Capítulo nueve

Serena contó hasta veinte y fue por unos colines. Necesitaba masticar algo para deshacerse de su rabia y de su culpa, porque en aquel momento se sentía sepultada bajo ambas. En la cocina, Luna se hallaba junto a la encimera, con rostro circunspecto. ¿Cuánto habría oído de la discusión?, se preguntó Serena con las mejillas encendidas. El día anterior, Darien y ella habían hecho el amor a mediodía, y ese día estaban gritándose el uno al otro. Eso no favorecía un ambiente de trabajo agradable. Pero Luna estaba concentrada en preparar la cena, y no la miró.

-¿dónde está Andrew? -preguntó Serena, temiendo que el chico se hubiera escondido, asustado por la discusión.

-jugando en casa de un vecino. Serena respiró aliviada.

-lo siento si…

La asistenta dejó de pelar tomates y se giró hacia ella.

-quiero contarte algo. Es personal, y es pero que no te importe, pero quiero contártelo.

Era como si levara un buen rato rumiando ese monólogo y por fin se hubiera decidido a soltarlo.

¿de qué se trataba?

-es difícil para nosotros que yo me quedara embarazada. Lo intentamos durante mucho tiempo, sin éxito. Entonces descubrimos que necesitábamos ayuda.

Emily escuchaba atónita. No se esperaba nada de eso.

-mi familia está toda en Italia. No teníamos mucho dinero, ni nadie a quien recurrir -continuó la mujer, emocionada-. Darien nos dio a Andrew y también al bebé.

Por un momento de irracionales celos, Serena creyó que Luna se refería a que Darien en el padre de sus hijos.

-Nos dio el dinero. Para el tratamiento, los médicos… -puntualizó la mujer.

Serena casi se desmayó sobre la encimera. ¿Por qué no dejaba de sacar conclusiones erróneas? Menos mal que Luna no parecía haberlo advertido, demasiado deseosa de explicar todos los detalles.

-Hemos acudido a una clínica privada durante años. Él nos ha pagado una fortuna en tratamientos para que lo intentáramos tantas veces como quisiéramos. Dijo que no había límite, que dependía de nosotros -explicó, volviendo a pelar los tomates-. Dijo que era parte de nuestro seguro sanitario como empleados. Pero sale directamente de su bolsillo.

Su mirada era pura gratitud y preocupación por él.

-Trabaja demasiado. Se exige demasiado. Es un buen hombre, y se merece..

-¿El qué? -le provocó Serena.

No le extrañaba que el matrimonio fuera tan fiel a su jefe, que estuviera tan dispuesto a dejarlo todo cuando el los llamaba. No le extrañaba que ella le planchara las malditas sábanas.

-Se merece ser feliz.

Serena cerró los ojos. Sí que se lo merecía, como todo el mundo. Como ella.

-Debería tener la felicidad que nos ha proporcionado a Artemis y a mi. Amor. Hijos. Una familia.

Serena se sintió peor, porque Darien casi lo había tenido, pero lo había perdido, y ya no lo quería. Y ella, sin darse cuenta de eso, se había burlado de él.

Ojalá se lo hubiera contado antes. Ella le había hablado de sus padres. Pero él no había tenido ninguna intención de conocerla lo suficiente como para tener que preocuparse por ella. Hizo rodar un colín sobre la encimera, mientras reflexionaba sobre lo que Luna acababa de contarle y por qué se lo había contado. ¿Tal vez porque quería darle a conocer lo mejor de Darien?

-¿Cuánto tiempo hace que trabajas para él?

-Casi ocho años. Dijo que debería dejarlo cuando me quedara embarazada, pero me gusta trabajar, así evito preocuparme.

Serena comprendía, ella lo había hecho en Nueva Zelanda: mantenerse ocupada como una forma de enterrar sus temores.

Tenía múltiples preguntas acerca del pasado de Darien, pero no las haría. Sería entrometerse, y Luna no le diría nada. Podía compartir su propia historia, pero no la de su jefe, su lealtad era demasiado fuerte. Y Serena no quería incomodarla. Además, prefería que fuera el propio Darien quien se lo contara.

Él suponía todo un desafío. Y, tras haber mencionado a la mujer de esa noche, Serena sentía cierta competitividad. Le enseñaría, igual que a los demás, lo elegante que podía ser.

Pero su vestuario allí se componía de faldas y pantalones finos, y camisetas muy usadas. La ropa nunca había sido una prioridad para ella. Mina era la que iba a la peluquería, se compraba ropa de diseño, como cantante protagonista que quería ser. Ella, la acompañante, sólo necesitaba pantalón y camisa negros para no destacar.

Contempló a Luna. La italiana seguía estando elegante y guapa a pesar de su enorme tripón de embarazada. Necesitaba su ayuda.

-¿Puedes recomendarme una tienda de ropa bonita que no sea muy cara? Luna, recuperado el dominio de sí misma, sonrió ampliamente. No sólo le dio el nombre de la tienda, además le dibujó un mapa.

Darien se levantó de su escritorio y se paseó por la habitación. La culpa le quemaba los pies, como un fuego sobre el que había pisado descalzo, accidentalmente. Se movió impaciente, intentando sacudirse la desagradable sensación. No le gustaban las cenas formales. No quería salir por ahí y ser sociable. Sólo quería quedarse en casa con Serena. Lo único que aplacaba su irritación era que ella había admitido que no podía dejarlo todavía. Bien, porque él no podría dejarla marchar.

No estaba enfadado porque ella le hubiera hecho pensar en Rei, sino porque había supuesto lo peor de él. ¿Y por qué no iba a hacerlo, por otro lado? Él había subrayado la naturaleza temporal y exclusivamente física de su romance. Seguro que ella creía que eso era típico en él. Pero le dolía ese juicio. El auténtico problema era que le importaba su opinión.

Se detuvo frente al ventanal con espectaculares vistas de la ciudad. Malachite también era el problema. Si hubiera sido otra persona la que hubiera telefoneado, aquella discusión no habría ocurrido. El hecho de que se conocieran Serena y él le hacía sentir incómodo.

Pero tenía que recibirlo, Malachite ya no visitaba Londres habitualmente. Una parte de él quería hacerlo, pero otra mucho más poderosa quería tener a Serena sólo para él. La culpa lo minó un poco más. Aquel hombre había hecho mucho por él, se lo debía. Había estado a su lado cuando Rei murió, era la única persona que lo sabía todo. Casi nunca hablaban de ello, pero eso no significaba que no estuviera ahí.

Regresó a casa, bastante antes de lo habitual, y pasó por la cocina lo primero para comprobar que Luna estaba sacando todo adelante. No tenía ni idea de que le planchaba las sábanas, bromeó acerca de ello y le dijo que no lo hiciera más. Ella sonrió y lo despidió con un gesto. Darien inspiró hondo y saboreó los aromas. Serena se había confundido en eso: él pagaba a la pareja más del triple de la tarifa vigente, pero porque se lo merecían. Eran leales, trabajadores y acudían cuando los necesitaba, que no era tan a menudo como ella pudiera pensar, y menos desde que Luna se había quedado embarazada.

No buscó a Serena, no estaba preocupado por si se había marchado después de la discusión de esa mañana: había encargado a Luna que le informara de si ella hacía algún signo de marcharse de allí. Y tampoco estaría de más darse un respiro mutuo. Se duchó y se vistió.

Luego, llamó a la puerta de ella y entró. Al verla, se quedó sin aliento. Los pulmones se le habían encogido, igual que el resto de su cuerpo... salvo un órgano más abajo de su cinturón. Entonces, se le aceleró el corazón.

Sólo se trataba de un vestido negro, ni siquiera era descocado, pero dejaba ver sus brazos y sus piernas, sugería su escote y mostraba mucha de su espalda. Lo que significaba que...

-No llevas sujetador.

-Hola a ti también -dijo ella mirándolo fríamente-. Cierto, no lo llevo. ¿No es suficientemente decente para ti?

Cuando él le había dicho que se pusiera algo medio decente, no se refería a que se vistiera elegante, sólo a que se tapara un poco, porque no quería estar distraído todo el rato frente a Malachite.

Lo había expresado con cierta brusquedad, pero había estado demasiado enfadado para corregirlo. Había visto el brillo en la mirada de ella, señal de que le había marcado un tanto, y había sentido la satisfacción de la revancha. Y ella se lo había tomado a pecho, porque la mujer frente a él era un modelo de sofisticación.

La vio mirarse en el espejo y recogerse el cabello. Lo lamentó: le encantaba vérselo suelto y hundir sus dedos en él. Pero el recogido resaltaba sus pómulos, y la coleta le acariciaba la oreja, el cuello, y él quería besar todas las zonas que rozaba.

Carraspeó y desvió la mirada. Aquella noche, no al menos, no en aquel momento. Tensó todos los músculos, decidido a calmar sus hormonas disparadas. Sólo tenía que aguantar unas pocas horas. Podía hacerlo, ¿verdad?


Hola chicas, como les va? bueno quería agradecerle a cada una de ustedes por sus reviews en este fic, últimamente no se si son los temas de mis fic, pero me han tratado no pésimo pero me critican mucho, eh puesto todo el empeño que tengo para escribir mejor pero por ejemplo este fic, es una adaptación del libro de Natalie Anderson, tengo que leer muy detalladamente cada párrafo para que no se me escapen detalles como las descripciones de los personajes, ya que en el libro real, "Serena" es castaña de cabellos castaños y ojos verdes y "Darien" es moreno con ojos negros... pero bueno como me dijo una de mis amigas, hay que tomar solo lo bueno de lo que te critican...

me he atrasado un poquito en actualizar porque el ultimo capitulo de lo Prohibido se te vuelve tentativo, me salio mas largo que todos los capitulos que eh escrito en todo el tiempo que llevo en Fanfiction.

ahora Etsuko-Ai, MayiLoza, Isis Gremory, Eli chiba, BOMBOM, yesqui2000, karly15, Serena y Darien 4ever, Conyta Bombon, Marie Mademoiselle Chiba, dms moon adap, angelesoscuros13, maryy, karly15, princessqueen no saben cuanto se los agradesco por seguir este humilde fic, no quedan muchos capitulos pero cada review de ustedes me da animos para sentarme en frente de mi computador a escribir n_n

nos vemos en el proximo capi, besos

Fer