IV

El camino hasta casa fue largo y difícil. Por supuesto, ni se nos pasó por la cabeza que volvieras por tu propio pie, dado que ni siquiera podías mantener el equilibrio sin punto de apoyo, así que nos tocó la responsabilidad de llevarte a rastras.

Renzo vivía en el lado norte de la ciudad, y debía coger un autobús nocturno que le llevara hasta allí. Sumado a que esos autobuses tenían una frecuencia de una hora, apenas salimos del bar debió salir corriendo tras una rápida despedida hasta la parada más cercana con la esperanza de subir al de las cuatro.
Yusei y Shiemi, en cambio, tenían sus hogares cerca de nuestro instituto. De hecho, Yusei vivía en uno de los bloques de al lado, a apenas cinco minutos de dicho lugar, y Shiemi tan solo tres o cuatro manzanas más allá, de modo que yo era el que más tenía que caminar para llegar a casa.

En cuanto salimos del local, perdiste el equilibrio y con reflejos rápidos te agarré por el brazo para evitar que te comieras el suelo. Hacía un frío invernal, pero tu cuerpo estaba ardiendo a causa del alcohol. Me pasé tu brazo derecho por detrás del cuello, sujetándolo por la muñeca, y te rodeé por la espalda con el brazo libre, haciendo que apoyaras tu peso sobre mí. Parecía la única forma de que pudieses andar.

Los cuatro pusimos rumbo a nuestros respectivos hogares, resguardándonos en nuestros abrigos de la fría brisa nocturna.
No podía parar de pensar en la escena del bar. El corazón ya me había dejado de latir tan fuerte y podía pensar con claridad, pero aún sentía esa sensación de desasosiego. ¿Qué hubiera pasado si hubiera cometido un error? ¿Si hubiera hecho algo que no debería haber hecho? Apreté las mandíbulas, sintiéndome culpable una vez más por todo lo que pasaba en mi interior, mientras sentía tu peso recargarse sobre mi hombro izquierdo a medida que avanzábamos a lo largo de la acera del bar, cruzándonos de vez en cuando con cierta gente en tu mismo estado. Te escuchaba murmurar cosas, somnoliento, con la cabeza apoyada en mi cuello.

- ¿Te pasa algo, Raku? – preguntó de pronto Shiemi, con esa vocecilla suya.

- No… - respondí distraídamente.

- Se te ve… preocupado.

- ¿Eh? – disimulé -. No es nada, es que hace mucho frío.

Asintió con la cabeza y seguimos nuestro camino.

A los veinte minutos ya pasábamos por el barrio del instituto, y fue hora de despedir a Yusei.

- Nos volveremos a ver pronto, ha sido divertido – comentó, dándome unas amistosas palmadas en mi hombro libre -. Y deséale a este hombre suerte para la resaca de mañana cuando llegue a casa.

- Lo haré – dije, sonriendo.

- ¡Yu…Yusai! ¡Yusei! – exclamaste de pronto, arrastrando las eses de nuevo y con la mirada medio perdida tratando de enfocar al frente -. ¡Quiero volver a ese bar! ¿Eh? ¡Volver a ese bar! ¡Hic! Cualquier día de essstoss… - añadiste, y volviste a recargar la cabeza sobre mí.

Rodé los ojos, suspirando, al tiempo que Yusei se reía por la situación. Después hizo un gesto con la mano, giró por una bocacalle y se perdió entre los edificios.

Cinco minutos después, Shiemi también llegó a su destino. Nos despidió con un tímido beso en la mejilla a cada uno, el cual recibiste con una ancha sonrisa, y nos dejó a solas en medio del frío de la noche.

Joder, verdaderamente hacía frío. Por mucho que tuviera que hacer un sobreesfuerzo para llevarte a cuestas por toda la calle y que tu cuerpo fuera tan cálido, notaba la nariz congelada y el viento afilado en los ojos y en la cara.
La noche era silenciosa y había estrellas en el cielo, bastante claro para esa época del año. El típico sonido de los grillos nos acompañaba a lo lejos, y aún tenía el bullicio del bar metido en los oídos.

Aspiré profundamente, maldiciendo en silencio. Me dolía la cabeza y el pecho, aunque eran dolores distintos. El más insoportable era el segundo, el que tú me provocabas sin quererlo, pero no podía hacer nada para remediarlo.

Al poco tiempo pude ver las sencillas casas de tu barrio tenuemente iluminadas por las farolas, y unos minutos más tarde llegábamos a tu hogar. Frenamos en frente de la puerta principal.

- Rin, saca las llaves – dije.

- ¿Mmmmh? Ah, ssssí, las llavesss… - pronunciaste con voz pastosa. Después rebuscaste con lentitud en los bolsillos del pantalón, primero en el derecho, luego en el izquierdo. Luego en los del abrigo, uno por uno.

- ¡Venga, pesado! – insistí sin elevar mucho la voz para no despertar a los vecinos ni a los que pudieran estar en tu casa. Me ignoraste y seguiste buscando por todos lados con parsimonia hasta que finalmente sacaste el manojo de llaves del bolsillo que habías comprobado en primer lugar.

Tomé las llaves por mí mismo y con cuidado introduje una de ellas en la cerradura de la puerta exterior y la giré. Empujé la puerta, que se abrió con un chirrido, y entré en el jardín contigo a cuestas.

- Rakuuu… - dijiste, pasándome ambos brazos alrededor del torso. Me tensé, incómodo por la posición, y con la mano izquierda los aparté de mí un poco más bruscamente de lo que me hubiera gustado.

- ¡Sshhh! ¿Es que quieres despertar a tu hermano o a tu padre?

- Perdona… - te disculpaste, bajando la voz -. Acompáñame hasssta mi cuarto, que lo veo todo doooble – añadiste.

Suspiré, pero no tuve valor de negarme ante ese rostro enrojecido por el frío y el alcohol.

- Vale, pero no hagas ruido – susurré, agarrando la otra llave del manojo y abriendo con ella la puerta de entrada.

La casa estaba a oscuras y en silencio. Cerré la puerta detrás de nosotros y te sujeté con fuerza para controlar con más precisión por dónde pisabas y evitar que chocaras contra algo. Ahora el objetivo estaba en subir las escaleras, así que me dirigí hacia allí y con infinito cuidado te hice subir una por una, sintiendo el peso de tu cuerpo recargarse sobre el mío con más presión aún.

Finalmente, tras recorrer el pasillo, cruzamos la puerta de tu habitación, levemente iluminada por la luz de la calle que se colaba por la ventana. Se hizo especialmente difícil hacerte pasar por encima de todas las cosas que tenías tiradas por el suelo, pero al final conseguí que llegaras a la cama. Soltaste mi cuello y te dejaste caer sobre el colchón, enterrando medio rostro en la almohada y murmurando incoherencias, mientras por mi parte suspiré estirando el cuerpo al fin libre de la tensión.

- Mierda, Rin, pesas mucho – me quejé en susurros -. Tengo el brazo dormido.

- La culpa no es mía – contestaste -, no, no, nooo, la culpa es tuya.

- ¿Mía?

- ¡Sssí! ¡Porque tú me hassss dejado beberrrr…! – dijiste, arrugando el entrecejo, mientras te revolvías incómodo encima de la cama.

- Ya, claro – bufé, ignorándote -. Al menos quítate el abrigo para dormir.

- Quítamelo tú, que yo no puedo.

- ¡Venga ya! ¿Qué soy, tu madre?

- Por favorrrr… - suplicaste -. Venga Raku, ayúdame, que me da vueltasss todo…

"Joder…", pensé. Pero no podía negarme a tus ojos de cachorrito, así que con un gruñido me acerqué hasta donde estabas y te quité la cazadora que llevabas puesta. No opusiste resistencia, con los brazos muertos y el cuerpo inerte. Colgué la prenda en una de las perchas del armario.

Al girar la cabeza te vi una sonrisa divertida en la cara mientras me mirabas a los ojos.

- ¿Qué es tan gracioso?

- Tienes la nariz roja – respondiste, riendo un poco. Desvié la vista, avergonzado.

- Es por el frío. Y ahora a dormir, yo me voy a mi casa que ya es hora.

- Oye, Raku… - dijiste, cerrando los ojos casi por completo.

- ¿Hmm?

- Hay que repetir lo de esta noche con Renzo y los demás – la voz se te había esclarecido un poco y al parecer estar tumbado te había disminuido ligeramente el efecto de la bebida.

Sentí que el pecho se me contraía un poco, pero fingí una sonrisa.

- Claro, ha sido genial.

- Gracias por acompañarme a casa – susurraste, antes de cerrar los ojos por completo y comenzar a respirar profundamente, víctima del sueño.

Me quedé un segundo ahí de pie, escuchando tu respiración. "Soy un buen amigo", pensé involuntariamente. Después, cerré los puños con fuerza echando el cuello hacia atrás.

Me acerqué, sin embargo, hasta tu cama. Te encontrabas tumbado boca abajo, con los brazos hacia arriba sobre la almohada y el cuerpo estirado totalmente, y a la altura del pecho tu cuerpo subía y bajaba con lentitud.

Obedeciendo al instinto, me senté con cuidado sobre el borde del colchón en el pequeño espacio libre. Aunque me hubiera tirado en plancha, tampoco habrías despertado, así que no me preocupaba mucho. Miré tu rostro aún enrojecido, con una expresión completamente relajada, la boca entreabierta y el aire entrando y saliendo por ella con lentitud. La tenue luz de las farolas que se filtraba por la ventana iluminaba tu rostro y dejaba adivinar sus facciones. Sonreí sin querer y sentí una corriente eléctrica a la altura del corazón, mientras admiraba la imagen del demonio plácidamente dormido.

Alargué el brazo y, con delicadeza, pasé el dorso de la mano por tu mejilla. Era increíblemente suave y cálida, y me quedé un par de segundos disfrutando de la sensación. Después dirigí la mano hacia el pelo alborotado y lo pasé entre mis dedos, apartando algunos mechones que te tapaban la cara.

"Mierda". Me odiaba por sentir aquello. Me sentía culpable, angustiado y aterrado por aquellas emociones que eran más fuertes cada día.

"Tarde o temprano vas a tener que confesarte, y lo sabes. Así que ahórrate el sufrimiento". Las palabras de aquella joven en el bar se me vinieron a la mente sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Apreté los dientes y aparté la mano con brusquedad, consciente de la silenciosa y dolorosa lucha interna que tenía lugar en mí. Sacudí la cabeza y se me hizo un doloroso nudo en la garganta. Después me levanté y, sin mirar hacia atrás, salí del cuarto con paso rápido, sorteando la ropa y las cosas tiradas por el suelo.

El pasillo estaba oscuro, de modo que encendí la pantalla del celular e iluminé mis pasos con ella. Antes de avanzar siquiera hasta la mitad, sin embargo, algo llamó mi atención. Podía escuchar una voz débil y amortiguada en algún lugar de la casa. Busqué con los oídos el origen del sonido, víctima de la curiosidad, y sin dudarlo giré la cabeza hacia la puerta de la habitación de Yukio, que estaba cerrada casi del todo.

Con cuidado de no hacer ruido y pisando el suelo con delicadeza, me acerqué al marco de la puerta y contuve la respiración, agudizando el oído.

- Todo bien, de momento. Aunque es un poco extraño – se escuchaba al otro lado. Quien quiera que estuviera hablando, lo hacía en susurros, lo cual me impedía conocer su identidad -. No, no estoy preocupado.

Hubo una pausa y se hizo el silencio. Comprendí que estaba hablando por teléfono.

- ¿Mi hermano? No creo. Él no sabe nada.

Estuve a punto de retirarme puesto que aquella conversación no parecía tener mucha importancia y al fin y al cabo no era asunto mío, pero entonces el que por la mención de su hermano supuse que era Yukio volvió a hablar.

- Lo sé, son gente peligrosa. Pero los mantenemos a raya. Dudo mucho que intenten acercarse a mí ahora, tengo las espaldas cubiertas.

Levanté una ceja, curioso por saber a qué se referiría.

- Tengo guardadas en casa por si surge alguna emergencia, y además siempre llevo la de cuatro milímetros encima. No hay problema con eso – escuché un ruido como de papeles moviéndose -. Oye, voy a colgar. Es muy tarde y estoy cansado. Hablaremos mañana.

Acto seguido, colgó la llamada y se hizo el silencio. Supuse que no habría nada más que escuchar y con mucho cuidado me separé de la puerta y bajé las escaleras. Después crucé la puerta de entrada y la puerta exterior, y el maldito frío de la noche me saludó de nuevo.

"¿De qué estaba hablando Yukio?", pensé, preocupado. Me mordí el labio inferior, sospechando que no podía ser algo demasiado bueno puesto que había mencionado algo de cuatro milímetros, y eso me sonaba al calibre de un arma. Sin embargo, no había razón para meterme donde no me llamaban, más aún cuando yo no debería haber escuchado aquello, así que con el ceño fruncido intenté olvidarlo mientras me dirigía a casa con paso rápido a través de las desérticas aceras. Yukio parecía suficientemente maduro y al fin y al cabo debían ser asuntos personales.

Entré en mi cálido hogar sin hacer ruido para evitar que mi madre se despertara. De lo contrario, mi muerte sería inminente y dolorosa teniendo en cuenta que eran más de las cuatro y media de la mañana, lo cual sobrepasaba mi hora límite por bastante.

"Hora límite", detalle que se sumaba a ese montón de cosas que demostraban el cambio de los últimos meses. Por supuesto yo nunca había tenido hora límite para las salidas, por el simple hecho de que no tenía amigos con los que salir. Sonreí para mí.

Dejé el abrigo en el perchero de la entrada, me quité las zapatillas para amortiguar el sonido de mis pasos y subí las escaleras hasta el piso de arriba. Fui al baño y me lavé la cara y los dientes, y luego entré a mi habitación dejado la puerta cerrada tras de mí.

Encendí la luz y todo estaba como siempre, las paredes blancas cubiertas de pósteres de bandas y películas, el escritorio con libros encima y alguna camiseta tirada en la silla. Sin embargo, encima de la cama descubrí con sorpresa una funda de tamaño considerable y de color negro con forma ovalada y alargada.

Sonreí al reconocer lo que era, y al acercarme vi una nota encima de la funda, escrita con la letra de mi madre.

"Hijo, he recuperado tu guitarra de la antigua casa. Pensé que querrías tenerla cuanto antes, así que te la he dejado aquí mientras no estabas. Te quiero".

Le di las gracias mentalmente. Aparté la nota, dejándola en la mesilla, y con emoción tomé la guitarra y abrí la cremallera de la funda. Era tal como la recordaba, una sencilla electroacústica de un bonito color azul oscuro y brillante, que había comprado hacía unos dos años. Durante el tiempo de mudanzas, se había quedado en el desván de la otra casa y no había vuelto a saber de ella hasta ese momento.

Acaricié las cuerdas y el mástil con cuidado, deseando poder tocar algo. Una lástima que fuera tan tarde, porque mis dedos se contrajeron con ansia. "Mañana será un buen día para recuperar el tiempo perdido, pequeña", pensé, y la volví a guardar en la funda para apoyarla en la pared. Me quité la ropa, me puse el pijama y, sintiendo el cansancio en el cuerpo, me acosté. El sueño no tardó en acecharme y mi último pensamiento fue de color azul oscuro.

Después caí totalmente dormido.


Hasta aquí el cuarto capítulo. Es corto y no pasa nada verdaderamente interesante, excepto lo de Yukio.

Siento haber tardado tanto en actualizar, pero estoy ocupado con la universidad D:

¡Espero que no dé sensación de pesadez y que sea del agrado de todos! ¡Un saludo! :)