CapítuloOnce

Darien la observó entrar en el comedor, con la cabeza alta y las mejillas encendidas. Casi pudo oír el trueno al ver el relámpago de su mirada. Los otros dos también se dieron cuenta y se produjo un silencio.

Ella se acercó al piano.

-¿Sabes tocar, Serena? -preguntó Lita.

-Un poco.

-¿Tocarías para nosotros?

Darien la vio asentir y sintió alivio, porque eso suponía que, durante un rato, no habría conversación y no tendría que mirarla a los ojos. Su mirada le hacía sentirse un idiota, y ya se sentía suficientemente mal. No había pretendido perder el control hasta ese punto. Pero durante la cena, había observado su incomodidad, la había escuchado hacerse de menos. A él no le importaba si había ido a la universidad o no, igual que a los demás. ¿Ella no comprendía que sabía lo duro que había trabajado? Había conseguido algo mucho más importante que unos títulos universitarios: se había hecho cargo de una cantidad de trabajo y con un nivel de responsabilidad como no podrían soportar muchas personas con doctorado. Además, había hecho un trabajo excelente criando a su hermana con tanta confianza en sí misma e independencia. Pero, ¿a qué coste? Había dejado en suspenso su propia vida y sus propias ambiciones, y él quería verla haciéndose cargo de ellas. Había querido darle confianza, que supiera lo guapa y generosa que era, y la forma más sencilla había sido demostrándole lo mucho que la deseaba. Gran error: nada más rozarla, casi había perdido el control por completo.

Serena pulsó unas cuantas notas a modo de prueba.

-No tengo la voz de mi hermana.

Otra vez estaba haciéndose de menos, pensó él tensándose.

-Y, aunque me encanta la música clásica, debo admitir que prefiero más melancolía - comentó, empezando a tocar un clásico de jazz.

Tenía una voz grave y un poco ronca que hizo derretirse a Darien. Tal vez no tenía el tono de la voz de su hermana, pero poseía una profundidad emocional mucho mayor. Él conocía de primera mano la cantidad de emociones que ella albergaba, algo que lo intrigaba, excitaba y asustaba al mismo tiempo.

Agradeció que el tema fuera corto, porque no estaba seguro de poder aguantar sin acariciarla mucho más. Entonces, Lita le pidió otra canción. Él apretó los dientes.

-Sólo si esta vez cantáis -señaló ella.

Lita se sentó junto a ella y cantó, mientras Darien observaba orgulloso cómo Serena se la había ganado del todo. Y luego, tan sólo la miró. La luz jugaba con los diamantes de su pulsera tal y como él había imaginado. Nunca se arrepentiría de haberle hecho ese regalo, se lo merecía: era igual de deslumbrante, elegante y clásica que ella, y también brillaba con un fuego interno. Sólo lamentó no haberle comprado unas esposas, así podría encadenarla a la cama y estar con ella tanto como quisiera, además de evitar que invadiera otras áreas de su vida. Pero ella era una fuerza arrolladora, un desafío a lo que tanto trabajo le había llevado conseguir, como paz, soledad y aislamiento.

-Te parece muy hermosa.

El murmullo de Malachite le hizo dar un respingo. Maldición, había olvidado que su amigo estaba a su lado.

-No puedes quitarle los ojos de encima.

-Pues me resulta una mujer muy frustrante.

Igual que su atracción hacia ella: incontrolable, insaciable, innegable. ¡La deseaba en aquel mismo momento!

Se giró hacia Malachite y se perdió en aquellos ojos castaños comprensivos y una pizca tristes. Ojos tan familiares, y sin embargo durante un instante se había olvidado de ellos. Lo invadió el desconsuelo, la desesperación. La culpa le hizo desviar la mirada. Había intentado hacer felices a unos ojos como ésos. Y mucho tiempo atrás, por unos momentos mágicos, lo había conseguido. Pero luego no había habido nada, ni podría volver a haberlo de nuevo.

-Lo siento, M a l e.

Se disculpaba por el pasado y por aquella noche. Por sus fracasos entonces y en el presente. Se puso en pie, queriendo poner fin a la conversación antes de que empezara.

-Vayamos a la terraza, allí me concentro mejor.

Podrían hablar de negocios y evitar lo personal, y así él podría intentar volver a negar la realidad. Aunque sospechaba que era demasiado tarde. No había sido capaz de controlar la manera en que Serena lo emocionaba, y mucho menos ocultarla. Y en aquel momento, sentía crecer la culpa. Él no había querido hacer daño a nadie.

Malachite y Lita no se quedaron hasta tarde. Durante la última media hora, Darien y ellos hablaron de dinero, mercados y cosas de las que Serena no tenía ni idea, así que los escuchó sin intervenir. Ni siquiera fue capaz de mirar a Darien, de lo temblorosa que estaba. Mientras Darien ayudaba a Lita a ponerse el abrigo, Malachite se acercó a Serena. Habló en voz baja.

-No permitas que él apague tu fuego. Es bueno para él. Le das calor, y él ha estado helado demasiado tiempo.

Atónita, Serena lo observó marcharse después de Lita. Casi ni oyó a Darien despedirlos. Cuando la puerta se hubo cerrado, miró a Darien a los ojos por primera vez en horas. Su fuego no se había apagado, todo lo contrario. Él estaba de espaldas a la puerta y, tras terminar su tarea como anfitrión, resultaba grande y peligroso.

Ella sacudió la cabeza, y contuvo su frustración al ver su expresión infeliz.

-¿En qué piensas?

-En fútbol -respondió él sarcástico-. ¿No sabes que los hombres odiamos esa pregunta?

-Eso es una cobardía -lo desafió.

El poco humor de él se desvaneció.

-No me gusta sentirme fuera de control, y es como estoy. Hoy he estado fuera de control todo el rato.

Ella se le acercó un paso.

-Una vez dijiste que las cosas fuera de tu control te asustan. ¿Yo te asusto?

-preguntó, acercándose aún más y obligándolo a mirarla.

-Sí. Pero creo que, con un poco más de tiempo, lo dominaré.

-¿Es eso lo que deseas?

-Sí. Sólo una aventura, Serena, una que terminará pronto.

Ella se detuvo. ¿Cómo de pronto? Porque a ella aún le quedaba mucho.

-¿Quieres saber qué más estoy pensando?

-No estoy segura. Darien se le aproximó.

-Estoy pensando en todo lo que has conseguido, en lo duro que has trabajado. Y no te lo reconoces, menos precias tu trabajo y apenas mencionas la realidad de tu vida.

-No voy a contar la historia triste para ganarme simpatías, Darien. Tú tampoco lo haces.

-No, pero tampoco me rebajo. Estate orgullosa de tus logros, Serena. No mucha gente podría haber gestionado lo que tú has hecho. Ella bajó la mirada. Era difícil enorgullecerse de sus logros cuando los comparaba con los de alguien como él o Lita.

Él le acarició el brazo y la agarró de la muñeca.

-Toca el piano para mí.

¿Música para amansar a la fiera y al alma torturada? Sí, tocaría para él, para los dos.

Mientras se dirigían a la sala, él le bajó la cremallera del vestido, que quedó en el suelo. Aprovechando la pasión que todavía existía entre ellos, Serena se quitó las bragas y se quedó completamente desnuda, salvo por la pulsera de diamantes. Si aquello iba a terminar pronto, aprovecharía a fondo cada momento.

Se sentó y empezó a tocar, mirándolo mientras él rodeaba el piano.

-Podrías haber sido muy buena -alabó él, quitándose la camisa.

-Tal vez, pero ¿a qué precio? Años y años de trabajo duro, renunciando a muchas cosas. Incluso entonces, las posibilidades de lograrlo son pocas. Quería hacer otras cosas con mi vida.

-Otras cosas que tenías obligación de hacer -replicó él-. No te dieron opción.

-Cierto, pero ¿qué es la vida sino compartirla con los amigos y la familia?

-Pero renunciar a tus sueños no está bien -dijo él quitándose los zapatos-. Mi madre soñaba con actuar, pero mi padre decretó que ninguna esposa suya trabajaría nunca. Yo creo que la frustración se la comió desde dentro, y la amargura provocó el cáncer. No deberías renunciar nunca a tus sueños, Serena.

-¿Qué sueños?

Hasta entonces, no había tenido tiempo para sueños

-Yo nunca he tenido ese tipo de ambición. No me interesan la fama y la fortuna -explicó-. Mina sí las quiere, y yo le deseo lo mejor. Pero no es lo que yo quiero.

Sonrió al verlo quitarse los pantalones.

No necesito una audiencia de miles de personas para sentirme apreciada - añadió.

En aquel momento, estaba sintiéndose apreciada de sobra.

-¿Te basta con el niño de cuatro años?

-Y con el hombre ocasionalmente desnudo.

Un hombre magnífico, duro como una roca y físicamente perfecto.

-Pero debe de haber algo que quieras hacer, Serena. Todo el mundo lo tiene.

-Supongo que sí.

Todavía estaba averiguando qué era lo que más feliz le hacía. Y, aparte de los buenos momentos con Darien, su mayor felicidad había sido tocando el piano con Andrew.

-Deberías ir por ello. Ahora eres libre para hacerlo.

En cierta forma, la libertad le parecía muy solitaria.

Él se metió bajo el piano. Y de pronto, ella sintió que le tocaba los pies y subía por sus piernas. Sonrió.

-Vuelve a tocar la primera canción -pidió él.

-¿Por qué? -inquirió, empezando a dejar de pensar con claridad, sólo existían sus sensaciones.

-Para que pueda hacerte lo que he deseado antes.

Sonaron los primeros acordes y él tiró hasta dejarla sentada en el borde del taburete. Serena sabía lo que seguía, podía sentirlo en el interior de sus muslos, mordisqueándola, lamiéndola, besándola. Y, cuando le entreabrió las piernas con las manos, a Serena le fallaron los dedos.

-Sigue tocando.

Serena cerró los ojos, incapaz de oponerse a él ni a ella misma. Estaba acostumbrada a ser la acompañante, pero no hasta su aniquilación. Porque eso era lo que estaba ocurriendo: su mente, su razón, su voluntad, estaban destruyéndose poco a poco bajo aquel ataque. Él era la criatura más sensual que había conocido nunca, y lo deseaba a fondo.

Le empapó el sudor, se le aceleró la respiración. Él le masajeó los senos y jugueteó con sus pezones, mientras seguía besándola por doquier. Ella tocó cualquier tecla, perdió el control de sus dedos conforme el cuerpo se le tensaba, a punto de alcanzar el clímax.

Su grito se elevó por encima del ruido cuando él hundió la cabeza entre sus piernas, lamiendo y succionando, y sus dedos la tocaron con más habilidad de la que ella nunca llevaría a un piano.

-!Darien! -exclamó, sin poder soportarlo más.

Y, cuando se desplomó exhausta, él la tumbó a su lado en el suelo, y ella lo abrazó por la cintura con las piernas para aumentar la profundidad. Y, mientras lo notaba internarse en su húmedo hogar, lo miró con adoración.

-No voy a ser capaz de tocar el piano de nuevo sin pensar en ti y en el orgasmo más increíble que he tenido nunca.

-Todavía no ha terminado. ¿Qué posición quieres?

-Todas -respondió ella, decidida a tomar todo lo que pudiera, mientras pudiera.

Darien estaba pletórico de ella: era embriagadora y adictiva. La miró: se había quedado dormida. Con reticencia, abandonó su cálida suavidad. La tomó en brazos y la llevó a su dormitorio. Serena se removió ligeramente. Darien se quedó junto a la cama, con ella en brazos, incapaz de renunciar a ella todavía. Cada noche, él regresaba a la privacidad y soledad de su dormitorio. Tenía que hacerlo para mantener el control de la situación, para poder decidir cuándo terminaría. Porque si no lo hacía, un día se despertaría y ella se habría marchado. Igual que Rei. Él había perdido demasiado, y demasiado pronto. No podría volver a pasar por lo mismo.

Pero, cuando la metió en la cama y tapó su precioso cuerpo con las sábanas, ella abrió los ojos y lo miró acusadora.

-¿Por qué no te quedas conmigo?

Él se irguió, pero no contestó. La vio enarcar las cejas.

-No puedo -respondió.

-¿Ronco? -inquirió ella y lo vio negar con la cabeza-. ¿Roncas tú?

-No, que yo sepa.

-Entonces, ¿qué es lo que te asusta? ¿Te conviertes en hombre lobo en mitad de la noche? ¿Tienes mal aliento por la mañana? ¿Babeas sobre la almohada? Él rió amargamente, apenas audible.

-Dices las cosas más...

-Digo lo que pienso, que es más de lo que haces tú. Él se puso serio al instante.

-No quiero hacerte daño.

-¿Y quién dice que vayas a hacerlo?

¿Acaso no lo había hecho ya?, se preguntó él: podía verlo en su mirada, oír el ruego en su voz a pesar de su ataque.

-Me levanto muy temprano para nadar. No quiero despertarte.

Se vio fulminado por su mirada, ignorando la pobre excusa. No había sido sincero: era él quien no quería resultar herido. Y sin embargo, ya estaba sufriendo.