¡Feliz día de reyes!

Como la buena chica que soy (jijijiji) les pedí a estos señores andaluces que se pasaran por mi casa para dejar vuestro regalo... y aquí lo tenéis...

Muchas gracias a Bells Masen Cullen por betear el capítulo; por tu paciencia (que la vas a necesitar) y por enseñarme a escribir, o al menos a no cometer tantos errores.


Capítulo 1

Me desperté a las siete y media de la mañana, como hacía a diario. Era lunes, un lunes caótico para mí: mi jefe de seguridad y guardaespaldas personal me iba a abandonar después de tanto tiempo a mi servicio porque iba a formar una familia con su mujer.

Una familia…

Suspiré y, tras estirar cada parte de mi cuerpo, me levanté para seguir con mi rutina diaria. Tras unos minutos de ducha, peiné mi cabello y me vestí con uno de los muchos trajes que había en mi armario. No me paré a escoger cual ponerme, hoy no estaba de humor. Jacob había estado toda la noche en mi cabeza; estuve ideando un plan durante mis horas de poco sueño para hacerle entrar en razón y que no abandonase su puesto de trabajo, pero sabía que todos mis esfuerzos iban a ser en vano.

Caminé hacia el espejo que tenía sobre mi cómoda y miré las pequeñas sombras que había debajo de mis ojos. Encima de abandonarme, me causa esto. Bufé y tapé las ojeras con un poco de maquillaje.

Cuando llegué al comedor, mi desayuno ya estaba sobre la mesa a la espera de ser comido.

- Buenos días Srta. Swan – saludó Sue, mi ama de llaves.

La saludé con un gesto de cabeza y comencé a devorar mi desayuno. Haber estado pensando toda la noche en Jake me había dado hambre. En cuanto lo acabé, limpié mi boca con la servilleta antes de tirarla sobre la mesa y levantarme.

Auguraba ser un día caótico y duro.

Fui hasta la puerta principal de la casa, coloqué sobre mi cuerpo el abrigo y cogí el maletín de trabajo antes de abrir la puerta.

- Buenos días Srta. Swan – saludó como todas las mañanas Jacob al otro lado de la puerta, con su pose de hombre grande y musculoso y con una sonrisa de oreja a oreja en su moreno rostro.

Rodé los ojos por su saludo. Hacía mucho tiempo que le había dicho que dejara de llamarme así cuando nos encontráramos solos – como ahora – y que simplemente me llamara Bella.

- Sr. Black – saludé con un amago de sonrisa antes de acercarme a él.

Abrió la puerta trasera del Mercedes y me ayudó a subir. Me acomodé en el asiento mientras él daba la vuelta alrededor del coche y se sentaba detrás del volante.

- ¿A la oficina? – inquirió mirándome a través del retrovisor interior.

- ¿Es necesaria la pregunta?

- Supongo que no. – Se encogió de hombros. – Pero pensé que quizás querrías ir…

- Cuanto antes acabemos con esto… mejor – le corté molesta, mirando por la ventana.

Escuché como suspiraba antes de arrancar el coche y ponernos en marcha.

El camino hacia la oficina se me hizo demasiado corto y a la vez demasiado duro. Estuve unos minutos en el asiento del coche con la puerta abierta, necesitaba pensar en un rápido movimiento para que esto no sucediese, pero mi cabeza no estaba por la labor.

- Bella, sal – pidió Jacob.

- Espera – le contesté.

- Hagas lo que hagas, pienses lo que pienses, no funcionará – asomó su cabeza por la puerta abierta y me miró tan profundamente que me dejó un poco aturdida.

Le sostuve la mirada unos segundos antes de coger su mano tendida y salir de la parte trasera del coche.

- Seguiremos viéndonos. Solamente voy a dejar de ser tu guardaespaldas personal.

- Lo sé, pero…

- No hay peros – me interrumpió colocándose delante de mí. – No me voy. – Agarró mi mentón con sus largos dedos y me obligó a alzar el rostro para que lo mirara.

- No va a ser lo mismo.

- No – concordó. – Va a ser mejor. Ahora tendré un horario fijo y podré ver más seguido a Leah. – Sonrió ampliamente.

- No me refería a eso. – Aparté su mano de mi cara de un manotazo y comencé a andar con él a mis espaldas.

- En ese caso – dijo desde su posición, – estoy seguro de que soy uno de los mejores guardaespaldas que has tenido – su voz sonó soñadora. Rodé los ojos. – Pero mi puesto lo va a cubrir uno de los mejores hombres.

- ¿Cómo lo conociste? – pregunté entrando al ascensor.

- Lo conozco desde que éramos pequeños, íbamos juntos a la escuela. – Pulsó el botón del último piso.

- ¿Os aficionasteis los dos a proteger la vida de los demás sin importar la vuestra? – inquirí burlonamente.

- En mi caso fue por falta de dinero – se rascó la nuca vergonzosamente mientras miraba al suelo. – El de él, no lo sé con exactitud. Volví a verlo hace unos meses, no he sabido nada de él desde que acabamos el instituto.

- ¿Dónde?

- Cuando fui a cenar con Leah para decirle lo que había pensado hacer con mi vida – susurró sin mirarme.

- Sigue – le pedí no queriendo escuchar más sobre su decisión, la cual me afectaba mucho.

- Estaba en el restaurante, no fue difícil reconocernos. Fue una charla corta ya que él estaba trabajando y no tenía mucho tiempo para hacerme caso.

- ¿Era el camarero? – inquirí preocupada.

- ¡No! – exclamó mirándome. – Estaba ejerciendo su trabajo, el mismo que va a ejercer contigo con una persona muy importante del país. Como no tuvimos mucho tiempo de hablar, le dejé mi tarjeta y le dije que me llamara. – Salimos del ascensor en nuestro piso. – Hablé con él por teléfono, concerté una cita después de mirar su historial y decidí que iba a ser el mejor hombre para cubrir mi puesto. Te sorprenderías de la gente a la que ha protegido.

- ¿Vulturi? – gruñí.

Aro Vulturi era uno de mis competidores en el trabajo. Su empresa se estaba deshaciendo poco a poco y yo la iba comprando, aunque me avisaron de que era un hombre peligroso, cosa que ya sabía, no me importó. Yo también podía ser una mujer peligrosa.

- No – respondió sacándome de mi ensimismamiento.

- No quiero oír más.

Llegamos hasta el escritorio de mi secretaria, Ángela Weber.

- Buenos días Srta. Swan – me saludó alegremente la Srta. Weber.

- ¿Hay algo para hoy? – pregunté ignorando el saludo y yendo al grano.

No me caracterizaba por ser una mujer sociable precisamente.

- Sí, tiene una reunión a las doce y a las dos le esperan sus padres para comer. – Me entregó una carpeta con informes.

- De acuerdo. – Me giré y caminé hasta mi oficina con Jake aun detrás de mí. – ¿A qué hora vendrá? – pregunté molesta y no refiriéndome a nadie puesto que él, sabía de quien hablaba.

- Estará aquí en una hora – contestó mirando el reloj que colgaba en la pared de la oficina.

- Vale. Puedes retirarte. – Me senté en el sillón y comencé con mi trabajo.

- Bells… – intentó.

- Vete – le pedí sin apartar la mirada de la carpeta que tenía entre manos.

Escuché su respiración durante unos segundos hasta que, con un suspiro, abandonó mi despacho.

Intenté concentrarme en lo que leía una y otra vez pero me resultó imposible. No paraba de darle vueltas al dichoso asunto de mi nuevo guardaespaldas; no quería a otro que no fuese Jacob, en él confiaba, me costó mis esfuerzos hacerlo, pero acabé confiando en él. No quería tener que volver a pasar por la misma situación. No quería que me protegiese otro que no fuese Jake. Pero resulta que él tenía otros planes… formar una familia. Se iba a proteger a otra mujer que no era yo.

Aparté los informes a un lado y froté mis sienes, comenzaba a dolerme la cabeza. Cerré los ojos y me concentré en el silencio de mi despacho esperando que así, se me pasase el palpitar que atormentaba mi frente.

Me sobresalté al escuchar unos golpes en mi puerta, nadie, jamás llamaba a mi puerta sin que la Srta. Weber me lo comunicase. Nadie, excepto Jake.

¿Ya había pasado una hora?

Miré de reojo el reloj de la pared antes de permitir la entrada. Había estado muy metida en mis pensamientos, no había pasado una hora exactamente, pero poco faltaba.

- Adelante. – Agarré la carpeta con los informes y volví a ojearlos por encima mientras la puerta se abría.

- ¿Interrumpo? – inquirió Jake desde su posición.

- No. – Le hice un gesto con la mano para que acabara de entrar y así cerrase la puerta.

- ¿Seguro?

- Sí – respondí seria.

- Ya ha llegado…

- Dile que pase – le interrumpí y lo miré desde mi posición, mostrándole con mis ojos que no estaba nada contenta con su decisión.

Sostuvo mi mirada durante unos segundos, hasta que tras un largo suspiro se giró e hizo un ademán con la mano para que se acercase quien quiera que estuviese al otro lado. Regresé mi vista a los informes para no ver quien sería mi nuevo guardaespaldas de momento, necesitaba unos segundos para recomponerme y ser la Isabella de siempre.

- Srta. Swan – Jacob siempre tan correcto cuando había alguien presente.

- Un momento. – Alcé la mano con mi dedo índice hacia arriba y seguí leyendo… algo de los papeles.

No me estaba enterando de nada.

Cuando estuve mentalmente centrada, alcé mi rostro y clavé mis ojos en Jake, sin mirar ni un solo segundo a… él.

- ¿Seguro que no estás ocupada?

Me levanté de mi sillón y negué con la cabeza.

- De acuerdo – suspiró. – Acabemos con esto cuanto antes – murmuró apartando la mirada de mí y girándose para mirarle a él.

- Estoy de acuerdo – respondí seria.

Parecía que Jacob tenía tantas ganas como yo de que este momento acabara. Dejé de mirarlo y miré hacia su izquierda, donde estaba mi nuevo protector. Lo miré de la cabeza a los pies. Era alto, no tanto como Jake, pero era muy alto. Sus músculos a pesar de estar tapados por el traje que llevaba, se le marcaban y eran definidos. Sus ojos verdes parecían querer ver más allá de mi cuerpo, pero en cuanto se encontraron con los míos, su mirada se suavizó y la apartó de mí.

- Srta. Swan, le presento al Sr. Edward Masen, su nuevo guardaespaldas.

Vi como mi protector alargaba la mano para estrechármela, la observé con una ceja alzada antes de comenzar con mi monologo.

- Si me tropiezo, tienes que estar ahí para cogerme; si no estás y mi culo toca el suelo, estarás despedido. Tienes que ser mi sombra, si me giro y me choco contra tu cuerpo, estarás despedido. Si te llamo al móvil tienes que descolgar antes del tercer tono, al cuarto estás avisado, al quinto estas despedido. Si alguien a quien no quiero cerca, se arrima a menos de cinco metros, estás despedido. Tienes que estar disponible las veinticuatro horas del día. Serás mi chofer, no solo mi protector cuando yo lo crea necesario. Irás a recogerme a casa a las ocho y media de la mañana, como no estés en cuanto salga de casa, estás despedido. Si tenemos un accidente en coche, estás…

- Srta. Swan, creo que…. - Fulminé a Jake con la mirada por interrumpirme.

Alzó las manos en señal de derrota y dejó que siguiese hablando, pero volví a ser interrumpida, esta vez por el señor Masen.

- Lo sé, estaré despedido. Conozco todas sus normas, el señor Black me las hizo llegar y me las sé todas y cada una de ellas. No correrá peligro, seré un buen guardaespaldas y tendrá todo como si él – señaló a Jake con la barbilla – no se hubiese ido. No notará mi presencia a pesar de que seré su sombra.

Lo miré con una ceja alzada por su atrevimiento.

- Cómo vuelvas a interrumpirme mientras hablo, estás despedido – finalicé.

Lo miré retándole con la mirada a que dijese algo más. Fue un chico listo y se quedó callado aguantando mi mirada.

- Ya os podéis retirar. – Me giré de nuevo y caminé hacía mi lugar, sentándome en el sillón.

- ¿Eso es todo? – inquirió Jake dolido.

- Ya hablaré contigo después – le respondí mirando los informes.

- De acuerdo. Vamos Edward, te enseñaré el edificio para que te vayas familiarizando.

Maldita sea, llegaba tarde a comer con papá y mamá por culpa de la estúpida reunión. Caminé con paso rápido hasta mi despacho ignorando todo lo que mi secretaria me decía. Entré en él, dejé las carpetas que cargaba sobre el escritorio y cogí mi abrigo del perchero. Me giré para salir del despacho y caminé a toda prisa hacía el ascensor volviendo a ignorar a la Srta. Weber.

Pulsé repetidamente el botón a la espera de que el dichoso aparato corriese más. Miré furiosa el reloj de mi muñeca y suspiré, llegaba muy tarde…

Las puertas del ascensor se abrieron y en cuanto tuve un hueco, entré. ¡Y maldita sea! El señor Masen tenía razón. Desde que había salido de mi despacho cinco minutos antes de la reunión, había sido mi sombra y apenas notaba su presencia. Como en ese momento, que estaba a un escaso metro de mí y parecía que estaba sola en el pequeño espacio.

Llegamos al parking del edificio y corrí hacía el coche mientras Masen lo abría con el control remoto y se apresuraba abrirme la puerta. Ignoré su mano para ayudarme a entrar al coche, lo hice por mi sola. Cerró la puerta suavemente y se sentó detrás del volante unos pocos segundos más tarde.

- ¿A…?

- A La Bella Italia – le contesté antes de que formulara la pregunta.

Asintió con la cabeza y arrancó el coche, poniéndose en marcha hacía nuestro destino.

- Llegas tarde – reprochó mi madre.

- Yo también te he echado de menos, mamá. – Me incliné lo justo para besar su mejilla.

- No le hagas caso Bella, ya sabes cómo es tu madre cuando se refiere a comida – dijo mi padre. Me acerqué a mi padre y besé también su mejilla.

- Lo sé – le contesté.

- No os aguanto juntos – se quejó mamá cruzándose de brazos y antes de que pudiésemos seguir con la broma, añadió. - ¿Has cambiado a Jake?

- Ya te lo conté, cariño – suspiró papá.

- Y yo – le respondí. – Te lo conté la semana pasada cuando cenamos juntas.

- ¡Pensé que estabas bromeando! – exclamó.

- No bromeo con esas cosas. – Rodé los ojos. - ¿Ya habéis pedido algo?

- No, te estábamos esperando – respondió papá.

- Es muy guapo – apuntó mamá mirando en dirección a Masen que estaba a unos pocos metros de nosotros de pie, mirando a nuestro alrededor. – Y…

- No sigas – le corté, – no quiero saberlo. Y mamá, no estoy teniendo el mejor día con todo este asunto, así que te agradecería que mantuvieras cualquier comentario que tengas que hacer de él a mis espaldas. – Me dejé caer en la silla.

- De acuerdo. – Sonrió antes de coger mi mano y darle un pequeño apretón.

- ¿Día duro? – preguntó papá mirando la carta.

- Sí.

- Yo ya no recuerdo qué es eso. – Sonrió mirándome por encima de la carta.

Había heredado la empresa de mi padre hacía unos años. Haber estado trabajando codo a codo con él, me había ayudado mucho a crecer en el negocio y como persona. Me enseñó a ser una persona ambiciosa, pero con límites. Límites que yo había ignorado desde que se retiró para disfrutar de la vida con mamá.

- Siempre tendrás el puesto de presidente libre, a la espera de que vuelvas – dije.

- Dejé el negocio en buenas manos hija, ahora tiene una muy buena presidenta.

- Estoy de acuerdo con tu padre – añadió mamá.

Pedimos nuestras ordenes unos minutos más tarde, estábamos con el postre cuando mi teléfono móvil sonó.

- Dios – me quejé.

- ¿Trabajo? – rió papá.

- No te dejan vivir – se quejó mamá. – Necesitas unas vacaciones.

- ¡Ja! – le respondí antes de apretar el botón de descolgar sin ver siquiera quien me llamaba. – Swan.

- Tenemos que hablar – respondió una voz que yo conocía muy bien desde hace unos meses al otro lado de la línea.

- No tengo nada que hablar con usted Sr. Vulturi. – Vi por el rabillo del ojo como mi padre me miraba con el ceño fruncido. No acababa de gustarle que me hiciese con parte del negocio de Aro Vulturi.

- Claro que sí mi pequeña niña. En una hora estaré en tu despacho para hablar sobre lo que estás haciendo con mi…

- Estoy ocupada – le interrumpí. – No me voy a reunir contigo porque no tengo nada que hablar con usted, lo que haga o deje de hacer con mi poder es cosa mía y no suya.

- No me hables así mocosa – gruñó.

- Adiós – me despedí y colgué a la espera de que mi padre dijese algo.

- ¿Qué has hecho?

- Lo que tú no te atreviste a hacer. El Sr. Vulturi de aquí a unos meses estará en bancarrota y su negocio será mío.

- No lo hagas. – Papá agarró mi mano. – No sabes con quien estás jugando Bella, no lo hagas.

- Son negocios, papá. – Le di un apretón a su mano.

- Con Aro nunca son negocios, Isabella.

- Hazle caso a tu padre, cariño – dijo mamá.

- Ahora es mi negocio – fruncí el ceño y miré a ambos, de hito en hito.

- Es tu negocio, pero Aro es un hombre peligroso, no juega limpio y la mayoría de sus negocios son con personas…

- No sigas papá. – Me levanté de la silla. – Sé lo que estoy haciendo. Lo he investigado lo suficiente para saber con qué clase de hombre me estoy metiendo.

- No, no lo sabes – golpeó la mesa suavemente pero firme con la palma de su mano. – Te lo ordeno hija, deja de intentar hacerte con su empresa, las consecuencias serán peores.

- No papá, no. Tú me enseñaste a ser una mujer ambiciosa, quiero su empresa y la tendré. Ha sido una de las mejores de los últimos años y ahora está cayendo en picado; yo sólo le voy a hacer un favor y le voy a ofrecer una bonita suma de dinero por ello, y después podré sacarla a flote.

- Te lo suplico, Bella. No juegues con él. – Se levantó e intentó derretirme con su mirada, cosa que antes funcionaba, pero que ya no.

- Hasta mañana, papá. – Besé su mejilla e ignoré sus suplicas. Me giré hacia mamá y besé también su mejilla. – Hasta mañana, mamá. – Me despedí y me giré para salir de allí.

- Bella, por favor – intentó de nuevo mi padre.

- Y los próximos serán los Cullen, papá – añadí sin mirarlo y comenzando a caminar.

Le dije al camarero que nos estaba atendiendo que la comida la apuntara a mi cuenta y salí del restaurante – necesitaba aire fresco – con Masen detrás de mí.


Vosotras diréis... ¿Qué os ha aparecido el primer capítulo? Serán cortos e iré actualizando cada dos semanas, de momento. Tengo varios capítulos más escritos, pero aun así, lo haré cada dos semanas para que me dé tiempo a escribir también "En busca de la felicidad".

Cómo siempre, gracias por vuestros reviews, alertas, favoritos y a las que me leéis. Espero que esta historia tenga una buena acogida y os enganche :D.

¡Nos leemos en el siguiente!

Un abrazo enorme.