¡Hola a todos!

Bueno pues... *suspira* llegamos al final... TT_TT

No sé ni cómo comenzar; Primero que nada quiero agradecerles a todos los que le dieron una oportunidad a este fic, quienes llegaron hasta aquí conmigo, quienes han dejado su comentario que como saben me motivaron a llevar esta historia hasta aquí, su final. ¡Los amo a todos! TTwTT

No me pondré sentimental porque todo esto ya es demasiado cursi, pero en serio les agradezco.

Y bueno, aquí les dejo el capitulo 12 y último, acompañado por un pequeño epílogo.

¡Espero que les guste!


Eran alrededor de las tres de la madrugada cuando el despertador cumplió con su tarea. Salió de la cama perezosamente y se encaminó a paso adormilado al baño. Tomó una ducha que terminó por sacarlo completamente de los cómodos rincones del sueño y siguiendo la habitual rutina de aseo matinal acabó de prepararse. Se puso el traje, la corbata perfectamente ajustada, y llevándose consigo lo necesario para la reunión de ese día partió rumbo al aeropuerto.

Una vez en el avión, sus parpados comenzaron a pesarle nuevamente. Detestaba tener que levantarse tan temprano, y aunque ciertamente la diferencia entre la hora a la que se hubiese levantado y la actual no era mucha, los estragos de no poder dormir al menos una hora más eran grandes para su organismo. Pero en fin, Japón era su amigo —y recientemente su confidente—, por lo que despertar unas horas antes para reunirse con él no figuraba un gran sacrificio.

Cuando el avión aterrizó ya era muy tarde para arrepentirse de no haber llevado un paraguas. "Eres un genio, Estados Unidos" pensó al reparar en que Londres no tenía el clima más favorable para ir sin un paraguas. Al menos no tendría que ir a pie hasta el edificio designado para la reunión.

El trayecto en taxi fue aburrido. La vista de la ciudad era tan nostálgica como en las películas, aunque la actividad en las calles ya era mucha y sabía que la gente estaba acostumbrada a la lluvia, no esperaba el momento de ver a alguien escrutando entre las nubes grises que cubrían el cielo en busca del sol; Empero, al detenerse el vehículo frente a un semáforo vio algo que le sacó una sonrisa divertida: pegado en la pared de un modesto local, un cartel con el dibujo de un sol con gafas oscuras leía "¿Lo ha visto?". La idea era brillante.

El tráfico obligó al taxi a detenerse varias calles antes de su destino. Estados Unidos miró su reloj y seguro de la puntualidad de Japón, pagó al taxista y usando su portafolio como protección de la lluvia, corrió por la amplia acera adoquinada evitando chocar con alguien y deteniéndose por momentos bajo las marquesinas de los comercios. Cuando finalmente llegó a la entrada del enorme edificio lucía como si se hubiera lanzado a una piscina con el traje puesto. Sus zapatos dejaban pequeños charcos donde pisara y las gotas que caían de su cabello y traje dejaron en el piso de mosaico una trampa mortal para cualquier pobre descuidado que no la notara. Descuidado que resultó ser Japón, pues había visto entrar al americano y lo siguió hasta que casi dio de bruces contra el suelo.

Oh my God! —exclamó el rubio, corriendo en ayuda del japonés y apunto de resbalar también— Are you ok, Japan?

H-Hai. —respondió Japón usando el brazo de Estados Unidos como apoyo para levantarse. — Pero ¿qué le sucedió a usted, Amerika-san? —preguntó ya de pie y observando de arriba a abajo al de lentes.

— Bueno, yo…olvidé traer un paraguas y mi transporte quedó atrapado en el tráfico, así que tuve que correr hasta aquí. —contó pasándose una mano por los húmedos cabellos, como si con ello su apariencia cambiara por una menos desastrosa.

— Ya veo. —fue lo único que pudo decir Japón ante la curiosa explicación— Deberíamos buscar algo para que se seque antes de que se resfríe, Amerika-san.

— Estoy bien. —hizo un ademán con la mano para quitarle importancia, de todos modos sus ropas se habrían secado para cuando la reunión oficial terminara. Miró al pasillo y alcanzó a divisar una máquina expendedora de café; No había desayunado aún y por mucho que no le importase estar empapado de pies a cabeza debía admitir que sentía algo de frío. — Pero un buen café no me caería nada mal.

Dejaron pasar media hora previa a hablar de los asuntos que los hacían estar ahí antes que el resto de las naciones para disfrutar de la calidez del humeante vaso de café que cada uno sostenía. Japón trató de convencer a Estados Unidos de buscar una toalla para secarse un poco, pero éste se negó y en cambio tomó otro vaso de café, cosa que no le sorprendió del todo al asiático. Americanos.

Japón se terminó su café cuando Estados Unidos ya iba por el tercero.

Amerika-san, no quiero que piense me gusta hacer preguntas imprudentes pero, —dijo Japón una vez que Estados Unidos regresó con más café— ¿Cómo resultaron las cosas desde la última vez que nos vimos?

La pregunta tomó por sorpresa al estadounidense de tal forma que casi escupe su café. Realmente no quería hablar del tema, aunque para ser sinceros no había mucho que decir al respecto, no por nada había gastado cada centavo de la última semana en la cabina telefónica del parque. Miró a Japón, cuyo inexpresivo rostro lo cuestionaba con una implícita insistencia en la mirada.

Al responder, lo hizo en un suspiro melancólico.

Well… las cosas no salieron como esperaba.

— ¿hm?

— No ha respondido a ninguna de mis llamadas durante un mes completo. —puso su atención en su oscura bebida, mientras que las imágenes de su último encuentro con el mexicano venían a su memoria.— Incluso faltó a una reunión oficial con mi Presidente, quise hablar de ello con su Superior pero él dijo que estaba teniendo algunas dificultades en casa y que es común que actúe huraño a veces.

— ¿Intentó ir directamente con él? —preguntó el pelinegro tras escuchar con atención.

— No, irrumpir en su casa solo empeoraría las cosas; Pero…hace mucho que no pasaba tanto tiempo sin verlo o escucharlo siquiera. Es como si hubiera desparecido y yo…simplemente no tolero el hecho de no poder estar con él ni como amigo…

Como siempre Japón no pudo evitar sentirse mal ante tal visión del americano. Cada palabra pronunciada estaba llena de sinceridad, de anhelo. Ojalá México pudiera escucharlo. Japón dejó el vaso de café a un lado y tomó su maletín, en unos minutos más darían las once del día y quedaba poco tiempo para discutir lo que tenía que discutirse.

— Lamento haber preguntado tal cosa, Amerika-san. —se disculpó el japonés, a lo que Estados Unidos respondió con una sonrisa y diciendo que no era necesario pedir perdón.— No quiero importunar, Amerika-san, pero creo que deberíamos dar inicio a nuestra reunión antes de que los demás ocupen la sala de conferencias. —dijo señalando la entrada del edificio, en donde comenzaron a aparecer rostros familiares como Inglaterra, Alemania e Italia.

— Oh, claro.

Ambos se enfilaron por el pasillo que los llevaría a la sala de reuniones cuando alguien llamó al japonés.

Giappone! Giappone!

Un alegré italiano corrió hasta donde se encontraban, dándoles a ambos un animoso saludo. Alemania, que venía persiguiendo a Italia cuando el último salió disparado hacia el japonés, no tardó en hacer acto de presencia.

Italien, ¿cuántas veces tengo que decirte que no puedes dirigirte así a las personas? Buenos días Japan, Amerika.

— Buen día Itaria-san y Doitsu-san. —Saludó de vuelta Japón, Estados Unidos también saludó y justo cuando dieron un par de pasos, Japón se detuvo de repente. — ¡Oh! Ahora recuerdo que tenía que hablar de algo importante con usted, Doitsu-san.

Alemania se giró nuevamente hacia el japonés y levantó una ceja, confundido.

Amerika-san, —dijo Japón ya encaminándose de regreso por el pasillo alcanzando a Alemania e Italia. — Dejé unos papeles en la sala de conferencias, ¿los revisaría mientras regreso?

S-sure… —respondió el estadounidense, igual o más confundido que el alemán. Los vio desaparecer al girar por el siguiente corredor y se quedó allí tratando de procesar lo que acababa de ocurrir. — Japón es un poco…extraño. —concluyó.

Siguió su camino hacia la sala de conferencias mientras buscaba con la mirada un contenedor de basura en donde depositar el vaso en donde solía haber café y no tener que llevarlo todo el rato. Dobló en el siguiente pasillo y logró visualizar un contenedor al final de éste, que de hecho estaba cerca de la sala a la que debía llegar. Caminó tranquilo hasta encontrarse a unos pasos del contenedor cuando una desagradablemente familiar voz llamó su atención.

— Que raro verte aquí tan temprano, Soyedinennyye Shtaty.

Rusia. De todas las personas con las que pudo encontrarse tenía que ser Rusia. Era indiscutible, a la suerte le gustaba jugar en su contra. Se dio la vuelta para encontrarse de frente con el de ojos violetas.

— Buenos días para ti también. —respondió imprimiéndole total aversión a la frase.

— ¿Todo bien? —preguntó el ruso con su infantil sonrisa y falsa inocencia, pues era evidente la sátira detrás la pregunta. — Escuché que Yaponiya y tu estaban saliendo, da.

— ¿Quién te dijo eso? —No era posible que él pensara eso…

Meksika me lo contó, de hecho me contó todo.

La mirada de Rusia repentinamente se tornó amenazante. El ambiente se volvió tan denso que podía cortarse igual que la mantequilla, y pese a que ambos tenían plena consciencia de que entre ellos la intimidación no era efectiva, Rusia parecía haberlo olvidado. Nadie les hace daño a sus amigos.

— Para tu conocimiento no hay nada entre Japan y yo, somos amigos y eso es todo. —nunca estuvo en sus prioridades simpatizarle a Rusia y, bajo aquella situación, lo que opinara le interesaba en lo más mínimo. — Y no veo por qué de repente todo eso te importa.

— Te aseguro que tu relación con los demás no es de mi interés; Sin embargo, me importa cuando se trata de mis amigos. Meksika es mi amigo, desgraciadamente tiene que estar cerca de ti. Solo déjame advertirte una cosa, Soyedinennyye Shtaty, si lo lástimas lo que te pasará no será agradable, da.

El ruso se alejó tras decir eso último, la larga bufanda siguiendo el movimiento de sus pasos. ¿Qué demonios…? No le preocupaba nada de lo que Rusia había dicho; No obstante, el que México creyera que realmente estaba saliendo con Japón, eso en definitiva lo angustiaba.

Pero era algo que no venía al caso por el momento. México no quería hablar con él, ni siquiera tenía la certeza de que asistiera a la reunión de ese día, y aún si asistía, haría de todo para evitarlo —sin mencionar que sería imposible hablar con él a solas—. Ya llegaría el momento, hasta entonces, esperaría y le daría su espacio al mexicano.

Avanzó arrastrando los pies hasta la sala de conferencias y abrió las puertas dobles solo lo suficiente para pasar a través de ellas. Dentro, cerró las puertas. El interior de la sala estaba solo ocupado por vasos de agua frente al asiento correspondiente para cada nación. Hacía frío, seguramente por el aire acondicionado que dejaba una esencia similar a la de un consultorio médico. Miró por todos lados, buscando los papeles que Japón mencionó. Suponiendo que estarían en el lugar de Japón, fue hasta allí y, efectivamente, una carpeta reposaba sobre la mesa. La tomó, algo sorprendido por lo delgado de ésta y entornó los ojos ante lo que vio al abrir el primer folder: hojas en blanco.

Eligió otro folder al azar. Hojas en blanco. Terminó por revisar otros dos folders pero solo se encontró con más páginas vacías. Colocó todo en su lugar tratando de hallar una explicación, ¿se habrá equivocado Japón de carpeta?

El chasquido de la puerta al abrirse lo sacó de sus especulaciones.

De haber tenido la carpeta en sus manos, la habría dejado caer. Sus ojos se abrieron como platos y por un segundo se le cortó la respiración. Estaba paralizado y apenas pudo pronunciar el nombre de quien cruzó por la puerta:

M-Mexico

— Repíteme por qué estamos aquí tan temprano. —exigió México en medio de un bostezo. Ni siquiera tendría por qué estar allí, pero dadas las circunstancias con su Jefe, decidió que asistiría a la reunión del G20 y tal vez, solo tal vez, iría también a la del próximo mes.

—Me gusta llegar antes que los demás. —respondió Rusia, que caminaba al lado del mexicano, sonriendo— Además, ¿no crees que será bueno que estés en la sala para cuando todos lleguen, da? Ya has faltado a muchas reuniones.

— Bien, bien, tú ganas.

Recorrieron el edificio un par de veces, principalmente porque de detenerse aunque fuera solo un momento, México aprovecharía para dormir incluso si tenía que hacerlo sentado. Dieron uso a la máquina expendedora de café y siguieron paseando por los pasillos mientras conversaban. En un momento, México estuvo a punto de perder su café —y algunos dientes— cuando resbaló con un pequeño charco que pasaba desapercibido sobre el mosaico, pero la velocidad de su acompañante lo salvó.

— ¡Pero qué chingados! ¿Qué nadie puede poner un jodido letrero? ¡Casi me mato!

Una vez que el mexicano dejó de maldecir, siguieron caminando. Sin duda el coraje por el que pasó México terminó de despertarlo, así que ahora podían sentarse y esperar un rato más a que llegara, por lo menos, el anfitrión de la reunión de ese día.

— Enserio, tu gusto por llegar horas antes de que comiencen las reuniones me parece extraño, ¿no prefieres quedarte en cama en la comodidad de tu casa, en lugar de venir a verle la jeta a todos desde tan temprano? Porque yo sí.

— Estar en casa es más cómodo sin duda, da. —respondió Rusia— Pero creo que a veces algo bueno puede resultar de empezar el día antes, ¿no crees?

— Haz estado leyendo refranes últimamente, ¿verdad?

Rusia solo alcanzó a sonreír ante el gracioso comentario. En realidad, era la primera vez que llegaba bajo tal horario, pero era algo que no podía decirle al mexicano por razones a las que ni el mismo no sabía por qué atendía. O quizá sí, pero tampoco se lo contaría, pues esperaba que fuera algo que descubriera por sí mismo, aunque no lo quisiera.

Prosiguieron con una conversación distinta al inexplicable —al menos para México— gusto del ruso por madrugar hasta que vieron a Alemania e Italia cruzar por la entrada del edificio seguidos por Inglaterra. Irónico. Se pusieron en marcha por el pasillo que llevaba a la sala de conferencias y antes de llegar al final de éste, en donde doblarían hacía el siguiente, se toparon con los ex integrantes de las potencias del eje, que lejos de detenerse o saludar los pasaron de largo apresuradamente.

— ¿Qué pasa? —preguntó el mexicano cuando Rusia frenó el paso de repente.

—Es solo que pensé que aún tenía un poco. —dijo levantando su vaso de café vacío.

— Puedo ir por más si quieres, de paso me sirvo otro. —se ofreció México retirando el vaso de la mano del ruso.

Spasibo, Meksika. —respondió— Por cierto, te adelantarías después a la sala de conferencias, tengo que hablar de algo con Angliya, da.

— Sí, claro.

México regresó por el pasillo hasta la máquina expendedora de café, llenó ambos vasos y por un instante se distrajo mirando a quienes se había topado hacía un minuto. Japón conversaba con Alemania e Italia como si no se hubieran atravesado con el ruso y él con cara de a quien le dicen que secuestraron a su esposa. En fin; Japón nunca lo había cuestionado a él, así que no comenzaría a juzgar al japonés por como actuaba.

Son buenos amigos, ¿no?

Estaba tan entrado en sus pensamientos que no advirtió de que el café sobrepasó el borde del vaso hasta que se quemó. Profiriendo insultos por segunda vez en el día, dejó el vaso sobre una mesita que estaba junto a la máquina y secó su mano contra su traje. "Al fin de cuentas es negro", pensó. Tomó ambos vasos y caminó de vuelta hacia donde estaba la sala de conferencias. De camino vio llegar a Francia y China. Dobló por el pasillo y caminó hasta encontrarse frente a la puerta de la enorme sala, se terminó su vaso de café y lo arrojó a un contenedor que se hallaba cerca, dejaría el de Rusia en su lugar y listo. Usando la mano libre empujó un ala de la puerta doble y asomó la cabeza en la sala.

Cuando no prestaba atención era difícil notar si la sala estaba vacía o no; Con todo, no fue hasta que estuvo dentro, la puerta tras él cerrada y su nombre saliendo de boca de quien menos deseaba ver, que cayó en cuenta de que no debió dejarse convencer por Rusia de llegar antes que el resto de los países.

Vaya vaya, mira a quien tenemos aquí.

Era como si una ráfaga helada lo hubiera golpeado llevándose con ella algo más que su temperatura corporal. Semanas enteras evitando cualquier acercamiento con el rubio para terminar encontrándose con él a solas. No podía simplemente escapar, tendría que dar la cara. Lo había hecho antes, incluso después de que había ayudado al de lentes a reunirse con Japón, ¿por qué era tan difícil ahora?

No hay alternativa, ¿o sí?

Mexico. —Estados Unidos sintió como si su voz temblara al dirigirse al moreno.

— ¿Qué quieres? — Interrogó tajante el mexicano, avanzando por la sala hasta el lugar que le correspondía a Rusia y sintiendo que su equilibrio lo traicionaría. Dejó el vaso de café allí y no se movió más.

I… I tried to call you, but…

— Ya lo sé, —le cortó— por si no te diste cuenta no respondí. —Aléjalo, aléjalo como siempre lo has hecho— Pero gracias por al menos no llenar mi contestadora con basura.

Las palabras del mexicano eran como cientos de inyecciones de veneno. Dolían. Pero Estados Unidos estaba dispuesto a sentir ese dolor con tal de aclarar las cosas. Se acercó lentamente a donde se hallaba el mexicano, quien dio uno o dos pasos en dirección contraria.

— México, —dijo sin imprimirle ese tono característico del inglés— necesito hablar contigo.

— Pues yo no necesito escucharte y tampoco es algo que quiera hacer.

México se alejó del estadounidense y avanzó a pasos rápidos hacia la puerta. Quería salir de ahí, huir hasta donde pudiera de donde quiera que estuviera el rubio. No le temía. No tenía miedo de Estados Unidos… Estaba a pocos metros de la salida cuando el estadounidense lo detuvo por la muñeca.

— No me toques, suéltame. —trató de sonar tranquilo pero no sin dejar de ser despectivo, pero Estados Unidos no dio señales de soltarlo.— No voy a repetirlo.

— ¡No! —exclamó él. En sus orbes azules brillaba la determinación. No lo soltaría. — No te dejaré ir hasta que me escuches. ¿Crees que ha sido fácil pasar este último mes sin saber nada de ti? ¿Crees que no me he sentido mal por lo que sucedió entre nosotros esa noche? —su agarre se intensificó— Sé que cometí una estupidez y merezco que me odies, pero no puedo permitir que sigas pensando que lo que dije fue con la intensión de lastimarte. —había pasado de sostener su muñeca a sujetarlo por los brazos, su mirada fija sobre los ojos marrón-rojizo del moreno— Y aún si no puedo cambiar las cosas entonces quiero que sepas que lo que dije era verdad y lo sigue siendo, México, I love you

¿No creerás…

Su corazón dio un vuelco, su respiración se cortó y su temperatura se elevó hacia su rostro.

que él…

La mirada azul del rubio parecía escudriñar en su interior, buscando alcanzar esa parte que él mismo había dado por muerta hace tanto tiempo, la parte de él que de alguna forma sabía…

dice la verdad…?

…como sentir.

— Tú…—tomó al estadounidense por el cuello de la camisa con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos— ¡¿Crees que puedes obtener todo lo que quieres, no?! — exclamó desprendiendo su rostro de la visión del rubio— Te has dedicado a hacerme la vida miserable durante años. Eres despreciable, ¡no te soporto! ¡Te odio! —la firmeza con la que sujetaba la camisa del contrario flaqueó— No entiendo por qué…

— México…

El cuerpo del moreno parecía temblar, era complicado saber si se trataba de furia o un motivo distinto; Sin embargo, cuando Estados Unidos vio unas pequeñas gotas caer sobre la alfombra de la sala comprendió todo…

— ¿Por qué debo sentir esto cada vez que te veo…? —la voz de México se convirtió en un susurro, pero aún así pudo escucharlo— Me enferma…tener que quererte de este modo…

No hubo espera. Estados Unidos estrechó el cuerpo del mexicano en un abrazo que dejaba de lado todo aquello que los rodeaba. Tampoco hubo resistencia, simplemente un contacto que envolvía a ambos en una calidez que ninguno había sentido antes, era como si no necesitaran nada más que la presencia del otro para existir. Estados Unidos apretaba a México con sus brazos como si al soltarlo fuera a desvanecerse; Empero, se separó de él solo lo suficiente para sostener el rostro del mexicano entre sus manos y secar las lágrimas que corrían por sus mejillas.

— Nada bueno saldrá de esto. —dijo México separándose un poco más del abrazo del estadounidense— No arriesgaré a mi gente por esto y tu deberías pensarlo también. Ellos merecen más que nadie estar bien, ser felices.

— ¿Y nosotros no lo merecemos? —Estados Unidos no apartó su mirada del rostro de México, que se sonrojó muy sutilmente— Tienes razón, tal vez entre México y Estados Unidos no puede existir una relación; Pero, ¿aceptaría Eduardo tener algo más que una amistad con Alfred?

— Alfred es un estúpido con ideas ridículas. —la boca del moreno se curvó en una sonrisa. "¿Necesitas que responda, idiota?", pensó.

— Y Eduardo suele ser realmente obstinado a veces. —repuso Estados Unidos acercando su rostro al de México.— But I still love him, I've always did.

Sus labios se unieron en beso profundo pero suave. Los brazos de México rodearon el cuello del estadounidense, atrayéndolo hacia sí; Hecho que tomó por sorpresa al último, pero no por ello hizo menos especial ese momento: Saber que la persona que amaba sentía lo mismo por él, y que podían estar juntos sin tener que ocultar nada.

Aquel beso pudo haber durado más tiempo de no ser por la aparición de algunas personas en la sala.

— Ve~ Che bello!

Mein gott, déjenme informarles que esta es la sala de conferencias, ustedes dos.

What the bloody hell are you doing?!

— Honhonhon~ ¿Qué no es evidente, Angleterre? Tenemos a dos tórtolos enamorados aquí, honhonhon~

— Justo cuando creí que tendríamos una junta más o menos normal, aru.

La junta se llevó a cabo sin nada más que algunos comentarios respecto a lo que todos vieron antes de dar inicio a la reunión. Comentarios que México se encargó de acallar luego de amenazarlos diciendo que si hablaban los obligaría a comer los scones que su anfitrión había preparado para el descanso. Serían tumbas… por un tiempo. Al salir de la sala, Japón alcanzó a México.

Mekishiko-san, yo…bueno, imagino que sabe lo que ocurrió…

— Si, de hecho.

— Espero que me disculpe, Mekishiko-san

— Nunca fue tu culpa. —respondió México, dándole unas palmaditas en el hombro— Además, de no ser por ti…

— ¿hm?

— Nada, olvídalo. —México retomó su camino, despidiéndose con la mano del japonés— ¡Nos veremos en la próxima reunión!

H-hai… —atinó a decir Japón mientras veía al mexicano alejarse por el pasillo.

— Tu plan funcionó.

Japón se sobresaltó al escuchar a la persona a sus espaldas.

Roshia-san. —Si bien la sonrisa del ruso era un tanto perturbadora, había algo oculto bajo su expresión— N-no hubiera funcionado sin su ayuda.

La enorme nación no respondió. De lejos podía vérsele pensativo; Por otro lado, la aterradora sonrisa dejaba ver en ella un toque de honesta…¿ alegría? Ante el silencio de Rusia, Japón optó por preguntar aquello que no podía explicarse desde que puso en marcha su plan para reunir a ambos americanos.

Roshia-san, debo preguntar —comenzó, al tiempo que Rusia le dirigía su atención— ¿Por qué decidió ayudar? Quiero decir, sé que Amerika-san y usted no tienen muy buenas relaciones que digamos y…bien, quisiera poder entender.

— Lo que hice no fue para ayudar a Soyedinennyye Shtaty. Meksika es un buen amigo mío, se estaba haciendo daño a sí mismo al negar lo que sentía por Soyedinennyye Shtaty…—Rusia comenzó a caminar en dirección contraía a la que México había tomado— Me prometí que haría que dejara de llorar, de sufrir, costara lo que costara…y es lo que hice, da. — "Incluso cuando significaba perder la oportunidad de estar con Meksika", pensó dejando a Japón atrás, "Eso es lo que hace un amigo, da."


EPILOGO

¿Qué debe hacerse para encontrar en alguien ese sentimiento llamado amor? ¿Es necesario tener que atravesar por dolor, cólera, tristeza? ¿Miedo?

Ellos hubieran respondido que sí.

Ciertamente, la historia de dos personas que sufren para estar juntos es un cliché de telenovela, es lo que piensa uno; El argumento de la pareja que inicia como un constante conflicto en el que ambos se odian mutuamente y al final terminan juntos es algo típico de Hollywood, piensa en otro. Y el hecho de que su historia sea una combinación de ambos hace de su relación…un cliché.

Sin embargo, el vivir bajo esa idea vale la pena cuando al despertar pueden encontrarse en los ojos del otro, cuando el mejor refugio es entre los brazos de la persona que amas, cuando al rozar sus labios y sentir las manos del otro acariciar su piel bajo la suave tela de sus ropas y la conexión entre ambos se vuelve tanto física como sentimental. Entonces todas las preguntas encuentran su respuesta

¿Por cuánto tiempo permanecen ocultos los secretos? Nunca lo demasiado como para decir que los llevarás contigo para siempre.

¿Puede cambiarse el rumbo del corazón? No cuando hay un único camino.

Pero hay algo que perdura entre todos los sentimientos. Miedo; No obstante, su permanencia es lo que de algún modo los mantiene unidos, se comparte, el miedo que comparten de perderse el uno al otro.

Quizá el miedo no es tan malo después de todo.


¡Gracias por leer! :3