Por fin me he decidido a colgar algo de Slender, el gran juego de terror que me ha tenido enganchado una temporada. Aquí la primera parte y espero tener preparada pronto la continuación.


Había sido estúpida, muy estúpida por dejarse arrastrar hasta ese bosque. Ella no creía en monstruos ni cuentos de brujas, aunque como solo tenía nueve años le tenía un fuerte miedo a la noche y a lo que podía esconderse en ella. Pero incluso siendo una niña era lo suficientemente sensata como para no tenerle miedo a un rumor como el del fantasma que aparecía las noches sin luna en aquel bosque. "¿Fantasmas? ¡Menuda tontería!" Había dicho.

Pero entonces… ¿por qué tenía tanto miedo en aquellos momentos?

-Vámonos de aquí, podemos meternos en un lío- susurró a sus dos compañeros.

-¿Tienes miedo, Laura?- preguntó con una sonrisa torcida un chico rubio con gafas de su edad-. La que no creía en fantasmas…

-¡Y no creo!- saltó ella-. Pero aquí puede haber alguien, o podemos perdernos, nadie sabe dónde estamos. Vámonos, Carlos.

-Si quieres volver, puedes hacerlo tú sola. Yo quiero ver a ese "fantasma" del que Iván hablaba. Además, ya es aquí ¿no?

Miró al tercer niño que estaba con ellos, Iván, un chico moreno con ojeras y mirada triste. Parecía el más nervioso de los tres y no paraba de mirar con temor una valla metálica que estaba delante de ellos, como si estuviera a punto de dar media vuelta y salir corriendo. Laura también miró la valla.

-¿Ahí dentro?- preguntó, el niño asintió lentamente-. Si hay una valla será por algo, no debemos pasar.

-Qué aburrida…- resopló Carlos acercándose, se detuvo justo al lado de la verja y miró al otro lado.

El bosque continuaba por allí perdiéndose en la oscuridad, no se veía otra cosa aparte de árboles. El chico se volvió hacia Iván, que se había quedado atrás.

-¿Dónde está ese fantasma del que tanto hablabas? Déjame adivinar: no existe. Solo querías llamar un poco la atención ¿verdad?

-No- Iván habló por primera vez negando con la cabeza, se notaba que estaba asustado-. Le vi allí dentro, en el bosque. No llegué a entrar, pero fue justo ahí…

Señaló un punto entre los árboles, los otros dos siguieron su dedo con la mirada y no vieron nada que llamase la atención.

-Lo que tú digas, pero el único fantasma aquí eres tú- rió Carlos.

-¡Hablo en serio! ¡Creía que era una rama o algo, pero cuando volví a mirar estaba más cerca! ¡Era un fantasma!

-Está bien, si lo dices así no tendré más remedio que creerte…- suspiró Carlos colocando su mano en el hombro de Iván.

El chico se tranquilizó solo un segundo, Carlos soltó una carcajada y agarró el colgante de Iván, de un tirón lo pasó por encima de su cabeza y salió corriendo con él en la mano. Laura lo miró con horror, sabía que ese colgante era un regalo muy preciado de la madre de Iván a su hijo poco antes de morir, así que no le sorprendió que el hico saliera corriendo detrás del ladrón hacia la valla. Allí cerca la alambrada se doblaba cerca del suelo y había un agujero lo suficientemente grande como para pasar por él. Carlos se arrodilló y, antes de que Iván pudiese impedírselo, pasó al otro lado gateando.

-¿Y ahora qué?- exclamó con una sonrisa triunfal en la cara al ver que el otro se había detenido-. ¿Te atreves a venir?

-No seas idiota, Carlos, vuelve aquí- pidió Laura, tenía el oscuro presentimiento de que aquello no iba a acabar bien.

-Que él no sea idiota- respondió el rubio-. Aquí no hay ningún fantasma, y se lo voy a demostrar.

Dicho esto dio media vuelta y se adentró en el bosque agitando el colgante de Iván en el aire, para que lo viera bien.

-Iván… Seguro que volverá enseguida…- empezó ella, pero el chico negó con la cabeza y se agachó para pasar por el agujero-. Eh ¡Espera!

Laura se alarmó, solo tenían dos linternas y las llevaban Carlos e Iván, si se iban ella se quedaría a oscuras en medio del bosque, aquel sentimiento incómodo en su interior creció. La niña siguió a su amigo por el agujero, y ambos se incorporaron al otro lado mirando a su alrededor.

-Se ha ido por allí- señaló la chica, Iván asintió y los dos empezaron a correr llamando a Carlos, sin obtener respuesta.

-La linterna… ¿por qué no vemos su linterna?- se preocupó Iván.

-No lo sé…- Laura se llevó las manos al pecho, su corazón latía con fuerza como advirtiéndola de que no se adentrara más en aquel lugar, que volviera ahora que aún podía…

Finalmente llegaron a un claro levemente iluminado por las estrellas, la hierba dejaba paso a tierra marrón que hacía sonar los pasos de los niños, pero se detuvieron de repente al descubrir una figura familiar tendida en el suelo, bocabajo con los ojos cerrados y una extraña expresión en la cara…

-¡Carlos!- exclamó Laura corriendo hacia el cuerpo.

El corazón se había acelerado aún más, ahora hasta era doloroso y sentía el latir en las sienes, haciendo que las lágrimas comenzaran a acudir a sus ojos y dejando un único pensamiento en su cabeza: Carlos estaba herido, o peor… Iván se había quedado atrás, sus brazos estaban cerrados sobre su cuerpo en un abrazo, como si intentara protegerse de algo, y sus pupilas temblaban contemplando el cuerpo en el suelo. La niña se arrodillo junto al cuerpo y lo volvió bocarriba, después comenzó a agitarlo por los hombros mientras repetía su nombre desesperadamente, pero una ruidosa carcajada la hizo detenerse.

-¿Qué?- exclamó sorprendida al observar que Carlos abría los ojos y la miraba burlonamente, no paraba de reírse.

-¡Increíble, ha sido increíble, seguro que pensabais que estaba muerto!- dijo el niño mientras se enderezaba, Laura aún estaba de rodillas sin terminar de asimilar lo que había pasado-. ¡Tendríais que ver vuestras caras! ¡Parece que habéis visto a un fantasma!- y soltó otra carcajada.

-¡Imbécil!- gritó entonces Laura, se levantó y le dio un fuerte empujón que casi le derriba-. ¡Te has pasado! ¡Estaba muy preocupada! ¡Creía que…!

-¿Que un fantasma me había matado?- completó él con otra sonrisa, la niña sintió el odio palpitarle en el pecho, aún tenía muchas cosas que decirle, pero lo resumió todo en un solo movimiento: alzó la mano y le propinó un sonoro bofetón que hizo que se le cayeran las gafas.

Eso hizo que Carlos dejara de reírse. Entre sorprendido, dolorido, y humillado el chico recogió sus gafas y se las colocó de nuevo, aún con una pequeña sonrisa en la cara.

-No te enfades, solo ha sido una…- calló al ver que la niña hacía amago de volver a pegarle, se apresuró a cambiar de tema-. Bueno, creo que algo ha quedado claro: aquí no hay ningún fantasma.

Iván se había acercado a ellos, también le había costado recuperarse de la sorpresa y miraba a Carlos con especial odio.

-Mi colgante- exigió levantando la mano hacia él.

-Solo si admites que estabas equivocado- respondió Carlos.

-Dale el maldito colgante, Carlos- resopló la niña, se estaba impacientando.

Se había dado cuenta de su situación: estaban en medio de un bosque por donde nunca antes habían estado, de noche, y aunque recordaba la dirección por donde habían venido no podía recordar el camino exacto. ¿Y si no encontraban el agujero en la valla? Mientras lo pensaba, Carlos le daba a regañadientes el colgante a Iván, y los dos se volvieron hacia su alrededor.

-¿Hacia dónde está la salida?- preguntó el rubio.

-¿Es que no recuerdas por dónde has venido?- Iván se estaba poniendo nervioso, no paraba de lanzar miradas asustadas a la oscuridad como si algo pudiera salir de repente de ella.

-¿Y tú?- se defendió Carlos.

-¡Basta!- gritó Laura haciéndoles callar-. Vámonos de aquí ya.

A simple vista parecía furiosa, pero en realidad su enfado solo disimulaba un terror que cada vez se hacía más grande en su interior. Quería salir de allí y quería hacerlo cuanto antes, por lo que fingió seguridad y avanzó entre los árboles, los dos chicos la siguieron en silencio.

La noche era fría y silenciosa, no se escuchaba nada más que el viento entre las hojas y los pasos de tres pares de pies avanzando inseguros por el bosque. Iván y Carlos tenían linternas, y avanzaban detrás de Laura iluminando su camino, confiando en que ella sabía por dónde iba, aunque lo cierto era que la niña no tenía clara la dirección que debían tomar. Su mirada se perdía entre las ramas intentando ver algún destello metálico, pero lo único que descubrió fue una extraña forma más adelante, tras dudar un momento decidió avanzar hacia ella.

-¿Qué es eso?- se extrañó Carlos adelantándose para iluminar, pero se llevó una decepción-. Bah, solo es un árbol. ¿No era por aquí, o es que te has perdido?

Laura no dijo nada, los tres había salido a un amplio camino de tierra en medio del bosque, y en el centro se podía ver un gran árbol sin hojas que daba escalofríos. Laura dejó de mirar el árbol para enfrentarse a la acusación de Carlos.

-¡A mí no me eches la culpa, fuiste tú el que nos trajo aquí! ¡Todo esto es culpa tuya!

-¡Pero tú nos has perdido, creía que sabías el camino!

-Chicos…

-¡Eres un imbécil, si no le hubieras quitado ese estúpido colgante a Iván esto no habría pasado! ¿Y ahora qué? Lo único que podemos hacer es seguir este camino, tiene que haber una puerta en algún lado.

-¿Y si no la hay?

-¡Chicos!

Carlos y Laura se volvieron hacia Iván, sorprendidos por la interrupción.

-¿Qué pasa ahora?- preguntó bruscamente Laura.

-Bueno, es que… ahí hay algo- murmuró él, algo cortado.

-¿Eh?- los ojos de la chica se fijaron entonces en aquello que señalaba su amigo.

Allí, pegado a la corteza del oscuro árbol, había una hoja de papel que parecía arrancada de un cuaderno, Laura se acercó un poco para verla mejor. Alguien había dibujado burdamente unos árboles y una figura que parecía una persona entre ellos. Era muy simple, como si lo hubiera dibujado un niño pequeño, pero había algo en él que hizo estremecerse a la niña y crecer aquella sensación de inseguridad en ella. Estaba tan absorta en el dibujo que se sorprendió cuando una mano lo arrancó de la corteza de un tirón.

-¿Y esto?- comentó Carlos acercándose la hoja a la cara para verla mejor-. Solo es un ridículo dibujo, no perdamos más el tiempo, tenemos que irnos.

Se puso en marcha, iluminando el camino con su linterna y volviéndose para ver si sus compañeros le seguían. Laura avanzó lentamente, sin poder dejar de pensar que algo iba mal, algo iba muy mal. No habría sabido explicarlo, pero sentía que una extraña tensión había inundado el ambiente desde el mismo momento en el que Carlos había quitado la hoja del árbol. Por mucho que no creyera en cuentos de fantasmas, ahora más que nunca estaba deseando salir de allí.


Yo no entendí qué hacía el niño del juego en el bosque, de noche, buscando las páginas del cuaderno, pero esta es mi versión.

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