema es casi el mismo que el de mis pies— le informó.

—¿Tus pies?— ella repitió casi en silencio, su mirada descendiendo. Eran grandes.

—Sí—. Él gesticuló hacia los de ella—. En tu tiempo metes tus pies en botas constrictivas, mientras que nosotros llevamos puestos cueros suaves y flexibles.

—¿Tu punto?— se las ingenió para decir Bella.

—Si no los constriñes, tienen más capacidad para crecer— dijo él, como si ella fuera ingenua.

Bella se sonrojó. De todas las cosas para hacerle una broma… ¡rellenando con calcetines sus pantalones, ciertamente!

—Masen, no creo ni por un minuto que… que…— gesticuló hacia la protuberancia en sus pantalones vaqueros— eso es tuyo. Puedo creer cualquier cosa, pero sé cuál es la apariencia de un hombre, y esa no es la apariencia de un hombre.

Él la aplastó contra la puerta del vestidor, y su boca sensual, demasiado cercana para su seguridad, se curvó en una sonrisa demasiado confiada.

—Entonces simplemente tendrás que verlo por ti misma. Tócame, muchacha. Toca mi… calcetín—. Su mirada de plata relucía con desafío, mientras él bajaba su cremallera.

—Uh-uh— ella meneó su cabeza para añadir más énfasis.

—Entonces encuéntrame un par de pantalones que no amenacen cortar mi hombría.

—Ajá— ella estuvo de acuerdo, haciendo un intento para no pensar en que había abierto la cremallera.

—No dejes que esto te asuste, muchacha. Nos adaptaremos muy bien juntos cuando haga el amor contigo— él ronroneó.

Su acento precioso, acoplado con su calcetín, era toda la persuasión que ella necesitaba para quitarle los pantalones vaqueros con los dientes. Bella cerró los ojos.

—Retrocede… o te ayudaré a encajar en ese pantalón— lo amenazó—. Con tu espada, si es necesario.

—Mírame, Isabella— dijo él suavemente.

—Bella— masculló ella.

—Bella— él accedió. Justo antes de besarla.