Mina.

Yaten se encontraba a mi lado boca arriba y desnudo. Tenía los brazos detrás de la cabeza y miraba el techo en silencio. Yo lo estudiaba en silencio también, mirándolo discretamente sin pestañear. Mi cuerpo desnudo cubierto solo por las sábanas blancas yacía boca abajo y tenía recargada la cabeza en la almohada. Por más que lo observaba no lograba comprender qué le había sucedido al Yaten feliz y elocuente que había conocido tiempo atrás. Levanté la cabeza para poder mirarlo mejor y noté sus ojos verdes casi paralizados a través de la cortina de pestañas que los rodeaba. Casi sin pensarlo las palabras brotaron de mis labios.

-¿Qué hiciste todo este tiempo en Europa?

Yaten se removió incómodo antes de hablar. Pestañeó un par de veces y abrió la boca.

-Lo que se me ocurría. No tenía planes precisos. Trabajar, divertirme, sexo, mucho sexo...

De alguna manera sus palabras me disgustaron. Lo dijo con tanto desdén e indiferencia que no logré comprender lo que intentaba hacer.

-¿Y no estás cansado del sexo ya, entonces?-respondí arrastrando las palabras.

Fue entonces que giró su cabeza para mirarme.

-Sí. Estoy cansado del sexo y de las mujeres, pero no del sexo contigo ni de ti.

-¿Por qué quieres tener sexo conmigo? ¿Qué puedo darte yo?

Yaten se incorporó bruscamente y arrugó el entrecejo.

-Demasiadas preguntas.

Sin decir más se puso de pie y así desnudo caminó hasta el espejo y comenzó a cambiarse frente a él. Jalé la sábana y me envolví en ella antes de pararme y me dirigí al baño. Al salir Yaten me miró ya vestido y se cruzó de brazos. Continuó arreglándose mientras yo me tendí en la cama nuevamente.

-¿Cómo era, Yaten? ¿Europa?

Me miró a través del espejo al tiempo que se hacía la corbata.

-¿Por qué te interesa tanto saber?

-Nunca he salido de Japón... Ni de Tokio.

Yaten ignoró mis comentarios. Decidí que debía cambiarme también y de pronto sentí su mirada sobre mí.

-¿Por qué te cubres?-me preguntó molesto.

-No lo sé...

Se acercó a mí y sin avisar me arrebató la sábana.

-Bailas frente a un montón de hombres solitarios, hartos de sus esposas, hambrientos de mujeres y sexo. Alimentas su apetito sexual y a pesar de eso te da vergüenza andar desnuda frente a tu esposo.

Sin darse cuenta me tenía agarrada fuertemente del cuello y escupía las palabras con dolor.

-Es diferente.

-Te prohibo que tengas vergüenza conmigo.-me soltó y prosiguió hablando.-Eres Venus, la diosa de L' amour. La prodigiosa bailarina, el símbolo sexual. Eres una teibolera, querida Venus, y no debes tener vergüenza aquí.

-Me voy.-dije sin pensarlo dos veces.

Me alejé de él. Me cambié y salí antes de que pudiera decirme algo más. Yaten seguía hiriéndome en cada momento y yo no podía hacer nada al respecto. Me quedé dormida durante el trayecto del penthouse hasta mi departamento. Eran casi las seis cando entré y vi a Artemis escribiendo en la computadora. Levantó la vista cuando aventé mi bolso sobre el sillón y me tumbé sobre él.

-No luces muy contenta.-dijo mientras desviaba la mirada y continuaba escribiendo.

-¿De verdad?-respondí con ironía.

Vi a Artemis levantarse, apagar la computadora y dirigirse a mi lado. Se sentó junto a mí y me abrazó por los hombros.

-¿No has considerado intentar cambiarle el jueguito a tu maravilloso esposo?

Lo miré extrañada y me crucé de brazos.

-No comprendo.

-Escucha.-dijo acomodándose en su lugar.-Él te tiene amarrada, te tiene amenazada, quiere jugar contigo… ¿no es así?-asentí.-Pero qué tal si tú…

-¿Si yo…?

-Si tú tratas de reconquistarlo.

-¿Qué? ¿Reconquistarlo? Pero si Yaten me detesta, Artemis, tú lo sabes bien, además yo no… realmente no sé si quiero hacer eso, nunca sentí amor por él y no sé si pueda reconquistar algo que he perdido para siempre…

-Mina.-dijo sonriendo.-No tienes nada que perder ya, ¿o sí?, no pasaría nada si tú comienzas a tratarlo bien, comienzas a enamorarlo nuevamente y así cuando Yaten sea débil nuevamente tendrás la oportunidad de explicarle lo que sucedió entonces, y por ende él te perdonará y se podrán olvidar de todo esto.

Sopesé las palabras de Artemis y me removí incómoda en mi asiento.

-Pero… eso sería mentirle de nuevo, ¿no crees?, dudo mucho que perdone una segunda mentira y…

-Pero Mina… aunque estés mintiendo él no tiene que saberlo. Se trata de ganártelo de nuevo para que puedas estar tranquila, para que puedas recibir el perdón y, ¿por qué no?, vivir con él, ser una pareja normal…

-No sé si sería capaz de hacerlo…-dije poniéndome de pie. Comencé a dar vueltas en la sala mientras trataba de pensar.

-Piénsalo si quieres.-dijo Artemis.-Pero al final sabes tan bien como yo que lo mejor es irte con tu esposo y dejar para siempre el club. Ser libre, recibir el perdón y tratar de comenzar de nuevo.

No contesté porque muchas ideas se amontonaban en mi cabeza. Traté de visualizarme al lado de Yaten, viajando, tomados de la mano, riendo y desayunando juntos. Todo me parecía imprudente y lejano, casi imposible. Artemis se puso de pie y antes de dejarme sola me dijo "Piénsalo". Salió del departamento y entonces me derrumbé nuevamente sobre el sillón, en donde me quedé dándole vueltas al asunto hasta caer rendida en brazos de Morfeo.

Los lunes el club cerraba, así que cuando desperté el reloj marcaba las nueve en punto y decidí que aún era temprano para dar un paseo por la ciudad. Me cambié el vestido que usaba para colocarme un pantalón de mezclilla, una blusa con un saco, unos pendientes y un collar. Me cepillé el cabello para después recogérmelo en una trenza hacia un lado, tomé mi bolso y salí del departamento después de maquillarme naturalmente y pintarme los labios de un tono rosado pálido.

Mi departamento no se encontraba muy lejos del centro de la ciudad, así que en menos de diez minutos me encontraba recorriendo las enormes calles que se encontraban llenas de gente a pesar de la hora. Caminé tranquilamente sin alterarme, observando a las personas, respirando el aire frío que comenzaba a sentirse en la ciudad. Las piernas me respondían a la perfección. Se movían mágicamente sin esperar órdenes mías, sin esperar a que yo quisiera seguir un camino específico. A unos cuantos metros vislumbré mi librería favorita y apreté el paso hasta allí. Al entrar percibí el peculiar olor a libros que me encantaba y no pude evitar dibujar una sonrisa.

Yaten.

Kino manejaba lentamente por el centro de la ciudad y yo miraba indiferente por la ventana. Nada me atraía de esa gente, de esos lugares y mucho menos del ambiente. Había tráfico a pesar de la hora y por eso no lográbamos avanzar mucho en esa zona del centro. Solo para distraerme me dediqué a mirar a las personas que caminaban sobre la acera, ajenas al mundo que las rodeaba. Nadie me parecía interesante o no, todas ellas me eran totalmente indiferentes y sin embargo hubo alguien que captó mi atención. Se movía lentamente sin prisa, como una bailarina en el escenario. Tenía el cabello trenzado hacia un lado y brillaba como una estrella en el firmamento. Lucía ropas sencillas pero algo en su manera de moverse me hizo seguirla con la mirada. Una mujer se golpeó contra ella y entonces logré ver su rostro. Mi corazón se detuvo al darme cuenta de que era el rostro de Minako y que se sonrojaba ligeramente al disculparse con la mujer. Sin desearlo mi atención se agudizó y la vi avanzar hasta una librería que se encontraba a algunos metros de allí. Se detuvo algunos minutos para mirar las vitrinas y luego entró. Kino avanzó un poco más y entonces logré verla nuevamente. Paseaba su mirada por los estantes llenos de libros y parecía no decidirse por ninguno.

Había olvidado completamente que a Minako le encantaba leer, que era su pasatiempo favorito y que podía emplear horas leyendo. Al fin escogió uno, sonrió discretamente y se dirigió a las mesas. Un mesero le sirvió café en una taza mediana y la dejó sola con el libro.

-Detente, Kino.-dije de súbito.

Kino me miró por el espejo retrovisor y asintió ligeramente. Como pudo logró salirse de la fila y estacionarse a un costado. Me bajé y encendí un cigarrillo junto con Kino. Ni él ni yo hablamos. Observé a Minako mientras fumaba del otro lado de la calle. La vi pasar las páginas, pasear sus ojos por aquellas letras, beber su café, sonreír, arrugar la frente… Me parecía tan extraña en esa situación. Me recordaba a la antigua Minako, a la que había conocido por primera vez. La Minako dulce y ajena a las perversidades del mundo, la Minako que me negaba el amor con palabras sinceras y letales pero que aun así aceptaba ser mi esposa. Era difícil verla allí, tan tranquila y ajena al ruido que la rodeaba cuando días antes bailaba semi-desnuda frente a decenas de hombres.

Una vez que me acabé el cigarrillo decidí entrar al restaurante que se encontraba a mis espaldas. Pedí una mesa junto a la ventana para poder seguir mirando a Minako. Ordené café y panecillos, también un vaso de whiskey. Minako jamás levantaba la vista, jamás se percataba de los que la miraban y la estudiaban con minuciosidad. Leía con velocidad y entrega, con paciencia y esperanza. Aproximadamente una hora después la vi ponerse de pie y recoger sus cosas. Hice exactamente lo mismo que ella. Dejé más dinero del de la cuenta sobre la mesa y salí del lugar. Kino subió de nuevo a la camioneta y la encendió mientras yo cruzaba la calle hasta la librería.

Minako se encontraba en la fila para pagar el libro que llevaba en la mano. Sacó unos billetes de su bolsa y se los entregó al cajero, quien le sonrió ampliamente y ablandó la mirada. Minako se sonrojó y yo me sentí incómodo viendo aquello. El cajero escribió algo en una tarjeta antes de entregarle el libro y la echó dentro de la bolsita. Minako parecía confundida pero aceptó la bolsa y se dio la vuelta para salir. Me acerqué más a la puerta y esperé a que saliera. Una vez que estuvo fuera no logró dar ni un paso porque la alcé en brazos rápidamente antes de que pudiera hacer nada. Minako se asustó y emitió un grito ahogado. Al verme abrió los ojos y miró a su alrededor para ver si alguien nos observaba. No la miré, solo caminé hasta la camioneta con ella en brazos. Kino abrió la puerta y me dejó subirla a la camioneta para después sentarme a su lado.

El tráfico había bajado y logramos avanzar mucho más rápido por entre las calles. Noté la mirada de Minako sobre mí, pero preferí ignorarla por completo hasta que llegáramos al penthouse. No pasó mucho tiempo cuando nos estacionamos frente al edificio. Bajé sin mediar palabra con Minako y esperé a ue bajara de la camioneta. Caminamos juntos hasta el ascensor y esperamos a que se abrieran las puertas. Una vez dentro decidí mirarla y descubrí sus ojos azules clavados en mí. Me miraba de una manera extraña, diferente… y yo también veía en su rostro a una mujer diferente, sin maquillaje, sin vestidos provocadores, sin disfraces. Sin esperármelo la vi acercarse a mí con lentitud. Rodeó mi cuello con sus pequeños brazos y me besó con fuerza en los labios. Sus labios recorrían los míos con furia, intensidad y desesperación. Era la primera vez que ella me besaba sin que yo se lo hubiese pedido u obligado. Sentí un deseo creciente en mi estómago y sus dedos deslizándose por mi cabello.

Las puertas del ascensor se abrieron y ella se detuvo de golpe. Me miró por unos segundos y salió del elevador. La seguí en silencio hasta la puerta del penthouse y abrí la puerta para ella. Una vez dentro dejó sus cosas sobre la mesita del recibidor y se giró para enfrentarme. Sin dudarlo ni unos instantes más la enredé entre mis brazos y con suaves movimientos la coloqué sobre el suelo alfombrado al tiempo que la desnudaba con mi mano libre. Sus ojos no se quitaban de los míos y dejaba que yo hiciera con ella lo que me placiera. No se quejó, no habló… solo se dedicó a besarme como si de ello dependiera su vida.

Mina.

Ya era de mañana cuando abrí los ojos. Lo primero que noté fueron los anchos hombros desnudos de Yaten a mi lado. Cuando intenté moverme el cuerpo me dolía a causa de que habíamos dormido sobre la alfombra del recibidor, ni siquiera habíamos logrado llegar al dormitorio. Me levanté con dificultad pero con cuidado de no hacer ruido y me dirigí a la cocina para servirme un poco de agua. No tenía idea de por qué ayer en el ascensor me había atrevido a besar a Yaten por mi cuenta, no tenía idea de por qué lo había dejado llevarme sin permiso y no tenía idea de por qué me encontraba pensando en las palabras de Artemis. Miré mi cuerpo y cuando estuve a punto de ir a vestirme las palabras de Yaten me detuvieron. Él me prohibía tener vergüenza, me prohibía tener pudor y sentir dignidad. Él quería que yo fuera solo un objeto más en ese lugar, un objeto con el cual podía divertirse y castigar a su antojo. Quizá Artemis tenía razón y lo mejor era conquistarlo de nuevo, tenerlo bajo mis pies para poder pedirle perdón, para poder explicarle lo que sucedió hacía tres años. Comencé a buscar entre los muebles de la cocina y en algunos minutos me encontraba preparando desayuno.

Traté de despertar a Yaten con cuidado y cuando abrió los ojos vi la confusión en su rostro. Se incorporó lentamente y me recorrió el cuerpo con la mirada.

-Te preparé el desayuno.-dije con voz ronca.

Yaten me siguió hasta la cocina y se sentó frente a mí. Paseó sus ojos por los panqueques, la fruta y el jugo, luego por mi rostro. Comencé a comer sin que él me lo pidiera, disfrutando del delicioso sabor de los panqueques. Yaten comió con parsimonia sin decir palabra. Una vez que se acabó el jugo y su comida escuché su voz rasposa y grave.

-¿Por qué has hecho el desayuno?-preguntó aun incrédulo.-Para eso tengo servidumbre.

-Me gusta preparar comida…-fue mi respuesta.

-Ya.

-¿Te gustó?

Yaten se limpió con una servilleta y asintió.

-No estuvo mal.

-Me alegro. Recogeré los platos.-dije poniéndome de pie.

Estaba consciente de su mirada sobre mí mientras recogía la mesa. Me acerqué de nuevo a él y sonreí amablemente.

-¿Quieres que nos demos un baño?-pregunté con la voz más dulce que pude. Yaten aún seguía sentado y de pronto sentí que tomaba mi muñeca bruscamente.

-¿Por qué te comportas así? ¿Estás tratando de engañarme?

Lo miré indecisa. La furia crecía en sus ojos y me asusté.

-Solo hago mi trabajo.-respondí.- ¿Para eso me contrataste, no? Dijiste que debía complacerte, que debía hacer lo que tú quisieras… solo hago lo que tú quieres que haga…

Con un movimiento ágil Yaten me jaló y de pronto me encontré sobre su regazo. Sentí su miembro bajo mi cuerpo al tiempo que una de sus manos se acomodaba entre mis piernas buscando mis partes íntimas. Me separó las piernas con cuidado y comenzó a juguetear con mi clítoris. Me removí incómoda sobre él, tratando de no sentir nada con sus caricias, pero me era imposible no sentir nada ante sus ágiles manos. Fui derritiéndome poco a poco con sus caricias. Movía sus dedos de arriba hacia abajo, de un lado hacia el otro. La humedad de mi entrepierna era ya perceptible y sus dedos se introdujeron dentro de mí. Me aferré a él instintivamente y rodeé su cuello con ambos brazos tratando de reprimir mis gemidos en su ancho pecho. Aspiré el aroma que emanaba de su piel al tiempo que sus dedos hacían de mí una víctima del placer terrenal. Hundí mis labios en su piel lisa y sudorosa, marcándola con mis besos y mis dientes. Los movimientos de sus dedos se hacían más constantes y rápidos y yo me volvía loca cada vez más. Sentí su miembro endurecerse bajo mis nalgas y sentí que el mundo se acabaría en cualquier momento. Me sentía vulnerable y aprisionada, feliz, excitada, débil… mis pechos rozaban sus pectorales y sentí cómo me apretaba más contra él. Su dedo índice hacía círculos sobre mi clítoris hasta que comencé a sentir que llegaba al clímax. Mis quejidos se hacían cada vez más constantes hasta que no pude más. Me estremecí de pies a cabeza y me retorcí sobre Yaten, aferrándome a su cuerpo como si fuera a caerme hacia un abismo. Algunos segundos pasaron antes de que Yaten me alzara en brazos y se pusiera de pie cargándome, aun con el miembro duro.

-Ahora sí vamos a ducharnos.-dijo mientras me llevaba hasta la regadera. Abrió la llave y aún sin bajarme me estrelló contra la pared y me penetró bruscamente.

Enredé mis piernas alrededor de su cintura y dejé que hiciera conmigo lo que quisiera. Sus movimientos bruscos y constantes incrementaban el deseo que sentía en la boca del estómago. El agua resbalaba por nuestros cuerpos ahogando nuestros gemidos. El cabello empapado de Yaten caía sobre sus hombros. Capturé sus labios con los míos y lo besé como si nunca lo hubiera hecho antes. El cuerpo me vibraba en cada segundo, anunciando que pronto el mayor placer se apoderaría de mí sin ningún anuncio. Sentí el aliento de Yaten en mi oído y me derretí completamente bajo el agua.