La historia ni los personajes me pertenecen.


Capítulo 1

Bella Denali se dejó llevar por aquel sueño erótico que la asaltaba todas las noches con una intensa sensación de anticipación.

—¿Edward? —Sus palabras retornaron en forma de eco, como si estuviese en el interior de un largo túnel. Una espesa neblina se arremolinaba alrededor de sus tobillos mientras buscaba al hombre que cada noche la visitaba en sueños. Sabía que antes o después aparecería y, sin embargo, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa al sentir unas poderosas manos que, desde atrás, le sujetaban los brazos y la mantenían prisionera. Percibió un intenso aroma a sándalo, a madera seca y a naturaleza, mezclado con la esencia masculina tan propia de Edward.

El roce de su piel fue suficiente para que el cuerpo de Bella despertara de nuevo a la vida. Sus pechos se elevaron desafiantes, turgentes, y sintió entre sus muslos una agradable sensación de humedad.

—Tócame —susurró, recostándose sobre el cuerpo de aquel hombre, esperando deseosa el momento en que sus grandes manos se posasen sobre sus pechos. De nuevo la misma sensación de anticipación, esta vez como si fuese una descarga eléctrica, le atravesó los pezones—. Pensé que no vendrías esta noche. Te he estado esperando... La hizo girar sobre sí misma y silenció sus palabras con un beso. Sus manos parecían estar en todas partes, su lengua fundida en la de ella, mojándole los labios, los dientes, saboreando cada rincón de su boca.

Tiró de la camiseta de Bella hasta hacerla pasar por encima de su cabeza y luego lanzó la prenda a un lado mientras sonreía con aquella mueca picara y juguetona que a ella siempre le ponía la carne de gallina. El deseo oscureció sus ojos y en las profundidades de su garganta retumbó el más primitivo de los sonidos guturales. Antes de reclamar de nuevo su boca, la dejó suavemente sobre una cama con colchón de plumas. Los sentidos de Bella se arremolinaron en una espiral de deseo fuera de control mientras él se dejaba caer, aún vestido, sobre el cuerpo de ella.

—Siempre vendré en tu búsqueda, princesa. Un día de éstos daré contigo y entonces al fin podremos estar juntos. —La llama de la lujuria ardió en sus ojos color verde mientras la miraba atentamente—. ¿Algún día me dirás dónde encontrarte, Isabella? Ella hundió los dedos en su suave melena cobriza y suspiró.

—Te lo digo cada noche. Estoy en Phoenix, esperándote. —Algo largo y duro se hundió sobre su estómago. Bella arqueó la espalda y rodeó su fina cintura con las piernas, sujetándolo firmemente contra su cuerpo, disfrutando del áspero roce de la tela tejana entre los muslos. El negó con la cabeza.

—Nada sé de ese lugar al que llamas «Phoenix», pero lo encontraré y entonces al fin estaremos juntos. —Le robó los sentidos con un beso tan intenso que los pezones de Bella se convirtieron en dos minúsculas cuentas rosadas bajo el duro tacto de aquellas manos tan masculinas. Arqueó la espalda contra su cuerpo, entregándose como ofrenda, suplicando que la tocara. Él emitió una sonora carcajada que ella rápidamente capturó dentro de su boca.

—Mi princesa. —Sus caderas se dejaron caer sobre el deseo más íntimo de Bella, imitando el movimiento que ella tanto deseaba ver convertido en realidad. Se movió con él, cada movimiento rozándole el clítoris, haciéndole perder el control. Suavemente Edward acarició uno de sus pezones entre los dedos índice y pulgar y ella jadeó. Cuando la boca sustituyó a la mano, el jadeo se convirtió en gemido. Sintió un calor húmedo entre las piernas y ríos de lava se abrieron paso desde los pechos hasta su sexo, incendiándolo todo a su paso.

Edward dirigió su atención entonces al otro pecho. Ella deslizó una mano a lo largo de su pene y él respondió al gesto con un gruñido de satisfacción. Abarcó la longitud de su sexo con la mano, acariciándolo a través de los téjanos mientras él chupaba de su pezón con más fuerza y la arañaba con los dientes hasta que Bella creyó que estaba a punto de explotar. Deslizó los dedos por la cintura de los pantalones de Edward y lentamente buscó la sedosa punta de su miembro, coronada ya por una gota de semen. Edward espiró muy despacio mientras apresaba las manos de Bella entre las suyas y la obligaba a estirar los brazos por encima de la cabeza, provocando así que sus pechos se tensaran.

—Sabes que no puedo permitir que me toques de esa manera, Isabella, todavía no. No eres lo bastante fuerte como para producir sustento, sólo puedes recibirlo. Pero todo llegará, muy pronto lo verás.

Tal y como ocurría cada noche, un lazo invisible aprisionó las muñecas de Bella mágicamente. No sólo no podía ver las ataduras, sino que tampoco podía sentirlas, y aquello no hacía más que aumentar su grado de excitación. Luchó contra aquellos grilletes mágicos mientras una nueva ola de deseo anegaba el abismo que se escondía entre sus muslos.

—Quiero sentir tu piel desnuda contra mi cuerpo, Edward. Quiero saborear tu pene en lo más profundo de mi boca antes de que me penetres y tus testículos reboten sobre mis nalgas mientras lo hacemos. De pronto el gesto de Edward se volvió tenso y Bella no pudo reprimir una sonrisa. Algún día, estaba segura, rompería aquella barrera de autocontrol y entonces harían todas aquellas cosas que ella tanto deseaba.

—Eres una hechicera. —Le sonrió, aún tumbado encima de ella, y su expresión se volvió más suave, más dulce, mientras en sus ojos se reflejaba el afecto que sentía por ella—. Y algún día te haré el amor hasta que no puedas ni andar por provocarme de esta manera. —Su lengua describió un lento recorrido hasta el montículo de su sexo. Bella se ofreció de nuevo, sumisa, esperando a que la devorara, a que le lamiera el clítoris hasta que ya nada importase. Para su desesperación, Edward se tomó su tiempo. Recorrió primero las piernas, desde los muslos hasta los pies, con dedos ásperos que luego sustituyó con besos generosos, pequeños mordiscos y caricias con la lengua.

Separó entonces los muslos, se situó entre ellos y deslizó una almohada bajo su cadera para que Bella estuviera completamente abierta y preparada para él. —Tienes el sexo más bonito que he visto en mi vida, princesa. —Separó suavemente los pliegues de su carne y deslizó un único dedo dentro de ella—. Caliente y húmedo, como siempre. —Con el dedo aún mojado, trazó una línea alrededor del capullo en flor que era su clítoris y Bella perdió el aliento, víctima de aquella sensación prohibida. Cuando de nuevo introdujo un dedo, un gemido largo y quejumbroso se escapó de entre sus labios—. Llegará el día en que pueda asaltar este culo precioso con mi espada.

Antes de que Bella pudiera responder, Edward se dejó caer entre sus muslos y le lamió el clítoris, ahuyentando cualquier otro pensamiento de su mente. —Edward, sí —consiguió responder, mientras él le introducía un dedo por el ano y al mismo tiempo le acariciaba la piel más sensible del clítoris con la lengua. Sus muros internos se tensaron tanto que se sintió al borde del precipicio, hasta que Edward se separó de ella—. No —gritó, presa de la frustración—. Por favor, llévame al orgasmo. No me dejes otra vez así. Ya no puedo soportarlo más.

Él se limitó a sonreír mientras sacudía la cabeza. —Por el momento sólo necesitas sustento. Esta noche, sin embargo, me quedaré un poco más contigo. No te preocupes, Isabella, no estaremos separados por mucho más tiempo. Yo tampoco puedo soportarlo más.

Bella se retorció sobre la cama, tratando de deshacerse de aquellas ataduras que sus ojos no eran capaces de ver. No podía superar otra noche sumida en tanta frustración. Cada día, a todas horas, su cuerpo se estremecía de excitación, sus pechos se volvían extremadamente sensibles, incluso al roce del sujetador más fino, y el clítoris y los labios que protegían su sexo aumentaban de tamaño por sí solos hasta el punto de que sólo podía llevar falda, para evitar el roce de los pantalones en aquella piel tan sensible. Y eso sin mencionar el continuo estado de ensoñación en el que vivía, imaginando a todas horas la próxima vez en que podría sentir las manos de Edward sobre su piel. —Por favor —suplicó—. No puedes volver a dejarme así.

—Shhh... —respondió él, antes de dejarse caer de nuevo entre sus piernas y recorrer los carnosos pliegues de su sexo.

Bella se entregó extasiada a la marea de placer que, con cada incursión de su experimentada lengua, recorría todo su cuerpo. Edward hizo entonces algo que nunca antes había hecho y Bella se sorprendió. Continuó trazando caminos entre sus piernas, hundiendo la lengua y utilizando sus propios jugos para acariciarle el clítoris. Entonces, de pronto, deslizó con suavidad dos dedos dentro de su ano. Bella abrió los ojos desmesuradamente y reprimió una exclamación de sorpresa mientras aquella inesperada sensación se apoderaba de cada rincón de su cuerpo y sus pezones se tensaban hasta el extremo del dolor. Por un instante trató de que su cuerpo se adaptara a aquella nueva invasión, pero enseguida apretó su cuerpo contra el de él, exigiendo más.

Edward continuó torturando sus sentidos. Cada vez que se acercaba al límite, él se detenía y le susurraba dulces palabras al oído hasta que la sensación desaparecía, lo justo para evitar que llegara al orgasmo. Finalmente, después de lo que a Bella le parecieron horas, Edward introdujo dos dedos de la mano que le quedaba libre entre sus muslos, abriendo dos frentes de placer al mismo tiempo. Ella disfrutó de aquella sensación nueva, pero deseó que en vez de dedos alguno de aquellos cuerpos extraños fuese su verga. El aire se llenó del sonido de carne contra carne, las manos de Edward contra su piel, mientras él no dejaba de entrar y salir, meter y sacar, mientras ella contenía el aliento y respiraba en pequeños jadeos, continuos y violentos.

De pronto Edward retiró los dedos y Bella se sintió extraña y vacía. Volvió a concentrarse en el clítoris, lamiendo ansiosamente entre los labios, arañándolo con suavidad con los dientes. Ella estaba cada vez más excitada, pero justo cuando iba a alcanzar el climax, Edward desapareció. El despertador empezó a aullar con su voz estridente. Bella abrió los ojos para encontrarse con las paredes de su habitación.

—¡Mierda! —Otra vez la había dejado a medias. Frustrada, golpeó las sábanas con todas sus fuerzas. Se quitó la camiseta con la que dormía y, al hacerlo, sintió el roce de la suave tela sobre los pezones como si fuese papel de lija. Farfullando entre dientes, se dirigió hacia la ducha—. Otra estupenda mañana y otra maravillosa ducha fría para calmarme —se dijo, enfadada, de camino al baño—. El que inventó el telefonillo de la ducha merece la santidad. Se mojó el pelo bajo el chorro de agua caliente y cogió el gel.

El espeso líquido se deslizó entre sus dedos y un intenso aroma a madreselva invadió sus sentidos. Mientras el vapor formaba nubes a su alrededor, imaginó las poderosas manos de Edward deslizándose por su cuerpo, acariciando cada centímetro como lo habían hecho en sueños. Cerró los ojos y extendió el jabón sobre sus pechos. Tantas veces había imaginado el tacto de aquellas manos tan masculinas que conocía perfectamente el efecto que cada caricia tendría sobre su piel. Dejó la botella de gel sobre la estantería, colocó la pierna izquierda sobre el borde de la bañera y ajustó el cabezal de la ducha a chorro intenso, su favorito. Respiró profundamente mientras imaginaba la cabeza de Edward entre sus muslos, la lengua perdida en su interior y los gruesos dedos de una de sus manos dándole placer por detrás. Entonces dirigió el chorro hacia el clítoris. A medida que la excitación iba en aumento, imaginó el cuerpo de Edward, su piel pálida cubierta de gotas de agua reflejando destellos de luz. Su miembro, grande, poderoso, hundiéndose en su carne hasta hacerle gritar su nombre. Tales pensamientos la arrastraron violentamente hasta un orgasmo que parecía no acabar nunca. Su cuerpo se inundó de energía, que enseguida desapareció como si, al igual que el agua, se escurriese por el sumidero.

Cuando finalmente se extinguieron los espasmos, Bella se dejó caer en el borde de la bañera, agotada, con el teléfono de la ducha aún entre sus manos. Se sobresaltó al oír que alguien golpeaba la puerta. El susto la hizo resbalar en la bañera y tuvo que sujetarse rápidamente en la pared para no caerse.

—¡Bella! ¡Si quieres que te lleve al trabajo mueve el culo y deja ya de masturbarte ahí dentro! ¡Si sigues gritando así, al final vendrán a picar los vecinos! Bella se puso colorada. «Joder, qué vergüenza. Si Tanya me vuelve a pillar masturbándome, al final acabará comprobando si ya me he quedado ciega de tanto tocarme. No debería haberle hecho caso a mi padre cuando me dijo que no era lo suficientemente lista como para sacarme el carnet de conducir. Si hincara los codos y aprobase, no dependería de Tanya para que me llevara en coche.» Aún reprendiéndose a sí misma, Bella terminó rápidamente de ducharse y se vistió como siempre lo hacía, con una camiseta holgada que le venía varias tallas grande, una falda tejana larga y sus botas camperas favoritas. Se miró en el espejo mientras se recogía el pelo en una cola de caballo y suspiró ante la visión de su cara, llena de pecas y de rasgos vulgares. «Como cada día, esto es lo mejor que soy capaz de hacer con lo que tengo.» Cuando entró en la cocina, veinte minutos más tarde, Tanya estaba desayunando cereales y leyendo el periódico.

Bella observó a su compañera de piso y deseó por millonésima vez parecerse un poco a ella. La melena rubio platino de Tanya caía como una cascada de aguas puras y cristalinas sobre sus hombros. Su maquillaje perfecto, sus téjanos de marca y unas sandalias a la última hacían destacar aún más un cuerpo firme y atlético, que bien podría hacerle ocupar las páginas centrales de Playboy o participar en una pasarela de modelos. Bella sacudió la cabeza. Ella estaba más bien entradita en carnes y, por mucho peso que perdiera, nunca conseguiría parecerse a Tanya. Donde una tenía caderas y pechos, la otra lucía una figura envidiable. Aquélla era posiblemente la razón por la cual los chicos más atractivos de Phoenix hacían cola en la puerta de la habitación de Tanya. Bella siempre bromeaba con la posibilidad de instalar un dispensador de números junto a la alcoba de su compañera. Seguramente podría hacerse con uno en la oficina de correos. Pero Tanya se limitaba a sonreír y decía que sería demasiado costoso reemplazar continuamente las bobinas de números.

—¿Vas a comer algo antes de irnos? —Tanya levantó la mirada de sus cereales—. Estoy segura de que tanto ejercicio te ha abierto el apetito. Sus labios, perfectamente delineados, se curvaron formando una sonrisa burlona.

Bella ignoró aquel comentario y suspiró. —Ya me compraré algo en el restaurante. Esta mañana entra un camarero nuevo y tengo que formarle, así que debería llegar pronto. —Abrió el armario en el que guardaba todas sus medicinas y cogió las dosis necesarias para pasar el día. Había estado enferma desde que cumplió los dieciséis años y los médicos nunca conseguían encontrar la causa, así que trataban los síntomas con veinte medicamentos distintos que tenía que tomar a lo largo del día. A menudo sus padres adoptivos le decían que sus verdaderos progenitores no debieron de ser personas sanas y que por eso ella había heredado tantos problemas de salud. Como siempre le ocurría en aquellas ocasiones, un sentimiento de intenso dolor recorrió su cuerpo y deseó tener unos padres que se pareciesen a ella, que actuasen como ella y que la comprendiesen.

—Aquí la Tierra llamando a Bella. —Tanya agitó una mano frente a la cara de su compañera, sacándola de sus pensamientos—. ¿Alguna vez piensas tener tu puto botiquín preparado? Vamos a llegar tarde.

Bella cerró el bolso y disimuló un bostezo. Tenía la sensación de no haber dormido en toda la noche. «Malditos sueños eróticos.» —Sí, estoy lista. Me recogerás a la salida, ¿verdad? Preferiría no tener que volver andando a esas horas de la noche.

-Ningún problema. No he quedado con nadie, así que me escaparé del trabajo un poco antes e iré a buscarte. De camino a casa, podemos comprar algo de comida preparada.

—Sí, claro. —Bella suspiró. Tanya sabía perfectamente que no podía probar ese tipo de comida. Los médicos la obligaban a seguir una estricta dieta para minimizar sus síntomas y, aunque no había notado apenas mejoría alguna, se sentía mejor si no se alimentaba continuamente de grasas y patatas fritas. Levantó la vista y por un instante le pareció percibir una expresión sibilina en el rostro de Tanya. «Vaya, ya tardaba.» —¿Qué pasa, Tanya? Sólo pones esa cara cuando quieres algo de mí.

Tanya se encogió de hombros, tratando sin demasiado éxito de aparentar indiferencia. —¿Qué te parece si el viernes sales un poco antes del trabajo? Hay alguien a quien quiero que conozcas.

Bella, sorprendida, se volvió para mirar a su compañera de piso. —¿Te refieres a un tío? —Tanya siempre le decía que no era lo bastante atractiva como para tener una relación y que, cuando se daban cuenta de su existencia, era únicamente porque parecía estar pidiendo a gritos un revolcón por compasión. De modo que, ¿por qué de pronto estaba tan interesada en solucionarle la vida?

—Un tío no, un hombre —aclaró Tanya—. Estás a punto de cumplir los veinticuatro y conozco a un chico que es perfecto para ti. —Se detuvo y la miró de arriba abajo—. No le desagradan las chicas con un tipo como el tuyo. Y además tiene el pelo oscuro, así que seguramente no le importará que tu pelo sea de esa tonalidad color barro.

Bella se sintió decepcionada y herida ante aquellas palabras. Sus ojos se inundaron de lágrimas, que trató de contener parpadeando rápidamente. Siempre había sido consciente de que no era demasiado atractiva. Su propia familia y su mejor amiga así lo pensaban, de modo que no tenía mucho sentido creer que alguien podría mirarla de un modo distinto. «Sólo me siento atractiva cuando estoy con Edward. Sólo con él me siento aceptada.» Deseó llamar al trabajo y decir que estaba enferma para poder volver a la cama y a la tranquilidad de los brazos de Edward, aunque sólo existiesen en sus sueños.

—Sobre las ocho, ¿vale? —continuó Tanya, sin darse cuenta de la reacción de Bella o, más probablemente, sin que le importase lo más mínimo—. Intenta ponerte algo que disimule tu peso. Quiero que le gustes.

Bella se tragó la vergüenza y se dejó caer en el asiento del copiloto. «A lo mejor me pongo enferma antes del viernes.»

.

.

.

«¡Si me violan y me asesinan esta noche (Dios no lo quiera), pienso perseguir a Tanya desde el más allá hasta el fin de sus días!» Bella aceleró el paso al ver que el extraño que caminaba detrás de ella estaba cada vez más cerca. Buscó ansiosa en la oscuridad de la calle y en las tiendas cerradas en busca de algún signo de vida, sin éxito. La sofocante noche de Phoenix la envolvió como un sudario. El cemento bajo sus pies aún desprendía el calor de la frenética actividad de todo un día. Los pasos resonaban solitarios al ritmo de los latidos de su corazón. El olor a grasa rancia de un restaurante chino cercano impregnaba el aire. «¿Por qué demonios no podrá haber algo abierto?» —¡Maldita seas, Tanya! —maldijo entre dientes, mientras miraba por encima del hombro para ver la silueta del extraño que aún la seguía. Su compañera de piso estaría seguramente montándoselo con algún bellezón y se habría olvidado de recogerla después del trabajo. «Si sobrevivo a esta noche, juro que me presento al examen de conducir. Aunque tenga que estudiar el resto de mis días para aprobarlo, valdrá la pena si no tengo que depender más de Tanya.» Acelerando aún más el paso, hurgó en el bolso en busca de su navaja. Afortunadamente, hacía algunos meses que un Ángel del Infierno se había quedado sin dinero y se la había dejado como propina. Ahora sólo tenía que averiguar cómo utilizarla. Una mano la sujetó con fuerza por el hombro. La impresión hizo que se le cayera la navaja al suelo y se deslizara sobre el pavimento, fuera de su alcance.

El tiempo pareció detenerse mientras sus nociones de autodefensa se apoderaban de ella. «¡Menos mal que no hice caso a mi familia y tomé esas clases!» Dejó caer un pie con fuerza sobre el empeine del extraño, en el punto exacto en el que sus botas de cowboy seguramente dejarían una huella imborrable. Luego lanzó el codo en dirección al torso de su asaltante. Se oyó un sorprendido «uf» de dolor y Bella aprovechó ese momento para correr fuera de su alcance. Antes de que tuviera tiempo de dar dos pasos, el extraño la sujetó por la cintura y ella sintió que el aire abandonaba dolorosamente su cuerpo. Cuando consiguió recuperarse, se dio cuenta de que el hombre ni siquiera había dejado de avanzar y de que cargaba su cuerpo con un brazo como quien transporta un saco de pienso para animales. De no haber estado tan asustada, hubiese admirado los músculos y la fuerza bruta de su asaltante. Gritó con todas sus fuerzas, pero de su boca no salió ningún sonido. Tomó aire y lo intentó de nuevo, pero fue como si gritara dentro de una sala insonorizada.

—Cálmate, hechicera —le ordenó el extraño mientras le daba un azote en el culo—. No me he pasado los últimos diez años buscándote para que ahora me obligues a tragarme mi propia entrepierna. —Su voz, en la que se podía distinguir un punto de diversión, era tan profunda que Bella sintió cómo vibraba a través del brazo que la sujetaba por el trasero. Pensó que había en ella algo familiar que no acababa de situar.

—¡Suéltame, cerdo! —dijo, sorprendiéndose al escuchar, esta vez sí, su propia voz, aunque ciertamente apagada. Se retorció y pataleó sin que sirviera de nada. Empezó a morderle con todas sus fuerzas, pero algo en su interior, un instinto tal vez de supervivencia, le aconsejó que no pusiera su suerte a prueba. Podía sentir con claridad el aura de poder que rodeaba al extraño sin ni siquiera necesidad de ver su rostro. Y había aprendido, hacía mucho tiempo ya, a no hacer oídos sordos a las corazonadas.

—Cuando llegue el momento, hechicera. Ya casi hemos llegado a tu casa. —Marcó sus palabras con un nuevo azote en el culo. «¿Sabe dónde vivo? ¡Oh, Dios, voy a ser violada y asesinada en mi propio apartamento!», pensó Bella. Levantó la cabeza y se sobresaltó al ver los escalones de su casa aparecer a lo lejos. El pánico se apoderó de ella y trató de nuevo de liberarse con todas sus fuerzas. Como mujer soltera que era, sabía que no debía permitir que su atacante entrara en el apartamento. Era mejor tratar de resistirse en el exterior, donde alguien pudiera verla o donde tenía más probabilidades de poder escapar.

Pero justo cuando tomaba aire, dispuesta a gritar, el extraño la bajó al suelo justo delante de la puerta, deslizando su cuerpo por encima de su figura musculosa hasta que pudo tocar el suelo. Bella se detuvo, sorprendida ante la familiaridad de aquella sensación. El grito se perdió en las profundidades de su garganta al mirar a los ojos a aquel extraño que le resultaba tan familiar. Edward. Hubiese sido capaz de reconocerle en cualquier lugar. No en vano había soñado con él durante los últimos diez años de su vida, sin tomarse la molestia de buscarse un hombre de carne y hueso. Encontrarle allí, frente a ella, produjo una reacción de excitación instantánea en su cuerpo. Sacudió la cabeza, convencida de que soñaba de nuevo. Pero hasta la fecha sus sueños eróticos siempre tenían lugar en una alcoba que parecía no pertenecer a este mundo. Durante un instante estudió sus rasgos, comparándolos con los que recordaba del hombre de sus sueños. Era tan alto que tendría que agacharse si quería pasar sano y salvo por el marco de la puerta de su apartamento.

Unos hombros anchos y poderosos tensaban la camiseta negra que vestía y dibujaban unos pectorales bien definidos. Su rostro parecía tallado en granito y, cuando sonreía, un pequeño hoyuelo bajo la boca suavizaba su expresión. Su cabello, rebelde y de color cobrizo, le daba un aire elegante, y sus ojos de un verde casi líquido, la miraban fijamente. La risa de Edward la despertó de su ensoñación y se dio cuenta de que le había estado mirando fijamente.

-¿Ves algo que te guste, hechicera? —preguntó con voz provocativa mientras se señalaba a sí mismo, de la cabeza a los pies. Siguiendo la trayectoria de su mano, Bella se fijó en una enorme protuberancia que le tensaba la tela de los téjanos. Tragó saliva con fuerza mientras recordaba el sueño de la noche anterior. Un calor líquido se extendió entre sus piernas y notó que sus braguitas estaban cada vez más mojadas. El miedo y la adrenalina, sin embargo, la devolvieron a la realidad. ¿Cómo era posible que aquel hombre de carne y hueso invadiera sus sueños? ¿Era aquel hombre realmente Edward?

—¿Quién eres? —exigió, ignorando su pregunta.

—Ya sabes quién soy. La pregunta es quién eres tú y por qué he venido a buscarte. —Cruzó sus musculosos brazos por encima del pecho y sonrió mientras esperaba a que la joven hiciese las preguntas correctas. La curiosidad que sentía Bella la animó a invitarle a que entrara en su casa, sin apenas darse cuenta de lo que hacía. Su intuición pareció no tener nada que decir al respecto y Bella se tomó aquel silencio interior como un buen augurio. Pero entre sus piernas algo reclamaba ser presentado de una forma más íntima y personal. Afortunadamente, Tanya, su compañera de piso, no estaba montándoselo con un equipo de rugby al completo, como la última vez que Bella había entrado en casa. Dejó el bolso sobre la encimera de la cocina y sacó dos botellas de agua de la nevera. Le dio una a Edward, que ya se había sentado cómodamente en el sofá.

—¿Y quién se supone que soy? —preguntó ella, mientras un intenso hormigueo recorría sus dedos, que ansiaban poder deslizarse por las marcadas líneas del cuerpo de aquel desconocido—. ¿Por qué has venido a buscarme? ¿Y quién se supone que eres tú? —Bella tomó asiento en la otra punta del sofá, desde donde podía observarle, esperando a que en cualquier momento desapareciese. Edward se tomó su tiempo para estudiarla, tal y como ella había hecho con él. Finalmente, abrió el tapón de la botella y se bebió la mitad de su contenido en dos largos tragos.

—Tú —respondió señalándola con un dedo— eres Isabella de Swan, princesa de los Swan. Recuerda que llevo años diciéndote que algún día te encontraría y finalmente estaríamos juntos. Bella sintió la sorpresa convertirse en una maraña de nervios enredada alrededor de su estómago. Cada vez que soñaba con Edward, él siempre la llamaba Isabella o princesa, y ésa era precisamente una de las razones por las que ella asumía que sus encuentros no eran más que producto de una imaginación hiperactiva. Todo aquello era una locura, pero algo en su interior le dijo que Edward no mentía. Pero ¿princesa? No podía ser.

—Edward—susurró. «Tal vez esté perdiendo la cabeza pero, si voy a volverme loca junto a él, eso compensará lo que he pasado los últimos veintitrés años de mi vida.» El asintió y una media sonrisa acentuó aún más la profundidad del hoyuelo de su barbilla.

—Sí, me recuerdas. —Parecía complacido, casi alegre—. Si te hubieses ocupado mejor de ti misma, hechicera, los sueños no hubiesen sido necesarios para tu subsistencia. Ahora que estoy aquí podremos cambiar esa situación. Bella se sonrojó al comprender cuál era para él la definición de «cambiar».

—¡Deja de llamarme hechicera y limítate a responder al resto de las preguntas! —«O mejor, tírame al suelo y dejemos la charla para más adelante...»

Edward negó con la cabeza. —Tu herencia familiar es muy fuerte. —Se frotó la barriga y rió entre dientes—. Pero eres una hechicera. Una hechicera Swan. Bella cerró los ojos hasta que apenas quedó de ellos una fina línea.

—Dices que mi nombre es Isabella de Swan, aunque eso no me convierte en una hechicera. Además, mis padres me pusieron Bella, Bella Denali.

—No, en realidad fuiste raptada por los Cunt-Denali.

—¿Disculpa? —Respondió ella, sorprendida al oírle utilizar aquel término ofensivo—.*Soy cualquier cosa menos mojigata, pero odio esa palabra.

—Estoy seguro de eso. —Edward rió a carcajadas. El sonido de su risa, cálida y sensual, había conseguido derretirla en sueños, y ahora hacía que sus pezones se marcasen contra el algodón de la camiseta. Él bajó la mirada, como si hubiese leído sus pensamientos. Ella se sonrojó y miró hacia otro lado—. Te pido disculpas. Has vivido demasiado tiempo entre humanos como para entender a qué me refiero. Hace mucho tiempo, el pueblo Swan sufrió una guerra civil y se dividió en dos facciones: los Swan originales y los Cunt- Denali, como ellos mismos pasaron a llamarse.

Bella no pudo reprimir una carcajada de incredulidad. —Joder, me estás tomando el pelo. —Aunque admito que sí me gustaría eso de joder...

-no, no te estoy tomando el pelo. Nunca bromeo sobre la historia de nuestro pueblo. —Bebió otro trago largo de agua y Bella observó extasiada la forma en que su cuello se movía al paso del líquido. Sintió la urgente necesidad de explorar con la lengua el valle que su nuez dejaba tras de sí con cada movimiento. Algo en sus ojos brilló, tal vez un destello de alegría, y Bella temió que fuese capaz de leer sus pensamientos. Edward, sin embargo, pareció no darse cuenta de nada. Con un movimiento rápido y fluido, se puso en pie y atrajo el cuerpo de Bella hacia el suyo. Ella, casi sin aliento, sintió cómo cada centímetro de su piel le pedía a gritos que olvidase la vergüenza y se frotase contra él, o aún mejor, que le tirase al suelo y se empalase a sí misma con el enorme miembro de Edward. Aquel impulso casi irrefrenable la devolvió bruscamente a la realidad. Se liberó de la presa que la mantenía inmóvil y se refugió tras el sofá. Edward rió y continuó como si nada hubiese ocurrido.

—La palabra «coño» tiene un matiz peyorativo porque las hechiceras interactúan con los humanos y éstos toman términos de nuestro idioma. Cunt es para nosotros sinónimo de «traidor» o de «marginado». Los humanos, eso sí, utilizan la palabra de forma distinta. Ahora ven aquí y bésame, Isabella, quiero sentir al fin el tacto real de tus labios.

Edward rodeó el sofá para acercarse a Bella, pero ella le detuvo con un gesto de la mano. —Espera. —Trató de serenar los impulsos traicioneros de su propio cuerpo. «Esto no puede ser real, así que será mejor que controle», se dijo. Luego observó fijamente a Edward con escepticismo—. ¿Qué tienen que ver las hechiceras con todo esto? ¿Te refieres a las brujas? Edward se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en el respaldo del sofá, y su camiseta negra, que hasta ese momento ya era suficientemente ajustada, reveló los hombros mejor formados que Bella había visto nunca. Hombros, por otro lado, que ya había visto y tocado antes. Se humedeció los labios con la lengua mientras experimentaba un deseo irrefrenable de recorrer con ella cada centímetro de su musculosa espalda. Edward la apartó de nuevo de sus pensamientos.

—Las brujas son humanos que escogen practicar una serie de creencias. Ser Swan no es una elección, se nace siéndolo. —Sacudió la cabeza y suspiró—. Es evidente que los Cunt-Denali te han ocultado tus verdaderos orígenes. Y esto hay que solucionarlo. —Su mano serpenteó hasta sujetarla por un brazo y tirar de ella por encima del respaldo del sofá. La colocó sobre su regazo, con sus fuertes brazos rodeándola firmemente por la cintura, y Bella sintió una poderosa descarga eléctrica entre las piernas. Sentir una enorme protuberancia crecer contra su cadera sólo sirvió para confundir aún más sus pensamientos. Edward sonrió y sus ojos se oscurecieron peligrosamente. Bella sabía, después de soñar con él durante los últimos diez años, que aquella amenaza no enmascaraba ningún peligro para ella, sino la promesa de sexo maravilloso. Cada una de las zonas erógenas de su cuerpo cobró vida de pronto y se sintió ahogada por aquella marea de energía sexual. Él la miró fijamente y Bella le detuvo poniendo un dedo sobre sus labios.

—Por favor, háblame de los Swan. —Cualquier cosa con tal de mantenerle hablando hasta que fuese capaz de averiguar cómo lo hacía para despertar aquellas sensaciones dentro de ella.

—Un Swan es un ser que necesita energía sexual para subsistir. También comemos y bebemos, pero si queremos crecer y desarrollarnos plenamente debemos imbuirnos de ese tipo de energía. —Besó el dedo que aún descansaba suavemente sobre sus labios y luego se lo metió en la boca. Chupó la punta y formó espirales a su alrededor con la lengua, tal y como lo había hecho en sus sueños al juguetear con su clítoris, que ahora se contrajo. Bella retiró el dedo mientras trataba de que su respiración fuese algo más que unos breves jadeos entrecortados. Edward habló y su voz apenas era un ronroneo grave y distante. —El coito es la mejor forma, y la más sencilla, pero también sirven otras variedades de energía sexual: masturbación, voyeurismo o incluso sueños eróticos.

Bella no pudo reprimir una carcajada. —¿Me estás diciendo que soy algo así como un vampiro sexual?

—Por Dios, no. —Edward pareció horrorizado ante semejante sugerencia—. No eres un súcubo, princesa. Eres mi prometida y la legítima princesa de los Swan.

—¿Prometida? —Bella se quedó boquiabierta—. ¿Quieres decir prometida en matrimonio?

Edward asintió. —Sí. Muchos Swan no se casan. Algunos tienen hijos con humanos o se alimentan sexualmente de ellos durante toda su vida. Pero los Swan de sangre más pura son prometidos a su nacimiento con uno de sus semejantes para poder así mantener la línea de sucesión. Nosotros Nacimos para estar juntos, solo nos podemos sentir completos si es así. —Acercó su boca a la de ella, quien, al sentir el familiar contacto de sus labios, escapó de entre sus brazos y corrió a la otra punta de la habitación. Su mente era un torbellino de inseguridades. Cuando estaba cerca de él, era como si todos sus circuitos estuviesen al borde de una sobrecarga. Le miró a los ojos, oscurecidos por el deseo. ¿Ese montón de testosterona sentado al otro lado de la estancia decía ser su prometido? Su cuerpo respondió al instante, preparado para reclamar los que sin duda eran sus derechos conyugales. Pero enseguida su mente, excesivamente analítica, se ocupó de arruinarlo todo.

—Escucha, ni siquiera te conozco. Me sigues hasta casa, haces que casi me dé un infarto y ahora me dices que soy algo así como una hechicera que se alimenta de sexo. —Paseó arriba y abajo junto a la mesita que había frente al sofá. Sintió un nudo en la boca del estómago e inmediatamente supo que al menos parte de lo que le había explicado Edward era cierto, lo sentía en su interior—. ¿Por qué has esperado tanto tiempo para venir a buscarme?

—Isabella, te he estado buscando los últimos diez años de mi vida, Estabas bien escondida entre los humanos. Cuando terminó la guerra civil, te raptaron y te utilizaron como rehén para que el rey y la reina no persiguiesen a los Cunt que quedaban con vida. Luego escaparon al mundo de los humanos para esconderse entre ellos. —Se puso de pie y descansó una mano consoladora sobre su hombro—. Sé que me crees, aunque también me doy cuenta de que te resistes a ello. Pero respóndeme a una cosa: ¿mientras eras una niña, mientras crecías, sentías que encajabas con los que te rodeaban? ¿Eres como tus padres o tus hermanos, o incluso como tus amigos?

La verdad la golpeó como un martillo. Sintió cómo sus ojos se inundaban de lágrimas y los cerró con fuerza. Edward tenía razón. Nunca había encajado con las personas que tenía a su alrededor. Ni siquiera había tenido amigos de verdad. Su madre y su padre tenían el cabello claro, mientras que el suyo era oscuro. Sus ojos color marrón siempre habían sido objeto de fascinación o de burla despiadada. Cuando, a una edad aún temprana, empezó a desarrollar las caderas y los pechos propios de una mujer madura, se hizo aún más evidente la diferencia entre ella y su madre y hermanas. Siempre había pensado que ése era el motivo por el cual soñaba con un hombre apuesto que conseguía que se sintiese aceptada. Pero ahora que ese hombre estaba frente a ella en carne y hueso, que podía oler su perfume a almizcle y a madera, supo que decía la verdad.

—¿Mis padres adoptivos son... —le resultaba difícil pronunciar aquella palabra— Cunt?

Edward asintió y señaló una fotografía familiar que colgaba de una de las paredes. —La guerra civil estalló en parte por culpa de las diferencias físicas. Los descendientes de Swan y de humanos, que se hacen llamar Cunt, tienen el pelo opaco de un rubio platino o cenizo casi tirando a blanco, la piel dorada y suelen ser delgados. Los Swan puros, sin embargo, tienen el pelo oscuro o colores vivos, la piel pálida y una figura llena de curvas. —La miró de arriba abajo como si fuese capaz de ver a través de su holgada ropa—. Los Cunt se consideraban más atractivos, superiores, mejor preparados para la reproducción, de modo que intentaron destronar al rey... y fallaron. Bella repasó su vida mentalmente. Para su familia nunca había sido una más de ellos, sino que siempre la habían tratado como a una mascota no muy inteligente. La universidad nunca había sido una opción plausible para ella. Su padre había conseguido convencerla de que no sería capaz de estar a la altura y que sería una pérdida de tiempo y de dinero. Lo mismo ocurrió cuando quiso sacarse el carnet de conducir. Así las cosas, decidió estudiar hostelería. El sueldo no estaba mal y —casi siempre— le gustaba el trato con los clientes. En su vida personal, sus hermanas aún se burlaban de ella por estar gorda. Según ellas, su pelo, largo y oscuro, era menos atractivo que los mechones rubios que decoraban sus cabezas. Si lo que Edward decía era cierto, todo parecía mucho más claro. ¡Tenía que hacer caso de su instinto! —¿Qué quieres que haga? —Los pensamientos se agolpaban como un torbellino en su cabeza.

—Se acerca tu vigésimo cuarto cumpleaños, la mayoría de edad. Por tu ascendencia familiar, te convertirás en una hechicera extremadamente poderosa. Ven conmigo y conoce a tus verdaderos padres. Entonces podrás decidir qué quieres hacer. Bella cerró los ojos y buscó las respuestas en su interior. ¿Debía confiar en Edward? Aquella situación la superaba, de modo que decidió seguir sus instintos.

—Demuéstrame que eres quien dices ser e iré contigo.

.

.

.

* El término inglés cunt significa «coño»