*Capítulo 15: "All I want for Christmas..." (Parte III) – EPISODIO FINAL.


DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.


—¿Helga?

—¿Arnold? —dijo sorprendida, secándose lágrimas tratando que él no las viera—. ¿Qué te trae por aquí? Pensé que estarías viendo el show de Bob Pataki, como todos...

—No... Bueno, sí... Pero ya se calmaron un poco... ¿Te encuentras bien?

—Sí... Eso creo.

—Toma... Te traje tu abrigo. No sé cómo puedes estar aquí, tan desabrigada...

—Uno se hace inmune...

—Sólo póntelo, ¿sí?

—Bien... —dijo mientras lo tomaba.

—Ya son casi las doce y... Vamos a brindar...

—Sé qué hora es, Arnold... —espetó con cierto tono de decepción—. Pero no bajaré a brindar con Bob, ni a ver sus estúpidos reclamos; ni a que me avergüence frente a los niños. No hay nada que festejar para mí, nunca recibiré lo que quiero... —susurró como para sí, esa última frase.

Él la vio con atención, ella lucía triste. Se acercó más.

—¿Por qué estás tan segura de eso?

—Porque... Son cosas que anhelo hace tiempo... Olvídalo, no lo entenderías... —dijo, girando su rostro de lado.

—Podría entender... No siempre debes conformarte con "medias colgando del árbol"... Se acercó más, y antes, colocó una cajita pequeña en el borde de la pared donde estaban. Helga giró sobre sí, y Arnold acortó más aún la distancia. Él dirigió sus manos al rostro de la rubia, acercándose más aun, pero lentamente. Helga sentía que el corazón se le iba a salir del cuerpo.

Arnold rozó sus labios contra los de ella, dándole un suave beso, a la vez que Helga le correspondió, apoyando sus manos en su cuello y espalda. Los primeros fuegos artificiales daban cuenta de que ya era Navidad.

Arnold se alejó un poco y ambos abrieron los ojos.

—Feliz Navidad, Helga.

—Feliz Navidad, Arnold... —dijo como pudo, al sentir que temblaba. Ahí fue cuando Helga divisó la cajita con el muérdago que Brainy le había regalado, y sintió una gran desilusión, al creer que él solo la besó por el muérdago.

—Hey, ¿qué ocurre? —preguntó el rubio, ante la expresión de tristeza de la rubia.

—Nada, yo...

—No digas más. —agregó Arnold, acercándose nuevamente a Helga, con mayor efusividad, regalándole otro beso, mucho más emocionante. Helga se separó de él, a pesar de morir de felicidad.

—¿Por qué hiciste eso? Se supone que el muérdago...

—No fue por el muérdago, Helga... —aseguró Arnold.

—¿Ah, no? —preguntó con temor, y palpitaciones más aceleradas.

—No. De verdad te quiero, —dijo tomando su rostro—. Me gustas mucho, y quizás no me había dado cuenta... Pero… ¡Cielos...! Me encantas.

Helga parpadeó sin comprender.

—¿"Pero"...?

—No hay "peros". —Ella frunció el ceño, confundida aun.

—¿Es tan difícil creer que existe Santa Claus? ¿Que a mí también me dio algo que quería? Esto fue el milagro de Navidad: pasar tiempo contigo, en mi casa, en un apagón, y... ¡mira! ¡Está comenzando a nevar!

—No... Yo... –llevaba las manos a su rostro, incrédula y emocionada—. No puedo creerlo, Arnold. —decía casi llorando.

—¿Eso es un "sí"?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Por supuesto que sí! Cielos... —sollozó de felicidad mientras se dejó caer en un fuerte abrazo hacia él.

—Me alegra mucho todo esto... —acotó Arnold, antes de besarla de nuevo.

—Dios, esto no puede ser real.

—Es real... Y tengo algo para ti.

—¿En serio? ¿Qué es?

—Un collar de cristal.

De la cajita en donde estaba el muérdago, sacó una caja más pequeña.

—Un... ¿Collar? —preguntó dudosa, sin poder creerlo.

—Sí. Sí, Helga. Es mi regalo de Navidad... —dijo el rubio, al tiempo que se colocó detrás y de ella y sostenía con sus manos el sedoso cabello de la chica.

Ahora ella se sostuvo el pelo, para que él pudiera abrochar el collar. Era brillante, con una cadenita de plata y un dije de cristal, en forma de moño. Ese moño de cristal, que sellaba la noche, la Navidad y el amor en lo más puro, ese amor que se llama Pataki, y que Arnold admitió.

Puesto el collar, Helga dejó caer su cabello sobre su espalda por completo. Dio un paso hacia adelante para apreciar el momento, su significado, el arribo de la Navidad, y para sentir en la piel los copos de nieve danzar. Cerró su puño, llevándoselo al pecho, como también cerró sus ojos, todo de espaldas a Arnold, quien observaba intrigado, pero en silencio. Ella susurró un "Gracias..." y miró al cielo. Sólo agregó, "Por favor, ahora haz mi verdadero deseo realidad. Sólo eso te pido...". Volvió a ver al cielo, y giró, para cruzarse con los ojos verdes más hermosos que conocía.

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—Entonces... ¿te gusta? —le preguntó Arnold.

—Me encanta. Es perfecto, todo lo es... —afirmó ella sonriente—. Así que... Ese regalo que tenías hoy en la mañana... ¿Era para mí?

—Sí. No quería que lo vieras antes de tiempo... Y supongo que… El perfume no era para Nadine, ¿no?

Helga abrió los ojos como un verdadero dos de oro, roja de vergüenza.

—¡Arnold! ¿Encontraste a Helga? —gritó desde abajo el abuelo.

—¡Sí! ¡Ya bajamos! —indicó él.

—¡Está bien, le diré a Pataki! ¡Estaba preocupado!

—¿En qué estábamos...? —dijo Arnold, sin recordar lo último que le había preguntado a Helga.

—En que te quería agradecer, es hermoso... Feliz Navidad, Arnold.

—Feliz Navidad, Helga. —dijeron ambos tomándose de las manos y viéndose directamente los ojos. Él le dio un dulce beso en la mejilla y continuaron tomados de la mano unos segundos más. De pronto, escucharon un ruido proveniente de la misma azotea.

—¿Escuchaste eso?

—Sí, pero ¿qué fue?

—No lo sé, vamos a ver, Helga... —respondió él, mientras avanzaron hasta donde había unas antenas.

—¿Quién anda ahí? —Soltó el rubio, con firmeza en su voz. Helga parecía asustada.

—Lamento interrumpirlos, no se asusten... —aclaró una conocida voz, que hacía otros sonidos a plástico y bolsas.

—¿Señor Wartz?

—¿Wartz? —preguntó la rubia.

—Sí, soy yo... —contestó dejándose ver—. Estaba por entrar a la casa...

—¿Entrar? ¿Vestido de Santa? —repreguntó Helga.

—Sí, verás... La Señora Lauren le pidió a Simmons que viniera con un disfraz de Santa; en realidad todo es un plan de dos de los jovencitos... ¿Cómo era que se llaman? —se auto preguntó, rascándose la frente—. En fin... Ella dio todos estos regalos, y yo le pedí ser quien entrara en la chimenea... —Arnold y Helga se miraron entre sí, con extrañez—. ¡Es que a Simmons le quedaba muy grande el disfraz! —explicó Wartz—. Así que, decidí ser Santa por una noche.

—¿"Ella"? —preguntó Arnold.

—Sí, la chica esta... La de cabello negro.

—¿Phoebe? —interrogó Helga.

—¿Hayerdahl? No, no... La otra chica de pelo oscuro...

—¿Rhonda? —sugirió Arnold.

—¡Sí! Wellington Lloyd y el otro chico de peinado gracioso y anteojos... Gammelthorpe.

—¿Curly y Rhonda, complotados en un "plan navideño? ¡Esto es de películas! —gritó la rubia.

—Sí, bueno... Ella compró todo esto, y llamó a Lauren y a los niños del Hogar para que alguien vestido de Santa, se los entregue. Claro, fue difícil hallar un disfraz faltando tan poco para Navidad, pero por suerte, los padres de Hayerdahl y Johanssen me dieron una mano... Si me disculpan, se me hace tarde...

—¡Wow, wow, wow! ¡Eso es demasiada información en muy poco tiempo! ¿Los padres de Gerald y Phoebe, cómplices de Rhonda? —Arnold no salía de su sorpresa—. Pero hay algo que no entiendo... Si Rhonda orquestó todo esto... ¿Dónde están ella y Curly?

—¿No están aquí? —dijo Wartz.

—No, nunca vinieron... —respondió Arnold.

—Entonces no sé... Pero de todas formas, estos regalos deben entregarse...

—Señor Wartz... No quiero ser irrespetuoso, pero... ¿Usted cree que podrá pasar por la chimenea?

—¡Pero qué dices! ¡Que haya aumentado tres o cuatro kilos, no significa que esté obeso o no quepa ahí! Pasaré perfectamente. Ya verás.

—Suerte con eso... —espetó sarcásticamente Helga.

—Bonito collar, ¿quién te lo dio? —preguntó Wartz, con ironía.

Helga se ruborizó, y sin poder responder, desvió la mirada.

—Yo, Señor Wartz. —afirmó Arnold, sin dudarlo.

—Ah... Qué romántico... Felicidades.

—Gracias. —dijo él—. Helga seguía sin reacción.

—Bien, Feliz Navidad, chicos.

—Feliz Navidad... —dijeron a coro el par de rubios.

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—¡Feliz Navidad! —exclamaban todos los que recibieron las campanadas de las doce de la noche, en el sótano de la casa de Arnold. Saludándose entre sí, los buenos deseos no faltaron en absoluto. Estrechando manos y chocando sus vasos de chocolate casi vacíos, la alegría navideña reinaba.

—Gracias, igualmente para ti. —dijo, correspondiendo al abrazo, sintiéndose la chica más feliz en toda la Tierra—. Aún no sé dónde puedan estar mis padres... Bueno, nuestros padres, quise decir. Estoy preocupada, Gerald...

—Calma, Phoebe... Ellos se conocen y probablemente estén juntos viniendo para aquí. Escuché en la radio de Lorenzo que el apagón ya cesó de un lado de la ciudad...

—Eso espero... Así cada uno puede ir a su Hogar...

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—¡Feliz Navidad, Paul! ¡Feliz Navidad, Anna!

—Oye, Ellen... Feliz Navidad... —espetó Axel tímido, sin mirarla demasiado a los ojos.

—Axel, ¡gracias! ¡Feliz Navidad para ti también!

—De nada... Tengo... Algo que quería darte... Ya que no te veré tan seguido como antes... —finalizó con tristeza.

—¿Cómo dices? ¡Claro que nos seguiremos viendo! ¿Y qué es? —dijo, sonriente.

—Toma... Es un retrato, hecho por mí... —le extendió un pequeño paquete.

—¿Es para mí? ¡Wow! Déjame acercarme más al candelero, así lo veo mejor. ¡Es hermoso! ¡Muchas gracias! Se parece mucho a...

—Gracias... Eres tú.

—¿Me dibujaste...? Oh, Dios... Está perfecto, es lo que estaba por decir...

—Sí, jaja... —rió nerviosamente.

—Gracias, Axel. Lo conservaré, me encanta. —él la miró ligeramente ruborizado y sonriente. Ellen se acercó y le dio un beso en la mejilla, sosteniéndose en el niño, apoyándose en su hombro—. Te quiero mucho, y espero que no olvides visitarnos.

—Yo, yo... También, Ellen... —dijo como pudo—. No olvidaré visitarlos...

—Y lo más importante: Nunca olvides ser feliz, ahora tienes una familia... Sé feliz, te lo mereces...

—Gracias, Ellen, tú también...

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—Mira lo que nos perdimos... —susurró como para sí, Helga, mientras veían la adorable escena de los niños.

—No, esto recién empieza... —aseguró él, terminando de bajar las escaleras hacia el sótano. Ella asintió y se perdió en su mirada por un momento—. Creo que es hora, Helga...

—Sí... Iré a buscar a los míos.

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—¡Feliz Navidad a todos! —exclamó Arnold, llamando la atención general. ¿Por qué no subimos? ¡Tal vez viene Santa Claus!

—¡Pero es un muy temprano, Arnold! ¿No crees que irá a las otras casas primero? —bufó Harold, ante la sorpresa de sus amigos.

—¿Y qué le pediste este año, Harold? ¿Una muñeca, o un juego de té? ¡Jajajaja! —se burlaron Sid y Stinky.

—¡Cállense! ¡Los trituraré!

—Sí, mientras juegas al té con tu "muñeca", jajaja.

—¡Pagarán por eso! ¡Ash!

—¡Chicos, es Navidad, no peleen! —sugirió Lila.

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—¡Helga! ¡Por aquí! —dijo Bob, llamando a su hija menor—. Oye, lamento todo lo que pasó... No quise discutir así con el anciano... Es que... He tenido un mal día...

—Lo sé, papá. No puedo creer que me hayas dicho "Helga"...

—Perdón, hija... Lo único que quería desde que comenzó este día, era llegar a casa, y pasar un lindo momento con mis seres queridos... Y con la nieve, el apagón y todo eso, nada salió bien...

—Pero al menos estamos juntos, ¿no es así? —preguntó Miriam.

—Sí, mamá. Eso es lo importante. —afirmó Olga.

—Sí, familia. Así es. ¡Feliz Navidad! —dijo Helga, sonriente. Los Pataki se fundieron en un abrazo grupal, muy emotivo—. Lástima que no pude darles aun mi regalo...

—En cualquier momento estoy segura que iremos a casa. He oído que la energía está volviendo de a poco en ciertos sectores de Hillwood. —acotó Miriam, con esperanza.

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—¡Sí! ¡Vamos todos arriba! ¿Por qué no vendría aquí, primero? ¡¿Acaso han sido niños "malos"?! —desafió Arnold.

—¡No! —gritaron los aludidos.

—¡No los escucho...! ¿Fueron niños buenos? ¡Griten "sí"!

—¡Sí! —corearon los pequeños.

—¡Oigan! ¿Qué hay de mí? También fui un "niño bueno". —aseguró Kokoschka.

—¡Usted también puede acompañarnos, Señor Kokoschka!

—¡Iupi! —festejó este.

—¡Entonces vamos! ¡Santa sabe que fueron niños buenos! —concluyó el rubio, con la ayuda de Simmons, quien sostenía candelabros y velas, para hacer más organizado el traspaso hacia el living de la casa.

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—Oye, Brainy.

—Aghh... ¿Sí?

—Gracias. Feliz Navidad. —dijo Helga, dándole un fugaz beso en la mejilla, para acompañar al resto hacia arriba.

Brainy llevó su mano a su mejilla, y sonrió, satisfecho.

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—¡Vamos, niños! ¡Sigan a Arnold! —indicaron Lauren y Phil, en medio del griterío.

Cada vecino, llevaba una vela para iluminar la sala. Ya se escuchaban ruidos provenientes de la chimenea. Gran conmoción se generó en el público más expectante: los niños.

—¡Es Santa, lo sé! —exclamaban algunos.

—¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad! —decía una voz, desde la parte de arriba. Copones de nieve caían por la chimenea, pero no había señal —más que la voz— de Santa Claus.

Arnold, algo dudoso, preguntó:

—¿Todo bien, Santa? —la clase, huéspedes y vecinos observaban con curiosidad.

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—Sí, eh... Sólo denme un segundo y yo... Bajaré... (O eso creo... —murmuró Wartz.)

—¡Santa! ¿Por qué no me trajiste un gatito el año pasado? ¡Te lo pedí en la cartita! Me puse muy triste... —se quejó Jennifer.

—¡Oh, no te preocupes! ¡Debo haberme confundido, jojojo! —respondió Wartz, sin saber qué otra cosa decir.

—¡Santa, baja ya! ¡Debes ir a otras casas! —replicó otro niño.

—¡Es que no puedo! —soltó en un grito desesperado. Arnold se preocupó—. Ya sé lo que haremos. ¿Arnold, verdad? —dijo Wartz, fingiendo desconocer al rubio.

—Sí, así es...

—Y... ¿Simmons, no?

—¡Aquí presente, Señor Claus! —respondió el siempre alegre profesor.

—Bien... ¡Arrojaré los regalos, ustedes deben atraparlos, para que no se rompan!

—¡Bien! —contestaron los aludidos, acercándose más a la chimenea, y viendo hacia arriba.

—¡Pero Santa...! ¡Queremos verte!

—¡Sí! —reclamaban los niños.

—¡Baja ahora! —insistían todos.

—¡Sí, niños! ¡Bajaré! ¡Pero antes quiero entregarles los obsequios!

—¡Síiii! —festejaban exaltados.

Lo que nadie sabía, es que en la azotea, se hallaban los señores Johanssen y Hayerdahl, quienes fueron en esta Navidad, los "ayudantes de Santa Claus". Le alcanzaron a Wartz los paquetes, y este los fue "lanzando" por la chimenea. El griterío de los niños ya no podía medir.

—¡Jojojo! ¡Feliz Navidad! —exclamaba el director, desde arriba. Simmons y Arnold, seguían repartiendo regalos, con la ayuda de varios vecinos, que no salían del asombro por la cantidad de regalos y sobre la identidad de "Santa Claus".

Una vez que se terminaron los obsequios, Wartz intentó comenzar a descender.

—Me tendrán que empujar desde aquí, gente... —les indicó a los padres de Phoebe y Gerald.

—Pero, ¿podrá bajar?

—¡Claro que podré! ¡No soy tan gordo! —respondió ligeramente ofendido.

Los hombres comenzaron a empujarlo, pero el espacio era demasiado estrecho y Wartz acabó atascado.

—¡Ay! —se quejó este.

—¡Santa! ¿Te encuentras bien? —interrogaron los niños.

—Sí, no se preocupen por mí. ¡Sigan empujando! —insistió.

—¿Con quién habla? —preguntó Helga.

—Tal vez con los renos... —afirmó Stinky, muy serio.

—Sí, claro... —replicó Helga.

Johanssen y Hayerdahl ejercieron tanta fuerza contra Wartz, que lograron desatorarlo de la chimenea, y a la vez, caer con ellos.

—¡Ahhhh! —gritaban los tres hombres.

—¡Santa! ¡¿Estás bien?! —exclamaban los niños, mientras los adultos también lucían preocupados.

—¡Papá! —corearon respectivamente Phoebe y Gerald, al verlos.

—¡Hijo!

—¡Phoebe!

—¿Qué le pasó a tu barba, Santa? —cuestionó Axel, al ver la blanca vellosidad —aparentemente falsa— en el pelo del Señor Johanssen.

—¿Mi barba? ¡Ah, no, es que...!

—¡La nieve haber hecho que se le saliera! —concluyó Oskar, ante el asombro general. Phil se cubrió el rostro con sus manos.

—¡Feliz Navidad! —exclamó Wartz, una vez incorporado.

—¡Santa, Santa! ¡Siempre he querido conocerte! —gritaban todos los niños.

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—Papá, ¿dónde está mamá? ¿Y la Sra. Johanssen?

—Están juntas, vienen en camino. Es algo largo de explicar, pero podría resumirse a que por hoy, fuimos ayudantes de Santa Claus, Phoebe. Todo fue idea de tu amiguita, Rhonda.

Phoebe no salía de su asombro.

—¿En serio?

—Sí, hija. En pocos minutos entenderás todo.

—Vaya... Estaba muy preocupada por ustedes...

—Lo sé, cariño, pero siempre supimos que estabas bien, prometo explicarte todo. Pero no quiero arruinar la sorpresa...

—¿Sorpresa? —dijo intrigada—. ¿Cómo sabías que estaba bien?

—Lorenzo nos informaba por su teléfono...

—¿Eran cómplices? Papá, espero que esto sea bueno, me estás asustando...

—Tranquila, hija, será muy emotivo... Ya verás. —respondió calmándola.

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—Ya casi llegamos... —comentó Curly.

—Ay, Dios mío... He esperado por tanto tiempo este momento, que hasta parece irreal. ¡Veré a mi pequeña hija! —exclamó Marianne.

—Estoy tan emocionada como usted, Marianne. —dijo Rhonda, visiblemente ansiosa.

—Y no saben cuánto se los agradezco, chicos. El plan, la búsqueda, el frío que tuvieron que enfrentar para lograrlo... Ustedes son personas celestiales... Fueron mis ángeles guardianes; en un momento que yo ni sabía en cuál de los orfanatos estaba mi niña... Y han llegado en el mejor momento para nuestro reencuentro. —pronunció con los ojos vidriosos—. No sé cómo podré agradecerles todo esto; creo que no alcanzará mi vida para hacerlo...

—Usted no nos debe nada, Marianne.

—Así es, señora. Este es un regalo de Navidad... Usted sólo piense que somos... los ayudantes de Santa. —acotó Curly sonriendo, mientras seguía cargando —como todo ese día—, un pequeño bolso al hombro.

Llegando a la puerta de Sunset Arms, Marianne miró a Rhonda y Curly por última vez, antes de tocar la puerta. La pelinegra la vio complacida y asintió, como dándole fuerzas para avanzar.

Sin más, la mujer tocó la puerta con firmeza, tres veces.

Phil abrió.

—¿Sí, señora? ¿En qué puedo ayudarla?

—Buenas noches, mi nombre es Marianne Watson. Soy la madre de una niña del hogar, Jennifer...

—¡Oh, vaya! —contestó anonadado.

—Hola Señor, soy Rhonda. ¿Se acuerda de mí? —saludó amablemente, asomándose.

—Y yo soy Curly...

—Hola chicos, sí, los recuerdo...

—Vinimos esta noche para que Jennifer se reencuentre con su mamá... —comenzó Rhonda.

—Disculpe que vengamos sin avisar... —prosiguió Curly.

—Adelante, todos están en el sótano. —indicó el anciano.

—Buenas noches... —dijeron dos voces femeninas, detrás de Curly, Rhonda y Marianne.

—¿Señora Johhanssen? ¿Señora Hayerdahl? —interrogó la pelinegra.

—Sí, Rhonda. ¿Cómo has estado, cariño? ¿Usted es Marianne? –

preguntó la madre de Phoebe.

—Sí, mucho gusto... —dijo la mujer.

—¿Todo salió bien, entonces?

—Así es, señora Johanssen... —asintió Curly.

—Bien, adelante todos... Nos congelaremos aquí... —concluyó el abuelo.

De esa manera, ingresaron a la casa de Arnold, dirigidos por Phil. La ansiedad y el nerviosismo de Marianne era tal, que sentía que sus piernas temblaban. Entrando al sótano, Phil anunció:

—Oigan todos, tenemos algunos invitados más...

Los niños dejaron de jugar con sus regalos por un momento; los vecinos de conversar entre sí, y Lorenzo; Simmons; Phoebe; Helga y Arnold prestaron especial atención.

—Hola... —dijo Rhonda.

—¿Rhonda? —se sorprendieron todos—. ¿Dónde estabas? ¿Te encuentras bien?

—Sí, chicos... Estaba ocupada con una de las cosas más importantes que he hecho en mi vida...

—Hola, gente... —la siguió Curly. Todos continuaban asombrados.

—Hemos venido esta noche, con una gran noticia para una personita muy especial que está aquí...

La sala se invadió de un completo silencio ahora.

¿Marianne? —susurró Rhonda. La mujer salió de detrás de las escaleras y se dejó ver.

—¿Jennifer? —preguntó Curly—. Rhonda quiere darte una sorpresa muy especial... Ella encontró a tu madre... —dijo exaltado de emoción. Rhonda no podía creer lo que oyó. Entre la multitud, la pequeña se acercó a ellos, extrañada y al borde de las lágrimas.

—¿Mamá? ¡¿Eres tú?!

—¡Jennifer! —gritó la mujer—. ¡No puedo creerlo! Se abrazaron en un fuerte encuentro, cayendo de rodillas sobre el piso. No era necesaria la energía eléctrica, ni lámparas potentes para ver las lágrimas de emoción de casi todos los que presenciaron esa escena.

Lauren lloraba, en un grado de emoción casi indescriptible junto a Simmons. Incluso Bob, lo hacía.

Arnold, sonreía inundado de la emoción navideña, una vez más. Se acercó a Helga, y tomó una de sus manos. Ella derramó una lágrima y con su mano libre trató de secársela, pero antes él la sorprendió. Al mirarla, se dio cuenta de cuán feliz estaba por la pequeña y sin dudarlo, secó su lágrima, no mediando ninguna palabra. Todo estaba más que claro entre ellos... Helga sonrió feliz, y enlazó su mano junto a la de él.

—¡Dios mío, Rhonda! No me esperaba esto... —sollozaba de felicidad Jennifer. ¿Así que, por eso no habías venido hoy? ¿Tú también, Curly?

—Sí, así es, cariño... Pero las sorpresas no terminan aquí... Curly todavía tiene un regalo más para ti.

—¡¿En serio?! —exclamó la niña.

—¡Sí! Anda, Curly...

—Bien... Sé que te gustará... —dijo él, sacando de su bolso algo pequeño—. ¡Es...!

—¡Un gatito! ¡Oh, Dios mío! Me moriré de felicidad... Esto sí que es todo lo que quería para Navidad...

El minino era de color blanco, con manchitas café y uno de sus ojos verde, y el otro azul. Una preciosura en miniatura.

—Me alegra oír eso, Jennifer.

—Gracias, Curly...

—No tienes que agradecerme a mí, fue Rhonda quien tuvo la idea y quien encontró a tu mami.

—Oh, Dios, ¿es verdad, Rhonda?

—Sí, así es. —reafirmó Curly—, viendo fijamente a Rhonda.

—Eh... Sí, cariño... —asintió, dudosa.

—Eres lo máximo... —agregó Jennifer aun emocionada.

—Feliz Navidad, Jennifer... —dijo Rhonda.

—Feliz Navidad...

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—Rhonda, lo que hiciste fue algo realmente hermoso... Yo... No tengo palabras...

—Gracias, Señor Simmons, pero no lo hice sola... He tenido la mejor de las ayudas: Curly, los señores Johanssen, Hayerdahl —quienes ya se encontraban con sus hijos respectivamente—, Lorenzo, el Director Wartz y usted, aunque no lo supiera, jaja.

—Es increíble, estoy muy orgulloso de ti... —dijo el profesor, feliz, abrazándola.

—Lo aprendí de usted, profesor... Ahora, si me disculpa, hay alguien con quien debo hablar.

Rhonda se dirigió hacia donde apenas minutos atrás estaba Curly, pero este ya no se encontraba allí. Caminó un poco más, hasta encontrarlo.

—¡Curly!

—¿Rhonda?

—Quiero hablar un momento contigo...

—Sí, dime... —acotó él, tan dispuesto como siempre.

—Lo que hicimos hoy...

—No. —la silenció—. Tú lo hiciste, nena. Yo sólo colaboré un poco.

—¿De qué hablas? ¡Si no era por ti, nunca la hubiéramos encontrado! ¡Hoy a la tarde estuve a punto de rendirme y tú me diste fuerzas!

—Sí, pero era tu idea... Y lo lograste, ya puedes estar tranquila, una familia es feliz gracias a ti, y esos son verdaderos milagros de Navidad.

—Curly... Tú la hallaste, ¿por qué me das todo el crédito a mí? No lo quiero.

—Porque te lo mereces, por eso...

—¿Sabes una cosa? —dijo ella—, creo que aquí hay algo más... Que debo agradecerte. —él levantó la mirada—. Estás enfermo; es decir, lo estabas desde antes de buscar a Marianne y nunca dudaste en ayudarme, de todas maneras... —dijo acercándose más.

—¿Qué quieres decir?

—Que he estado ciega durante mucho tiempo... Tú no eres lo que pareces. —Curly cambió su expresión de confusión, por una de pánico.

—¿Y qué es "lo que parezco"?.

—Al principio, y desde siempre, pensé que estabas loco. Que tus palabras eran solo eso: palabrerío. Y lo sé, he sido el ser más arrogante; engreído y estúpido que hay en la Tierra.

—Sigo sin entender, Rhonda querida.

—Tú eres mucho más que eso, mucho más. ¡Fíjate nada más! ¡Lo que hiciste hoy! ¡Por mí! —exclamó elevando los brazos en el aire—. Yo no merezco el crédito... —Curly bajó la mirada—. Y tampoco te merezco a ti... Hoy me di cuenta de eso. —él volvió a mirarla—. Sin embargo, creo que...

Rhonda acortó la distancia entre ella y él, poniéndose en puntas de pie para poder besarlo. La adolescencia, el paso de tanto tiempo habían hecho de Curly, un jovencito ciertamente alto. Claro que él no lo podía creer. No sabía si la fiebre le produjo un delirio así, o si en verdad Rhonda lo besó.

Tomó el rostro de la chica y correspondió el beso, tal como siempre imaginó que sería.

—Yo... Lo siento, Curly. He sido una total idiota contigo. Supongo que nunca creí que en verdad me amabas...

—Rhonda...

—Siempre pensé que era parte de tu locura, esas obsesiones infantiles y yo... —decía nerviosa.

—¡Rhonda! Alto. Yo te amo, y eso no cambiará.

—Pero no te merezco...

—No digas eso. —concluyó abrazándola.

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—Vaya...

—Sí, ¿no?

—Es que no lo creo. ¿Rhonda y Curly?

—Supongo que no somos los únicos que admitieron sus sentimientos esta noche, además de Gerald y Phoebe, Helga...

—En eso tienes razón, Arnold-o. —dijo volteando a verlo.

—¿Te había dicho que eres hermosa?

—Mmh... No. —respondió en una mueca de vergüenza y felicidad.

—Ven aquí... —la tomó de las manos acercándola.

—¿Y si nos ven?

—¿Y nos ven, qué? —preguntó Arnold—. El mundo debe enterarse que te quiero...

Se miraron por un segundo, y luego la besó. En ese momento, volvió la energía eléctrica y todos vieron el beso, —en medio del griterío por el festejo del retorno de la luz—, sorprendidos. Gerald, con buen tino, comenzó a aplaudir. Un aplauso; otro, otro, tentando a todos para que lo imitaran. Así, el par de rubios se vio 'descubierto' y sonrieron en señal de aceptación. Todos abandonaron el sótano, sintiéndose libres del apagón navideño.

—¿Qué tal si ahora vamos a ver la nieve en la vereda?

—Buena idea, vamos… —respondió una rubia muy sonriente, tomando del brazo a su rubio.

"Debe ser que me pediste un día una canción,
que fuera del corazón, ahí te va,
vamos a correr un rato que hay tiempo nomás,
hay tiempo nomás, todo el tiempo…"

Así, todos se fueron sumando a atesorar ese momento, viendo el espectáculo que la nieve ofrecía…

"Vamos a besar la nieve y vamos a volar,
vamos a besar, este cielo,
nada, nada, nunca nada nos va a separar,
somos una llama en el invierno…"

Helga tomó un copo de nieve con su guante, y cerró su puño. Arnold la miró con atención y la abrazó cálidamente.

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"Le pedí al señor que me diera un amor nunca pensé sería tan profundo..."

Se volvieron a besar, y ellos, como los demás, decidieron entrar a la casa nuevamente, porque el frío era demasiado.

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El timbre sonó, y Arnold se preguntaba quién podría ser, ya que eran poco más de las doce y media de la noche.

Al abrir la puerta, un hombre rubio, prácticamente canoso y una mujer castaña, visiblemente cansados, ante la gran cantidad de gente en el interior de la casa, preguntaron:

—Buenas noches, ¡Feliz Navidad, antes que nada! Disculpen, ¿habrá lugar para dos más?

Helga miró bien, y llevándose las manos al corazón, agradeció viendo hacia arriba. Ella sabía por qué.—Gracias, Dios.

—¡¿Eh…?! Todos observaron con sorpresa. Las pupilas de los ojos de Arnold se achicaron del sobresalto, a la vez que sus palpitaciones aumentaron. No sabía cómo reaccionar.

—¡¿Mamá?! ¡¿Papá?! —logró pronunciar Arnold, más paralizado que una mismísima estatua.

Phil no podía creerlo. La nieve comenzó a caer en copos más y más pequeños, definiendo la Navidad, retratándola en una postal... En una Navidad de Cristal…

¿FIN...?

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Hola queridos lectores. Cuatro días más tarde de lo que prometí, el capítulo 15 y último. Estuve ocupada, porque una vez más, es la época de exámenes.

Hasta aquí llegamos y, antes de que me lancen tomates por ese final "entre signos de preguntas", les quiero agradecer el apoyo; comentarios; halagos; follow y favoritos que le dieron a esta historia.

Me encantó hacerla, y creo que sería hermoso ver algún día un capítulo anexo de la serie, que sea así: Navideño y tierno, lo digo con humildad.

En fin, gracias a todos, los voy a nombrar uno por uno más abajo.

Esta idea, nació un 15 de Diciembre del pasado año, cuando me dije: "Oh, acabo de terminar el fic de Misterio, y tengo aún en proceso el de la jungla. Se acerca Navidad. ¿Qué tal si hago un one-shot de navidad? Romántico, con ellos más grandes… Iba a ser un one shot, pero concluí en que sería muy extenso, porque tenía un buen caudal de ideas para desarrollar. Así, dije: "Serán entr capítulos". Belld-chan me suplicó que hiciera ¡100! (no es broma). Entonces, lo alargué a 10. Me atrasé en la narración de la historia, por exámenes y cuestiones así, para darme cuenta de que terminarían siendo 13-15. El 16/01/13 me escribí en un papel, a grandes rasgos las ideas para el final. Quién me hubiera dicho en ese entonces, que tendría casi cinco episodios más...

Seis meses de puro agradecimiento a todos aquellos que le dieron casi 4000 visitas a este sencillo fic; 18 favoritos; 22 follows y, hasta ahora, 28/06/2013, unos 87 hermosos reviews, ¡oh, sí! :3

DISCLAIMER 2: La letra de canción aquí nombrada pertenece a "Los Piojos", se llama "Canción de cuna", no tengo ningún derecho sobre ella. La otra canción que mencioné en varios episodios es "All I want for Christmas", interpretada por Mariah Carey y Olivia Olson, aclaro que no tengo ningún derecho sobre ella.

***Sobre la historia en sí. Helga es bastante diferente a lo que fue en la serie, es verdad. Al principio, reconozco que Rhonda era una total hueca, pero le fui dando su giro de 180°grados, desde que conocieron el hogar. Era mi objetivo en cuanto a esos dos personajes. Espero que les haya gustado cómo quedó.

***Sobre el final. Bien, yo dije que habría muchas sorpresas, y el último párrafo no fue la excepción. Sé que es una especie de final abierto, y he aquí mi duda para ustedes. ¿Les gustaría que haga, en un futuro, un anexo? Esperaré ansiosa sus pareceres.

Amé escribir esta historia. Gracias a todos por leerme. Son tristes las "despedidas", pero me queda la alegría de que les haya gustado.


***Gracias a todos ustedes:

Belld-chan; letifiesta; yamii, madisonslss1; karencythaa, Ami014; sweet-sol; Enmascarada-sm; Myriamj, Affinity; Viickiita15; Pamys-chan; Pipe92; Tsuki Utau; Gelygirl; Allison Doolin; Belldandy tendo; Namida Koe; Danny Nekko; Gabyah; Kimokol1; naoryyamanaka1; Dreamtares; OreoFresa; The Mistress of Pain;cholis19985; keyvanne; ogba95; OreoFresa; Daliachicacereal; Eye'sMoom; Genesareth; Grimm; Yakii-586 y perdón si me olvido de alguien más.

Respondo por PM.

Dios. Qué nerviosismo poner el "Complete". Se me hace un nudo en la garganta…

Hasta la próxima, si la hay... ;)

MarHelga.