Bueno. Y aquí estamos. Después de 22 capítulos ya hemos llegado al epílogo.

Esta N/A la escribo yo, Cat, puesto que la señorita Caboosey fue la encargada de dar el pistoletazo de salida me ha dejado a mí el encargo de firmar el final. Quizás también lo hago yo porque ella aún está llorando desonsolada y reniega de la despedida, ya sabéis que es un tanto dramática XD

Bromas a un lado, para nosotras esta historia ha sido algo increíble, tanto a la hora de crearla, como al escribirla y también mientras la hemos compartido con todas vosotras. Ha sido un camino hermoso que repetiría una y otra vez, jamás hubiésemos pensado cuando empezamos a escribir el primer capítulo que nuestro pequeño "hijo" fuese a llenar a tantas personas por el camino ni mucho menos recibir tal aceptación.

Muchas nos decís que esta historia ha cambiado la manera en la que veis la vida, y realmente para alguien que escribe ese es el mayor regalo que puede recibir. Es maravilloso que os hayáis dejado sumergir en el mundo de ELT y en la locura de dos escritoras que no podían despedirse de fanfiction sin escribir algo juntas. Es algo increíble leer todas vuestras opiniones y como os habéis implicado tanto como nosotras con nuestras dos protagonistas.

Después de todo el apoyo y las hermosas palabras recibidas no solo tras el final sino desde el primer momento solo podemos daros las GRACIAS.

Gracias por leernos, por darnos vuestras opiniones siempre sin maldad, o al menos no demasiadas. Gracias por implicaros desde el minuto uno y caminar con nosotras por Boston en Otom con Donna bajo el brazo. Gracias porque realmente hacéis que el hecho de escribir sea aún más extraordinario de lo que ya lo es por sí mismo.

Para mí, alguien que empezó hace un año y cuatro meses y que encontró el amor gracias a una simple página donde subían historias, ésta sin duda ha sido una maravillosa manera de decir adiós.

Dejo la diatriba, sé que lo importante aquí son nuestras chicas. Por ello, ahí lo dejo.

Enjoy it! Y, por que no... Good life sistas and much love.


Epilogo

31 de Diciembre

Fin de año.

Un día que en principio podría ser como otro cualquiera, un día que irremediablemente marca el final de una etapa. Y, siempre que algo termina, llega el momento de la reflexión.

Recapitulamos para nosotros mismos como ha sido el año pasado, rememoramos los instantes inolvidables y dejamos atrás los recuerdos que no queremos guardar por mucho tiempo más en nuestra retina. Miramos atrás, ponemos frente a frente nuestra vida antes y después de ese otro fin de año que ahora queda lejano en la memoria y, siempre, sonreímos.

Sí, lo hacemos, porque cuando algo nuevo empieza llega junto con la esperanza. Nuevos comienzos, nuevos despertares, nuevos amaneceres que marcan el principio de nuevos días que nos visitan con cientos de nuevos momentos por vivir.

Ilusión. Expectativas. Proyectos. Esperanza.

Esas son las palabras que más se repiten a lo largo de ese último día del año. Pero siempre, o casi siempre, pronunciadas desde la felicidad.

Esta historia también termina, como todo lo bueno o al menos eso dicen, y ateniéndome al momento que os narraré en breve, a ese primer último día del año de nuestras protagonistas, yo también quiero recapitular para así poder entrar en materia.

Quizás vaya un poco más lejos y no solo hasta nuestro primer día, a estas alturas ya habréis comprobado que irme por las ramas es algo que me caracteriza.

Carraspeo. Me pongo en situación. Y... empecemos.

Rachel Berry nació una calurosa mañana de Septiembre, en el Brooklyn Hospital Center de Nueva York. Vivió una infancia feliz junto a sus padres entre canciones, veranos en Ohio, galletas de canela y musicales de Barbra, por supuesto. Acompañada por decenas de viajeros, que llegaban a su casa cada día en busca de un lugar reconfortante donde comenzar su nueva vida, no tuvo tiempo entonces de sentirse sola. Siempre tuvo compañeros de juegos y público de excepción al que deleitar con su enorme talento.

También fue testigo, día a día, de como muchos de ellos consiguieron finalmente sus sueños; como aquel chico pecoso con el que solía hablar hasta altas horas de la madrugada sobre estrellas y constelaciones, que terminó siendo el creador de un software muy importante, o al menos así debía serlo para poder estar poco tiempo después entre las diez personas más influyentes del mundo por la revista People.

Jamás volvió a verlo, tampoco es que este hecho le resultase muy extraño.

Así, día tras día, semana tras semana, se despidió de decenas de huéspedes que nunca tardaban más de cuatro meses en poder encontrar la oportunidad que estaban buscando en la gran ciudad. Mientras tanto, ella seguía allí, en el mimo lugar de siempre, ensayando cada noche frente a su pequeño espejo el discurso que daría la noche en la que recogiese su primer Tony.

Pero esto nunca llegó, al igual que tampoco lo hizo su noche de estreno frente a más de mil quinientos espectadores en Gershwin Theatre, como tampoco pudo cantar en un especial para Barbra o abrir el espectáculo de fin de año en Rockefeller Center. Muchos fueron los sueños que se apagaron en el mismo momento en que el doctor le dijo que estaba enferma. Mucha luz se llevó esa noticia inesperada para una chica que aparentemente tenía una gran y fructífera carrera por delante.

Ya lo sabéis, la vida de Rachel Berry no fue precisamente un cuento de hadas durante los siguientes cuatro años.

Aún así, una fría mañana de un dieciséis de diciembre a las 10:10, tras salir de la consulta del doctor Schue donde le habían dejado claro que probablemente le quedaban tan solo catorce días de vida, Rachel Berry sí encontró a su princesa encantada.

No montada en un caballo blanco, sino en una Vespa roja. No vestida con una brillante armadura, sino con un recientemente manchado traje Armani. No dueña de un fragante castillo, aunque sí de un lujoso loft al norte de Boston.

Quinn Fabray, ella fue su princesa.

Una bella damisela a quien Rachel despertó con un beso, como en su cuento preferido, Blancanieves y los siete enanitos. Porque quizás aquella mujer hermosa de ojos de ensueño no había sido maldecida por una malvada madrastra, pero sí estaba dormida hasta el mismo instante en que sus labios se encontraron por primera vez.

Nuestra rubia princesa encantada, una chica nacida una fría noche de febrero, tal vez en cualquier carretera entre Colorado y Kansas, o quizás no. Nunca conoció a ciencia cierta este dato.

Alguien que había viajado por todo el país junto con su familia durante años, soñando en silencio en su incómoda cama de una vieja furgoneta con encontrar finalmente un lugar en el que se sintiese verdaderamente como en casa. Alguien que luego comprendió que, a veces, un hogar no está conformado solo por cuatro paredes, sino que en ocasiones éste simplemente está al lado de quien amamos.

Una abogada de divorcios que ahora ya no era tal. Una chica trabajadora hasta la obsesión que, gracias a ella, comprendió la importancia de las pequeñas cosas que conformaban la vida. Alguien responsable y quizás incluso amargado que, un día, comenzó a sonreír simplemente porqué no podía hacer otra cosa más que eso. Una mujer que, sin duda, no era como otra cualquiera puesto que tuvo el poder de enamorar a la mismísima Rachel Berry.

Y esta fue nuestra historia, ahí está nuestra moraleja. Dos personas completamente opuestas que hasta hacía catorce días no creían en el amor pero que habían sido testigos, al igual que vosotros, de cómo éste había cambiado por completo sus vidas.

Un amor que fue capaz de hacer milagros.

Quinn Fabray y Rachel Berry. Rachel Berry y Quinn Fabray. Nuestras protagonistas principales.

Esas que ahora, por fin, volverían a encontrarse después de cuarenta y ocho largas horas sin poder verse.

No todos los días alguien se operaba a vida o muerte, no era algo habitual que te abriesen el pecho en canal para cambiar una válvula. Rachel no podía estar recibiendo visitas o montando en globo como si nada hubiese pasado, por mucho que a ella le hubiese gustado esto último. Necesitaba estar aislada, descansar, reponerse, y así había sido. A regañadientes, dando como resultado muchos gritos y ceños fruncidos, pero sabiendo que debía cuidarse. Porque tampoco todos los días alguien es ese uno entre diez.

Finalmente la habían trasladado a planta, y Quinn, mientras tomaba el picaporte de la puerta que la llevaría hasta su pequeña princesa de largos cabellos color chocolate, tenía ese nudo en el estómago que la había acompañado siempre que pensaba en ella y en todo ese futuro que ahora tenían por delante. Una sensación de emoción embriagadora, al ser consciente de que habían tenido el honor de vivir su final de cuento de hadas, la envolvió de inmediato.

Un final que no era tal realmente, un final que solo era un simple principio.

Lentamente abrió la puerta, asomando su rubia cabellera en esa habitación un poco más confortable que aquella de Portland. Con paredes rosa palo en vez de blanco impoluto y completamente plagada de ramos, peluches y demás obsequios que sus familiares y conocidos le habían hecho llegar en los dos días que llevaba en el hospital.

Puso un pie en el interior, cerró la puerta tras ella con sumo cuidado y por fin pudo contemplar aquel menudo cuerpo tapado por las blancas sabanas.

Estaba hermosa, quizás más hermosa que nunca.

Casi caminó sin respirar para no interrumpir su dulce sueño. Dando pasos prácticamente de puntillas hasta llegar a su lado, sonrió tontamente al verla tan tranquila y relajada. Parecía un bebé; inocente, delicada, pura. Había echado tanto de menos esa sensación, esa en la que podía notar como el pecho se hinchaba en su interior solo por el simple hecho de contemplarla en silencio.

La leve luz de las farolas se colaba por las persianas, chocando así de manera armónica con su placido rostro, regalándole la imagen más adorable que había visto en muchísimo tiempo.

Como hipnotizada por la melodía imperceptible de sus latidos, se acercó hacia ella. Apartó un osado mechón que posaba en su frente y con delicadeza, como si realmente tuviese miedo que llegara a romperse, posó un tímido beso en su frente. Acompañado también de un suspiro inevitable junto con una mirada llorosa por saber que su chica, después de todo, estaba sana y salva.

Rachel se movió entre las sábanas aún adormilada y abrió los ojos poco a poco, regalándole una inmediata sonrisa al verla, de esas que hubiesen sido capaces de iluminar por sí misma todo Broadway. No había nada mejor que esa sonrisa, quería poder contemplarla por el resto de sus días.

Y confiaba en poder hacerlo.

Un silencio donde solo sus miradas hablaron, las cobijó inmediatamente. Un silencio plagado de sensaciones que no hubiesen sido capaces de poner en palabras ninguna de las dos. Un silencio cómodo, de esos que te abrazan y te recuerdan lo afortunado que eres por el simple hecho de tener frente a ti a la persona a la que amas.

Cuarenta y ocho largas horas habían pasado desde el momento en el que el doctor Schuester les había comunicado como Rachel Berry había sobrevivido a la operación. Cuarenta y ocho horas en las que Quinn había tenido tiempo suficiente para ponerse al día con todos los papeleos necesarios para así dejar finalmente su trabajo como abogada de divorcios en William & Wallace. Cuarenta y ocho horas interminables donde había podido comprobar por sí misma, si es que a esas alturas le quedaba alguna duda, que no podía ni quería vivir sin ella.

- Quinn... - murmuró finalmente, sin dejar de vagar por esos ojos verdes de ensueño.

- No hables… - susurró, poniendo un dedo en sus labios - Solo necesito que me escuches, ¿de acuerdo?

Ella asintió algo confusa con la cabeza. Se acomodó con cierta dificultad en la cama, encendió la luz de la habitación y le hizo un cariñoso gesto para que se sentase a su lado. Quinn hizo lo dicho y enredó inmediatamente sus dedos con los de Rachel, pudiendo observar de nuevo cuan perfecto era este simple acto cuando las protagonistas eran sus manos.

Humedeció los labios e inspiró profundamente, dispuesta a dejar en el aire todas esas cosas que hubiese querido decirle en el momento de la despedida pero para lo que no tuvo entereza suficiente.

Pero ahora sí la tenía. Y, por supuesto, iba a hacerlo.

- Cuando te conocí, te juro que pensé que tenías un serio trastorno mental por esas ideas dementes tuyas. - rió entre dientes, negando con la cabeza - Me besaste y te largaste, dos veces, hablabas y hablabas todo el tiempo y luego estaban esos extraños cambios bipolares que... en serio, me descolocaban. - Rachel la miró con las mejillas sonrosadas y Quinn la acarició, acercando su cuerpo un poco más hacia el suyo - Pero aún así me llenaste de una forma que jamás pensé que nadie lograría. Me diste vida, entusiasmo, ilusión. Me hiciste entender la importancia de esas pequeñas cosas que pueden parecer imperceptibles a simple vista pero que en realidad le dan sentido a todo. Como escuchar en silencio el sonido de los pájaros o respirar el aire puro a doscientos metros del suelo. - sonrió, para luego tomar en sus pulmones todo el aire posible en esa habitación - Yo... yo nunca he sido tan feliz como en estos catorce días, Rach. Nunca. - le aseguró, con voz débil pero firme - Y no me importa que ni siquiera llevemos juntas un mes, sé a ciencia cierta que es a tu lado con quien quiero estar toda mi vida.

Quinn agachó la cabeza, bastante ruborizada por cierto, y metió la mano en el bolsillo de su abrigo negro.

Por un momento Rachel tuvo miedo, absoluto terror; podía estar perdidamente enamorada de ella, pero no sabía que podría contestar de recibir una propuesta de matrimonio solo habiendo estado juntas dos semanas.

Por suerte para ella, Quinn despejó sus temores sacando un mugriento y maltrecho papel. El punto treinta estaba pegado con cinta, completando así esa lista que les había acompañado durante aquel extraño pero al mismo tiempo inolvidable viaje.

- Ya está todo tachado. Solo falta el último punto pero quería que lo hicieses tú. - le sonrió, tendiéndosela sobre las sabanas.

Se apartó escasos centímetros, para poder buscar un bolígrafo en aquella mesa repleta de chocolate vegano y demás pasteles que, posiblemente, hubiesen podido provocar una subida de azúcar solo con mirarlos.

Sin embargo no pudo concluir su tarea, Rachel tiró de su brazo y la atrajo hacia sí misma en un apasionado beso.

Demasiado tiempo alejadas, demasiado tiempo sin poder probar esos labios que la hacían estremecer solo con pensar en ellos, demasiado tiempo lejos de esa mujer que le había dado un sentido diferente a todo. Poco importaba ya la antigua lista, ésta quedó tirada en un rincón del suelo de aquella habitación de hospital, ahora solo importaban ellas.

Solo ellas y toda una vida por delante.

Juntas.

Rachel se apartó lentamente para observarla, escrutando su rostro perfecto. Estaba preciosa con esa bufanda verde que hacía juego con sus ojos, despeinada como ya parecía ser costumbre y con un jersey gris de lana debajo de su abrigo. Seguía pensado que era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida y, lo mejor de todo, era suya.

- Quinn... - tomó su mentón con dos de sus dedos, vagando por sus pupilas con nerviosismo - Yo... yo también te amo.

Tenía una deuda pendiente, y ya sabéis que a Rachel Berry no le gustaba dejar deudas por pagar. Aunque aquello no lo dijo simplemente porque se lo debía, lo dijo porque así lo sentía, en cada pequeño rincón de ese cuerpo aún convaleciente pero que ahora tenía más vida que nunca.

Hay veces que el destino pone en nuestro camino la oportunidad de vivir una historia inolvidable, nos regala el ser protagonistas de algo impensable hasta hacia no tanto tiempo, nos permite poder experimentar sensaciones inimaginables para así encontrarnos a nosotros mismos al final del trayecto.

Ellas ahora tenían una nueva oportunidad, podrían conocerse tranquilamente mucho más allá de una simple navidad.

Un encuentro fortuito había originado una serie de instantes que poco a poco fueron forjando un amor demasiado fuerte e intenso para las palabras. Quizás un "te amo" se quedaba corto, no habían inventado aún la palabra capaz de describir ese sentimiento que las embriagaba en aquel mismo instante.

Pero para la falta de palabras el ser humano inventó los besos, esos que pueden demostrar cuanta plenitud llega a nosotros por saber con certeza que estamos junto a quien queremos estar.

Para siempre.

Tímidas sonrisas llegaron tras ese nuevo encuentro de sus labios, miradas llenas de todo y caricias para cerciorarse de que lo que estaban viviendo no era un simple sueño. Era real, estaban ahí, juntas. Todo había pasado y ahora esa nebulosa negra sobre sus cabezas había desaparecido por completo. No había mejor regalo de navidad que ese. Al menos no para ellas.

Quinn se movió torpemente en su lugar en la cama y de nuevo sacó otro papel de su bolsillo, Rachel la miró confusa sin saber muy bien que tenía planeado esa cabecita loca que al parecer jamás dejaría de sorprenderla.

- He pensado que... - titubeó, humedeciendo sus labios - que tal vez podrías empezar una nueva lista. Pero esta vez sin tiempos, sin fecha límite, simplemente para ti. - mordió su labio inferior con timidez - Bueno... Para nosotras. Nuevo año, nuevos objetivos. ¿Verdad? - - se la tendió con manos temblorosas - Me he tomado el atrevimiento de escribir por ti el punto 1. Espero que estés de acuerdo.

Rachel tomó el papel y lo observó frunciendo el ceño levemente, para luego alzar la vista hasta ella de nuevo sin poder esconder su aturdimiento. - ¿Y qué... qué quiere decir este punto exactamente?

- Fácil. - elevó los hombros, con una amplia sonrisa - Quiere decir que nos vamos a casa.

Nuevas sonrisas idiotas se formaron lentamente en sus rostros, al mismo tiempo los ojos de Rachel se llenaron de un brillo especial del que quizás nunca había sido testigo.

Quinn soltó una leve carcajada, fruto de la felicidad que provocaba el saber que esos ojos marrones no volverían a estar tristes nunca más. No al menos hasta que ella siguiese con vida. Dedicaría toda su energía, fuerza e ilusión en hacer que recuperase cada uno de los segundos perdidos a lo largo de aquellos años.

Era una promesa, y ya sabéis que Quinn Fabray siempre se caracterizó por ser una mujer de palabra.

La puerta de la habitación se abrió de repente, entrando por ella un pequeño huracán con forma humana, concretamente de Brittany, quien corrió hasta la cama y apretó a Rachel en un fuerte abrazo. O al menos todo lo fuerte que pudo ser este para no provocar que tuviesen que pasar la primera noche del año de nuevo en un quirófano.

Santana entró tras ella, sonriéndoles alegremente y nombrándose a sí misma encargada de encender la radio, para dar así la nota musical a esa improvisada cena de fin de año que quizás no muy tradicional, pero no por ello era menos familiar y placentera.

Como si de una señal se tratase, otra más entre las muchas que habían recibido en ese breve tiempo juntas, Every Little Thing de The Beatles las acompañó entre miradas cómplices en el principio de aquella inolvidable noche.

"When I'm walking beside her, people tell me I'm lucky"

Kurt y Blaine aparecieron de la nada poniendo varios platos de comida en la gran mesa colocada junto a la ventana; mientras, Leroy entró entusiasmado gritando un "Feliz año nuevo" lleno de alegría y abrió una botella de champán. Casi haciendo que Hiram perdiese un ojo por el camino, todo hay que decirlo. Éste refunfuño entredientes frunciendo el ceño, y su marido le regaló delicados besos como consuelo por su torpeza.

"I remember the first time, I was lonely without her"

Donna salió inesperadamente del pequeño bolso de Quinn colocado sobre la cama, el cual ya parecía ser su segunda casa. Rachel la abrazó con fuerza y soltó una estruendosa carcajada al verla vestida con un jersey gris a juego con el de su chica.

Ya sabéis lo que dicen: "Los que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición". Cursiladas de enamorados sí, pero detalles que luego conforman los instantes más inolvidables.

"Every little thing she does, she does for me…"

Quinn la ayudó para que pudiese estar en una posición más cómoda, colocándose tras ella y rodeando el menudo cuerpo de Rachel con sus brazos. Apoyó su mentón en la cabeza de la chica, quien la observó sin poder contener de nuevo una sonrisa, una que también habría sido capaz de provocar una subida de azúcar solo con mirarla, o al menos eso murmuró Santana con sorna antes de darle un sorbo a su segunda copa de champagne.

- ¿Cómo te sientes? - le susurró, mirándola con cierta preocupación - Si quieres… Si estás cansada, puedo pedirles que salgan y así no…

Rachel negó con la cabeza y la interrumpió posando rápidamente sus labios en los de Quinn.

- Estoy bien. - volvió la vista al frente, observando como sus padres bailaban juntos en el centro de la habitación entre risas - Quiero decir, estoy algo cansada y dolorida, y a veces temo que al moverme el corazón pueda salir disparado de mi pecho como si fuese un alien. - bromeó girando los ojos con dramatismo - Pero realmente… realmente necesitaba esto. – giró su cabeza para mirarla de nuevo – Necesitaba sentirte. Necesitaba... necesitaba tenerte conmigo.

Quinn la atrajo más hacia sí misma, aferrando su rostro fuertemente entre sus manos y dejando tras esto un suspiro largo y profundo. - Jamás pensé que un choque en una cafetería pudiese traer consigo tanta felicidad. - susurró sin apartar su mirada de ella - Recuérdame que le dé las gracias a Marley la camarera la próxima vez que la veamos.

Y así, junto a la canción resonando de fondo, con los brazos de Quinn colocados alrededor de su pecho como si fuesen suficientes para protegerla de cualquier mal capaz de acecharla desde ese momento en adelante, Rachel bajó la vista hacia el papel que aún conservaba.

Leyó y releyó una y otra vez el primer punto de esa nueva lista. Sin poder evitarlo una lágrima de felicidad bajó por sus mejillas.

1. Vivir en Nueva York, juntas.

Y, como se suele decir en estos casos, o al menos cuando hemos sido testigos de un final feliz, el resto es historia.

FIN.


Universidad de Columbia, Nueva york. 16 de Junio.

Alzo la vista con cierto temor, llevo demasiado tiempo enfrascado en mi lectura como para ser consciente de cuantos ojos están clavados en mi persona. Pero son muchos, cientos, y ahora comienzo a temblar levemente de pie en este estrado delante de toda la clase.

Un caluroso aplauso llega tras mis últimas palabras, gritos de ánimo son coreados por mis amigos al final de la sala, creo que incluso puedo ver alguna que otra lágrima en los ojos de dos chicas que están sentadas en la primera fila. O, quizás, simplemente es fruto de mi propio subconsciente. Una de ellas es Sandy y no estaría nada mal saber que mis palabras han movido en ella algún tipo de sentimiento.

- Suficiente. – anuncia poniéndose en pie la eminencia en letras frente a mí – Le escucho. Defienda su ensayo final. – retira sus gafas, cruzándose de brazos mientras me observa con interés.

Si hace cinco segundos estaba nervioso, o hace una hora cuando comencé a leer el ensayo con el que me juego todo mi futuro, ahora mismo estoy absolutamente aterrado. Me tiemblan las piernas, me tiemblan las manos, me tiemblan incluso las pestañas por el terror que su presencia solemne me impone.

Carraspeo. Inspiro profundamente. Y, sin quitar la mirada de sus pequeños ojos azules, comienzo mi defensa.

- He decidido realizar mi ensayo sobre esta historia porque considero que es un gran ejemplo del tema que nos propuso para escribir: el amor. - Bien Kevin, lo estás haciendo genial. - Un amor distinto y tal vez menos convencional de los que han narrado mis compañeros... - titubeo, jugando con el bolígrafo en mi mano - Pero que para mí es una firme muestra de lo que todos buscamos a lo largo de nuestra vida, alguien que nos dé esa fuerza necesaria para enfrentarnos a todo, incluso a la muerte.

El silencio envuelve esta enorme sala, un silencio lleno de respeto y de miradas interesadas por conocer la opinión de nuestro profesor sobre lo que acabo de narrar. Yo también quiero saberlo, me ha llevado dos meses escribir este maldito ensayo, no ha sido fácil poder poner en palabras todas esas ideas inconclusas que volaban por mi mente.

- Entiendo... - asiente él con simpleza, para luego mirar su bloc de notas - ¿Qué puede decirme sobre el estilo de narración elegido?

- Consideré que un narrador omnisciente era lo adecuado. - declaro con voz firme - Alguien que supiese en todo momento lo que pensaban las dos protagonistas, alguien ajeno que pudiese contar la historia con un punto de vista diferente a lo que hubiese sido un narrador en primera persona. - humedezco mis labios, y le sonrío con timidez - ¿Le ha... le ha gustado?

- Creo que es muy original y a su vez muy... - se frota su barba blanca con delicadeza - Arriesgada. Sin embargo, ha sabido manejar este estilo de un modo realmente sorprendente. - vuelve la vista a sus apuntes - ¿En cuánto se asemeja usted mismo con el narrador creado?

Trago saliva, no esperaba esta pregunta. Pero sé perfectamente que debo decir, me han enseñado muy bien como hablar y responder ante personas de gran autoridad.

Tengo un don. O al menos eso me dice siempre mi madre.

- Yo soy el narrador, señor. - sonrío de medio lado - En ese sentido he contado la historia tal y como a mí me la habían contado. Quizás... quizás he puesto un poco de dramatismo, al fin y al cabo era un ensayo novelístico, pero considero que me he ceñido bastante a la historia en sí. - asiento satisfecho.

¿Para que engañaros? Creo que mi trabajo ha quedado de puta madre. No es egocentrismo, es ser consciente de mi talento.

- Eso quiere decir... - humedece los labios, arrugando la frente - ¿Quiere decir que es una historia basada en hechos reales?

- Sí señor, así es.

- Vaya... - alza las cejas, visiblemente sorprendido – Eso es aún más arriesgado de lo que creía. ¿No le resultó difícil el hecho de no involucrarse más de lo debido? Tomar cierto... partido por alguna de ellas si las conoce.

- Mmm... No realmente. - frunzo el ceño - Digamos que... que no puedo ponerme del lado de ninguna de las dos. - río tontamente.

Esta estúpida risa.

No entiendo porque siempre tengo que reír de esta manera cuando estoy bajo una situación de presión máxima, parezco una gallina. Odio mi risa. Ojalá pudiese comprarme una nueva en alguna página de intercambios por internet.

Pero al parecer él está satisfecho con mi respuesta y no le molesta que mi risa parezca un gato sufriendo algún tipo de cruel tortura. Asiente solemnemente y me sonríe de medio lado, y he de decir que el profesor Tilman no se caracteriza por regalar sonrisas a todo el mundo, mucho menos de aprobación.

- Es una de las primeras pautas que debe tener claro un gran escritor, y no me queda la menor duda de que usted algún día será uno de ellos. - se acerca hasta a mí y me tiende la mano - Lo felicito, tiene un sobresaliente.

Mis ojos se abren como platos y no puedo contener esta ridícula y espeluznante mueca en mi cara. Tengo motivos suficientes para ello, uno de los catedráticos de la universidad de Columbia acaba de decirme que tengo un gran futuro como escritor. Y, lo mejor de todo, he aprobado.

¡Me he graduado joder!

Aunque eso no puedo decirlo en voz alta, no creo que quedase bien decir palabras malsonantes delante de mi profesor y Sandy, por lo tanto me limito a hacerle una especie de reverencia y aprieto su mano con nerviosismo.

- Muchas gracias señor. Es un verdadero honor recibir estas palabras de alguien como usted. Gracias.

La campana suena y todos mis compañeros salen por las puertas casi despedidos. No me extraña, son las ocho de la tarde y llevamos desde las ocho de la mañana escuchando historias, algunas un tanto horribles y soporíferas, todo hay que decirlo. Sí, realmente ahora mismo necesito un trago para celebrarlo.

Sandy me sonríe. A mí. Me está sonriendo. Y me espera en la puerta. ¡A mí!

La he enamorado, la he embaucado con mis palabras. Lo sé. Tengo un sexto sentido para estas cosas.

Recojo mis pertenencias y me dispongo emocionado a subir la gran escalera para llegar hasta donde se encuentra mi amada, pero el profesor Tilman interrumpe el avance con un leve carraspeo.

- Kevin. - me dice con su voz grave - ¿Puedes venir un momento?

Lo miro confuso y me giro hacia él, bajando los pocos peldaños que nos separan. Realmente espero no haberlo conquistado también a él con mi gran don para la narrativa, es un señor de sesenta años, canoso y con un bastón a lo Gandalf.

- Tengo una pequeña duda. - acaricia de nuevo su espesa barba.

- D...dígame. - titubeo jugando con nerviosismo con la carpeta entre mis manos - Intentaré responderla.

- El final, en cierto punto, podríamos considerarlo como abierto. - relee sus apuntes por encima - Si es una historia real... ¿Qué lo lleva a decir, con tanta seguridad, que realmente ellas fueron felices cumpliendo sus sueños juntas?

- Pues... - humedezco mis labios y sonrío débilmente, quizás un poco más tranquilo por no haberlo conquistado - Digamos que de no ser así yo no habría podido contarle esta historia, señor.

- ¿Por qué? - me mira confuso - ¿Conoce como siguió?

Asiento lentamente.

Le ha gustado la historia, puedo verlo en sus ojitos brillantes, él también se ha dejado llevar por la pureza y la magia de mis protagonistas. ¿Quién no? Son perfectas juntas.

- Quinn Fabray y Rachel Berry se mudaron a Nueva York. - le comento, intentando resolver sus dudas - Rachel se recuperó completamente, y vivió con normalidad, disfrutando de cada minuto como siempre había querido. Finalmente triunfó en Broadway, por supuesto. Se convirtió en una gran estrella y consiguió, con el tiempo, cumplir todos y cada uno de esos sueños que abandonó por culpa de su enfermedad. - sonrío de medio lado - Quinn, por su parte, montó su propio bufete, de derecho legal. Con mucho trabajo y esfuerzo se terminó convirtiendo en la dueña de uno de los bufete de abogados más importantes de todo el país, quizás no tanto como William & Wallace, pero creo que eso es cuestión de tiempo. - afirmo convencido - Y también compraron una casa, amarilla y de ventanas azules como Rachel siempre había querido. Un año después de ese primer encuentro en la cafetería se casaron, en un globo aerostático, con Donna y su pequeña novia hurón llevándoles los anillos. - giro los ojos en lo absurdo de esto último - Poco tiempo después, tuvieron un precioso hijo. - me señalo a mí mismo - Y, ese mismo, hoy está aquí, contándole su historia.

Él me mira algo perplejo, creo que esto último no lo esperaba, y yo me siento satisfecho por haber elegido narrar esta historia en vez de cualquier otra salida de mi desbordante y brillante imaginación.

Me han regalado una vida maravillosa, ¿cómo no hacer un tributo a su increíble historia de amor?

- ¿Creía que el apellido Berry-Fabray era simple casualidad? - le pregunto con sorna, riendo entredientes antes de subir de nuevo por las escaleras - Como ve profesor Tilman, cada pequeña cosa es importante. ¡Téngalo en cuenta!

No puedo esperar a llegar a casa y ver sus caras cuando les cuente como gracias a ellas me acabo de convertir en un brillante chico graduado de Columbia. Ambas lloraran, lo sé, y estoy deseando degustar esa más que probable tarta vegana de chocolate para celebrarlo.

Hay cosas que nunca cambian, no importa el tiempo que haya pasado.