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Capítulo 3, Los Cullen

Nos encontrábamos en el salón de los Cullen. Había sido un viaje largo, ellos ni siquiera vivían en Seattle, sino en Forks. Y cada vez la idea de que me habían estado siguiendo se iba haciendo más grande. Porque si no ¿qué hacían en un supermercado que estaba a kilómetros de Forks?

—Yo os vi, en el supermercado —dije rompiendo el silencio mientras miraba a Carlisle y Esme.

Carlisle asintió, tomando la palabra.

—Sí, debo confesar que hasta ese día no te conocíamos, pero llamaste nuestra atención cuando convenciste a la cajera de que ya le habías pagado —me explicó haciéndome ruborizarme.

Se había dado cuenta de que había robado.

—No tengo dinero y esa es la única forma que tengo de conseguir comida —dije a la defensiva.

—Cariño, no te estamos juzgando —dijo rápidamente Esme, temiendo que malinterpretara las palabras de Carlisle—. Lo que mi esposo quiere decir es que nos dimos cuenta en ese momento que eras especial, como el resto de nuestros hijos, y queremos ayudarte.

Entonces miré a los demás.

—¿Qué dones tenéis vosotros? —pregunté mirando a los cinco.

Ahora que estábamos todos sentados me fijé en que todos eran muy pálidos y de ojos dorados. Parecían familia de sangre de tan parecidos que eran.

—Yo puedo ver el futuro —me informó Alice. Ella era la más baja de las chicas, tenía un aspecto de duendecillo de facciones finas. Su pelo corto era rebelde, con cada punta señalando en una dirección, y de un negro intenso.

Alice me había caído bien desde el primer momento, nunca imaginé que tuviera un don como yo cuando la vi.

—Yo controlo y siento las emociones de las personas—dijo Jasper y le miré, apartando la vista de Alice—. Por ejemplo puedo hacer que alguien se sienta confiado si así lo quiero. ¿Recuerdas cuando ibas a negar la invitación de comer y de repente te sentiste confiada?

Abrí la boca sorprendida. ¡¿Había sido él?!

—Ya decía yo que era raro que de repente me hubiera sentido tan confiada... —dije aún sorprendida.

—Lo siento, pero creí necesario echar una ayudita, de lo contrario ahora mismo no estaríamos aquí —me confesó.

Y tenía razón. Si en aquel momento Jasper no me hubiera "ayudado" a decidirme ahora mismo no estaría con los Cullen averiguando que había más personas como yo. Que, después de todo, no era la única en el mundo con un don.

Era agradable saber que no estaba sola. Que alguien más pasaba por lo que yo. Porque aunque nuestros dones fueran diferentes seguían siendo dones.

—¿Y tú? ¿qué don tienes? —le pregunté a Edward. Él, al igual que Alice, había sido muy agradable conmigo desde el principio.

—Yo leo la mente.

Edward sonrió al ver mi cara de estupefacción.

"¿Estás leyendo ahora mi mente?", pregunté mentalmente poniéndole a prueba.

Sin embargo no me contestó ni mostró signos de haberme oído. ¿Me estaría mintiendo?

Decidí comprobarlo.

—Si lees la mente, ¿qué estoy pensando?

Volvió a sonreír.

—Puedo leer todas las mentes excepto la tuya. Tal vez se deba a que tu don es precisamente controlar la mente humana, puede ser que eso cree una especie de escudo que te haga inmune a cualquier otro don mental. Aunque es sólo una teoría, por supuesto —me explicó.

Sinceramente oír eso me alivió. No me gustaba la idea de que nadie pudiera hurgar en mi mente y mucho menos entre mis recuerdos.

—¿Y vosotros? —pregunté a Emmett y Rosalie.

Ellos me explicaron que, a diferencia de sus hermanos, no tenían ningún don. Aún así era un descubrimiento increíble, tres personas con tres dones increíbles.

Cuando les miraba veía a chicos normales, a pesar de que eran como yo, supuse que en gran parte porque Carlisle y Esme les habían querido y aceptado tal y como eran.

Aunque eso me llevó a otra pregunta ¿era casualidad que todos fueran adoptados? ¿o había algo detrás de aquello?

Decidí indagar.

—Perdonad la pregunta, pero tengo curiosidad, ¿y vuestros padres biológicos? —pregunté mirando a los cinco—. ¿Sabían ellos de lo que erais capaces de hacer?

Esta vez habló Carlisle, recuperando la palabra.

—Bella, antes de nada creo que es hora de que sepas algo que aclarara, en gran parte, tus dudas.

Le miré confundida.

—Mi familia y yo no somos... humanos —le miré sin entender—. Bella, somos vampiros.

Suspiré.

Ahora lo entendía todo. Qué estúpida había sido...

Me levanté del sofá enfadada. Se habían estado burlando de mí todo el tiempo. Seguramente Greene o mi madre les habían conocido y les habían hablado de mí y habían decidido buscarme para burlarse un rato. Y como veían que me tragaba todo lo que me decían ahora me venían con esa gilipollez.

—Pensé que era en serio que queríais ayudarme, ahora veo que sólo me habéis estado tomando el pelo. Me voy.

Y empecé a dirigirme hacia la puerta.

—Bella, no te estoy mintiendo —me intentó convencer Carlisle inútilmente.

—Ya, claro, a otro con esas. Y yo soy una hada, no te jode —repliqué de mala leche.

Pero entonces pasó algo que no me esperaba. Carlisle, que estaba detrás de mí, apareció de repente delante. En una milésima de segundo, asustándome.

Me hice para atrás sin creer lo que acababa de ver. Era como si se hubiera teletransportado. Me giré para comprobar que, efectivamente, Carlisle ya no estaba detrás, sino delante mío.

—¿C-cómo...? ¿cómo has hecho eso? —pregunté incrédula.

—Te lo he dicho, no somos humanos —contestó simplemente.

Me giré y miré al resto que miraban mi reacción.

Les miré sin dar crédito a todo esto. Era una locura. ¿Vampiros? ¿en serio? Pero... ¿acaso existían? ¿o es que definitivamente me había vuelto loca?

—¿Sabes, Bella? Tú y yo nos parecemos mucho —dijo de repente Alice acercándose a mí—. Cuando yo era humana también podía utilizar mi don, obviamente no con la misma claridad, pero lo tenía. En cambio el don de mis hermanos no salió a la luz hasta que no se convirtieron en vampiros.

Me alejé de ellos hacia una esquina intentando asumir toda la información. ¿Había dones que se manifestaban durante la vida humana y otros que no salían hasta que se transformaban en vampiros? Y ¿cómo se habían convertido en vampiros? ¿Les había mordido un vampiro?

¡Un momento! ¡¿Pero qué gilipolleces estaba pensando?! ¡Los vampiros no existían!

Y entonces... ¿cómo había hecho eso Carlisle?

Mi mente era un nido de confusión.

—Bella, sé que todo esto te resultará complicado de asimilar, pero si te estamos contando esto es para que entiendas el porqué queremos ayudarte. Y también para poder responder a tus preguntas sinceramente —dijo Esme con una sonrisa maternal llena de preocupación.

Alice se acercó aún más a mí.

—Es exactamente lo que dice Esme. Era necesario explicarte esto para poder responder a tu anterior pregunta. Sobre dónde están nuestros padres. Ellos están muertos. Murieron hace mucho tiempo —me explicó.

—¿C-cuántos años tenéis? —pregunté aún incrédula. Alice rió jovialmente y se acercó a mí, tomando mi brazo, llevándome de nuevo al sofá—. Será mejor que nos sentemos, esto va para rato.

Y así fue, estuvieron largo rato contándome sus historias. Todo empezó con Carlisle. Él fue el que convirtió a casi toda la familia. Primero fue Edward, que se estaba muriendo de gripe española, luego Esme, que intentó suicidarse tras perder a su bebé. La siguiente fue Rosalie, cuando su prometido la violó junto a sus amigos y la dejaron moribunda en la calle. Y después de Rosalie, Emmett. Al cual salvó Rosalie de morir, aunque el que lo transformó fue Carlisle. Y ya finalmente fueron Alice y Jasper, de los cuales ninguno había sido mordido por Carlisle. Ellos tenían su propia trayectoria como vampiros antes de llegar a los Cullen.

Pero sin duda la historia que más me sorprendió fue la de Alice, a ella le había pasado algo parecido a mí. Su familia, al saber de su don, la habían metido en un manicomio. En cierta forma, era parecido. Al igual que a mí, su familia la había rechazado al saber de su don.

El resto había tenido la suerte de no sentir en carne propia el rechazo de sus familiares, más que nada porque nunca volvieron a verlos y no vieron en lo que se convirtieron. Tal vez era mejor así. Porque la historia de Alice y la mía demostraba que las personas normales, que no disponían de ningún don, miraban con temor y odio infundado hacia lo desconocido. Hasta tal punto de repudiar a tu propia sangre.

—Bella, ¿y tu familia? Nos gustaría saber cómo fue que acabaste en la calle, cariño —me preguntó Esme mientras me apretaba la mano dándome ánimos para que hablara.

Pero... no podía. No me sentía preparada para relatarles toda mi vida. Era demasiado doloroso.

—Preferiría no hablar del tema... —dije agachando la mirada, evitando la mirada de todos.

Se produjo un silencio.

—Nosotros te hemos contado nuestras historias, lo justo sería que tú hicieras lo mismo —replicó entonces Rosalie.

—¡Rosalie! —exclamó Carlisle—. Si no está preparada...

Pero antes de que terminara la frase empecé a llorar, provocando que Carlisle callara y todos me miraran sorprendidos por mi repentina reacción.

Y es que pensar en contar todo lo que me había sucedido me había llevado de lleno a recordarlo. Recordé las violaciones de Phil, recordé el exorcismo, recordé el miedo que me tenía mi propia madre, recordé la marca, recordé el orfanato y todo eso fue más de lo que pude soportar y me eché a llorar.

Esme me abrazó, la cual estaba sentada a mi lado en el sofá.

Todos estuvieron en silencio, sin saber muy bien qué decir.

Cuando conseguí tranquilizarme comprendí que Rosalie tenía razón, pero eso no evitaba que esto iba a ser muy duro para mí. Nunca había contado en voz alta lo que me había sucedido. Pero comprendí que sí quería entrar a formar parte de esta familia tenía que contarles mi historia, al igual que ellos lo habían hecho. Ellos habían confiado en mí y no sólo me habían hablado de sus dones, sino también de su naturaleza. Era justo que yo les pagara con la misma moneda.

Por primera vez alguien se ofrecía a ayudarme desinteresadamente y a cambio sólo me pedían que me sincerara con ellos.

Así que me separé de Esme y me sequé las lágrimas. Esme, al comprender que iba a hablar, me dijo que no hacía falta si no estaba preparada. Pero le indiqué con un gesto que no se preocupara y empecé a hablar.

—La primera vez que usé mi don ni siquiera sabía que lo tenía —dije en voz baja, pero sabía que todos me habían oído muy bien—. Y aún después de utilizarlo no sabía que yo había sido la responsable de lo sucedido. El novio de mi madre me estaba dando una paliza después de haber abusado sexualmente de mí, estaba enfadada y le grité que ojalá se suicidara como había hecho mi padre.

Me quedé callada, recordando el momento.

Pude ver como todos me miraron sorprendidos y tristes por la noticia. Supuse que no se esperaban ese comienzo tan violento, pero es que en mi vida sólo había conocido violencia y odio. No había momentos felices, nunca los había habido para mí.

—Y entonces dejó de pegarme, yo me fui corriendo de allí y horas después oí gritar a mi madre —Esme me apretó la mano dándome ánimos—. Phil se había cortado las venas... murió. Se había suicidado —expliqué lentamente, costándome hablar—. En aquel momento no supe que yo era la responsable. Pero no tardé en darme cuenta de que todo lo que yo decía sucedía, todos me obedecían, incluso cuando soltaba algo sarcásticamente la persona lo hacía sin rechistar.

Suspiré mientras negaba con la cabeza.

—Fui tan estúpida que pensé que mi madre me podría ayudar a entender qué me pasaba, así que un día decidí contárselo —empecé a reír amargamente entre lágrimas, sintiéndome realmente estúpida—, lo único que conseguí es que mi madre me echara de casa y el reverendo me hiciera un exorcismo, mientras gritaba que estaba poseída por el demonio. Mi madre contempló el exorcismo y a pesar de ver cómo sufría no hizo nada por ayudarme. Ese hijo de puta me dio algo que me tuvo enferma durante meses, mi madre pensó que el reverendo había conseguido exorcizarme así que me dejó volver a casa.

—Oh, Díos mío... —susurró impactada Esme mientras se tapaba la boca y supe entonces que si pudiera llorar lo estaría haciendo. Todos me miraban de una forma que nunca nadie me había mirado.

Con tristeza infinita por lo que me había sucedido. Todo el mundo se había dedicado a verme como un demonio que se merecía lo que le pasaba y por primera vez alguien se puso en mis zapatos. Era agradable. Aunque a la misma vez no me estaba resultando fácil contarles todo esto.

Volví a bajar la vista y seguí hablando.

—Obviamente el exorcismo no sirvió para nada, bueno... sirvió para casi matarme, pero no consiguió quitarme el don. Así que se lo oculté a mi madre. Pero dos años después del exorcismo mi madre descubrió que aún seguía teniéndolo y entonces... —tragué saliva y me preparé. Y suspirando me quité la gorra, a la vez que me apartaba con la mano el flequillo—, mi madre me hizo la marca del demonio en la frente y me dejó abandonada en un orfanato.

Esta vez pude ver como todos abrían los ojos como platos, impactados y sorprendidos a más no poder.

Incluso oí algún que otro jadeo de asombro.

Me volví a poner la gorra y seguí hablando.

—El orfanato fue otro infierno, así que no tardé en escaparme de allí y empecé a vivir en la calle valiéndome de mi don. Y bueno... —dije rascándome la nuca algo incómoda.

Antes de darme cuenta Esme ya me estaba abrazando sollozando, sin embargo de sus ojos no salía lágrima alguna, pero supe que estaba realmente afectada por mi historia.

Y por primera vez sentí lo que era un abrazo maternal.