Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es anhanninen, yo sólo traduzco.

Gracias a mi beta Isa.


Fatherhood, Formula, and Other F Words

Capítulo 9: Una experiencia espantosa

—Entonces, ¿cómo te trata la paternidad? —preguntó Emmett con una jodida sonrisa—. ¿Acaso no amas levantarte a media noche para darle de comer?

Estábamos almorzando en la cafetería del trabajo. Acababa de terminar mi primera cirugía del día, una agotadora experiencia de cuatro horas, cuando él salió de su quirófano y me preguntó si tenía hambre; dijo que él invitaba. Como si fuera a desaprovechar esa mierda, incluso aunque podría haberlo pagado.

—En realidad ya duerme durante toda la noche —dije sonriendo al ver su cara decaer.

—¿Me estás jodiendo? Ben todavía me despierta a veces, y claro, Rose me hace atenderlo ya que ella lo cuida todo el día.

—¿Qué puedo decir? Le agrado lo suficiente a mi niña para que me deje dormir.

—¿Cuánto tiempo te da?

—Cinco horas, a veces seis.

Apuñaló su comida con el tenedor.

—Ésas son mierdas. Cuando Ben tenía quince semanas tenía que levantarme cada noche al menos una vez, a veces dos.

Me reí.

—Pues yo normalmente la acuesto en la cuna a las once, depende de si durmió lo suficiente durante el día. A veces es más temprano si no toma su siesta en la tarde. Aun así siempre consigo al menos cinco horas.

—Cambiemos niños.

—Joder, no. Pequeña es algo genial. Ahora le caigo bien, así que ya nos llevamos mejor.

Pequeña solo necesitaba acostumbrarse a mí, y yo a ella. Ahora que ya dormía en las noches, con todas las risas, sonrisas y felicidad a nuestro alrededor, Pequeña era probablemente la mejor niña en todo el jodido mundo.

Él sacudió la cabeza.

—Incluso si no te hubieras hecho la prueba de paternidad, hubiera estado seguro que era tu hija. Quiero decir, ¿a quién más podrías agradarle?

—Soy de gusto adquirido —dije, dando otro bocado mientras que Jasper llegaba con su bandeja.

La dejó caer en la mesa y se sentó con un suspiro.

—Alice tiene miedo de no agradarle a tu familia, así que no sabe si quiere o no ir a la renovación de votos de tus padres.

La renovación de votos de mis padres sería en dos semanas, el dos de junio. Obviamente Jasper estaba invitado y le dijeron que podía llevar una cita, pero al parecer Alice no estaba muy interesada en eso.

—Pues eso es lo que dice —dijo—. Le dije que mi madre iba a ir, y dijo que se sentiría muy incómoda.

—Le tiene miedo a tu madre —Emmett se rió—. Y la verdad no la culpo.

—Mi mamá no es tan mala —dijo Jasper.

—Me disparó en el trasero con una pistola de aire comprimido cuando éramos niños.

—Porque intentábamos escaparnos y pensó que eras un ladrón. —Sonrió.

Me carcajeé.

—Eras un adolescente de quince años que medía 1.80, Em. Es un error comprensible.

—Jasper, eres mi amigo, así que creo que está bien decir esto —dijo Emmett—. Tu mamá está loca, tiene algo zafado allá arriba.

—Amigo —dije—, sigue siendo su madre.

—Jódete, Emmett. No está loca —dijo Jasper—, solo es..., diferente.

—Deberías advertirle sobre eso a Alice —dije.

—Sí —suspiró—, pero no quiero ahuyentarla. La conoces, es genial.

Asentí.

—Lo es.

—¿Jasper se me unirá al oscuro lado de las relaciones serias? —preguntó Emmett antes de meterse más comida a la boca.

Se encogió de hombros.

—Creo que por ella sí lo haría.

—Bien —dijo Emmett que seguía masticando—. Edward se saltó esa parte, así que necesito a alguien que esté dispuesto a salir en una cita doble con Rose y conmigo. Últimamente me ha estado pidiendo mucho eso.

—Hablaré con Alice.

Le puse la tapa a mi agua.

—Ustedes dos hablan como señoritas. ¿Organizando una cita doble? ¿En serio? —me reí.

—Al menos no hablo constantemente de mi bebé —dijo Emmett.

—No hablo constantemente de ella.

—Claro que sí —se rió Jasper—. Y nos dices señoritas a nosotros.

—Jazz —dijo Emmett—, llamó a su mamá el otro día, Rose y yo estábamos ahí, para decirle que Sofía había logrado darse la vuelta entera rodando.

—Oh, sí me contó.

Me paré agarrando mi bandeja.

—¿Saben qué? No es mi culpa que mi vida haya terminado en esto —dije—. Antes de que te folles a Alice, asegúrate de que está en control natal y que el condón no se rompa.

—Lecciones que Edward tuvo que aprender de la manera difícil —se rió Emmett.

—Jódanse los dos.


—¿Por qué estás tan molesta, Pequeña? —pregunté intentando calmarla.

Eran las dos de la mañana y no había dormido casi nada. Ella me despertó gritando a todo pulmón. Probablemente me había ganado eso por haberle echado en cara sus patrones de sueño a Emmett. Corrí más rápido de lo que creí posible para cruzar el pasillo porque ya nunca me despertaba de ese modo. Una cosa era llorar, pero estos gritos rompe-tímpanos eran algo muy diferente. Sonaba como si le doliera algo.

La acosté gentilmente en la cambiadora.

—Todo está bien —le dije, desabrochando su mameluco y su pañal, encontrándola completamente seca—. ¿Tienes hambre? No te terminaste todo el biberón antes.

Le puse un pañal nuevo y la cargué, palmeando su espalda mientras la llevaba a la cocina. Siguió gritando y agitando las manos. Logró agarrar el cabello de mi nuca y jalarlo.

Jodidamente doloroso. Definitivamente estaba mejorando con su agarre. Alejé su mano y la acosté en el columpio para poder prepararle el biberón. Se enojó aun más cuando me fui para sacar del refrigerador uno de los biberones que había hecho anoche. Mientras pasaba el biberón por agua caliente, regresé la vista a la pequeña. Se estaba tirando la oreja izquierda. Nunca tiraba de sus oídos.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, la miraba confundido.

Siguió tirando y giró la cabeza hacia ese lado para presionarse contra el columpio como si estuviera…

—Mierda —maldije.

Cerré el agua y dejé el biberón en el fregadero antes de abrir el gabinete y encontrar el termómetro digital. Por favor no, joder.

—Por favor, no estés enferma —dije, arrodillándome frente a ella y sosteniendo su oreja derecha para meter el termómetro.

Ella hizo una rabieta enorme durante los pocos segundos que tardó la lectura. Sabía que no era tan certera como podría haber sido, pero su oído funcionaría bien. No quería traumatizar a la pobre niña haciéndolo de la manera más certera. Bueno, tampoco quería traumatizarme yo.

Miré la lectura e hice una mueca.

—39.2 grados..., joder —suspiré—. Ahora ya sé por qué estás enojada.

La cargué de nuevo e intenté pensar. Tirar de su oído probablemente significaba que tenía una infección en el oído. Probablemente pero, ¿y si no era tan simple? Mierda. Estaba seguro de que si estaba enferma era por mi culpa. Solo Dios sabía qué tipo de gérmenes traía a casa cada día.

—Lo siento —dije, besando su cabeza mientras me movía de un lado a otro.

El movimiento era tranquilizador. A ella le gustaba cuando me movía alrededor con ella, aunque no se estaba calmando. No es que esperara que lo hiciera. Ella estaba sufriendo, y me sentía jodidamente mal por eso. No quería que Pequeña sufriera.

De repente alguien empezó a tocar mi puerta. Los gritos de dolor de Pequeña probablemente despertaron a mi vecino de al lado, o a Chica Nueva. ¿Estaba mal rezar porque fuera Chica Nueva?

Cuando abrí la puerta suspiré aliviado. Era Chica Nueva. Nunca había estado tan feliz de ver a alguien, jamás.

—Está enferma —dije—. Entra por favor.

Frunció el ceño entrando por la puerta.

—Oh, no. ¿Qué crees que sea?

—De verdad espero que sea una infección en el oído, pero no sé. Ahora me siento jodidamente terrible. Traigo a casa con ella todo tipo de gérmenes.

—Los bebés se enferman, Edward —dijo, acercándose a mi sofá para sentarse—. Y un montón de bebés contraen infecciones de oído.

Me mecí con Pequeña.

—Sí, pero ¿y si no lo es?

—Pues la vas a llevar al pediatra, ¿no?

—Creo que la llevaré a emergencias y llamaré a mi papá.

Me miró con simpatía, frunciendo el ceño.

—¿De verdad necesita ir a emergencias, Edward?

Me encogí de hombros.

—No sé… ¿Quizás?

—¿Puedo cargarla?

Le pasé gentilmente a la niña que seguía llorando y corrí de regreso a mi habitación para buscar mi celular. Marqué el número de papá, él sabría qué hacer; si debería llevarla a emergencias o esperar hasta en la mañana para llevarla al pediatra. Solo que…, estaba jodidamente asustado. No sabía por qué, pero lo estaba. Con todo lo que no podría, o todavía no sabía si podría, ofrecerle a Pequeña, esto era algo que debería haber sido capaz de manejar fácilmente. De verdad, era un jodido doctor. Pero en este momento, cuando debí haber estado centrado, no fue así. Era una maldita canasta llena de preocupación.

—¿Edward? —respondió papá—. Son las dos de la mañana. ¿Qué pasa?

—Está enferma —dije.

—¿Sofía?

—¿Quién demonios más si no?

—De acuerdo, cálmate. Los bebés se enferman. ¿Qué tiene?

—Tiene 39.2 grados de fiebre, está llorando sin parar y la vi tirando de su oreja.

—Entonces probablemente es una infección de oído, hijo. Dale algo para la fiebre y el dolor, y llama a su pediatra en la mañana. Probablemente le darán antibióticos.

—¿No debería llevarla a emergencias? —pregunté caminando alrededor de mi habitación.

—No. Tienes Tylenol para niños, ¿verdad?

—Sí, ¿pero estás seguro que debería dárselo?

—Sí, hijo. ¿Sabes cuál es la dosis?

—Sí.

—Entonces dáselo. Le ayudará con la fiebre y el dolor.

—No sé —dije, pasándome la mano por el cabello—. Quizás debería llevarla a emergencias para estar seguros.

—No necesita ir a emergencias.

—¿Puedes venir?

—Hijo, escúchame, estará bien. Llama a primera hora de la mañana y haz una cita con su doctor para que la revise lo más pronto posible. No necesitas que yo vaya.

Suspiré.

—Estoy…, preocupado.

—Ya me di cuenta —se rió entre dientes.

—¿Por qué te estás riendo?

—Porque suenas como yo la primera vez que Rosalie se enfermó. Yo sí la lleve a emergencias, pero no lo necesitaba. También tenía una infección en el oído. Te lo prometo, Edward, todo saldrá bien.

—Pero no ha dejado de llorar y no es su llanto de siempre. Está gritando de dolor.

—Sé que es así como parece, pero estará bien. Dale el Tylenol.

Me pellizqué el puente de la nariz.

—De acuerdo.

—Bien. Ahora buenas noches. Llámame mañana para que me digas que dijo su doctor. Haré que alguien te cubra.

—Gracias, lo haré. Perdón por despertarte.

—No pasa nada.


Después de darle la medicina a Pequeña, solo la cargué. Eventualmente se quedó dormida en mis brazos, por lo cual me sentía agradecido. El llanto empezaba a ser doloroso para .

—Puedes irte si quieres —le dije a Chica Nueva, que estaba sentada junto a mí en el sofá—. Estoy seguro de que tienes que trabajar mañana.

—Sí —dijo—, pero me puedo quedar.

Sacudí la cabeza.

—Está bien, aunque gracias por venir.

Sonrió.

—Sonaba como si necesitaras ayuda.

Bufé.

—¿Cuándo no la necesito?

—Todos necesitamos un poco de ayuda a veces, y en realidad no hice nada esta vez.

Me encogí de hombros.

—Viniste, así que yo diría que eso ya es algo.

—Pues supongo que no fue nada —se rió suavemente—. Se ve mucho más pacífica.

Bajé la vista a la durmiente pequeña. Sí que se veía pacífica.

—¿Por qué siento que acabo de tener un ataque al corazón?

—Porque estabas muy preocupado por ella. Estoy segura de que eso es muy normal. La amas, y no quieres que sufra. Es dulce.

—Yo uh…, ¿la amo?

Me miró con una ceja alzada.

—Eso parece, con toda la preocupación y esa obsesión.

—¿Es obvio?

Rodó los ojos y se rió.

—¿Para mí? La cosa más obvia del mundo.

—Ella es…, importante para mí, creo. Sé que me preocupo por ella, pero creí que..., ya sabes, me daría cuenta cuando la amara.

—El amor es algo intrincado.

—¿Crees que ella me ama a mí? —pregunté, levanté la vista y la encontré sonriendo.

—Creo que definitivamente te ama —dijo, acariciando la mejilla de Pequeña—. Eres su papi.

—Qué afortunada ella —me reí rodando los ojos.

—Muy afortunada —me dijo—. Eres un buen papá, incluso si no puedes verlo.

—Estoy muy feliz de que no me conocieras antes de tenerla a ella.

—No creo que importe cómo eras antes. Lo que importa es cómo eres ahora. Y justo ahora, creo que eres un tipo genial porque diste la cara. Cambiaste por ella.

—¿Puedo preguntarte algo?

Dobló las piernas debajo de ella y asintió.

—Claro.

—¿Por qué tu papá tuvo que dar la cara?

Se mordió el labio y suspiró.

—Te dije que mi mamá murió.

—Sí, ¿pero por qué tuvo que dar la cara? Él ya estaba ahí, ¿no?

Sacudió la cabeza.

—Mi papá no supo de mí hasta que tuve cuatro años. Servicios sociales lo llamaron después de que mi mamá murió. Ella puso el nombre de él en su testamento, en caso de que algo le pasara.

—Maldición, lo siento.

Parpadeo rápidamente; estaba empezando a llorar.

—No me gusta hablar de eso, ¿sí?

—Sí, no, claro, entiendo. Lo siento por sacar el tema.

—Era una pregunta razonable después de un comentario como ése —dijo limpiando su mejilla.

—Supongo que ya veo porque tú, uh, querías ayudar.

Asintió.

—Conozco ambos lados de la historia; el tuyo y el de ella. Viví el de ella y miré el tuyo. Si puedo ayudar, entonces quizás eso ya sea algo.

—Eres una gran ayuda, Bella.

Sonrió, y me di cuenta que me gustaba verla sonreír. Me agradaba Chica Nueva, y no solo porque estaba buena. Era una buena persona y me aguantaba, aunque yo no lo hacía. Ella era una…, amiga. Tenía una amiga mujer.

¿Qué tal iba con ese progreso?


Yo sé que muchas quieren ver más acción entre ellos, no se preocupen, ya no faltan muchos capítulos para que Edward vea a Bella como algo más que solo su amiga ;)

¡Gracias a todas por sus reviews! ^^

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