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Sherlock Holmes:

Sinfonía

V

Mordedura


Opening: Out of our hands de Gemma Hayes


Dedicado con mucho cariño a Marpesa Fane-Li y Naoky,

que siempre me inspiran a seguir escribiendo…


Abrió la puerta con calma y cuando lo hizo se llevó una sorpresa al ver hacia el interior. El café se le resbaló de las manos y cayó al suelo; el líquido se esparció por el suelo y John se quedó estático: frente a él, en la silla, estaba sentado, aunque dormido, Sherlock.

Pese a todo pronóstico, el ruido no lo despertó. Parecía inmerso en el sueño, extremadamente cansado, y sólo entonces John comprendió todo lo que Sherlock había tenido que pasar para poder llegar a Cheste tan pronto; no sólo era arreglar todos sus asuntos de trabajo, de los cuales seguramente tenía muchos pendientes, sino también preparar el equipaje, comprar el boleto, tomar el tren, transbordar a otras tres rutas que lo pudieran hacer llegar a la ciudad más cercana, después alquilar un cochero que lo trajera hasta la parte más espesa del bosque, y después caminar, porque Cheste, como sus cuatro pueblos colindantes, estaba rodeado de bosque y varias colinas que dificultaban su acceso, pero por los cuales era también un bellísimo lugar para mudarse y tener una vida maravillosa.

John avanzó lentamente a través del cuarto pequeño, procurando no hacer ruido alguno, y se dirigió directo a la cama.

En realidad no tenía sueño; había dormido mucho encerrado en la estación policiaca, y poco podía decirse que le inspirara tener otro sueño sobre Mary. Así que se sentó en la cama, sacó de su portafolio su libreta de notas, y escribió "Mucho me sorprendería la noche en que Sherlock Holmes apareciera de nueva cuenta frente a mí…"

Hacía mucho que no escribía, y tanto que no lo hacía acerca del detective y sus aventuras. Y, aunque usualmente escribía después de resolver los casos, la vigilia le inspiró a continuar anotando los acontecimientos tal como habían ocurrido hasta ese momento.

Se sentía un tanto incómodo. La presencia del detective era, sin lugar a dudas, un bálsamo en los momentos en que él estaba, pero, por otro lado, estaba algo contrariado respecto a Sherlock. No lo había visto en muchísimo tiempo, y la última vez que lo hizo fue cuando el detective lo miró con decisión, con miedo, con tantas emociones contenidas, y se arrojó de la terraza en Suiza, llevándose consigo a Moriarty.

Después John entendió, gracias al paquete que recibió, que Sherlock había logrado salvarse, y que estaba vivo, allá afuera, en algún lugar, lejos de él y de sus puños dolidos.

Pero la herida había sido demasiado profunda; el sentimiento que tuvo cuando vio a Sherlock cerrar los ojos era realmente abrumador, y lo constreñía hasta tal punto que lo dejó fracturado; fracturas tan profundas que ni su vida marital con Mary lo habían sanado del todo, porque aún en las noches se había sorprendido a sí mismo teniendo sueños respecto al detective, o añorando su olor en la cama. Tenía que admitir que lo extrañaba.

Entonces volteó la mirada y se dio cuenta de que Sherlock estaba tiritando por el frío, así que se puso de pie y arremolinó una colcha alrededor del detective. Sherlock reaccionó de inmediato: abrió los ojos, y después de parpadear intermitentemente varias veces, sonrió, como si nada hubiera ocurrido.

Pero pese a todo pronóstico, pese a todas las fantasías que John había tenido en las que sus puños terminaban por triturar la quijada del detective, pese a todo el enfado y el dolor, algo lo hizo doblegarse y caer al suelo, de rodillas frente a Sherlock, y por un instante se sintió débil, frágil y vulnerable; abrazó a Sherlock, y se quedó ahí un momento, con su mejilla contra una pierna del detective, casi gimoteando. No supo si fue la felicidad de verlo finalmente, el alivio de que estuviera ahí para ayudarlo con el caso de Mary, o simplemente el sentimiento de amistad que tanto los unía.

—John…

—Eres un bastardo, ¿lo sabías?

Pero no intercambiaban miradas, porque John se mostraba renuente a mirar directamente esos ojos color miel.

El silencio de Sherlock fue dominante, demasiado profundo y sólo entonces John volteó a verlo.

—Perdóname —dijo Sherlock.

El detective correspondió al abrazo, y después de un momento, John se quedó dormido, apaciblemente y a gusto.

Lo siguiente que John supo fue que despertó con Sherlock a un lado. El detective estaba dormido, y envolvía con su pierna y su brazo el cuerpo de John, quien, sin saber cómo, había puesto su brazo debajo de la cabeza de Sherlock.

John trató de recordar el momento en que Sherlock se cambió de lugar para dormir, pero no pudo hacerlo, así que se limitó a permanecer recostado otro rato. Si debía ser sincero, hacía mucho que extrañaba despertar con el rostro de Sherlock mirándolo en sueños.

Se levantó poco después, con mucho cuidado para no despertar al detective; aunque Sherlock solía ser de sueño pesado por la mañana. Y después se dirigió afuera. Salió a comprar algo de ropa, porque la que tenía puesta ya estaba demasiado sucia, y porque el resto de su ropa estaba en su casa, adonde no podía entrar.

Regresó al cabo de un rato, con dos cambios más, y después se metió en la ducha. El detective continuaba dormido, y el día prometía ser soleado.

—John, apresúrate porque tengo hambre.

Sherlock le hablaba desde el otro lado de la puerta.

El doctor no tardó en salir, con el pantalón ya puesto. Se vistió afuera mientras Sherlock se limitaba a mirar por la ventana.

—Tenemos mucho por hablar, mi querido John.

—Será mejor que comiences de una vez —refunfuñó el doctor mientras se ponía las calcetas.

—Oh, de ninguna forma, mi querido amigo. No hay peor cosa que aventurarse en un misterio y sus deliciosas pistas sin antes tener algo en el estómago.

—Hablas como un glotón.

—Entre mis escasos defectos podría pecar de eso.

Cuando John terminó de vestirse ambos salieron de la habitación y consecuentemente del hostal. Resultó algo extraño para el doctor hallarse de nuevo caminando al lado del detective, yendo a comer como si ninguna tragedia hubiera sucedido, ni antes del secuestro de Mary, ni antes de Reichenbach.

Se encaminaron a través de un estrecho callejón, con John siempre siguiendo a Sherlock.

La luz del día era totalmente blanca, pues reflejaba la nieve en el suelo; el viento era gélido, a pesar de que el sol irradiaba con todo su calor.

Entraron en un pequeño comedor, donde sólo un par de mesas más estaban ocupadas. Tomaron asiento en la terraza y después de que cada uno ordenara su platillo comenzaron a charlar.

—Mi querido amigo, he venido tan pronto como me lo permitieron los caballos. Espero no haber demorado tanto.

—Gracias por venir, Sherlock. Estaba algo preocupado… y ya que estás aquí… Bueno… siento algo más de confianza, sin duda.

»Todo lo que ha pasado ha sido un tanto macabro, Sherlock. Hay cosas a las que no encuentro explicación.

—Cuéntame todo.

Así lo hizo John.

John le relató todos los acontecimientos sucedidos desde el día en que encontró su casa echa un desastre. Puso especial énfasis en la reacción que tuvo cuando encontró la palabra "Rache" escrita en su cuarto, y, asimismo, explicó lo que sucedió después: la desaparición de la institutriz Rachel, las acusaciones de los dos policías y después del nuevo oficial a cargo de la investigación; también contó, con más tranquilidad, que durante la noche escuchó el aullido de un perro que le recordó sus aventuras en Baskerville, y la forma en que despertó con la ventana de su cuarto abierta. Sherlock mostró especial interés cuando John relató la nota primera que recibió, aquella que parecía estar enviada de parte de Irene.

Sólo al ver la expresión contrariada de su amigo, John recordó que Irene había sido asesinada por Moriarty, y sintió un retorcijón en el estómago a causa de la culpa.

—Suena realmente interesante, amigo —comentó Sherlock.

—No quiero sonar fastidioso ni nada por el estilo. Pero a mí me ha parecido todo menos interesante. Esto está acabando conmigo.

Sherlock se acercó un poco a su amigo y puso su mano sobre la de él.

—Te prometo que resolveré este caso, Johny —Sonrió.— Ahora bien, necesito un poco más de información, ¿te molesta si vamos a la estación policiaca?

—No me lo tomes a mal, amigo, pero lo que menos quiero en este momento es volver a ese lugar. Además… y espero me secundes, creo que sería mucho más provechoso que vayas solo. Aquí nadie te conoce; no físicamente al menos, así que quizá puedas averiguar algo que conmigo los oficiales omitirían.

Sherlock contempló la idea un minuto.

—Suenas un poco paranoico, pero tiene sentido.

—¡Mi esposa acaba de ser secuestrada, por supuesto que estoy paranoico!

—Entiendo. Bueno, hoy mismo iré a la estación y averiguaré cuanto pueda. Ya verás que encontraremos a tu esposa muy pronto.

Terminaron de comer muy pronto, y Sherlock se encaminó hacia la colina en la que estaba la estación policiaca, en tanto John aseguró que iría al hostal para esperarlo y poder discutir acerca de las respuestas.

El doctor llegó a la habitación y cerró la puerta con llave, después abrió la ventana y se sentó frente a ella, a contemplar el extenso bosque verde que era su vecino. Estaba algo nervioso, y un poco ansioso también: confiaba mucho en las habilidades de Sherlock y sabía que éste pronto lograría resolver el misterio acerca de Mary y lo que le había sucedido.

Le preocupaba, sin embargo, el hecho de que su amigo se mostrara tan tranquilo, y no entendía por qué: Sherlock siempre se había mostrado impasible en momentos como estos, siempre era tranquilo, calculador y metódico. Recordó aún con más fuerza la tranquilidad con la que lo dejó en el salón de baile en Suiza, antes de arrojarse con Moriarty. Y una pequeña punzada lo asaltó. Siempre tuvo la idea de que Sherlock sabía que tendría que llegar a esos extremos para vencer a Moriarty.

Pero no podía culparlo. No en ese momento y bajo esas circunstancias. Así que se limitó a esperar, con una extraña desazón respecto al rencuentro con su amigo. Ojalá hubiera sido en otras circunstancias, pensó. Así habría podido darle un golpe en la nariz.

En ese momento sucedió algo. Frente a la ventana, sobre el prado blanco apareció una mujer mayor, anciana, que miraba con fijeza a John. El doctor saltó por la impresión, y después la saludó, sin recibir respuesta. La anciana dio media vuelta, y comenzó a caminar hacia las profundidades del bosque, dejando tras de sí un camino de un rojo escarlata que la nieve fue absorbiendo.

Sobresaltado, John salió corriendo del cuarto y entró por un callejón a la parte trasera del hostal. Caminó hacia el bosque, y pronto encontró la marca de sangre. El camino se prolongaba tanto como el campo visual de John, y se perdía adentro del bosque. John siguió la sangre, totalmente alarmado: la anciana necesitaba urgentemente ayuda.

Entró al bosque, y entonces notó un bulto tirado en el suelo cubierto por la misma manta que la anciana llevaba, ahí donde terminaba el camino de sangre. Se acercó con el alma en vilo, pensando que lo peor le había ocurrido a la pobre mujer, y extendió la mano para mover el cuerpo de la mujer. Se llevó una sorpresa muy fuerte cuando algo mordió su mano y después cuando decenas de serpientes comenzaron a salir del bulto. John se echó hacia atrás unos pasos pero cayó al tropezarse. Las serpientes se desperdigaron por todo el bosque, y sólo entonces John entendió que había sido mordido por una de ellas.

Sintió miedo, se puso de pie y dio la vuelta para volver hacia el pueblo y buscar ayuda. Caminó algunos pasos, pero antes de que pudiera salir del bosque comenzó a marearse y su visión comenzó a fallarle. Todo estaba nublado y su cuerpo no le respondía. Entonces vio la figura de una mujer acercarse, y lo último que supo antes de cerrar los ojos fue que lo arrastraban hacia el interior del bosque.


Ending: In my veins de Adrew Belle