Capítulo Cuatro

Emergiendo del coche algo aturdida, Serena entró en el hotel junto a Darien. Cuando fue capaz de fijarse en lo que la rodeaba, casi se cayó de espaldas. Era más que opulento. De pronto, temió no estar a la altura, con su falda arrugada y su camiseta barata. Era primera hora de la tarde y habían ido al hotel de él para disfrutar de un rato de erotismo. Estaba tan excitada que apenas le sujetaban las piernas, y tuvo la horrible sensación de que todo el mundo lo percibía. Añoró regresar a la tranquila soledad que habían disfrutado en los jardines.

Él pareció percibir su incomodidad: la tomó del brazo y la protegió de las miradas de los de Recepción. Suavemente, la guió hasta el ascensor. No era un toque posesivo, y su sencillez y educación disiparon las dudas de Serena. La trataba con respeto, y ella supo que iba a cuidarla. De repente, nada más importó.

Tampoco la acosó en el ascensor, sólo se mantuvo a su lado en silencio, sujetándola del codo Sacó la tarjeta-llave y abrió la puerta de su habitación. Serna se sintió aliviada de estar de nuevo a solas con él, y también abrumada: aquello no era una simple habitación, era una suite. Había supuesto que él tenía dinero, pero no hasta aquel punto.

Se giró y lo observó detenidamente. Todos los italianos vestían impecables, ¿verdad?

-¿Has cambiado de opinión? -inquirió él, mirándola igual de atentamente- No hay problema si no quieres seguir.

Al concentrarse en él, todo lo demás desaparecía. Serena se derritió de nuevo.

-No -dijo, y sonrió traviesa al ver el brillo de sus ojos -. No he cambiado de opinión.

Observó contenta que él relajaba la mandíbula.

-Bien.

-Será el mejor, ¿verdad, Darien? -preguntó, con cierta inseguridad.

Tras haber probado el cielo, no quería decepciones. Eso ya lo había tenido antes.

-Quiero lo mejor -afirmó.

Y así era: quería olvidarse de sí misma durante unos instantes mágicos. Quería una tarde durante la cual poder olvidar el pasado e ignorar el futuro, dejarse de preocupaciones y responsabilidades, y sentir placer libremente. Sería su primera vez, lo había esperado desde siempre.

Él se acercó con paso firme y lento. Le acarició el labio inferior con un dedo, igual que la noche de la ópera.

-No lo dudes.

Serena entrecerró los ojos lentamente, conforme la invadía de nuevo un loco letargo. Era como si sus sentidos prescindieran de todo salvo de él: sus caricias, su voz, su aroma y su determinación.

Era misterioso y mágico, pero ella no quería conocer más de él, excepto su cuerpo. Desde el primer contacto, ambos cuerpos se habían reconocido.

Ella no creía en el amor a primera vista. Pero sí que creía en la lujuria a primera vista. Su cuerpo lo quería de compañero. No le había sucedido nunca. Con las pocas citas que había tenido en su vida, y su ex novio, no había sentido nada. Pero con él era como si le hubiera marcado con su hierro al rojo vivo.

Desde el principio, no podía dejar de mirarlo. Con los ojos entrecerrados, lo vio concentrarse mientras, lentamente, recorría su mandíbula, su cuello y su escote con los dedos. Una vez allí, Serena se tensó a la expectativa, pero él rodeó los pezones en lugar de pasar por encima, haciéndola sisear de deseo.

Los dedos de él continuaron hacia abajo por sus costados y, con cuidado, levantaron la camiseta. Ella elevó los brazos para ayudar y, un instante después, ya no la tenía.

Miró a Darien, sin avergonzarse de la manera en que sus generosos senos intentaban escapar del sujetador, con los pezones erectos, rogando que él los tocara.

Lo vio apretar la mandíbula de nuevo, y notó sus suaves manos en la cintura, buscando la cremallera de la falda. Movió las caderas para ayudar a que la falda bajara. Y entonces se quedó de pie delante de él, esperando que no importara que su sujetador y sus bragas no estuvieran conjuntados.

Él le soltó el sujetador.

Por un momento no ocurrió nada, sólo la miró con atención, cada vez más excitado. Ella estaba a punto de rogarle, cuando posó las manos sobre sus senos, imitando la forma del sujetador, y comenzó a acariciar suavemente los pezones con los pulgares.

Serena abrió la boca, reflejo inconsciente de su deseo de que la saboreara.

Él la miró a los ojos, leyó su expresión y se recreó en el calor de su propio deseo. Y entonces la besó profunda y apasionadamente, explorándola con la lengua. Ella lo acogió, embestida tras embestida, hundiendo las manos en su cabello y sujetándolo así. Él trasladó su beso, siguiendo el camino que sus dedos habían recorrido desde la boca, por su mandíbula, su cuello, hasta llegar al escote y, por fin, hasta las manos que acariciaban los senos. Los juntó para poder lamer ambos pezones al tiempo, y luego los cubrió con su boca.

Serena se apretó contra él, derretida de deseo. Gimió desatada y entonces él se separó.

-¿Quieres que me quite la camisa yo, o lo haces tú? -preguntó jadeante, encendiéndola aún más.

-Permíteme -contestó ella, sin poder resistirse al desafío.

Le costó desabrochar el primer botón, pero luego todo fue sencillo. Fue recreándose en la visión de aquel torso conforme lo desnudaba. Lo recorrió con las manos, sintiendo su calor y firmeza, la aspereza del vello, hasta posarse sobre su corazón, sintiendo su vitalidad. Acarició el pezón con la yema del dedo y observó que se le marcaban más los abdominales. Le quitó la camisa de los hombros. Todo él era músculo fuerte y fibroso.

Entonces, no dudó en descender un poco y quitarle el cinturón. Los pantalones cayeron al suelo y ella se encontró con sus bóxers... y lo que contenían.

Dejó escapar el aire que llevaba reteniendo no sabía cuánto. Con las mejillas ardiendo, intentó liberar la enorme erección. Hasta que, con manos temblorosas, tanto de timidez como de deseo, murmuró:

-Creo que será mejor que lo hagas tú.

Él la agarró de las muñecas y la atrajo hacia sí, entre risas.

-¿No se supone que es la mejor parte? Ella asintió.

-Estoy segura, pero necesito un momento para acostumbrarme.

Él la besó de nuevo, larga y profundamente y, sin avisar, la tumbó en la cama y se colocó encima. Ella soltó una risita, increíblemente feliz de sentir su peso por fin.

-Creo que deberíamos ir muy, muy despacio -propuso él.

Si aquello era ir despacio, que Dios la ayudara si él decidía acelerar las cosas.

Pero sí que fue lento, repartiendo besos y caricias, como había prometido, por todo su cuerpo. Cuando le quitó las bragas y se acercó a su entrepierna, Serena no pudo evitar removerse, consciente de lo que iba a suceder.

-No seas tímida -la animó suavemente.

Ella inspiró hondo. Era cierto, ¿por qué ser tímida? Después de todo, aquélla era su tarde. Alargó la mano y sintió el fuerte muslo de él. Su apetito por explorarlo aumentó. Le gustaba sentirlo con sus manos, ¿cómo sería recorrerlo con los labios? Así que se puso a ello. Nunca había tenido la posibilidad de explorar un cuerpo así, y comprendió por qué los humanos buscaban la belleza y se recreaban en ella.

Agradeció que él la dejara jugar sin decir nada, observándola, y sintió la tensión creciendo hasta que él se apartó de pronto y abrió e l cajón de su mesilla con tal ímpetu que lo tiró al suelo. Daba igual, tenía lo que buscaba. Sonriente, lo vio quitarse los bóxers y ponerse un preservativo. Muy pronto, ella tendría lo que deseaba.

Él asumió el control de nuevo, inmovilizándola con su cuerpo. Y ella lo acogió, deseando que la penetrara.

Pero él no lo hizo todavía. Sonrió como un adolescente y recorrió su cuerpo de nuevo con besos húmedos y largos. Sólo que esa vez llegó hasta su parte más íntima. Añadió los dedos hasta hacerla retorcerse y rogar, a punto de explotar. Ella se agarró a las sábanas, deseando que no acabara todavía, queriendo todo de él, pero incapaz de contenerse.

-No luches contra ello -le ordenó él.

Tampoco podía, se dijo ella, y se rindió por fin a la insistencia de su boca y sus dedos, perdiendo el control con un grito áspero. Todo su cuerpo se tensó conforme el placer invadía cada célula. Mientras se estremecía, él volvió a recorrerla a la inversa: le besó el vientre, contraído de espasmos, y volvió a lamerle los pezones erectos.

Se colocó sobre ella, acariciándole delicadamente la mandíbula. Ella abrió los ojos y se lo encontró observándola atentamente. No podía esconderle nada.

-Tenías razón -admitió jadeante-. Ha sido el mejor.

-No -respondió él muy serio-. Eso sólo ha sido el principio.

Lo dijo con tanta fuerza que casi parecía una amenaza. Medio mareada, ella sacudió la cabeza.

-No creo que pueda...

Y entonces lo sintió, duro y grande, tanteando su humedad. El fuego se apoderó de ella. El corto momento de calma desapareció bajo la tormenta. Él la agarró por los glúteos, moviéndola para acogerlo, arrancándole un grito de deseo.

-Puedes hacerlo -la animó él suavemente.

Lo que no pudo hacer fue contenerse más tiempo. Dobló las rodillas, abriéndose más a él instintivamente. Ella creía que se había soltado en veces anteriores, pero había sido una ilusión. En aquel momento había traspasado los límites. No se guardó nada: ni pensamientos, ni timidez, ni vergüenza, ni autocontrol, conforme se estremecía debajo de él, absorbiéndolo hasta la última pulgada.

Arqueó la espalda y, la dicha fue tal, que se le escapó un ronco gemido.

Suspiró, elevándose para encontrarse con él una vez más, incapaz de creer lo bien que se sentía. Acarició su fuerte espalda, lo besó en el cuello, saboreó la sal en el hueco de su hombro, se recreó en la forma en que aquel cuerpo grande y bello se unía completamente al suyo. Apretó las caderas contra las de él una y otra vez, siguiendo el ritmo que marcaban, cada vez más rápido hasta que alcanzaron una velocidad frenética y sus gemidos salvajes se entrecruzaron. El sudor los bañaba. La temperatura y las sensaciones se elevaron aún más. Ella clavó sus dedos en la espalda de él, haciendo que la embistiera tan fuerte, tan profunda y tan deliciosamente, que gritó hasta alcanzar las estrellas y más allá.

-Abr e los oj os. Serena obedeció automáticamente. Al ver el techo, supo que el mundo seguía existiendo... No había estado segura.

-Mírame.

No pudo oponerse.

Él se había recostado en la cama, de manera que ya no la aplastaba con su cuerpo. Maravillada, Serena contempló la diferencia en sus tonos de piel. Ella tenia un color pálido, mientras que el tono cetrino de él se había realzado con el sol europeo. Sintió el corazón de él latiendo contra su muslo, podía sentir la fuerza de aquel cuerpo entre sus piernas.

Él la miró con expresión impenetrable. Y esbozó una leve sonrisa.

-Eres muy hermosa, Serena.

Ella quiso sonreír, pero no lo consiguió, abrumada de emociones.

-¿Siempre es así para ti?

-No.

Por supuesto que diría eso, era todo un caballero.

-Nunca es así -dijo él ruborizándose, y la besó en la cadera.

Serena estuvo segura de que decía la verdad. Cerró los ojos de nuevo, desesperadamente necesitada de un descanso para recuperarse de la sobrecarga emocional, para negar el lamento de que no habría más que aquel momento.

Darien se tumbó junto a ella, los tapó con la sábana, hizo que ella apoyara la cabeza en su pecho y la rodeó con sus fuertes brazos.

Serena no supo cuánto tiempo durmió. No debía de ser mucho, ya que el sol seguía alto en el cielo. Vio que Darien estaba despierto mirándola con un deseo intenso, pero no supo qué decirle. ¿Cómo expresar la intensidad de lo que sentía?

Él sacudió la cabeza suavemente, como si lo comprendiera. No deberían hablar, las palabras no les harían justicia.

-Dúchate conmigo -la invitó, levantándose de la cama.

Al contemplar su magnífico cuerpo, Serena se encendió de nuevo. Y debió de resultar muy evidente, porque él sonrió.

-Quiero verte llegar al éxtasis de nuevo.

-Supongo que eso depende de ti -respondió ella, sintiéndose poderosa al ver cómo se la comía con los ojos.

Fue la ducha más exótica y erótica de su vida. Al terminar, aún unidos, él la llevó en brazos de regreso a la cama, donde siguió acariciando su cuerpo hasta lograr una respuesta salvaje, apasionada y casi aterradora por su intensidad.

Se quedaron allí tumbados, medio adormilados, durante un rato. Por fin, Serena se estiró, dolorida pero feliz.

-Será mejor que regrese al albergue.

Él no se opuso. Se vistieron en silencio. Mientras salían, a ella no le importó lo que pensaran los demás, su felicidad era demasiado grande. Sólo cuando estuvieron fuera, habló él:

-¿Mañana vuelas a Londres?

-Sí -respondió ella sin mirarlo a la cara.

Aquello había sido lo que había sido, algo increíblemente maravilloso, y no había más que decir.

Darien la acompañó por las calles, luchando por recuperar el control sobre sus emociones. Ella había hecho trizas todo su autocontrol y su cautela. Él había esperado un entusiasmo sencillo y dulce, y se había encontrado con una pasión vehemente que lo había sacudido hasta lo más hondo.

Quería más. La deseaba. Menos mal que ella se marchaba. Porque a pesar de su respuesta tan profunda, era joven e inexperta y él sería un canalla si se aprovechara más de lo que ya lo había hecho. Las aventuras que él tenía eran ocasionales, fugaces, y sólo con mujeres acostumbradas a ese juego. Serena no era una de ellas. Era muy hermosa, la persona más sensual que había conocido... y la más peligrosa. Porque, si había logrado que él se abriera completamente en una sola tarde, ¿qué conseguiría si se veían de nuevo? Él había pasado casi una década sepultando sus emociones, y no tenía ninguna tolerancia para ese tipo de riesgo. Ya se había entregado y había perdido demasiado antes, y no iba a arriesgarse a que le sucediera de nuevo.

Tal vez debería sentirse culpable, pero no lo conseguía. Había visto la sensación de plenitud en la mirada de ella, una plenitud que él le había proporcionado, y se había sentido poderoso. Ella se la había pedido, la había aceptado, comprendiendo sin preguntar por qué, que esa tarde sería lo único que podrían tener. Irónicamente, eso le molestó. ¿Por qué ella no deseaba más?

Llegaron frente al albergue. Serena lo miró, aún con expresión de satisfacción.

Sonrió con serenidad y él quiso capturar esa sonrisa en su recuerdo para siempre.

Gracias, Darien. Ha sido el mejor, ¿no crees?

Él asintió, incapaz de hablar. La sujetó por la barbilla y la besó. Su intención era un dulce beso de despedida, para poner fin a una tarde aún más dulce. Pero al sentirla entreabrir los labios, no pudo evitar ir más allá. La sujetó por la nuca y la atrajo hacia sí. Exploró su cálida boca con la lengua. Y al oírla gemir, casi se volvió loco.

Se separó de ella, se perdió en sus ojos color cielo una última vez y se despidió, casi sin aliento:

-Ciao, bella.

Luego, se giró de espaldas y echó a andar. Algo en su interior lo mandaba volver, pero resistió con la determinación que lo había llevado a la cúspide de su competitivo negocio. Eso sí, sacó su teléfono móvil. Tal vez no la viera de nuevo, pero no pudo reprimir el deseo de asegurarse de que su llegada a Londres era segura. No pudo reprimir la necesidad de que estuviera a salvo.

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