20 años después

El despertador sonó a las seis y media de la mañana, como de costumbre. Greg emitió un gruñido y se escondió bajo las sábanas. Normalmente, era Mycroft quien lo solía apagar y quien le acababa despertando media hora después, por eso el despertador se hallaba en su lado de la cama, pero esa noche Mycroft no dormía con él, así que le tocaba apagarlo.

Rodó por la cama y lo desenchufó. Suspiró. ¿Qué clase de persona ponía la alarma un sábado a las seis y media? Mycroft. Quien si no.

Greg se abrazó a la almohada del pelirrojo e inspiró. El olor a jabón de lavanda, after shave y a tabaco le embriagó. Sonrió.

Siempre, durante esos 20 años juntos, le habían gustado esos olores. Había pedido a Mycroft que jamás cambiara de perfume o gel, es más, ni tan siquiera le había permitido que cambiara de marca de los cigarrillos que fumaba de vez en cuando.

Quería que el olor de Mycroft fuera para siempre el mismo. Aunque muchas veces lo había odiado.

Las discusiones, como era normal, llegaron al principio del comienzo de sus carreras y solían ser por temas económicos Mycroft ganaba mucho más que Greg y había insistido en mudarse a una casa más grande, pero el policía, ahora inspector, insistía en que la casa en la que vivían estaba bastante bien.

Que solo debía de preocuparse de pasar más tiempo en ella. Y ahí era cuando la discusión llegaba al tema de que ser policía era inseguro. Entonces acababan gritándose tanto que Greg se iba a un motel a dormir pensando que su relación se había acabado.

Pero nunca se acababa. Al día siguiente o a los pocos días, Mycroft o el mismo Greg iba a disculparse y al final, volvían.

Sumido en sus recuerdos, Greg se volvió a quedar dormido. No despertó hasta las diez y media de la mañana, gracias a que su teléfono sonaba.

— ¿Uh? —respondió Greg aún medio dormido.

—¡Greg! —exclamó la voz de Mycroft —. ¿Dónde diablos estás?

—En casa, en la cama… —murmuró el inspector.

—¡Greg! ¡La boda es en una hora! ¡Haz el favor de venir ya! —exclamó Mycroft histérico justamente antes de colgar el teléfono.

Greg se incorporó de golpe, saltó de la cama y corrió hacia el baño. Dios, ¡la boda! Por eso Mycroft no había apagado el despertador. ¿Cómo se le había pasado un evento tan importante?

Se duchó rápidamente, se afeitó y corrió al vestidor a ponerse el traje. Era de color negro con rayas blancas, camisa del mismo color y corbata roja.

Antes de salir, comprobó que llevaba los anillos en el bolsillo interior de la chaqueta, cogió las llaves del coche y salió de casa.

Condujo a toda velocidad hacia el hospital St. Bart's y aparcó fuera. Entró casi corriendo al edificio, bajó hasta la morgue y fue por el pasillo izquierdo hasta una sala adyacente que era para que los médicos hablaran con los familiares.

Mycroft estaba en la puerta de la sala, balanceándose sobre sus pies.

—¡Por fin! —exclamó —. ¡Faltan cinco minutos!

—Lo siento, lo siento —dijo acercándose a él, le dio un beso y suspiró —. Me quedé dormido.

—¿¡Cómo te puedes dormir en un día cómo este!? —preguntó sorprendido —. ¿Llevas los anillos?

—Sí. Tranquilo Mycroft —dijo suspirando —. Ni que fueras el novio…

—Te recuerdo que somos los padrinos —dijo Mycroft muy serio, luego suspiró intentándose relajar y le dio un beso —. Lo siento. ¿Qué tal dormiste?

—Te eché de menos, pero bien. ¿Y tú? —preguntó Greg mientras le arreglaba la corbata.

—No he dormido. Ya sabes cómo es…

Greg rió.

—Ahí vienen —dijo haciendo un gesto con la cabeza.

Sherlock Holmes avanzaba por el pasillo. Llevaba un smoking completamente negro, incluyendo la camisa, con una pajarita blanca. Greg sonrió orgulloso al verle. Había visto a aquel chico crecer, lo había visto en los buenos momentos y en los malos, en sus comienzos como detective… Y ahí estaba, echo todo un hombre y a punto de casarse con el médico que había conocido hace unos años en ese mismo hospital.

John Watson, ex – médico del ejército, iba a su lado. Llevaba el mismo traje, salvo que el color de este era blanco y la pajarita en negra. Sonreía nervioso.

—Por fin Greg, pensaba que ya no venías —murmuró el rubio.

—Tranquilo —dijo Greg sonriendo con seguridad —. Es la hora, ¿listos?

—¿Han venido todos? —preguntó Sherlock.

Estaba más serio de lo normal, una confirmación de que estaba nervioso.

—Todos —dijo Mycroft —. Vino incluso Anderson.

Sherlock sonrió de medio lado.

—Listos —dijo al fin.

Cuando se abrió la puerta de la sala, esta se silenció. Sherlock entró junto a Lestrade y John junto a Mycroft. Se colocaron frente al juez y los padrinos se apartaron.

Apenas hubo comenzado la ceremonia, la señora Hudson, casera de Sherlock desde que este se mudó a la calle Baker, se echó a llorar. Greg se acercó rápidamente a ella y le tendió un pañuelo, luego se acercó a Mycroft y le agarró la mano. Tímidamente le acarició el anillo que el pelirrojo llevaba en el dedo anular.

Se habían casado un año antes de que Sherlock conociera a John, pese a que aún no era legal, la ceremonia fue exactamente igual en el puente de Londres. Amigos, anillos y el juramento de quererse para siempre. Y eso era algo que cumplirían a rajatabla.

—Mycroft —comentó Greg un rato después mientras aplaudían durante el beso de los novios —. Se lo que hablemos pero quiero que seas mío en todos los documentos legales —le dijo muy serio.

El pelirrojo le miró y sonrió con superioridad.

—¿Crees que iba a estar tan nervioso por la boda de mi hermano? —le susurró al oído.

Greg le miró confundido, luego miró al juez. Cuando los aplausos acabaron, la gente se volvió a sentar y el juez le devolvió la mirada.

—Mycroft, Greg, os toca —dijo en voz alta mientras sonreía.

El inspector de policía abrió la boca de par en par y se dejó arrastrar por Mycroft. Sherlock se rió con superioridad.

Al parecer todo el mundo, menos él, sabía que ese era el día de su boda.