Nada estaba iluminado. La oscuridad abarcaba tanto el plano que podía percibir la vista como el que se podía conocer a través del sentido auditivo. Todo se encontraba neutral hasta que el crujido de la caja, provocado por el paso del fósforo antecedió su gradual efervescencia ígnea. La llamarada se hizo presente y con su soberbia expandió la luz a su alrededor. Se pudo apreciar gran parte del patio trasero de la casa, la piscina, los elementos de entretenimiento para un día de verano, la basura y el moho que cubría todo lo que se hallaba ahí. Pero Walter no se deslumbró por el paisaje presentado. Se concentró en el fósforo. Más específicamente en su llama. En el potencial poder destructivo y creador que alberga, dependiendo del uso con la que se aplique. Apreciaba su facultad de brindar luz, calor, pero también temía su capacidad de quemar, de marchitar y matar. Todo eso concentrado en esa pequeña flama. La contempló con minuciosa atención durante todo su recorrido, a medida que iba consumiendo el resto del palito de madera hasta que llegó a impactar con sus dedos y lo dejó caer.

De nuevo, Walter se encontró en absoluta oscuridad. Aunque sabía, después del breve chispazo donde se encontraba cada cosa y el estado de las mismas. Así que para él, en esa negra nada, las cosas no estaban pero estaban. No podía darle sus formas, sus propiedades y ubicaciones pero las recordaba. Y de alguna manera, en ese estado, sentía que estaba en un contacto más íntimo con su alrededor. Al saber toda esa información sobre su entorno, en plena oscuridad, las poseía el mismo en su mente y sabía a ciencia cierta que es correcto lo que pensaba. Pero si encendiese de nuevo un fósforo los objetos tomarían distancia, se ubicarían cada uno en su lugar y se diferenciarían con mayor nitidez entre ellos y de Walter mismo. Se sentiría más sólo al apreciar las características geográficas y cualitativas que los separan de las demás cosas.

Desde el día anterior, cuando se enteró que era víctima de un cáncer de pulmón intratable, que se sentía de esa manera, como si todo estuviera cubierto por una gran oscuridad. Sabiendo que iba a morir en una fecha determinada, aproximada para ser más específicos, había perdido en su mayoría sus temores, sus preocupaciones e inhibiciones. Todo quedó aplacado por una gran desazón y amargura.

Walter detonó un segundo fósforo. Se enfocó en esa ocasión en el movimiento de la llama, en su baile alegre y centelleante, en el cuál se puede apreciar su vigencia pero también su fragilidad. En su locomoción el fuego manifiesta su capacidad de adaptarse pero además su impotencia para imponerse ante el efecto del viento. Sin saber precisamente porque, Walter se dejó conmover por el recorrido del fuego sobre el fósforo y cuando lo dejó caer, comenzó a llorar a oscuras.

Sólo cuando terminó de desahogarse, alrededor de unos diez minutos después de haber comenzado, sacó otro fósforo de la caja y lo prendió. Cuando concluyó su ciclo, sacó otro, otro y otro, hasta que quedó el último. Había estado percibiendo la realidad a oscuras y a plena luz, alternativamente por unos minutos. Dudando acerca de que forma de distinguir la realidad era la que más le complacía. De alguna manera, estaba usando los fósforos de pétalos de margarita, para dar el último empujoncito hacia la perspectiva por la que optaría.

Le quedaba un fósforo, sólo uno. Ese era el final, sólo dependía de él, si iba a utilizarlo y aprovechar todo lo que le proveyó la caja o iba a darse el lujo de desperdiciar ese beneficio lumínico. Sacó el fósforo, intentó mirarlo en toda esa negritud que lo rodeaba. Raspó una vez pero no hubo efecto. En el tercer intento hubo luz, y la aprovechó para agarrar el teléfono y hacer la llamada que cambiaría su vida.