●Escrito por S.M. Afonso, para todos aquellos que atesoran, medallas de tenacidad y superación●

Existen millones de personas ciegas por el mundo y sus ojos están perfectamente sanos. Pero la oscuridad que prevalece dentro de ellas, es desmesuradamente mayor que la nebulosidad de unos ojos inservibles.

Ser invidente o parcialmente, ciego, es como adentrarse en un ensordecedor parque de atracciones. Una vez que adquieres y pagas tú entrada, ante nosotros se desencadena una maratón incesante con nuestras pesadillas más comunes. Esas que guardamos con recelo en el desván de nuestros miedos. De nuestras debilidades… De nuestras inconfesables inseguridades. Y las vigas que deben mantener en equilibrio nuestro raciocinio, se desmoronan. Quedando reducidas a escombros.

Un verdadero estropicio, que irremediablemente galardona y despliega, la más deslumbrante de las alfombras rojas, a nuestros demonios internos para que paseen a sus anchas ante nuestras narices.

Algo indudablemente, aterrador, pero que nos sirve para reaccionar y capear la tempestad desatada, con enérgica pericia. Porque más tarde o más temprano, alcanzamos a advertir la puerta de salida de ese recreativo de los horrores. Y es la fuerza de querer sobrevivir, la que nos empuja como una ola de corriente imparable, hacia los confines de la integración. De la superación.

¿Quién es el invidente, entonces?

Puede que cruzar el umbral de esa salida parezca exasperante en incontables ocasiones. Que tropecemos y caigamos al suelo y sangremos. Que muchas miradas vacías nos empujen o nos aparten como si fuéramos un virus letal, pero SIEMPRE volveremos a erguirnos sobre nuestros pasos y a levantar la cabeza. Mientras que los que caminan a tientas, clausurados de toda emoción, pernoctarán constantemente, en una ininterrumpida noche apagada. Deambulando sin rumbo entre una multitud, cada vez, más insensibilizada.

No hemos sido castigados. No.

Castigo es no degustar la vida. Cruzarse de brazos y compadecerse, de nuestra suerte.

Es el corazón quién observa. Es el alma la que acaricia. Las emociones las que ponen sonido a nuestros oídos. Los sentimientos nos deleitan con su sabor. Y es el olfato, quién nos regala los aromas de una vida, que… ¿Por qué debemos desperdiciar o abominar?

No. Yo no nací para dejar escapar mi paso por este mundo, auto compadeciéndome y preguntándome hasta el cansancio: "¿Y por qué yo?"

No es mi "deficiencia" la que me hace llorar, sino la imperfección de una sociedad, desoladoramente frívola y egoísta.

Son ellos los que acarrean una discapacidad que de momento, no tiene cura. Y que en el mejor de los casos, los mantiene en un letargo de indiferencia.

Esta carta no es de Judith. Ni de Miguel ni Laura. Tampoco es de Idaira o Oscar… Esta carta es el grito al unísono de toda esa gente que posee medallas de valor. Honorables combatientes que han vencido los obstáculos para hacerse oír y ocupar un lugar, que les han querido delimitar o prohibir, desde el comienzo de los tiempos.

Una afectuosa reflexión, para los que emprenden el duro viaje y para aquellos, que están a punto de traspasar la meta de los valientes intrépidos.

Mi más sincera felicitación a la organización ONCE, por su encomiable labor. Y a todas esas personas que un día, decidieron luchar y salir adelante, y que con una mano amiga extendida, aguardan la llegada de aquellos que aún quedan por llegar y que han decido vivir.