Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es anhanninen, yo sólo traduzco.

Beta: Isa.


Fatherhood, Formula, and Other F Words

Capítulo 18: Las flores arreglan todo

Bella y yo no avanzamos más esa noche en mi sofá. En realidad no hicimos más que eso. Demonios, ni siquiera lo volvimos a repetir. En las pasadas tres semanas, pasamos más tiempo juntos…, saliendo. Desde entonces habíamos salido tres veces, dos con Pequeña y una sólo nosotros. Aprendí más sobre ella, como su miedo a las aves.

Pasamos una tarde de domingo en el parque que estaba cerca de nuestro complejo de apartamentos ya que yo estaba de guardia. En realidad fue su idea. Ella empacó comida y nos sentamos cerca del estanque de los patos con Sofía. En ese momento, Bella me había asustado a morir, pero terminó siendo algo muy gracioso. Una camada de aves se acercó volando y un ave intentó quitarle el sándwich de la mano. Un grito de esos que te paralizan el corazón dejó sus labios mientras yo veía a Pequeña al darle su biberón. Juro por Dios, creí que la estaban matando o algo así. Cuando levanté la vista, ella se estaba poniendo de pie para correr alrededor como un gallo al que le cortaron la cabeza. Cuando finalmente se tranquilizó y se sentó —casi en lágrimas—, me explicó qué demonios había pasado, haciéndome reír. Resultó que una vez la habían atacado unas gaviotas. Me pegó en el hombro, diciéndome que no era gracioso, pero en serio, fue jodidamente cómico.

También descubrí otras cosas. Por ejemplo, sus flores favoritas eran los lirios y aparte de sus novelas de romance, también disfrutaba las de misterio. Los libros de Sherlock Holmes eran sus favoritos. Descubrí que pensaba en regresar un día a la escuela para poder enseñar literatura en preparatoria. Le encantaba dar clases en preescolar, pero parte de ella quería compartir su amor por la literatura. Aunque dijo que no estaba segura, porque de verdad amaba a los niños.

Esta noche íbamos a salir de nuevo, esta vez al boliche. Pequeña estaba, una vez más, pasando la noche con mamá y papá. También iban a cuidar a Ben porque querían pasar tiempo con sus nietos. Estaba bien para mí, Rosalie estaba feliz y Emmett estaba jodidamente emocionado. No quería escucharlo, pero básicamente estaba cantando el hecho de que iba a "conseguir algo" esta noche cuando salimos del trabajo.

—Entonces, boliche —dijo Bella cuando estacioné justo después de las ocho—. No estoy segura de que sea una buena idea.

Me reí.

—¿Mala jugadora de boliche?

—En realidad es mi horrible coordinación.

Sonreí.

—Pues es algo bueno que tengas a un doctor cerca, ¿huh?

Se rió suavemente sacudiendo la cabeza mientras yo apagaba el coche.

—En realidad también soy una mala jugadora de boliche.

—¿Quieres usar barreras?

Rodó los ojos.

—No tengo cuatro años. Puede que sea mala, pero creo que puedo arreglármelas sin barreras.

Me bajé del carro, moviéndome a su lado para abrirle la puerta. Le ofrecí mi mano y la aceptó con una sonrisa.

—Gracias —dijo.

Le puse el seguro a las puertas y metí las llaves a mi bolsillo, moviendo mi otro brazo a su cintura mientras caminamos a la entrada. Ya que era miércoles en la tarde, el boliche no está muy lleno. Rápidamente nos dieron un carril, nuestros zapatos y dos cervezas. Mientras Bella se ataba los zapatos, yo puse nuestros nombres en tablero.

Cuando se dio cuenta del nombre que le puse, Bella me golpeó el brazo y dijo:

—¿Mordelona? ¿En serio?

Me reí.

—Pues ya no puedo cambiarlo.

Entrecerró los ojos y presionó los labios en una delgada línea.

—Cabrón.

—¡Oye! Te estoy dejando tirar primero. Eso es lindo, ¿no?

Rodó los ojos, se puso de pie y agarró la bola sin decir nada. Cuando llegó a la línea, me miró.

—No te rías, ¿entendido?

Asentí alzando dos dedos.

—No me reiré a menos de que tú te rías. Palabra de scout.

—Nunca fuiste scout —dijo girándose hacia el carril.

Sorprendentemente no la lanzó directo al canal, e incluso logró tirar algunos bolos. Se volvió con una sonrisa esperando a que saliera de nuevo su bola. Una vez más tiró unos bolos para juntar un total de ocho. Cuando fue mi turno, se aseguró de decirme que sabría si la dejaba ganar. En realidad sí lo había considerado, así que me aseguré de hacerlo lo mejor posible, y logré hacer una chuza. Seguimos jugando unas cuantas partidas más. Bella sí echó unas cuantas bolas al canal, pero ella se rió de sí misma, lo que significaba que yo también podía reírme. Ya que yo la superaba en puntuación —obviamente iba a ganar—, decidió distraerme. La mujer dijo algo acerca de sus pechos, haciéndome fallar y lanzar la bola directo al canal.

—Eso fue cruel —dije cuando me volví a sentar.

Se rió.

—¿Te distrajo mi plática sobre mis pechos? Lo siento.

—Me la pagarás —dije, llevándome la cerveza a la boca.

—¡Estoy tan asustada!

—Además, ese truquito funcionó una vez. No funcionará de nuevo, y como puedes ver en la pantalla —la señalé—, aún así voy a ganar. Sólo queda un juego, Mordelona. No puedes ganarme.

Ella también se llevó la cerveza a la boca, encogiéndose de hombros. La dejó en la mesa y se puso de pie.

—No, pero puedo divertirme.

Agarró su bola y caminó hacia el carril. Meneó su trasero sólo para mí, mirándome y guiñando un ojo. Me quedé callado, tramando mi venganza para el siguiente juego. Increíblemente logró hacer una chuza. Saltó aplaudiendo de felicidad. Me reí a carcajadas, algo que llevaba haciendo toda la noche. Se veía malditamente… bonita, emocionada más allá de las palabras.

Cuando terminó el juego —que yo gané, obviamente—, comimos pizza y nachos antes de jugar de nuevo. Esta vez estaba determinada. Dijo que el primer juego había sido un calentamiento, y esta vez ella patearía mi trasero. Cada vez que se levantaba, me miraba pensando que iba a cobrarme mi venganza. No, estaba esperando la oportunidad perfecta. A mitad del juego, encontré esa oportunidad. Bajó la guardia. No me miró, así que grité para darle un buen susto. Sus pies se resbalaron bajo ella al mismo tiempo que la bola volaba al carril vacío que estaba junto al nuestro. Escuché el crujido de su cabeza golpeando el piso antes de que pudiera levantarme de mi asiento.

Corrí hacia ella llamando su nombre. No se movió. No hizo sonido alguno. Me arrodillé junto a ella, presionando la mano en un costado de su cara. Estaba asustado a muerte.

—Bella —dije—. Abre los ojos…, mierda, abre los ojos.

Aunque no lo hizo. No de inmediato, al menos. Mientras un empleado llamaba al 911, yo presionaba mis dedos en su cuello y un suave gemido escapó de sus labios.

—Bella, ¿puedes escucharme? —pregunté acariciando su mejilla—. Abre los ojos, mi amor.

Apretó los ojos y después los abrió lentamente.

—Ow —gimió.

—No te muevas —dije, evitando que se diera la vuelta—. Te golpeaste muy fuerte la cabeza, te provocaste un desmayo. Probablemente tienes una contusión. La ambulancia ya viene en camino. Lo siento mucho, Bella.

Parpadeó un par de veces con una mueca.

—Nada de ambulancias. La habitación da vueltas.

—Un golpe en la cabeza puede causarte eso. ¿Cuántos dedos ves?

Alcé dos y ella entrecerró los ojos.

—Um…, dos, creo, ¿quizá más? Todo es muy borroso.

—En realidad sí son dos. ¿Cuál es tu nombre?

—Bella Swan.

—¿Qué pasó?

Levantó la vista para verme a los ojos.

—Me resbalé. Edward, no ambulancia, ¿por favor? No digo que no iré al hospital, pero nada de espectáculo, ¿de acuerdo?

Suspiré, intentando encontrar la voluntad para no ceder a sus deseos, pero no pude detenerme. Estaba alerta, se movía —aunque le dije que no lo hiciera—, y al parecer no se había lastimado el cuello. Aunque primero la revisé, antes de quitarle el celular al empleado del boliche. Les dije quién era yo y que la ambulancia no era necesaria, que la llevaría yo mismo. Regresé con Bella y la ayudé a sentarse lentamente. Parpadeó, intentando aclarar la obvia borrosidad que veía. La cargué con cuidado y la senté en una de las sillas, quitándole los zapatos de boliche a ella antes de quitarme los míos. Intentó decirme que podía caminar, pero no la dejé. La cargué hacia afuera y nos llevé rápidamente a emergencias.


—No puedo creer que no intenté protegerme la cabeza —dijo Bella, cerrando los ojos mientras yo nos llevaba de regreso al complejo de apartamentos.

Habíamos pasado las últimas dos horas en emergencias. Fue diagnosticada con una contusión leve, y puede que yo convenciera a su doctor para que ordenara una innecesaria tomografía. Sólo quería asegurarme de que sí fuera una contusión leve. Por las siguientes veinticuatro horas, tenía que cuidar a Bella en caso de que se presentaran complicaciones, así que planeaba quedarme con ella, aunque ella todavía no supiera eso.

—Quiero decir, ni siquiera intenté meter las manos —dijo mirándome—. Te dije que esto no era una buena idea.

Sonreí.

—Me lo dijiste, pero técnicamente fue mi culpa.

Giró la cabeza, abriendo los ojos ligeramente con una pequeña sonrisa tirando de sus labios.

—Entonces, ¿debería mandarte la cuenta a ti?

Me reí entrando al estacionamiento.

—Claro, ¿por qué no?

Se movió lentamente, subiendo las escaleras y entrando a su apartamento. Yo estuve cerca de ella, viéndola con cuidado, listo para estirar los brazos si necesitaba ayuda. Aunque logró subir sola, haciendo muecas de vez en cuando.

Entramos a su apartamento y cerré la puerta tras de mí.

—Estoy bien, Edward —dijo—. Puedes irte.

Sacudí la cabeza.

—Necesitas que te despierten cada pocas horas para asegurarnos de que sigues respondiendo bien. Puedo… dormir en tu sofá —dije, dejando su bolso en el mostrador.

—Es ridículo. Ve a casa. —Sonrió suavemente—. No tienes a Sofía así que necesitas dormir.

Una vez más sacudí la cabeza.

—Deberías acostarte. ¿Necesitas ayuda para desvestirte?

Una suave carcajada escapó de sus labios.

—¿Por qué, doctor Cullen, está intentando aprovecharse de mí en este frágil estado?

Rodé los ojos riendo.

—No, creo que puedo lograr que te desvistas sin necesitar esto.

Aunque todavía no lo logro, pensé.

—Estoy bien, Edward, en serio —dijo—, puedes irte. —Su mano se aferró al mostrador y cerró los ojos con fuerza—. Ow.

—Vete a la cama —dije, poniendo mi brazo en su cintura—, y deja de discutir conmigo. Eres una terrible paciente.

Se alejó del mostrador, recostando la cabeza en mi pecho.

—Bien —suspiró—. Me rindo. Haz lo que quieras conmigo.

Sonreí para mí ayudándola a llegar a su habitación.

—El doctor que hay en mí piensa que probablemente eso no es una buena idea.

—Eres horrible, ¿lo sabes?

—Quizá un poco —dije, ayudándola a sentarse en la cama—. Estoy seguro de que prefieres estar cómoda así que… ¿shorts, pants?

—Shorts, ahí. —Cerró los ojos, asintiendo hacia una silla en la esquina.

Agarré los shorts que colgaban del brazo de la silla y se los traje, dejándolos junto a ella. Ella se acostó, moviendo sus manos al botón de sus jeans. Logró desabrocharlos antes de suspirar.

—Mi cabeza duele cada vez que me muevo —dijo, llevándose una mano a la cabeza al masivo chichón que se estaba formando.

—¿Tú, uh…, quieres ayuda? —pregunté—. Seré todo un caballero.

Me miró asintiendo.

—Sólo quítalos.

Jalé los jeans bajándolos por sus piernas, que por cierto, se veían muy lindas. Luego de que se los quité, puede que le hubiera dado un rápido vistazo. Joder, lo sabía. Eran pequeñas, rosas y tenían un moñito. Encontré esto completamente injusto. Aunque probablemente ésta era la manera en que el karma se cobraba todas las cosas de mierda que les había hecho a las mujeres en el pasado. Aparté la vista, agarré los shorts y los subí por sus piernas. Levantó el trasero con un gemido, y subí los shorts por completo.

—¿Otra camisa? —pregunté ayudándola a sentarse.

—Tengo un top bajo ésta, sólo quítamela —dijo levantando los brazos.

En cuanto estuvo cómoda la ayudé a acomodarse en la cama antes de ir por hielo y Tylenol para su cabeza. Se pasó la pastilla con unos tragos de agua antes de recostar la cabeza en las almohadas. Suspiró cuando presioné el hielo en su cabeza.

—No te vas a ir, ¿cierto? —preguntó abriendo un ojo.

—No. —Sonreí—. Estás atrapada conmigo. Puedes dormir, deberías dormir, pero te voy a despertar en dos horas.

—Ya he tenido contusiones antes. Conozco las reglas.

—Qué bien…. Bueno, no qué bien, pero al menos entiendes.

—¿Por qué no te acuestas? —preguntó palmeando la cama—. Si te vas a quedar aquí, por lo menos deberías estar cómodo.

Me quitó el hielo y yo le di la vuelta a la cama, sentándome junto a ella. Acomodé una almohada y me recosté. Ella giró su cabeza hacia mí.

—Lamento haber arruinado nuestra cita —dijo.

—No la arruinaste, Bella. Necesitas dormir.

—Todavía me duele demasiado la cabeza. Quizá en un rato. —Se acercó más, poniendo su cabeza en mi hombro—. Sabes, incluso aunque estaba algo confundida y con dolor, te escuché darle órdenes al doctor —se rió suavemente.

—Soy mandón por naturaleza. Además me importas, tenía que asegurarme que estuvieras bien.

Vi la pequeña sonrisa en sus labios.

—Tú también me importas. Y me gusta un poco que seas mandón.

Sonreí.

—Es bueno saberlo.

—Yo hubiera ganado.

—¿El juego? —pregunté y asintió—. Te dejaré creerlo porque estás herida. Ganaste ese juego, pero nunca más volveremos a jugar boliche, así que supongo que siempre estaremos empatados.

—Bien, quizá para la próxima podríamos sólo salir a cenar y a ver una película.

—Suena bien. ¿Ya disminuyó el dolor?

—En realidad no, pero estaré bien. Te repito que no es mi primera contusión.

—¿Ya te has golpeado la cabeza unas cuantas veces?

—Un par, pero te juro que sigo aquí. Ésta es mi segunda contusión, y olvidé lo mucho que dolía. —Frunció el ceño.

Besé su frente suavemente, moviendo mi brazo por su hombro. Ella se movió hacia abajo en la cama para recostar su cabeza en mi pecho y poner la mano sobre mi estómago. La escuché suspirar suavemente cuando le quité el hielo.

—¿Ya te vas a dormir? —pregunté.

—Quizá —dijo—. ¿Cómo va Sofía con los dientes?

—Hasta ahora no muy mal. Está de mal humor, pero es manejable. Tengo un poco de miedo de lo que va a pasar cuando sea peor.

—¿Miedo de las noches en vela?

—Sí, pero más que nade de su dolor. Esa infección de oído me asustó a morir con los gritos de dolor que pegaba. No quiero que vuelva a pasar.

Levantó la cabeza sonriendo un poco.

—Aww.

Alcé la ceja.

—¿Huh?

—Te estás convirtiendo en un sentimental. Es dulce.

Me reí poniendo la manta sobre sus hombros.

—No soy "sentimental".

—Claro que no —bromeó—. Tampoco eres una mala almohada. Un poco duro, pero cómodo.

—Qué bueno —dije, sacando el celular de mi bolsillo. Puse la alarma para que sonara en dos horas, ya que podía ver que estaba a punto de quedarse dormida.

—Y bien, incluso luego de causarte una contusión, ¿me gané otra cita?

Se rió.

—Sí, pero nada que requiera esfuerzo físico.

—Cena y una película, como dijiste.

—No puedo esperar —suspiró.

Me quedé dormido no mucho después que Bella. La desperté cuando la alarma sonó y le hice unas preguntas para asegurarme de que siguiera coherente. Estaba bien, por supuesto, aunque aprendí que no apreciaba haber sido despertada. Gruñó y frunció el ceño hasta que la dejé volver a dormirse.


—Entonces le causaste una contusión a tu novia —se rió Jasper antes de meterse más comida a la boca.

Rodé los ojos agarrando mi agua. Él, Emmett y yo estábamos comiendo en la cafetería. Desde que llegué esta mañana había estado ocupado sin parar ni un segundo, así que sólo intentaba disfrutar del hecho de que estaba sentado, pero ellos dos seguían y seguían hablando de lo que pasó la otra noche.

—¿Es muy malo que quiera ver un vídeo de cómo se cayó? —preguntó Emmett—. Es que tú lo haces sonar como si hubiera sido divertidísimo.

—Revoloteó los brazos —dije intentando no reírme. En realidad no fue divertido cuando pasó, pero pensándolo ahora no podía evitar encontrarle lo gracioso—, pero de alguna manera no logró meter los brazos frente a ella. Golpeó el piso tan fuerte que creí que me daría un ataque al corazón.

—No puedo creer que no esté enojada contigo —dijo Jasper—. La hiciste caer.

—Sólo me estaba vengando de ella. ¿Cómo iba a saber que se iba a caer?

—Pero sí te disculpaste, ¿verdad? —preguntó Emmett—. Si yo le hiciera eso a Rose, me arrastraría a ella con flores.

—¿Debería comprarle flores? —pregunté.

Asintió.

—Demonios sí. Me doy cuenta que no estás acostumbrado a estar en una relación, así que déjame ayudarte. Tú la jodes…, ella obtiene flores. Simple.

Eso parecía razonable, entonces, ¿por qué no lo pensé antes?

—Le gustan los lirios.

—¡Ahí lo tienes! —se rió—. Usualmente también le doy una tarjeta a Rose, pero dudo que en la tienda vendan tarjetas que digan "Lamento haberte causado una contusión".

—¿Así que cada vez que haces algo mal le das flores y una tarjeta y ella te perdona? ¿En serio?

—Si realmente meto la pata, como cuando me perdí de nuestro aniversario a causa del trabajo, me cuesta más. Pero tú estarás bien con las flores.

Probablemente Emmett no era la persona de quien debería aceptar consejos sobre relaciones, pero él y Rose han estado juntos desde la preparatoria. Algo debía estar haciendo bien.

—Las mujeres no son tan simples —dijo Jasper—. Dudo que esté enojada de verdad, pero cuando de verdad hagas enojar a Bella, no creo que las flores y la tarjeta ayuden mucho.

—Las calman lo suficiente para que vuelvan a hablarte —dijo Emmett—. Aunque cuando empiezan a hablar sí te cuesta más esfuerzo.

—Pues no es como si estuviera enojada conmigo —dije—, fue un accidente. Aunque creo que le gustarán las flores.

—También le doy flores a Rosalie sólo porque sí. Las mujeres aman esas mierdas. Es parte de ser romántico.

Sonreí.

—Tendré que recordar eso.

—Todavía seguimos con los planes del martes, ¿cierto? —preguntó Jasper.

Hace semanas le dije que iríamos a las jaulas de bateo, pero había estado pasando mi tiempo con Bella. Hace unos días Jasper me lo recordó, así que le pregunté a Bella si le molestaría cuidar a Pequeña el martes en la noche. Para mi sorpresa se ofreció a cuidarla todo el día para que Sofía no tuviera que ir a la guardería. Ella lo hizo parecer como si yo le estuviera haciendo un favor, lo cual era absurdo.

—Sí —dije—. Bella va cuidar a Pequeña, así que incluso podemos ir por una cerveza después si quieres.

Asintió.

—Genial. De todas formas quería hablarles sobre algo.

—¿Qué?

Sonrió.

—No es nada malo. Deja de preguntar.

—Pues no puedes decir eso y esperar que no sienta curiosidad.

—Emmett, ¿vas a poder venir? —le preguntó.

—Le preguntaré a Rose —dijo Emmett metiéndose más comida a la boca.


Antes de ir a casa esa noche llegué a la tienda de mamá y compré un ramo de lirios para Bella. Por supuesto, Pequeña quedó fascinada con las flores. Agarré una rosa color rosa y se la ofrecí, dejando tocarla.

—Qué dulce —dijo mamá sonriéndole a Sofía que jugaba con la rosa—. Aquí está tu ramo.

Miré el extravagante ramo que me había preparado.

—Es demasiado. ¿Por qué las rosas?

—Puede que su flor favorita sea el lirio, pero créeme, cariño, todas las mujeres aman las rosas.

Me reí.

—Confiaré en ti. Gracias, mamá.

—¡Oh, no, Sofía! —dijo, moviéndose para apartar mi mano que sostenía la flor. Pequeña tenía un pétalo de rosa en la boca. Se lo saqué rápidamente y revisé su boca para asegurarme de que no tuviera nada más dentro.

—Oops —dije, y mamá se rió.

—Las flores son bonitas para verlas, bebita, pero no para comerlas —dijo mamá besando la mejilla de Sofía.

—¿Cuánto te debo? —pregunté sacando la cartera.

Agitó una mano.

—No te preocupes por eso. Sólo cuéntame su reacción.

—Mamá, tengo que pagarte —dije—. Estás llevando un negocio.

—Es un ramo. Siempre le doy flores gratis a Emmett para Rosalie.

Me reí.

—Ahora ya sé por qué se las da sin razón.

—Oh, no —dijo—. Siempre tiene una razón, créeme.

—Lo sabía —dije, inclinándome para besar su mejilla—. Gracias, mamá.

—De nada. Te quiero.

Agarré las flores, alejándolas de Pequeña que estiraba las manos por ellas.

—También te quiero.

Pequeña lloró todo el camino a casa, probablemente porque podía ver las flores pero no podía tenerlas. Cuando llegamos a casa la cambié y le di de comer antes de cruzar el pasillo. Dejé el porta bebé de Pequeña en el piso, escondí la flores detrás de mi espalda y toqué en la puerta de Bella. Ella abrió con una sonrisa y yo saqué las flores.

—Lamento haber hecho que te lastimaras —dije cuando ella las agarró.

—Qué dulce eres —dijo, oliéndolas—. Y son hermosas. Gracias.

La besé antes de cargar a Pequeña y entrar. Bella se fue a la cocina y sacó un jarrón. Dejé el porta bebé y saqué a Sofía. Claro que sus ojos estaban pegados a las flores. No pude evitar reírme.

—A alguien le gustan las flores bonitas —dijo Bella cortando los tallos—. Tu papi es muy considerado, ¿no es así?

Asentí.

—Sí que lo soy, ¿no?

—Y un poco presuntuoso —se rió, agarró una flor y se acercó—. ¿Quieres tocarla?

—No —dije, sosteniendo el brazo de Sofía—. Se la comerá. Casi devoró una flor en la florería.

—Oh, entonces lamento haberte tentado, cielo. Quizá cuando seas más grande podrás volver a tocar las flores.

—Entonces, ¿tú… Te gustaron? —pregunté, moviendo a Pequeña hacia mi otro brazo.

Asintió, poniéndose de puntillas para besarme. Me incliné y presioné mis labios sobre los suyos, disfrutando del momento. Mi pulgar acarició detrás de su oreja mientras el beso de profundizaba.

—Son hermosas —dijo cuando nos separamos—. No tenías que hacerlo, pero me encantan.

—Qué bueno, ¿y cómo te sientes?

Ella regresó con las flores y yo me senté en un taburete.

—Estoy bien. El chichón no es nada atractivo y todavía duele, pero voy mejorando.

—Es algo bueno. Y sigues estando hermosa. —Sonreí. Ella se sonrojó mordiéndose el labio—. ¿Quieres que cocine?

—Oh, no. Ordené pizza. Debería llegar en cualquier momento. No tenía ganas de cocinar.

—¿Y estás segura que te sientes bien? Los efectos de una contusión…

Me interrumpió.

—Estoy bien, Edward. En serio.

—De acuerdo, siempre y cuando estés segura.

Sonrió metiendo las flores al jarrón.

—Estoy segura.

Cuando llegó la pizza nos sentamos en el sofá a comer y a ver una película. Pequeña estaba jugando con su juguete en la cuna portable, manteniéndose feliz y tranquila. Yo estaba sentado en una orilla del sofá y Bella estaba junto a mí con las piernas en mi regazo. Toda la escena era…, cómoda.

Esto era cómodo y al parecer se había puesto cómodo con demasiada rapidez. Pasé de soltero y feliz a ser papá, y luego a ser papá con novia en cuestión de meses. Pero la verdad, era más feliz ahora de lo que había sido nunca antes.

Y, carajo, eso me asustaba.


Oh, oh, Edward empieza a tener miedo… ya veremos cómo reacciona.

¡Gracias por comentar! ^^

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