Capítulo Trece

El día fue uno de los más largos que Darien había soportado nunca. Le dolía el cuerpo como si hubiera competido en un evento multideportivo. Menudo hombre de acero estaba hecho. La abstinencia no era la respuesta. No había dormido ni un segundo la noche anterior, batallando contra el deseo, los demonios del pasado, y la ira que apenas podía controlar por cómo Serena lo había invadido todo. Por los terribles pensamientos que le provocaba: cuando ella había lamentado la pérdida de Rei, él no lo había lamentado; sólo había querido regresar a esos momentos en la pista de baile con ella, divirtiéndose y olvidándose de todo lo demás.

Se sentía terrible por eso, tenía que sacarla de su vida. Pero su deseo le hizo abalanzarse sobre ella nada más regresar a casa, con la esperanza de que ella llenara el vacío que estaba abriéndose en su interior. La miró a los ojos y vio sombras nuevas en ellos.

-Parece que no puedo estar lejos de ti mucho tiempo -comentó él.

-¿Y eso es malo?

Captó el dolor de ella y se sintió aún más decepcionado. Aquello no era culpa suya, era él quien estaba atrapado: hiciera lo que hiciera, parecía estropearlo todo.

-Lo siento.

-¿Por qué?

Por no ser lo que ella necesitaba. Por no ser el hombre que él creía que era.

La besó como ella se merecía, y estuvo a punto de entregarse a ella. Era como si, cada vez que habían tenido relaciones, él se hubiera ido quitando corazas, y de pronto sólo necesitaba abrazarla y poseerla, el instinto más básico. La tentación era poderosa, ¿cómo podía sentir que aquello era correcto, cuando en su cabeza sabía que estaba mal?

Serena se sentó a horcajadas sobre él, con los ojos brillantes, el rostro encendido, los senos moviéndose al ritmo de sus caderas. No existía la timidez, sólo el placer puro. Entonces él se dio cuenta de que no podía seguir su ritmo; no era así como quería que fuera. La emoción lo abrumó.

-Voy a terminar -anunció con voz ronca.

-¿De verdad? No te creo -dijo ella con ojos brillantes.

-No creo que puedas detenerme. Creo que no puedo detenerme ni yo mismo.

Ella se levantó, pero él negó con la cabeza incrédulo.

-Aún voy a terminar, con sólo mirarte -dijo, agarrándose a las sábanas-. Eres la mujer más bella del mundo.

Ella le susurró al oído:

-No te contengas, Darien. Sumérgete conmigo.

No se la merecía, no podía resistirse a ella. Se entregó completamente. Rodaron y él la penetró profunda y largamente. Ella se arqueó, rió, gritó de placer. Y él se perdió en la marea de sentimientos que lo invadieron.

Él había cambiado, observó Serena: estaba susurrando algo en italiano, y había desesperación en sus caricias. Ni rastro del amante que la guiaba pausadamente hacia el éxtasis. En lugar de eso, estaba clavándole los dedos, además de embestirla hasta el fondo. La besaba apasionadamente por todo el cuerpo, como si quisiera abarcarla toda entera. Y al terminar, la abrazó fuertemente, besándola y murmurando aquella frase en italiano una y otra vez.

Serena se despertó mucho más pronto de lo habitual. Sus piernas estaban atrapadas por algo pesado... y vivo. Darien.

¿No debería haberse marchado a su habitación? La emoción la embargó: él había querido quedarse, y la estaba abrazando.

Se giró lentamente y lo contempló: sus espesas cejas relajadas, sus labios carnosos y suaves, sus anchos hombros morenos contrastando con el blanco de las sábanas.

Vio que abría los ojos y se le paró el corazón y la respiración unos instantes. Él la observó en silencio y la atrajo hacia sí, tumbándola de nuevo.

-Duerme.

Cuando volvió a despertarse, él estaba besándole el rostro delicadamente y acariciándole el torso con las manos. El sol calentaba la cama y ella recuperó la confianza.

-Sei il fuoco della mia anima». ¿Qué significa? -Inquirió y se puso nerviosa al notarlo tensarse-. Es lo que repetías anoche.

-No es nada -respondió él con renuencia-. Sólo una expresión.

Su cuerpo seguía en aquella cama, pero él acababa de irse a miles de kilómetros de distancia. Serena esperó, pero no hubo más explicaciones. Su felicidad se disipó.

-No era nada especial, ¿verdad? -dijo sentándose y tapándose con la sábana, demasiado dolida como para no atacar-. Es lo que siempre dices a la mujer con quien te acuestas, así no importa si no te acuerdas de su nombre. ¿Verdad, Darien?

-Sabes que no hay nadie más en mi vida.

«Nadie vivo», pensó ella. ¿Por qué él estaba tan frío de repente, cuando la noche anterior había sido tan mágica?

-No compliques las cosas -dijo él, quitándole la sábana.

-No niegues que esto ya está complicado.

Él hizo ademán de levantarse de la cama. Aquella actitud de terminar la conversación no iba a poder con ella. Con un descarado coraje que no sabía que tenía, sacó el tema abiertamente.

-¿Sientes algo por mí, Darien?

Él la miró iracundo.

-Sabes lo mucho que te deseo.

Él siempre lo llevaba todo al terreno del sexo. En el mínimo común denominador entre ellos, pero seguro que reconocía que compartían muchas más cosas. ¿Cómo era posible que él se hubiera entregado tanto a nivel físico, pero intentan mantener la distancia a nivel emocional? Nunca había estado tan enfadada en su vida, aquella batalla era crucial, y no podía evitar la sensación de que estaba en el bando de los perdedores.

-Vete, Darien, ya que es tan obvio que te arrepientes de estar aquí.

Eso hizo él. Entonces, Serena se tumbó en la cama y clavó la mirada en el techo, decidida a no llorar y a continuar con su vida. Necesitaba un plan de acción cuanto antes.

Cuando Darien regresó del baño en la piscina más insatisfactorio que había tenido nunca, encontró a Serena en el salón rodeada de panfletos y formularios.

-¿Qué haces?

-Planear mi futuro. Voy a enseñar música.

Darien sintió una ola de adrenalina. Miró los panfletos, algunos eran de universidad, otros de conservatorios. ! Uno de Irlanda! Combatió el impulso de tirarlos a la papelera y obligarla a quedarse con él, como un troglodita. Ese deseo lo enfureció, ¿no debería de sentirse aliviado?

-Quienes pueden, tocan; quienes no, enseñan -dijo mordaz.

-Qué insultante -contestó ella yendo a la cocina-. Un profesor no se hace, nace con ese talento. Yo podría enseñarte un par de rosas.

-De acuerdo, he sido un maleducado -admitió él, pero su frustración era real-. Es la primera vez en tu vida que eres libre para hacer lo que desees. ¿Por qué quieres un empleo donde la otra persona es lo importante?

-¿Por qué me animas a hacer lo que quiera y, cuando te lo digo, n o me apoyas? Me encanta enseñar, Darien. Lo siento si no es lo suficientemente bueno para ti.

Darien inspiró hondo. La había ofendido, cuando lo único que quería era que hiciera lo que realmente deseaba.

-Yo no necesito prestigio para probar mi valía, como tú -atacó ella.

-¿Qué quieres decir?

-¿Cuántas horas tienes que trabajar? ¿Cuántos billones tienes que generar? ¿A quién demonios intentas impresionar? -se burló ella.

-A nadie -respondió, y vio que ella no le creía-. Trabajo tanto porque me gusta ese desafío. Me gusta ser el mejor.

Tal vez todo había comenzado queriendo demostrar su valía, tener más éxito que su padre. Pero se había convertido en un hábito, más que otra cosa.

-¿Y otras cosas, Darien?

-¿Como qué? Tengo una buena vida.

-Vives a medias. Trabajas para escapar de cosas que otros desean acoger -afirmó ella rotunda-. Como el amor.

Se produjo un silencio repentino y total. Darien no podría moverse aunque quisiera.

Serena se giró hacia él dando un suspiro.

-Darien, has sido muy generoso. He pasado tanto tiempo cuidando de Mina, ocupándome de ganarnos la vida, que no había tenido tiempo de plantearme mis propios sueños. Tú me has proporcionado ese tiempo.

-¿Y enseñar es tu sueño?

-Sí. Aunque te resulte simple, es lo que quiero hacer. Es lo que me hace feliz.

-¿Cómo puedo...? -sonó el teléfono de ella- ¿ayudarte?

Ella había respondido. Era su hermana pidiéndole un favor. Según oyó las respuestas de Serena, «sí», «claro», y «no te preocupes, allí estaré», Darien se enfureció. Esperó a que la llamada terminara.

-¿Por qué permites que ella se aproveche de tu naturaleza generosa?

Él no lo comprendía, ¿verdad? A ella le gustaba ayudar a la gente a la que amaba; no se aprovechaban de ella, ella los cuidaba porque le importaban. Así que le contestó con sarcasmo.

-¿No es lo mismo que estás haciendo tú conmigo, Darien?

Aprovecharse de que se había enamorado de él y no podía negarle nada.

-¿Y qué, si así es? Deberías cortar tus ataduras y salir corriendo.

-Tal vez lo haga -dijo ella con sinceridad-. Pero de momento esto es lo que hay.

Se acercó a él, más atrevida que nunca, y lo besó sin piedad. Pero se apartó antes de que aquello fuera demasiado lejos.

-Aún sigue ahí, tan fuerte como siempre -dijo, y al verlo asentir se armó de valor-. ¿Tan malo sería que te quisiera?

Lo vio quedarse inmóvil, apretar la mandíbula, intentar controlar el rubor de sus mejillas. Y, cuando entrecerró los ojos, Serena se preparo para defenderse del ataque.

-Siempre estás ayudando a la gente, preocupándote por ella. ¿Dónde está tu egoísmo?

-Es la base de todo lo que hago, Darien. Me gusta sentirme necesitada. Si nadie me necesita, ¿qué me queda?

-Libertad.

Ella negó con la cabeza.

-No es el tipo de libertad que deseo. Necesito una comunidad, una familia, un lugar donde encajar y ser necesaria. Si no, me siento sola y perdida. Hago cosas por los demás y espero que algún día alguien hará algo por mí y me cuidará.

Tenía la esperanza de que él le correspondiera, en la medida que pudiera. Eso la haría feliz. Pero, viendo su expresión inmutable, intentó esconder el hecho de que le estaba partiendo el corazón. Quiso gritar de frustración contra aquel silencio.

-Nadie es una isla, Darien, ni siquiera tú -le espetó, sin poder contenerse-. Tú también ayudas a la gente. Intentas mantener las distancias, pero no puedes. Sé lo que has hecho por Luna y Artemis.

Él la miró, sorprendido.

-¿Cómo lo sabes?

-Ella me lo contó.

-No es nada, sólo dinero.

-También sé que tienes un armario lleno de juegos para Andrew. Él me lo enseñó.

-Dinero de nuevo.

-Tonterías, eso es querer cuidarlos. Por más que intentes negarlo, te gustan, Darien haces cosas por ellos. Te importa su felicidad, te preocupas por ellos.

«Y por mí también».

Sus miradas se encontraron. Serena se preguntó si él le habría leído el pensamiento.

-Asumes grandes riesgos con el dinero. A mayor riesgo, mayor beneficio, ¿verdad? ¿Se te ha ocurrido que es igual con tus sentimientos? Había ido tan lejos, que ya no tenía sentido contenerse.

-Y el hecho es, Luca, que yo soy una apuesta segura -concluyó.

-Tengo que irme a trabajar -dijo él.

Por segunda vez en el día, huyó de ella. Serena lo vio dirigirse hacia la puerta y se abrazó. ¿Estaba engañándose completamente a sí misma?

De acuerdo, él seguía enamorado de su esposa, pero eso no significaba que ella no pudiera gustarle, reflexionó. Aquello podía funcionar. Ella podría aceptarlo, ¿verdad? Pero de pronto, se sintió vulnerable y perdida. Le invadió la amargura. ¿Por qué tenía que ser siempre ella la que amara? ¿Por qué no podía estar con alguien que la amara a su vez?

Sí que lo quería todo, se dio cuenta. Y él no era capaz de dárselo. Todo su egoísmo salió cuando él alcanzó la puerta.

-He intentado hacerlo a tu manera, pero todo esto de la aventura vacacional no es para mí -confesó, e inspiró hondo-. Necesito más. Quiero más de ti. Él se detuvo, de espaldas a ella, con la mano en el picaporte.

-Dijiste que sólo querías sexo.

-Y así era, así es: quiero sexo. Pero he ampliado mi opinión. Él bajó la cabeza.

-Serena...

Al oír su voz temblorosa, se le rompió toda esperanza.

-No te preocupes, ya lo sé. No tienes que explicarte.

Él había enterrado su corazón. No quería volver a amar. Darien abrió la puerta bruscamente y se marchó.


TT_TT solo quedan dos capitulos y mi italiano favorito se me va TT_TT, espero que les guste este capi, vere si subo los que quedan mañana o dia por medio...eh estado muy pero muy floja, no hago nada, no tengo imaginación ni inspiración u.u

bueno nos vemos chicas muakk n_n