Capítulo 2: Un heredero

Iori fue dos noches más y ambas fueron iguales. Rápidas, sin caricias, ni siquiera un beso. Ahora que lo recordaba, él nunca la había besado, ni siquiera en la boda. Athena parecía cada vez más muerta. Ella había vivido en una fantasía toda su vida, siempre obtenía lo que quería, era feliz. Pero ahora todo era frialdad e indiferencia.

Un mes después comenzaron los síntomas. Vómitos, mareos, apetito. El médico le confirmó y Iori estaba complacido. No volvió a tocarla y Athena tenía el presentimiento de que no volvería a hacerlo. Y se alegraba.

Su vientre fue creciendo y creciendo. Hasta llegar al punto en el que le era imposible ver sus pies. Nunca se quejó, al contrario. Amaba a su bebé más que a nada. Era su esperanza. Para el quinto mes, en mayo de 1919 cayó una tormenta en Southtown. Iori estaba muy enojado porque no había podido salir a un viaje de negocios. La tormenta estaba implacable, incluso había rumores sobre un tornado. No sería raro, dijo Iori cuando lo escuchó. Athena se quedó con un nudo en la garganta. En Hong Kong nunca había pasado por algo así.

El día siguió como si nada ocurriera. Cenaron juntos, mientras los sirvientes se movían de un lado a otro tratando de controlar la situación. Athena estaba temblando, muy nerviosa. De pronto las luces se apagaron al abrirse las ventanas con mucha fuerza. Ambos saltaron de sus asientos. Ella comenzó a temblar con más fuerza.

— ¿Iori? — dijo con voz temblorosa. Se puso de pie e intentó caminar, pero tenía miedo de caer.

—Athena, sigue hablando hasta que llegue a tu lado, — dijo el pelirrojo con voz autoritaria.

—Iori, tengo mucho miedo. No quiero morir. ¿Dónde estás? Iori, por favor, — había comenzado a llorar. Por fin llegó a su lado y Athena se aferró a él como si se le fuera la vida. Iori la tomó de la cintura.

— Parece que sí habrá tornado. No te preocupes, estaremos a salvo en el sótano. Tendrás que caminar y bajar escaleras. Confía en mí, conozco esta mansión como la palma de mi mano, — ella solo asintió y lo abrazó con más fuerza.

— Soy muy torpe, puedo caer. Por favor, no me dejes sola, — rogó susurrando. De pronto sintió que la levantaban. — No, bájame. Estoy tan gorda y pesada, — dijo avergonzada.

— Puedo sostenerte Athena y no creo que estés gorda, —Athena se quedó callada por la sorpresa. Esas eran las palabras más dulces que Iori Yagami le había dicho. Enterró su rostro en el cuello de él para intentar evitar el mareo que le producía el movimiento y el miedo.

Llegaron al sótano y Iori la bajó para que pudiera caminar. Encendió algunas luces y después volvió a acercarse a Athena. Ella estaba tan asustada que solo pudo sostenerse de él para evitar gritar. Iori la presionó contra su pecho, una forma en la que ella se sintió muy protegida. Como si pudiera pasarle un tornado por la cabeza, pero ella estaría a salvo gracias a Iori. Su corazón se aceleró y sintió un pequeño golpe en su vientre. Iori la separó y la miró ceñudo.

— ¿Qué fue eso?

— Creo que fue el bebé, — dijo Athena poniendo sus manos en su vientre. Sintió otro golpecito y sonrió. Su pequeño golpeador. Por un momento se olvidó de la tormenta y de la frialdad de Iori. Lo miró y vio algo en sus ojos que la impulsaron a tomar su mano y ponerla sobre su vientre, — Mira, siente.

El bebé volvió a golpear y Iori quitó la mano con rapidez.

— Debes estar cansada, duerme, — hizo una cama con una colcha y se quitó su saco para taparla. Estaba cansada y se durmió con rapidez.

Despertó un poco después, algo desorientada. Había dormido en el piso, eso era seguro. Su espalda estaba dolorida, al igual que su cuello. Sintió que alguien acariciaba su cabello y se puso de pie rápidamente. Iori estaba sentado y ella había dormido con su cabeza en el regazo de él.

— ¿Qué sucedió, ya pasó el tornado?

— Sí, ya es de día. Ya pasó todo. No quería despertarte, pera ya que lo hiciste me marcho. Tengo que salir de viaje lo más pronto posible—Athena se dio cuenta de que Iori no la miraba ni una vez. Se puso de pie y estaba a punto de salir.

— Gracias...— dijo ella. Él se detuvo, asintió y continuó.

El resto del tiempo pasó rápido. Los meses pasaron y Iori siguió frío y distante, si era posible más que antes. Le faltaban algunas semanas o algunos días para tener a su bebé. Iori ofreció una fiesta, en la cual solo se fue a su cuarto y Athena tuvo que atender a los invitados.

Estaba en medio del salón cuando los dolores comenzaron. Ella hizo lo posible por no gritar, pero eran dolores agudos e insoportables. De inmediato la llevaron a su habitación y llamaron a la partera para que le ayudara. Duraron 5 horas para que saliera el bebé.

Iori esperaba impaciente fuera de la puerta, escuchando los gritos de Athena y poniendo cara de angustia. Últimamente no se había sentido él mismo. Desde aquella vez en el sótano.

Salió una de las ayudantes de la partera, con las manos envueltas en sangre. Iori solo la miró sorprendido. Justo antes de que las puertas se cerraran escuchó un llanto. Era fuerte y potente. Él sonrió orgulloso de su hijo. Seguro que sería todo un hombre digno de un Yagami. Después de un rato lo dejaron pasar. Athena estaba pálida y sudada. Iori por un momento muy breve la admiró por lo que acababa de hacer. Estaba en la cama con un bulto, alimentándola. Iori notó las lágrimas en sus ojos. Se acercó un poco para mirar a su hijo por primera vez.

— He estado pensando en nombres. Me gusta Iori o quizá Kay, — dijo el pelirrojo. Athena negó con la cabeza sin mirarlo.

— No creo que le caiga.

— ¿De qué hablas? No te estoy preguntando o pidiendo tu opinión, solo te digo cuales son los nombres que pode tener.

— Pues tendrás que pensar más porque esta niña no llevará el nombre de un hombre, — levantó la mirada y quiso reír por la expresión de Iori.

— ¿Qué? ¿Una niña? ¿De qué me va a servir? —Athena se encogió de hombros y siguió alimentando a su hija.

— Se llamará Eimi, Eimi Yagami.

— Ni siquiera eso puedes hacer bien, eres una completa inútil. Dije que quería un hijo, no una niña inservible tal como tú, — muy enojado y sin siquiera mirar bien a su nueva hija se marchó.

El corazón de Athena se quebró un poco más. Ella creyó que quizá al mirar a aquella bella niña de cabello rojizo y piel blanca le ablandaría el corazón, pero no fue así. Él creía que eran inútiles.

Eso no bastó para bajar el ánimo de Athena. Hizo todo cuanto pudo por demostrarle a esa niña lo mucho que la amaba y que no le hiciera falta el amor paternal. Cuando Emi iba a cumplir un año. Iori fue a la habitación de Athena en la noche e hizo lo mismo que las veces anteriores. Athena lo único que hacía era cerrar los ojos e intentar ignorar el dolor que causaba a su corazón el pensar que su esposo era un hombre orgulloso con el corazón congelado que no la amaba ni respetaba y que lo único que quería de ella era hijos. Un varón para la continuación de su clan.

No tardaron mucho en llegar de nuevo los síntomas. Y en esta ocasión fue más complicado. Tanto que en el sexto mes el bebé murió. Dejando a Athena desamparada. Abrazaba a su hija para intentar consolarse, pero no era suficiente. Aun recordaba el cuerpecito de su pequeño varón de seis meses. Lloró amargamente durante dos días seguidos, sin comer o salir de la habitación. Quizá no era el producto de un amor, pero era su hijo, su bebé. Lo había llevado en su vientre durante seis meses y lo había amado cada segundo. Su médico le recomendó que no lo intentara de nuevo, sería peligroso. Ante eso Iori estaba muy molesto y Athena solo lo ignoró. Iori ya no importaba, ni su opinión.

Logró superarlo un mes después. Salió adelante gracias a su hija. Su hija creció grande y fuerte. Pasaban el día entero jugando en el jardín. Plantando flores, corriendo y algunas veces le enseñaba algunos golpes de artes marciales como Kyo le había enseñado a ella, quería que su hija fuera fuerte más que ella. Eimi era una niña realmente hermosa.

Tenía los ojos profundos de su madre y el cabello largo y sedoso del mismo color que su padre. Su piel era suave al tacto y muy pálida. Era simplemente hermosa. En una ocasión contrató a alguien para que pintara su fotografía. Ambas se arreglaron con sus mejores ropas y se pellizcaron las mejillas para que se sonrojaran. Tomó alrededor de 5 días que terminara. Hubiera sido menos, pero Eimi se cansaba de estar como una roca, sonriendo. El último día el pintor les dijo que tenía que ponerle un líquido para evitar que se desgastara con el tiempo así que se lo llevó. No volvió y Athena se quedó sin su fotografía. Pero la había visto casi completa, era increíble cómo había logrado captar la profundidad de sus ojos y los de su hija.

Eimi bajaba todos los días a desayunar con su madre y con su padre. Ella intentaba llamar la atención de su padre. Aun no sabía hablar bien, apenas tenía dos años. Pero aun así trataba de llamar la atención de un hombre que apenas la miraba. A la pelivioleta se le oprimía el corazón, pero en parte agradecía que la tratara con indiferencia y no con odio.

Todos los días la vestía con vestidos hermosos y esponjados. La niña era toda una modelo. Athena agradecía cada día y cada momento con ella. Era su vida ahora. Ya que aparentemente su esposo era como si no estuviera ahí y su familia y amigos se habían olvidado de ella. Excepto Kyo, que una vez cada tres meses enviaba una carta contando en forma rápida y resumida lo que era de su vida. Athena contestaba igualmente rápido y resumido pero siempre le agradecía de corazón por sus cartas.

Un día en el que se encontraban en el jardín Eimi se veía diferente, estaba callada y distante. Athena quiso saber qué pensaba en esa pequeña cabecita.

— Mamá, — dijo recostada en el jardín, al lado de Athena. — ¿Por qué mi papá no me quiere? —Athena tuvo que reprimir su llanto.

— No es así nena, es solo que papá es diferente. Él te quiere a su manera.

— Pero yo quiero que me abrace, que me quiera. Así como lo haces tú mami.

Para Athena eso fue duro, era algo que no le podía cumplir a su hija. Y ella quería entregarle a todo. Pero el amor de Iori era algo que ni siquiera ella tenía.

En el vigésimo sexto cumpleaños de Iori se hizo una fiesta. Athena odiaba esas fiestas, Iori nunca hacía nada para tratar de hacer sentir cómodos a sus invitados. De hecho solo se encerraba en su cuarto. Esa no fue diferente. Athena los atendió y era querida por todos, envidiada por otras. La gente comenzó a irse y era hora de ir a dormir, pero quería pasar al cuarto de Eimi para darle un beso de despedida. El cuarto de Iori estaba frente al suyo y el de Emi a la derecha. Pasó rápido y le dio un beso a la niña. Al salir vio que había una sirvienta y un sirviente fuera de la puerta del pelirrojo, escuchando. Athena frunció el ceño y se acercó.

— ¿Se puede saber qué es lo que hacen? ¿Por qué están escuchando detrás de la puerta de mi esposo? — los sirvientes la miraron con una extraña combinación de burla y lástima. Se fueron sin decir nada.

Entonces Athena escuchó. Era una mujer, jadeando y gimiendo. También se escuchaban gruñidos profundos.

— Sí, Iori asi — dijo una mujer.

No se necesitaba demasiada imaginación para saber lo que estaba pasando ahí dentro. Athena se tapó la boca con horror y corrió a su habitación. Esto no podía ser peor. Iori había estado con otra mujer y seguro que Athena en su ingenuidad no se había dado cuenta que no era la primera vez. Ella creyó odiarlo y que no le importaría. Pero no era así, después de todo lo que el pelirrojo le había hecho y como la había tratado lo seguía queriendo. Lloró en su habitación ahogando sus gritos de rabia en la almohada. Cuando logró calmarse escribió una carta, una que esperaba cambiara un poco su vida.

Al día siguiente salió de su cuarto vestida de gris, algo que no era común. Entregó la carta a un sirviente para que la llevara y fue por su hija. La vistió tan linda como siempre y bajaron a comer. Sus ojos estaban rojos e hinchados por tanto llorar. Sentía que quería morir, pero entonces veía a su hija y sus fuerzas se hacían un poco más fuertes.

— ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? — dijo Iori al mirarla. Ella lo ignoró y no contestó. Cuando terminaron se retiró rápidamente antes de que él dijera algo más. Llevó a Eimi al jardín y pasó el día entero con ella. Aún seguía callada y distante.

A la hora de dormir se puso su camisón y se recostó en la cama. Lo único que deseaba era despertar en su antigua casa, con sus padres, sus amigos, Kyo. Oh Kyo, como lo extrañaba. La puerta se abrió y entró Iori en bata. Athena se puso de pie.

— ¿Qué quieres? — dijo con tono frío y monótono. Tal como hablaba él.

— Quiero volver a intentarlo, quiero un heredero, — dijo mirándola a los ojos.

— ¿Por qué no se lo pides a tu amante? — dijo como si eso no le partiera el corazón. Por un momento vio en los ojos de Iori vergüenza.

— ¿A ti qué te importa? — dijo entre dientes.

— ¿¡Que me importa!? — dijo explotando finalmente. — ¡Soy tu esposa! Se supone que debe importarme.

— Con quien me acueste no debe importarte, lo importante es que quiero un hijo y no puede ser de otra mujer que no seas tú.

— Pues morirás sin haber tenido uno porque a mí no volverás a tocarme. ¡Maldito asqueroso, mujeriego, ruin, infiel! ¡Te odio! — le faltó el aire y tuvo que sostenerse de la cama. — No quiero que vuelvas a acercarte a mí nunca más. No dejaré que pongas un solo dedo sobre mí o sobre mi hija mientras viva.

— Pues estás muy equivocada si crees que por eso dejaré de venir a tu cuarto. Tienes que darme un hijo, no me importa que mueras tú, pero quiero un hijo, —Athena se hizo hacia atrás como si le hubiera dado una bofetada. Abrió los ojos con sorpresa y se llenaron de lágrimas.

— ¿Qué hay de malo conmigo? — dijo en un susurro. Es algo que se había preguntado desde el momento en que Iori la trató como basura la primera vez que estuvieron juntos.

— No hay nada de malo, solo que… — se quedó callado.

— ¡Dime! ¡Dímelo de una vez para poder comprenderlo! He hecho todo lo que está en mi poder para hacerte sentir bien. Y ni aun así me respetas un poco.

— Deja de hacer escándalo, entre más pronto terminemos será mejor, — dijo acercándose a ella. Se alejó.

— ¡No te acerques! ¡Te he dicho que no volverás a poner una mano sobre mí!

— Eso está por verse, — dijo Iori muy molesto.

Tomó a Athena por el cabello y ella gritó. La tiró sobre su cama e intentó quitarle el camisón, pero ella luchaba. Claro está que él era mucho más fuerte que ella, así que logró su cometido. Athena lloró y lo maldijo. Intentó golpearlo en la entrepierna pero eso lo hizo enojar aún más y la agarró con fuerza por las muñecas, presionándola contra la cama. Fue más rudo que en las otras ocasiones.

Athena no dejó de llorar y gritar. Hasta que se quedó sin voz. Iori terminó y antes de retirarse de ella se acercó a su oído.

— Solo espero, por tu bien, que des a luz a un niño, porque si no volverás a sentirme de esta manera. ¿Lo entiendes? — con eso la soltó y se fue. Athena se hizo un ovillo y se tapó con su colcha. Gritó de rabia y dolor en su almohada.

Continuara...

¡No me maten! Por colocar a Iori como un abusador pero será la última vez lo prometo

Gracias Eimi Asamiya por tu comentario, muy pronto el próximo capítulo... dejen Rewies