¡Hola! Esta es mi primera historia de CdHyF así que espero, al menos, no hacer demasiado el ridículo.

Advertencias.

He cambiado algunas edades para adecuar el fic. Arianne nació en el 277 AL y Robb en el 283. He cambiado el año de nacimiento de Arianne para el 281 (cuatro años menos). La historia se desarrolla en el año 301 AL. Las edades de los demás no las he cambiado. Sansa nació 3 años después de Robb; Arya, 6; Bran, 7 y Rickon, 12. Trystane Martell es un año mayor que Arya.

Este fic contendrá lenguaje obsceno, muertes de personajes, lemmon y escenas que pueden herir sensibilidades.

Quiero que quede claro que deseo desarrollar algo más que una relación amorosa a lo largo del fic (y la pareja principal es, obviamente, Robb y Arianne). Voy a tratar lo mejor que pueda las intrigas, problemas, pensamientos, sensaciones, engaños de muchos personajes. Al principio le di muchas vueltas sobre si hacer POV sólo de personajes que no lo tenían, pero viendo está avanzando esto, afirmo que necesito y necesitaré tanto a los que sí lo tienen como los que no: Eddard, Bran y también Robb, Arianne, Elia... ya los iréis viendo.

¿Qué habría pasado si… Jon Arryn no hubiese muerto? Las relaciones entre las casas continúan.

Disclaimer: ni los personajes, ni los lugares me pertenecen (porque son de George RR Martin). Nada es mío excepto este humilde What If.

05-12-12. Editado el 11—08—2013


ROBB


Theon había insistido hasta la saciedad en ir al Leño Humeante, la posada que hacía las veces de burdel. A Robb no le entusiasmaba especialmente la idea, su padre no lo consideraría algo bueno y, sin duda, algún día acabaría enterándose. Él era el heredero de Invernalia, todos allí le conocían. Tampoco le parecía muy grato pagar por sexo, pero no iba a ser hipócrita: no era su primera vez allí, sino la segunda, en realidad. Siendo honestos, su "estreno" —como solía llamarlo Theon, acompañado de un codazo— fue en ese mismo lugar con una de esas chicas que merodeaban la posada en busca de clientes. Tenía entonces quince años y el kraken lo había convencido de la forma más boba posible. Y él había caído porque lo quería casi tanto como quería a Jon. Casi. Aún así, se dejaba influenciar por él.

Recordaba aquella primera vez espantosa, nerviosa y sumamente torpe. La chica por poco le doblaba la edad y lo miraba con cierta ternura. Las risas y los gritos de Theon desde el otro lado de la puerta no lo habían ayudado en absoluto a concentrarse. Desde aquella primera noche en compañía femenina, Robb había dormido con otra criada de Invernalia, una chica de su edad, de pelo castaño y ojos vivos, cuya voz segura y sedosa le aseguró que Lord Eddard y Lady Catelyn no sabrían ni una cuarta parte de lo que su querido primogénito sabía hacer. En Puerto Blanco, en las escasas visitas que hacía a los Manderly, tonteaba con otra chica; aunque nunca llegó a pasar nada. El honor de Robb estaba sucio por todas partes, o eso creía.

—Menudo imbécil.

—¿Quién? —preguntó Robb a su interlocutor, ajeno a su monólogo. El frío le cortaba la piel y al hablar sus respiraciones volaban en el aire.

—Nieve. Le digo que le invito a una puta y no viene. Eso me pasa por generoso.

En cambio, Theon Greyjoy daba un gran uso de los burdeles del Norte y a lo que no eran los burdeles, también. En eso era muy diferente a Jon Nieve, y lo prefería. Eran como la mañana y la noche, el blanco y el negro. Robb se consideraba más gris, en un equilibrio entre ambos. Cuando fuese señor de Invernalia, Theon seguiría allí apoyándole, como uno más de la manada. Jon ocuparía el puesto de capitán de la guardia de la casa Stark. Prácticamente lo tenía todo planeado aún faltando mucho tiempo para ello.

—¿Has pensado ya en cuál quieres esta noche? Decídela bien… es la última puta norteña que probarás en meses.

—¿Meses? Mi padre ha dicho que será un viaje corto.

—Hasta el Sur los viajes siempre son largos, Stark.

Al día siguiente debían partir hacia Dorne, al otro extremo del continente, no había tierra más lejana desde Invernalia. Robb jamás había estado allí y por ello le resultaba muy atractiva la idea de ir, aunque fuese por una ejecución. A Ser Jorah Mormont, antiguo señor de la Isla del Oso, lo habían sorprendido traficando con esclavos unos años atrás. Cuando su señor padre fue a impartir justicia, el cobarde Mormont huyó a las Ciudades Libres, haciéndose mercenario y perdiéndosele la pista por completo; pero hacía unos días, Lord Stark había recibido un cuervo informándole de que Mormont se encontraba en Costa Salada. Su padre se había puesto un contacto con Lord Tremond Gargalen para retener al Oso en caso de volver a irse del continente.

Robb no disfrutaba precisamente de las ejecuciones, mas sabía que eran necesarias. Un hombre malvado debe pagar sus crímenes, debe obtener un castigo. El señor de Invernalia jamás usaba un verdugo. Escuchaba las últimas palabras del acusado y luego, con una particular elegancia, bajaba a Hielo, el mandoble de acero valyrio de la casa, lo deslizaba rápidamente por la garganta del hombre —puede que en menos de un segundo— y la ejecución concluía. Digna para cualquier tipo de hombre, sobre todo para un esclavista. Era importante su presencia allí puesto que algún día él se convertiría en señor de Invernalia y Robb deseaba ser uno tan bueno como su padre, sin duda su modelo a seguir.

—Despierta, Stark.

Entraron en el Leño Humeante agradecidos por el calor que ofrecía la posada. Se acerca el invierno, decía el lema de los Stark. Al parecer, por fin había decidido llegar. Los días se volvían cada vez más fríos, las capas de nieve más gruesas y anochecía antes de las seis. El otoño devoraba los árboles en tierras sureñas y las plagaba de colores cálidos. En el Norte, el único color que existía era el blanco.

Fueron a sentarse a una apartada mesa, lejos del jolgorio general. Una de las empleadas, al verlos, los reconoció al instante y fue a servirles vino caliente con especias. Sonrió a ambos hombres y dirigió una pícara mirada a Robb.

—¿No piensas felicitar a mi señor, Assandra? Hoy es su decimoctavo día de nombre —Theon agarró a la camarera por la cintura y la sentó en su regazo con la sonrisa altanera y orgullosa tan característica suya dibujada en el rostro.

—Oh, mis mayores felicitaciones, Lord Stark, mi señor —contestó la chica sonrojándose levemente.

—No, no. Todavía no es Lord, Assie, ni siquiera Ser. Pero es el heredero de una de las más grandes casas de Poniente. Como yo —el hombre del hierro manoseaba la cintura de la chica, subiendo hasta rozar levemente sus pechos y volviendo a bajar las manos. Para él se trataba de un simple juego. Ella se sonrojó fuertemente.

—Lo–lo siento, mi señor –dijo levantándose repentinamente. Se estiró las faldas y mirando de soslayo al kraken susurró—: hoy no. El posadero me ha dicho que hoy no. Hoy solo trabajan las lavanderas.

Sin decir nada más, se dio media vuelta y se marchó. Robb se carcajeó ampliamente al ver la cara de desconcierto de su acompañante.

—Eso dice ahora, pero luego la cogeré por detrás y otro lobo aullará.

—Limítate a las prostitutas, Greyjoy, deja a las posaderas. Esas nunca te dirán que no —aconsejó entre risas. Theon lo miró malhumorado.

—Ahora en serio. Vamos a despachar esto pronto. Lord Eddard apreciará nuestra ausencia en un rato. Todavía debemos hacer los últimos preparativos para el viaje.

«Todavía debemos». Theon los acompañaría hasta Dorne, pues era el pupilo de su padre, o mejor dicho, el rehén de Invernalia. Desde que supieron de la existencia del viaje, no había hablado de otra cosa que de lo picantes que eran las mujeres dornienses. Theon tampoco había estado allí, pero lo había oído. Eso no significaba absolutamente nada, aún así Robb no lo contradijo. Al fin y al cabo, sus viajes se limitaban a ir a Aguasdulces y sólo una vez, todavía muy pequeño para acordarse, a Desembarco del Rey.

«Al menos Jon también vendrá —pensó.— Al menos no tendré que escuchar las depravaciones de Theon solo —rió.» Su señora madre se quedaría gobernando Invernalia y Robb sabía que había expresado sus objeciones a que Jon se quedase con ella. A su padre no le quedaría más remedio que llevarse a su hijo bastardo. «En realidad —se dijo—, será hasta emocionante. Iremos los tres por todo el continente, impartiremos justicia como verdaderos señores.»

Quince minutos después el vino especiado había desaparecido de su copa y se dirigía a una de las habitaciones de la posada. Dejó a Theon elegir a las chicas y cerró la puerta tras de sí. Se estaba quitando la capa, del color del humo —uno de los colores de su casa y a la vez uno discreto para no llamar más la atención—, cuando la puerta volvió a abrirse. Una mujer menuda, con un largo cabello pelirrojo y unos expresivos ojos marrones, entró desnuda en la estancia.

—Buenas noches, mi señor —fue lo único que dijo antes de arrodillarse, bajarle los calzones y darle placer con la boca al heredero de Invernalia.

La noche cayó dando paso a un vasto manto de estrellas. Robb había suspirado, inquieto, saliendo de la posada, admirándolas pensativamente. Se habían quedado un rato más de lo previsto, charlando y bebiendo con Farlen, el encargado de las perreras, quien se había dejado caer por allí.

Ese fue el primer pensamiento que le pasó por la cabeza, la cual amenazaba con estallar de un momento a otro.

Llegaron después de la hora del búho y el maestre Luwin los regañó por irse en la víspera del viaje. Cada uno se dirigió a su alcoba en silencio y cada uno afrontaba en ese momento lo mejor que podía la enorme resaca que los asfixiaba. Aún no había amanecido, pero Robb se puso en pie a duras y comenzó a vestirse. Sus pertenencias ya debían de estar en uno de los carros. Se puso las botas, ató su capa, aquella que había caído al suelo la noche anterior en el Leño Humeante, con un broche de plata en forma de cabeza de lobo huargo. Se peinó un poco con las manos, en un no muy fructífero intento de parecer despierto y arreglado, por lo que su espeso pelo marrón rojizo caía en mechones ondulados y desordenados pese a los esfuerzos.

Salió de su habitación al mismo tiempo que Jon de la suya.

—Buenos días —saludó.

Robb percibió la mirada que su medio hermano le había dirigido durante sólo un instante. Se lo había pasado realmente bien la noche anterior, incluso Assandra, que finalmente sucumbió ante un ebrio y generoso Theon. En definitiva, había sido una buena noche. ¿Entonces por qué se sentía tan avergonzado? Creía haber superado lo de sentirse indecente tras acostarse con una mujer. Su conciencia decía que estaba mal, que la deshonrabas cuando la tomabas. ¿Y si era una prostituta? Sacudió la cabeza negativamente. Ni Jon ni él se habían criado con esos valores. Quizás la próxima vez desoiría al kraken.

Bajaron juntos, mudos, y salieron a la gélida mañana norteña. Robb se recordó que Invernalia despertaba paulatinamente, cuando él y Jon combatían a primera hora del día haciendo resonar las espadas en el patio, por encima de la potente voz de Ser Rodrik Cassel; cuando las criadas comenzaban a preparar el desayuno; cuando Bran, su hermano pequeño, trepaba hasta la Torre Rota para observar toda Invernalia, era realmente cuando el castillo se desperezaba y comenzaba un nuevo día. Por eso no se extrañó al ver a unos cuantos hombres, entre ellos a Jory Cassel, hacer los últimos preparativos. No obstante sí lo hizo al ver a Sansa y Arya, somnolientas, montar en dos yeguas grises.

—¿Qué hacen ellas aquí? —se preguntó en alto.

La voz clara de su padre lo sobresaltó.

—Si anoche hubieses estado aquí y no de festejo con Theon Greyjoy, sabrías por qué las chicas nos acompañan.

Robb se giró para observar el duro rostro de su padre.

—Tu madre y yo estamos de acuerdo en que un joven de dieciocho años debe contraer matrimonio lo antes posible. Sansa y Arya también están en edad de prometerse y un viaje al Sur será perfecto para conocer a vuestros futuros cónyuges.

Lord Eddard Stark se alejó dejando a su hijo visiblemente sorprendido. Jon disimulaba una risilla a unos metros de él. Daba por hecho que algún día se casaría, posiblemente con una norteña, pero un día no muy próximo. Claro que su padre se había casado con la hija mayor del señor de Aguasdulces, así que cabía una posibilidad de que su futura esposa no fuese del Norte.

Arya no pudo contener un sonoro bostezo y Sansa, rígida en la silla de montar y dominándose lo mejor que sabía para dar una lección magistral de modales, parecía casi despierta, aunque sus ojos se estaban cerrando lentamente. «La decisión de los matrimonios y compromisos debió de haber sido precipitada», pensó. «Probablemente cuando vuelva aquí traeré a mi esposa conmigo.» Eso acabaría con todas las salidas nocturnas con Theon, o eso esperaba.


Lucy Jano