Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

La historia es mía y está protegida por Safecreative. ¡No al plagio!

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El chico de Ipanema

Capítulo 1: Adiós, al hombre maní

Bella's POV

Viernes 6 de enero de 2012, 7 AM.

—Vamos nena…, vente…, vente para mí… —con cada arremetida, jadeaba con esfuerzo, su aliento en mi oído.

«¡Sí! ¡Sí, Christian…, dame duro por favor!», rogaba mentalmente en un grito desesperado, intentando concentrarme, intentando llegar al éxtasis total.

Imaginaba sus ojos grises contemplándome ardientes, aquel cuerpo del pecado enredado con el mío, su masculina anatomía creada para dar placer, su musculosa y sudorosa espalda… ¡Mis uñas enterradas en esa musculosa y sudorosa espalda!

«¡Madre santa! Ahora sí, que lo conseguiré… Ahora sí…, por favor, por favor…», supliqué al cielo cerrando mis ojos tan apretado como pude, me aferré con fuerza a su espalda y deseé perderme en el abismo de cada «supuesta» dura embestida.

Pero….

—¡Diablos, Bella! ¡Deja de clavar tus uñas en mi espalda! —gimoteó como niñita, explotando mi perfecta, pero débil ensoñación, donde por primera vez en mi joven y adulta vida, lograba llegar al maldito y negado orgasmo, mediante la penetración.

Abrí mis ojos para encontrarme con los suyos, negros, febriles, clavados sobre mí, mientras mi cuerpo se deslizaba hacia arriba del colchón con cada arremetida y me comenzaba a pegar en la cabeza con el respaldo de la cama; que crujía al mismo compás, de cada movimiento.

Crujidos, vaivén, golpes en la cabeza, jadeos… —proferidos solo por él, por cierto—, una combinación para nada perfecta y más bien patética, sobre todo cuando te comienzas a sentir una puta muñeca inflable. Vacía, hueca, incapaz de sentir absolutamente nada.

Juro solemnemente por todos los santísimos libros eróticos que había escrito y leído en mi vida, que esta situación, no la aguantaba un minuto más. Había llegado el momento de dejar de fingir, estaba desesperada por sentir o más bien, porque un miembro enorme y duro me hiciera arder entre mis piernas hasta partirme en dos. Necesitaba sentir que había muerto y me había ido al puto cielo, incapaz de soportar tan infinito placer.

Miré a mi marido por última vez. Su cara, era una mueca distorsionada, caliente; bueno, al menos alguien que lo estuviera… «¿Qué acaso, no se deba cuenta que fingía? ¿Que no me hacía sentir absolutamente nada?» Esperé un par de estocadas más y cuando estaba a punto de llegar al clímax lo detuve.

Esta sería mi pequeña venganza, por tantos años de placer frustrado, por hacerme esperar ilusionada por él, para después, descubrir su vil engaño. Por sus promesas eróticas rotas, por mis años fingiendo que me hacía gozar para no destruir su ego, porque «supuestamente», era el hombre amaba.

«¡Dios, como había estado tan equivocada!»

—¡Jacob, detente! —con mis manos puestas en su pecho, presioné con todo el ímpetu que fui capaz, necesitaba apartarlo de mi cuerpo, pero estaba tan absorto en alcanzar su orgasmo que no me oía—. ¡Para! ¡Para! ―grité y empujé otra vez, sacando fuerzas, la verdad, ni siquiera sé de donde, hasta que logré quitármelo de encima.

No lo quería dentro de mí ―si es que a eso, se le podía llamar dentro―, ni un solo segundo más.

Jacob rodó sobre su espalda, con sus manos desmadejadas por encima de su cabeza, resopló y giró el rostro para darme una mirada furiosa. Intentaba calmar su respiración, mientras yo, estaba como si no hubiese caminado ni una cuadra.

—Me puedes explicar, ¿qué diablos te pasa, Isabella?

No le contesté, mis ojos estaban clavados, en aquel pequeño objeto de mí «supuesta» adoración: Erecto, duro e ínfimo, malditamente ínfimo. Si hasta me daba la impresión, que tendría que mirarlo con una lupa para poder verlo mejor. Una carcajada nerviosa y burlesca escapó de mis labios, al reparar por primera vez después de tres condenados años, que el condón le quedaba absolutamente grande, parecía más bien, que el condón le pertenecía a un elefante.

Eché mi cabeza hacia atrás y me morí de la risa por unos instantes de mis divertidas comparaciones. Cuando fui capaz de recobrar el aliento de mis satisfactorios espasmos ―¡vamos, algún espasmo satisfactorio que tenga!―, me paré de la cama de un salto y anuncié feliz, como si estuviese recitando las mejor de las noticias—: ¡Me voy, Jacob! Me cansé de fingir. ¡Quiero el divorcio y me voy! —sentencié auto felicitándome y dándome palmaditas imaginarias en mi espalda, por haber tomado de una vez por todas, esta genial y osada decisión.

Sus negros ojos se abrieron incrédulos, no dando crédito a mis palabras.

—¡¿Qué?! —preguntó frunciendo el ceño, sin entender.

—Eso mismo que escuchas Jake, simple y claro. Quiero el divorcio. Por lo menos para mí, esta relación, ya no da para más.

—Pero, pero… —se rascó la cabeza intentando encontrar alguna repuesta, para mis inesperadas confesiones y tomó asiento en la cama—. No entiendo, si recién estábamos haciendo el amor…

—Tú, Jake. Tú, estabas haciendo el amor, no yo. Por eso mismo, es que quiero el divorcio, ya no aguanto fingir un puto orgasmo nunca más, en lo que me queda de vida.

—¡¿Fingir?! —«¡Ay, pobre hombre!», si hasta me comenzaba a dar pena.

—¡Vamos, Jake! ¿Qué acaso en los tres años que llevamos de casados, nunca te has dado cuenta que no me haces sentir absolutamente nada? Que llevo años esperando que pase un milagro, pero a decir verdad, no creo que Dios conceda ese tipo de milagros… —solté sarcásticamente divertida, recordando como ilusa, casi prendía velitas para que el tamaño de ese ínfimo pene, no fuera nada más, que una mala broma del destino o para que cuando despertara a la mañana siguiente, la ínfima porción de carne que Jacob poseía entre sus piernas, solo había sido producto de una horrible pesadilla.

Lamentablemente, frente a mis ojos, aun estaba erecta mi triste realidad.

—¡Te has vuelto loca, Isabella! ¿Fingir? ¡Fingir! —Se comenzaba a enfurecer y también se paró de un salto de la cama—. Creo que esas absurdas novelas calientes que escribes, te están comenzando a afectar. Además… ¡no me puedes dejar así! —exclamó malditamente cabreado, apuntando con ambas manos a su maní, perdón, a su pene.

—¿Sabes, Jake? Aquellas absurdas novelas eróticas, como tú las llamas, te bridan la perfecta vida de oso que llevas. Y no me desafíes, claro que te puedo dejar así, total, con un par de sacudidas de tus grandes manos se te pasa y ya —dije encogiéndome de hombros, presta a salir de la habitación y buscar mi maleta.

Hace mucho tiempo, que se había acabado el amor…

—¡Eres una ilusa! —Me acusó saliendo junto a mí del cuarto, casi pisándome los talones—. Te apuesto lo que quieras que te irás, para cumplir esas absurdas ideas de sexo desenfrenado, las cuales te han hecho perder la cabeza.

«¡Dios, esto era increíble! ¡¿Y tenía la desfachatez de reprochármelo, todavía?!», me di la vuelta para encararlo, furiosa.

—Esas absurdas ideas, como tú las llamas… —lo enfrenté poniendo el dedo índice en su pecho, deteniendo su andar—, son el sueño de cada mujer, que pisa esta maldita tierra. El sueño por el cual, me hiciste esperar y jamás fuiste capaz de cumplir. Lo siento Jake, no me importa cuánto reclames, ni cuánto me digas, esto se acabó y no hay vuelta atrás.

—¡Son solo sueños, Bella! ¿Cómo no te das cuenta? ¡El sexo, no es así! Esas ideas, solo salen de tu alocada imaginación, y si no puedes gozar o sentir nada, es porque estás tan chiflada, que tú misma en tu cabeza te lo niegas y eso, nada tiene que ver con mi habilidad como amante o el tamaño de mi miembro a la hora de tener relaciones.

«Remilgado», pensé y bufé cabreada.

Aunque había que reconocer, que en ese último argumento en particular, él, tenía un punto. Se supone que todo ese asunto del tamaño del pene es un mito, ¿o no? Quizá, realmente me había chiflado pensando todo el día en sexo y en miembros de descomunal tamaño. Tal vez, ya era hora que dejara de «curiosear» por internet…

Mordí mi labio inferior dudosa.

¿Sería verdad? Pero es que esa cosa que tenía Jake, sobrepasaba lo pequeño…, por lo demás… ¿Quién le dijo a este hombre que, apenas saliera por la puerta de esta casa, iría dos segundos después en busca de sexo? Solo estaba desesperada por sentir…y caliente, muy caliente nada más…

—¡Nunca lo encontrarás! —soltó de pronto, interrumpiendo mis diatribas mentales—. Si no sientes nada, es porque tú estás fallada, no yo —sentenció con crueldad.

Di dos pasos hacia atrás, incrédula de sus palabras. «¡¿Fallada?! ¿Yo? ¡Por favor! ¡Si él, era el dueño del maní!»

En ese preciso instante, con sus palabras aún haciendo eco en mi cabeza, tomé una importante decisión. Quizás, la más importante de mi vida.

—Crees que jamás lo encontraré, ¿verdad? —pregunté desafiante, elevando el mentón y apretando con fuerza mis puños a mis costados—. Que son alucinaciones mías. Que estoy loca.

—Estoy más que seguro —anunció suficiente—. Nunca. Y sí, estás loca. Mucho, a decir verdad.

—Entonces Jacob Black, observa como salgo al mundo y te demuestro que eres el peor amante, que ha pisado esta tierra. Que tú, eres el que está pifiado, con ese mínimo tubérculo de carne que tienes pegado al cuerpo. ¡Y te juro, aquí y ahora! ¡Cómo que me llamo, Isabella Swan! —Poco a poco fui alzando la voz, recalcando el Swan, para dejarle bien claro, que ya no era Black—. Que encontraré el pene más grande del mundo, ese mismo con el que sueño cada día y cada noche, y ese mismo será, el que me mate de placer. El placer, que jamás en la vida, me darás tú —sentencié segura.

Y así me fui, dejándolo plantado en el pasillo contiguo a nuestra habitación, en busca de mi maleta, en busca de mi nueva vida y con una importante misión de por medio. Sí, encontraría aquel miembro perfecto, con el que al fin, podría gozar de los placeres carnales de esta vida.

¡Sí! Gozar, gozar… ¡Cómo moría por gozar!

Pensando en aquel lugar sexy y caliente, que destilaba sexo, cerré la puerta de mi casa, prometiéndome jamás volver; había llegado la hora de disfrutar, de vivir, de olvidar mis frustraciones. Comenzando a tatarear la Chica de Ipanema y con las suaves notas de la Bossa Nova bailando en mi cabeza, dejé mi vida sin mirar atrás.

¡Sí! Operación: «Encontremos el pene más grande del mundo, para Isabella Swan» ¡Aquí vamos!

«Mira qué cosa más linda, más llena de gracia, es esa muchacha, que viene y que pasa, con su balanceo, camino del mar»


¡Hola chicas! Yo por aquí, con una nueva historia. ¡Espero les guste! ¡Esta será cortita!

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Besos!

Sol