¡Una nueva historia! Necesito algo que me ancle a la cordura mientras estudio para rendir materias tales como Didáctica de la Lengua y la Literatura, Lingüística II y Literatura Latinoamericana... ¡Espero sus observaciones y comentarios!


Cosas que me pertenecen: un perro sobrino (es el perro de mi hermana). ¿O sería un sobrino perro? ¿Un perro-sobrino? ¿Sobrino-perro? Como sea...

Cosas que no me pertenecen: los derechos de autor de Los Juegos del Hambre *suspiro*. Volví a pedirlos para Navidad, pero no hubo caso. Tampoco tuve suerte en Reyes. Pero voy a insistir para mi cumpleaños.


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1: Bienvenidos al Distrito 12

Archimedes Winter suspiró, desvió la mirada de la ventanilla oscura y se repitió por enésima vez que no era tan malo lo que le esperaba. No, no era malo en absoluto. Sólo veinte años de servicio en el apestoso y miserable Distrito 12. Una maravilla, pensó con amargura.

Trató de verle el lado positivo. Era un Distrito tranquilo, pobre, sin posibilidad de fabricar armas o rebelarse de cualquier manera. Tendría poco trabajo, mucho tiempo libre…

No había caso. Su vida acababa de convertirse en una pesadilla, pero él se cuidaría mucho de decir media palabra al respecto. No se suponía que un Agente de la Paz protestara contra el puesto de trabajo que el Capitolio le había otorgado.

Qué más daba. Si tenía que pasar veinte años entre mineros del carbón, al menos se aseguraría de trabajar poco y divertirse todo lo posible. Debería haber en todo el Distrito alguna mujer dispuesta a vender un rato de compañía por el precio justo, y si bien la venta de bebidas alcohólicas estaba restringida era sabido por todos que había destilerías clandestinas en cada Distrito (y muchas en el Capitolio).

Haber nacido en el Capitolio le confería cierto status entre los Agentes de la Paz del que pensaba aprovecharse todo lo posible. Entre resignado y desconsolado, se arrebujó en su ancha butaca y trató de dormir otro poco en el tren que lo llevaba a su cárcel en libertad.

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Llegaron temprano por la mañana. En la estación del tren del Distrito 12, cubierta de fino polvillo negro de carbón y tan deprimente como deprimido se sentía Archimedes, los esperaban, a él y a los otros dos nuevos, tres personas con el uniforme reglamentario de los Agentes de la Paz. Un hombre mayor con bandas plateadas en los hombros que lo indicaban como el Jefe de batallón, y dos personas más jóvenes, un hombre y una mujer.

—Ah, ¿éstos son los novatos? —preguntó con poco interés el jefe, un hombre mayor con los ojos inyectados en sangre, mal afeitado, las mejillas hundidas y el cabello gris despeinado. Por no hablar de su aliento…

Archimedes había estado bebido suficientes veces como para saber que este hombre tenía una resaca de las que sólo siguen a una borrachera importante. ¿Ése iba a ser su jefe? ¿Un borracho descuidado que no sabía ni cómo controlar, o al menos disimular, su adicción?

—Ella es la Agente Cornelia Nest, él es el Agente Rufo Mills —presentó Archimedes a sus acompañantes, que lo fulminaron con la mirada. Enemistarse con sus futuros compañeros de trabajo tenía ese tipo de efecto secundario—. Yo soy el Agente Archimedes Winter.

—Él es el Jefe Distrital de Agentes de la Paz, Tertius Cray… —presentó el joven Agente de la

Paz pelirrojo.

—Y ellos son Darius y Purnia —completó Tertius Cray, con un gesto de hartazgo—. Ahora que todos nos conocemos, vámonos.

Cray se dio media vuelta y echó a andar en dirección al pueblo, tambaleándose un poco, sin volverse atrás. Darius les ofreció una sonrisa de disculpa, y Purnia, un pequeño encogimiento de hombros a los recién llegados. Intercambiando miradas de desconcierto y asombro, Cornelia, Rufo y Archimedes tomaron sus bolsos de lona y siguieron a los otros. Alcanzaron pronto a Cray, que estaba saliendo de la estación del tren mientras se sostenía la cabeza con una mano y mascullaba algo sobre dolor de cabeza.

—Apúrense —ordenó Cray con un gruñido—, necesito un trago.

—¿Dónde está el automóvil? —preguntó Cornelia, mirando un poco perdida alrededor.

—¿Qué cosa? —preguntó el llamado Darius con una sonrisa socarrona.

—El automóvil —repitió Rufo, frunciendo el ceño—. ¿Cómo vamos a llegar hasta el pueblo?

—Caminando —respondió Purnia con una mirada elocuente.

—¿Qué… qué distancia hay hasta la ciudad? —preguntó Archimedes, tratando que no se le notara el desmayo en la voz.

—No es lejos —aseguró Purnia—. Unos… tres kilómetros.

Archimedes se limitó a asentir, rogando que no se notara su fastidio. El entrenamiento para convertirse en Agente de la Paz ya había sido bastante duro, pero él había tenido la esperanza que al menos una vez que hubiese concluido, el ejercicio físico que tendría que hacer se limitaría a montar guardia de pie en algún sitio o algo igual de ligero… no una caminata de tres kilómetros el primer día de trabajo.

Hacía frío, montones de nieve medio derretida y sucia salpicaban el camino mal barrido. Los pocos árboles estaban pelados y rociados de nieve, pero no del modo pintoresco y elegante que mostraban las postales del Capitolio, sino de una manera algo miserable. Archimedes apretó los dientes y se esforzó por mantener el equilibrio sobre el camino congelado y resbaladizo.

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—Éste es tu apartamento —explicó Darius, sonriente y lo más fresco, mientras un traspirado, agotado y en general malhumorado Archimedes lo seguía arrastrando los pies al interior del lugar—. Derecho de piso, muchacho… por eso estás en un quinto piso por escaleras.

El edificio que alojaba a los Agentes de la Paz era una construcción de gruesas paredes de ladrillos, pintado de blanco y vuelto gris a causa del polvillo de carbón de las minas cercanas. Las aberturas de madera estaban resquebrajadas y la pintura se desconchaba en tantos sitios que le daba un aire de abandono al lugar.

—¿Cuál piso es el tuyo? —gruñó Archimedes, agotado.

—El tercero. Pero también empecé en el quinto.

Archimedes echó una mirada desolada al que sería su lugar de residencia por, probablemente, los próximos veinte años. Los Agentes con buenas calificaciones de entrenamiento y una excelente hoja de servicio y/o que realizaban alguna proeza excepcional, obtenían un ascenso al cabo de tres años y podían pedir el traslado a otro distrito después de cinco. Pero Archimedes no se engañaba, él estaba condenado al Distrito 12 por los próximos veinte años. Sus notas de entrenamiento eran pobres, y su hoja de servicio no prometía ser nada excepcional, dado que él ya había decidido que le interesaba más beber, divertirse y hacer amigos (…y amigas) que el tomarse su maldito trabajo en serio. De todos modos, qué más daba, el trabajo de Agente de la Paz era una maldición en Distrito que sea.

Su nuevo lugar de residencia era deprimente. Por empezar, era minúsculo. Un dormitorio, un cuarto de baño, cocina–comedor, sala de estar, y un pequeño balcón. ¡Ni siquiera tenía sala de ropa y maquillaje! Un segundo dormitorio, ni hablar, como tampoco tenía despensa, sala de relax, oficina privada, piscina cubierta, sauna privado, biblioteca, invernadero, lavadero… Todo el espacio que formaba su nueva vivienda hubiese cabido en el dormitorio y vestidor adjunto que Archimedes había tenido en su casa anterior.

Luego, el sitio estaba amoblado sólo con lo mínimo y esencial. Una mesa y cuatro sillas de aspecto rústico por no decir mediocre, una mesada, una cocina a carbón (¡a carbón, por todos los cielos!) y unos cuantos estantes en la cocina. Una cama con colchón y una almohada, una mesita de luz y un armario algo desvencijado, junto con más estantes que al menos parecían nuevos, en el dormitorio. Un sofá que había visto mejores días frente a un anticuado, pequeño y maltrecho televisor, además de una mesa ratona de aspecto enclenque, en la sala de estar.

Los accesorios y utensilios eran, para decirlo gentilmente, modestos. Sábanas blancas de algodón rústico, toallas grises, cortinas grises, unas cuantas mantas de gruesa lana dobladas sobre el colchón. Ollas, sartenes y cuencos que parecían existir desde la fundación misma de Panem; tazas, vasos y platos todos distintos; cubiertos desafilados y abollados.

—No parece gran cosa —admitió Darius, viendo la cara de desolación de su nuevo compañero mientras recorrían el lugar—, pero uno se acostumbra. No es tan malo después de todo.

Archimedes prefirió no comentar. Pero Darius debió interpretar su silencio correctamente, porque le sonrió y le dio una palmada en el hombro.

—Vamos, deja el desempacar para después. Voy a mostrarles el Distrito.

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—Ésta es la panadería. Tienen la mejor tarta de arándanos que se puedan imaginar —explicó Darius con entusiasmo—. Procuren venir cuando están el panadero o alguno de los chicos detrás del mostrador. La panadera suele estafar con el peso del pan, y si puede darles pan del día anterior y venderlo como fresco, no dudará en hacerlo.

El recorrido casi turístico que Darius les estaba dando incluía más consejos y advertencias sobre dónde se podía comprar comida, ropa, calzado y demás a buen precio, qué comerciantes eran inescrupulosos y solían engañar en el peso o volumen de la mercancía, y cuál era la especialidad de cada establecimiento, que serias instrucciones de patrulla o importantes avisos sobre lugares peligrosos. Archimedes no estaba descontento, pero sí un poco confundido sobre las prioridades de Darius.

Darius empujó la puerta de la panadería y entró al local. Los otros tres lo siguieron. Archimedes inhaló con satisfacción el olor de pan fresco, azúcar y levadura. Era un olor a tranquilidad, a desayunos post resaca después de una de las muchas fiestas a las que solía acudir.

—¡Buenos días, chico! —saludó Darius alegremente.

—Buenos días —saludó con una gran sonrisa el chico rubio y de ojos claros que estaba tras el mostrador. Un feo moretón violáceo le adornaba el pómulo derecho—. ¿Qué va a ser hoy, Darius? Tenemos pastelitos de carne y tarteletas de almezas, recién hechos…

—Dos pastelitos de carne y una tarteleta —encargó Darius de inmediato, relamiéndose teatralmente.

El chico rió y se agachó a buscar algo. Emergió con una bolsa de papel madera en la que procedió a colocar con cuidado la comida, sin poder evitar una mirada curiosa hacia la gente que acompañaba a Darius.

—Ah, la comida casi me hizo olvidarlo. Ellos son los nuevos Agentes de la Paz —explicó Darius innecesariamente, los uniformes aclaraban eso por sí solos—. Ellos son Cornelia, Rufus y Archimedes.

—Bienvenidos al Distrito 12 —saludó el chico, que tendría unos catorce años, en tono muy educado aunque algo distante.

—Gracias… ¿eso son bollos de queso? —preguntó Archimedes, sin poder creer lo que veía.

—Sí, señor —respondió el joven, formal.

—Quiero una docena —dijo Archimedes, buscando su monedero en el bolsillo.

El chico abrió enormes los ojos.

—¿Una docena, señor?

—Sí, ¿hay algún problema? ¿No tienes suficientes? —quiso saber Archimedes, sin entender la reacción del chico.

—Oh, no, quiero decir, sí, no es eso, tengo suficientes —el muchacho casi se tropezó con sus propios pies cuando corrió a completar el pedido—. Es sólo que… normalmente la gente lleva dos o tres, nunca una docena completa…

—¿Por qué no?

—Porque… la mayoría vive en el día a día, y no tienen dinero como para comprar más que unos pocos de una vez —explicó el chico.

Darius pagó catorce sextercios por sus compras, y Archimedes, veinticuatro por las suyas. Tras agradecerle al chico y despedirse, los cuatro salieron de la tienda.

—Tenemos que hablar urgentemente con los dueños de la panadería y con los padres del niño —ordenó Cornelia, severa, ni bien la puerta se cerró tras ellos—. Esta situación irregular no puede seguir así.

—¿Qué situación irregular? ¿El que los bollos estén baratos? —preguntó Archimedes, sin entender a qué se refería su colega, al tiempo que le daba un buen mordisco a uno de los bollos—. Hhhmmm, delicioso.

—No —bufó ella, exasperada—. Ese niño trabajando ahí. ¡Eso es trabajo infantil! ¡Explotación laboral! ¿Cómo puede ser que nadie haga algo al respecto? ¡Eso va contra las leyes! ¡Por no hablar del hecho que ese niño ha sido golpeado…!

—Bueno, podemos hablar con los dueños de la panadería y con sus padres, lo que será sencillo porque son las mismas personas —mencionó Darius—. Pero no veo que haya nada ilegal. Peeta está ayudándole a su familia, eso es todo.

—¿Quién?

—Peeta. El chico —explicó Darius—. Es el hijo menor de los dueños, y se ve que hoy era su turno de atender al público.

—¿Sus padres lo hacen trabajar? —preguntó Rufo, horrorizado.

—Los fines de semana y algunas tardes entre semana —se encogió de hombros Darius—. No veo que sea tan grave, él está aprendiendo un oficio. Va a la escuela de lunes a viernes como se debe, y sólo lo encontramos aquí hoy porque es sábado.

Cornelia siguió farfullando sobre las leyes mientras que Rufo no se quitaba de encima el horror de unos padres que hacían trabajar a su hijo; por eso mismo Archimedes decidió aliarse con Darius y encontrar normal y lógica toda la situación, por más que muy para sus adentros le parecía terrible que los padres hicieran trabajar a su joven hijo. Rufo y Cornelia ya lo detestaban, no si un poquito de razón, de manera que a los aliados debería buscarlos en otra parte, y si para eso tenía que optar por pensar como Darius, estaba dispuesto a hacerlo.

Darius, sin darles importancia, siguió caminando.

—Aquí está la carnicería. La atiende Rooba, una gran mujer y buena negociante —siguió presentando Darius, señalándole a los novatos el frente del local marcado con el cartel CARNICERÍA en letras blancas sobre fondo rojo—. Nunca discutan con ella, ni pretendan regatear. Es una gran persona, pero en su tienda ella tiene la última palabra. Siempre.

Avanzaron otro par de metros hacia una zona donde las viviendas eran más precarias, de un solo piso en la mayoría de los casos, y de tamaño tan reducido que Archimedes no pudo evitar preguntarse cómo hacía la gente para vivir en un lugar así. El había tenido roperos más amplios que esas casas.

—Con eso completamos nuestro recorrido por el sector comerciante del Distrito —explicó Darius, señalando hacia el otro sector—. Un poco más acá empieza la zona que llamamos la Veta, donde viven los trabajadores de la mina de carbón y sus familias.

Caras de piel morena, ojos grandes y mejillas flacas de hambre los observaban con recelo mientras Darius y los novatos recorrían el lugar. La mayoría no parecía prestarles demasiada atención, y una o dos personas saludaron a Darius con inclinaciones de cabeza, pero algo en el ambiente señalaba una profunda desconfianza, al menos hacia los "nuevos". Darius, a todo esto, parecía felizmente ignorante mientras iba a zancadas por las estrechas calles cubiertas por una fina capa de polvo de carbón, parloteando sobre los habitantes de la Veta y señalando las casas de algunos en especial: Lottie Sommerset, la mujer que zurcía y arreglaba ropa tan bien que podía reciclar hasta un pedazo de felpudo; Hazelle Hawthorne, la lavandera que era capaz de sacar las manchas imposibles de la ropa si se lo pedían; Martin Lionstone, que era plomero, electricista, albañil, deshollinador, jardinero, y a veces, por hacer un favor, niñero.

—Y aquí termina el Distrito 12 —suspiró Darius, deteniéndose junto a la desvencijada verja que rodeaba el lugar.

—Hay… un gorrión… sentado en el… alambrado —casi jadeó Cornelia, señalando con una mano temblorosa en dirección al pajarito, que se arreglaba las plumas del ala derecha con el pico.

—Chica, los gorriones no son peligrosos, no hay razón para asustarse tanto —medio rió Darius.

—¡Hay un gorrión sentado en el alambrado! ¿Cómo puede ser? ¡Se supone que ese alambrado está electrificado día y noche para proteger a la gente de los animales salvajes! —chilló Cornelia, casi histérica.

—Y el estado de la verja… —añadió Rufo con ojos como platos—… cualquier lobo que se tome el trabajo podría meterse y entrar al pueblo… Está lo bastante levantada del ras del suelo como para pasar por debajo… por no hablar de los agujeros…

—Nah, los lobos no se acercan tanto al pueblo —descartó Darius—. Aunque es verdad que la verja no suele estar electrificada. Con mucha suerte tenemos cuatro horas de electricidad por día, normalmente menos, de modo que la mayor parte del tiempo…

—¿Menos de cuatro horas diarias de corriente eléctrica? —jadeó Archimedes—. ¿Todos los días? ¿O es sólo algo temporal, hasta que arreglen algún tipo de desperfecto…?

La sonrisa de Darius era sardónica cuando se enfrentó a los nuevos y sus caras de horror.

—Bienvenidos al Distrito 12, novatos.