Los personajes de Crepúsculo son propiedad de Stephanie Meyer, yo sólo me atribuyo la historia.

Capítulo beteado por Eve Runner, Beta FFAD: www facebook com / groups / betasffaddiction

Capítulo 9: Parto.

—¡Haz algo, haz algo, haz algo! —gritó Isabella antes de dar un chirrido de dolor—. Tú me embarazaste, ¡no te quedes ahí parado, Edward! —Su grito me hizo reaccionar.

—Mmm… Respira, princesa —le pedí algo asustado, mientras la tomaba en brazos y la llevaba a la cama; busqué rápidamente un pantalón de yoga y un suéter mío.

—Estoy respirando, por un demonio; llama a House (1), a Carlisle, al FBI, a quien sea; ¡joder esto duele, Edward! —exclamó colocándose la ropa.

—Voy, amor, voy —le dije, marcando rápidamente los números de mi padre—. ¿Carlisle? Es Isabella, parece que entró en labor. —El grito de mi esposa me hizo pegar un brinco.

—¿Parece? ¿En serio, Cullen? ¿¡Parece!? ¡Joder, voy a parir!

—Está en labor —le aseguré a mi padre—. Sí, vamos para allá, papá. Como tú digas. —Corté—. Vamos, tenemos que ir al hospital..

—No me digas, si quieres podemos sentarnos a tomar café y esperar que los bebés nazcan aquí... Digo, podemos tenerlos en la bañera o mejor en la cocina... ¡Cristo, te volviste bruto o qué diablos! ¡Ahhhh...! ¡Dios! ¡Por qué tú no tienes estos dolores! Voy a morirme, ¿verdad, Eddie? Te juro por todos los dioses que te cortaré todos los servicios, ¡no vas a volverme a tocar por lo que te resta de vida! —chilló mientras bajábamos por el ascensor—. ¿Dónde está la maleta de los bebés?

—¡Mierda!

—Mierda… ¡Mierda! ¡Edward Anthony Cullen!

—Amor, lo lamento, vamos a hacer una cosa… —hablé intentando calmarme—. Te dejo en el coche y subo por la maleta de los bebés. —Ella se retorció de dolor, doblándose completamente, lo que me hizo tomarla en brazos, se apoyó en mí y yo maldije hasta que llegamos al auto, lo abrí rápidamente y la dejé sentada en el asiento del copiloto—. Voy por las maletas —anuncié dándole un beso en la frente y girándome para ir, su mano se cerró en mi muñeca a tal punto que pensé que iba a enterrarme las uñas en la piel.

—Tú —gimió y cerró los ojos fuertemente—, tú, me dejas sola en este puto sótano oscuro, y te juro por todos los dioses que te corto las pelotas la próxima vez que duermas junto a mí. —Su voz salió tan fuerte e intimidante que no pude evitar llevar mi otra mano a mi entrepierna—. Llama a mamá y dile que venga por la maldita maleta y móntate en el puto auto, ¡conduce al hospital pero yaaaa! —dijo rudamente.

—Está bien, está bien, pero no me grites, me aturdes y ya estoy demasiado nervioso, necesito que te calmes; recuerda: inhala, exhala.

—¡Conduce!

—¡Está bien! —Me giré y cerré la puerta caminando hasta mi asiento, encendí el coche mientras marcaba a Esme.

—Hijo, ya tu papá me dijo que….

—Mamá —la corté—, hemos salido muy rápido del apartamento y he olvidado la maleta de los niños.

—Edward…

—Mamá, con la cantaleta de Isabella es suficiente —respondí fastidiado—. Tom tiene la llave de repuesto, en este momento estamos camino al hospital.

Cerré la llamada sin mirar a mi esposa, ya no gemía ni gritaba; sus uñas se enterraban en la cojinería del Volvo, su frente estaba perlada por el sudor; suspiré calmándome y estiré mi mano hasta tomar una de las suyas.

—Respira, amor… —susurré—. Ya falta poco. —Apreté su mano y ella asintió devolviéndome el apretón—. Te amo, Isabella Cullen. —Quise mirarla, pero tenía que tener los ojos en la carretera. Una nueva contracción llegó porque se retorció en la silla y cerró los ojos mientras respiraba fuertemente, su mano me apretó al punto que pensé que iba a partirme los dedos.

No me quejé, cualquier dolor que yo sintiera era mínimo en comparación con lo que ella estaba pasando; conté mentalmente hasta llegar a quince, fue cuando Isabella se enderezó y reposó su cabeza en el asiento.

—Respira. —Me sentía impotente—. Contaste conmigo.

—¡¿Por qué no conduces más rápido?! ¡Hoy quieres ser una tortuga! —Traté de entenderla, por Cristo que traté.

—Voy lo más rápido que puedo, amor, lo permitido. —Ella volvió a apretar mi mano, esta vez su cuerpo entero se pegó al cuero de la silla, nuevas lágrimas surcaron sus pómulos y mandé al diablo la velocidad permitida, mis hijos no iban a nacer en el coche y las contracciones estaban muy seguidas.

Maldije un poco a unos cuantos ancianos en la vía, pero alcanzamos a llegar para cuando la sexta contracción llegó a Isabella; Carlisle estaba allí con una silla.

—¿Cada cuánto son las contracciones? —preguntó mi padre.

—Cada siete u ocho minutos —contesté mientras caminábamos por los pasillos.

—¿Cuándo empezaron? —Iba a contestar pero ella se adelantó.

—Me siento mal desde esta mañana, empecé a sentirlas como a la una de la tarde. —Me giré mirándola mal.

— ¿¡Cuándo carajos pensabas decirme!? ¿Cuando tuvieras mis hijos en el baño? —grité mientras a ella la pasaban en la cama.

—Sabía que aún no era tiempo, no eres el único doctor aquí.

—Pero soy el padre, ¡Dios, yo me di cuenta! ¡Yo te vi! —Mi voz se alzó unas octavas.

—¡No me grites!

—¡No me ocultes cosas!

—Chicos, no es el momento —dijo un hombre de edad adulta, con anteojos cuadrados y cabeza rapada.

—Eleazar. —Mi padre extendió su mano a él y se estrecharon fuertemente.

—¿Ella es tu hija, Car? —inquirió mirando la historia, ¿quién carajos era este tipo?

—La dejo en tus manos, Eleazar —expresó mi padre.

—¿Tú no vas a estar? —preguntó mi nena con voz asustada, por el momento mi enojo pasó; estaba seguro que mi padre estaría con nosotros. Mi padre acarició su flequillo con cariño.

—Estoy muy compenetrado contigo, eres como mi hija, estaré junto a ti pero como un familiar, no como tu doctor.

—Pero…

—Nada va a pasarte, hija. Eleazar es un especialista con larga trayectoria, ahora él va a examinarte, Edward y yo estaremos afuera.

—¡No! —No fui consiente de lo que había dicho—. Lo habíamos hablado, padre, tú ibas a atenderla —reclamé mirando a Carlisle con rabia.

—Hijo.

—Edward —habló el señor—. Debo revisar cuánto a dilatado y conectar los monitores, debes salir.

—Solo el maldito diablo me saca de aquí. —Bells apretó mi mano y me giré enfocándome en ella.

—Ve. —Tragó saliva fuertemente y miró a mi padre—. Tengo ganas de vomitar, ¿es normal?

—Sí, es normal —contestó mi padre—. Edward y yo iremos a buscarte hielo, eso ayuda a controlar las náuseas. Vamos, hijo.

—Dije que no —ratifiqué seriamente mirando a mi padre—. No pienso dejarla con un extraño.

—Ed. —Miré a mi esposa—. Tengo ganas de vomitar, ¡ve por el maldito hielo! ¡Y deja al doctor hacer su trabajo, maldita sea! Por favor, amor. —Su expresión se suavizó.

—Pero…

—Edward. —El doctor puso una mano en mi hombro—. Somos colegas, cuidaré a tu esposa como si fuese mi hija, pero debes dejarme hacer mi trabajo.

—Está bien, yo iré por el hielo, tú… —Miré a mi padre—, tú te quedas —sentencié antes de besar la frente de mi esposa y salir de allí.

Al otro lado de la puerta de la habitación, me encontré con mi madre que traía la maleta de los bebés.

—¿Cómo está Isabella?

—En la habitación. ¿Sabías que mi padre no iba a atenderla?

—Tu padre piensa…

— ¡Lo sabías! —Estaba enojado. No, estaba más que enojado. Recibí la maleta de mis hijos y caminé de vuelta a la habitación.

Isabella estaba conectada a los monitores, se hallaba sentada con la cabeza pegada a las rodillas y las piernas medio abiertas; le habían quitado el pantalón de yoga y mi vieja franela, ahora tenía puesta una bata de hospital. Carlisle tenía sus manos aferradas a las de ella, mientras ella pasaba por una de las contracciones.

—Estás haciéndolo muy bien, hija; respira con calma, ya va a pasar, tranquila, eso es; eres muy fuerte, Isabella —dijo mi padre, ayudándola a recostarse entre las almohadas.

—¿Estás bien? —Coloqué la maleta en el sofá y me acerqué, moviendo el flequillo de su frente y pegando luego mi frente con la de ella, sus ojos se cerraron y yo me acomodé en un lado de la cama—. Te amo, preciosa, lo estás haciendo muy bien —susurré, ella dio un suspiro largo antes de que sus hermosos ojos se abrieran para mí.

— ¿Trajiste mi hielo? —me preguntó con sus ojitos llorosos, sonreí.

—Lo olvidé, perdóname, ¿cómo estás?

—El doctor Eleazar es gineco-obstetra, dice que llevo cinco centímetros de dilatación y que el bebé uno ya está en posición; tengo ganas de vomitar.

—Es normal, bebé. —Acaricié sus cabellos con mi mano derecha.

—Le diré a tu madre que traiga el hielo —dijo mi papá—. Deduzco que ella trajo la maleta. —Asentí.

Cuando mi padre se fue me senté mejor en un lado de la cama y tomé las manos de mi esposa con fuerza.

—Estamos juntos en esto, así que cuando venga otra contracción quiero que me aprietes tan fuerte como puedas.

—No es nece…

—Quiero sentir al menos un poco del dolor que tú estás sintiendo. —Sonreí.

—Tuviste más síntomas que yo durante estos ocho meses.

—Lo sé, lo lamento.

—¿Lamentas tener a los bebés?

—No, lamento que hayas tenido que dejar la universidad, lamento que tengas que pasar por todo esto.

—Yo lamento el no haberte dicho cuando las contracciones comenzaron, pensé que sabría qué hacer cuando llegara el momento, pero cuando expulsé el tapón mucoso me paralicé completamente y luego…

—Shhh… ya no importa, bebé. —El monitor nos anunció una nueva contracción—. ¿Lista? —Ella se encorvó nuevamente y apretó mis manos mientras la contracción pasaba y yo contaba lentamente—. Te amo —le dije—. Te amo. —Cada vez que sentía cómo sus uñas se enterraban en mi piel se lo decía, cuando ella descansó su cuerpo nuevamente en la cama suspiré—. ¿El doctor Eleazar?

—Fue a preparar el quirófano en caso de que tengamos que usarlo. —En ese momento mi mamá entró con el vaso que contenía el hielo, se acercó a mi nena y acarició sus cabellos como lo había hecho Carlisle, yo saqué de la maleta un pañuelo y limpié su frente.

—Tus padres ya vienen en camino, Isabella —informó mi madre. La puerta se abrió y una enfermera entró acompañada de Eleazar, mi padre y otro doctor, que se presentó como el anestesiólogo.

—Hija. —Carlisle se acercó a mi nena—, Eleazar quiere aplicarte la epidural. —Me alejé con mi madre para que la enfermera y el anestesiólogo pudiesen colocarle el medicamento a mi nena.

—¿Cómo está? —le pregunté al doctor.

—Está dilatando rápido, pero no quiero que se canse, por esa razón le hemos inyectado el medicamento. Ella quiere tener un parto vaginal, así que trataremos que descanse ahora para luego ponernos a trabajar.

—¿Crees que sea conveniente un parto vaginal?

—He preparado el quirófano por si se presenta cualquier eventualidad. ¿Preparado para ser papá?

—Aún no soy consciente de eso.

—Sé que te enojaste por la elección de tu padre.

—No me enojé, es solo que…

—Te entiendo, pero tu padre quería estar libre para poder revisar a los bebés cuando nazcan; él estará conmigo en quirófano y tú también.

—No sé si Isabella quiera que entre yo o su mamá.

—Igual entrarás, hijo, imagino que quieres ver a tus hijos cuando nazcan; Carlisle me dijo que no saben el sexo, ¿es eso correcto? —Vi cómo mi nena se apoyaba de nuevo en la cama.

—Isabella quería que fuese una sorpresa. —Me encogí de hombros.

—Si se duerme déjala dormir, yo estaré viniendo periódicamente a ver cómo va dilatando. —Me dio un golpe en la espalda y salió detrás de la enfermera.

Isabella tomó uno de los trozos de hielo llevándoselo a la boca y recostándose mejor sobre las almohadas. Cuando mis suegros llegaron a la habitación, mi nena había caído en una duermevela intranquila.

—¿Cuánto ha pasado? —inquirió Renée acercándose a Isabella, en ese momento el monitor indicó una nueva contracción, Isabella se movió, pero no se despertó. Habían pasado casi dos horas desde que habíamos llegado y el trabajo de parto se había relantizado.

—Unas tres horas desde que la encontré en el baño. —Isabella volvió a moverse pero continuó dormida—. Al parecer se detuvo al llegar a los siete centímetros.

—¿Está bien? —preguntó Charlie desde la puerta.

—Solo dormida, hace poco sucumbió ante el sueño.

—¿Por qué no vamos todos a la cafetería? —sugirió mi padre—. Isabella está dormida y todos aquí hacemos más reducida la habitación. —A regañadientes mi suegra y mi madre se fueron; tomé la mano de mi esposa y besé sus nudillos; una enfermera entró y revisó los monitores, hacía una hora que yo no los revisaba. Antes de doctor era un esposo y un padre preocupado, eso sin contar que aún era un chico.

—¿Igual? —pregunté, mientras sentía mi celular vibrar; los chicos estaban enviándome textos desde hacía media hora atrás, querían venir pero esto llevaría tiempo; con mis padres y los de Isabella teníamos suficiente público.

—Es normal, es primeriza —dijo la enfermera antes de salir.

Las siguientes tres horas fueron tortuosamente largas. El trabajo de parto se había detenido completamente, Isabella estaba despierta e intranquila; el doctor Eleazar había recomendado que camináramos por los pasillos; mi padre se había ido a hacer su ronda de guardia, mi suegro estaba medio dormido en un sofá; mi madre y mi suegra estaban hablando de un foto estudio que iban a tomarle a los bebés, si eran niños los vestirían de beisbolistas y si eran niñas les pondrían tutus de ballet. Ayudé a Isabella a recostarse en la cama cuando el doctor Eleazar entró con mi padre a la habitación.

—Hora de revisarte, pequeña. —Bells suspiró sentándose bien en la cama y abriendo sus piernas para que el doctor la revisara; yo apreté sus manos y sonreí cuando vi a Eleazar sonreír—. Llegó el momento, ¿lista para pujar?

—Estoy aterrada —comentó mi nena, mirando a Eleazar con cara de espanto.

—Estarán bien, ¿quién va a acompañarte? —Ella me miró y luego a Renée y dio un largo suspiro.

—Mamá. —Mi suegra pegó un brinco—, te amo y sé que te mueres por estar ahí conmigo, y si yo pudiera dejaba que tú y Esme me acompañasen, pero quiero a Edward junto a mí. —Mi suegra y mi madre sonrieron y luego asintieron.

—Bueno, Carlisle, tú y tu hijo deben ir a alistarse mientras las enfermeras trasladan a Isabella, ¿algo más, señorita? —consultó el doctor amablemente.

—¿Podremos filmar el parto? —pregunté, sabía que eso diría mi nena.

—No es permitido tener una cámara de vídeo.

—Tengo mi celular. —Le mostré mi Smartphone .

—Supongo que no habrá problemas, ¿es todo?

—Despierten a papá —dijo mi esposa, me acerqué a darle un beso en la frente antes de salir de la habitación; mi celular volvió a vibrar y le enseñé el texto.

"Edward nos pidió que no fuésemos hoy, pero mañana no te salvas, pequeña. Tenemos que conocer a los sobrinos. Te queremos mucho… Emm, Rose, Ali, Jazz, Jake, Ness, Ang y Ben".

—Les dijiste…

—Fue el enano, lo publicó en Face. Viky me llamó, James está de guardia y no tiene con quién dejar al mocoso, prometió venir mañana, nos vemos en el quirófano, no olvides que te amo.

—Y yo a ti. —Nos dimos un pequeño beso, antes de salir de la habitación; viendo a mi suegra levantar a su esposo.

Caminé con mi padre hasta la habitación donde debíamos colocarnos la ropa especializada, moví el celular visiblemente nervioso.

—Tranquilo, ella necesita que estés sereno.

—Lo sé, papá. —Suspiré—. Solo espero ser al menos la mitad de buen padre que tú fuiste para mí.

—Lo serás. —Mi viejo me abrazó—. Ser padre no es fácil, hijo; desafortunadamente ustedes vienen sin manual. —Sonrió por su chiste, yo hice una mueca, estaba demasiado asustado para reírme abiertamente—. Te equivocarás, no una, sino muchas veces pero siempre podrás reivindicarte.

—¿Puedes darme un consejo, papá?

—Solo puedo decirte una cosa: la familia es lo primero, hijo, apoya a tu esposa siempre y tomen decisiones juntos; si caminan tomados de la mano el camino será más fácil. ¡Mi pequeño ratón de biblioteca me va hacer abuelo!

—Hacía mucho tiempo que no me decías así —le dije mientras él me ayudaba a colocarme los guantes de látex.

—Creciste, Edward, pero siempre serás mi pequeño. Cuando tus hijos estén en tus brazos te darás cuenta que todo lo que pasaste valió la pena, y cuando te llamen papá sabrás que eres capaz de dar tu vida una y mil veces por ellos… Estoy orgulloso de ti. —Sus ojos se humedecieron—. Vamos, tu esposa te espera. —Palmeó mi espalda y juntos caminamos al quirófano; Bells ya estaba allí cuando entramos y yo le pasé el celular a una enfermera que nos haría el favor de grabar mientras yo estaba con mi esposa.

—¡Listo, chicos! —dijo el doctor Eleazar mientras afianzaba los pies de mi nena en los estribos—. Vas a pujar a la cuenta de tres, Isabella. Uno… dos… tres, puja ahora.

Mi nena valiente pujó, me sentía un completo inútil. Mientras ella gritaba de dolor yo solo le susurraba palabras de amor a su oído y limpiaba su sudor; nuestras manos estaban unidas y yo estaba completamente de espaldas a Eleazar. Mis ojos y mi vida entera estaban centrados en ella, en la mujer que conocí cuando tenía diez años cerca al parque de mi casa; en cómo nuestra amistad dio paso al amor, en los tres años de novios de manito sudada, nuestra primera vez y nuestra boda.

Mi nena pujaba, descansaba y volvía al ataque.

—¡Es una niña! —gritó mi padre cuando el llanto inundó todos y cada uno de mis sentidos.

—Una niña, amor —dije juntando nuestras frentes.

—¿Quieres cortar el cordón, papá? —Giré mi rostro mirando los cristalinos ojos de mi padre.

—Hazlo tú, abuelo —dije con voz contenida y me giré hacia mi esposa—. Gracias bebé, te amo. —Besé sus labios—. Lo has hecho muy bien, princesa.

—Estoy cansada…

—Solo falta un poco más y podrás descansar, amor, tú puedes, eres fuerte.

—No vamos a tener más hijos.

—Eso dices ahora, recuerda que yo tuve los síntomas.

—No se compara con esto. —Sequé su frente mientras escuchaba cosas de mi padre como: "2800 gramos", "cinco dedos en cada mano y pie".

—¿Preparada, Isabella? —cuestionó Eleazar y mi nena asintió—. A la cuenta de tres.

Mi nena sacó toda su potencia, me di cuenta que la mujer frágil que yo creía que ella era, era una fachada; mi princesa era una guerrera, aún cuando decía que no podía más estaba pujando con el alma; y el sonido más hermoso del mundo entero volvió a escucharse en el quirófano. Las lágrimas abandonaron mis ojos mientras lloraba en el pecho de mi esposa y escuchaba claro: "otra niña"; dos princesas que llenarían mi vida de locuras, dos nenas que amaría con el alma. Besé los labios de mi esposa que estaba completamente desparramada en la cama, tenía mechones de cabello pegados en la frente y en su rostro podía verse el cansancio que tenía, pero aún así sonreía.

—2650 gramos —gritó mi padre emocionado.

—Ve con ellas —gimió mi esposa, negué—. Mueres por conocerlas, yo estoy durmiéndome prácticamente, ve…

—Te amo. —La besé—. Te amo.

—Yo a ti. Ve, trataré de tener los ojos abiertos, tráelas para que pueda verlas. —Besé sus labios una vez más, antes de caminar hasta mi padre mientras Eleazar terminaba con mi mujer.

—Tus hijas —dijo mi padre con lágrimas en los ojos—. Parece que vas a tener las manos llenas, hijo. —Palmeó mi espalda, mientras yo veía los dos cuerpos más hermosos del mundo; mis hijas, mías y de mi esposa; tenían puestos unos pañales desechables y unos gorritos rosas, aún estaban algo sucias, pero eso no las hacía menos hermosas. Las lágrimas volvieron a deslizarse por mis mejillas, ya no era Couvade, era Edward Cullen, llorando como un maricón frente a la sensación más grande del universo. Mis dedos acariciaron sus mejillas y ambas abrieron sus ojos enfocándolos con los míos.

—Chocolates —dije viendo las orbes de mi princesa en ellas.

—Su cabello es cobrizo —dijo mi padre orgulloso a mi lado.

—Bella quiere verlas —comenté antes de que mi padre las arropara con la cobija y me diera al bebé A, tomando él la B.

Caminé con mucho cuidado de no dejarla caer hasta llegar junto a mi esposa.

—Isabella. —Ella tenía los ojos cerrados y una enfermera ahora la limpiaba—. Amor. —Sus ojos intentaron abrirse, pero no lo hicieron.

—Déjala que descanse —propuso mi padre.

—Dame un momento —dijo mi princesa con voz pausada, suspiró fuertemente y sé que tomó todo de ella para poder abrir sus ojos, acomodé a bebé A en uno de mis brazos y mi padre me pasó a bebé B. Me agaché un poco dejando que la mano de mi esposa rozara los bultos entre mis brazos.

—Son perfectas —dijo ella.

—Lo son —confirmé—. Tienen tu color de ojos y tu nariz respingona. —Mi nena se estaba durmiendo pero aun así abrió sus ojitos.

—Tus labios, ella tiene tus labios. —Señaló a la bebé A—. Y ella tus cejas. —Señaló a la bebé B—. Me estoy durmiendo, Edward. —Pasé a bebé A con mi padre y me agaché hasta depositar un beso en la frente de la mujer de mi vida.

—Descansa, princesa.

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—Edward —escuché a mi esposa y me levanté del sofá para ir con ella, hacía unos minutos habían traído los cuneros—. Estás aquí. —Trató de levantarse e hizo una mueca.

—Ven, te ayudo. —La tomé bajo los brazos y la senté un poco en la cama.

—¿Cuánto he dormido?

—Unas ocho horas. —Acaricié su rostro con mis dedos—. Son las once de la mañana.

—¿Las niñas? —preguntó—. ¿Ellas están bien?

—Perfectas, tienen un peso normal, buen color, les hicieron todos los exámenes y ahora están dormidas, al parecer serán buenas niñas. —Sonreí.

—¿Puedo verlas? —Se apoyó en sus manos, sentándose mejor.

—Sip. —Me senté a su lado—. Gracias, bebé. —La besé y ella me besó—. Te amo.

—Yo más, pero quiero ver a mis hijas. —Volví a sonreír—. Lamento haberte gritado en casa.

—No importa, los chicos estarán aquí por la tarde, y tus padres y los míos fueron a cambiarse de ropa.

—Tráelas —pidió emocionada, le di un último beso antes de caminar a donde estaban las cunitas y tomar a la bebé A, vestida por su abuela Esme con un hermoso conjunto tejido en color verde sapito, ella había pesado un poco más y era un tanto más grande que la bebé B, se removió un poco cuando la alcé, pero no se despertó. Caminé a la cama y se la puse en brazos de mi muy llorosa esposa, limpié sus lágrimas y fui por la bebé B, estaba preciosa en su conjunto amarillo pollito, con el cual la había vestido su abuela Renée; cuando la puse en el brazo libre de mi esposa ella les dio un beso en la frente a ambas, a pesar de las cobijas y el gorrito mi esposa pudo verlas bien—. Toma una —me dijo e inmediatamente tomé a la bebé B, esta pequeñita ya me reconocía, a leguas se veía un poco más pequeña que su hermana, pero eso era normal, según me había dicho Carlisle. Mi nena se corrió un poco y yo me senté a su lado con un brazo sosteniendo a mi bebé y la otra sobre los hombros de mi esposa.

—Tenemos que ponerles nombre. Las he estado llamando bebé A y B, no creo que les guste mucho.

—Ella es... —Mi esposa miró al bultito amarillo entre mis brazos—. Gabriella Elizabeth Cullen Swan. —Sonreí, me gustaba Selene—. Y ella… —Acarició la nariz de mi bultito verde—. Anabella Estefania Cullen Swan. ¿Te gustan? —Mis Bellas… sonreí y asentí, y le di un beso en los labios.

—Por lo menos espera a que se recupere, hermano —chilló Jake entrando a la habitación junto con los chicos, mis padres y mis suegros.

—¿Ustedes no venían a las dos? —pregunté algo enojado por haber roto mi burbuja.

—Si llegamos diez minutos más tarde la pobre Isabella estaría embarazada otra vez. —Emmett chocó las manos con Jake y yo les di mi miradita del mal.

—Al menos ella no tiene los síntomas —se burló Jasper y todos en la habitación rieron.

Entregué mi pequeña Lizzy a mi esposa y les saqué la lengua a todos, un acto de completa 'madurez'. Uno a uno mis amigos se acercaron para ver a mis Bellas. Mi padre tenía razón, qué importaba soportar el jodido Couvade si al final del camino yo tendría esta recompensa, dos pequeñas que llenarían mi vida de felicidad.

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Fin.

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Notas:

(1) En referencia al protagonista de la serie de televisión: Dr. House

Se acabó, les reconozco que iba a ser un poquito más complicado el parto, pero tenía a todos mis Edwards y a mis dos, me dijeron que si hacía sufrir más a Edwardcito se iban a poner en mi contra y buenuuu con esa amenaza cualquiera, esto se ha acabado, me reí mucho con este fic espero haberlas hecho reír igual, infinitas gracias por esos 216 Review, qué sería de esta chica sin ustedes apoyándome... Mientras ustedes quieran leer, yo seguiré escribiendo, Mil y un Gracias a mi ami preciosa Laura Castiblanco, que me acompañó en toda esta aventura y a Eve Runner que estuvo allí pendiente para que no se escapara ningún Serena jajajajaja Gracias mu por todo

Besos

Aryam Shields Cullen