Disclaimer: Los siguientes personajes no me pertenecen, fueron ideados por Hiroyuki Takei.

Advertencias: Primero que nada, yaoi, slash o como quieran llamarle y lemon, nada más… o al menos eso creo ^^

– – –

Capítulo I: Vergüenza

Se sentía cansado, el cuerpo le pesaba ya no quería siquiera pensar en lo que estaba por venir en su vida como estudiante y como heredero de todo lo que tenía su familia. Hacía buen tiempo que había comenzado con sus estudios nuevamente y la escuela le estaba destrozando toda su rutina diaria, y eso que todavía no llegaba al momento culminante del año. Pensó que ese año iba a ser más tranquilo, pero no. Descubrió que con el Shaman Fight se había atrasado mucho y le tomaría bastante trabajo repuntar.

Dejó tirada su mochila en el suelo. Hubiera preferido seguir con sus estudios en su propia casa, como decía su padre, pero Jun y sus ideas revolucionarias le habían, prácticamente, obligado a llevar al día una escuela común como el resto de los chicos de China. Tenía deseos de matarle en ese mismo instante, pero no pudo porque era su hermana. Jun había pasado demasiado tiempo con Pilika Usui, hasta parecía que las ideas de ésta se le habían contagiado.

Suspiró pesadamente y caminó por su mansión, aunque no era tan grande como las demás. Sí, los Tao tienen diferentes mansiones para las diferentes épocas del año. A pesar de que buscó y rebuscó, no encontró a nadie. La mansión estaba desierta. Sobre una de las mesas del comedor principal había una nota, la tomó y la leyó. La letra era de su hermana, en ella decía que había salido con unas amigas y que sus padres llegarían más tarde de lo habitual. No le importó mucho esos datos, después de todo había comida, sólo debía calentarla; y no tenía mucha hambre, había comido algo antes de regresar a casa.

Volteó el papel y leyó un dato que le importaba un poco más: Horo-Horo se había marchado a unas clases extras de chino y llegaría tarde, muy tarde. Desde hacía un mes que el Usui estaba por la mansión de los Tao. Había llegado a China como estudiante de intercambio de Japón, pero Ren no creía ni la mitad de eso. Para él, al muchacho lo habían mandado lejos para que dejara de fastidiar en la escuela de Hokkaido a la que iba. No podía creer que el chico fuera transferido por sus buenas notas en lengua y en idioma extranjero.

Leyó de nuevo el nombre del joven: Horo-Horo. Ese apodo ya no era eso para él, se había vuelto un poco más que el nombre simple de una persona común. Para él ese nombre adquiría un significado muy distinto, un significado muy importante y casi crucial en su vida.

Suspiró y dejó la nota en la mesa donde la había encontrado. Vio la hora, era demasiado temprano para irse a la cama y también para cenar. Como sentía el cuerpo cansado, decidió tomar un baño en las aguas termales de su propia casa. Eso es lo que hace especial a esta mansión: las aguas termales. Y es que se encontraba entre las montañas, casi nadie sabía de su existencia, y los Tao aprovecharon esto para construir su casa y gozar de ese beneficio ellos solos.

Se dirigió al cuarto previo a salir al "jardín de los lagos", allí dejó su ropa y salió sólo con un par de toallas. Una de ellas se la colgó alrededor del cuello y la otra la enroscó alrededor de su cintura, aunque estuviera solo no iba a andar desnudo por la casa. Cuando estuvo al lado del agua, se quitó la toalla, la colgó sobre una de las rocas grandes que había alrededor y se introdujo en el agua.

Desde donde se hallaba podía ver las ventanas laterales de la mansión. La cual tenía tres pisos y cada uno contaba con espaciosas habitaciones, por lo que algunas tenían dos ventanas. Sin embargo, todas las luces de las dos plantas más altas –donde estaban los cuartos de los huéspedes de la casa– estaban apagadas, dando por sentado la idea de que estaba vacía.

Ren suspiró y elevó la cabeza, sintiendo la tibieza del agua, que le llegaba hasta el pecho. La luna sobre él le hizo sentir tranquilo. Por primera vez, estaba sólo y sin distracciones. Unas cuantas imágenes pasaron por su mente. Imágenes pertenecientes a dos días atrás. En ellas podía recordar, con claridad, cómo el chico ainu le había arrebatado un beso. Sí, en un comienzo estuvo a punto de golpearlo y de alejarlo, pero muy pronto sintió que ese no era otro juego del ainu. Lo había besado por amor y nada más…

Sus lenguas se tocaron levemente. Pues Horo no insistió con que el muchacho le siguiera el juego. Ren se veía sonrojado y podía ver en sus ojos la vergüenza de estar correspondiendo a un beso de él. No le molestaba poner incómodo al Tao, es más, adoraba cuando se ponía completamente rojo y que eso fuera su culpa, no obstante con eso era distinto. No quería que el chico lo viera como un completo depravado que quería ir rápido al grano.

Muy pronto se separaron por la falta de aire, y se miraron. Ninguno de los dos recordaba cómo era que habían llegado a esa situación, aunque si el preguntaban a Ren, éste diría que fue por culpa de que Jun hubiera cocinado galletas de chocolate. En parte es cierto, dado que cuando el menor de los Tao comió una de esas galletas, el Usui no se la arrebató con la mano, sino con la boca. Allí comenzó todo, pero todo debe terminar.

¿Acaso estás drogado, Horo-Horo? —le preguntó separándolo con ambas manos de sí.

¿El amor es una droga? —respondió el otro con un sonrisa de satisfacción.

Ambos se miraron. Se podía ver una cierta química entre ellos, algo que ninguno de los dos había mostrado con alguien más. Horo le sonrió y se le acercó, como si lo estuviera acorralando. Ren sólo se sonrojó y se hizo hacia atrás, quedando contra la pared.

¿Dijiste amor? —preguntó Ren anonadado, sin poder salir de la sorpresa de ver al ainu tan cerca.

Sí —respondió con la mayor naturalidad, pasando la mano por el cabello del Tao. —Sinceramente… no pude olvidarte… ¿o acaso crees que estoy aquí sólo por amor a la educación?

Bueno… —comenzó a decir pero el otro chico le interrumpió.

Sí, te amo, no tengo otra explicación a lo que siento —le dijo casi en un suspiro.

Yo… también —le correspondió.

Ren se dio cuenta de que en Horo había algo especial desde que lo vio con su cara de idiota en el torneo. No sabía cómo explicarlo, pero sabía que ese chico iba a ser suyo. Pese a ello, su orgullo hacía que lo odiara lo más que podía o al menos intentarlo, sin éxito vale aclarar. En el fondo, nunca pudo quitárselo de la mente y ninguna muchacha llenó el vacío que le dejó el Usui en el corazón.

La sorpresa de Horo se hizo evidente en su cara. No podía creer que Ren le dijera eso. Él también le amaba, él también se sentía atraído. Por suerte, no tenía algo que temer. Su mayor miedo era ser rechazado, pero desde ese momento su miedo se volvió olvido. Movido por la confianza, acercó un poco más su cabeza a la del muchacho, pero en ese momento se escuchó el crujido de la puerta.

¿Ren? ¿Estás aquí? —dijo la voz angelical de la taoísta.

¿Qué necesitas, hermana? —le preguntó Ren. Quien en sólo fracciones de segundos había cambiado la mueca de su rostro y se hallaba apoyado, de brazos cruzados, contra la pared.

Ah… papá te llama —dijo y le sonrió. —Oh, lo lamento, hola Horo-Horo —comunicó al notar que él también estaba allí.

Horo estaba sentado en una silla, junto a la mesa, mientras bebía un poco de jugo. Ni siquiera Ren había podido distinguir el momento en el que chico se había movido por el lugar y sentado allí en esa apariencia tan tranquila.

Hola, Jun —le saludó con la mano y una sonrisa.

Bien, vamos Ren —dijo la muchacha y le indico a él que la siguiera.

El chico comenzó a caminar fuera de la cocina. En el breve recorrido, le dirigió una mirada de disculpa a Horokeu. Éste asintió con la cabeza, comprendiendo lo que había pasado, pero igualmente ansiosos por volver a sentir sus labios en los del chino. Se podría decir que le lanzó un beso, que Ren ignoró.

Ahora ese recuerdo le parecía tan extraño. Durante esos dos días, los dos se habían tratado como siempre. Él insultaba al ainu y éste le hacía enfadar a diario. No había habido ningún cambio en el comportamiento de ninguno de los dos. Parecía como si nada hubiera pasado. Y eso era lo que hacía dudar a Ren. ¿Habrá sido algo real? ¿O simplemente el japonés estaba borracho y no sabía lo que decía?

Pero esos labios no tenían sabor a alcohol, no tenían un sabor a algo malo, sino al contrario. Le parecieron sinceros y los aceptó, lo que demostraba que al menos de su parte era todo verdad. No obstante, la unión entre ellos sería imposible. Él era un Tao y de seguro su padre lo castraría antes de saber que a su hijo le gusta un hombre. Desde siempre le han dicho que eso no está bien, que es lo peor del mundo, y ahora él iba en contra de lo único medianamente bueno que le había enseñado su familia.

Vio la luz de una de las habitaciones superiores encenderse y a un par de siluetas moverse dentro. De inmediato reconoció a sus padres que acababan de entrar en la habitación. Sólo ver su silueta le hacía recordar que lo que él sentía estaba mal. El sólo ver la figura de En Tao le hacía sentir como la oveja negra de la familia. La oveja a la que hay que excluir.

Se mantuvo un tiempo contemplando la luz tenue del lugar, pero después de unos minutos, la luz se apagó. Sus padres se habían acostado por fin y él se sintió nuevamente solo con sus recuerdos y pensamientos. Suspiró, quería volver a ver a Horo, pero no quería besarlo, siquiera tocarlo. La abstinencia lo mataba, pero la vergüenza de creerse un bicho raro dentro de la Gran Dinastía Tao le hacía no querer verlo nunca más.

Para su gracia y desgracia a la vez, la puerta se abrió de par en par. En ella pudo distinguir la figura del muchacho que había ocupado su mente por los últimos dos días. Horo-Horo estaba ahí, con sólo una toalla que le cubría de la cintura para abajo y sin siquiera esa banda que siempre llevaba en la frente. Sin ella se hacía mucho más marcada la diferencia entre el celeste y el negro de su cabello bicolor.

Intercambiaron miradas. Ninguno esperaba ver al otro allí, esperaban estar solos; mas el destino los juntó de nuevo. Horo inspiró y caminó un poco, hasta colocarse al lado de Ren y sumergirse en el agua caliente, emitiendo un suspiro de alivio. Las toallas del muchacho colgaban de una roca, al igual que de las de Ren.

Por unos segundos se mantuvieron callados. Sin saber exactamente qué decirse, pues comprendían que debían aprovechar ese momento de soledad que tenían.

—Está linda la noche —comentó Horo y miró al chico a su lado.

—Sí —dijo Ren —. Bastante confortante —comentó, pero no se atrevió a mirar a su amigo.

A pesar de no verlo directamente, Ren podía sentir cómo la mirada del Usui se le clavaba. Parecía que esa mirada lo atravesara y le incitara a que también lo mirase. Aunque luego se arrepintió, decidió seguir su instinto y mirar al muchacho.

— ¿Qué? —le preguntó.

—Nada —contestó le ainu, aún sin dejar de verlo —. ¿Por qué?

— ¡Deja de verme así! —le dijo como si fuera una orden.

— ¿Así cómo? —preguntó Horo con una sonrisa.

— ¡No te hagas el tonto, tonto! —le contestó empujándolo con el dedo índice en la frente y volteando la cabeza, evitando verlo siquiera.

—… ¡Oh vamos, Ren! —dijo Horo, sobándose la frente. —Voltea… No verás nada que no hayas visto ya —comentó sonriendo.

La última frase sacó un ligero color rojo de las mejillas de Ren. Interpretó esa frase como una insinuación desubicada. Simplemente se molestó porque se sintió acusado de algo que no era, lo cual es mentira, pero Ren quería engañarse a sí mismo.

El chino se volteó y lo miró enojado, su cabello se había puesto aún más en punta.

— ¿Eh? ¡Ren, no…! —comenzó a decir el Usui, pero sólo recibió un golpe en la cabeza.

— ¡¿Qué quisiste decir, idiota?!

— ¡Eres un chico, yo también! —comenzó a decir, sobándose la cabeza, le había golpeado muy fuerte. —Tenemos los mismos órganos, no tengo nada que tu no tengas… —se quejó un poco por el dolor —, a eso me refería. ¡Malpensado!

Ren se puso rojo, su cabeza había maquinado en cualquier dirección menos en la más lógica de todas. Se avergonzó aún más cuando se vio a sí mismo pensando en cosas como esas. Sin embargo se volteó y le miró. No se sintió tan excitado como pensaba, por suerte su cuerpo era frío como su mente, o casi tanto.

—Hubieras sido más claro, estúpido.

—No utilizaré más frases así contigo —respondió aún sobándose la cabeza, donde muy pronto tendría un buen chichón.

Se mantuvieron en silencio unos segundos. El silencio más incómodo que pudieron haber tenido esos dos. La vista del ainu, sin querer, bajó hacia la entrepierna de Ren. Éste se puso rojo al notar esto. Lo único que atinó a hacer fue a gritarle. Sólo eso fue suficiente para hacer que se desataran las peleas. A pesar de ello, esta riña terminó de una manera muy distinta a las anteriores.

Por alguna razón, quizá por deseo, Horo se fue acercando más y más a Ren, mientras se gritaban mutuamente. El ainu llegó a un punto en le ninguno de los dos se gritó por sentirse tan cercano. Y, como fue su impulso, fue el Usui quien metió la mano primero. Acarició torpemente el miembro del chino, haciendo que éste le pateara bajo el agua con fuerza tal que lo hizo retroceder. En ese momento, el de Hokkaido notó le sonrojo en las mejillas del Tao.

— ¡Idiota! —le gritó el chino girándose, dándole la espalda y cruzándose de brazos.

Horo se sobó un poco la pierna y luego miró con rencor al chico. No lo había rechazado, y en el fondo sabía que no estaba enojado, si fuera así se hubiera parado e ido de allí. Esto último le había hecho tener una cierta esperanza y tener fe en salir vivo de su siguiente idea.

—Pero Ren —comenzó a decir al tiempo que se acercaba —, la última vez no pude hacerlo… y ya han pasado dos días… —la última frase la dijo ya comenzando a tocar uno de los hombros del Tao.

— ¿Y qué quieres que haga? —contestó el chino. Sí, era una pregunta tan obvia que era tonta, pero ninguno cayó en cuenta de eso.

—Que me dejes tocarte —le respondió abrazándolo por la espalda.

—No —contestó, moviéndose un poco para zafarse del agarre. Pero como en realidad no quería eso, no hizo el mayor esfuerzo en quitárselo. —Menos ahora… podrían vernos…

—No seas malo —le dijo al tiempo que le rodeaba con la mano y le acariciaba la panza para después subir con su mano hasta el pecho, haciendo que relajara los brazos. —Sólo será un poquito… lo prometo… ¿si? —terminó de decir en tono suplicante.

—No, Horo… espera —comentó, pero ya era tarde. El cuerpo del Usui lo había comenzado a empujar lentamente hasta colocarlo apoyado contra el costado de la "laguna".

Ren sintió por un breve momento, el miembro del muchacho acariciándole le muslo y subiendo hasta su trasero. Presintió lo que seguiría, y no quería. Temía por el ruido que iban a hacer y porque sus padres se despertaran. Por esas razones, volvió a empujar a Horo y se impulsó con los brazos para poder salir del agua.

Horokeu apenas sí sintió le golpe, y al verlo no pudo evitar seguirlo. Cuando tuvo solo una pierna fuera, tomó al chino por le brazo. Ren no pudo siquiera moverse, pues fue atraído hacia el cuerpo del de Hokkaido. Sí, el muchacho hizo un esfuerzo porque el chico lo suelte, pero eran esfuerzos en vano.

—No, Horo… No seas estúpido… ahora no —le decía, mas el otro lo ignoraba.

Con un movimiento un tanto torpe, logró que el de cabellos azules lo soltara y alcanzó a sentarse únicamente. Horokeu, ni lento ni perezoso, también se sentó y lo sujetó por la cintura. Lo atrajo un poco hacia sí y empezó a acariciarlo de nuevo, iniciando por la pelvis. Pasó su lengua por le cuello del chino y lo beso tiernamente, prestando cierto cuidado a su nuca.

Ren se estremeció, no obstante no hizo nada para detenerlo. Se movió un poco, sintiendo que comenzaba a excitarse por las caricias. Sin embargo, sintió como el otro cambió el movimiento de sus dedos. Le produjo cosquillas, no se rió ya que no logró esbozar una sonrisa, pero esas cosquillas fueron suficientes como para hacer que su cuerpo flaqueara. Aprovechando esto, que era lo que planeaba, Horo le empujó colocándolo debajo de él y boca abajo.

Como intento de negación, Ren se apoyó con las manos en el suelo. No quedó en cuatro patas, pero su torso no tocaba el piso de tierra. Ignoraba que esa posición era más que suficiente para hacer que el ainu se sintiera satisfecho.

—No resistes, ¿verdad? —le comentó el de Hokkaido al oído, para después darle un beso en la mejilla.

—Horo, no lo hagas… —fue lo único que atinó a hacer.

—No te preocupes… —comenzó a decirle, al tiempo que dirigía su mano hasta tocar el miembro de otro. —No tardaré… —siguió diciéndole mientras le masajeaba.

—No… —comenzó a decir y sus mejillas se tiñeron de un rojo vivo. Su mirada se fue hacia la habitación de sus padres, la luz todavía estaba apagada. Probablemente, si él no hacía ruido no se despertarían.

Mas imposible contenerse con la mano de Horo masturbando su miembro. Sentía sus manos en toda su entrepierna, desde sus testículos hasta su pene, la pelvis y sus muslos. Un cosquilleo le invadió y tuvo que morderse la lengua para no dejar escapar un gemido.

La mano que tenía libre aún, la posó sobre el trasero del chino, le acarició con la misma pasión que la otra mano lo hacía. Ren disfrutaba con eso, la preocupación era opacada por su satisfacción, no obstante hubo un par de segundos, casi minutos, donde no sintió sus carisias, pero después regresaron. Con la diferencia que se sentían húmedas. Muy pronto sintió uno de los dedos cerca de una zona quizá demasiado sensible.

—Espera —le dijo, pero Horo lo ignoró.

El chico ya había decidido no detenerse. Metió uno de sus dedos en el ano del menor de los dos. Ren se mordió la lengua un poco más fuerte por no dejar escapar un gemido. Y más si la otra mano le sujetaba el pene y le seguí masajeando, jalando suavemente. Otro dedo en su entrada le hizo caer en cuenta del dolor, sin embargo no gritó. Movió un poco la cabera, pero esperando no corresponderle mucho, aunque su cuerpo lo pidiera.

—Que rápido… eres fácil —comentó Horo. Ya el sonrojo de Ren fue general. Comprendió la razón de esas palabras, y es que había tenido una erección. Demasiado rápido según Horo, lo que lo llevó a sentirse más humillado de lo que realmente estaba.

El shaman del hielo siguió metiendo y sacando sus dedos, simulando penetraciones y asegurándose de que la excitación del otro no fuera menor que la suya. Cuando creyó que ya era hora, decidió reemplazar sus dedos con su propio miembro. Primero le dijo a Ren, advirtiéndole lo que iba a hacer, mas éste simplemente sintió como estaba llegando a su límite, ya no podía contenerse más. Miró con desesperación la ansiada ventana, todavía oscura.

Comenzó a sentir cómo el miembro del muchacho entraba en él. La respiración se le agitó y un par de lágrimas le corrieron por la mejilla. No eran por el dolor, sino por la vergüenza. Vergüenza de sentirse lo más bajo de su dinastía, vergüenza de estar haciendo algo que él mismo juzgaba de incorrecto y estar disfrutándolo, pero sobre todo, vergüenza porque ya se sentía venir y no quería, realmente no quería.

— ¡Detente! —dijo casi en un grito.

Nuevamente fue ignorado y para cuando sintió todo el miembro del muchacho dentro, ya no pudo contenerse. Acompañando a su orgasmo, un gemido se le escapó de entre los labios. Sonó como a un estruendo agudo, como el de un gato. Un maullido felino se escapó de la boca del Tao. Lo que excitó a Horo, quien lo embistió levemente, no obstante se quedó quieto cuando sintió el semen en su mano.

Realmente el Tao tenía razón. Debería haberse detenido. Ren, con sólo escucharse, elevó la mirada, deseando que la luz no se prendiera, rogando que no se encendiera. Tan pendiente estaba de la ventana que ni cuenta se dio cuando el de Hokkaido se retiró de su interior, al igual que no notó como debajo de sí se iba formando un charco de su propio semen. El que sí lo notó fue Horo, pero también notó la mirada sonrojada y preocupada del chico.

Al hacerlo comprendió realmente lo que quería decirle. Se sintió mal por no haberle hecho caso y porque ahora quizá tendría problemas con su familia por su culpa. Ya no podía detenerse a ese punto, ya le había provocado un orgasmo y sabía que Ren no podría dejarlo parar. Decidió que lo ayudaría en el futuro, pero que en ese momento intentaría desviar su atención. Y más cuando vio que la luz se encendía.

Rápidamente, Horo volteó a Ren, intentando que no viera la luz de la ventana. Éste se dejó hacer, ya no podía evitar nada. Ni que su cuerpo reaccionara ni que su mente deseara. Horo le acarició la mejilla, le lamió suavemente, limpiándole las lágrimas que habían corrido por ellos. Sus ojos dorados, verdaderamente le hacían recordar a un felino, inclusive la posición de sus manos le recordaban la delicadeza de los gatos.

—Ah… gatito… —le dijo pasando su lengua por su pecho y bajando un poco más.

Ren, al escuchar la palabra "gatito", tomó al muchacho por le cabello y lo elevó hacia donde él pudiera verlo a los ojos.

Lo que Horo quería era poder probar un poco de su chico, poder sentir el sabor de su semilla y deseaba hacerlo gemir nuevamente. Deseaba desprender de sus labios un nuevo maullido que le hiciera excitar más de lo que ya estaba. Sin embargo, que el otro lo jale no estaba en sus planes. Sólo se quejó un poco por el tirón de pelo, mas cuando se encontró con la mirada severa del Tao se quedó callado.

Ren quería insultarlo, pero algo se lo impidió. Sólo vio sus ojos, cómo había cerrado uno producto del jalón de cabello. Tenía la mirada, extrañamente, inocente, algo que le sorprendió. Comprendió que, pese a ser mayor que él, su compañero era un tanto infantil y se guiaba por instinto, simples instintos que él no podía ejercer completamente por la vergüenza. También había cierta trasparencia en su mirar. Le demostraba que realmente lo amaba, no había ni un gramo de mentira. Sólo una vez vio esa mirada en otro ser y por muy denigrante que sea, era la de un perro.

—Ren —le llamó el chico, — ¿me sueltas? —siguió diciendo moviendo un poco la cabeza, esperando que le chino lo soltara ya.

—Claro… cachorro —le comentó, soltándole el cabello.

— ¿Me estás llamando perro? —preguntó sin poder creer que Ren se animara a llamarle de alguna manera "diferente".

—No, te llamé cachorro —dijo y le empujó.

Horo cayó de espaldas en el agua, lo que causó que todo, incluso su cabeza, se sumergiera. Pasaron unos segundos sin que saliera, en ese momento Ren se preocupó un poco. Razón por la cual se acercó al borde de la laguna caliente y miró en su interior.

— ¿Horo-Horo? —preguntó llamándolo. Como respuesta recibió una par de manos que lo sostuvieron por los hombros y lo jalaron hacia abajo.

En cuando logró sacar la cabeza de debajo del agua, sus ojos se chocaron con los del ainu. Éste sonreía con mucha inocencia, como si lo que acababa de hacer no fuera la gran cosa, pero para Ren esa sonrisa era de burla. Lo había tirado al agua y le había provocado un orgasmo, y con él, un gemido muy vergonzante, eso no se iba a quedar así.

Ren se le acercó con su mirada amenazante, esa mirada que siempre le había hecho retroceder. Horo tragó saliva, no quería ni imaginarse lo enojado que podía estar Ren Tao por lo que acababa de hacerle. Sí, ambos se habían divertido, pero a veces a su chico le gustaba divertirse a costa del sufrimiento ajeno, y eso sí le daba miedo.

—Gatito… sabes que eso fue una broma —dijo aún alejándose del Tao.

—Sí, lo sé cachorro idiota —comentó acercándose y tomándolo del pelo, para acercarlo a él.

—Ren, duele —le dijo cerrando un solo ojo, producto de tirón de cabello.

— ¿Y eso qué? —le dijo altaneramente rodeándolo y colocándose detrás de él. —Odio que las cosas queden inconclusas, y lo sabes…

— ¿Ren? ¿Qué estás…? —comenzó a decir, pero se interrumpió sintiendo la mano del Tao acariciándole la pelvis.

El chico siguió bajando con su mano hasta dar con el miembro erecto de Horo. Sabía que no tardaría mucho hacerlo llegar al estado que él quería, siendo que ya tenía excitación previa. Pero no tuvo en cuenta que el muchacho gimiera sonoramente por el contacto de su mano con su piel. Se puso un poco rojo, mas no iba a detenerse.

Comenzó a masajear el miembro del ainu lentamente, el otro chico no hizo ningún movimiento que le indicase que se detenga. Es más, parecía que Horo le pedía que siguiera con cada gemido que emitía. Con la otra mano, recorrió el trasero del muchacho, haciendo copia fiel de los movimientos que él ya había llevado a cabo en su cuerpo. Y como copia fiel, introdujo uno de sus dedos en el interior de su compañero. Un nuevo gemido salió de sus labios.

Horo sentía como el otro chico simulaba penetraciones con sus dedos. El agua le llegaba hasta los hombros, por lo que la distorsión del líquido impedía que viera exactamente lo que Ren le hacía. Y no quería verlo tampoco, sólo le importaba sentirlo. Pese a ello muy pronto se dio cuenta de que si el chino no se detenía pronto, él no podría resistirse más. Pateó al chico, pero sólo logró hacer que el otro introdujera más dedos en su entrada causando un poco más de dolor.

—Ren… espera… no —comenzó a decir.

—Yo dije lo mismo y no te detuviste —contestó le Tao con cierta bronca en su tono de voz.

Horo se sintió acorralado por sus propios actos. Lo justo era justo; y le parecía que lo que decía Ren era muy justo. Se dejó tocar y penetrar sin mostrar objeción alguna, sí para él era muy placentero, mas sentía que ya no aguantaba más, por lo que volvió a rogarle a Ren que se detenga, sin éxito alguno.

El chino movió su mano más rápidamente, recorriendo su pene y jalándole suavemente de la punta. Le causaba un leve dolor, pero era porque su piel era mucho más sensible allí, por lo que gemidos eran lo único que se oía.

—No… espera… no aguantaré —le dijo como un ruego.

—Entonces no aguantes —contestó ya reemplazando los dedos por su propio miembro.

Un grito ahogado salió de la boca del de Hokkaido. Sí, no aguantó más. Incluso en eso se consideraban ciertamente parecidos; en cuanto Horo sintió el pene de su chico dentro, no pudo detener el orgasmo. Pese al agua, Ren sintió el semen en su mano y los gemidos de Horo, con eso se sintió satisfecho.

El agua se fue tiñendo de un color opaco, Horo no podía creer que él hubiera hecho eso. La respiración la tenía agitada y veía como su semilla se mezclaba con el agua en donde él mismo estaba. Le produjo cierto asco, quizá era más chica de lo que él pensaba. Dio un gemido más al sentir la mano de Ren apretando su miembro levemente. Empero, sólo segundos después dejó de sentir el miembro de éste dentro, su mano dejó de tocarlo. Se quedó inmóvil un tiempo y para cuando reaccionó vio a Ren parado delante de él, cubriéndose con la toalla.

—Vamos, sal de ahí cachorro —le comentó el Tao con una sonrisa de satisfacción que, de haber sido visto por otro, se habría visto perversa.

Horo miró a su alrededor, estaba rodeado de semen, sintió repulsión y observó a Ren. Éste interpretó esa mirada como una negativa a su petición casi órden.

— ¿Te traigo un vasito? —preguntó el Tao en tono burlón.

— ¡No me causa, Ren! —le gritó nadando hacia atrás para salir por el lado del agua que no tenía líquidos suyos.

—Oh, vamos… De seguro te encanta beber eso…

— ¡Pero no el mío! —gritó nuevamente saliendo del agua y cubriéndose con una toalla. —Eso es asqueroso…

Ren rió levemente. No podía creer lo fácil que era hacer enojar al Usui. Sin embargo, cuando caminó un poco para dirigirse adentro, se volteó y contempló el desastre que habían hecho. Pensaba ponerse a limpiar, pero de sólo verlo le dio un poco de asco tener que limpiar sus propios fluidos.

— ¿Ves? —le dijo Horo-Horo parándose al lado e interpretando correctamente la mirada de Ren. —Se siente muy raro…

—Entonces tu limpias afuera y yo adentro, cachorro —sentenció Ren caminando hacia adentro.

—A los gatos les encanta la leche —comentó fanfarrón Horo siguiéndolo. — ¿O no, gatito? —le preguntó abrazándolo por la espalda y susurrándole la oído.

—Lamerás el piso, puedes comenzar ahora —le comentó y le pegó un codazo.

Horo se alejó y los dos entraron en la casa. Recién en ese momento las luces de la ventana superior se apagaron.

La sonrisa del ainu era inexplicable, debía ponerse a limpiar y no le molestaba en lo más mínimo. Se sentía complacido, como si algo que deseaba desde hacía mucho tiempo se hubiera cumplido, quizá no era del todo mentira. Él lo único que quería era que Ren lo tocara y así lo hizo. Aunque fuera por una jugarreta o por "vengarse", él lo había tocado, se había tragado ese orgullo y esa vergüenza por un momento y le había tocado.

Ren, aunque no lo demostraba, se sentía complacido. Simplemente se había divertido. Y si no le habían gritado nada, era quizá una buena señal. No iba a preocuparse por eso, no a esa altura. Sólo quería darse una ducha, porque sentía que todo su cuerpo estaba cubierto de tierra y de la secreción propia y de Horo. No era algo placentero para ninguno, a decir verdad.

—Si nos bañamos juntos ahorraremos tiempo —propuso Horo, pensando todo en doble sentido. A lo que Ren le miró, no extrañado, sino con su típica mirada de reprobación.

—Sólo quieres tocarme de nuevo…

—Es que… —comenzó a decir Horo, buscando alguna excusa.

—Bien, sólo apúrate antes de que me arrepienta, estúpido —comentó Ren caminando hacia el baño, abriendo la canilla de la ducha y quitándose la toalla.

—Claro, gatito, como tu digas —contestó Horo acercándose a él y quitándose la toalla también.

Ren fue el primero en meterse bajo el agua, sentía como su cuerpo se lavaba completamente. Mas unas manos le sujetaron por la cintura y sintió el cuerpo de Horo pegado a él. Como si el baño fuera muy chico, el muchacho se había pegado a su cuerpo y posado sus labios en su cuello. No le besó, simplemente chocó sus labios contra la piel del chino.

—No me llames así frente a mi familia… ¿si? —le condicionó el Tao, intentando evitar que le viera las mejillas sonrojadas.

— ¿Gatito? —preguntó haciendo referencia a la palabra, a lo que Ren asintió. —Tranquilo… nunca te llamaría así en público… —comentó y le besó el cuello.

—Bien… cachorro —le dijo con una sonrisa, producto de sentir la lengua en su cuello.

– – –

Nota final: bien, ahí termina. Este va a ser un fanfic muuuy corto ^^. Lo único que espero es un pequeño y corto comentario. Mil y un gracias por leer.