EL GUARDIÁN DEL AVATAR

Capítulo 1

Alehk no recordaba la última vez que había tenido tanto frío. De niño había visitado un par de veces el polo sur en invierno, pero habían pasado muchos años desde la última vez. Cuando lo llamaron casi había olvidado la promesa que había hecho siendo casi un niño, se había olvidado del le habían dicho que era su destino. Había llegado a pensar que nunca pasaría, pero Korra había huido a Ciudad República y había trastornado su vida, y él no podía dejar de guardarle cierto rencor por eso.

Tenía una buena vida en el Reino Tierra, tenía buenos amigos, suficientes amigas para pasar el tiempo, diversiones e incluso algunas responsabilidades que lo ayudaban a mantenerse ocupado. Era el muchacho de veinte años que todos querían ser, y ahora debía dejarlo todo atrás por una decisión que había tomado cuando no tenía más que dieciséis años. El recuerdo del trabajo duro de años atrás le pareció repugnante, él había llegado a la meta antes que nadie, había sido el mejor de todos y ahora debía pagar las consecuencias.

Había esperado más de una hora cuando apareció Katara.

- Puedes acompañarnos ahora – le dijo la anciana con su habitual tono cordial.

El asintió y la siguió en silencio. Todos los miembros de la orden parecían preocupados y molestos. Más de uno desvió la vista cuando él pasó a su lado. Se sentó en un extremo de la mesa, al lado de donde se sentó Katara, luego de guardar silencio y dedicarle una mirada despectiva a Alehk, el hombre que presidía se levantó y tomó la palabra.

- Maestra Katara, con todo el respeto, creo que debe estar equivocada, no es más que un muchacho no mucho mayor que la propia Avatar, ¿cómo podría ser él…?

- Todos saben que si hubiera sido mi decisión, Alehk se hubiera quedado donde pertenece. Ha sido la Orden quien lo ha llamado.

- De todos los candidatos – dijo el hombre de cabello y barba blanca – Alehk es el más capaz para la tarea. Por su ascendencia única, él entiende la misión de Korra como Avatar mejor que ella misma…

- Y es el más fuerte de todos los maestros – dijo uno de los maestros-fuego – y eso lo probó más de una vez.

- Y el propio Aang lo señaló siendo apenas un niño pequeño - dijo Katara.

Contra ese argumento nadie tuvo objeciones.

- Joven Alehk, ¿estás dispuesto a aceptar la tarea que te encomendamos? – preguntó el hombre del Reino Tierra que presidía - ¿sabes lo que significa?

- Lo sé y estoy dispuesto – repitió Alehk apretando los puños. El sentimiento casi cuatro años atrás había sido completamente distinto.

- ¿Estás dispuesto a cuidar de la seguridad de la joven Avatar sacrificando la tuya propia?

- Sí, estoy dispuesto – dijo más por orgullo que por convicción.

- Cuidar de la seguridad del Avatar – dijo Katara tomando su mano para que la relajara – es cuidar de la seguridad del mundo como lo conocemos, es cuidar el equilibrio y asegurar la armonía. Nuestra Avatar es muy joven aún y necesitará no sólo de tu cuidado, sino de tu guía – Alehk asintió casi convencido – pero al final – dijo Katara sonriendo – será ella quien te ayude a descubrir quién eres y tú destino. No olvides que sólo ella tiene la sabiduría de cientos de vidas, aún cuando no lo recuerde todo el tiempo.

El viaje del Polo Sur a Ciudad República fue largo, y ni un solo minutos dejó Alehk de pensar en lo desafortunado de su situación. Había dejado atrás una vida cómoda y satisfactoria por cumplir una promesa que había hecho siendo casi un niño, demasiado joven para ver las cosas con claridad. Las imágenes que tenía de Korra se habían vuelto borrosas con el paso de los años. La había conocido siendo muy joven, entonces lo había impresionado mucho y luego de su separación había soñado tantas veces con ella, que sus recuerdos se confundían con sus sueños y ya no estaba seguro de lo que en realidad había pasado entre ellos.

- Llegaremos en cualquier momento – le dijo otro de los miembros de la orden.

- Lukin, ¿hace cuánto que cuidas del Avatar? – preguntó Alehk.

- Hace casi dos años.

- ¿Cómo es el Avatar Korra? – preguntó tratando de aclarar las imágenes de su cabeza.

- Es una chica dura – sonrió Lukin – es muy fuerte, pero más testaruda que cualquier persona que conozcas. Es una un millón, ya lo verás cuando la conozcas. No te dará un minuto de paz – dijo Lukin soltando una carcajada.

- ¡Llegamos a Ciudad República! – gritó uno de los hombres del barco - ¡Isla del Templo del Aire en dos minutos!

La enorme estatua en honor del Avatar Aang fue lo primero que Alehk vio cuando bajó del barco, y eso le infundió ánimos.

- Estoy aquí para cumplir mi promesa Aang – dijo en voz baja – sólo dime cuando esto haya terminado.

Los demás miembros de la orden se presentaron de inmediato con Tenzin, quien estaba a cargo de la seguridad del Avatar, pero Alehk tuvo que apartarse de inmediato. Hacía mucho que no se movía y actuaba como una sombra, el ser invisible había llegado a agradarle años atrás, pero después de su vida en el Reino Tierra lo encontró casi degradante. Entonces la vio por primera vez después de muchos años, y su corazón se aceleró por alguna razón.

Estaba a menos de diez metros de él, parecía al mismo tiempo la misma niña y una persona completamente distinta. Korra había crecido, se había hecho una mujer, la mujer más hermosa que él hubiera visto. En su forma de caminar y en sus ademanes había una contradicción y una confirmación de la que él había conocido. La siguió casi hipnotizado mientras ella y Tenzin caminaban a su entrenamiento de aire-control, si alguien hubiera decidido atacar al Avatar habría tenido éxito porque él no podía apartar los ojos de Korra. Quería hartarse de su imagen, de la imagen que había querido contemplar durante tantos años y que a fuerza de frustración se fue borrando en su memoria.

Pero cuando la vio atravesar los paneles giratorios con la misma gracia de una hoja en el viento le pareció que nunca había visto nada más hermoso en su vida. Era una visión etérea, armoniosa… era perfecta. ¿Cómo había dejado que la frustración le ganara?, ¿cómo se había atrevido a olvidarla?

No le sorprendió enterarse que la joven Avatar se había unido a un equipo de pro-control. Había sido él quien le había hablado por primera vez del deporte en que los maestros más hábiles demostraban quién era el mejor. Korra siempre había querido ser la mejor, y sobre todo había querido que todos se enteraran de que lo era, tal vez por eso el pro-control la había fascinado desde el principio. Habían escuchado juntos un par de encuentros por la radio y podía recordar los ojos de Korra iluminándose, seguramente deseando estar en la arena y ser ella quien ejecutara los movimientos prodigiosos que la llevaran al campeonato. Y ahora su sueño se hacía realidad.

Sus compañeros de equipo eran dos hermanos, el mayor era un maestro-fuego algo pedante y el otro un maestro-tierra. Desde el principio Alehk se dio cuenta de que su relación era más que de compañeros de equipo, y eso le hacía su trabajo más sencillo porque si Korra los consideraba sus amigos podía confiar en ellos, pero tampoco le gustaban las reacciones que Korra provocaba en los muchachos, y mucho menos la que ellos, sobre todo el maestro-fuego, provocaba en ella.

En las sombras del gimnasio había visto los últimos dos entrenamientos, ni siquiera su enfrentamiento con el maestro-fuego al que le había ganado el derecho a ser guardián, y que le había dejado más cicatrices de las que podía contar había sido más difícil. A Korra le gustaba el maestro-fuego, y a él Korra no le resultaba indiferente.

Mientras uno de sus compañeros de la orden le hablaba sobre Amón y los igualitarios, Alehk no podía dejar de pensar en Korra y en el maestro-fuego de su equipo de pro-control. Las emociones de las que le había advertido Katara en realidad existían, y en realidad podían interponerse en su camino si no tenía más cuidado.

- Debo volver al trabajo – dijo Alehk bebiendo el último sorbo de su taza de café.

- ¿Estás seguro que puedes seguir así, muchacho?

- Algo me dice que estos serán los días tranquilos – dijo Alehk.

- ¿Por eso te enviaron a cuidar de ella? – preguntó uno de los maestros de la orden - ¿Porque no eres un maestro y Amón no tiene poder sobre ti?

- Tal vez Aang sabría que esto iba a pasar y por eso te eligió a ti – dijo otro.

- No sólo está aquí porque lo eligió Aang, tuvo que derrotar a los mejores maestros del mundo para ser el guardián, ¿cómo lo hiciste sin poderes?

- Trata de lastimar al Avatar – dijo Alehk – y entonces puedo mostrarte cómo lo hice, de otra forma sería dar demasiada información – dijo riendo.

Cuando Alehk se marchó los demás miembros de la orden siguieron discutiendo sobre el cómo había logrado alguien tan joven convertirse en el guardián. Algunos decían que había aprendido el arte de las espadas del Señor del Fuego Zuko, otros decían que era un hábil bloqueador de chi, otros que era un maestro al que se le permitía hacer sangre-control sólo para cuidar del Avatar, y hubo quien dijo que sólo era un maestro cualquiera que había tenido mucha suerte.