Yaten Kou regresó de su viaje por Eruopa esa noche. Bajó del avión ataviado en un traje Armani que le costó más de 3000 dólares. Por supuesto ese gasto no significaba nada para él en comparación con todo el dinero que tenía en 20 cuentas de banco diferentes gracias a las múltiples empresas que adueñaba, los cientos de negocios que tenía por todo Japón, además de la cuantiosa herencia que había recibido a la muerte de sus padres. Yaten Kou había sido millonario toda su vida y jamás supo lo que significaba vivir en la miseria o sufrir por hambre. Su chofer lo esperaba al lado de dos de sus guardaespaldas y Rubeus, su asistente personal, asesor financiero y mejor amigo. Después de saludarse caminaron hasta el exterior del aeropuerto en donde subieron a una Cadillac Escalade Platinum 2013 blindada y con asientos de piel. Los guardaespaldas en cambio subieron a otra camioneta que los iba siguiendo a una distancia considerable. Yaten le echó un vistazo a su rolex y marcaba las nueve de la noche en punto.

-¿Por qué no vamos en camino al penthouse?-preguntó Yaten al darse cuenta de que Kino tomaba un camino diferente.

Rubeus miró a Yaten misteriosamente y sonrió.

-Hoy es el festejo del décimo aniversario de tu club de noche L' amour y vamos a ir.

-Por el amor de Dios, Rubeus, no quiero ir.

-Pero tienes que ir. Ese club ha mejorado bastante en los últimos años y van a dar un show de lujo que seguramente te va a encantar.

Yaten miró a Rubeus con sospecha y suspiró con resignación. Durante el camino Yaten se dedicó a observar el paisaje. Hacía tres años que no ponía un pie en Japón. Su viaje había durado exactamente tres años y se sentía extraño de volver a ese lugar. Su corazón palpitaba con fuerza, con una fuerza que lo sobrepasaba y que seguramente lo habría matado de no ser porque aún no quería morir. Miró su reflejo en el vidrio y sus ojos rebelaban un dejo de tristeza y decepción que solo él mismo reconocía y que absolutamente nadie más, ni siquiera Rubeus que lo conocía de toda la vida podía notar. Yaten era un experto en ocultar sus sentimientos. Ante los demás él era un hombre frío, calculador, magnate, lleno de mujeres y una vida nómada. Le había costado trabajo regresar, pero sabía que no podía seguir retrasando su regreso por mucho más tiempo, pues tenía que revisar sus negocios y empresas y no podía dejarle el trabajo completo a Rubeus toda la vida.

-¿Es el mismo club que inauguré hace diez años, cuando mis padres acababan de morir?

Rubeus asintió con parsimonia.

-El mismo. Cuando apenas eras un chiquillo de 18 años. Quién lo diría, mañana será tu cumpleaños número 28, haremos una gran fiesta.

-No quiero fiestas.-se apresuró a decir Yaten mirando inquisitivamente a su amigo.-Ni se te vaya a ocurrir.

-De acuerdo, como quieras.-respondió Rubeus resignado.-Te va a encantar el club, ha mejorado muchísimo y es exclusivo. Solo asiste gente de la alta sociedad y las mujeres… son exquisitas.

Yaten le sonrió a su amigo pero en realidad no le interesaba. Estaba cansado de las mujeres. Había conocido a cientos en Europa. Mujeres que lo adoraban por su dinero, por su rostro, por su masculinidad, por todo menos por él mismo.

Llegaron al club algunos minutos antes de las diez. Rubeus y Yaten bajaron siendo custodiados por los guardaespaldas. Mucha gente se encontraba fuera y los agentes de seguridad del club los dejaron entrar en cuanto los vieron. El gerente los condujo hasta el palco especial, reservado exclusivamente para el dueño. Desde ahí podía ver absolutamente todo el lugar, en especial el escenario. Pidieron unas margaritas y se dedicaron a observar a la mujer que bailaba.

Artemis entró apresurado al camerino al tiempo que Mina se cepillaba la larga cabellera. Lucía un semblante serio y algo atormentado. Aunque no se lo había dicho a Artemis, una punzada en el estómago la había estado molestando desde que despertó. Artemis sonreía de oreja a oreja y la abrazó por detrás mientras la miraba a través del espejo.

-Hoy es tu noche.

-¿A qué te refieres?-preguntó Mina poniéndose de pie. Caminó hasta el closet donde tenía todos sus vestuarios para elegir el de esa noche.

-El mismísimo dueño del club está aquí esta noche.

Mina lo miró aterrada.

-¿El misterioso dueño que nadie conoce?

-El mismo. Solo Kunzite sabe quién es y él mismo se encargará de decirle que eres la atracción principal.

-¿Para qué quieres que el dueño sepa eso, Artemis?

-Porque si le gustas… si le gustas quizá te vaya mucho mejor. En Tokio eres muy conocida, aunque nadie sepa tu verdadera identidad, pero todos saben quién es Venus. La mejor bailarina de todo Japón.

-Yo no soy nadie, Artemis. Hoy bailaré como todas las noches, pero mucho mejor. Daré mi mayor esfuerzo y si me va bien… quizá poco a poco pueda salir de este lugar.

Mientras Mina se cambiaba la punzada en su estómago iba creciendo. Se miró una vez más en el espejo y descubrió que estaba preocupada, que llevaba días pensando en lo mismo y que ya no tenía idea de cómo alejar esos pensamientos de su mente. La culpa la perseguía día y noche, la miseria invadía su vida y precisamente esa noche se sentía peor que nunca. Ese mismo día no solo era el décimo aniversario del club, sino que ella cumplía tres años de trabajar en el lugar. Desde que había llegado se había convertido en la favorita de Kunzite. Lo conquistó con su baile y Kunzite supo que lo haría ganar muchísimo dinero. Las demás chicas la odiaban pero nadie podía hacerle nada porque era la favorita, estaba protegida. Artemis era el asistente de Kunzite, pero él mismo lo envió a ser asistente de Mina para que la cuidara en cada momento. Desde entonces Artemis no solo se convirtió en su asistente sino en su mejor amigo, en su único amigo. La única persona que sabía toda su historia, su historia de verdad, la única persona en la que Mina confiaba, la única persona que Mina tenía en el mundo.

Kunzite se sentó al lado de Yaten y Rubeus en el palco y les sirvió más bebidas. Kunzite era rico, pero en una cantidad moderada en comparación con el multimillonario que se encontraba a su lado. Yaten lo había elegido como gerente y su representante porque se conocían desde hacía tiempo, aunque nunca habían sido amigos en toda la extensión de la palabra, pero Yaten sabía que Kunzite manejaba los negocios con excelencia. Siempre se había dedicado a los clubes nocturnos y en especial burdeles y cabarets. L' amour era el club nocturno de striptease más caro y elegante de Tokio, y todo gracias a Kunzite y por supuesto a Yaten Kou.

-Me alegra muchísimo que hayas venido al décimo aniversario, Yaten. sé muy bien que hace muchos años que no te parabas por aquí, pero hemos hecho muchas mejorías en nuestros shows. Hace unos años encontré a una joyita que ni tú mismo vas a poder rechazar. La encontré casi muerta en la calle, la ayudé y luego de enterarme que le gustaba bailar, le ofrecí trabajo. Me resultó excelente, ha atraído a muchísimos clientes y su baile… su baile es lo más hermoso y excitante que jamás verás en ningún otro lado, te lo aseguro.

-Parece que me hablas de una diosa, Kunzite, a mí todas las mujeres me parecen iguales.

-Es que es una diosa, Yaten, cuando la veas sabrás a lo que me refiero. Venus es la mujer más exquisita que jamás hayas visto, y sus movimientos… bueno… ya lo verás, está a punto de salir. 1.70 de estatura, 90-60-90, rubia natural, en fin… es perfecta.

-¿Venus?-preguntó Yaten curioso.

-Es su nombre artístico, por supuesto.

En ese momento las luces se apagaron excepto la del escenario. Una voz proveniente de los altavoces habló con delicadeza y seducción. "Buenas noches a todos ustedes, caballeros, esta noche es muy especial, no solo porque es el décimo aniversario, sino porque esta niche ustedes tendrá el privilegio de ver bailar a nuestra joyita. Con todos ustedes, ¡Venus!"

Las cortinas se abrieron lentamente hasta revelar la silueta de una mujer que vestía en un saco blanco y largo que le llegaba hasta los tobillos y unos tacones de quince centímetros. La música comenzó a sonar. Era lenta y al mismo tiempo sensual. La mujer comenzó a moverse eróticamente, tratando de seducir a cada hombre que se encontraba en silencio observándola. Yaten Kou se inclinó hacia delante inconscientemente y clavó su mirada en aquella mujer que bailaba. Conforme la música avanzaba, su cuerpo se mecía al ritmo de la canción, como si estuviera hechizada por cada tono y melodía. Lucía un antifaz y la cabellera le caía por los hombros como cascada. Lentamente comenzó a quitarse el saco que cubría su esbelto cuerpo hasta dejarlo caer al suelo. Dejó ver un vestido color piel que se ceñía a su cuerpo y dibujaba perfectamente si figura bajo la tela. Bailaba como nunca antes había bailado y ningún hombre en todo el lugar podía apartar la mirada de ella. El vestido comenzó a deslizarse por su cuerpo hasta caer al suelo y con una habilidad extraordinario lo apartó de su camino con los tacones y se quedó solamente en ropa interior. El sostén y sus pantaletas hacían juego. Eran de encaje negro y lucían simplemente perfectas en ella.

Yaten la miró de pies a cabeza. La estudió centímetro a centímetro hasta que memorizó cada rincón de su cuerpo. Admiró sus glúteos bien formados y firmes, el busto en su lugar y su vientre plano. Las piernas fuertes y firmes, la línea dibujada en su espalda y entonces hubo algo que llamó su atención más que todo lo demás. Un pequeño lunar casi imperceptible en sus glúteos captó su mirada y sintió que todo en su ser se derretía. Buscó los ojos de la joven con desesperación. Su corazón palpitaba tan rápido que creyó que en cualquier momento se le saldría del pecho. Cuando al fin encontró sus ojos encontró el azul que tanto esperaba. En sus ojos azules encontró lo que por tanto tiempo había estado evitando y no pude controlarse por mucho tiempo. Se puso de pie y la miró con más determinación que antes. Rubeus y Kunzite se miraron extrañados. Yaten apretó los puños y miró hasta el último minuto del baile en donde Venus se quitaba el sostén con suavidad, exponiendo sus redondos pechos.

Cuando la danza terminó todo el mundo se puso de pie y aplaudieron, excepto Yaten. Venus salió del escenario cuando las luces se apagaron y Yaten se volvió con sus amigos.

-La quiero.-dijo Yaten.-Ahora. En mi camioneta.

Yaten salió del palco y se dirigió seguido de Rubeus hasta la salida del club.

-Rubeus.-dijo Yaten mientras esperaban la camioneta.-Vete con los guardaespaldas, quiero estar solo con esa mujer.

-Yaten… ¿estás bien? No luces muy bien…

-Vete, Rubeus, te veo mañana.

Rubeus subió a la camioneta con los guardaespaldas y Yaten subió a la suya con Kino, su chofer. Se sentó a esperar y le pareció eterno. La imagen de la mujer venía a su cabeza constantemente y se sentía furioso. Recordó su rostro y su cuerpo y apretó los puños. Los recuerdos volvían a su cabeza y se amontonaban unos con otros provocando que su estabilidad mental se desbordara. Su mente regresó tres años atrás, cuando se había casado.

La mujer que había elegido era para él absolutamente todo. Desde la primera vez que la había visto se había enamorado de su belleza, de su personalidad, de su ser. Pasaron algunas semanas hasta que Yaten logró convencerla de casarse con él. Ella era una mujer sencilla, humilde y con demasiados problemas que Yaten estaba dispuesto a resolver con tal de tenerla. Yaten había aprendido a quererla con todos sus defectos y virtudes. Pero siempre existió una barrera entre ellos que fue muy difícil romper. Yaten le daba todo lo que ella quería, todo lo que él deseaba que ella tuviera. La llenaba de regalos, ropa, joyas, zapatos, objetos, música, viajes. Desde el principio siempre supo que ella no le correspondía. Minako Aino siempre fue sincera con él y le dijo que no lo quería, que ella no podía quererlo porque amaba a otro pero que estaba dispuesta a casarse con él con tal de ayudar a su familia. A Yaten no le importó saber que esa mujer no lo amaba y que amaba a otro, lo único que le pidió fue que lo dejara de ver y que fuera toda para él.

Yaten solo vivía para ella y por ella. Día y noche pensaba en ella y la deseaba con todas fuerzas, pero no quería presionarla ni hacerle daño. El trabajo le impedía pasar suficiente tiempo con ella, pero el poco tiempo que tenía se lo dedicaba por completo. Solo lograba verla por las noches y a veces por las mañanas. Kino y Rubeus pasaban tiempo con ella para que no se sintiera sola. Pero a pesar de que Yaten quiso soportar su vida, no lo logró. Por más que se decía a sí mismo que era fuerte y que podía soportar que ella no lo amara, no pudo. Siempre sintió celos de aquel desconocido que tenía el corazón de su esposa.

Yaten comenzó a sospechar de las salidas de Mina. Según Kino, Mina pasaba horas en la calle y no volvía hasta unos minutos antes de que él regresara a casa. Sus celos lo estaban carcomiendo por dentro poco a poco hasta que lo volvieron completamente loco. Un día no aguantó más y la siguió. La siguió hasta verla entrar a un edificio con otro hombre y estuvo a punto de correr hasta ella y matarla con sus propias manos, pero se retuvo y decidió entrar al edificio y ver en qué departamento entraban. Solo recuerda que tumbó la puerta con todas sus fuerzas y lo primero que vio fue al hombre de minutos antes sobre su mujer tratando de quitarle la ropa. Se volvió loco y se pelearon hasta que ella los separó. Le pidió que nunca regresara a la casa y le gritó que la odiaba, pero la realidad era que la amaba con todas sus fuerzas. Fue entonces cuando decidió irse. Se fue en un viaje que duró tres años por toda Europa y justo el día de su regreso, cuando creía que ya lo había enterrado todo y que ya la había olvidado, se la tuvo que encontrar trabajando de bailarina exótica en uno de sus tantos clubes nocturnos.

La vio en el exterior el vehículo custodiada por su chofer y le indicó que entrara. Mina se veía confundida pero aceptó y entró. Llevaba puesto un vestido azulado, muy ajustado y sin mangas. El cabello recogido y un lindo collar de perlas. Cuando entró se atrevió a mirar a Yaten y su rostro palideció hasta la muerte. Sus pupilas se dilataron y comenzó a temblar. Lo primero que intentó hacer fue tratar de salir del vehículo, pero Yaten se lo impidió tomándola fuertemente del brazo y reteniéndole en su asiento.

-¿Qué haces aquí?-preguntó Mina desesperadamente y agachando la mirada.

-Esa pregunta deberías respondérmela tú.-respondió Yaten con semblante serio.

Un vidrio se elevó entre ellos y el chofer y quedaron en completo silencio. Mina miraba hacia la calle y luchaba contra sí misma para no llorar. Yaten no dejaba de mirarla. No sonreía pero tampoco lucía enojado. Cuando llegaron al penthouse de Yaten, él la condujo en silencio hasta la puerta y la indujo a entrar. Una vez dentro Mina no pudo evitar mirar todo a su alrededor hasta que posó sus ojos en los de Yaten, que la juzgaban hasta la muerte. Nuevamente comenzó a temblar y no pude resistir más. Se giró y le dio la espalda, no soportaba su mirada.

-Mírame a los ojos, Venus.-dijo Yaten con seriedad.

Mina tembló al escuchar su voz y sus labios decirle "Venus".

-No me digas así. No tú.-fue lo único que pudo responder.

-¿Por qué no? Eres eso. Eres Venus, la mayor atracción de L' amour.

Mina se volvió y Yaten ya estaba más cerca de ella. Yaten la tomó entre sus brazos y acercó su rostro al de ella, lo suficiente para sentir su respiración.

-No, Yaten. Contigo no puedo ser Venus.-Mina se separó de él con brusquedad.

Yaten la tomó del brazo fuertemente y la obligó a mirarlo.

-¿Por qué no? Soy un hombre y voy a pagar por tus servicios.

Mina lo miró molesta.

-Me voy en este momento.

Yaten le impidió moverse.

-Tú no te vas, Venus. Te contraté y aquí te vas a quedar hasta que yo quiera.

La llevó hasta su habitación y le empujó dentro, cerrando la puerta tras de sí.

-Escúchame bien, Venus, te traje aquí por una razón y como ya te dije, no te irás hasta que yo quiera.

Yaten abrió un cajón de su closet y obligó a Mina a mirar dentro. Dentro del cajón había joyas, billetes, monedas, todo lo que ella pudiera imaginar.

-Este cajón siempre estará lleno, Venus, y tú podrás tomar de él todo lo que quieras, yo no te diré nada y lo llenaré cuando sea necesario. Pero todo esto tiene un precio. Tendrás que satisfacerme las horas que estemos juntos.

Yaten tomó a Mina entre sus brazos y la besó en los labios. Sintió que todo su cuerpo se encendía y que las llamas ardían dentro de él. Los labios de Mina eran dulces y suaves, eran los labios de una diosa. Mina se separó de él con cuidado y sus ojos de llenaron de lágrimas.

-No, Yaten, no voy a aceptar. Contigo no, tú no.

-¿Por qué?-gritó Yaten.-Yo no seré el único hombre que se prive de tu cuerpo. De hecho, desde este mismo día voy a ser el único. No me importa que todos los demás te vean bailar, pero yo seré el único que te toque, ¿me escuchas?, por eso no hay ningún problema. Ese club es mío y yo puedo hacer con él y sus empleados lo que me venga en gana. Tus problemas económicos se acabarán, Venus, pero tendrás que entregarme tu cuerpo. No te preocupes, cuando ya no quieras venir, lo dejas de hacer, pero dinero no tendrás nada, y cuando me canse de ti, simplemente te dejo.

-¿Cómo te atreves? Yo no…

-Que no se te olvide que todavía eres mi esposa, Venus, y todavía te tengo en mis manos. Si no te he hecho nada es porque no he querido, pero puedo hacer contigo muchas cosas. O aceptas, y tienes todo lo que quieras pero me das tu cuerpo, solamente a mí, a nadie más, o no aceptas y te mueres de hambre, o peor, si me entero de que estas con otro hombre, te meto a la cárcel.

Mina comenzó a temblar y sintió que quería desmayarse, pero se sostuvo de la cama y asintió.

-No me llames Venus, es lo único que te pido.

-Ahora eres Venus, una bailarina nocturna, esa es la que eres ahora y así te llamaré. Tú eres la única mujer que me gusta, Venus.-la tomó entre sus brazos.-De entre todas eres la que me gusta más, y te deseo.

Mina se entregó a Yaten sin decir palabra. Su corazón explotaba por dentro una y otra vez. Yaten la tomó con fuerza y pasión, como si no hubiera hecho el amor en días y la tomó una y otra vez sin cansarse ni un solo segundo. Al fin había logrado encontrar el castigo perfecto para esa mujer que le había roto el corazón en pedazos.