09-12-12. Editado el 11—08—2013


LOS LOBOS HUARGOS


El frío de Invernalia mantenía alejadas a las visitas, el sol de Dorne tendría la misma utilidad. Arya se alegraba de llevar una holgada camisa y unos calzones marrones: lucía mucho más fresca que su hermana. Los vientos habían favorecido a la Sirena Azul y para el vigésimo día de travesía desde que habían salido de Invernalia, llegaron a Tor. El Capitán Karo los había dejado en la costa del Mar de Dorne antes de irse a comerciar a Pentos. Tanto los cuatro jinetes libres como los diez hombres de Lord Manderly los acompañaron. Cabalgaron hacia Bondadivina, donde más tarde atravesaron el Sangreverde, hasta llegar por fin a la Costa Salada.

Lord Tremond Gargalen había sido hospitalario con ellos y había dejado que Arya y Sansa descansaran en su fortaleza hasta que su padre volviese. Durante el camino, cuando no encontraban posadas, dormían en tiendas y los huargos hacían guardia toda la noche. Cuando salía la luna, Nymeria, Viento Gris y Dama aullaban largo y tendido. Fantasma, mudo, se quedaba con Jon escuchando a sus hermanos. Su padre parecía feliz cabalgando junto a sus hombres, como si el viaje en barco lo hubiese agobiado en sobremanera. Cada vez que Arya lo observaba con un mapa o al frente de la pequeña columna, ella también se contagiaba de la tranquilidad que desprendía su padre. La última tarde, espoleó su caballo y se paró junto a él.

—Hola, cielo —le saludó.

—Cuando tienes que viajar siempre te llevas a Robb, la próxima vez ¿puedo ir yo también? Me gusta mucho esto —preguntó haciendo un gesto elocuente. Su loba huargo trotaba junto a ella con la lengua fuera.

—Robb debe venir conmigo porque es mi heredero. Debe aprender a comportarse como un señor —contestó—. Tú deberías estar con tu septa.

Deber, deber, deber. Hacer lo que todos esperaban de ella. La septa Mordarne no aparentaba nada cómoda en su montura. Debajo de la toca, la cara huesuda de la septa sudaba. Se estaba escurriendo poco a poco en su silla. Sansa se mantenía erguida con dificultad. Ambas parecían estar pidiendo a gritos una litera y una buena sombra.

—Yo no quiero ser una dama —protestó Arya con terquedad.

—Lo serás, te casarás con buen hombre, y vivirás en su castillo para tener hijos e hijas.

—Sansa está encantada con la idea, aunque aún no veo por qué es maravilloso todo eso. Papá, yo quiero ser arquera. Tengo mejor puntería que Theon. Quiero ser una guerrera como la princesa Nymeria —la huargo levantó las orejas.

—Ya sabes por qué tu hermana y tú habéis venido… —se permitió esbozar una pequeña sonrisa ante el comentario de su hija.

—¿Para conocer la gastronomía de Dorne? Dicen que comen muy picante —aventuró, divertida.

Su padre no pudo ocultar la risa. En alguna ocasión, Ned le había dicho a Arya que le recordaba a Lyanna.

—¿Sabías que en el Dominio la caballería es más admirada que en ningún otro Reino? —preguntó con ternura.

—Eso está muy lejos de Invernalia —respondió la niña haciendo una mueca de disgusto. Sabía por dónde iba su padre.

—Tu madre también se fue lejos de su casa.

—Aguasdulces fronteriza con el Norte.

—Puede que te encontremos un buen esposo.

Arya no había querido escuchar más. Prefería herrar caballos el resto de su vida, vivir sucia y oler a sudor constantemente, antes que unirse a un perfecto desconocido (y sin duda perfecto idiota). A veces envidaba a Jon. Él no tenía que soportar que lo vendiesen como a una montura.


Lord Gargalen se vio en la necesidad de detener a Ser Jorah Mormont y lo encarceló en sus mazmorras. En el patio lo acompañaban Robb, Jon, Theon, Jory Cassel y otros de sus hombres. Ni a Arya ni a Sansa les estaba permitido presenciar la ejecución, ni querían.

En ese momento, en el patio, Theon Greyjoy sujetaba a Hielo mientras él desenvainaba el enorme mandoble de acero valyrio. La eterna sonrisa del pupilo de Lord Stark no se desvanecía ni cuando estaba a punto de presenciar la muerte de un hombre. Robb y Jon estaban detrás de su padre, observando la escena con el semblante serio. Estaban acostumbrados a ello, pero no disfrutaban en absoluto. Ned lo sabía. Los lobos huargos de los chicos Stark permanecían alejados, mordiéndose las orejas mutuamente.

Nadie sabía por qué, pero el Príncipe Oberyn Martell se hallaba presente. Con él traía un reducido séquito, aunque algunos de aquellos hombres eran los señores de Limonar, Sotoinfierno, Bondadivina y Palosanto. Oberyn Martell contemplaba a Ned Stark casi fríamente. El señor de Costa Salada se encontraba a su derecha, pero más próximo al Príncipe.

El acusado tenía la cabeza contra un tocón. Temblaba.

—Ser Jorah Mormont, antiguo Señor de la Isla del Oso, se os acusa de esclavismo y de huir de la justicia del rey y del Norte.

El hombre, entrado en años, murmuró unas palabras. Parecía abrumado, no por estar a punto de perder la vida, sino como si no comprendiese algo.

—¿Cuáles son vuestras últimas palabras? —la voz de Lord Eddard Stark era alta y clara como un trueno.

—Cu-cumplí con lo acordado —susurró entonces el Oso. El Príncipe Oberyn alzó la vista—. Me dijeron que mis crímenes serían perdonados, que obtendría el indulto real.

—¿Insinuáis que la Corona os ordenó traficar con seres humanos para esclavizarlos?

El hombre se humedeció los labios y miró a Ned Stark a los ojos, como si lo estuviera mirando por primera vez.

—N-no. Reconozco mis crímenes. Recibí un cuervo. Y otro, y luego lo acordado. Me encargué de ella. Da-Daenerys.

Lord Stark ocultó su sorpresa como pudo. ¿Acaso Robert Baratheon, su amigo, su Rey, había ordenado la muerte de Daenerys Targaryen? Recordaba perfectamente las atrocidades ocurridas en la Rebelión. Se había mostrado en desacuerdo con Robert sobre el asesinato de Elia Martell y sus hijos. Cuando Stannis Baratheon llegó a Rocadragón y su castellano rindió el castillo, Ser Willem Darry logró escapar con los dos hijos menores de Aerys Targaryen. Robert culpó a Stannis entonces. Después de tantos años, ¿por qué motivo ahora, en ese mismo momento, había ordenado el asesinato de la niña Targaryen? ¿O llevaba desde entonces buscando su muerte? Ned estaba allí para hacer justicia.

—Se os acusa de esclavismo y de evadir la justicia. Además, confesáis que habéis asesinado a una mujer. El peso de la ley caerá sobre vos, Ser Jorah. En nombre de Robert de la Casa Baratheon, el primero de su nombre, rey de los ándalos y los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino; y por orden de Eddard de la Casa Stark, señor de Invernalia y Guardián del Norte, te sentencio a morir.

Cuando blandió la espada y cortó la cabeza de aquel hombre, con un movimiento firme y rápido, sus hijos no apartaron la vista o cerraron los ojos. La cabeza cayó limpiamente en el suelo.

Y las miradas del Príncipe y la suya se encontraron.


—¿Ya? —Sansa interrogaba a su hermano mayor, dejando sus labores a un lado. Estaba cansada y con los nervios a flor de piel. Nunca había presenciado una ejecución, pero la exaltaban.

—Lord Tremond y su hijos han sido generosos y hospitalarios con nosotros. Padre ya ha cumplido con su ocupación. Ahora debemos regresar —Robb sonaba firme y autoritario.

—Las niñas están muy cansadas, acabamos de llegar —intervino la septa Mordane.

Tras la ejecución, Oberyn Martell se había acercado a Lord Stark. Robb recordaba sus palabras, ponzoñosas como el veneno de una víbora.

—Lord Stark, nos sentimos afortunados de contar con hombres como vos. La justicia sigue viva en el Norte y en Dorne —le había dicho. Extendió una enguantada mano a su padre y él se vio en la obligación de estrechársela.

—Es mi deber como Guardián en el Norte, Príncipe —respondió.

—Habéis viajado mucho para una obligación. Podíais haber enviado a un verdugo, pero os ocupasteis personalmente —señaló el dorniense.

—Aquel que dicta la sentencia, blande la espada, Príncipe Oberyn.

—Curioso este hombre, Mormont —comentó cambiando de tema bruscamente—. ¿Daenerys? ¿No era ese el nombre de la hija de nuestro antiguo rey?

—Eso creo recordar —Greyjoy le tendió un trapo con el que limpiar la sangre de la espada. Los hombres de Gargalen ya habían retirado el cuerpo. La sangre, roja y abundante, manchaba el tocón y el suelo. El sol la hacía brillar.

—¿Qué tipo de acuerdo habrá hecho un esclavista con la Corona? Matar a una niña...

—¿Qué insinuáis? —interrumpió Ned Stark. Lo cierto es que ni él mismo sabía cuál había sido la orden dada para Mormont. Estaba claro que no se trataba de una mentira. Nadie se arriesgaría tanto. Ned no sabía que Daenerys Targaryen había muerto, aunque para el Príncipe de Dorne no resultaba nada nuevo. ¿Qué hacía sino allí? Dudaba mucho que él también se hubiese desplazado tanto para ver una ejecución. Mucho menos llevar a cuatro de sus señores dornienses con él cuya única función parecía ser ponerlo nervioso.

—No estoy insinuando nada, Lord Stark. El indulto real, dijo vuestro caballero norteño. ¿Ahora el Rey manda mercenarios a matar niños? Y yo que pensaba que eso era más propio de Tywin Lannister.

«Me tiene» —comprendió Ned—. «¿Qué le digo?» ¿Qué responder ante algo tan evidente? No estaba en posición de defender a Robert. Primero tenía que enterarse de lo que había pasado, quién había dado la orden. ¿Jon Arryn permitió eso?

—Sólo he venido aquí con el propósito de hacer valer la justicia, Príncipe —respondió con calma, sin alterarse.

—Por supuesto. Vos y vuestra familia estaréis extenuados, será mejor que os deje descansar.

Su padre les había apremiado para recoger sus cosas y salir cuanto antes.

—¿Volvemos a casa? ¿Tan pronto? —Arya deseaba seguir en Dorne, caminar por las dunas y bañarse en el Sangreverde.

—Vamos a la capital.

—¿A Desembarco del Rey? —los ojos de Sansa se iluminaron súbitamente y una sonrisa adornó su rostro. Contempló sus ropas, arrugadas tras el viaje—. No sé si traeré ropa adecuada para la corte… —se lamentó.

Lord Stark entró justo a tiempo para escuchar el plañido de su hija.

—Estarás preciosa, Sansa. No debes preocuparte por eso —le aseguró.

—¿Y por qué a la capital? ¡Para eso podíamos haber ido por tierra y no por mar! ¡De todas formas, Jorah Mormont estaba en una mazmorra! —exclamó Arya.

Los Stark estaban en las habitaciones de invitados, en una sala circular de piedra oscura. Jory Cassel custodiaba la puerta. Theon Greyjoy se mantenía detrás de Ned y la septa Mordane recogía lo poco que le había dado tiempo a sacar de sus maletas para pasar la noche allí.

«Tiene razón. Ya estaba en una celda. Estaba desnutrido y los excrementos le llegaban a los tobillos —reflexionó Ned.— Oberyn Martell me estaba esperando. ¿Para qué?»

No era momento de pararse a pensar en ello. Debían irse de allí. Los dornienses tenían la sangre muy caliente y Ned era consciente de que los Martell pedían venganza. Incluso el calmado Doran tendría que estar más que furioso con los Lannister. Pero los leones ahora formaban parte de la familia real, y hablar en contra de ellos era como hablar en contra de su rey. Por mucho que pensase que estaban en su derecho de pedir venganza, no podía expresárselo abiertamente. Jon Arryn bajó sus armas, pero no sosegó sus espíritus.


Estaba a punto de caer la noche. Los caballos se encontraban ensillados y sus jinetes preparados para partir. Sansa estaba exhausta y a la vez muy ilusionada. Nunca había viajado a la capital del reino y, a pesar de las circunstancias, sentía que ese era el momento idóneo para conocerla.

«Papá me buscará un marido en la corte» —se decía—, «por eso me ha traído. Era su plan desde el principio. Me casaré con un caballero. Ojalá sea uno que juste bien.»

Arya, en cambio, murmuraba enfadada a su lado, vestida como una porqueriza. Cuando llegasen a la Corte, se vería en la obligación de prestarle alguno de sus vestidos. Le quedarían grandes, pero no iba a permitir que Arya fuese en camisa y calzones todo el santo día.

—Deberías estar contenta —le dijo Sansa—. Vamos a ir a ver al Rey.

—Muy emocionante —contestó la niña castaña con un tono que indicaba que era de todo menos emocionante—. Al menos podíamos pasar aquí la noche. ¿Era tanto pedir? Quería ver Dorne, quería ver dónde desembarcó Nymeria.

Sansa no le prestaba atención. Estaba pensando en lo bonita que sería la Corte, en los vestidos tan hermosos que usaría la Reina. «Los bailes en la Fortaleza Roja deben ser mágicos» —pensó—. «Ojalá el Rey celebre uno para dar la bienvenida a mi padre. Puede que baile con el príncipe.» Sonrió al pensar que a los reyes les encantaría Dama. «Pensarán que soy fuerte y valiente.»

La columna comenzó a moverse de nuevo. Las últimas luces de la tarde iluminaban el huargo de los estandartes de su padre. Lord Tremond no salió a despedirlos, pero el Príncipe Oberyn sí. Montaba encima de un caballo negro enorme, alto y grueso, con la crin y la cola rojizas. Parecía contrariado.

—¿Os vais tan pronto, Lord Stark?

Sansa miró a su padre, quien hizo dar media vuelta a su semental para poder hablar cara a cara con el dorniense.

—He de resolver unos asuntos pendientes —respondió escuetamente.

El Príncipe posó su mirada en los norteños. Se detuvo en Sansa. La chica se sobresaltó cuando los oscuros ojos la escudriñaron.

—¿No pueden esperar una semana o dos? Mi hermano, el Príncipe Doran, se trasladó hace unos días a Lanza del Sol. Se encuentra un poco débil debido a su gota, pero quería daros la bienvenida a Dorne.

«Oh, no. No.»

—El Príncipe es muy amable —comenzó a decir su padre—. No querríamos importunarlo.

—En absoluto —se apresuró a responder el otro hombre. Detrás de él había llegado su inseparable séquito—. No todos los días el señor de Invernalia se deja caer tan al sur... lo mínimo es que le ofrezcamos nuestra hospitalidad. En Lanza del Sol vos y vuestros hijos podréis reponeros del viaje.

Sansa conocía la mirada de su padre. Y, ante todo, sabía lo que tendría que decir ella en una ocasión como esa. La habían enseñado como toda una dama, y si un noble os ofrecía su techo, debías aceptarlo. Los Martell podrían considerarlo un insulto.

—No puedo dejar de atender mis obligaciones —se disculpó Lord Eddard.

—En ese caso, dejad que vuestros hijos visiten el Palacio Antiguo.


—Comportaos. No desairéis en ningún momento a los Martell —Ned sentía una desazón en el pecho. Si declinaba la oferta de Oberyn, lo vería como una ofensa. Pedía a uno de sus vasallos que encarcelase a un hombre que se le había escurrido años atrás, llegaba a sus tierras y justo después de hablar con el hermano del Príncipe gobernante de Dorne, se iba. Si te invitaban a pasar unos días bajo su techo y comer y beber en su mesa, debías aceptar. Pero Ned no paraba de darle vueltas a la repentina y extraña muerte de Daenerys Targaryen y cuanto más tiempo pasaba, más se convencía de que todo había sido cosa de Robert. Necesitaba hablar con él y confirmar sus sospechas, sus preocupaciones.

«Dejad que vuestros hijos visiten el Palacio Antiguo», le había dicho. No era una sugerencia. Si se negaba, no lo olvidarían. No quería dejarlos allí a todos. Pensaba dejar a Sansa, quizás hiciera buenas migas con el hijo menor de Doran Martell. Pero los dornienses eran muy diferentes al resto de Poniente. Sansa no se sentiría cómoda. ¿Arya? Demasiado pequeña, no podía dejarla sola. Finalmente tomó la decisión de dejar a Robb. Siendo su heredero y un hombre adulto, les parecería adecuado. Robb podría defenderse si algo salía mal. También estarían con él la mitad de su Guardia —Ned pensó que fue un error haber traído a tan pocos hombres, lo reconocía—, los diez de Lord Wyman Manderly y Jon. No podía llevar a Jon a la corte. En realidad, no sabría decir qué creía que era peor: si dejarlo en Dorne o llevarlo ante los Lannister. La reina también se lo tomaría a pecho teniendo en cuenta el número de bastardos de Robert. Pensó en mandarlo de vuelta a Invernalia, pero Catelyn no lo quería allí. ¿Podían salir las cosas de peor manera?

Theon Greyjoy se quedaría con a sus hijos. Los tres juntos eran fuertes. «Y rehenes importantes», comprendió Ned. Oberyn Martell no podría quejarse.

Las chicas viajarían con él a la Corte. Luego podrían irse a Invernalia con su madre y sus hermanos pequeños. A Ned no le gustaba nada el matiz que estaban tomando los acontecimientos. La última vez que las casas dominantes entraron en conflicto, se originó una guerra.

—No te preocupes, padre, estaremos bien —le aseguró Robb.

—¿Y por qué yo no puedo quedarme? —Arya había encajado bastante mal la decisión—. Me portaré bien.

—No hagas promesas que luego no puedas cumplir —Ned le sonrió con dulzura.

—Te juro por mi honor de Stark que no daré pie a ninguna queja.

Ned besó la frente a su hija y dio unas cuántas órdenes. El equipaje de sus hijas, de la septa y el suyo propio ya se había cargado en un carro. Cuatro de sus hombres se habían desplazado hasta un mercado cercano con el fin de comprar alimentos para el camino. Habían podido descansar unas cuantas horas antes de volver a ensillar sus caballos y marcharse. Volverían a coger un barco que los llevase directamente a la Bahía del Aguasnegras, Ned no quería complicarse.

Robb, Jon y Theon salieron a despedirlos a la mañana siguiente. Acababa de amanecer y sería mejor que se pusieran de inmediato en marcha, o el fuerte sol los abrasaría pronto. Jon dio un abrazo y un beso en la coronilla a su hermanita, Robb hizo lo propio con ambas y Theon se limitó a sonreírles de esa manera tan suya. Nymeria posó su cabeza sobre el lomo de Fantasma y después aulló junto a Viento Gris.

Eddard se dio la vuelta para contemplar a los chicos. La capa de color marfil con un fiero huargo bordado ondeaba en la espalda de Robb gracias a la ligera brisa que se había levantado; Jon, unos centímetros más bajo y un paso detrás, vestía de colores apagados y sus botas eran de cuero endurecido. Detrás de ellos, otro hombre había salido a despedirlos, igual que hacía unas horas. Sus ropas eran ricas y rojas, naranjas y doradas. Alzó la vista y haciéndose visera con una mano, enfrentó su mirada oscura contra la helada de Lord Eddard Stark.


Sansa sólo llevaba una hora de camino y se moría del aburrimiento. Habían sido muchas semanas de aquí para allá sin descanso. Las bolsas debajo de sus ojos la alertaron la noche anterior al verlas en un espejo antes de acostarse. Echó una mirada furtiva a los hombres que la acompañaban y comprobó que todos estaban igual de fatigados. Su padre no les había dado ni un sólo segundo de tregua. Giró la cabeza buscando a su hermana pequeña. Detrás de ella sólo había caballos, carros y Dama.

—¿Qué ocurre, Sansa? —preguntó la septa a su lado.

—No encuentro a mi hermana, septa. ¿Estará al término de la columna, hablando con los jinetes libres? No me extrañaría en absoluto —comentó arrugando la nariz casi imperceptiblemente. Las damas nobles no hacían ni mohines ni muecas.

—Disculpa, Varly, ¿dónde se encuentra Lady Arya? —preguntó la septa Mordane con cortesía a uno de los hombres de la guardia de la casa Stark.

El hombre se excusó para ir a buscarla. Al cabo de unos minutos volvió con gesto contrariado.

—No la encuentro, mi señora. Voy a informar a Lord Stark.

A pesar de no estar unidas como dos hermanas deberían estarlo, se preocupó pensando que quizás Arya se había extraviado, lo cual resultaría muy extraño, teniendo en cuenta que, en su mayoría, el paisaje de Dorne eran dunas y montañas.

Lord Stark paró la caravana y la registró él mismo. El caballo de Arya estaba atado a uno de los carros, sin jinete. Varly metió la mano en las alforjas y sacó un pergamino.

«Papá, no te preocupes por mí. Cásame con quién tú quieras, no me importa, pero antes déjame conocer conocer el Sur. Te quiere y se disculpa, Arya.»

Arya no sería Arya si no fuese tan rebelde.


Lucy Jano