Capítulo Tres

Los Jardines Giusti eran unos magníficos jar dines renacentistas. Los distintos tonos de verde suponían un agradable contraste frente al gris de los edificios del centro de la ciudad.

Atravesaron una zona de arbustos podados representando formas. Aunque el ambiente era tranquilo y fresco, Serena sólo sentía calor.

Tenía los sentidos a flor de piel: percibía el murmullo del agua, el zumbido de alguna mosca, su respiración entrecortada... y la cercanía de él.

Se acercaron a un banco cubierto de hierba, a la sombra de los árboles.

-Mira, alguien está de picnic -comentó ella.

-Sí -respondió él con sonrisa traviesa-: nosotros.

Se acercó al hombre uniformado que esperaba junto al banquete. Hablaron brevemente y el hombre se marchó. Serena observó todo, cada vez más encendida.

Luca le indicó que se acercan.

-¿Tienes hambre?

-¿Y dices que no eres romántico, Darien? -bromeó para disimular su excitación.

-Sólo es un sencillo picnic.

No tenía nada de sencillo. En el suelo había extendida una manta color rojo rubí, y sobre ella suntuosos cojines, también rojos, con hebras doradas. Otra alfombra esperaba doblada en una esquina, ¿por si necesitaban más espacio, o para esconderse bajo ella? Serena se estremeció de pura tentación.

Junto a la zona que invitaba a tumbarse había una gran cesta. Darien se acercó y sacó una botella de vino. Al verlo sirviéndolo en un par de copas, Serena concluyó que se encontraba en el paraíso.

Sin vacilar, se sentó en la manta, aceptó la copa que él le ofreció y se

recreó en las vistas del impecable jardín. Necesitaba un momento para recuperar la cordura, antes de olvidarse de toda cautela.

-Esto es increíble.

-Lo mejor de Italia -apuntó él, sonriendo como si supiera que ella ya la había perdido-. Y está aquí para ti.

-La cesta no parece tan grande.

-No me refería a la cesta.

-Estás muy seguro de lo que vales, ¿verdad?

-Valgo mucho, y no hablo en términos de dinero, sino de placer. No se puede poner precio al placer absoluto.

Darien no podía apartar la mirada de ella: su expresión maravillada era tan genuina que le hacía sentirse culpable.

-Yo no he escogido nada de esto, ni lo he dispuesto así.

Serena rió.

-Lo sé. Pero ha sido idea tuya.

Eso era cierto. Y se sentía aún más culpable: quería cenar, beber y seducirla. Sólo una noche. Y, por su ardiente mirada y su forma de flirtear, ella era más dulce que sofisticada. Sólo haría lo que ella también deseara, y sólo si comprendía las reglas. Sería una aventura única, por encontrarse de vacaciones.

-El hotel ha preparado la comida.

-Al final, he conseguido el festín de cinco platos.

-Exacto.

-¿Cómo es que tienes contactos en la ópera?

-Mi empresa es una de las patrocinadoras.

-¿Tu empresa?

-Sí, mía.

Era de su propiedad, era toda su vida. Llevaba casi una década dedicado a ella: formándose, obteniendo la experiencia necesaria y haciéndola crecer hasta elevarla al éxito que había alcanzado. No había requerido la ayuda de su padre; no necesitaba su falta de interés. Podía generar su propio dinero, demostrar su valía.

-A menudo llevo allí a clientes importantes y a sus esposas.

-¿A sus esposas?

-Sí -dijo él reprimiendo una sonrisa, intuyendo que ella se había preguntado acerca de la mujer que lo acompañaba la tarde anterior.

Sí, era la esposa de un cliente y no, no estaba interesado en ella. La miró con vehemencia, pero vio que ella estaba comprobando si llevaba anillo de casado y se tensó. Sí lo había llevado, una vez. Y lo había mantenido un tiempo después, como talismán para mantener alejadas a las mujeres. Pero cada vez que lo veía, se acordaba. Rei no había tenido la fuerza de salir adelante y él había tenido que hacerlo solo.

Un día, se lo había quitado y había permitido que el sol bronceara la marca blanca. A pesar de eso, no había podido olvidar. Incluso en aquel momento en que estaba planeando una locura, la vivencia renacía, haciéndole recordar que no debía comprometerse.

-¿A qué se dedica tu empresa? -inquirió ella.

Darien lo agradeció. Cuando aparecían pensamientos dolorosos, siempre se refugiaba en el trabajo.

-A fondos de cobertura. Son fondos de inversión libre, de alto riesgo.

-¿Y te gusta la ópera?

¿Por qué la sorprendía?, se preguntó él.

-Soy italiano, por supuesto que me gusta.

-No hablas como un italiano.

-Estuve en un internado en Inglaterra desde los siete años, y pasé allí más de diez hasta que emergí del sistema. Pero supongo que el gusto por la ópera lo heredé de mi madre.

Al mencionarla, se le activaron más recuerdos dolorosos, así que volvió a centrar la conversación en Serena.

-¿Te gusta Italia?

No necesitó que hablara, su rostro radiante fue suficiente respuesta.

-Es tu primera visita, ¿verdad? ¿Es como esperabas?

-De hecho, es mejor.

Allí estaba aquel genuino entusiasmo. La tarde anterior, su furia había partido de ahí, de su deseo de divertirse, de aprovechar al máximo el momento que llevaba esperando tanto tiempo. Su frescura era embriagadora.

-¿Te gusta la comida?

Ella asintió.

-¿Has probado alguna de las especialidades locales? La cocina italiana no consiste sólo en mozzarella de búfalo y tomates secos, ¿sabes?

-¿No? Pues a mí me gustan ambas cosas.

Él rió.

-Prueba algo más conmigo -la animó, y rebuscó en la cesta.

El hotel había hecho un trabajo fabuloso, preparando multitud de contenedores pequeños, algunos con cosas sencillas, como aceitunas, otros con deliciosas miniaturas de platos muy elaborados.

Fue sacando y explicando cada uno, hizo que ella repitiera el nombre en italiano y luego la observó mientras los probaba, esperando a su reacción antes de saborearlos él mismo. Y, mientras tanto, su apetito fue creciendo.

Serena se relamió el aceite de los labios. Le encantaban los tomates secos, cierto, pero las delicias de aquellos pequeños contenedores eran algo de otro mundo. Habiendo comido tanto, a la sombra de los árboles, y en aquel ambiente cálido, normalmente le hubiera invadido la pereza. Pero la presencia de él, tan cerca, lo impedía.

Él estaba tumbado, apoyado en un codo, relajado. Serena ansiaba tocarlo: satisfecho un apetito otro seguía hambriento. En lugar de eso, sacó un colín de pan para tener algo en las manos.

-Háblame acerca de tu vida -pidió él. Ella arrugó la nariz.

-No hay mucho que contar.

Desde luego, nada glamuroso ni emocionante.

-¿Dónde están tus padres?

Conforme partía el colín en dos, la sombra que albergaba su corazón debió de cruzar su rostro.

-Lo siento -dijo él-. ¿Me contarás lo ocurrido?

-Por supuesto -respondió ella con una sonrisa-. Sucedió hace mucho tiempo.

Rompió una de las mitades del colín en trozos y contó la versión resumida.

-Mi madre murió en un accidente de coche cuando yo tenía quince años. Entonces, mi padre comenzó su declive. Bebía mucho, fumaba, d ejó de comer -relató, contemplando las migas entre sus dedos-. Creo que, sin ella, perdió las ganas de vivir.

-¿Aunque tenía dos preciosas hijas a las que cuidar?

Serena comprendía la pregunta, y percibía su juicio intrínseco. ¿Acaso ella no había pensado lo mismo en sus momentos de enfado? Pero también conocía la historia completa.

Las cosas nunca eran blancas y negras, existía toda una escala de grises. Así que, compartió una parte:

-Él conducía el coche, Darien. Nunca se repuso del sentimiento de culpa. Se sacudió la última miga se sentó sobre sus manos y contempló el jardín. Murió dos años después que ella.

Dos años en los que intentó ayudarlo a superarlo. Pero la depresión lo hundió tanto, que el alcoholismo se convirtió en enfermedad, y el daño a su mente y su cuerpo se volvió irreparable. No podía salir de aquello, ni tampoco lo deseaba. Se apagó. Y ella se hizo cargo de todo.

-¿Qué sucedió entonces?

-Yo tenía dieciocho años, Mina casi trece. Permitieron que se quedara conmigo. Dejé el colegio y me busqué un empleo.

Pensaba estudiar piano en la universidad, pero en lugar de eso se había puesto a trabajar y habían dedicado todo lo que tenían a la carrera de canto de Mina. Su hermana pequeña tenía la imagen, el talento y las ganas. En aquel momento, con diecinueve años, había decidido atravesar el océano y aprovechar la oportunidad antes de, como ella decía, «quedar para el arrastre». Serena era su acompañante, tanto tocando el piano para que cantara, como en términos de apoyo.

-Así que cuidaste de Mina.

Serena se encogió de hombros.

-Nos cuidamos mutuamente. No tenían a nadie más.

Se produjo un silencio largo y, por fin, ella lo miró. Y supo que él la comprendía, que conocía la lucha y la soledad. Por un instante, le pareció ver pena. Pues eso no lo quería. Ella había superado esa fase, había sobrevivido, y también Mina. Y ya estaban encaminadas hacia un nuevo horizonte. La vida se movía hacia adelante. Y ella estaba esforzándose por ignorar el temor que le encogía la boca del estómago. Durante los últimos seis años, ella había tenido dos empleos, además de ocuparse de las tareas del hogar. Había creado estabilidad, una rutina... pero ya no existía nada de eso, y no podía prever el futuro. Lo único que sabía era que quería más de lo que su vida había sido en su país: un empleo más satisfactorio, una vida social más plena... Y junto a aquel hombre despampanante en el hermoso jardín, sentía como si tuviera la oportunidad de comenzar una nueva fase de su vida.

-¿Y tú? -preguntó, aligerando el tono-. ¿Dónde está tu familia?

Vio que se le tensaba el rostro y supo que había sufrido tanto como ella.

-El cáncer mató a mi madre cuando yo tenía siete años -dijo él sin rodeos, aunque el dolor todavía era palpable.

-¿Y tu padre?

Él se encogió de hombros.

-Entré en el internado justo después. No tenemos una relación estrecha. Esas parcas palabras hablaban por sí solas.

Serena se reclinó, conmocionada. ¿Lo habían enviado fuera, a un país totalmente diferente donde ni siquiera hablaban su idioma? La mirada de él era puro cinismo.

-Me parezco a mi madre. Supongo que era un recordatorio demasiado doloroso.

Así que, en cierta manera ambos habían sido rechazados por su progenitor superviviente.

-¿Y dónde está tu padre ahora?

-Se casó de nuevo. Viven a las afueras de Roma.

Sus miradas se encontraron, como si reconocieran que tenían en común ciertas sombras.

Serena apenas había tenido tiempo de procesarlo, cuando vio que él se incorporaba.

-Suficiente tristeza. El día es demasiado corto -anunció, metiendo la mano en la cesta-. Probemos el postre.

Era el hombre más dinámico que había conocido, pensó Serena derretida. Y tenía razón: no necesitaban ahondar en la tristeza, aquel momento estaba dedicado a las vacaciones y el sol.

El postre era un pastel de crema. Él le dio a probar una cucharada, riendo suavemente.

Cielo santo, era un sabor de pura decadencia.

-Está bueno, ¿verdad? -dijo, comiéndose una cucharada y ofreciéndole otra. Serena se tumbó en la manta, entregándose al placer del momento. Cerró los ojos, dejó que su mente saboreara el postre y se empapó del calor. Quería más postre, y mucho más de él.

-Así que todo este tiempo has cuidado de tu hermana -comentó él suavemente-. Ahora, necesitas que alguien satisfaga tus necesidades. Ella abrió los ojos y lo vio descansando la cabeza en el cojín contiguo al suyo.

-¿Qué te hace pensar que no tengo novio?

-Si así fuera, no estarías mirándome con esos ojos hambrientos. Serena elevó la cabeza con dignidad.

-Te has pasado, Darien. No soy completamente inexperta.

-Sólo un poco, ¿verdad? -dijo él y soltó una carcajada-. ¿Cómo era él, un jovencito que no sabía complacer a una mujer, aunque le diera instrucciones detalladas?

Ella se ruborizó y cerró los ojos, intentando fingir que aquello no estaba sucediendo. Su ex novio había sido justamente así.

-Serena, no puedo ofrecerte más que un recuerdo -anunció él, tenso-, pero creo que sería un buen recuerdo.

Ella abrió los ojos de nuevo, impelida por la fuerza de aquellas palabras.

-¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que deseabas? -inquirió él-. No algo para otra persona, ni algo que tenías que hacer, sino algo que querías, y sólo para ti.

Ella no lograba recordar. Y supo que él se dio cuenta.

-¿Eso es lo que me ofreces? Es muy generoso por tu parte, Darien -se burló suavemente-. Como si tú no tuvieras ningún interés al respecto.

-Tengo todo el interés, lo admito -afirmó, y se encogió de hombros-. Soy un egoísta. Sé egoísta conmigo. Rodó hasta colocarse frente a ella.

-Tenemos más en común de lo que crees. Los dos llevamos mucho tiempo trabajando duro. ¿No te mereces un regalo?

-¿Eso es lo que eres?

Él se le acercó aún más.

-Dímelo tú.

Le agarró la mano y se la posó en el corazón.

-¿Sientes cómo se acelera?

Su latido era fuerte, regular e hipnótico. Serena deseó que la tela desapareciera y sentir la piel directamente.

-¿Te ocurre lo mismo cuando nos tocamos? Cuando nuestros brazos se rozan, al ir uno al lado del otro, ¿tu cuerpo quiere más? El mío sí. Él seguía hablando con tranquilidad, pero la fuerza detrás de aquellas palabras sacudió a Serena hasta la médula.

-¿Qué ocurriría si posara mi mano en tu pecho, Serena? ¿Tu corazón se aceleraría?

Ya estaba haciéndolo, cada vez más rápido con cada palabra y una creciente expectativa.

-Creo que deberíamos averiguarlo.

Él le soltó la mano y recorrió su escote con los dedos.

-Darien...

Serena sacudió la cabeza, pero no pudo negar el fuego que sus caricias despertaban.

Él le pegó la camiseta a la piel y contempló el pezón duro y erecto. Sonrió. No necesitaba sentir el corazón de ella para saber qué efecto le provocaba. La miró a los ojos, decidido.

-Sólo un beso.

Una tarde. Una tentación.

No tuvo que convencerla para que abriera la boca: ella lo recibió a mitad de camino, húmeda, adaptándose a él y buscando: con los ojos cerrados, incapaz de centrarse en nada que no fuera él. En aquel momento, no existía nada más que su beso, su boca, su lengua exploradora que, enseguida, se volvió más exigente. Serena hundió sus manos en el cabello de él, rendida y empezando a exigir, abriéndose más, buscando más profundamente.

Era la felicidad absoluta. Quería que durara, quería saborear cada fase.

Y, enseguida, quiso más: sentir su peso encima, sus caderas clavándola a la manta...

-Serena -dijo él, separándose un poco.

Ella abrió los ojos, aborreciendo la interrupción.

-Voy a llevarte de vuelta a mi hotel y a besarte así por todo el cuerpo. ¿Te parece bien?

-¿Tu hotel está lejos?

Él rompió a reír.

-Hablo en serio.

- ¿No podemos seguir aquí? -preguntó ella, impaciente. Lo quería todo, y en aquel momento.

Él le dirigió una maravillosa sonrisa y volvieron a besarse apasionadamente. Y de pronto, empezó a besarle el cuello, y a acariciarle un seno. Ella también lo recorrió, aprendiendo sus límites a través del tacto... o más bien, aprendiendo que con él no había límites. Los besos y caricias eran intensos y satisfactorios, pero estaban despertando un apetito al que ella sabía que no podría negarse. Nada de un mañana ni de arrepentimiento. Sólo existía el momento y un deseo tan potente, que resultaba abrumador.

Serena apreció el azul del cielo y el verde de los árboles, todos sus sentidos se recrearon en aquel paraíso. Y él prometía mucho más con cada beso.

Se removió inquieta en la alfombra. Desconocía que se pudiera sufrir de deseo, nunca había experimentado una necesidad tan potente, ni el dolor que provocaba, ni la manera en que el cuerpo podía anular a la razón.

Él gimió, como si también estuviera sufriendo, y como si supiera lo dispuesta que estaba.

-Me encantaría verte desnuda bajo los árboles, pero estos jardines son públicos -anunció-. A menos que desees pasar la noche en el calabozo, tendremos que marcharnos. Ahora.

A ella casi no le importó, se encontraba dividida entre su deseo de que aquel momento no terminara, y el de que llegara el final lo antes posible, la sensación de plenitud.-

De acuerdo -se obligó a responder.

Fue como salir de un agua cálida, cuando ella lo único que quería era hundirse en sus profundidades de nuevo. ¿Habría alguna droga en la comida? Pero no, el cuerpo y las caricias de él eran los opiáceos.

Darien se puso en pie y le tendió una mano.

-Vamos.

Sus miradas se encontraron unos instantes. Y ella sonrió.

-¿No recogemos esto? -inquirió, sin querer pensar en ello, pero con el hábito de muchos años asumiendo responsabilidades.

Él sacudió la cabeza.

—Ya se ocuparán. No te preocupes.

La agarró de la mano y la condujo a la salida, donde les esperaba un carísimo coche gris. Darien le abrió la puerta a Serena y se sentó a su lado. El conductor puso el coche en marcha. Sólo había unos pocos minutos desde el centro de Verona al hotel, pero estuvieron ocupados mientras, con suavidad, él le hizo girarse, y la besó. Ella no quería detenerse. Y no quería que él se detuviera nunca.

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