Capítulo Nº 8: Las Cosas Se Ponen Feas.

—Vamos, señorita; llevas una vida entera sentada descansando —esa odiosa voz nuevamente, pero ahora era doble; los gemelos se encontraban en mi habitación dispuestos a arrastrarme a la mesa si era necesario. –Hoy tenés entrenamiento.

Tardé un rato en bajar ya que me había bañado y no sabía que ponerme.

—Buenos días, linda —saludó Arwen con armonía mientras le plantaba un beso en la mejilla.

— ¿A mí no me saludas? —preguntó Aragorn entrando y tomando asiento al lado de su esposa.

Lo miré y pensé: pobre la gente que tiene a este como Rey de Picas. La Elfa me indicó que me sentara enfrente de Legolas y al lado de los gemelos que conversaban animadamente con Oren y la Hojita de Mirkwood.

— ¿Descansaste bien?

—Sí, muchas gracias —decidí ignorar por un momento a los que se encontraban en la mesa y me dedique a comer bien para el entrenamiento que me esperaba, mientras era observada detenidamente por un par de ojos azules que me miraban con un brillo extraño, pero no maligno u odioso.

Una flecha aterrizó cerca del blanco en una diana cercana, otra lo hizo en otro blanco bastante más alejado del original. Tres elfos no podían creer mi puntería; Legolas, Elrohir y Elladan estaban incrédulos de cómo, colocando la flecha correctamente y apuntando como era debido, no podía darle al blanco.

—No sé que me pasa —estaba apenada pero, conciente que Legolas creía que era un desastre, intentaba parecer tan asombrada como los demás. —La otra vez lo hice bien.

—Para algo estás acá —me quitó el arco antes que lastimara a alguien con una flecha descarrilada. —Mira: para empezar, tenés que tomar el arco de esta manera —tomó el arco y me indicó la posición de cada mano. —Tensa la cuerda y, cuando sepas cual es el blanco al que le queres dar, respira profundo y suéltala, como si fuera una extensión de tu brazo —fue un tiro limpio y perfecto, justo en el centro de la diana. Elladan y Elrohir aplaudieron ante la perfección de su amigo.

—Ahora si me creo los cuentos sobre la Guerra del Anillo —se acercó a él, pasando un brazo por el cuello del Príncipe. —Sos genial, Elladan y yo somos buenos en esto pero vos nos sobrepasas mellon-nin.

Miraba con enojo a nuestros acompañantes. Entre ellos siempre había habido confianza, incluso como amigos, al igual que con Elladan; solo frente a sus padres y su abuelo lo respetaban pero, en cuanto estaban solos, bromeaban como si fueran iguales.

—Estamos practicando —tomé el brazo de Legolas para que se soltara del agarre de mi primo y seguir con las prácticas.

—No te apures tanto, Evënya –Elladan se unió a la conversación. —Todavía tenemos varios días para entrenar. ¿Por qué no vamos al lago a refrescarnos? Supongo que todavía esta profundo como para tirarnos del precipicio, ¿no Legy?

—Supones bien. El otro día Oren y yo nos tiramos, esta lo suficientemente profundo como para que no haya ningún accidente.

—Genial; entonces, ¿qué esperamos? —Elrohir y Elladan empezaron a correr mientras Legolas y yo los mirábamos con aire confundido.

—Es la primera vez que veo a los hijos de Elrond actuar tan infantilmente —no era más que la pura verdad. Aunque le tuviese confianza, siempre los había visto serios; incluso estando nosotros tres solos, verlos ahora reír, hacer bromas en público y correr entre los bosques me tenía bastante confundida. Esas actitudes no encajaban con las anteriores.

—Siempre que vienen cambian completamente —me miró con una sonrisa en su rostro y eso significaba que ya no estaba tan enfadado como antes. —Desde que los conozco son así; cómo tenemos casi la misma edad, hay más confianza y se muestran tal cual son. ¿Vamos? —me invitó a correr con él.

Miraba como mis primos se tiraban desde unas enormes rocas que se encontraban a unos cuatro metros del nivel del agua para zambullirse en el lago y salir a los pocos segundos para nuevamente subir. Legolas miraba divertido mientras descansaba en la rama de un árbol; aunque le gustaba bañarse, creía que no podía dejarme sola ya que en ese lugar todavía podían verse algunas arañas. Además, si alguien atacaba, no sería capaz de atacar con la rapidez necesaria, o eso era lo que él pensaba.

—Evënya, Legolas, los estamos esperando —gritó Elladan desde las rocas mientras Elrohir, empapado, agarraba a su gemelo por la cintura y lo tiraba con él nuevamente al lago.

— ¿No queres ir? —preguntó el rubio desde lo alto.

—No me interesa meterme —respondí mientras miraba al par de elfos como jugaban en el agua. —Con la suerte que tengo, seguro que me la pego con la única roca salida que hay y me parto la cabeza –escuché su cantarina risa y mire al Elfo.

—No creo que eso pase, pero si no queres meterte, esta bien –Legolas me miraba con comprensión.

— ¿Por qué no vas vos?

—Porque... –el Príncipe no pudo continuar, algo había llamado su atención hacia el interior del Bosque que estaba en la quebrada. Saltó ágilmente del árbol y tomó su carcaj y su arco sigilosamente.

— ¿Qué es lo que...? —lo miré extrañada.

—Quédate acá. Espera a que los gemelos salgan, no te quedes sola, ¿entendiste? –la serenidad con la que el Elfo decía esas palabras me asustaba. Sin otro aviso, se internó rápidamente entre los árboles dejándome algo atemorizada.