ESTA ES UNA HISTORIA MUY BUENA QUE LEI UN DIA ES UNA ADAPTACION DE LA HISTORIA DE PENNY JORDAN CON LOS PERSONAJES DE STEPHANIE MEYER POR LO QUE NADA ES MIO SOLO LA PASION POR LEER NOS VEMOS

ESTO ES UNA PEQUEÑA RESEÑA DE LA HISTORIA:

Título de la novela: El Deseo No Muere (1987)

Título Original: Desire never change (1986)

Editorial: Harlequin Ibérica

Sello / Colección: Bianca 287

Género: Contemporáneo

ESTA HISTORIA TIENE LENGUAJE ADULTO EN ALGUNOS CASOS ABSTENERSE DE LEER A LAS PERSONAS SENCIBLES

Protagonistas: Edward Cullen y Isabella Swan

Argumento:

A pesar del tiempo transcurrido, Bella no podía olvidar la

humillación de que había sido objeto cinco años atrás,

cuando Edward Cullen la había rechazado.

Había transcurrido mucho tiempo, pero las heridas no

estaban curadas por completo. Ella no amaba a Edward,

pero el recuerdo de su rechazo la había convertido en una

persona triste y amargada... El odio era el único

sentimiento que podía albergar su corazón.

Penny Jordan – El Deseo No Muere

Capítulo 9

EN cierta forma, fue un alivio para ella comenzar a pensar en Barnwell y ocuparse en algo. Rosalie mandó las fotografías y los planos de la residencia. Era un sitio típicamente Victoriano, pero hasta que no lo hubiese visitado, no quería hacerse ideas preconcebidas. En todo caso, podía acudir a Edward y consultarle. De cualquier forma, ella iba a trabajar en Barnwell pero no a vivir allí, era Edward quien lo haría.

Cuando conversó con él le confió algunas de sus ideas, Edward se

entusiasmó con sus proyectos.

—Al fin parece que voy a obtener algo bueno de este matrimonio—

comentó él para sorpresa de ella.

—Pero si ya has obtenido suficiente. Has heredado la fortuna de tu tío y fuiste tú quien forzó este matrimonio, Edward, no yo. Ten eso presente por favor. Fui yo la que se vio forzada a ceder, ¿recuerdas?

—Sí, pero con las fotografías que tú insististe en que te tomara.

Recuérdalo también. Y, a propósito, ¿sabe Black algo acerca de ellas?

—¡No! ¡Claro que no!

—Sin embargo, presiento que sabe más de lo yo me imagino. ¿Sabe que fuimos amantes? ¿Sabe acaso por qué te mantuviste pura durante cinco largos años?

En ese instante, sonó el teléfono y Bella se libró de contestar a esas preguntas. En esta ocasión, no permaneció al lado de él para escuchar su conversación, sino que subió a su dormitorio y continuó empacando sus cosas.

Edward le había comunicado que estaba demasiado ocupado por las

presiones que tenía para negociar las series de televisión

estadounidenses. Por lo tanto, el peso de la mudanza recaería en ella.

Bella le preguntó qué haría con la casa de Londres y se desconcertó al escuchar que la conservaría para tener un sitio para él en la ciudad.

—Trata de no parecer tan contenta, Bella—le recomendó él secamente, interpretando mal su reacción—. Pensé en ello, sí... pero no había puesto a pensar en que...

_En que el trauma de mi virginidad evitaría que nos convirtiéramos en amantes ocasionales y en que además fuera un medio para que tú obtuvieras tu herencia, ¡vaya!

—Bella, ¿estás bien? Estás muy pálida.

—Claro que me siento bien. De hecho, estoy perfectamente. Recibí una carta de mi padre esta mañana en la que me hace saber que todo marcha bien en su misión diplomática. ¿Por qué tendría que sentirme mal?

—Bien, entonces no hay por qué preocuparse. Si quieres permanecer como una princesa melancólica en su torre de marfil, llorando por el amor perdido, yo no voy a evitarlo. De hecho, ya sé cómo enfrentarme contigo íntimamente. Sé que no eres precisamente insensible.

Bella se sonrojó sin poder evitarlo, pero alcanzó a responderle:

—Tú sabes muy bien por qué.

—Sí, porque no soportabas el trauma de mi rechazo.

Ella se dio cuenta de que esa conversación no los conduciría a nada, y prefirió callar.

—Bueno tengo que irme—aclaró él—. Debo terminar todo para mañana por la mañana. Iremos a Barnwell antes del mediodía. ¿Necesitas ayuda?

—No, estoy lista. Sólo quedan tus cosas por empacar.

—Lo haré yo mismo—cortó él, despidiéndose—. Bueno, me marcho.

—No falta mucho—fue el primer comentario que hizo Edward desde que salieron de la autopista hacía una hora. Bella dormitaba y de vez en cuando admiraba el paisaje de la campiña.

—Henos aquí. Esto es Barnwell.

Edward aparcó el coche a un lado del camino y Bella alcanzó a distinguir algunas casas donde Edward le señaló que estaba la villa. Siguieron adelante y de pronto llegaron a una enorme residencia color crema, a un lado del camino entre los árboles. Los muros que la rodeaban estaban cubiertos de hiedra y algunas rosas.

—Barnwell Manor—indicó él con orgullo.

—Es preciosa.

—Sí, así es. Siempre he sentido una admiración especial por este lugar, tal vez porque fue el hogar permanente de Rosalie y mío cuando éramos pequeños.

—¿Podríamos ir a echar un vistazo?

Él no respondió, en cambio volvió a encender el motor del automóvil, entrando, a través de una reja enorme, en una serie de jardines que precedían el camino a la mansión. Ese no era el plan inicial. Debían ir primero a casa de Rosalie y luego llegar todos juntos a inspeccionar la residencia. Pero Bella, una vez allí, no pudo resistir la tentación de visitarla.

—Es muy tranquila—susurró ella deleitada.

—Bueno, no cuando Rosalie está aquí con toda su tribu. Pero en fin. A quien yo recuerdo con afecto es a mi tío. Él era profesor y fue el que me inició en la fotografía. Era uno de sus pasatiempos. No sé qué habría sido de Rosalie y de mí sin él. Lo recuerdo con mucho afecto. Realmente lo quería.

—Yo pensaba lo contrario, que lo detestabas por condicionar tu herencia.

—Te equivocas. Él era muy viejo cuando falleció, y la gente mayor hace cosas raras. El condicionamiento de mi herencia fue una de sus... curiosidades.

Edward rodeó la residencia, pero no detuvo el automóvil. Bella lo miró, preguntándole con los ojos qué iban a hacer.

—Mejor esperemos a ver la residencia con Rosalie. Vamos a por ella; ya debe estar preocupada.

Salieron de Barnwell Manor y fueron de regreso a la villa. Poco antes de llegar allá, estaba la casa de Rosalie, no tan suntuosa y enorme como Barnwell Manor, pero cómoda y alegre. Cuando Bella y Edward llegaron, los dos gemelos menores, Ben y Robin, fueron directamente al automóvil a darles la bienvenida. Bella se regocijó. Le gustaban los niños, y éstos eran muy guapos y sanos.

Cuando Bella salió del automóvil uno de los gemelos le preguntó:

—¿Vas a tener un bebé? Estás ancha y gorda.

—Te he oído, Robin MaCarthy. Eso es algo que no te interesa, ¿sabes?— respondió Rosalie al niño, saliendo de la casa a recibirlos.

—No importa—dijo Bella respondiendo a la sonrisa—. Es algo normal.

—Sí, supongo que sí, lo que sucede es que este par es demasiado

inquieto; los otros, los que están de vacaciones en Francia, son mucho más tranquilos. Pero vamos, entrad para que os enseñe vuestra habitación.

—Me quedaré un momento con los niños—indicó Edward mientras

ayudaba a Ben a conducir una bicicleta—. Os alcanzaré en seguida.

Bella siguió a Rosalie y, a medida que observaba la casa, más se

convencía del privilegio que tenía Rosalie de ser esposa y madre.

Subieron por la escalera y avanzaron por un pasillo. Todo estaba limpio y ordenado, pero Rosalie se disculpó con Bella «por el caos».

—Este es el cuarto de huéspedes—señaló Rosalie abriendo una puerta—. El cuarto de baño está en el interior íbamos a daros la habitación de los gemelos que están en Francia, pero tiene camas separadas.

En ese instante sonó el teléfono abajo.

—¡Oh!—exclamó Rosalie molesta—. Debo ir a contestar antes de que los gemelos lo hagan. Mandaré a Edward con el equipaje y luego

almorzaremos.

Bella se quedó en el quicio de la puerta del dormitorio, contemplando la cama de matrimonio y preguntándose cómo iba a resolver ahora la situación de tener que dormir al lado de Edward. Se suponía que eran una pareja romántica y enamorada y debían guardar las apariencias pero eso ya era demasiado. Además, Edward no la quería como esposa y madre de sus hijos. Sólo la tenía a su lado como garantía de su herencia y como la

reconstructora de su mansión. Eso era todo. Él no la amaba y daba sobrada evidencia de que jamás lo haría. Entonces, ¿por qué compartir el lecho con él?

En ese momento, Bella oyó subir a alguien y se asomó a las escaleras. Era Edward, llevando el equipaje.

—¿Sucede algo?—inquirió él al llegar.

—Rosalie nos ha asignado esta alcoba y yo no he querido rechazarla para no ponernos en evidencia.

—Claro, debí imaginármelo. Después de todo, yo sería la última persona con quien compartirías tu cama.

Él se dio la vuelta y no esperó respuesta. Volvió a bajar. Bella no hizo intento alguno por cambiar su actitud y darle ánimos. ¿Por qué iba a hacerlo? Él no tenía razón para enfadarse. No la amaba y ya se lo había demostrado. ¿Entonces?

El almuerzo fue rápido, aunque no frugal. La comida se interrumpió varias veces por los juegos de los gemelos en la mesa, las llamadas de atención de Rosalie, y por las llamadas telefónicas. Después de almorzar, Edward sugirió que fueran a Barnwell Manor. Los gemelos insistieron en ir también y lograron convencer a Edward.

El viaje en coche fue tranquilo, excepto por las travesuras de los gemelos. El recorrido por la mansión, en cambio, mostró diversos aspectos interesantes para Bella. Era un lugar sólido, bello y muy espacioso.

Observándolo con cuidado, Bella comenzó a imaginar que ése era el sitio ideal para tener una familia. Pero prefirió dejar de pensar en ello, debía concentrarse en hacer fácil y rápido su trabajo para no tener que convivir con Edward demasiado tiempo.

—Tendremos que hacer un enorme esfuerzo de imaginación para saber cómo irá a quedar—comentó Edward.

Pero el problema para Bella no era imaginarse cómo iba a quedar la mansión físicamente, sino quiénes la habitarían. Podría vivir allí una familia grande como la de Rosalie. Más aquí en Barnwell Manor, de haber una familia, sería la suya, ¡su familia!

Había tres salones después del vestíbulo y la recepción. Luego, una sala grande, enseguida un comedor pequeño y uno grande. Detrás de ellos, una cocina gigantesca. Todas las habitaciones tenían amplios ventanales que miraban hacia bellos jardines, aunque descuidados. Arriba, había ocho dormitorios con sus respectivos baños y con sendas chimeneas, además de un par de habitaciones para otros usos. Se podían hacer grandes cosas con ellas.

—¿Crees que podrás hacer algo habitable de todo esto?—inquirió Edward con curiosidad.

—Todo depende del presupuesto con el que se cuente para ello—

respondió Bella al bajar por la amplia escalera.

Edward mencionó, una cantidad que hizo que Bella se sorprendiera.

—Recibí parte de mi herencia cuando nos casamos—explicó él—. Así que no debes restringir gasto alguno que consideres necesario. Este sitio significa mucho para mí.

—Debes pensar, Edward, que no puedes establecer tu hogar aquí y

trabajar en Londres—indicó Bella.

—Por el momento, no. Pero voy a dejar de asistir a la empresa de

televisión. Estaré sólo como socio activo y como asesor. No tendré necesidad de trabajar todo el tiempo cuando herede el resto de mi fortuna. Además es una casa que pide a gritos ser habitada por una familia.

—Pero si tú no tienes familia, Edward—observó Bella.

—Pero tengo esposa, ¿no? Ese es un buen principio—respondió él con expresión maliciosa.

—Aquí hay mucho espacio—señaló ella tratando de cambiar el tema.

—Sí. Podríamos colocar juegos para niños—insistió él.

Bella no respondió y apresuró el paso para llegar al automóvil donde Rosalie luchaba por colocar el cinturón de seguridad a los gemelos.

Al regresar a casa de Rosalie, su esposo, Emmett MaCarthy, ya estaba de regreso. El delicioso aroma que provenía de la cocina hizo saber a Bella que Rosalie y Emmett se complementaban muy bien en las tareas del hogar. Él era un estupendo cocinero.

—Supongo que deberemos comer en seguida—comentó Rosalie a Bella—. Espero que no os moleste. Emmett cocina muy bien, pero tal vez no sea el tipo de comida sofisticada a la que estáis acostumbrados.

¡Ah! ¡Si Rosalie supiera! ¿Cuántas veces había tenido Bella que tirar a la basura la cena de Edward sólo porque éste no había llegado a tiempo?

Emmett los saludó al entrar y luego se lavaron para comer. Después de cenar un exquisito pollo a la cacerola, Bella se deleitaba bebiendo a pausas su café.

—Hay que lavar los platos y limpiar la mesa—indicó Emmett a Rosalie.

Bella trató de colaborar, pero de repente se sintió tremendamente cansada. Prefirió disculparse.

—No hay cuidado. No te preocupes—le comentó Rosalie—. Yo también me siento muy fatigada cuando viajo, o cuando estoy embarazada. Ve arriba a descansar, yo avisaré a Edward.

Tuvo que realizar un gran esfuerzo para desempacar, darse una ducha, ponerse el camisón y preparar la cama. Al sacar sus cosas, vio la maleta de Edward sobre una silla. ¿Acaso esperaba que ella le deshiciera su equipaje? Eso sí que ya era demasiado.

Cuando se cepillaba el pelo en el baño, llegó Edward.

—No pretenderás dormir en el baño, ¿verdad?—comentó él con sorna.

Bella se tensó. Una idea surgió de pronto en su mente.

—¿Qué haces aquí?—inquirió ella como si tuviera algún sentido.

—Se supone que es mi habitación también—replicó él—. Y estoy muy cansado como para discutir, así que sugiero que te apresures a salir de ahí a menos que quieras ver cómo me baño.

Ante tal razonamiento, Bella abandonó la loca idea de ordenarle que se marchara. Salió del baño y se fue a recostar en la cama.

—Mira, Edwarrd—señaló ella tajante—. Yo no soy el sustituto de tu amante Lauren Mallory. Así que no empieces a hacerte ideas románticas.

—No, Bella—puntualizó él con aire de indiferencia—. Tú no eres ni puedes ser el sustituto de Lauren. Ella es una mujer decidida y con experiencia. En cambio tú, no eres sino una niña cobarde, tímida e inexperta.

Bella retrocedió, ruborizada. En pocas palabras, Edward le recordaba cuan inadecuada era sexualmente. No pudo reprimir un sentimiento de inferioridad y de vergüenza.

Se acomodó en la cama, haciéndose lo más pequeña que podía. Edward se metió a ducharse y salió desnudo y seco. Ella estaba nerviosa esperando el momento en que ambos compartieran el mismo lecho. Él se dirigió hacia su maleta, sacó su bata y se la puso.

—¿Cómo?—exclamó ella—. ¿Es que no traes ropa para dormir?

—No te preocupes Bella. Estás segura. Duérmete y sueña con tu fulano ése, Black, si es que eso te complace. Sé muy bien que te gustaría mucho que él estuviera en mi lugar ahora y te hiciera el amor. Pero para tu desencanto, él no está ni estará jamás aquí.

Bella y Edward pasaron cuatro días con Rosalie y Emmett. Cada noche, Bella se iba a la cama, con la esperanza de que Edward volviera a hacerle el amor y le confesara que la amaba, pero, por supuesto, ese milagro no sucedió.

Ella trató en alguna ocasión de hablarle en serio sobre Barnwell Manor, pero él evadió la cuestión con indiferencia.

—Haz lo que quieras. Sé que harás un buen trabajo.

—Pero debo ir y venir de Londres por los materiales de decoración.

—Entonces, mañana regresarás conmigo a Londres y recogerás tu coche.

—Pensé que querías que permaneciera aquí aislada—dijo ella con

amargura—. Lejos de Jacob.

—No; tal vez lo que suceda es que no resista la tentación de llevarte a mi cama y hacerte el amor—respondió él.

Bella calló, desesperada. Los dos sabían que él podía evitar la

tentación, pero también que Bella era demasiado vulnerable a él. Apenas esa mañana, ella descubrió que casi había amanecido entre sus brazos, porque su cuerpo lo había buscado en sueños. ¡Incluso dormida lo deseaba! Edward no lo había mencionado, pero sin duda se había dado perfecta cuenta del incidente.

A la mañana siguiente los dos regresaron a Londres. El viaje se realizó en medio de un elocuente silencio. Llegaron a la casa y Edward se fue a su estudio a trabajar. Bella se dedicó a revisar la correspondencia. Después de un par de horas, salió de la casa y abordó su Mercedes para ir a comprar la tapicería y las telas de las cortinas. Mucho más tarde, regresó complacida con lo que había encontrado y adquirido. Ya había planeado hasta el mínimo detalle de la decoración de cada habitación de Barnwell

Manor, y sabía que complacería a Edward.

Sin embargo, llegó rendida. No comprendía bien lo que le estaba

sucediendo, pero era algo raro. Se fatigaba con demasiada facilidad. Llegó y se acostó en el sofá de la sala durante un par de horas. Luego fue a la cocina y se preparó algo de comer. Lo llevó de nuevo a la sala y se puso a ver la televisión. Un programa cómico. Bueno, por lo menos la distraería.

De repente el programa se interrumpió y apareció una noticia de última hora. Había estallado una rebelión en Q'Hoor y el palacio real y la embajada británica habían sido atacadas. Bella soltó el plato de las manos y se puso nerviosa.

¡Su padre! ¿Qué habría ocurrido con su padre? Bella corrió al teléfono y pidió el número de la Oficina de Asuntos Exteriores. Le dieron el número y marcó. El teléfono sonó con insistencia pero nadie contestaba. Bella no sabía qué hacer. ¡Edward! ¡Si tan sólo Edward estuviera allí!

Apresuradamente marcó el número telefónico de los estudios de

televisión. Él debía estar enterado, o al menos sabría qué hacer.

—¿Sí?—era él, Edward.

—¿Edward? Habla Bella. Oh Edward, mi padre...

—Veré qué puedo hacer. Trata de tranquilizarte.

Bella colgó el auricular y trató de tranquilizarse. Edward sabría pronto qué estaba pasando. La empresa de televisión tenía acceso a noticias confidenciales de primera mano para sus propios noticiarios. De repente, el teléfono sonó. Se abalanzó sobre el auricular. Era Rosalie, preguntando sobre el padre de Bella. Ella apenas si pudo explicarle la situación.

Después, se sucedieron otra docena más de llamadas. Todas ellas

similares. Amigos cercanos a Sir Charles que llamaban para saber qué pasaba o en qué podían ayudar.

En cierto momento, escuchó una serie de ruidos en la puerta de entrada de la casa. Bella se precipitó hacia la salida. Era Edward.

—Ah, Bella, he hecho todo lo que he podido. No he conseguido

averiguar nada. ¿Has sabido algo?

—Nada, simplemente nada—contestó ella, tratando de aparentar calma.

Edward se dirigió hacia el teléfono y comenzó a hacer llamadas. En cierto momento, la miró y le sugirió con suavidad:

—¿Por qué no te vas a la cama? Yo indagaré. Usaré todos mis contactos.

La gente de los noticiarios tampoco sabe nada. No existe una versión oficial. Sólo se sabe que estalló una rebelión armada y que, entre otros edificios, fue tomada también la embajada británica. Pueden pasar horas antes de saber qué ha ocurrido con tu padre. Ve a la cama y descansa. Estás exhausta.

—También tú pareces muy cansado. Además, si me voy a la cama no podré dormir y sólo estaré pensando y atormentándome.

Las siguientes horas transcurrieron en un silencio tenso. Una atmósfera agotadora y desesperante. Las llamadas telefónicas de Edward no dieron resultado.

—El problema es que hay salida de información de Qu'Hoor—señaló

Edward—. Ni siquiera el servicio secreto de la Oficina de Asuntos Exteriores, sabe algo. La única noticia es que la embajada fue tomada. Punto.

El tiempo transcurrió con una lentitud pasmosa. A las dos de la mañana, Edward se dirigió a Bella en tono imperativo.

—Vete a la cama. Yo seguiré telefoneando. Aún tengo dos o tres

contactos que no he usado. Las cadenas estadounidenses en Inglaterra tienen corresponsales especiales en el Medio Oriente y es probable que alguien sepa algo allí. Pero no tiene sentido que tú estés aquí despierta y nerviosa.

Pero Bella insistió en quedarse.

—La verdad es que no podría dormir.

—Toma bebe esto—le indicó Edward sirviéndole una copa de brandy.

Bella bebió el contenido despacio y luego, mirando a Edward, le dio la copa y se dirigió a su dormitorio.

Dos horas después, todavía estaba despierta, revolviéndose en la cama cada vez que sonaba el teléfono. En un momento dado, decidió ponerse una bata y bajar al estudio con Edward. Cuando llegó, él estaba aún hablando por teléfono, sin chaqueta, sin corbata, con la camisa abierta y con aspecto de estar exhausto.

Cuando vio a Bella, colgó el teléfono.

—No debes preocuparte Bella—le dijo—. Tu padre está sano y salvo. Al parecer, él estaba fuera de la capital de Qu'Hoor en el momento de la rebelión. Realizaba un recorrido por el interior del país, invitado por algunos funcionarios. Cuando el golpe de estado estalló, él no regresó a la capital, sino que atravesó la frontera en un jeep. En estos momentos se encuentra en Arabia Saudita, pero debido a las tensiones, las noticias no han sido confirmadas. Él debe enviar de inmediato un comunicado. Pronto tendremos noticias suyas. No hay ya por qué preocuparse.

Bella avanzó y se arrojó a sus brazos, agitándose al espirar su aroma y sentir su cuerpo viril. Estaba sollozando de alegría en los brazos del hombre que amaba porque su padre estaba a salvo.

—No puedo creer que esté vivo y seguro. Temía tanto que algo le hubiera sucedido. Él es lo único que tengo.

—Además de mí.

Bella sabía que Edward trataba de animarla, pero no pudo reprimir el que su corazón diera un vuelco al oírle decir eso con tanta ternura.

—Debes estar muy cansado—musitó Bella a su oído.

—Ummm... sí. Además, necesito una ducha, pero eso va a ser algo

difícil... difícil de lograr ahora mismo...

—¿Por qué?

Los dos susurraban las palabras al tiempo que se acariciaban. En ese momento, el teléfono sonó y Edward corrió a levantar el auricular. Era la agencia del servicio secreto de la Oficina de Asuntos Exteriores. Se confirmaba que Sir Charles, estaba sano y salvo, y lejos de Qu'Hoor. Edward se lo hizo saber a su mujer.

—Hasta aquí está bien—indicó él—. Dejemos que quienes quieran saber qué sucede lo averigüen por sí mismos. Te has puesto mi bata, Bella. Y yo no puedo irme a dormir sin ella; a ti no te gusta que ande desnudo por ahí.

Bella se miró a sí misma sorprendida, y se dio cuenta de que había confundido la bata de Edward con la propia.

—Eso significa que, en este momento, uno de los dos debe desnudarse. ¿Llevas ropa interior?—inquirió él con malicia.

No, Ella no llevaba nada debajo.

—Olvidémoslo entonces. Tratemos de irnos a descansar, a dormir por el resto de la noche al menos. Vamos—dijo él y la levantó en brazos—. Si no te llevo en brazos te dormirás de pie.

Él la llevó hasta su dormitorio y la depositó con suavidad en la cama Después, se fue a su propia habitación. Bella tenía puesta aún su bata, y cuando Edward regresó, ella dormitaba. Él estaba desnudo, aún tenía el cabello mojado por la ducha.

—Vengo por mi bata. No puedo dormir sin ella.

—No—musitó Bella apretándose la prenda—. No te la lleves, déjamela. Huele a ti.

—Oh, Bella; si es mi aroma lo que deseas, te ofrezco algo mejor que mi bata.

Edward se inclinó hacia ella y comenzó a acariciarla. Bella no hizo intento alguno por protestar y extendió los brazos para atraerlo hacia sí.

—Mmmm—murmuró ella con placer, mientras se acomodaban el uno

cerca del otro para dormir. No harían el amor esa noche, pero se

disfrutarían mutuamente. Si no estaba en los brazos de Edward, por lo menos lo tenía junto a ella, durmiendo a su lado. ¿No era suficiente por el momento?